El Gran Bilbao

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Bilbao, pedazos de acero que aparta de su camino la ría. Siete Calles y un Casco Viejo construidos por el tesón de un puñado de pescadores medievales, apiñados en torno al Nervión, Somera, Artecalle, Tendería. Música en los oídos de quien ha nacido bajo ese cielo, retazos de un idioma incomprensible. Mar y hierro, trabajos que demandaban niños y hombres cubiertos siempre de sudor o agua, de espuma o tierra. Belosticalle, Carnicería Vieja, Barrencalle y Barrencalle Barrena.

Y de esas siete calles, el recorrido hasta el mar que nos lleva a Flandes y a los Países Bajos, y más adelante, a Inglaterra, de donde la inocencia popular trajo canciones de ingleses que se olvidaban de todo ante las niñas bilbainas.

Carbón y acero, y la ciudad reptó hasta el otro lado de la ría, y tuvo espacio para un Teatro, una Bolsa, y desarrolló gusto por la ópera, los coros, y los zuritos. Un lugar de astilleros y altos hornos, de acerías y fábricas, donde los ingenieros competían en traineras con los abogados, junto a una meseta en la que la lana merina y los cereales ya no alejaban la miseria.

Titanio y cristal, y óxido estratégicamente colocado, líneas ondulantes y la vida tras una decadencia en que las fábricas dejaron de humear, y el Nervión, salvaje y podrido, se desbordó por todas las tierras que conformaban el Gran Bilbao. Museos y gastronomía, luz entre el eterno gris, lucha férrea. Esperanza en tiempos de crisis. Nostalgia, cuando se vive tierra adentro, de la música que el viento toca en los cables de sus puentes.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALa falda de satén estampado con rosas otoñales tiene el sugerente nombre de Circe y la firma de Maru Atelier .El top de tul rosa es un primor de Etxart&Panno. De hecho, el cuerpo es tan transparente que lo superpuse a este body de HM. El bolso clutch que llevo es uno de mis preferidos de Mibuh, donde siempre me cuesta tanto escoger solo uno: me siento como uno de mis personajes perversos cuando llevo una caja de terciopelo llena de bichos. Llevo en mi índice el  anillo Kong de Luxenter, y salones de ante camel en los pies.

Las fotos fueron tomadas junto a la ría de Bilbao por Nika Jiménez.

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Un traje nuevo

OLYMPUS DIGITAL CAMERAMientras escogía el look que muestro hoy me vino al recuerdo una conversación mantenida hacía poco con una buena amiga, a la que acompañaba de compras, porque se encontraba, me decía, en pleno cambio y, sobre todo, en plena insatisfacción.

¿Y éste? -le dije, ante un traje muy bonito.

-Hay cosas que ya no me pondría -me dijo-. No solo porque no me gusten, o porque sepa que no me van a sentar bien. Sencillamente, no me las pondría.

Lo que quería decir mi amiga, recién cumplidos los cuarenta, era una nueva versión suavizada de lo que ya dijeron nuestros madres: es que tengo una edad. Lo que yo escuchaba bajo unas frases en apariencia sensatas, mesuradas, y de sana asunción del paso del tiempo era algo distinto. Escuchaba una resignación, un doblegarse ante lo que, durante años y años, hemos escuchado, y hemos interiorizado respecto a cómo debe comportarse las mujeres. La rebelión, en ocasiones mostrada de una forma aparentemente tan superficial como la ropa que escogemos, la música que escuchamos, las actitudes adoptadas, había finalizado. Lo primero que muestra un cambio en la adolescencia es el cuerpo y la apariencia. Muchas veces sucede antes de que los adolescentes sean consciente de que lo están viviendo. Por imitación, o por inercia, o porque descubren el mundo como si fueran los primeros en llegar a él.

Y, también, cuando otras prioridades absorben a las mujeres, cuando todo les grita que se olviden de ellas mismas porque hay hijos, parejas, padres, trabajo, porque tienen una edad y es el momento de dejar de jugar para convertirse en alguien menos libre y más útil para otros, lo primero que lo delata es un cambio físico. El cabello. La piel expuesta. El maquillaje. Los zapatos, los colores, los cortes. Si a los quince se lleva un uniforme, a los cuarenta se propone otro, con una excusa: el estilo, la sobriedad, la madurez.

