En el Atelier de Suma Cruz

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Todo comenzó con unas estrellas y unos pájaros vistos en una imagen de Instagram, y me llevó una mañana llena de sol a la calle Zorrilla 23. Allí estaban las chicas de Suma Cruz, en sus mesas altas y con sus joyas alrededor, entre flores secas y piezas a medio montar, en una buhardilla luminosa al final de una escalera de madera. Susana Cruz, la fundadora, insiste en que sin un trabajo en equipo nada de lo que hay bajo ese techo se hubiera logrado.  Paloma, Inma, Andrea y Carmen son el resto de las creadoras, largas melenas, ojos brillantes, manos ágiles. Un profundo respeto por la joyería clásica, y un conocimiento igualmente profundo de la historia de la orfebrería.

Hay algo fascinante en ver un taller artístico, un atelier. Mi escritorio resulta mucho menos interesante,  menos creativo, sin duda menos cambiante que este lugar en el de pronto surge un cocodrilo, o un escarabajo de piedras semipreciosas, o un lirio que se enrosca entre los dedos. Muchas personas solo visitan uno de estos lugares, como los de vestidos de alta costura, para una ocasión especialísima: una boda propia o ajena, una celebración muy especial. Cada vez más a menudo, regalos hechos a una misma, por haber cumplido 40, o 50, o 60 años, o por haber tomado una decisión acertada.

Esa mujer, sola, o con alguien de quien se fía, subirá las escaleras, encontrará lo mismo que yo: una deslumbrante sucesión de posibilidades, de piedras y piezas metálicas, de exquisitas diademas y de hiedras que crecen entre las manos. Unas te convertirán en una sirena con mejillones de nácar entre el cabello, otras en una ninfa con halo de estrellas . Otras en una emperatriz bizantina, con sus tiaras rígidas y cuajadas de gemas. La belleza tiene siempre algo de irrepetible, y algo de incompleto, también.

-Escríbenos algo -me pidieron, después de que hubiera jugado a transformarme en todas las criaturas marinas o celestes que se me ocurrió.

-Claro. Dadme un papel.

-No -sonrieron-, en la pared.

Y allí, bajo el sol de la buhardilla de Suma Cruz, quedaron mis palabras. En mis manos, ahora, anida un escarabajo.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERANinguna prenda podría competir con esas preciosas joyas.  Me puse un abrigo de terciopelo negro de Mango, sobre el que destacaban los matices y los brillos. Las fotos fueron tomadas en el Atelier, en Madrid, por Nika Jiménez.

