Llamadme Alejandra llega a Madrid

OLYMPUS DIGITAL CAMERAParte del universo literario se encuentra entretejido con mitos creados por el cine, las novelas y las series de televisión sobre el mundillo, casi siempre ejemplos estadounidenses o franceses: desde Truman Capote con sus fiestas abarrotadas de esbeltos cisnes, al irreal  estilo de vida de Carrie Bradshaw, la imagen popular del escritor ha oscilado entre el tópico del bohemio que escribe en las barras de los bares en sus ratos de lucidez, a la torre de marfil necesaria para la creación, a… Las presentaciones de los libros también distan mucho (muy a nuestro pesar) de las imaginadas por lectores o escritores novatos. Los feroces años de la crisis las han limitado a lo básico, cuando no las han eliminado.

Pero he de decir que mi novela Llamadme Alejandra ha sido una excepción en este sentido, y fue presentada a la prensa y a los amigos de la profesión en Madrid el día 7 de Abril, en el hotel Intercontinental de Madrid: el mismo en el que Ava Gadner, en sus años de gloria y fiesta, fijó su residencia, y sembró la ciudad de anécdotas y de leyendas. Anfitriones impecables, me sorprendieron al final de la celebración con una tarta que reflejaba con fidelidad la cubierta de mi novela, literalmente devorada en poco tiempo.

Pasé gran parte del día, las horas previas y las posteriores, atendiendo a la prensa: Telva, El Español, Antena 3, Objetivo Bienestar, Joly, diversas agencias. Radio Nacional… perdí la cuenta. Después llegaba la convocatoria de prensa, los discursos, la presentación en sí, y uno de los momentos más esperados, la conversación entre Javier Sierra, y quien escribe. Javier, amigo cálido y consejero infalible, debía estar conmigo en esa mesa. En los últimos meses, meses de cambios y de decisiones, me he marcado el objetivo de trabajar y de pasar mi tiempo con gente a la que quiero. Todo lo demás me resta energía y me parece, a estas alturas, prescindible. Y Javier, con su apoyo constante, ha sido confidente y testigo de muchos secretos de esta novela; era lógico que viera el final de este camino.

Como la novela había aparecido apenas unos días antes era quizás un poco presuntuoso suponer que todos los asistentes habían tenido tiempo de leerla. Para ponerles en antecedentes, la actriz Paula Iwasaki leyó el capítulo 17, que se ha convertido rápidamente en uno de los predilectos de los lectores. He visto crecer a Paula, he tenido ese privilegio como amiga de la familia, me alegro como si fuera propio de su éxito presente, y su futuro promete ser espléndido. Cuando la formación se une al talento y a una educación exquisitamente cuidada, no puede ser de otra manera.

Editoras, representantes de la Diputación de Alicante, y nuevamente, amigos. Amigos entre la prensa, como  el veterano Javier de Montini, siempre tan amable conmigo, o  Moisés Rodríguez, subdirector del Canal 24h, que no paraba de abrazarme, contentísimo. Aunque no aparecen en las imágenes, hubo muchos otros, algunos testigos de mi carrera desde Irlanda. Estuvieron, pese a lo difícil de la hora, queridos colegas como Marta Rivera de la Cruz, que veinte años no es casi nada, y Martín Casariego. A ambos no me llega el tiempo para agradecerles su presencia y su cariño.

Por no faltar, no faltó ni el extintor que me persigue en muchas de mis fotografías, y que mis seguidores de Instagram conocen bien. Allí estuvo, fiel a las normas de seguridad y atento a fastidiar todos los planos posibles al mismo tiempo.

Me supone un esfuerzo hablar de mis emociones en este día: entremezcladas con el sentido de la responsabilidad y con el deseo de que todo saliera bien, la alegría, la satisfacción y el orgullo, y sobre todo, el agradecimiento no me abandonaron. Conservo esos momentos como algunos de los más bonitos de los últimos años. No basta con vivir cada hora: yo he aprendido, en cierta manera, a insistir en vivirlas, con una conciencia mayor, con la sensación de que son fugaces y que deber ser disfrutadas.

Ahora, sin tregua, viajes, firmas, ferias, todo lo posible para que el libro viva y llegue a rincones poco habituales, para que se encuentre en librerías más tiempo del que dicta este momento de fugacidad y para que este Premio y esta novela sea más que una imagen, y más que un recuerdo. Ha finalizado un tramo del camino. Comienza otro.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara la presentación escogí un vestido de Marcos Souza Couture, hecho a medida, y que reservaba para una ocasión especial. Es un little black dress de corte impecable, con el giro de un falso escote corazón con tul transparente, y cremallera visible en la espalda. Repetí los salones de raso nude y encaje de Magrit que estrené el día del fallo del Premio. Le dí también más importancia al  bolso cartera (o clutch), y en este caso rompí mi norma de no conjuntar zapatos y bolso. Como un guiño a Alejandra, la zarina de las perlas, llevé un brazalete de Verdeagua, y el anillo que Chocrón joyeros diseñó para mí inspirado en La flor del Norte y sus secretos.  Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en el Hotel Intercontinental de Madrid.