Lo que mi amiga no se pondría era un pantalón: nada extremo, nada corto, ni pegado, ni extraño. Cuando lo vio supo, en segundos, como casi todas sabemos, cómo quedaría en su cuerpo, captó cómo se expondría a la mirada ajena, analizó esa mirada de los otros y no le gustó. La solución más sencilla es la de cambiar de ropa; cambiar de mentalidad resulta siempre mucho más complejo. Yo me pregunté qué dejaríamos entonces para otras décadas venideras, interesantes y llenas de retos. La acompañé a escoger otro pantalón. Porque para resistirse a la presión, para saber si se quiere o no encajar en un molde impuesto, o para ceder, ya habrá tiempo, ya probaremos otras formas, ya vendrán días en que las cosas se vean de otra manera.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl traje pantalón de Alicia Rueda que yo escogí, es uno de los que yo le recomendaría a mi amiga que se probara. Azul marino, de corte y caída impecable, de una gran sensualidad en el tejido, se renueva con una línea blanca en el pantalón, que se enlaza con el estilo deportivo, ha sido una de las novedades de la temporada. Por otro lado, los vivos blancos en la chaqueta le aportan un cierto aire marinero. Puede lucirse con una camiseta o camisa, o, como es mi caso, como prenda única. El pantalón de talle alto, con botones, y la curva de la chaqueta enmarcan el ombligo. El anillo, los pendientes y el colgante, en oro rosa, muy sutiles, son de Luxenter. Los salones rojos de tacón alto los firma Lodi. Usé maquillaje de Lancôme. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en la campiña inglesa, muy cerca de Winchester.

Premios Blue Label: sigue caminando

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Contrariamente a lo que mucha gente cree, yo no he sido demasiado afortunada con los premios a los que me he presentado: he perdido muchos más que aquellos que he ganado, en algunos se me ha desestimado por ser demasiado joven, y en otros, porque mis competidores resultaban abrumadores en su superioridad. Continúo presentándome a ellos con un escepticismo creciente, y con la misma voluntad competitiva que siempre me ha alentado.

Eso, desde luego, me hace valorar más aquellos que he obtenido: nacionales e internacionales, algunos relacionados estrictamente con mis obras literarias, y otros con mi papel como escritora, o como alguien conocido. Por eso recibí con una sorpresa entretejida con un enorme agradecimiento la noticia de que la Embajada de Reino Unido en España, en colaboración con la empresa británica Diageo Reserve, había decidido otorgarme uno de sus Blue Label Awards. El listado de los demás premiados resultaba apabullante: el diseñador Jeremy Hackett, los actores Belén RuedaEduardo Noriega, Delfina Entrecanales, Pascua Ortega, el chef Diego Guerrero, el bailarín Igor Yebra, el arquitecto Luis Vidal, el Dr. Rafael Matesanz de la Organización Nacional de Trasplantes, el Dr. Pedro Carlos Cavadas, conocidísimo por sus pioneros transplante, Jesús Encinar, el fundador de Idealista, o Enrique Álvarez, superviviente del tsunami e inspiración junto con su familia para la película Lo imposible.

Los seleccionados han dejado huella en su profesión, desde luego: pero lo que este premio destaca y lo que los hace especiales es que reconocen el legado personal volcado en nuestro trabajo, y, sobre todo, en la sociedad; y destacan la gratitud y la generosidad que han mostrado, pese, o precisamente, por su éxito.

La emoción de encontrarme entre ellos me duró toda la noche, y varios días más. No solo la fiesta, cuidada en sus menores detalles, fue deliciosa, sino que a lo largo de la noche se dieron varias conversaciones inolvidades: conocía a algunos de los premiados, a otros, solo por su reputación. Al final de la fiesta, en la que actuó Marlango, me llevaba algo más que una botella personalizada, única e irrepetible: había redefinido mi concepto de generosidad. Había escuchado discursos inspirados, y había mantenido conversaciones inspiradoras. Me llevaba conmigo la particular decisión de continuar caminando, de defender una serie de valores: aunque no fuera más que por pagar la deuda contraída con el resto de los ganadores.