Anuncios

Viaje a la tierra de Jane Austen (III) Chawton

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Cuando el padre de Jane Austen muere, deja a tres mujeres solas y un problema: ¿de qué van a vivir? Han fundido sus ahorros en Bath, una ciudad cara y poco hospitalaria, como ya vimos aquí, carecen de ingresos propios. Cassandra madre tiene unos pequeños ahorros, Cassandra hija otros poquitos. Jane nada en absoluto. En esta situación se encontraban muchas mujeres de la época: no se buscaba marido por necesidad romántica, sino por una sociedad que impedía que las mujeres de clase media pudieran trabajar y las condenaba a ser dependientes.
Fue su hermano Edward, adoptado por una familia adinerada, quien ofreció una solución: él poseía una preciosa posesión en Chawton, muy cerca de donde siempre habían vivido los Austen. Dentro de esa finca, cuya mansión principal es ahora una Biblioteca y Centro de estudios dedicado a la literatura escrita por mujeres, había una granjita que legó a su madre y a sus hermanas. Luminosa, digna y con suficiente espacio como para recibir visitar, les permitia una vida recogida y frugal.
Las niñas Austen eran ya mozas viejas: Jane había pasado de los 30. No se iban a casar: ni ella, ni su hermana, ni su mejor amiga, Martha Lloyd, que se fue a vivir con ellas. Vestían como mujeres mayores, y se esperaba de ellas poco: que no dieran demasiada guerra, que fueran discretas, que se ocuparan de sus sobrinos.
Contra todo pronóstico, Jane fue feliz en esa casa y con esa vida. Comenzó a escribir de nuevo, a revisar textos antiguos, se relacionó de nuevo con vecinos y amigos y durante los años que le quedaron de vida, que no fueron muchos, fingía revisar las cuentas de la casa en una mesita, muy pequeña, mientras en realidad escribía sus novelas, ocultas en cuartillas bajo la contabilidad.
La casa, rodeada de un precioso jardín de estilo inglés, muy cuidado, huele a lavanda y transmite serenidad y luz.  Puede visitarse porque en la actualidad es una casa museo. Jane y Cassy compartían habitación y cama, como habían hecho durante toda su vida. En el salón, el piano de Jane (El mejor que hemos podido conseguir por 30 guineas) sigue allí. La madera cruje, se han conservado retratos, y joyas, y prendas de ropa de la época. Pareciera que en cualquier momento una criada fuera a cruzar el pasillo con sábanas de lino limpias.
Jane no murió en esa casa, sino en Winchester, en cuya catedral se encuentra enterrada y recordada. Enfermó en primavera 1817, y apenas duró unos meses, los suficientes como para intentar que la trataran médicos especializados en la ciudad. Tenía 41 años. Su hermana y su madre vivieron muchos más años, en paz, en parte conscientes del talento y el éxito de Jane. Al morir, las enterraron en dos tumbas gemelas en el cementerio de Chawton, a un paseo apenas de su granjita de ladrillo rojo, Había dejado seis grandes novelas, e historias suficientes como para hacernos disfrutar y reflexionar durante dos siglos.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERAAquí, quizás con una taza de té o una crema de verdura en el Cassandra’s Cup, un salón de té que se alza al otro lado de la calle de la casa, terminamos nuestro viaje con El País viajes. Un vistazo a una vida en apariencia como otras, a la que el talento hizo descollar de manera sorprendente.

Para esta última etapa elegí un vestido negro de Dolores Promesas, con un estampado de orquídeas, de manga larga y corte simple, unos salones de terciopelo verde y un camafeo de cuarzo rosa que me regaló un joyero artesano amigo. El día era hermoso, pero frío, y llevé el abrigo de color teja de Mango que tantos fríos me ha aliviado.  Y los libros (Orgullo y Prejuicio, Emma, Sentido y Sensibilidad…) que nos permitieron conocer esos lugares, incluso antes de dejarlos atrás en este viaje.

¿Recuerdas?

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

¿Recuerdas la habitación?

Tu memoria, entonces,

se aferra a los objetos mejor que la mía.

Yo solo vi

sobre los muebles flores talladas,

la mano antigua de un ebanista hábil,

y rendijas tras los huecos de las plumas.

Entre ellas nadaban los peces

que habitan el aire de mayo.

Escamas en los huecos de la piel,

juegos de Escila y de Caribdis,

de sirena o pez o luna esquiva.

Y yo te dije: “Alguien

me maldijo al marchar con el mal de la nostalgia.”

Debiste haber huido.

Me aguardaba el calor de mi casa y mis tres gatas,

una ciudad meticulosamente trazada,

Busardo, Kaas, Navokov, Durrell y Shakespeare.

Pero ¿y a ti? ¿Qué te esperaba?

Ahora ya no hay sendero.

Lo borraron tu silencio y mis historias.

Recé mi letanía en aquella madrugada

de hielo líquido y devenir inquieto:

Te infectó el mismo mal,

la muerte y sus absurdos,

la leyenda y las mentiras.

El envejecer atónito de las nubes

envenenará tus ojos falsamente negros,

y los pálidos dedos de los muertos

tenderán sus muros entre tu voz y mi canto;

nuevo vampiro entre seres dormidos,

no hay reposo para ti en tierras nuevas.

Como Ulises, ufano por salvar la vida,

por librar tu alma exhausta de la pena

gritarás, perdido por el tiempo y el océano

“- ¡Soy Nadie!¡Soy Nadie!¡Soy Nadie!”OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El slip dress de lentejuelas plateada es de Mango. Llevo el esmalte de OPI Kyoto Pearl. La chaise longue de terciopelo negro y el abanico de plumas salieron de las manos de artesanos en el siglo XIX: la primera la encontré en Madrid, el segundo, en una tienda de York.