Ese precioso 7 de abril contaba, por lo tanto, con todos los elementos para que fuera una presentación casi, casi, como las legendarias. A todos ellos, mis más sinceras gracias. Intentaré estar a la altura de ese cariño y de ese esfuerzo común.

Y ahora ¿qué?

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Estos días he repetido varias veces en las entrevistas sobre Llamadme Alejandra que esta novela ha ocupado catorce o quince años de mi vida. No ha sido mi dedicación absoluta, como puede comprobarse por mis otras publicaciones y trabajos, pero sí una compañía o un deber constante que pendía sobre mí como una damocliana espada literaria.  Ahora, tras haber conseguido el Premio Azorín 2017, y con dos meses o tres por delante de trabajo compartido con libreros, periodistas y ferias para que el libro llegue al mayor número de lectores posible, es el momento de detenerme y de preguntarme qué hacer ahora

Cuando un proyecto de una duración tan prolongada finaliza, y lo hace de una manera tan deseable como con un premio, existe un peligro latente: el desánimo: Contra todo pronóstico, la sensación de vacío. Una ligera duda, o una profunda conmoción. Qué escribir ahora, qué iniciar cuando aún no nos hemos desprendido del todo de lo anterior. La primera vez que me enfrenté a esta emoción fue cuando publiqué mi primera novela, Irlanda, y el mensaje que recibía a mi alrededor era que ya “lo” había logrado. Entonces me empeñé en que era el inicio del camino, no una conquista. Año  y medio más tarde conseguía el Premio Planeta 1999. Nuevamente me hablaron de haber conseguido ya algo que clausuraba un ciclo, o incluso del fin de mi carrera literaria. Mi respuesta fue continuar trabajando, marcharme fuera de España para iniciar un proyecto nuevo, y, con la cabeza fría, repetirme que este es un oficio que puede mantenerse durante décadas, con altibajos, y que se derrumba si olvidamos la pasión y la seriedad.

De nuevo, el Premio Azorín no me pilla desprevenida. Un nuevo ensayo, una novela juvenil y otra infantil, y la actualización a lenguaje contemporáneo de El conde Lucanor me aguardan durante este próximo año. Comunicación y estudio, ensañanza y literatura, mis cuatro pilares. El empeño en el éxito es un mandamiento de la sociedad contemporánea. Se valora la obsesión, un único objetivo ambicioso. Una sociedad neurótica y fácil de etiquetar. Sobrevivir al éxito requiere una estrategia en sí misma. Cuando se relativizan los triunfos y se planean sus resacas resulta más sencillo asumir el fracaso. Cuando un proyecto vital se argumenta a largo plazo, quizás dé mejor resultado  trabajar poco a poco, con paciencia, sin perder de vista el disfrute cotidiano.

 

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPodéis encontrar aquí el vestido de tul bordado de Mango.  La peineta lleva la firma de Marisa Bell Design. Las fotos fueron tomadas en Alicante, por Nika Jiménez.

Premio Azorín 2017

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Ha pasado una semana desde la concesión del Premio de Novela Azorín 2017 y los detalles continúan tan vívidos ante mis ojos como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Ocurre con todas esas ocasiones cargadas de expectativas, y muy anheladas. No era, desde luego, la primera vez que me presentaba a un premio literario: pero sí que lo hacía con una novela tan trabajada y que fuera histórica. No todos los jurados valoran de manera positiva el género.

La Diputación de Alicante es quien convoca este premio, que se inició en 1994 con Gonzalo Torrente Ballester como ganador. La responsabilidad de publicar y distribuir el Premio es de la Editorial Planeta, y su dotación es de 45.000€ sujetos a (ay) todos los impuestos correspondientes. Otros escritores que cuentan con él son Luis Racionero, Jesús Ferrero, Dulce Chacón, Jon Juaristi, Ángela Becerra… En este año se cumplían, además, los 50 años del fallecimiento del gran Azorín, con lo que la Diputación decidió abrir la gala al público y a los pueblos de Alicante, y se celebró en el Auditorio, que dispone de un gran aforo.

Existe siempre una enorme rumorología respecto a los premios, si están concedidos de antemano o o no. Lo cierto es que quien maneja menos información al respecto es, al menos en mi caso, el autor. En este premio existen dos jurados que deliberan el mismo día del premio, durante la comida. Cada uno propone su novela candidata; este año tuve la suerte de que eligieran la mía.

Por experiencia sé que en las horas previas a un premio conviene mantenerse ocupada, y en las posteriores, también. A mí me habían confirmado que mi novela se encontraba entre las candidatas la semana anterior, de manera que me encontraba en Alicante, con dos agendas: la que ocurriría si ganaba, y la que llevaría a cabo si no.

Como intento hacer siempre que me es posible, había cuidado con mimo lo que llevaría esa noche: los premios son ocasiones especiales, fruto de las ilusiones y el trabajo de mucha gente. Me merecen todo el respeto: sea o no yo la protagonista, intento que quien lo organice sienta que valoro la invitación y el esfuerzo.