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No he sido nunca supersticiosa, y el amarillo del traje de dos piezas que escogí lo demuestra: firmado por Alicia Rueda, a la que conozco desde hace más de veinte años, estaba compuesto por una falda de vuelo, profusamente bordada con abalorios, y un body que dejaba la espalda al descubierto. Aroa, de The Gallery Room, me dio la solución para la excesiva transparencia del body: un sujetador compuesto únicamente por las copas, adhesivo, que compré en Oysho. No había probado nunca ese sistema y funcionó muy bien.

Las sandalias de ante y el clutch eran de Lodi. Llevé el pelo recogido en un moño alto, y muy pocas joyas: pendientes de diamante y mi anillo de oro en forma de serpiente de Aristocrazy. Una de mis estrellas vienesas cerraba el cinturón negro.

Y otro regalo añadido, porque fue, ya lo he dicho, una noche de luz y de generosidad: cuando ya casi me marchaba, me encontré con el ilustrador Dani Wilde. Y al día siguiente me había convertido en uno de sus dibujos. Continuamos, sí. Continuamos.

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Concurso Baume&Mercier: Life is about moments

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Cuando me presento a un premio no suelo pensar en ganar: he perdido ya demasiados como para que el mero afán competitivo me suponga ninguna satisfacción, y he ganado los suficientes como para saber que su brillo y la alegría que tienen se apagan pronto, como las alas de una mariposa, si se tocan demasiado.

Eso no significa, sin embargo, que cuando decida participar no lo haga con la misma fuerza y el mismo empuje que cuando era una jovencita con todo por demostrar. No es lo más sabio del mundo el derrochar fuerzas y energías así. Pero cuando vemos los resultados… ah, los resultados. ¿Cómo podría quedarme satisfecha sabiendo que podría haber hecho algo mejor y no lo he llevado a cabo por tibieza, por indiferencia?

Algo así me ocurrió con el concurso que organizó Baume & Mercier hace unas semanas, con motivo de la presentación de su nueva colección de relojes, entre ellos el  precioso Petit Promesse, con su doble correa metálica, para la prensa y los amigos de la marca. Como un guiño, nos dijeron al final que habían convocado un premio a la mejor fotografía, si queríamos participar.

Sabía de sobra que entre los asistentes debía haber mejores fotógrafos que yo, incluso profesionales. Y que me encontraba fuera de mi entorno, en el que podría haber hecho un bodegón en mi vieja mesa del comedor; pero miré a mi alrededor, vi unas flores, una luz natural bonita, un espejo. Con eso podía improvisar un bodegón decente. Aún así, me faltaba algo, una textura que pudiera introducir un cambio.

Pedí hielo. Sin inmutarse, la agencia Réplica se encargó de conseguirme hielo, que esparcí por la mesa de la habitación del Hotel Villamagna donde tenía lugar la presentación. Me descalcé, me encaramé a una silla para captar mejor la luz, hice todo lo que  me recomienda mi calmada jefa de prensa que no haga.

Pero la foto quedó bonita. Y el texto con el que la acompañé hablaba precisamente de cómo el tiempo lo es todo, somos todos y todo tiempo. Y resultó que ganó el concurso por unanimidad.

Y, mientras Karine Janson me entregaba mi premio, un reloj Classima de una línea perfecta, yo pensaba en qué cerca estamos a veces de abandonar algo que nos apasiona por una mala mirada, un comentario fuera de tono, una crítica mal expresada. Cuántas cosas he dejado yo por hacer precisamente por no molestar a quienes ni siquiera conozco, cuánto placer que no he obtenido, cuánto dinero perdido, cuántas ocasiones de ser feliz, o al menos, de estar contenta, desaprovechadas. Un reloj, nos advierte Julio Cortázar, es algo serio. A mí me recordará que no hay más tiempo que uno, pero que está en mi mano llenarlo de momentos. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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¿Qué ponerse cuando todo el protagonismo debe atraerlo una joya tan lujosa, y al mismo tiempo, tan discreta, como el Classima? El negro, el clásico y tan traído y llevado Little Black Dress, en este caso de ChicandRolla, con un detalle de encaje en la espalda y el escote. Unos zapatos de Beverly Feldman, que rompían el negro total con un poco de strass, y que conjuntaban con el bolso joya plateado de Mibuh. Eso era todo: los ojos un poco marcados, el cabello un poco más liso, y la sonrisa dispuesta.

