A tu edad no deberías…

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A tu edad no deberías.

Cómo se te ocurre. En qué estás pensando.

Mira qué pintas llevas. Arréglate un poco.

No hace falta arreglarse tanto.

A tu edad yo ya. A tu edad yo nunca.

No sé lo que se cree. No sé quién se cree.

La lapidación está prohibida. Lástima.

Pintada como una puerta.

Ha hecho siempre lo que le ha dado la gana.

Claro, como no tiene hijos.

Si sus hijos le importaran un poco.

Solo piensa en los niños. Se le ha olvidado ser mujer.

Y lo deja todo ahora, a su edad.

Sus padres, los pobres. Lo que lleva pasado su familia.

Eres muy guapa de cara. Si solo bajaras diez kilitos.

De cuerpo está muy bien. Pero mira qué arrugas.

Se le ha ido la mano con la cirugía.

Con el dinero que tiene, ¿cómo no se hace algo?

Lo que deberías hacer es.

Sólo busca llamar la atención.

Una mosquita muerta. Que son las peores.

Que tus hijos no tengan que echarte en cara un día.

Irse a liar ahora con un jovencito.

Si se le va viendo todo.

Ha subido mucho en poco tiempo. A saber por qué.

A su edad no debería. Yo no. Yo nunca.

Si yo tuviera su dinero yo también vestiría bien.

Está obsesionada con el trabajo. Con el dinero. Consigo misma.

Qué esperas de una divorciada. Qué esperas de una lesbiana. Que esperas de una que se ha casado dos veces. Qué esperas de una pija. Qué esperas de una de esas.

Falsa, más que falsa. Mala madre. Maleducada. Vulgar.  Egocéntrica.

Husmeamaridos. Querindonga. Solterona. Vistesantos. Beatona.

Yo no le deseo mal a nadie, pero.

¿No le vas a dar el pecho?

Yo no la veo guapa. ¿Guapa? Hay mil como ella.

Y con ese marido que tiene. Que le aguanta por el dinero.

Está demasiado delgada. Anoréxica.

¿Y con quién dejas a los niños?

Qué pena, la lapidación.

Siempre me había caído bien, pero.

¿Cómo no va a engordar, si se pasa el día picoteando?

No tiene moral. No tiene principios.

Me has decepcionado.

¿No los mandáis de campamentos? ¿No se quedan al comedor? Ah, ¿se quedan al comedor?

Se ha hecho algo. Fijo.

Cómo has cambiado.

Para mí que el bizcocho no lo hizo ella.

No me extraña que la dejara el marido.

No sé de dónde saca para gastar tanto.

Envidia, un poco. Pero envidia sana.

Un día se le va a acabar el chollo.

La vi el otro día y no quieras saber cómo iba.

Si yo te contara.

Está viejísima.

Qué carácter tiene. Como para decirle nada.

Tiene pinta de sucia.

¿Qué? Tú no entras mucho por casa, ¿verdad?

¿Dónde te metes últimamente, que no se te ve el pelo?

Te lo digo por tu bien. La gente comenta.

Yo no es por criticar. A mí no me gusta criticar.

Pero es que a su edad no debería.

No, no debería.

No debería y punto.

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Shorts bordados- Mango

Top- Cosido por mi madre. Tiene 22 años. El top, no mi madre.

Sandalias- Paco Gil.

Collar- Marisa Bell.

Bolso- Regalo de la revista Telva.

Higienizador de manos- Touchland

Cabello- Aveda

Maquillaje- Sandra Grau

Críticas- Cortesía de la casa.

Las fotos fueron tomadas en el Hotel Sorolla Palace, en Valencia, por Nika Jiménez.

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No es la vida, es la luz

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A menudo me encuentro con personas que atraviesan un mal momento y que tienen la generosidad de contármelo. Hace unos años me hablaban de trastornos de la alimentación, y todo el infierno que conllevaba. Ahora, desde que saben que superé una depresión al bordear los cuarenta, de la antigua enfermedad de la melancolía, de la tristeza, de cómo se lucha o se puede batallar contra un cerebro enfermo y que ha olvidado pensar bien.