Había escogido un vestido de The 2nd Skin.co que me recordaba a alguno de los lucidos por Jackie Kennedy, con su tejido brocado rosa y un corto imperio y sencillo. Pertenece a su icónica colección For Valentina.

Lo combiné con unos preciosos salones de Magrit, el modelo Mila trabajado en ante y raso con un delicado trabajo de encaje y un bolso cartera a juego.  Magrit es una exquisita marca alicantina, y me pareció la elección lógica en este premio.

Lo mismo me ocurrió con las joyas: Chocrón Joyeros me han acompañado en algunos de los momentos importantes de mi vida, y en esta estuvieron también presentes: la sortija de mayor tamaño y la deliciosa pulserita pequeña son de la colección Ch_Aura en oro rosa, rodonita de los Urales, madreperla y diamantes. La sortija flexible y los pendientes, de oro rosa y diamantes, son de la colección CH-Imperial.

La gala comenzó a las 19:00h. Antes del fallo nos esperaban la actuación de Juan Echanove, que interpretó varios textos de Hamlet, y después, un fragmento del Carmina Burana por La Fura dels Baus.

En algún lugar entre ambos dijeron mi nombre. Subí al escenario para recoger mi Tanit, y para agradecer al jurado, a la propia provincia de Alicante, la oportunidad que me daban. Era el momento también, entre la emoción y los recuerdos agolpados (quince años de trabajo acumula esta historia), de hablar mínimamente de mi novela, Llamadme Alejandra, que aparecerá a principios de abril  y que describe la vida y los pesares de Alejandra Feodorovna, la última zarina. El momento para una mención cariñosa a quienes estaban allí conmigo y no habían ganado, como me ha ocurrido a mí en otras ocasiones, para que continuaran escribiendo y compitiendo.

La andadura de la novela comienza ahora: primero una rueda de prensa, entrevistas para el siguiente día. Y la incógnita de si gustará o no, de si habrá merecido la pena el esfuerzo, el examen constante al que se somete el escritor.

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El maquillaje de esa noche fue responsabilidad de Itzi, y las fotos, de Nika Jiménez. Esa noche fue mi acompañante; como mi jefa de prensa ha sido testigo de lo mucho que he sufrido y pasado con esta novela, y lo ha compartido, de manera que se merecía estar también allí si las cosas iban bien. Luego llegaron las felicitaciones de los amigos, la familia, los compañeros de viaje. Los lectores y los seguidores. A todos ellos, muchas gracias. Para todos vosotros es esta novela.

Ailanto y el reino vegetal

OLYMPUS DIGITAL CAMERANo es la primera vez que hablo de la admiración que siento por el trabajo de Ailanto (Aitor e Iñaki Muñoz), y del cuidado y el mimo que dedican a todo lo que tocan. Sus estampados resultan tan reconocibles que se han convertido en su huella y su respiración, como las líneas fluidas o el corte perfecto de sus abrigos.

Pero hoy quería hablaros de algo distinto: de qué recuerdo, y en qué pienso con mi vestido nuevo. Pienso en una de las obras y unos de los personajes que más me han condicionado en mi imaginario literario: Ofelia, de W. Shakespeare. Ofelia, hija y hermana de una distinguida familia de la corte danesa, es, según todos cotillean, la debilidad del príncipe Hamlet. Muy jovencita (Hamlet tiene 30 años, es ya un hombre, aunque se comporte como un adolescente), no sabemos qué posibilidades reales tiene de casarse y convertirse en reina. Su padre no quiere ni verla con el príncipe: teme que la reduzca únicamente a su amante. Gertrudis, la reina madre, la mira con simpatía.

Pero los hechos se precipitan: Hamlet pierde a su padre y trama una venganza para la que se finge loco. Por error, asesina al padre de Ofelia, que enloquece de verdad (¿O no?).  En su locura, Ofelia dice a cada cual, con el lenguaje de las flores, exactamente lo que quiere expresar. Les da romero a quienes necesitan recordar, y aguileña a aquellos que han sufrido de melancolía, y  por la infidelidad de sus esposos. A la reina Gertrudis le entrega ruda, que, entre otras virtudes, representa el arrepentimiento…

Y entonces, inmortalizada en miles de imágenes y de cuadros, Ofelia muere. Y Gertrudis lo narra así:

“Hay un sauce que inclina sus ramas sobre el arroyo que en el cristal del agua deja ver sus hojas cenicientas. Con ellas tejió guirnaldas caprichosas con ortigas, y margaritas, y esas largas flores purpúreas que los pastores deslenguados llaman por un nombre muy zafio, pero que nuestras doncellas conocen como dedos de muerto.  Cuando trepó para colgar sus coronas en las ramas, una se rompió, y ella y sus flores cayeron al llanto de las aguas”.

Las faldas de Ofelia y su miriñaque la sostienen un momento sobre el agua, mientras ella canta: pero al final la arrastran al fondo, y muere ahogada.

