Santas de Zurbarán: mártires y princesas

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Hacía mucho tiempo que quería hablar de las santas de Zurbarán, ese poeta de la imagen, y en particular, de la relación de estas santas con la moda. No soy la primera en hacerlo: los diseñadores que las han reinterpretado son legión, y desde la Exposición de Sevilla de hace unos años, que reunió a Elio Bernhayer o Agatha Ruiz de la Prada a la del Thyssen Like a Painting, muchos han tocado el tema.
De estas santas llaman la atención varios elementos: primero, su belleza y su juventud. Después, la riqueza espectacular de sus ropajes: Zurbarán destaca por su excepcional tratamiento de los tejidos, sea el lino de los calzones de un Cristo, el hábito de San Serapio, los rasos de Santa Casilda o el velo de la Virgen de la Anunciación. En tercer lugar, la historia de las santas que retrata: dos de ellas son reinas madres (Santa Isabel de Hungría, Santa Matilde…) y el resto jovencitas de origen noble (Eulalia, Engracia) o princesas (Casilda, Bárbara…). Frente a las santas paupérrimas o de mala vida, las de Zurbarán son unas santas limpias, pijas y castas.
Los clientes de Zurbarán eran, sobre todo, grandes conventos, órdenes bien establecidas. Llegó a ser un auténtico experto en imágenes religiosas, hasta el punto de que exportaba un porcentaje importante de su obra a Ámérica. Nos encontramos en el siglo XVII, lujo y pobreza se alternan en Sevilla y en España, y la sociedad se ha acostumbrado a una constante iconografía sacra. Lo visual es pedagógico para quien no sabe leer, y reconfortante para una nobleza cada vez más habituada a la belleza.
Un porcentaje importante de las mujeres bien posicionadas en los conventos pertenecen a familias pudientes: no han podido casarse, han enviudado o pasan temporadas en el convento para perfeccionar su educación, por la ausencia de sus padres o porque han enviudado. Esas mujeres se identificaban y deseaban tener como referentes historias similares a las suyas, rostros bellos y bonitas vestidos. Las mártires de Zurbarán no muestran piel, no sangran. Santa Apolonia no aparece desdentada. Serenas y dignas, enseñan los símbolos de su martirio; si se despojaran de ellos, serían damitas de la corte.
Además, resultan llamativas las historias elegidas, leyendas muy antiguas, que se entremezclan. Son en realidad relatos de adolescentes rebeldes, que dan su vida por amor o por sus convicciones.
Tenemos a Santa Eulalia, por ejemplo, una preciosa jovencita de Mérida, o de Sarriá, a saber. A los 13 años, y mientras el resto de los cristianos se oculta de las persecuciones, la niña se escapa de casa y se encara a las autoridades romanas, que la mandan a casa de regreso. Pero ella, erre que erre, persevera, dándole la turra al gobernador de turno, hasta que el hombre, por no oírla, la manda matar. Algunas versiones le otorgan hasta 13 martirios, uno por cada año, de un sadismo ejemplar. ¿Qué tortura se os ocurre? Eulalia la sufre. Muere, finalmente, no sin causar toda la guerra que puede, y una nevada (que según las versiones ocurre durante uno de los martirios, y otra, tras su muerte) cubre la tierra, como muestra de su pureza.
Santa Casilda, mi preferida, es menos osada, y algo mayor. Una toledana guapísima, hija de un rey moro, que, muy concienciado, encierra cristianos y les da matarile en cuanto puede, en un intento de proteger su reino de tan perniciosa influencia. No olvidemos que durante siglos los cristianos fueron peligrosos revolucionarios que predicaban el celibato, la pobreza, y la solidaridad, y todas esas teorías que hacían temblar de raíz una sociedad organizada. Pero la chica, que sentía esa atracción de las niñas bien por los malotes (ver Lana del Rey) se escapaba a escondidas para alternar con los presos, y llevarles de comer. Hasta que el padre, con la mosca tras la oreja, sigue a la moza, que portaba pan y fruta en la falda, y tiene lugar esa conversación típica entre padre e hija adolescente.
-Hija, ¿qué llevas ahí?
-Nada, se lo estoy guardando a una amiga.
Total, que el cuadro muestra las flores en las que, por milagro divino, se convierten las viandas para los cautivos. Santa Casilda completa su azarosa existencia escapándose de casa para  regresar a la naturaleza y hacerse ermitaña. Claro, que si a mí se me transforma la compra en flores es posible que también regresara a la naturaleza, algo perturbada, incluso.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

