En Casa Decor 2017

OLYMPUS DIGITAL CAMERACada año Casadecor cambia de ubicación: como un guante a los dedos, las tendencias más interesantes de decoración se adaptan a un nuevo edificio, que este año se encuentra en la calle Antonio Maura, 8, de Madrid. Una casa señorial, de casi 3.000m2, con siete plantas irregulares y diferentes. En total, el curioso se encontrará con 67 espacios decorados por distintos diseñadores, arquitectos e interioristas. Desde una pared en un espacio de paso a una habitación suite.

Quizás sea una de las exposiciones que cada año espero con mayor impaciencia. La reforma de un casa esconde una promesa de una vida nueva y de un inicio mejor. Durante los próximos meses espero modificar ligeramente todo ello, de manera que ver tantas ideas creativas ( quienes lo deseen podrán visitar Casadecor hasta el 18 de Junio, todos los días de 11:00 a 21:00h) me deja oscilando entre la inspiración y la realidad.

No mencionaré todos los espacios que me han gustado, porque sería interminable, pero no quiero dejar de mencionar algunos que me han llamado la atención: pido disculpas al resto, y a su talento.

El visitante debería detenerse en la tienda Brillar, Resplandecer, Sobresalir, a cargo de Espacio Luzco. Siempre resulta ingrato decorar un espacio en el que se venden objetos ajenos, y Liena Ferrero lo consigue con (perdón por el juego de palabras) brillantez.

Una de las miradas más originales de la decoración contemporánea es la del siempre interesante Guillermo García-Hoz, que este año se ha encargado del Salón Home-Gallery Samsung. Colorido y neón en un espacio presidido por su emblemático ciervo Gerardo, y por un sentido del humor que invita a divertirse se quiera o no.  Sigo a Guille desde hace años y cada vez me gusta más lo que hace.
También en un espacio Samsung, pero en este caso la cocina Trendy Kitchen encontramos a Beatriz Silveira. Beatriz habla en sus proyectos de sensibilidad y de equilibrio, con un toque femenino muy sutil. Luz y armonía, y espacios abiertos en esa cocina.
La luz, y en este caso el color, protagonizan también el salón del Espacio Westwing, de la mano de Miriam Alía. Miriam fue uno de mis descubrimientos de la pasada edición, con su butaca de lentejuelas y su leopardo de cerámica, pero este año me ha deslumbrado: ha recubierto las paredes de tonos fríos con celosías blancas, que combina con papel pintado de flores y toques dorados. Westwing sacará a la venta en breve algunos de estos objetos, y reconozco que los estoy esperando con interés.
Pasé varias veces por la Sala de Estar La cuestión palpitante, de Virginia Sánchez Interiorismo. La razón, los intensos verdes degradados de esta sala de estar que reinterpreta los hogares señoriales en los que Emilia Pardo Bazán, la autora del ensayo que da título al espacio, vivió. Y la interesante conversación de Virginia, encantada de explicar el proceso que llevó a cabo para mostrar la modernidad de esta escritora plasmada en las molduras y las fotografías. Una delicia.

Tampoco podía pasar con prisas frente a El salón del Lector de Asun Antó: dos alturas que me llevaría a mi casa, con sus espejos, libros y discos, en un ambiente íntimo que parece casi infinito y que invita a la conversación pausada o a la soledad.
Completamente distinto es el tramo de escalera Esne para Scheider Electric. Suban y vean el ramalazo de rojo y la originalidad de este diminuto espacio.

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Entre tanto color (y terciopelo, y mármol, y cobre, y dorados, la tendencias de este año) para las fotos de Nika Jiménez preferí vestir de blanco: un top de Zara, con un pantalón crop blanco de Mango, mi preferido ahora que ha llegado el buen tiempo. Toques plateados y un borsalino. Me cuesta más escoger entre lo que veo: todo parece posible, todo puede encajarse. Paredes grises o rojas, pavimentos naturales o de brillo sintético, antigüedades reales o guiños kitch. Es el problema de tenerlo todo tan al alcance durante esta visita. Lo creemos posible, lo creemos nuestro, lo creemos hecho.