No hay trucos, no hay atajos. La recuperación nos saca de un lugar muy oscuro, muy siniestro, pero no sin esfuerzo: yo conté con medicación, con terapia. No lo hubiera logrado sin ellas. Y sin mi decidida voluntad de no quedarme allí. Mi vida tuvo que cambiar por completo, mi manera de pensar y enfrentarme a los problemas está también experimentando transformaciones. Una mayor ligereza, una mejor organización. Menos dependencia de la mirada ajena, una gran disciplina de horarios y de objetivos. Decir lo que pienso, pero pensar mucho lo que digo.

Aunque resulte difícil comprenderlo a quienes no han padecido una enfermedad mental, uno no enferma porque lo desee: pero no se abandona la enfermedad sin el deseo de abandonarla. Ni se mantiene lejos de ella sin un cuidado que ha de ser tan constante y tan normalizado como la buena dieta, el ejercicio, o el resto de los hábitos que nos mantienen sanos. En el caso de la enfermedad mental, sirven como buenos aliados  la serenidad, el humor, la búsqueda de la belleza en lo que nos rodea, el cultivo de nuevas aficiones de las que no se espere mucho.

Para mí resulta esencial, y creo que ya lo será siempre, el ratito pequeño de paseo y de desconexión. Arreglarme un poco (a quienes trabajamos con frecuencia en casa se nos olvida), y salir a mirar qué hay ahí fuera, fuera de mi cabeza, quiero decir, de mi a veces demasiado intenso, demasiado incontrolable fluir de pensamientos. No es agradable ser así. Intento que no me haga daño, y sustituirlo por pensar con mesura. Esa frase tan sencilla  y tan imposible de cumplir de no pensar demasiado; porque si me dejo llevar por esa cadena de pensamientos sin tregua la vida se agrava y se complica, los problemas sofocan la mirada, la existencia se convierte en insoportable.

Un paseo, un rato para observar qué hay por ahí de dulce, de bello, de impresionante. Lo hecho por el hombre o por la naturaleza. Un gesto entre humanos, un aleteo de una paloma, un escaparate o un coche bonito. La gasolina disuelta en agua y convertida en arco iris en el suelo. Una pared pintada, un grito o un poco de viento.

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Me sacaron estas fotos en el Palacio de Congresos de Valencia, el día siguiente de ser madrina en la VIU. Las horas posteriores a una gran alegría suelen conllevar un cierto vacío, un hueco que hay que completar con cualquier otras cosa leve y cotidiana que nos confirme que no siempre se puede vivir en lo alto de una ola de espuma y nada. Salí a dar un paseo, me encontré con niños, con unos perritos mimosos. La fuente y la luz invitaban a la sonrisa y a la calma. Estrené unos shorts de encaje de Mango, un top de manga corta de rayas de HM. Me puse mis sandalias bicolores de Paco Gil, y una cartera de Gucci. Una pulsera dorada de LaOneta.

Blanco y negro, el binomio de la vida, la realidad y la ficción. Sólo fue un paseo, un ratito. Tocaba de nuevo regresar a Madrid, al trabajo menos vistoso y a los contratiempos diarios. Reforzada, con un momento curativo como aliado. No hay tampoco otros trucos, ya lo he dicho. Vivir, mirar, respirar hondo, detenerse en algún detalle bonito. Y continuar caminando.

Quince minutos de gloria; con la VIU en el metro

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Hace unos  meses, a finales de enero, grabé una campaña como imagen de la VIU, la Universidad Internacional de Valencia, que se ha especializado en la educación a distancia, en especial para adultos que desean cursar un Master o una segunda carrera.

La pedagogía, las metodologías de enseñanza y  la aplicación de la tecnología en la enseñanza ha sido un auténtica obsesión para mí, por muchas razones: por ejemplo, la carencia de sistemas reglados para mi oficio, el de escritora, frente a los muchos métodos y lo muy controlada que estaba, por ejemplo, la enseñanza musical. Un grado medio o superior de piano o canto acreditabas las horas que había dedicado un alumno a la música, e incluso computaba en unas oposiciones. El escritor aficionado, condenado a un amateurismo eterno hasta que publicara un libro, no contaba con esas herramientas.

Por otro lado, como docente habitual en universidades y cursos, y muy interesada en particular en la formación de adultos, mi preocupación ha sido que tanto la materia como la forma pudieran ir siempre un paso por delante. La VIU apreció y valoró ese trabajo, y me propuso que protagonizara, junto con otros dos embajadores (uno de ellos, por cierto, músico), su nueva campaña.

