La mirada de los otros

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Antes de que los móviles nos colocaran en la mano una lente intuitiva y rápida, antes de que las cámaras fueran digitales, antes incluso de que los selfies se convirtieran en una manera de mostrar cómo nos vemos (o cómo nos gustaría que nos vieran) la fotografía reflejaba unos momentos y unas miradas muy diferentes. En realidad, estoy hablando de hace apenas diez años. Quince a lo sumo. La fotografía había perdido gran parte de su solemnidad para entonces, había abaratado costes y simplificado sus procesos. Sin embargo, nada auguraba la obsesión audiovisual, la exhaustiva documentación de lo privado y lo cotidiano que llegó después.
Desde que comencé a publicar, en 1998, he tenido la suerte de ser retratada por multitud de fotógrafos. Algunos, profesionales de medios, con apenas unos minutos para una toma. Otros más centrados por captar el carácter o el gesto que por un retrato favorecedor. Producciones de moda con varias horas previas de maquillaje y estilismo. Más allá del resultado, más o menos de mi gusto, (y, creánlo, en ocasiones una gran foto no implica precisamente una visión amable) la posibilidad que me han brindado de presenciar en directo como trabajan, de asomarme a otra disciplina artística, ha sido impagable.
Aunque deje muchos nombres fuera, recuerdo en particular las sesiones de fotos con Alberto SchommerOuka Leele, Chema ConesaTanya LaceyPedro Albornoz. Todos ellos me obligaron a hacer de buen grado cosas que jamás hubiera llevado a cabo por mí misma. De manera más sutil o con la enérgica presión de quién sabe lo que quiere, me hicieron ser otra yo.
Aunque no haya sido un retrato, sino otro tipo de trabajo, he podido ver a Alberto García Alix o a Carlos Spottorno, con quien viví un inolvidable vuelo de regreso de Bogotá (algún día contaré esa película), y un no menos inolvidable recorrido por la República Domicana. Talento en acción, con una sorprendente rapidez, antes de que el momento hubiera pasado y la luz o su ausencia impidieran la foto. Más recientemente, Fenton o Alberto Tarrero han sido los encargados de devolverme esa mirada, y de obligarme a reconocerme en el espejo. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEsta sesión de fotos tuvo lugar en Alicante, en su Palmeral, cuando comenzaba a anochecer. Lo que veis es la cámara de Nika Jiménez documentando cómo se hizo, no el resultado final de mano del fotógrafo. Ese mismo día le había conocido, por mediación de una buena amiga: su nombre es Borja López Ferrer, y la química fue inmediata. Con su peculiar sentido del humor y su absoluta discreción sobre sus logros, ni siquiera mencionó que la Medalla de oro ForoEuropa 2017 había sido suya. Ni la nominación a los Premios Goya de Fotografía 2017.

No sabía a qué iba ni qué me esperaba. Parte del juego era ese. Al final me encontré bajo una cascada, con un vestido rosa de The 2nd skin.Co  de la colección For Valentina, y la sensación, una vez más, de que aquello saldría bien porque  te entregas y confías en el talento ajeno todo, siempre, sale bien.

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Premio Azorín 2017

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Ha pasado una semana desde la concesión del Premio de Novela Azorín 2017 y los detalles continúan tan vívidos ante mis ojos como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Ocurre con todas esas ocasiones cargadas de expectativas, y muy anheladas. No era, desde luego, la primera vez que me presentaba a un premio literario: pero sí que lo hacía con una novela tan trabajada y que fuera histórica. No todos los jurados valoran de manera positiva el género.

La Diputación de Alicante es quien convoca este premio, que se inició en 1994 con Gonzalo Torrente Ballester como ganador. La responsabilidad de publicar y distribuir el Premio es de la Editorial Planeta, y su dotación es de 45.000€ sujetos a (ay) todos los impuestos correspondientes. Otros escritores que cuentan con él son Luis Racionero, Jesús Ferrero, Dulce Chacón, Jon Juaristi, Ángela Becerra… En este año se cumplían, además, los 50 años del fallecimiento del gran Azorín, con lo que la Diputación decidió abrir la gala al público y a los pueblos de Alicante, y se celebró en el Auditorio, que dispone de un gran aforo.

Existe siempre una enorme rumorología respecto a los premios, si están concedidos de antemano o o no. Lo cierto es que quien maneja menos información al respecto es, al menos en mi caso, el autor. En este premio existen dos jurados que deliberan el mismo día del premio, durante la comida. Cada uno propone su novela candidata; este año tuve la suerte de que eligieran la mía.