“El chico de la flecha” en Madrid

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Faltaba que El chico de la flecha se presentara oficialmente en Madrid: de entre las muchas librerías con un espacio reservado para la literatura infantil y juvenil  Librería Lé fue la escogida, y el día 21 de enero nos reunimos lectores, alumnos, amigos, niños y mayores, para charlar un rato sobre historia, sobre la Hispania Romana, sobre los jóvenes y nuestra responsabilidad hacia ellos.

Conté, por ejemplo, cómo había surgido la idea de escribir esta historia: un fin de semana con mi amiga de la infancia, Valentina, que estaba presente y no podía contener la risa cuando recordaba las anécdotas que vivimos en el colegio, cuando ya torturaba a mis compañeras con obras de teatro, cuentos y ocurrencias. Hablamos de los niños y sus preocupaciones, y de una de las más acuciantes de los padres: que los niños desarrollen el amor por la lectura. De la pasión común que mi editor Pablo y yo sentimos por la antigua Roma y por su legado. Y, en definitiva, de todo aquello que nos une y que deseríamos que nos uniera a quienes queremos.

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Para esta presentación llevé mi abrigo blanco de Promod, con botines de terciopelo negro de Mango, y un bolso reversible (mostaza y de estampado animal ) de Gloria Ortiz. El top de tartan blanco y negro es de Chip Up. Los pendientes con turquesas, de Luxenter, fueron un regalo de María, la bibliotecaria y profesora de historia del IES García Bernalt. El brazalete, de jaspe, lleva la firma de Nockt, y la sortija de oro y zafiro es casi tan antigua como mi amistad con Valentina: fue un regalo de mi comunión. Por último, las gafas son de Musthave.

Las fotos son responsabilidad de Nika Jiménez.

 

En el Festival ZINEBI de Bilbao

OLYMPUS DIGITAL CAMERAPertenezco a la generación que se incorporó de manera masiva a las aulas universitarias en ese intervalo en el que aún no habrían proliferado las universidades como luego lo hicieron, y en el que las carreras se reducían a un puñado, antes de las reformas que las acortarían y las especializarían. Estudié en la Universidad de Deusto, mientras vivía en casa de mis padres, como casi todos mis compañeros: eso hacía que no existiera la activa vida universitaria que se daba en otros campus. Aún así, me las arreglé para formar parte del Taller Literario, y, como debe aparecer en el currículum de todo escritor, fundar un par de revistas literarias. Tuve la suerte de realizar las prácticas de mi Diploma de Edición de Textos en la Secretaría Técnica de la universidad. Allí tuve acceso a varias décadas de documentacion sobre el origen y la filosofía de Deusto: la excelencia, la responsabilidad para con la sociedad y una decidida voluntad de formar a líderes. Sin ser demasiado consciente de ellos, eran valores que me había inculcado y que había hecho míos durante esos años.

Hace unas semanas me ofrecieron que presentara un documental con imágenes del curso 43-44 en Deusto; se haría el 18 de noviembre en ZINEBI, el Festival Internacional de Cine Documental y Cortometraje de Bilbao. Este Festival nació en 1959 (entonces era el Certamen Internacional de Cine Documental Iberoamericano y Filipino de Bilbao, ahí es nada). ZINEBI, una cita de referencia en el mundo del documental, cada vez más interesante, y que cuenta con voces más originales, había rescatado la primera vez que en mi Universidad entraron dos mujeres, una de ellas invitada a hacer el saque de honor en el partido de futbol. Cuando casi 50 años más tarde yo estudié en esas aulas, las mujeres éramos un noventa por ciento de las alumnas de mi clase. La universidad, casi con un régimen de internado, masculina, con la presencia de los profesores jesuitas junto a los chicos en las comidas, los deportes, las salidas, había experimentado el mismo cambio que la sociedad.

El documental, como el ensayo en las lecturas, aparece siempre oscurecido por la ficción; los medios de las películas, la presencia de estrellas, el afán de diversión ni siquiera compite con la realidad grabada. Sin embargo, la personalidad y la mirada del director o de un pequeño equipo se manifiesta en esas piezas muchas veces con mayor fuerza que en producciones más exigentes y esclavas de otras expectativas. La denuncia, la exposición, la visión minoritaria… o los fragmentos de historia pasada aparecieron por ZINEBI. La vida se enriquece con esos enfoques. La mente se abre. Con suerte, el pensamiento cambia. Fue un placer, y un momento muy emocionante, el que contaran conmigo.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara la presentación, que tuvo lugar en el Teatro Arriaga de Bilbao, llevé un dos piezas de Marú Atelier compuesto por una falda larga de brocado en tonos azules y grises, con flores en relieve en la cintura, y un crop top del mismo tejido. Zapatos salón azul de Sacha London, y anillo y pendientes de Luxenter. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez.