El vídeo se grabó en La Central, una preciosa librería del centro de Madrid, y en el Círculo de Bellas Artes. Creo que parte del buen ambiente y de las ganas de colaborar se transmitió en él, porque funcionó en las redes de una manera excepcional. Bien ubicado, bien realizado, con una alta visualización, todos quedamos satisfechos. Podéis ver el vídeo aquí.

Y sí, se había sopesado la posibilidad de que si la campaña funcionaba como estaba previsto, se ampliara a publicidad exterior, a soportes como carteles, marquesinas… Era de esas posibilidades que se barajan como un por si acaso, como un sueño, y he de reconocer que no contaba con ella.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando de pronto, a finales de mayo, recibí en mi móvil una fotografía de mi anuncio, en formato de dos por tres metros (o más: no sé. Enorme) en un display de publicidad en el interior del metro de Madrid. ¡Cáspita! me dije, o algún término parecido. Ha ocurrido. 

Luego me vería también en los autobuses de Valencia, en una escena muy parecida a los créditos iniciales de Sexo en Nueva York con una escritora, Carrie Bradshaw, con tutú rosa. Lo que ocurre es que mi frase, No hay una edad concreta para empezar a estudiar, no resulta tan ambigua como la que le habían plantado a Carrie en su anuncio, y mi armario es más modesto.

Con lo que no contaba era con que la campaña, presente en estaciones como Goya, Diego de León, Ciudad Universitaria… iba a situarse en la parada de metro que uso habitualmente. El susto que me llevé al doblar la esquina para coger la línea 4 y verme allí con mi vestido verde es para no contarlo. Yo, que no soy considerada precisamente una tímida flor, pasé un rato regular mientras esperaba en el andén y comprobaba cómo la gente me miraba. Porque sí, me miraban, y me reconocían. Y lo comentaban en voz alta. Hay rumores de que me ruboricé. Puede ser. Amigos y conocidos me han enviado fotos con mi foto, y fotos de mi foto. Los quince minutos de fama warholiana se han convertido en veintiún días.  Divertido, pero también perturbador.

La fama, la presencia mediática, sucede como una consecuencia de determinados resultados, aunque en estos momentos los medios de comunicación inviertan a veces el proceso, y reconocemos a personas por el hecho de haberlas visto reiteradas veces, sin tener una idea clara de por qué han atraído esa atención. No hay nada de malo en la fama per se, si existe un contenido que la sostenga: hay carreras, como la de los artistas, que han de contar con ella, y gestionarla de la manera adecuada; la noción de marca personal resulta imprescindible en una sociedad no proteccionista, que aspira a ser competitiva por sí misma, sin los enchufes o contactos o vías directas que tanto han perjudicado el mercado de trabajo español.

Otro tema sería la percepción ajena de la fama: desde la idealización casi adolescente que se construye sobre algunos famosos, o la veda que se abre para criticar, cotillear y juzgar sus acciones o su apariencia, la relación de la sociedad española con quienes tienen notoriedad pública (y no hablo aquí de los famosos del corazón o los temporales que encumbra y despeña la televisión) dista mucho de ser natural.

La manera tan contradictoria de emplear las redes sociales, por ejemplo, delata ese deseo de opinar, de ser vistos, pero también la asunción de que quienes lo hagan serán criticados o atacados por ello. La polarización (blanco o negro, con los míos o contra mí), los prejuicios (se deducen datos irreales por la edad, vestimenta, procedencia o trabajo) y el etiquetado inmediato (seguimos siendo un país que acepta mal la ambigüedad, o la evolución personal o laboral) continúan siendo reacciones que delatan envidia, cerrazón de mente, inseguridad y necesidad de control.

Desde luego, la generación nacida en torno al 2000 verá todo esto como un legado del pasado. Habrá crecido con otra percepción de la visibilidad y de la fama, la modificará, aspirará a ella. Posiblemente sepa manejarla de una manera más práctica y menos sospechosa. Entenderán el uso de su imagen, y de su marca, como una parte imprescindible de su carrera profesional, y de su posicionamiento en un mundo que, si todo va bien, ofrecerá oportunidades fuera de un territorio limitado por la cercanía y el idioma.