Aunque la traducción varía, las flores que se asocial a Ofelia son muy delatoras: las prímulas o velloritas, símbolo de la juventud y la primavera, las margaritas de la sencillez y el martirio, la modesta y virginal violeta… pero también esas groseras plantas purpúreas, las orquídeas (de orchis, testículo), promesas de sensualidad y empleadas para hechizos amorosos… y el sauce, emblema del inframundo y del duelo.

He dicho que ha sido una gran influencia literaria, y cualquiera que haya leído mi Irlanda puede verlo. Os dejo tres fragmentos de esa novela, mi primera obra.

Allí, en años anteriores, crecía un huertito cultivado, pero ahora sólo quedaba de él unas hileras de tierra roja, endurecidas entre las ortigas, la abigarrada confusión de plantas salvajes y zarzas, y, mucho más allá, un pequeño bosque de castaños y laureles oscuros.  Una formidable col lombarda había sobrevivido en el viejo huerto, con el corazón rosado y sangrante, junto a las matas de manzanilla cabezuda y las piedras minadas del muro. (…)

Gabriel e Irlanda nos esperaban en el jardín, Irlanda con una sombrilla que en ella resultaba adorable y en cualquier otra hubiese parecido grotesca, y dos grandes rosas, una purpúrea y otra blanca, en las manos. Me prendió una en el pelo, pero ella conservó la suya entre los dedos, y allí se mantuvo extrañamente fresca durante horas.  El prado, su última invasión, les pareció mágico y sombrío, un recuadro verde en el sol, y se extrañaban de no haberlo descubierto antes. Los junquillos se habían agostado, y ahora florecían violetitas escondidas entre el trébol, y escaramujo entrelazado con las zarzas, y, de vez en cuando, el añil escandaloso de las gencianas. (…)

Deambulé sin rumbo; habíamos acabado con casi todas las flores para alegrar los jarrones de la casa en las tardes grises, y apenas pude encontrar un manojo de adormideras sanguíneas que no llegaban para nada. Pensé entonces en las dedaleras cargadas de campanillas encarnadas, y en la dulcamara que crecía junto a los escombros de los establos, y me pareció apropiado adornar la fiesta de Irlanda solamente con plantas venenosas; sin que ella lo sospechara, podría cubrir su pastel de azúcar con las bayas rojas y de solanina de la dulcamara. (…)

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAY así, entre flores, y recuerdos, y telas, y libros, no encuentro demasiada diferencia entre leer y escribir, recordar, vestir, de nuevo leer. El vestido pertenece a la colección Fall 16/17 de Ailanto. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en el espectacular Jardín Tropical de la estación de Atocha.

Presentación para replicantes en Plasencia

OLYMPUS DIGITAL CAMERACon mi novela juvenil El chico de la flecha estoy disfrutando de varias presentaciones abiertas a niños, a sus padres y profesores; lo habitual suele ser que los esfuerzos se concentren únicamente en dirigirse a los chicos, en sus institutos, en encuentros para el fomento de la lectura.

Si la primera presentación se hizo, como parecía lógico y conté aquí, en Mérida, en el Museo de Arte Romano, rodeada de mosaicos milenarios, de estelas conmemorativas y de magníficas esculturas, la segunda tuvo lugar en la librería que ha recibido el Premio Nacional de Fomento a la Lectura 2016, La Puerta de Tannhäuser de Plasencia.  y de la mano de quien, sin duda, es el lector que mejor me conoce y que más tiempo me ha dedicado, el profesor Samuel Rodríguez: no en vano se ha doctorado Cum Laude en La Sorbona con una tesis sobre el mal en mi obra.

Las bibliotecas son para mí lugares maravillosos: las librerías, en cambio, antros de perdición. Resultan focos irresistibles cuando, como en el caso de La Puerta de Tannhäuser, están pensadas con mimo y atención para que un lector incauto, un replicante,  no quiera salir nunca de allí, con la oportunidad de tomarse un café y de hojear con calma los libros, en este caso de editoriales minoritarias. Además de funcionar como librería online, cuenta con una sección para niños escogida con un primor llamativo. En las estanterías reconocía numerosos ejemplares que habían aparecido en mis recomendaciones espidianas; libros ilustrados, novelas gráficas, reediciones preciosas y clásicos con un aire renovado.

Respecto a la presentación, qué decir salvo gracias: la librería se abarrotó, y de la historia romana pasamos a hablar de educación infantil, de los valores transmitidos a los jóvenes y de la responsabilidad que los adultos asumimos (o no) respecto a un mundo complejo, extraño y cambiante. Dos horas (si me animan a hablar no hay límite a la conversación) de encuentro entre replicantes y lectores.

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Para resarcirme del frío y la lluvia de Mérida, Plasencia me acogió con un sol optimista y jovial; me hice con uno de mis vestidos vintage de los 70, granate, en esta ocasión, de punto, manga larga, y con canesú y un falso obi incoporado. Llevé un collar dorado de LaOneta, y unos de mis zapatos preferidos de esta temporada, estos salones de pitón de Mango. Iba abandonando en todas parte mi bolso de mano de Gucci.  El esmalte de uñas granate es el Malaga Wine de OPI.