Viaje a Irlanda (VIII) Dublín

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Había comenzado el viaje a Irlanda cerca de Dublín, en un castillo, y unos días más tarde cerraba el plan también en las inmediaciones de la capital, en otro castillo, en Barberstown Castle. Atrás quedaban las penalidades pasadas por los habitantes de Limerick, que conté aquí: desde el siglo XIII este viejo edificio perteneció a las clases dirigentes (primero a los normandos Fitzpatrick, después a Nicholas Barby, un noble que le dio nombre y estructura), hasta convertirse en un hotel pensado para ofrecer un sueño. Por cierto, ¿recordáis que algunos cantantes, como Sting, o Madonna  invirtieron en castillos hace algunos años? Éste en el que me hospedé perteneció a Eric Clapton durante más de una década.

Las camas con un discreto dosel, la cuidada decoración del interior, el respeto por el claroscuro que permitía apreciar el brillo de los recipientes de cobre o la cubertería de plata, el bisel de los cristales en las puertas, las rosas recién cortadas sobre las chimeneas, todo hablaba de un refinamiento, un buen gusto relacionado más con una personalidad definida que con una tendencia puntual. Mucho de lo que hace ese lugar inolvidable no se puede comprar con dinero; por eso fue posible llevármelo conmigo.

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Si yo fuera Eric Clapton, el nuevo propietario hubiera tenido que desalojarme a la fuerza, mientras pataleaba y escupía como una loca, tras haber serrado uno de los barrotes del dosel de la cama a la que me habría encadenado. Y cuando muriera, me aparecería aquí, a los huéspedes, solo para bajar el precio de la propiedad. Cosas que se le ocurren a una mientras pasea por el bosquecillo de sauces, o bajo la imponente torre por donde trepa la hiedra roja

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Creí que un vestido azul ( un color que no se encuentra con abundancia en el mundo vegetal) crearía un bonito contraste con el entorno. El que llevo es de punto muy ligero, y los abalorios dorados del cuello le dan un cierto aire clásico. ¿Grecia? ¿Egipto? Las sandalias de corte romano son de Paco Gil.

El problema es que a mí me dan un vestido largo y un castillo y ya la hemos liado. Solo con un notable esfuerzo de voluntad pude  recordar que mi viaje finalizaba y que me quedaba muy poquito tiempo en Dublín.

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Los productos de ese día fueron otro descubrimiento: el Limpiador de Niod (el nombre exacto es Low Viscosity Cleaning Ester). ¿Un limpiador por la mañana? Sí: y debo enfatizar lo útil que me ha sido incorporar esa rutina durante el mes de septiembre, en el que el maquillaje ha sido, literamente, mi segunda piel. Como con todos los productos de Deciem, nada es lo que damos por supuesto: el limpiador se fundamenta en aceite de aguacate, ésteres y vitamina E, sin alcohol ni detergentes.

De La Mer y sus virtudes se ha dicho ya casi todo. El Concentrate calma, repara y es un alivio instantáneo para una piel estresada después de una semana de  sol,  frío,  viento y lluvia. Por no hablar de lo que estresa hacerse a la idea de que una no vive en un castillo.

Y no lo había recomendado, pero es un buen momento: Dublineses, esa obra maestra de Joyce, presente en cada rincón de Dublín, como Dublín lo está en cada línea de su obra.

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Repartí mi tarde en Dublín entre dos museos: en primer lugar, la National Gallery, en plena renovación, gratuita, y con una obra reducida, pero bien seleccionada. Aproveché para comer en la cafetería, y para rastrear el paso de Chester Beatty, el gran coleccionista y mecenas, cuya generosidad alcanzó también este museo.

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Entre sus fondos cuentan con algún Renoir, el famosísimo Encuentro en la torre, de Burton, y toda una colección dedicada a J.B. Yeats. Hay también una breve, pero interesante aportación española con Murillo, Zurbarán, Goya, Picasso… La entrada es gratuita, y el personal, extremadamente amable.