O eso espero. Esa es la generación que nos relevará, y aspiro a que sea más inteligente, más rápida y que esté mejor adaptada que la mía. Por mi parte, me sigo viendo en el metro, me planteo ponerme gafas de sol mientras dure la campaña, y continúo pensando que no hay una edad predeterminada para estudiar. Ni para aprender.

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En el anuncio llevo un vestido verde vintage de los 70, de corte clásico, con falda de capa y grandes picos en el cuello. Es un color que muchas veces asusta y se evita, pero que en la tonalidad adecuada puede sentar bien a casi todas las mujeres. Los zapatos bicolores son de Rebeca Sanver, y el maquillaje fue obra de Myriam de Prada.

Cursos de verano 2016

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Como todos los años, comienza la temporada de Cursos de Verano en distintas universidades: en algunos participo como profesora, en otros seré también la directora. ¿Os animáis a inscribiros en alguno? Tendrán lugar en ciudades muy distintas, y la temática también variará.

A principios de junio, el día 10, participaré en el curso Literatura y Moda en la Universidad Internacional Menéndez Pidal (UIMP) en Valencia. Tenéis la información sobre él aquí.

Un poco más tarde, del 24 al 26 de junio, (lo que significa que pasaremos allí la noche de San Juan) tendrá lugar una experiencia extraordinaria, Diodati se mueve en Iruelas, Ávila. Durante ese fin de semana intentaremos recrear lo que ocurrió en el verano de 1816, en Villa Diodati, en que autores como Shelley, su mujer Mary, Byron y Polidori se juntaron para leer, contar historias y disfrutar del año sin verano. Toda la información se encuentra aquí. Yo me encargaré de organizar un picnic (una excusa para charlar de literatura, de la vida, la muerte, y el talento) y de un encuentro junto al lago.

El 28 de junio intervendré en el Curso Violencia filio parental y violencia de género: la necesaria salud emocional, en El Escorial. Podéis ver de qué se trata y matricularos aquí.

El siguiente curso versará sobre el arte de hablar en público y tendrá lugar en la Universidad Complutense, en su sede de Moncloa: yo imparto clases del 4 al 11 de julio, aunque el curso se prolonga hasta el 22.

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La información al respecto se encuentra aquí.

Cambiamos por completo de tercio y de zona para irnos a la UNIA en su sede de La Rábida, en Huelva, del 20 al 22 de julio. El curso que dirijo está encaminado a detectar y librarnos de las personas tóxicas, en particular de las que encontramos en nuestro entorno de trabajo, y cuento con el extraordinario apoyo de profesores  de áreas muy diversas (psicología, psiquiatría, mundo del espectáculo y de la moda, relaciones con las redes sociales, literatura…)

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La información y la matrícula se encuentran aquí.

Por último, aunque habré estado ya en Teruel en la UVT los días 18 y 19 de julio como profesora en el curso Psicopatología de la Adolescencia: cambios y crisis,  que podéis ver aquí, regreso como directora en un curso de perfil literario.

Del 25 al 28 de julio abordaré las posibilidades prácticas que ahora mismo ofrece el saber escribir de la manera adecuada: uno de los temas que me apasionan, y que preocupa en la actualidad a la gran parte de lo escritores y aspirantes a serlo. ¿Cómo reorientarse, cómo sobrevivir si se desea que escribir sea algo más que un hobbie?

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Y aquí tenéis la información y matrícula.

De momento, esto será todo. ¿Veis algo que os interese? Seréis bienvenidos…

Lugares de paso

 

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Así como hay gente que odia los lugares de paso, que elimina los pasillos en las reformas y limita al mínimo las esperas en aeropuertos y estaciones, a mí me entusiasman esos espacios: los físicos, y los mentales. El lento tránsito de una habitación a otra, de una emoción a otra. Incluso en una ocasión pensé en titular uno de mis libros de cuentos así, Lugares de paso, pero otro escritor se me adelantó, y así quedó la cosa, a la espera.