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No puedo olvidarme de Samuel, mi atento presentador y anfitrión en Plasencia, de mis amigas por Instagram Flores en tu ensalada, que tuvieron la amabilidad de acercarse a acompañarme, (obsérvese que al final de la presentación estaba ya hasta despeinada) y de Cereza Design, que me regaló el precioso brazalete que llevo en alguna de las fotos. Ni, por supuesto, de la charla y de las confidencias posteriores con los libreros, Álvaro y Cristina, pura vocación, apasionados de los libros y de un oficio al que debemos tanto los escritores. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez.

El chico de la flecha en Mérida

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El chico de la flecha nació en Mérida, tras una conversación con una amiga de infancia, arranca en Mérida,  y ha sido una satisfacción para mí que la primera presentación haya tenido no solo en esta preciosa ciudad, sino en el Museo Nacional de Arte Romano.

Hay libros que nacen con más fortuna que otros: El chico de la flecha ha sido de los afortunados, de los que desde el primer momento conllevan alegrías y sorpresas inesperadas. Para vos nací pertenece también a esa misma categoría, como Irlanda. Otros necesitan más cuidados, o más explicaciones, o fueron publicados a destiempo. Sin embargo, esta novela juvenil me está permitiendo hablar de temas que siempre me han apasionado a otras personas, jóvenes y adultos, que se definen en unos momentos antes de la firma de libros, y lo hace tendiendo un puente natural y fluido.

Un solemne niño de ocho años que se siente preparado para leer un libro recomendado para doce, y que me habla de lo complicado que le resulta crecer y hacerse responsable. También yo hacía esas cosas a su edad y con la misma seriedad, y sentía que la infancia era una pérdida de tiempo.

Un maestro, coleccionista de libros juveniles, que lee con mimo lo que sus alumnos leerán (o leerían: algunos están ya jubilados), y que se va con su novela entre las manos ya medio ojeada. Madres que no saben ya qué regalar a sus hijas voraces, o que no saben con qué incitarles para que al menos aparten los ojos del móvil. Libros como obsequios de Navidad, o como un viaje en el tiempo.

No es ningún secreto que soy una apasionada visitante de bibliotecas y museos, El Museo Romano de Mérida, de Moneo, se encuentra entre mis preferidos: falsamente abarcable, limpio de formas y casi evidente en su concepción, esconde en algún lugar un Aleph o un gusano de tiempo. Nunca se sale de allí con la sensación de conocerlo o de haberlo visto en profundidad. Los mosaicos de las paredes, los bustos de pliegues planchados a mármol, los objetos cotidianos. Cuando decidí escribir El chico de la flecha, mi amiga Valentina y yo nos dirigimos hacia el Museo Romano, como final de nuestra visita de fin de semana. Había una cierta lógica en que el círculo se cerrara (o comenzara) de nuevo aquí.

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Para la presentación escogí un vestido en amarillo intenso de María Barros, de manga larga y ajustado. No dejó de llover en todo el día, y el amarillo, además de desmentir teatrales supersticiones, fue una declaración de intenciones luminosas. El vestido se impone por sí mismo, de manera que lo completé únicamente con un collar de esmalte y unos preciosos zapatos de ante rosa palo de Magrit.

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Viaje a la tierra de Jane Austen (III) Chawton

