Ailanto y el reino vegetal

OLYMPUS DIGITAL CAMERANo es la primera vez que hablo de la admiración que siento por el trabajo de Ailanto (Aitor e Iñaki Muñoz), y del cuidado y el mimo que dedican a todo lo que tocan. Sus estampados resultan tan reconocibles que se han convertido en su huella y su respiración, como las líneas fluidas o el corte perfecto de sus abrigos.

Pero hoy quería hablaros de algo distinto: de qué recuerdo, y en qué pienso con mi vestido nuevo. Pienso en una de las obras y unos de los personajes que más me han condicionado en mi imaginario literario: Ofelia, de W. Shakespeare. Ofelia, hija y hermana de una distinguida familia de la corte danesa, es, según todos cotillean, la debilidad del príncipe Hamlet. Muy jovencita (Hamlet tiene 30 años, es ya un hombre, aunque se comporte como un adolescente), no sabemos qué posibilidades reales tiene de casarse y convertirse en reina. Su padre no quiere ni verla con el príncipe: teme que la reduzca únicamente a su amante. Gertrudis, la reina madre, la mira con simpatía.

Pero los hechos se precipitan: Hamlet pierde a su padre y trama una venganza para la que se finge loco. Por error, asesina al padre de Ofelia, que enloquece de verdad (¿O no?).  En su locura, Ofelia dice a cada cual, con el lenguaje de las flores, exactamente lo que quiere expresar. Les da romero a quienes necesitan recordar, y aguileña a aquellos que han sufrido de melancolía, y  por la infidelidad de sus esposos. A la reina Gertrudis le entrega ruda, que, entre otras virtudes, representa el arrepentimiento…

Y entonces, inmortalizada en miles de imágenes y de cuadros, Ofelia muere. Y Gertrudis lo narra así:

“Hay un sauce que inclina sus ramas sobre el arroyo que en el cristal del agua deja ver sus hojas cenicientas. Con ellas tejió guirnaldas caprichosas con ortigas, y margaritas, y esas largas flores purpúreas que los pastores deslenguados llaman por un nombre muy zafio, pero que nuestras doncellas conocen como dedos de muerto.  Cuando trepó para colgar sus coronas en las ramas, una se rompió, y ella y sus flores cayeron al llanto de las aguas”.

Las faldas de Ofelia y su miriñaque la sostienen un momento sobre el agua, mientras ella canta: pero al final la arrastran al fondo, y muere ahogada.

Aunque la traducción varía, las flores que se asocial a Ofelia son muy delatoras: las prímulas o velloritas, símbolo de la juventud y la primavera, las margaritas de la sencillez y el martirio, la modesta y virginal violeta… pero también esas groseras plantas purpúreas, las orquídeas (de orchis, testículo), promesas de sensualidad y empleadas para hechizos amorosos… y el sauce, emblema del inframundo y del duelo.

He dicho que ha sido una gran influencia literaria, y cualquiera que haya leído mi Irlanda puede verlo. Os dejo tres fragmentos de esa novela, mi primera obra.

Allí, en años anteriores, crecía un huertito cultivado, pero ahora sólo quedaba de él unas hileras de tierra roja, endurecidas entre las ortigas, la abigarrada confusión de plantas salvajes y zarzas, y, mucho más allá, un pequeño bosque de castaños y laureles oscuros.  Una formidable col lombarda había sobrevivido en el viejo huerto, con el corazón rosado y sangrante, junto a las matas de manzanilla cabezuda y las piedras minadas del muro. (…)

Gabriel e Irlanda nos esperaban en el jardín, Irlanda con una sombrilla que en ella resultaba adorable y en cualquier otra hubiese parecido grotesca, y dos grandes rosas, una purpúrea y otra blanca, en las manos. Me prendió una en el pelo, pero ella conservó la suya entre los dedos, y allí se mantuvo extrañamente fresca durante horas.  El prado, su última invasión, les pareció mágico y sombrío, un recuadro verde en el sol, y se extrañaban de no haberlo descubierto antes. Los junquillos se habían agostado, y ahora florecían violetitas escondidas entre el trébol, y escaramujo entrelazado con las zarzas, y, de vez en cuando, el añil escandaloso de las gencianas. (…)

Deambulé sin rumbo; habíamos acabado con casi todas las flores para alegrar los jarrones de la casa en las tardes grises, y apenas pude encontrar un manojo de adormideras sanguíneas que no llegaban para nada. Pensé entonces en las dedaleras cargadas de campanillas encarnadas, y en la dulcamara que crecía junto a los escombros de los establos, y me pareció apropiado adornar la fiesta de Irlanda solamente con plantas venenosas; sin que ella lo sospechara, podría cubrir su pastel de azúcar con las bayas rojas y de solanina de la dulcamara. (…)

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAY así, entre flores, y recuerdos, y telas, y libros, no encuentro demasiada diferencia entre leer y escribir, recordar, vestir, de nuevo leer. El vestido pertenece a la colección Fall 16/17 de Ailanto. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en el espectacular Jardín Tropical de la estación de Atocha.

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La fiesta GQ San Jorge Juan

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Madrid arrastra la mala fama de ser una ciudad irrespirable a partir de san Juan hasta bien entrado septiembre. Esa mala fama no es del todo infundada: el calor cae a plomo, el asfalto se derrite, y solo los turistas más intrépidos se aventuran por las calles durante el día.
Hemingway, un buen conocedor del calor patrio, decía que en verano ninguna persona decente se va a la cama antes de las tres de la madrugada. Aunque el concepto de decencia de Hemingway podría ponerse en duda, no es un mal consejo, si puede seguirse. Con el atardecer, la ciudad se revitaliza, las terrazas se animan, algunas tiendas continúan abiertas, y la ciudad ofrece lo mejor de sí misma en un momento en el que la mitad de su población se ha ido de vacaciones, y un tercio es demasiado sensato como para poner un pie en la calle.
Una de las fiestas más interesantes de la temporada es la que organiza la revista GQ en la calle y el callejón de Jorge Juan para celebrar el día de San Juan: música, estilo, tiendas, cócteles, tapas, conversaciones, postureo, gente guapa, gente aún más guapa y la sensación de que el espacio pertenece a sus dueños, los ciudadanos que maldecirán el sol, el bochorno, la luz tras las persianas y las vacaciones que no llegan.
No sé aún si tendré vacaciones este verano: prefiero descansar en otoño, y quiero acabar una novela en estos meses. Pero eso no me iba a privar de una bienvenida y una noche para sonreírle al solsticio.

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Escogí de nuevo un vestido de The 2nd skin.co en tul de color nude, ajustado con un cinturón tornasolado, con escote evidente, y falda con algo de volumen. Los zapatos, de raso y ante violeta, eran de Rebeca Sanver, el collar, de cristal antiguo de Lalique. El bolso con cristales Swarovski es una edición especial de Littlearth LE designer. Llevo un anillo de plata y amatista que compré en Guadalaja, México, y un brazalete de perlas que es casi un fetiche para mí, de Verdeagua Alhajas. Los pendientes son perlas, también. Me maquillé con productos de Lancôme. Y a devorar la calle. Se lo debía a Hemingway.