Otro día hablaré del Museo Arqueológico, que recorre cada etapa de la historia del país contada en objetos, en joyas y restos. De todo aquello que vi casi de un vistazo, a toda prisa, pero que quedó en algún lugar de mi cabeza y mi recuerdo, y regresará de nuevo en historias, o en imágenes, o en metáforas.

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No nos vamos de los lugares en los que hemos sido felices. Solo cerramos una puerta. La memoria las abre, siempre que lo deseamos. Y así se inicia de nuevo el viaje.

Yo (no) trabajo desde casa

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Una pregunta que se le formula a menudo a los escritores tiene que ver con cómo se concentran o trabajan en su casa, en su despacho. Cada cual responde lo que le parece, según el grado de personaje, sinceridad o misterio que deseen transmitir: mi realidad es que raras veces trabajo en casa, salvo en los momentos en lo que finalizo libro (y no siempre). Como en todo, en la vida literaria existen picos y valles, que coinciden con ferias, días del libro, cursos de verano o promociones.

Aunque las cosas han cambiado drásticamente tras la crisis, para mí fue imprescindible el aprender a concentrarme de manera rápida e intensa en casi cualquier circunstancia. En los buenos viejos tiempos en los que escribía columnas de opinión semanales los imprevistos eran constantes. Recuerdo dictar una, por el móvil, desde la Terminal 4 del Adolfo Suárez de Madrid, minutos antes de embarcar, porque por algún azar no había llegado. Y escribir otra contrarreloj en la garita del portero de un instituto; la responsable había borrado, por error, mi columna, y no llevaba el ordenador encima. El grueso de mi trabajo diario no consiste en escribir: es más bien el resultado. Las lecturas previas, la reflexión, la información, el estudio, los encuentros con estudiantes y lectores, el preparar clases y cursos, y conferencias y ponencias, y, en mi caso, mi vinculación con marcas y otros proyectos, se llevan gran parte del tiempo. Por suerte mi carácter se adapta mejor a periodos intensos y breves de trabajo.

Cuando hace unos años asomó la amenaza de crisis, a raíz de mi libro Mileuristas me pidieron que impartiera unas conferencias sobre el trabajo a distancia, la eficiencia o no que suponía, y si, al fin y al cabo, resultaba rentable para el empleador. Si los medios tecnológicos estaban a la altura, por facilidad y por acceso, y si psicológicamente existían beneficios. Mis conclusiones fueron al mismo tiempo positivas y bastante devastadoras: la mentalidad de trabajo de mi país no se adaptaba con la suficiente rapidez a los cambios a los que nos enfrentábamos. La idea de no supervisar constantemente al trabajador ponía muy nerviosos a algunos jefes, y en especial a mandos intermedios cuyo cargo se justificaba con añadir presión al empleado. Costaba creer que las jornadas de trabajo podrían tener una flexibilidad mayor, y, sobre todo, no alargarse innecesariamente. Se dinamitaba gran parte del peloteo, al eliminarse las ocasiones de los cafés, las partidas de golf y las copas o los cotilleos tras el trabajo. Aunque todos estábamos de acuerdo en que se favorecía la conciliación, y que mejoraba la atención a personas mayores, discapacitados o niños, se revelaba una inusitada resistencia, por parte de los varones, sobre todo, a asumir esa responsabilidad.

Fueron unas conclusiones sorprendentes, sí, pero que adelantaban lo que ocurrió: de manera general se mantuvo el marco convencional de trabajo, y fueron las nuevas empresitas, pymes o emprendedores los que, a la fuerza, comenzaron a producir, distribuir y darse a conocer de otras maneras, en las que las redes sociales y las nuevas tecnologías han resultado esenciales. Por lo tanto, cada vez más personas trabajan como lo hacemos la mayoría de los escritores que yo conozco, como sus propios jefes, por lo general, malos jefes, obsesionados por una productividad que no se alcanza, en realidad, nunca, con jornadas inacabables, noches sin dormir, aumentando hasta lo ridículo pequeños problemas y con dificultades para distinguir el tiempo libre del tiempo de trabajo. Qué suerte, ser tu propio jefe es una de esas preguntas que deberían servir de atenuantes en caso de agresión por sillazo en la cabeza. Sin embargo, las ventajas que enumeré antes, si se logra ser sensato, continúan intactas. Y se une otra, un pobre consuelo, en realidad. Los empleados por cuenta propia, los que trabajan en casa, o donde sea, a salto de mata, serán los pioneros de toda una generación que trabajará así.