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Cuando el padre de Jane Austen muere, deja a tres mujeres solas y un problema: ¿de qué van a vivir? Han fundido sus ahorros en Bath, una ciudad cara y poco hospitalaria, como ya vimos aquí, carecen de ingresos propios. Cassandra madre tiene unos pequeños ahorros, Cassandra hija otros poquitos. Jane nada en absoluto. En esta situación se encontraban muchas mujeres de la época: no se buscaba marido por necesidad romántica, sino por una sociedad que impedía que las mujeres de clase media pudieran trabajar y las condenaba a ser dependientes.
Fue su hermano Edward, adoptado por una familia adinerada, quien ofreció una solución: él poseía una preciosa posesión en Chawton, muy cerca de donde siempre habían vivido los Austen. Dentro de esa finca, cuya mansión principal es ahora una Biblioteca y Centro de estudios dedicado a la literatura escrita por mujeres, había una granjita que legó a su madre y a sus hermanas. Luminosa, digna y con suficiente espacio como para recibir visitar, les permitia una vida recogida y frugal.
Las niñas Austen eran ya mozas viejas: Jane había pasado de los 30. No se iban a casar: ni ella, ni su hermana, ni su mejor amiga, Martha Lloyd, que se fue a vivir con ellas. Vestían como mujeres mayores, y se esperaba de ellas poco: que no dieran demasiada guerra, que fueran discretas, que se ocuparan de sus sobrinos.
Contra todo pronóstico, Jane fue feliz en esa casa y con esa vida. Comenzó a escribir de nuevo, a revisar textos antiguos, se relacionó de nuevo con vecinos y amigos y durante los años que le quedaron de vida, que no fueron muchos, fingía revisar las cuentas de la casa en una mesita, muy pequeña, mientras en realidad escribía sus novelas, ocultas en cuartillas bajo la contabilidad.
La casa, rodeada de un precioso jardín de estilo inglés, muy cuidado, huele a lavanda y transmite serenidad y luz.  Puede visitarse porque en la actualidad es una casa museo. Jane y Cassy compartían habitación y cama, como habían hecho durante toda su vida. En el salón, el piano de Jane (El mejor que hemos podido conseguir por 30 guineas) sigue allí. La madera cruje, se han conservado retratos, y joyas, y prendas de ropa de la época. Pareciera que en cualquier momento una criada fuera a cruzar el pasillo con sábanas de lino limpias.
Jane no murió en esa casa, sino en Winchester, en cuya catedral se encuentra enterrada y recordada. Enfermó en primavera 1817, y apenas duró unos meses, los suficientes como para intentar que la trataran médicos especializados en la ciudad. Tenía 41 años. Su hermana y su madre vivieron muchos más años, en paz, en parte conscientes del talento y el éxito de Jane. Al morir, las enterraron en dos tumbas gemelas en el cementerio de Chawton, a un paseo apenas de su granjita de ladrillo rojo, Había dejado seis grandes novelas, e historias suficientes como para hacernos disfrutar y reflexionar durante dos siglos.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAAquí, quizás con una taza de té o una crema de verdura en el Cassandra’s Cup, un salón de té que se alza al otro lado de la calle de la casa, terminamos nuestro viaje con El País viajes. Un vistazo a una vida en apariencia como otras, a la que el talento hizo descollar de manera sorprendente.

Para esta última etapa elegí un vestido negro de Dolores Promesas, con un estampado de orquídeas, de manga larga y corte simple, unos salones de terciopelo verde y un camafeo de cuarzo rosa que me regaló un joyero artesano amigo. El día era hermoso, pero frío, y llevé el abrigo de color teja de Mango que tantos fríos me ha aliviado.  Y los libros (Orgullo y Prejuicio, Emma, Sentido y Sensibilidad…) que nos permitieron conocer esos lugares, incluso antes de dejarlos atrás en este viaje.

Viaje a la tierra de Jane Austen (II) El Bath romano

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn nuestra primera jornada  iniciábamos el viaje a la tierra de Jane Austen en un Bath muy diferente al que veremos hoy: el clásico, el trazado por los romanos en su no muy exitosa conquista de la Isla, a la que sin embargo apreciaban por sus explotaciones mineras (sobre todo de plomo) y sus ostras.

Cualquiera que me conozca un poco puede imaginar que soy una gran aficionada a la historia griega y romana. Cualquiera que me conozca de verdad, sabe que ha sido una loca obsesión desde la infancia. Yo recitaba genealogías de dioses y emperadores como otros las alineaciones del Bilbao Athetic. Desde aquí pido público perdón a quienes han tenido que padecerme en esa faceta; pero me temo que tendrán que seguir soportándome. Además, muy pronto habrá sorpresas en ese frente…

Los romanos llegaron a Inglaterra en diversas oleadas, si bien la colonización general de la isla se llevó a cabo durante el gobierno de Claudio (a quien luego el británico Robert Graves dedicaría la magnífica novela histórica Yo Claudio). Cómo olvidar, por cierto, esta gloriosa escena de la serie de la BBC en la que Agripina y Nerón conspiran contra un pobre Derek Jacobiaquí.

Claudio se ganó así el sobrenombre de Britannicus. Tan orgulloso estaba de ello, que ése fue el nombre de su único hijo: Tiberio Claudio César Británico. El prometedor mozo fue asesinado por su primo-hermanastro Nerón, que lo envenenó cuando tenía apenas 14 años. Eso entraba dentro de las estadísticas de la época: morir por orden de Nerón se convirtió en la primera causa de mortalidad de aristócratas.

Uno de los generales de las legiones romanas fue, precisamente, el futuro emperador Vespasiano, cuyo reinado sirve de marco de otra excelente saga romano-policial, la de Marco Didio Falco, en este caso de la también inglesa Lindsey Davis. Más que recomendable también.

Los romanos eran gente práctica y con muy pocas ganas de perder el tiempo: asimilaban todo lo que podían, rebautizaban dioses y reformaban lo que se les pusiera por delante. Cuando llegaron a Bath encontraron allí un santuario celta en torno a un manantial sagrado, de aguas calientes y curativas, cuya diosa guardiana era la misteriosa Sulis. Tras un rato de profunda deliberación, decidieron llamar al lugar Aquae Sulis, (las aguas de Sulis), repararon en que Sulis tenía un parecido casi increíble con su Minerva y no le dieron más vueltas al asunto.