Las fotos (y la entrega) tuvieron lugar en la Joyería Aragoneses de Madrid.

Fiesta de Stuart Weitzman en la Embajada Americana

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Durante muchos años quise ser miembro del Cuerpo Diplomático. En mi imaginación adolescente reunía todo aquello que me parecía deseable: el conocimiento de idiomas, la mediación, el servicio a mi país, el conocer distintas mentalidades y culturas. Incluso la rotación de lugar en lugar se me antojaba algo adecuado para mí, porque ya entonces intuía mi vocación nómada y de mal asiento.

De hecho, comencé a estudiar Derecho precisamente con la mente fija en las oposiciones futuras. Yo deseaba ser escritora, y me parecía tan imposible como volar al espacio; pero fantaseaba con que algún día la futura embajadora (yo) les invitara cordialmente a la presentación de una novela.

Aquel primer año universitario resultó clave: la evolución es larga de explicar, pero al finalizar había abandonado el Derecho, había dejado la música, y comenzado en serio, tras incontables horas en el Taller Literario y en la biblioteca, la apuesta por mi carrera literaria. No sabía aún cómo, pero sí que no podría dedicarme a algo que no me apasionara, y pese a la preocupación de mi familia, inicié Filología Inglesa y comencé a escribir sin tregua.

Quién le diría a aquella jovencita un poco asustada, pero con la decisión clara de ser escritora, que seis años más tarde entraría en la Embajada de España en México DF para asistir a una comida en su honor durante la gira americana del Premio Planeta. Fue una tarde memorable, con escritores excepcionales entre los que se encontraba mi idolatrado Augusto Monterroso (sí, el del dinosaurio), y en la que tiré al servirme media corona de arroz sobre la preciosa alfombra del comedor de la Embajada. Yo, que no soy especialmente torpe, ni mucho menos tímida, me quedé paralizada cuando ocurrió. Era una novata. Ahora comenzaría a arrojar el resto del arroz cocido al aire a puñados al grito de ¡Evohé, evohé! con esa licencia que me da el ser una artista extravagante, pero entonces quise morir. Y la amabilidad y la delicadeza con la que el embajador salvó la situación y me hizo sentir de nuevo cómoda fue una lección de modales que nunca olvidaré.

La llegada a Madrid del actual embajador de EEUU en España, James Costos, ha supuesto una auténtica revolución: no solo ha conseguido que la Embajada se haya convertido en un activo centro de promoción de la cultura y el modo de vida americanos sino que con su carisma y capacidad de convocatoria sus fiestas ha recuperado el glamour de lo exclusivo (cosa que es un mérito añadido, ya que no son precisamente ni escasas ni minoritarias). En esta ocasión, celebrábamos la apertura de la tienda de zapatero Stuart Weitzman en Madrid, en Jorge Juan 12. Conocido por ser el zapatero de las famosas (Angelina Jolie o su archienemiga Jennifer Anniston han lucido sus creaciones), Weitzman fabrica en mi querida Elda unos dos millones de zapatos al mes, entre ellos su famoso modelo Nudist.

Y allí apareció Weitzman, con su simpatía contagiosa y su muy buen español, junto a la piscina de la Embajada, entre las docenas de orquídeas que Michael S. Smith, el marido del embajador y decorador, entre otras mansiones, de la Casa Blanca, ha repartido por la casa. Si lo que buscaban era que recordáramos esa noche como una de las más divertidas y agradables de la temporada, lo consiguieron: invitados bien escogidos, buena música, y unas incontenibles ganas de pasarlo bien. Y ese no se sabe muy bien qué que transmiten algunos lugares, algunas personas, y que no puede imitarse ni repetirse.

