Por qué los 70, por qué…

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Este otoño será setentero o no será: o, más bien, esta temporada adoptará como propios algunos rasgos, casi de caricatura, de cierta estética setentera, que en muy poco tiempo nos avergonzarán e intentaremos negar. Desde el punto de vista de la estética, los 70 fueron horrorosos: sólo los superarían los 80. Este años se ha rescatado o reinterpretado una amalgama de flecos (todo lleva flecos, y cuando digo todo, es TODO), ante (sobre todo, ante con flecos), pamelas de fieltro, pantalones de talle alto y campana amplísima, chalecos desmesurados, pieles de pelo largo, o al menos, voluminoso, vestidos y camisolas con retales, encaje, gasas y demás veleidades del estilo boho; y lo que es peor, se propone lucirlo todo junto.
La verdad es que casi mejor morir de un solo golpe, porque estas piezas son tan reconocibles, o dicho de una manera más sutil, poseen tanta personalidad, que contagian cualquier combinación más neutra, y por lo general, la inclinan hacia el lado oscuro. Un vaquero con campana no puede ser disimulado: una pamela de fieltro, por mucho que la guapísima Chiara Ferragni intente negar la evidencia, es una pamela de fieltro y pertenece y retrotrae a los 70. Los 70  no se adaptan: una se rinde ante ellos, se disfraza de ellos.
Por otro lado, estas prendas, rescatadas de tías o madres que en su momento eran las extravagantes de la familia o adquiridas antes de ayer en tiendas contemporáneas, son dificilísimas de llevar por mujeres mediterráneas con formas rotundas: muestran cortes que sólo favorecen a mujeres muy altas y muy delgadas, a las que, por otra parte, favorece casi todo. Con el agravante de que han de ser muy jóvenes, o mantener un aire aniñado, porque no existe estilo que aporte a una mujer madura mayor aire de estar ligeramente trastornada y vivir con un mínimo de tres gatos (ejem). No por algo las señoras que mantuvieron la elegancia y el saber vestir durante esa década pasaron por alto casi todas esas veleidades, y vistieron como marcaba un Yves Saint Laurent, un Courrèges, o, traducido en mujeres, Jackie Kennedy (incuestionable, auque nunca ha sido muy de mi agrado), la Hardy, con sus vestidos estructurados y, en el otro extremo, la Rampling, abanderada de los estampados vaporosos. O, en una versión más accesible, vistieron como la mamma que propone Dolce&Gabbana, (la de negro y encaje, no la de vestidos pasteles con rosas de lentejuelas, preciosos… pero esa no es la cuestión).
¿Qué nos queda que pueda salvarse? Los estampados psicodélicos, a quienes le gusten, las enormes gafas de sol, tan chic, la minifalda, los tacones altísimos y cuadrados, mucho más cómodos, las texturas del terciopelo, la pana y el ante, la gama de colores, y el regreso de los sombreros, capas y tocados, que es de agradecer. La libertad en las mezclas, y, una vez más, la capacidad de divertirse con la moda y expresarse a través de ella, que es, al fin y a cabo, de lo que se trata este cambio constante de estilos y formas.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAOtro día os hablaré de la crisis enérgética, de la evolución del feminismo y de la Transición, que ya analicé en Mileuristas. Hoy nos quedamos con un vistazo rápido a varias piezas representativas: el vestido-camisola vintage muy corto, pero ya que una va a parecer una mesa camilla de tamaño medio, al menos, se permite lucir pierna. En solitario porque aún hacía buen tiempo, pero cuando el frío apriete, añadiría un pantalon o unas medias tupidas; los botines de ante de Mustang con (cómo no), flecos, los pendientes florales de Adolfo Domínguez, y la pulsera de piedras semipreciosas. Cabello suelto y maquillaje ligero, aunque el look también soportaría un trazo agresivo de eye-liner, o incluso un toque de lápiz blanco.
Las fotos fueron tomadas en el Jardín de la Viña, en Ávila.

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Día a día.

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Hace unos años mi armario sufría una grave esquizofrenia: de prendas cómodas, kimonos, caftanes y chaquetas de punto herededadas (siempre me negué a los pijamas o los chándales) saltaba a vestidos de cóctel y gala. No había espacio para pantalones, salvo un par de vaqueros que usaba para el senderismo, ni para camisas ni trajes, excepto por un momento puntual en 2002 en el que compré dos, uno rojo y otro de raya diplomática, durante la promoción de “Cuando comer es un infierno”.

Por un lado, se debía a mis gustos personales: del mismo modo que prefería que me quemaran en la plaza pública a meter en mi casa un sofá convencional de tres plazas, no encontraba nada atractivo en las uniformes y formales sugerencias para la oficina, o en esa adolescencia prolongada de lycra y vaqueros que proponían a las mujeres de mi edad. Por otro, mi trabajo se desarrollaba muy lejos de un entorno convencional. O bien escribía, traducía o corregía en la seguridad del hogar;  o bien, fuera de casa, impartía conferencias o acudía a presentaciones y eventos más formales.

Los tiempos han cambiado, mi sistema de trabajo también, y los cursos de formación, las asesorías, y las reuniones matutinas se hicieron más frecuentes. Muchas mujeres han optado por el teletrabajo, con lo que la oferta de ropa confortable y casera ha aumentado, también. De todas maneras, no me siento del todo cómoda en este terreno un poco grisáceo del casual. Imagino que necesito algo de drama, incluso en mi vida cotidiana. Prefiero el exceso al aburrimiento. No sé cuándo maduraré…

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Superada ya mi alergia a los vaqueros, una opción para un día de trabajo sin demasiados sobresaltos podría ser parecida a esta: vaqueros setenteros de H&M con un kimono corto en raso rosa claro (pantone 189C, para no definirlo con adjetivos cursis), de Shangai Tang,  y unos salones de tacón de aguja de Paco Gil. El brazalete de metal, con una escena hindú, viene de un mercadillo de Londres, y el broche de esmalte del s. XIX, húngaro, resulta imprescindible para que el escote no se desboque (algunos kimonos se atan con tiras interiores, pero no es el caso).

¿Regreso a casa? Fuera tacones, fuera brazalete (porque choca contra el teclado del ordenador; a continuación mi gatita Rusia lo tira al suelo, lo mira caer y se va), una coleta y el problema ya es otro. ¿Sobre qué escribo hoy?