EspidoSanta3

OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara convertirme en Santa Casilda me valí de un vestido negro de Amaya Arzuaga, colocado sobre un vestido largo de seda granate de Trucco y un enorme pañuelo de Adolfo Domínguez lleno de hortensias. En la cabeza, una diadema de Zara. El milagro de transformarme en Santa Espido se llevó a cabo con otro vestido de The 2nd Skin.co beige, ligeramente abolsado, un vestido de tul con estampado de leopardo de Dolce&Gabbana, y otro foulard de Adolfo Domínguez. De nuevo la tiara es de Zara. Sí, los vestidos me los visteis en la Fashion Week de Madrid.  Como atributos de mi martirio porto una rama de olivo, símbolo de la alimentación saludable, y un libro de Robert Graves sobre mitología, que representa la literatura y sus enseñanzas. Claro que cuando una se divierte tanto parece poco creíble decir que la han martirizado…

Anuncios

Vogue Like a painting

espidofreireVogue2En un momento en el que Instagram nos ha familiarizado con fotografías bonitas a diario, y en el que tomar instantáneas es una diversión para miles de personas, las exposiciones de fotógrafos profesionales (recordad PHotoespaña) nos colocan suave y firmemente en nuestro lugar. La que Vogue Spain ha reunido en el Museo Thyssen de Madrid une la belleza estética de prendas y de modelos muy conocidas a la mirada especialísima de fotógrafos de sobra conocidos (Irving Penn, Annie Leibovitz, Tim Walker, Paolo Roversi, Steven Meisel, Steven Klein, David Sims, Erwin Olaf, Mario Sorrenti): el título “Like a painting” no deja lugar a dudas: vamos a ver una serie de fotografías que recuerdan por luz, composición o temática los cuadros clásicos. Retratos, bodegones, paisajes o santas saltan del lienzo a la lente. El resultado es una recopilación espléndida, amable de ver, que no requiere de grandes conocimientos sobre arte o fotografía, ni siquiera sobre moda, para ser disfrutada.

Además del juego de reconocer a las modelos (Uma Thurman, Stella Tennant, Milla Jovovich, Emma Ward, Cate Blanchett entre otras) o a los pintores que sirvieron de inspiración (Zurbarán, a quien podemos ver en la planta superior en el mismo museo, Hopper, Rosetti) podemos girar en torno a un fastuoso vestido de Valentino, bordado con motivos florales. En mi caso, tuve que recorrer varias veces la sala, para recordar a posteriori las fotografías: la espectacularidad de una oscurecía la anterior.

No esperéis encontrar allí tendencias de moda: Vogue siempre ha aspirado a ser algo más que una revista al uso, y la voluntad de los fotógrafos queda clara: las prendas adquieren trascendencia, fuera del tiempo y del espacio, de una manera un tanto teatralizada. Pierde también frivolidad, y se convierte en algunos casos en una propuesta inquietante.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

espidofreireVogue4

espidofreireVogue6

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

espidofreireVogue9

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Esa mañana estuve un rato leyendo en el jardín del museo, antes de que el calor apretara. El vestido blanco de piel es de Zara. Por un lado, cobra protagonismo por sí mismo, por otro, es un lienzo blanco en el que colocar otras pinceladas, como el brazalete y el bolso con estampado de leopardo, de G&S Accesorios, y unas sandalias bicolor de Paco Gil. Joyas muy discretas de oro, y maquillaje de Chanel, con unos labios más coral de lo que suelo llevar. Hice todo lo posible por darle al moño un poco de volumen,  porque tenía yo día de moño con volumen.
Creo que hice bien: los colores, de los que siempre siento hambre, se encontraban con variedad y abundancia en las fotografías de la exposición. Comprobadlo: merece la pena dedicarle una mañana. ¿Mi preferida? Una preciosa y onírica Ofelia.