De hecho, cada vez más empleados por cuenta ajena están descubriendo que deberán adaptarse a una flexibilidad mental, espacial y temporal mucho mayor que la que tenían.

Me gustaría hablar otro día de la productividad como imposición, y de los problemas psicológicos que conlleva, pero creo que ya me he extendido lo suficiente. Ánimo y sensatez, horarios y prioridades, son las cuatros claves para que la manera de trabajar sin horarios, ni supervisión, ni espacio fijo sea sana y provechosa. Y pasión: sin ella, nada, con ella todo merece la pena.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALa especie de juego de las sillas que muestran las fotografías es real: muchas veces comienzo en un lugar que me parecía agradable y finalizo en cualquier otro, por las corrientes de aire, la mala luz o el ruido. Las fotos fueron tomadas en la Residencia Universitaria de Clermont Ferrand, mientras anotaba algunas ideas para relatos, (que acabé por ser rechazar, todas menos una, que es bastante buena), me estiraba para que mi espalda no acabara hecha un ocho, descansaba un poco, escribía algunas claves para mi nueva web y de vez en cuando me acordaba de mirar a cámara.

El atuendo era muy informal, unos jeans negros de HM, y un top de Zara de gasa bordada que me encanta. Un poco largo para ser un crop top, pero corto para ser un top top como Dios manda. Descalza, que es como estoy casi siempre por casa, y muy contenta, como casi siempre que me siento con ideas y energía. ¿Sois vuestro propio jefe? ¿Os gustaría serlo? ¿No, por favor, gracias? Siempre me resulta interesante saber de los trabajos de los demás. Con el mío ya os vais familiarizando.

Mujer a los cuarenta.

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Llegaron los cuarenta, y se fueron, y hoy cumplo 41 años. Una edad en la que parece que a muchas mujeres haya que consolarnos: o con frases que elogian nuestra apariencia juvenil, si la mantenemos, o con la consigna tantas veces repetidas de que esta edad no es el fin del mundo, y que aún podemos comportarnos como si fuéramos jóvenes.
Mi generación se ha sentido adolescente por tanto tiempo que no sabe muy bien qué hacer con la madurez. Ni en lo físico, ni en el plano intelectual, ni en el emocional. Sólo el envejecimiento reproductivo alerta a las mujeres de que el tiempo ha pasado.  La obsesión por la juventud comienza a afectarnos de manera preocupante a quienes pensamos que siempre seríamos jóvenes.
Por mi parte, puedo afirmar que nunca me he sentido mejor: no es un tópico. Tras unos años oscuros (una depresión grave, ansiedad constante, los vaivenes de una crisis económica brutal, la desaparición de casi todos los medios en los que trabajaba), me he visto en la obligación de cuestionarme con mucha seriedad quién era y cómo podía evitar el dolor de una vida cada vez con menos sentido, y el sufrimiento que conlleva la mala salud mental. El esfuerzo ha sido enorme, pero puedo afirmar que, día a día, sin grandes descubrimientos ni logros enormes, ha merecido la pena. La terapia, el autoconocimiento, una vida sana y, sobre todo, el trabajo emocional constante me han logrado llevar hasta donde hace un año y medio ni siquiera me podía imaginar.
Entiendo por primera vez que la felicidad íntima, la satisfacción personal, pueda reflejarse en el exterior. Siempre pensé que era una mentira piadosa; y sin embargo, la piel, los ojos, el rictus del rostro, delatan casi todo. Los cuarenta me han despojado de dudas y ciertas inseguridades: atrás queda el deseo de gustar a toda costa, o de adaptarse a modas y corrientes. Mi cuerpo es el que es: le agradezco sus esfuerzos por sobrevivir a una mente inquieta y a hábitos perezosos. El gusto también parece que no se modificará demasiado. La gran aliada de ambos, la seguridad en una misma, garantiza que una mujer que se conoce no se dejará llevar fácilmente por corrientes efímeras, ni por mimetizarse con la masa. La belleza, si la hubo, ya no basta. A nuestra edad, se pide y se busca más. Si no se ha empleado tiempo en resultar una persona interesante, aún se puede hacer un intento: porque será ese atractivo (la conversación, la mirada, el porte, las convicciones) los que nos harán deseables en lo sucesivo.
¿No es un proceso interesante si no miramos atrás, si no intentamos indagar demasiado en el futuro?