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Cualquiera, incluso yo, hubiera apostado porque llevaría un vestido a la fiesta de la Embajada: pero en este caso he salido de mi (término ahora tan de moda) área de confort para escoger un mono de una pieza, blanco y negro, con un hombro al descubierto, y una capa fluida que provoca la ilusión óptica de ser un top. Lo firma Etxart&Panno.

El anillo dorado y negro es de Luxenter. Llevo un bolso joya dorado de The Gallery Room, pendientes de amatistas de Daniel Espinosa, y gafas de sol de Musthave. Y el pelo un poco más liso de lo que es en mí habitual. Los zapatos son cómodos, pero nadie lo diría, dado el precario cruce de piernas que no sé por qué me dio por adoptar. Y no una, sino varias veces. En fin: extravagancias propias de mi oficio. Evohé.

Ratón de biblioteca

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    Por mucho que me gusten las librerías, yo soy, sin duda, una autora de biblioteca: esa preferencia, que proviene del hecho de haberme formado en una biblioteca municipal pública, cuyos libros tomé prestados y devoré durante años con un apetito de polilla, se manifiesta en muchas cosas. Por ejemplo, en que yo no hablo nunca del olor a nuevo de los libros, ni los olfateo.  Olisquee usted con fruición un ejemplar medio de biblioteca, y se sentirá colonizado por ácaros de varias generaciones. Miro con desagrado no disimulado a quienes emplean sus salas para estudiar, y nunca pisan la biblioteca para curiosear o leer un libro. Y, sobre todo, frente al agobio y la confusión que me produce entrar en una librería bien provista, en especial en la sección de novedades, donde me siento abrumada por el trabajo, la inadecuación y la ignorancia por no ser, materialmente, capaz de leer tantos títulos y libros recién llegados, en la biblioteca me siento en paz: me transmite la sensación de que se ha decantado ya parte de ese trabajo, que el tiempo sobra, que, de manera generosa y sin agobios me presta lo que he de conocer y ha sido esencial para otras personas más sabias y más serenas que yo.
En mis viajes nacionales y al extranjero visito siempre que puedo alguna biblioteca: desde la Biblioteca Municipal de Calatayud Baltasar Gracián que, necesita espacio para crecer pero que, cuidado con ella, alimenta nada menos que tres clubes de lectura y convoca gracias a sus entusiastas bibliotecarios encuentros regulares de escritores, a la Central de Manchester, muy impresionante en cuanto a su versatilidad. Cada biblioteca debe adaptarse a sus circunstancias: en la actualidad, por suerte, el bibliotecario posee una buena formación específica, cosa que no siempre ocurría en el pasado (y que no impidió que tuviéramos espléndidos profesionales, apasionados por los libros), y está en contacto con otras bibliotecas, archivos. Ha trabajado en Fundaciones, museos o bibliotecas privadas, se adapta y actualiza. Encontramos quienes son más conservadores, quienes apuestan por bibliotecas para bebés, a quienes les revienta el concepto de ludoteca que algunas bibliotecas, en cambio, defienden, porque les ha dado vida; como gremio, hay mucha tela que cortar. Pero lo grave son las ocasiones en las que les toca lidiar con abiertos incompetentes en cuando a la gestión cultural y del libro, en particular, y la lamentable falta de apoyo por parte de los usuarios.
De Manchester tomé notas sobre dos actividades que me dieron mucho que pensar.  Es, desde luego, un edificio magnífico con un fondo espectacular, una sala de lectura bellísima, circular y elegante, donde se evidencia el amor por el conocimiento. Resulta perceptible que no falta el dinero (habría que preguntarle a los bibliotecarios, de todas maneras, por sus quejas), posee una Biblioteca Musical, la Henry Watson, dotada de pianos, espacios para la grabación y audición, y donde algunos músicos ensayaban. Las actividades musicales, avisadas con antelación, son habituales, y se facilita el que tengan lugar en el propio espacio. Un sueño, pero difícilmente extrapolable.
Sin embargo, me llamaron la atención otras características más asequibles: una de ellas, las facilidades de entrada, salida, para la grabación y maniobra que daba la biblioteca. Ni una mirada sospechosa, ni una pregunta, daban fe de la confianza que la biblioteca tenía en sus usuarios y del respeto con el que la gente se comporta. Otra, la inversión en tecnología realizada, evidente en la planta baja, la de acceso más general. Los fondos y archivos de la ciudad son accesibles a cualquiera, se ha realizado una labor de estudio sobre el pasado y la historia de la ciudad que, tanto para niños como para adultos, resulta apasionante. Eso delata, nuevamente, la cantidad de personal, tiempo y recursos que se le ha destinado, y el carácter abierto que se le quiere brindar. La cafetería integrada en esa planta permite, además, tomarse un café o un sandwich en la biblioteca, como una alternativa hostelera. Otra más, la existencia de un espacio para emprendedores y empresas en la última planta fue, quizás, el remate. allí no solo podían ponerse en contacto distintos emprendedores, sino que las empresas podían disponer de un espacio para sus presentaciones o entrevistas. Entiendo que hay muchas bibliotecas que no podrán contemplar, por filosofía, concepto, o esa lamentable falta de espacio que sufren, algo parecido: pero el que un vivero empresarial de esas dimensiones, con un diseño bonito, con proyectos de los que la propia biblioteca puede beneficiarse e inversión de empresas en su mantenimiento, se encontrara allí, atrayendo a un público distinto que daba uso a libros legales, económicos y a salas muertas, me pareció algo digno de ser anotado.
Para mí el mundo de los libros resulta apasionante, pero comprendo que no lo es para la mayoría de la gente: la labor de las bibliotecas resulta imprescindible, pero necesitan de inversión, ayuda, y sobre todo, apoyo. Han sufrido muchísimo durante los años de crisis: muchas bibliotecas de barrio han desaparecido sin que nadie se hiciera eco de ello. Se cree, con vaguedad, que los libros son importantes, que los niños deben leer, pero no se defiende con calor. Dicen que Cleopatra, una mujer de una inteligencia y conocimientos sobresalientes, lloró cuando supo de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, y la consideró una de las grandes desgracias de su reinado. Es fácil culpar a los políticos, pero ¿en qué lugar entre las prioridades de los ciudadanos, incluso los lectores, se encuentra la defensa de las bibliotecas?