Desde el inicio fueron conscientes de la importancia de aquel emplazamiento, y de que las aguas eran magníficas para enfermedades de la piel y muy buenas para otras dolencias interas: Claudio ordenó que se adecentara el santuario en torno a los años 60 del siglo I, y las termas que le siguieron ganaron popularidad hasta el punto de que atrajeron a peregrinos y enfermos de todo el imperio, y el conjunto llegó a ser un santuario rico: se descubrieron una docena de miles de monedas romanas, una ofrenda altísima. En torno al siglo V, las termas fueron abandonadas, y las cualidades curativas de las aguas de Sulis fueron olvidadas casi por completo durante más de mil años.

Entonces, a finales del siglo XVII, el doctor Thomas Guidott escribió lo que sería el panfleto turístico y publicitario definitivo de Bath. Su Indagaciones sobre el agua de Bath despertó una fiebre balnearia comparada a la que se vive hoy en día. Uno no era nada si no visitaba la pequeña ciudad spa y tomaba sus aguas, estuviera enfermo o no. La ciudad se revitalizó y se llenó de preciosas construcciones neoclásicas. El país que odiaba a sus invasores romanos descubría su amor por ellos, viajaba a Roma, leía Los últimos días de Pompeya de Bulwer Lytton y las mujeres imitaban el estilo de vestir de la época.

Los viejos baños también se reformaron: la preciosa estructura que aún hoy se conserva procede de esa época, y abraza el manantial sagrado, un Museo Romano, las Termas, e,integradas junto a ellas, las Pump Rooms, unas salas coronadas con una impresionante cúpula transparente donde la buena sociedad eduardiana se reunía para tomar el obligado vaso de agua milagrosa, altamente mineralizada y bastante repugnante al gusto. Beau Nash, el árbitro de la elegancia de su siglo, dio el visto bueno a ese hábito, y Jane Austen acompañó a su padre enfermo a beberla hasta que el reverendo murió.

En la actualidad es posible tomar allí el té y una magnífica selección de dulces, y también el agua, que brota de una fuente, directamente sobre el manantial original. Se puede pasear por las cercanías de las piscinas, si bien estas se encuentran vedadas al baño por razones de control sanitario. Su intenso color verde se reaviva cuando el sol del atardecer dora la piedra de Bath: las esculturas de los emperadores romanos luchan contra la erosión, y la piedra se destruye por las mismas cualidades minerales que curan enfermedades. Algo muy antiguo, un resto de lo sagrado, se filtra entre la roca y gotea. Es un lugar especial, bello e íntimo, pese a la afluencia de visitantes.Por cierto: se descubrió que tienen cierta radiactividad

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La tarde de otoño en Bath era tan luminosa, tan cálida, que era posible llevar un vestido sin mangas. El que escogí, en uno de mis colores preferidos, el azul klein, era de Joseph Ribkoff, un corte clásico con una abertura transversal en el escote. Lo combiné con pendientes sencillos y un anillo complicado de Luxenter. El bolsito antiguo está confeccionado con un mantón de Manila aún más antiguo. Las Termas era, y son, un lugar para ver y ser visto. En mi caso, solo quería mirar y pensar.

París y los textos ocultos

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Algunos de los textos más bonitos, más desgarradores que he escrito, nunca verán la luz: fueron concebidos para ser leídos ante una audiencia querida, una única vez. En una boda, en un aniversario, ante la cuna de un niño o para decirle adiós a un ser inolvidable. Como las flores o las ceremonias, las palabras marcan las ocasiones especiales que atraviesa la vida, y que desembocan en la muerte.

Ahora resulta casi lógico que mis amigos me pidan que hablen en sus eventos, o que les escriba algunas frases para ellos. Sin embargo, esa costumbre comenzó tan pronto como en mi Primera Comunión: supongo que se debía a que leía bien en alto y que carecía de miedo escénico, o a que me ofrecía voluntaria para cualquier redacción, cuento o poesía que pidieran en el colegio. Elígeme a mí, debían suplicar mis ojos.

De los votos de aquella primera ceremonia me quedaron dos manías: comprobar siempre por dónde van los cables de la microfonía (entre la iluminación de las velas y el vestido largo acabé estampada en el suelo, algo que nunca he olvidado), y hacer alguna mención botánica. Las hiedras que se entrelazan, las higueras que envejecen, las malas hierbas.

Y después de tantas ceremonias como invitada, alguna como protagonista, después de cantar en tantas bodas y de contar en muchas más, de que me temblara la voz en algunos entierros y del estremecimiento emocionado de las bodas de plata, creo que he aprendido algo: es muy difícil que un grupo de gente mienta. Es imposible mentir ante un grupo de personas. Una ceremonia se puede ver arruinada por la lluvia, o entristecida por una pérdida inminente o apenas ocurrida, pero por encima de las circunstancias, el amor o la indiferencia se extienden, como acuarela en un papel mojado.