Por experiencia sé que en las horas previas a un premio conviene mantenerse ocupada, y en las posteriores, también. A mí me habían confirmado que mi novela se encontraba entre las candidatas la semana anterior, de manera que me encontraba en Alicante, con dos agendas: la que ocurriría si ganaba, y la que llevaría a cabo si no.

Como intento hacer siempre que me es posible, había cuidado con mimo lo que llevaría esa noche: los premios son ocasiones especiales, fruto de las ilusiones y el trabajo de mucha gente. Me merecen todo el respeto: sea o no yo la protagonista, intento que quien lo organice sienta que valoro la invitación y el esfuerzo.

Había escogido un vestido de The 2nd Skin.co que me recordaba a alguno de los lucidos por Jackie Kennedy, con su tejido brocado rosa y un corto imperio y sencillo. Pertenece a su icónica colección For Valentina.

Lo combiné con unos preciosos salones de Magrit, el modelo Mila trabajado en ante y raso con un delicado trabajo de encaje y un bolso cartera a juego.  Magrit es una exquisita marca alicantina, y me pareció la elección lógica en este premio.

Lo mismo me ocurrió con las joyas: Chocrón Joyeros me han acompañado en algunos de los momentos importantes de mi vida, y en esta estuvieron también presentes: la sortija de mayor tamaño y la deliciosa pulserita pequeña son de la colección Ch_Aura en oro rosa, rodonita de los Urales, madreperla y diamantes. La sortija flexible y los pendientes, de oro rosa y diamantes, son de la colección CH-Imperial.

La gala comenzó a las 19:00h. Antes del fallo nos esperaban la actuación de Juan Echanove, que interpretó varios textos de Hamlet, y después, un fragmento del Carmina Burana por La Fura dels Baus.

En algún lugar entre ambos dijeron mi nombre. Subí al escenario para recoger mi Tanit, y para agradecer al jurado, a la propia provincia de Alicante, la oportunidad que me daban. Era el momento también, entre la emoción y los recuerdos agolpados (quince años de trabajo acumula esta historia), de hablar mínimamente de mi novela, Llamadme Alejandra, que aparecerá a principios de abril  y que describe la vida y los pesares de Alejandra Feodorovna, la última zarina. El momento para una mención cariñosa a quienes estaban allí conmigo y no habían ganado, como me ha ocurrido a mí en otras ocasiones, para que continuaran escribiendo y compitiendo.

La andadura de la novela comienza ahora: primero una rueda de prensa, entrevistas para el siguiente día. Y la incógnita de si gustará o no, de si habrá merecido la pena el esfuerzo, el examen constante al que se somete el escritor.

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El maquillaje de esa noche fue responsabilidad de Itzi, y las fotos, de Nika Jiménez. Esa noche fue mi acompañante; como mi jefa de prensa ha sido testigo de lo mucho que he sufrido y pasado con esta novela, y lo ha compartido, de manera que se merecía estar también allí si las cosas iban bien. Luego llegaron las felicitaciones de los amigos, la familia, los compañeros de viaje. Los lectores y los seguidores. A todos ellos, muchas gracias. Para todos vosotros es esta novela.

París y los textos ocultos

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Algunos de los textos más bonitos, más desgarradores que he escrito, nunca verán la luz: fueron concebidos para ser leídos ante una audiencia querida, una única vez. En una boda, en un aniversario, ante la cuna de un niño o para decirle adiós a un ser inolvidable. Como las flores o las ceremonias, las palabras marcan las ocasiones especiales que atraviesa la vida, y que desembocan en la muerte.

Ahora resulta casi lógico que mis amigos me pidan que hablen en sus eventos, o que les escriba algunas frases para ellos. Sin embargo, esa costumbre comenzó tan pronto como en mi Primera Comunión: supongo que se debía a que leía bien en alto y que carecía de miedo escénico, o a que me ofrecía voluntaria para cualquier redacción, cuento o poesía que pidieran en el colegio. Elígeme a mí, debían suplicar mis ojos.

De los votos de aquella primera ceremonia me quedaron dos manías: comprobar siempre por dónde van los cables de la microfonía (entre la iluminación de las velas y el vestido largo acabé estampada en el suelo, algo que nunca he olvidado), y hacer alguna mención botánica. Las hiedras que se entrelazan, las higueras que envejecen, las malas hierbas.