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Todas las fotografías están tomadas en la Central Library de Manchester, antes de mi conferencia sobre Teresa de Jesús que tuvo lugar, por cierto, en la sede del actual Instituto Cervantes, en Deansgate, que en el siglo XIX albergó la primera Biblioteca abierta por suscrición popular e inaugurada por Dickens. Lucí un vestido azul marino de Etxart&Panno, confeccionado en neopreno,  y que aparenta ser un dos piezas de crop top y falda lápiz (consejo de The Gallery Room) y, para romper la seriedad de sus líneas clásicas, una tiara de Mibuh. Estamos de enhorabuena las amantes de tocados, coronas, diademas, sombreros y aderezos: siguen sin ser comunes, pero ya no cuchichean en voz baja al vernos. Los pájaros y las flores dorados hablaban de libertad, de vuelo, de cielos abiertos. De hecho, fue la estrella de mi look esa noche. Y mirad qué monada de bolsos hacen. Los zapatos, por una vez de tacones medios, porque me tocó trotar bastante por la ciudad, eran unos nude de Unisa. El maquillaje, de Chanel, fue obra mía, pero quedé bastante satisfecha con mis ojos ahumados. El esmalte de uñas es de OPI.
Llovía, por cierto, con empeño digno de mejor causa, y me costó muchísimo salir de aquella biblioteca… Además, ¿Os habéis fijado en la vidriera de la entrada, con la efigie de Shakespeare? Hay un espacio dedicado a Lady Macbeth…

 