Se puede prever qué será un éxito y qué acabará en lágrimas, si se quiso a quien se entierra o ha causado un enorme alivio su ausencia. Si no por la actitud genera, por la reacción ante los textos, cuando creen que nadie les observa. Con el tiempo, no solo me he convertido en una invitada a fiestas: también a las emociones ajenas, a las sombras y luces que se celebran o se ocultan. Es uno de los privilegios de la palabra: define y modela aquello que creíamos secreto y oculto.

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En este caso, para esta invitación con un texto oculto, elegí un vestido de The 2nd Skin.co de tul con flores rasgadas y cosidas sobre el tejido. Estoy un poco obsesionada con ese estampado, por cierto. El enorme lazo puede engancharse como una tira en torno al cinturón, si se quiere un aire más informal.

Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en París.

Una noche en la fábrica de Ria Menorca

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Cuando éramos niñas, muchas de mis amigas soñaban con quedarse encerradas una noche en El Corte Inglés, con todas las plantas a su antojo: el cielo, angelitos con cítara aparte, no parecía capaz de superar la oferta de atractivos de un gran almacén.

Yo, en cambio, hubiera preferido una noche en una fábrica. De qué, no me importaba. Crecí en una localidad fabril: lo que ocultaban las vidrierías, las acerías, las plantas de envasado, me parecía un mundo fabuloso con robots y órdenes secretas. Ha pasado mucho tiempo y varias remodelaciones industriales, pero mi fascinación por los lugares donde se fabrican cosas (los talleres, las empresas, las fábricas, las bodegas o las plantas de procesado) continúa intacta.

Siento debilidad por las fábricas de calzado, quizás porque me han enseñado a apreciar el minucioso trabajo que se esconde detrás de cada zapato, y el papel que el calzado español ocupa en el mundo. Valoro enormemente a quienes, pese a la aplastante competencia, continúan produciendo a nivel local, con las garantías y los controles de calidad europeos. Me gusta que las historias me obliguen a mirar de otra manera, con otra atención, mi entorno.

La que me esperaba cuando me invitaron a visitar la fábrica de Ria Menorca se remonta a hace casi 70 años: en 1947 Bartolomé Truyol comenzó a fabricar avarcas, (en castellano, abarcas o menorquinas), en un nuevo giro a una tradición que se remonta al calzado que llevaban los honderos baleares en sus enfrentamientos contra los romanos o los cartagineses. Guerreros cotizadísimos por su puntería, capaces de matar a un hombre de una pedrada a 100m, Tito Livio ya habla de ellos, y aunque en ocasiones los describen descalzos, otras fuentes mencionan sus tres hondas de combate y su peculiar calzado.

Esas abarcas primitivas se mantuvieron casi sin cambios durante siglos, me explicó Carlos Truyol, el hijo del fundador, y actual responsable de Ria Calzados, hasta que un elemento extraño llegó a la isla: las ruedas de caucho de los automóviles, las llantas. El diseño que protegía los pies, y con una tira en el talón que permitía sujeción, pero también que las piedras y la tierra no molestaran, se mejoró con una suela curva recortada de las ruedas. De los clavos finísimos, el cuero y el hilo encerado primitivos se pasó con rapidez a una manera de producción más ecológica y eficaz.

Pese a su sencillez, que es precisamente la clave de su éxito, el diseño permite una variedad ilimitada: esa ha sido una de las obsesiones de la segunda generación de Ria. Por ejemplo, en 2005 la suela curva dio paso a una cuña en el calzado femenino, que oscila entre los 3,5cms a los 10cms, y que incorporó la abarca en looks más formales.  Por otro lado, desde 2009 el caucho se alternó con diseños más ergonómicos,  con una plantilla de viscolástica tan cómoda que resulta una sorpresa calzarlas.

La parte que cubre los dedos, llamada pala, también ha experimentado cambios: desde los diseños de la artista María Janer (y otros artistas, en ocasiones destacadas) al troquelado con láser, se ha convertido en un espacio diminuto perfecto para expresar la personalidad y el gusto particular.

La fábrica de Ferrerías,  recién estrenada, me entuasiamó. Alberga una tienda deslumbrante en variedad y número, y reúne bajo su techo todo el sistema de producción, que puede observarse desde una pasarela elevada. Las hormas, los tejidos, (mi sección preferida) los puestos para el cosido o el encolado, todo funciona como un organismo joven y único; el resultado, las abarcas, sale para todos los rincones del mundo: Asia, América u Oceanía reciben las mismas menorquinas que yo tengo ahora ante mis ojos; y. mientras yo camino por la nave, con sus cajas blancas y rojas en perfecta alineación, en algún lugar del mundo alguien que duerme ignora aún que estoy presenciando cómo se fabrican sus abarcas.

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Para visitar la fábrica de Calzados RIA elegí un vestido de raso negro de Mango, de líneas fluidas. Llevé uno de mis collares preferidos, el de la espina de pez, realizado con piedras semipreciosas y cristal balear. Entré con unas sandalias de ante y strass de Paco Gil, pero, como el destino es el destino, salí con unas avarcas doradas, de cuña alta. Y ¿quién soy yo para oponerme al destino, si es dorado y me hace elevarme sobre el suelo?