Y después de tantas ceremonias como invitada, alguna como protagonista, después de cantar en tantas bodas y de contar en muchas más, de que me temblara la voz en algunos entierros y del estremecimiento emocionado de las bodas de plata, creo que he aprendido algo: es muy difícil que un grupo de gente mienta. Es imposible mentir ante un grupo de personas. Una ceremonia se puede ver arruinada por la lluvia, o entristecida por una pérdida inminente o apenas ocurrida, pero por encima de las circunstancias, el amor o la indiferencia se extienden, como acuarela en un papel mojado.

Se puede prever qué será un éxito y qué acabará en lágrimas, si se quiso a quien se entierra o ha causado un enorme alivio su ausencia. Si no por la actitud genera, por la reacción ante los textos, cuando creen que nadie les observa. Con el tiempo, no solo me he convertido en una invitada a fiestas: también a las emociones ajenas, a las sombras y luces que se celebran o se ocultan. Es uno de los privilegios de la palabra: define y modela aquello que creíamos secreto y oculto.

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En este caso, para esta invitación con un texto oculto, elegí un vestido de The 2nd Skin.co de tul con flores rasgadas y cosidas sobre el tejido. Estoy un poco obsesionada con ese estampado, por cierto. El enorme lazo puede engancharse como una tira en torno al cinturón, si se quiere un aire más informal.

Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en París.

Y París floreció en verano- Le Bal Rouge

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Llegó el verano y me encontró en París, en el Bal Rouge que organizaba Kenzo Perfums. Me encontró en la Place Dauphine, bajo un misterioso bosque de amapolas que iluminaban la música que, una vez más, y ya son 35 los años en los que se ha celebrado, sonaba en la Fête de la Musique. De vez en cuando, una lluvia de confeti rojo flotaba sobre los invitados. Otras veces, las notas que procedían de las fiestas en los barcos llegaban desde el cercano Sena.

La amapola es una curiosa elección para una fiesta, y dice mucho de quien la escoge: la flor que aparece encapsulada en la botella de Flower by Kenzo no desprende olor. Difícilmente puede preverse dónde crece, no sobrevive una vez cortada. Florece entre el trigo y en los  lugares que no ofrecen ninguna belleza, para de pronto ofrecerla y transformar donde nace. Salvaje y humilde, leve e inolvidable, nos recuerda el buen tiempo, la necesidad de atrapar el momento y disfrutarlo para siempre… por un instante.

Y mientras caminábamos bajo las amapolas luminosas (una cámara me entrevistó para un programa que se emitirá, precisamente, durante el verano), pensaba en las amigas con las que compartía ese momento: Ester Bellón, de Mi armario en Ruinas, Anna Ponsa López, y Brianda FitzJames. ¿Qué tenemos en común una arquitecta, una fotógrafa, una ilustradora y una escritora? Nos une la mirada inquieta, siempre en busca de algo que no puede hallarse. La obsesión por la belleza, se encuentre donde se encuentre, en el aire, en lo efímero, en el ahora. De las tres aprendí algo esa noche. Las tres son únicas y de una sensibilidad estética extraordinaria.

El verano trae siempre promesas con sus noches breves y sus días larguísimos: sus primeras horas ofrecen la tentación de pedir deseos a la luna o al fuego, y cruzar los dedos para que se cumplan. Yo pedí alguno durante este Bal Rouge.

Pero solo podré contároslos cuando los vea realizados. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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Para esa noche única elegí un vestido blanco de The 2nd Skin Co. Con ellos  no me equivoco nunca: con un cierto aire a los 60, un canesú con volumen en el que se alternaban las flores y las bayas. Y bolsillos. Un clutch dorado de Parfois, y la ciudad de fondo, con su amenaza de lluvia. Las fotos son de Anna Ponsa López y Nika Jiménez.

Y el verano es mío.

Te trataré como a una reina

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   El problema al que se enfrenta la belleza se resume siempre en el tiempo: la lucha contra el tiempo, encontrar tiempo para ella. Una de las trampas del cuerpo es que requiere cantidades ingentes de horas: no en vano se habla de culto al cuerpo como si adoráramos una divinidad. De hecho, durante siglos (y aún ahora) la belleza ha consistido en un patrimonio de determinadas clases sociales. La piel nívea y suave, las manos sedosas, las uñas largas delataban que la mujer no sufría de los padecimientos del trabajo, y mucho menos, al aire libre. Cumplir con los requisitos que en la actualidad definen a una mujer bella implican mucho tiempo dedicado al ejercicio, al cuidado del cabello, de la piel, la depilación. Muchos de los criterios que implican ser atractiva tienen que ver con encontrarse alerta, detectar una cana, una arruga, una mínima mancha.