MonoKlein

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Durante las últimas temporadas hemos visto a toda mujer que aspire a vestirse a la moda con una prenda azul Klein, ultramarino, eléctrico, o, como diría una vieja compañera de colegio, azul fucsia. No obstante, parece que estamos lejos de aburrirnos de él, y se sigue proponiendo en complementos, como color integral, o en toques sueltos como el esmalte de uñas para las menos atrevidas, a quienes aconsejaría que se atrevieran con esta tonalidad: favorece casi tanto como el azul marino, y brinda luminosidad a la piel. También es verdad es que ése sería mi consejo para casi todos los colores y casi todas las tímidas.
En mi armario abunda el azul; no tanto los monos, pero decidí probar con uno para una de las sesiones de fotos para prensa que me habían propuesto. Creo que resulta evidente que en los últimos tiempos la pintura ocupa más espacio en mi cabeza de lo que pensaba, porque si hay un color pictórico moderno, ése es el IKB International Klein Blue, que Ives Klein patentó en 1960.

Ives Klein fue una brasa fulgurante y fugaz: sólo vivió 34 años, pero durante su vida recorrió diversos países y revolucionó el mundo de la pintura, el happening y el color. Era francés, hijo de pintores, y había nacido en 1928. Por un lado, su obsesión por el vacío ocupó gran parte de su obra. Por otro, ocupaba el espacio con gestos espectaculares, como sueltas de globos, o la pintura en vivo, en la que modelos desnudas cubiertas de pintura de su azul se frotaban, siguiendo sus instrucciones, contra lienzos en blanco (antropometrías). Trabajó con otros colores, como el rosa o el dorado, pero desde 1957, prácticamente toda su obra se realizó en azul Klein. Para él no existía una gran diferencia entre su idea de vacío y el romper con el arte figurativo con telas completamente monocromáticas: todo era abstracto, todo presagiaba un no-ser en cierta medida relacionado con la idea oriental del Tao. Le Vide, the Void, era su manera de nombrar lo inmaterial.

Pero, ¿cómo sabemos si ese azul de nuestro nuevo vestidito es Klein o no? Para eso está la empresa Pantone Inc. de Nueva Jersey, que con su clasificación cromática compara, fija y da esplendor a todos los colores que puedan pasársenos por la imaginación desde 1962. Pantone, que comenzó dedicándose a los cosméticos, publica guías anuales con pequeñas tarjetitas que clasifican los colores y sus matices. Gracias a su numeración, podremos encargar a nuestro pintor de brocha gorda de cabecera unos kilos de un azul parecido al IKB y luego, si se nos antoja, revolcarnos contra la pared del comedor con la seguridad de que será el siempre el mismo. Siempre que estemos dispuestos a pagar por la propiedad intelectual de sus colores: si no, hay otras guías de clasificación low cost.

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El mono azul Klein es de The Gallery Room, , y ya que de dorados y rosas va el asunto, lo combiné con zapatos altísimos de Paco Gil y bolso fucsia de H&M, ambos forrados de raso. Los pendientes de oro van a su vez a juego con la cadena-collar, un regalo del pintor Juan Adriansens, y la pulsera de Alex and Ani, un diseño con fines benéficos en los que la mariposa añade el significado de renacimiento, fuerza y renovación con los que me siento tan identificada. El esmalte de uñas es el Dior Vernis Timeless Gold 226, y el resto del maquillaje, obra de mis manitas, incluye la sombra de ojos dorada Intense de Bourjois, que colecciono casi como si fueran cromos. Las fotos y la sesión posterior para prensa se llevaron a cabo en el hotel AC Recoletos de Madrid.
Por cierto, hacía días que el cuerpo me pedía alguna prenda amarilla, muy amarilla, amarillísima… y no debía de ser la única, porque Pantone ha nombrado el amarillo Minion (esos adorables bichitos de “Mi villano preferido”, que en unos meses tendrán película propia). Hasta ahora y desde 2000 solo teníamos un color del año, el Marsala, en el caso de 2015, pero parece que eso está cambiando. Fue el músico Pharrell Williams quién lo sugirió y Pantone ha valorado las cualidades de esperanza, alegría y optimismo que transmite ese color. Intuyo unos meses con mucho Minion a mi alrededor.