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAMi cumpleaños llega en pleno verano, con el mar alborotado por la celebración de la Virgen del Carmen. Incluso bajo los árboles, el sol quema sin piedad. Estos últimos años, además de con todo tipo de sombreros, me he atrevido con las sombrillas, como las orientales, que saben todo sobre la piel blanca. Esta de encaje es una pequeña joyita de Brujas. Hago un pequeño homenaje a la Reina de los Mares con el monstruoso anillo de coral, que contrasta con una línea más simple de los pendientes de HM. El top cruzado es japonés, de seda natural, pintada a mano con percas. La falda corta proviene de Garaizar, una tienda de jovencitas, porque aún lo somos, pero el bolso, que compré en Nueva York, es de los años 40, para recordar que ya no lo somos tanto. Los zapatos rojos y de tacón, de Sacha London, ponen de manifiesto que si se pisa fuerte siempre hay un zapato sexy que lo aguante. El maquillaje es de Chanel.

Y lo mejor de todo es pensar que aún tengo ocho años preciosos por delante hasta descubrir lo espléndidos que son los 50…

 

Paseo por la Playa (Puerto del Rosario, Fuerteventura)

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Mucho antes de las envidiables instantáneas de los famosos en playas exóticas, antes de las perversas fotografías de Instagram con aguas cristalinas y pieles bronceadas que desconocen las rojeces y las insolaciones, un pintor había logrado despertar el anhelo por el mar en una sociedad que le daba la espalda a la costa y que se escondía del sol: Joaquín Sorolla había retratado con una viveza casi palpable a niños relucientes de agua, a mujeres de pescadores, y a su propia familia.
Uno de sus cuadros más conocidos, Paseo por la playa, muestra a dos Clotildes, su mujer y su hija, vestidas de reluciente blanco, con velos y sombrillas. No era un retrato más de su amadísima esposa, a la que conoció de niño para no dejar de pintarla jamás, sino una estampa llena de ritmo, en la que se puede tocar el viento y las faldas ondean contra el ocre de la arena. Lo pintó en 1909; apenas un año más tarde abría en la Rue de Cambon 31, en París,  una tienda llamada Chanel Modes. Su dueña, una joven llamada Coco quitaría de un manotazo los velos, las sombrillas y los enormes sombreros a las mujeres que paseaban por la playa, las broncearía como a grumetes, y las vestiría con jerseys a rayas.
Sin embargo, de vez en cuando es bonito recordar que hubo un tiempo antes del bikini y la protección pantalla total, de las chanclas y los deportes acuáticos: una época en la que las señoras de piel nívea paseaban completamente vestidas a la orilla del mar, que no se cansa jamás de cantarnos al oído.

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Para mi particular paseo por la playa de Puerto del Rosario, en Fuerteventura, me puse una  falda de gasa de Suiteblanco; es de un color marrón oxidado, con un matiz rojizo. Aún no ha llegado el tiempo para el blanco veraniego de pies a cabeza. Con el cropped top, de la misma marca, tuve dudas: nada en contra de enseñar la cintura, pero como he dicho en otras  ocasiones, algunos males ya los hemos pasado una vez, gracias; entre ellos la combinación de vaquero ancho y cropped top con sombrerito de la siempre enfurruñada con la vida Brenda Walsh. Añadid a eso las Ray Ban aviador con sus ecos de Top Gun y completaréis mi pavor a despertarme en el pasado, atrapada entre los 80 y los 90. Sorprendentemente, la mezcla funciona y me gustó. El capazo, con su forro de lunares, procede de un viaje a Tokio,  compré la pulsera de ámbar y plata en una librería de la FIL, Feria del Libro de Guadalajara, México (no preguntéis… lo que pasa en la FIL se queda en la FIL), y el torque de plata que llevo al cuello es un recuerdo de mi estancia en Oslo. Los tacones hincados con firmeza en la arena los firma Marypaz. Y, lo más importante, me acompaña la pulsera Libélula, un mensaje positivo de apoyo a las personas que sufren por trastornos de la alimentación, que por estas fechas comienzan a sufrir aún más si cabe.
Lo sé. Debo hacerme con una sombrilla ya.