  Pero ese tiempo tan temido ofrece una gran ventaja: si bien no puede detenerse, nos enseña que la frase escuchada mil veces de que la belleza está en el interior esconde una gran verdad. Quizás no a los veinte años, pero pasados los treinta, el estado de ánimo marca tanto la piel como el peor de los hábitos. Además de la constancia en el cuidado y la buena alimentación, de las horas de sueño y la hidratación, la tranquilidad, o al menos, una cierta paz mental, comienza a convertirse en parte del atractivo personal. Las arrugas no pueden frenarse, pero las de una persona risueña y serena serán completamente diferentes a las que crea el estrés y la tristeza, o la cólera constante. La felicidad (que es distinta a la euforia, o la alegría) y la seguridad se traduce en una mirada luminosa, en un halo invisible y permanente.

  Yo ya no recurro a tratamientos que no me ofrezcan una filosofía de base con la que esté de acuerdo, en especial aquellos de cuerpo, que son para los que confío en profesionales, porque la pereza, esa gran enemiga, me vence con frecuencia en los corporales. Sea en un spa, en balnearios, para aliviar el dolor de espalda, o para relajarme, creo que se entabla una intimidad, una comunicación con quien te toca: y prefiero que lo haga con una intención parecida a la que defiendo.

Recomiendo, por ejemplo, el ritual Reina de Egipto de Alqvimia  para quienes piensen de manera parecida a la mía. Si por algo destaca Alqvimia es por una filosofía respetuosa con la psicología de la mujer, y por el uso de la cosmética completamente natural y con productos ecológicos. Su fundador, Idili Lizcano, conocía bien, como buen maestro perfumista, la tradición botánica, y lo arraigada que se encontraba la alquimia y la magia en ella, y algo de esa leyenda continúa en sus productos.

  Había otro elemento de puro capricho, claro, que tenía que ver con las resonancias que en belleza y fascinación despierta Cleopatra; y después de la leche de burra, no me quedaba más remedio que lanzarme a las sales del Mar Muerto, que ya había probado, el incienso y la mirra, que no podía continuar viviendo sin probar.

  El ritual combina la envoltura, que si bien hay a quien no le gusta demasiado, a mí me enloquece, con un masaje con aceites esenciales; el enfoque holístico funciona a la perfección: al finalizar, la piel parece de raso en tacto y aspecto, ha recuperado una tersura inédita, y la relajación es absoluta. Además, ese cambio energético que prometen se produce: yo experimenté una sensación de bienestar, de aumento de autoestima, que no se debía únicamente a un tratamiento agradable. Sean las que sean las fórmulas magistrales que utilizan en Alqvimia, en mi caso se produjo un cambio evidente, interno, que percibí sin necesidad de que nadie me lo dijera. Algo misterioso, un poco mágico.

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Para la visita a la tienda de Alqvimia en Madrid, en Don Ramón de la Cruz 13, escogí un vestido azul de otros diseñadores que transforman a la mujer en reina, The 2nd Skin.Co con un cinturón tornasolado, y unos pendientes de diamantes. En la tienda, que funciona también como Spa, y que es francamente bonita, pueden leerse diversas frases que van más allá de lo meramente físico: Amor es la esencia que da la vida es una de ellas. La belleza, sin ninguna duda, va más allá de la piel.