Siempre he dicho que si hubiera dedicado el tiempo que he pasado a la espera en una estación de trenes a estudiar chino, hablaría chino. Pero lo he dedicado a cosas posiblemente menos útiles, pero muy placenteras. He leído infinidad de libros, he escrito partes de los míos, me he pintado las uñas, he fantaseado, he mantenido charlas inolvidables con amigas, he llorado, he hablado con desconocidos y me he sentido siempre en esa tierra de nadie: como un regalo inesperado. Una de las estaciones más bonitas en las que he esperado es la Estación del Norte de Valencia.    Una estación de los luminosos años del Modernismo, tan errático en España, que recubre las paredes de este espacio de todos y de nadie con mosaicos, volutas, tallas y vidrieras. Los mensajes de buenos augurios (Buen viaje, dicen las palabras de las taquillas en varios idiomas) se alternan con la exuberancia de las flores, y las frutas, y todo lo que, si nos detenemos, observamos allí. Porque esa estación, como todas las de esa época, incluía la espera como parte esencial del viaje. Y, cada vez que paro allí, que, para mi suerte, ha sido en muchas ocasiones, me detengo un momento, disfruto de esa estética un poco demasiado bonita, un poco sentimental, pensada para ser agradable a la vista y al alma y recuerdo que, salga el tren con retraso, lo pierda, ocurra lo que ocurra, hay un espacio para la espera. Un lugar de paso.

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Los viajes requieren ropa cómoda, y por eso elegí un jersey de cuello cisne de Adolfo Domínguez,  en uno de mis tonos preferidos, el burdeos. La falda larga, de encaje, en el mismo tono, fue una compra acertada en Zara.  Si por mí fuera, siempre vestiría con una falda larga. Presenta un largo difícil, que yo aligero con zapatos de tacón; me veo incapaz de llevarla con deportivas, como he visto en otros casos.

El collar y la pulsera de eslabones dorados son de la marca La Oneta. Y el tiempo para gastar es todo mío.

 

Nuevas voces, nuevas historias

 

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. No tanto de nuevas historias para narrar, porque esas llegan solas, o aparecen de vez en cuando entre los recuerdos y las experiencias pasadas, sino de quienes se expresan de manera diferente. El libro es para mí como un viejo amante, cuyas limitaciones conozco y acepto, a quien siempre puedo regresar. Pero las otras maneras de contar lo que deseo transmitir… ah, se han convertido en una pasión siempre renovada. , y siempre me siento dispuesta a ellas.

Durante años me obsesionó el encontrar nuevos formatos para transmitir mis historias: el audio, los textiles, la publicidad, los envoltorios (el packaging ofrece tantos espacios vacíos…), y, por supuesto, el escenario. El encuentro entre imagen, sonido y palabras

Publiqué un libro, los relatos de “Cuentos malvados” en farolas. He escrito cuentos sobre zapatos, y se han fabricado zapatos que he descrito en mis cuentos. Escondí textos en camisetas. Me he inspirado en perfumes, en la textura sedosa de los cosméticos, en colecciones de moda, en flores y jardines, en lámparas de cristal. Conté de nuevo historias como la del Cid o la de Hamlet a niños, y he trabajado con arte urbano.

Ahora, con la impetuosidad de la primera juventud ya apaciguada, y con algunos caminos ya explorados, aún me emociona el encontrarme con quien busca senderos nuevos.

Durante los días que pasé en Valencia, hace poco, lució un sol espléndido, y pude ponerme unos shorts de ante, con mi cazadora de cuero, una pulsera de Braccialini  y una camiseta de Cotocult.  Ya me visteis con ropa de Cotocult, en este caso una sudadera, aquí.

Los creadores de esta joven marca se definen a través de Shirt and Words. Dicen que Cotocult quiere contar una historia y un viaje con un personaje tras cada camiseta. Y la camiseta negra que luzco se titula Escribo parís, de la colección Quién nos escribirá mañana. La ilustración muestra una postal que podría ser enviada a cualquiera: pero si indagais en la web, el texto que está detrás declara esto:

Escribo parís en minúscula desde que sé que te dan rabia las faltas de ortografía. He aprendido a escribir vaso con b y beso con v y si me preguntas por qué lo hago te respondo que es una tontería porque me encantan los hoyuelos que te salen en las mejillas cuando te entra una rabieta. (…) Bicicleta y Cama van con mayúsculas si se refieren a tu Cama y a mi Bicicleta. La Camiseta de autor escribo paris negra declara la guerra a quien no se atreve a decir de otra manera lo que siente. Como el niño que le tira de las trenzas a la niña más guapa del colegio.