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Si nos empeñamos, podemos convertir la Semana de la Moda en algo frívolo. Sí, desde luego, en un terreno abonado para la vanidad, la extravagancia y la ostentación. Si lo deseamos, podemos centrarnos únicamente en su fugacidad, en la interpretación superficial que muchos hacen de la ropa; incluso en la mala educación y la estupidez de algunos de los famosos en la primera fila: un personaje popular idiota que se pavonea ante los fotógrafos nos enseña casi tanto como lo hacen las personas reconocidas que despliegan encanto y buen hacer en las mismas circunstancias. Ambos, por razones distintas, son espectáculos dignos de ver. En mis primeros viajes, cuando era muy jovencita y estudiaba canto, aprendí a fuego a distinguir a las personas recomendables por la manera en la que trataban a quienes se encontraban en puestos de servicio; no, como defienden algunos cínicos, porque siempre se puede sacar algo de ellos, sino porque todo trabajo, desde el menos vistoso al más reconocido, merece el máximo respeto, y resulta necesario en nuestra sociedad.
Por lo tanto, solo alguien que desconozca el proceso que conlleva un desfile se atrevería a menospreciarlo; quien se limite a observar el paso de las modelos con las prendas ve muy poco. En las Semanas de la Moda de Madrid, y ya son una decena las que he presenciado, llevo siempre conmigo a alguna persona ajena a este mundo; y siempre, sin excepción, aprenden algo que llevarse al suyo. La coordinación, la capacidad de improvisación, el trabajo de equipo. Un iceberg invisible de maquilladores, estilistas, patrocinadores, compradores, decoradores, estudiantes, camareros, periodistas, representantes, actrices, planchadoras se mueve bajo la superficie evidente. Resulta fascinante comprobarlo, y, cada medio año, observo absorta el resultado.
Esta temporada he acudido a cuatro desfiles de cuatro firmas respetadas e interesantísimas, y muy distintas. Las cuatro me han vestido en ocasiones: a veces he tenido la suerte de que la prueba (el famoso fitting) la supervisara el propio diseñador: y la manera en la que colocan las prendas, ajustan el cinturón, o se detienen un momento en el tejido cuentan más de la pasión y del respeto por su profesión que la que he encontrado en muchos romances.

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Ailanto se ha convertido en sinónimo de estampados florales y geométricos, que los gemelos Muñoz trabajan e innovan de manera exquisita. Hay algo siempre de etéreo y espiritual en sus colecciones, temporada tras temporada, una cualidad misteriosa y evanescente que se repite, un secreto que esa mujer guarda incluso cuando muestra la espalda o las piernas. Esa característica se transmite a su ropa: vestirse con ella conlleva transformarse en algo ligeramente distinto a carne y hueso, como si la hiedra creciera a través de los dedos y nos revistiera de una seguridad líquida.

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En cambio, los volúmenes de Amaya Arzuaga apelan a otro tipo de seguridad: la única diseñadora de los cuatro desfiles que he presenciado, su propuesta rezuma fuerza, una paleta de colores lisos y contundente que se deslizan hacia el naranja rojizo, o el verde petróleo, pese a que el negro sea, como siempre, su apuesta. Quien lleva Amaya Arzuaga se reviste simbólicamente de fuerza: cuando me visto de ella crezco ópticamente, me siento a gusto bajo prendas que no necesariamente obedecen a la sensualidad convencional. Yo sé lo que soy bajo los puntos gruesos, o las faldas envolventes.

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Acudí al desfile de Ion Fiz en solitario, y por eso no incluyo fotografía en el kissing room con él: sin duda la hay, pero no en mi móvil. Ion ha demostrado ser increíblemente versátil; posee una capacidad creativa camaleónica, y admiro la manera en la que se ha adentrado siempre en terrenos distintos. Como alguien que considera la palabra una vía para comunicarse en formatos diferentes, he aprendido mucho de él. Su colección incluía siete vestidos de novia suavemente dorados, y una interpretación elegante y refinada de la feminidad clásica: pese a su nombre, Severine, basada en Catherine Deneuve, era más dulce y menos oscura que la convulsa protagonista de Belle de Jour.

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La francesa también aparecía como referencia de The 2nd Skin.Co, pero en su aspecto de actriz icónica, junto a otras bellezas de los 70. La seda, declinada en varios tejidos, resultaba casi perturbadora en algunos de sus vestidos flotantes, amarillos, o azules, o blancos: una colección que, a mi entender, comprendemos bien las mujeres que no somos ya tan jóvenes y que hemos descubierto que el erotismo radica más en la promesa que en el cumplimiento, en el gesto que en lo visto. Antonio y Juan Carlos me pidieron unas palabras sobre la colección Soul para la nota de prensa, y elegí hablar, precisamente, de la piel y el alma, lo visible y lo intuido.

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Falta aún tiempo para que encontremos qué será aceptado y qué no de estas cuatro propuestas. Para mí supone una oportunidad más de presenciar, desde un lugar privilegiado, la mirada estos creadores que admiro, y que traducen en prendas preguntas y propuestas que yo formulo de otra manera, a través de historias o de frases. Cada cual habrá captado lo que desee en estos días, o no habrá percibido nada en absoluto más allá de lo que ya miraba. Al fin y al cabo, de eso se trata, de mirar, más que de ser vistos.

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Planeta 2015: “LA” noche literaria

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Entre las dudas que más me trasladan las escritoras novatas descollan dos preguntas: ¿Cómo puedo conseguir que publiquen mi novela? y ¿Qué debo ponerme en una fiesta literaria?
La primera es larga de resolver. La segunda, muy sencilla: no existen las fiestas literarias en este país. Olvidad, románticas lectoras, esas soirèes llenas de sutilidades dialécticas, esos cisnes de Capote, esas veladas con champán y discusiones sobre Navokov. Salvo algunas notabilísimas y agradables excepciones, el mundo literario patrio no destaca por la atención a los detalles o la idea del glamour. Tampoco ha logrado congraciarse con la idea de que el rigor intelectual no debe, necesariamente, ser machadiano y adoptar un cierto desaliño indumentario.
Sin embargo, sí que existe una ocasión, cada 15 de octubre, día de Santa Teresa, en la que escritores, editores y adyacentes se reúnen en una gala con motivo del Premio Planeta, en Barcelona. Por motivos que no necesito explicar, y que se resumen en “Melocotones Helados”, para mí es un evento que recuerdo con mucho afecto. Pero eso no quita el que provoque un cierto vacío ante lo desconocido: ¿qué vestir en una fiesta que es, en realidad, una cena durante la cual delibera un jurado, en la que los escritores son minoría, en la que la discreción de la burguesía catalana se impone, y en la que sin embargo hay prensa? Y, sobre todo, ¿qué se viste siendo yo, cuya idea de lo que ha de lucirse en una fiesta se encuentra en las antípodas de la discreción, catalana o no, y cuando hay tan pocas ocasiones de emperejilarse siendo una escritora-escritora?
Hace algunos años resolví ese dilema: cada año acudo a un diseñador español amigo, y le confío la situación. Ailanto, Ana Locking, Ion Fiz, The 2nd Skin.Co, Jesús del Pozo, Josep Font, Hannibal Laguna… han sido algunos de los que me han vestido para esa noche. Todos han entendido el espíritu del premio mejor de lo que yo lo haría. También lo han hecho las marcas de joyas.

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Este año ha sido Juanjo Oliva, de su colección Elogy para el Corte Inglés el que, con un vestido muy sencillo, de corte sirena y miles de lentejuelas negras, me ha preparado para el Planeta. Ceñido, pero sin exageraciones, es el marco perfecto para las joyas de Chocrón: un collar-babero de diamantes, los pendientes de talla en lágrima, y el maxi anillo bañado en rodio con una enorme selenita y rodeado también de diamantes. Las sandalias, de raso y strass son, como muchas otras veces, de Paco Gil. Aunque en las fotos os muestro los previos en mi casa, justo antes del Premio me peinó Laura Zamacois con una trenza que se recogía en forma de flor sobre una oreja. Y por supuesto, siempre llevo el perfume Halloween.
Os contaré que cada año ha habido un imprevisto justo antes que hacía temer que el vestido no llegara o no sirviera: es casi una tradición. Retrasos de mensajero, medidas mal tomadas, despistes, desgarrones… este año fue la cremallera invisible la que se rompió, y hubo que cambiar a toda prisa. Y, cuando todo está preparado, la duda de siempre. ¿Quién será el ganador? Este año, la tierna, irónica y divertida Alicia Gimenez Barlett. ¡Enhorabuena, querida Alicia!