Les deseo toda la suerte del mundo. Creo que continuarán contando muchas más hermosas historias.

Y, también en Valencia, de una manera muy distinta, hay una joven artista que, por un momento fugaz, convierte lo cotidiano en algo inesperado. Su material es el café, los siropes y la espuma. Se llama Bea, y se encuentra en el Café dels Somnis,  en Avda del Puerto 152. Había tenido ya la amabilidad de retratarme en un café, a mí y a mis gatitas, pero cuando fui a visitarla repitió a Lady Macbeth con una habilidad casi fotográfica. Transformó un café en una experiencia, una pausa en un recuerdo. Las historias, se supone, son una lucha contra el tiempo, pero resulta extraordinario que algunas de ellas, que no perduran, nos obliguen a centrarnos en el momento con un resultado casi idéntico: una vida más intensa y con mayor sentido.

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. Y nunca sé dónde encontraré la siguiente historia.

 

Tema de la redacción: la primavera

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A mí de niña la primavera me gustaba porque nos mandaban que escribiéramos redacciones sobre ella en aquellos benditos años de la EGB, y me servían como excusa para traer a colación a Botticelli, las ninfas que se transformaban en laurel, las manzanas de la diosa Idunn y el regreso de Proserpina a la superficie de la tierra. Además, introducía siempre una desgarradora nota de dolor porque todos celebraban el inicio de la hermosa estación, pero de la muerte del invierno, ¿quién se acordaba? ¿Eh? ¿Quién recordaba al viejo invierno? De manera que quejas ahora sobre pedantería y dramatismo, no, llegan tarde. Mis compañeras de colegio, esas santas, sí que me sufrían.

Ya crecida, pasé muchos de mis meses de marzo en la Comunidad Valenciana, durante la celebración del Dia de la Dona, que a veces se alargaba hasta Fallas. En muchos de los municipios me encontraba con estudiantes de instituto por la mañana, en un programa de animación a la lectura, en el que les hablaba de la importancia del pensamiento individual, de la importancia del esfuerzo, del acoso, los TCAs, la vocación… y de cómo la lectura sería siempre una amiga silenciosa si lo neccesitaban. Y por la tarde me encontraba con grupos de mujeres, y acabábamos tratando casi los mismo temas que con sus hijas o nietas, pero desde la perspectiva de las adultas y su experiencia.

Para mí ese inicio de la primavera en el Mediterráneo suponía un regalo tras los fríos, una primera promesa de sol. A veces, de pólvora y fiesta, de sedas crujientes y coloridas, y tanto arroz como podía comer. Me sentía muy feliz en algunos de los ratos perdidos, junto al mar, quizás, a veces con la compañía agradabilísima del señor Enrique Pla, que era quien se encargaba de organizar mis recorridos. Luego pasó el tiempo, llegó la crisis y esos programas desaparecieron, junto con muchas otras cosas. Pero este año, de mano de la Universidad Internacional de Valencia, (VIU) coincidió una Master Class en estas fechas. Y así he regresado a la alegría de la luz ensombrecida por las mascletás, los churros y los buñuelos de calabaza, las fallas en las calles cortadas y la belleza de los edificios que se recortan contra el atardecer.

Ahora ya no me piden redacciones sobre la primavera: si lo hicieron continuaría hablando de los azahares que florecen junto a las naranjas granadas, de las diosas de la eterna juventud envueltas en encajes y cubiertas de joyas, de los laureles que reverdecen, y de cómo hemos olvidado al viejo, refunfuñón invierno. Y si hay quejas, llegan tarde: eso es para mí el primer parpadeo de la primavera.

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Para recibir con toda amabilidad a la diosa Primavera, me puse un vestido estampado de peonías amarillas y blancas, pero con un fondo azul marino muy setentero, de Zara. Los escotes delantero y posterior son generosos pero no exagerados, y es posible llevarlo en el día a día. Los zapatos amarillos son de Paco Gil, unas sandalias, en realidad, uno de mis pares favoritos. La regadera de charol, un bolso de Pylones, con su nota de humor y viveza, se prestaba bien al día. No los escucháis, pero mientras paseaba por los jardines del Turia frente al Palau de la Música, donde se sacaron las fotos, sonaban petardos sin interrupción, y el aire olía a fiesta…