Santas de Zurbarán: mártires y princesas

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Hacía mucho tiempo que quería hablar de las santas de Zurbarán, ese poeta de la imagen, y en particular, de la relación de estas santas con la moda. No soy la primera en hacerlo: los diseñadores que las han reinterpretado son legión, y desde la Exposición de Sevilla de hace unos años, que reunió a Elio Bernhayer o Agatha Ruiz de la Prada a la del Thyssen Like a Painting, muchos han tocado el tema.
De estas santas llaman la atención varios elementos: primero, su belleza y su juventud. Después, la riqueza espectacular de sus ropajes: Zurbarán destaca por su excepcional tratamiento de los tejidos, sea el lino de los calzones de un Cristo, el hábito de San Serapio, los rasos de Santa Casilda o el velo de la Virgen de la Anunciación. En tercer lugar, la historia de las santas que retrata: dos de ellas son reinas madres (Santa Isabel de Hungría, Santa Matilde…) y el resto jovencitas de origen noble (Eulalia, Engracia) o princesas (Casilda, Bárbara…). Frente a las santas paupérrimas o de mala vida, las de Zurbarán son unas santas limpias, pijas y castas.
Los clientes de Zurbarán eran, sobre todo, grandes conventos, órdenes bien establecidas. Llegó a ser un auténtico experto en imágenes religiosas, hasta el punto de que exportaba un porcentaje importante de su obra a Ámérica. Nos encontramos en el siglo XVII, lujo y pobreza se alternan en Sevilla y en España, y la sociedad se ha acostumbrado a una constante iconografía sacra. Lo visual es pedagógico para quien no sabe leer, y reconfortante para una nobleza cada vez más habituada a la belleza.
Un porcentaje importante de las mujeres bien posicionadas en los conventos pertenecen a familias pudientes: no han podido casarse, han enviudado o pasan temporadas en el convento para perfeccionar su educación, por la ausencia de sus padres o porque han enviudado. Esas mujeres se identificaban y deseaban tener como referentes historias similares a las suyas, rostros bellos y bonitas vestidos. Las mártires de Zurbarán no muestran piel, no sangran. Santa Apolonia no aparece desdentada. Serenas y dignas, enseñan los símbolos de su martirio; si se despojaran de ellos, serían damitas de la corte.
Además, resultan llamativas las historias elegidas, leyendas muy antiguas, que se entremezclan. Son en realidad relatos de adolescentes rebeldes, que dan su vida por amor o por sus convicciones.
Tenemos a Santa Eulalia, por ejemplo, una preciosa jovencita de Mérida, o de Sarriá, a saber. A los 13 años, y mientras el resto de los cristianos se oculta de las persecuciones, la niña se escapa de casa y se encara a las autoridades romanas, que la mandan a casa de regreso. Pero ella, erre que erre, persevera, dándole la turra al gobernador de turno, hasta que el hombre, por no oírla, la manda matar. Algunas versiones le otorgan hasta 13 martirios, uno por cada año, de un sadismo ejemplar. ¿Qué tortura se os ocurre? Eulalia la sufre. Muere, finalmente, no sin causar toda la guerra que puede, y una nevada (que según las versiones ocurre durante uno de los martirios, y otra, tras su muerte) cubre la tierra, como muestra de su pureza.
Santa Casilda, mi preferida, es menos osada, y algo mayor. Una toledana guapísima, hija de un rey moro, que, muy concienciado, encierra cristianos y les da matarile en cuanto puede, en un intento de proteger su reino de tan perniciosa influencia. No olvidemos que durante siglos los cristianos fueron peligrosos revolucionarios que predicaban el celibato, la pobreza, y la solidaridad, y todas esas teorías que hacían temblar de raíz una sociedad organizada. Pero la chica, que sentía esa atracción de las niñas bien por los malotes (ver Lana del Rey) se escapaba a escondidas para alternar con los presos, y llevarles de comer. Hasta que el padre, con la mosca tras la oreja, sigue a la moza, que portaba pan y fruta en la falda, y tiene lugar esa conversación típica entre padre e hija adolescente.
-Hija, ¿qué llevas ahí?
-Nada, se lo estoy guardando a una amiga.
Total, que el cuadro muestra las flores en las que, por milagro divino, se convierten las viandas para los cautivos. Santa Casilda completa su azarosa existencia escapándose de casa para  regresar a la naturaleza y hacerse ermitaña. Claro, que si a mí se me transforma la compra en flores es posible que también regresara a la naturaleza, algo perturbada, incluso.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara convertirme en Santa Casilda me valí de un vestido negro de Amaya Arzuaga, colocado sobre un vestido largo de seda granate de Trucco y un enorme pañuelo de Adolfo Domínguez lleno de hortensias. En la cabeza, una diadema de Zara. El milagro de transformarme en Santa Espido se llevó a cabo con otro vestido de The 2nd Skin.co beige, ligeramente abolsado, un vestido de tul con estampado de leopardo de Dolce&Gabbana, y otro foulard de Adolfo Domínguez. De nuevo la tiara es de Zara. Sí, los vestidos me los visteis en la Fashion Week de Madrid.  Como atributos de mi martirio porto una rama de olivo, símbolo de la alimentación saludable, y un libro de Robert Graves sobre mitología, que representa la literatura y sus enseñanzas. Claro que cuando una se divierte tanto parece poco creíble decir que la han martirizado…

La fiesta GQ San Jorge Juan

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Madrid arrastra la mala fama de ser una ciudad irrespirable a partir de san Juan hasta bien entrado septiembre. Esa mala fama no es del todo infundada: el calor cae a plomo, el asfalto se derrite, y solo los turistas más intrépidos se aventuran por las calles durante el día.
Hemingway, un buen conocedor del calor patrio, decía que en verano ninguna persona decente se va a la cama antes de las tres de la madrugada. Aunque el concepto de decencia de Hemingway podría ponerse en duda, no es un mal consejo, si puede seguirse. Con el atardecer, la ciudad se revitaliza, las terrazas se animan, algunas tiendas continúan abiertas, y la ciudad ofrece lo mejor de sí misma en un momento en el que la mitad de su población se ha ido de vacaciones, y un tercio es demasiado sensato como para poner un pie en la calle.
Una de las fiestas más interesantes de la temporada es la que organiza la revista GQ en la calle y el callejón de Jorge Juan para celebrar el día de San Juan: música, estilo, tiendas, cócteles, tapas, conversaciones, postureo, gente guapa, gente aún más guapa y la sensación de que el espacio pertenece a sus dueños, los ciudadanos que maldecirán el sol, el bochorno, la luz tras las persianas y las vacaciones que no llegan.
No sé aún si tendré vacaciones este verano: prefiero descansar en otoño, y quiero acabar una novela en estos meses. Pero eso no me iba a privar de una bienvenida y una noche para sonreírle al solsticio.

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Escogí de nuevo un vestido de The 2nd skin.co en tul de color nude, ajustado con un cinturón tornasolado, con escote evidente, y falda con algo de volumen. Los zapatos, de raso y ante violeta, eran de Rebeca Sanver, el collar, de cristal antiguo de Lalique. El bolso con cristales Swarovski es una edición especial de Littlearth LE designer. Llevo un anillo de plata y amatista que compré en Guadalaja, México, y un brazalete de perlas que es casi un fetiche para mí, de Verdeagua Alhajas. Los pendientes son perlas, también. Me maquillé con productos de Lancôme. Y a devorar la calle. Se lo debía a Hemingway.

 

La Fiesta de verano de Kenzo y el “Mono no aware”

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Cuando me llegó la invitación para la Fiesta del Verano de Kenzo, que coincidía con el 15º aniversario de su perfume Flower by Kenzo, la pregunta era obligada: ¿Qué estaba yo haciendo hace quince años? Me encontraba aún de promoción tras el Premio Planeta, y recuerdo bien lo novedoso del diseño de la amapola encerrada en un frasco transparente. Yo era joven y aquello era nuevo.

La amapola, esa flor salvaje, frágil, perecedera (hay que chamuscar su tallo para que dure, una vez cortada) ha sido una obsesión para muchos poetas. Los simbolistas la empleaban como una metáfora de la pasión, por su color, y del sueño, por sus cualidades de adormidera. J. R. Jiménez quería casarse con ella, y era un juguete para los niños de campo, que las veían brotar entre el trigo y en los campos como una sorpresa encarnada. En la tradición japonesa del Mono no aware, de la que bebe Kenzo, la amapola fue empleada como símbolo de la belleza efímera en desde el siglo VIII; mil años más tarde, K. Issa escribió este bello haiku:
Vivimos.
Simplemente.
 Yo y la amapola.

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EspidofiestaKenzoPor lo tanto, y en homenaje a esa amapola atrapada en el tiempo, flores rojas adornaban mi vestido, con lentejuelas y tul en los bolsillos, de The 2nd Skin Co. Corto, y de tejido algo rígido, se ajustaba con un cinturón rojo. Las sandalias negras de Cuplé,  eran tan bonitas como cómodas. El pelo no debía adquirir el menor protagonismo: una coleta baja, similar a las vistas en los desfiles de Kenzo. Un bolso dorado, el maquillaje de Chanel  y joyas en oro rosa y diamantes de Chocron Joyeros: unos pendientes de estrella de la  Colección ChCirca; la sortija de la colección ChAstral, maravillosa, que concitó más de una envidiosa mirada; el brazalete articulado de la colección ChRomanChic, de inspiración victoriana, con un diseño floral, que suavizaba la propuesta más rígida y geométrica de los anteriores.

Y, curioso, en esa fiesta salpicada de rojo, en la que imaginaba bullicio, ruido y alegría, mantuve con Màxim Huerta, a quien no esperaba ver allí,  una de las conversaciones más interesantes sobre la calma, el estrés y el proceso de escritura que recuerdo en los últimos tiempos. Mono no aware, sensibilidad ante lo efímero.