Propósitos de Año Nuevo

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Decía Teresa de Jesús que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que han sido escuchadas. Conviene recordar esa frase, tan sabia, cuando comenzamos a formular los propósitos de Año Nuevo, que muchos rompen a los dos días, porque piensan en ellos como deseos pedidos a una estrella fugaz. Un propósito no es algo que nos sobreviene, ni un golpe de suerte, sino una tarea nueva, una manera de mejorar nuestra vida en la que queremos centrarnos durante 2016.
Cada uno debería conocer su carácter, y sus debilidades, y cómo puede conseguir mejor sus objetivos: yo, lo he dicho muchas veces, me planteo 50 propósitos cada año. Algunos los repito. Otros son nuevos, retos que me planteo para superarme, otros, la mayoría, son una forma de asegurarme de que no me olvido del camino que me he marcado para mi vida. Los divido en varias áreas: Salud y cuerpo, profesional, económica, casa, relaciones, y otras, en las que incluyo el ocio, los caprichos… Así me aseguro que mantener un cierto equilibrio, porque en algunos momentos de mi vida, el trabajo ha absorbido demasiada energía, y me ha pasado una alta factura.
Entiendo que a algunos puede agobiar un listado tan exhaustivo: en realidad, si los repartiera resultarían ser uno por semana, pero no es tan sencillo: muchos de ellos, como los relacionados con el ejercicio, la salud  o la alimentación, deben ser cumplidos a diario. Otros, como conocer dos países nuevos al año, se realizan de una vez y para siempre. Para mí, el planificarlos y decidirlos supone una de las tareas más bonitas y edificantes de final de año. Le dedico varios días, hago una lista, tacho, incluyo, pienso: siento el placer inmenso de sentir que puedo decidir sobre mi vida y construir mi felicidad. Salgo, tomo un te, paseo, hago balance de qué deseo de verdad, y qué por presiones, expectativas ajenas o apariencia.
Para conseguir los objetivos de Año Nuevo hay que desearlo, pero no basta con eso. No puede existir una mentalidad de todo o nada: si se ha fracasado una vez, queda el resto del año para enmendarse. Deben ser realistas, pero un poco exigentes: si yo escribo tantos es porque me resulta más sencillo dividir un proyecto grande (como escribir un nuevo libro de cuentos) en pequeños bocados (como escribir un cuento a la semana… a mal que lo haga, finalizo el año con al menos 35 cuentos nuevos).
Cada domingo o lunes reviso mi listado y evalúo cómo voy: pongo fechas concretas, miro qué necesito para cumplir otros. Cuando llega mi cumpleaños, en Julio, los reestructuro. A esas alturas tengo que aceptar que algunos no se cumplirán, porque eran desmedidos, o porque he perdido el interés. Me doy la oportunidad de reformularlos: es mejor negociar que rendirse. Quienes me conocen saben que siento debilidad por los listados y los esquemas: curiosamente, me permiten ser más creativa. La creatividad no consiste en el caos, sino en mirar las cosas desde perspectivas distintas, novedosas. En la creatividad también se trabaja.
¿Es un sistema muy estricto? Con los años, he visto que es el que mejor me funciona: los días se escapan sin vuelta, y hay una gran infelicidad en sentir que no han sido aprovechados en hacer lo que se quiere de verdad. Ese sentimiento se agudiza con la edad. El año pasado fue un buen año: me quedaron tres objetivos por cumplir: No viajé a Nueva York, como me propongo hacer una vez al año, no entregué mi novela, y tampoco cambié el suelo de mi casa. Pero el resto de los 47 se llevaron a cabo. Y, como mi propósito número 50 es siempre “Aprendo a no exigirme demasiado”, creo que no es un mal balance. Yo, al menos, soy mucho más feliz que en 2014.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Estos últimos días del año han sido soleados, y me han permitido vestir mis pantalones de terciopelo rojo de Amaya Arzuaga y una blusa vintage. Llevo unos peep toes a medida de Sacha London, y un bolso de mano de Purificación García. Los pendientes irregulares son de Parfois, y el esmalte de uñas, de Essie. Las fotos fueron tomadas en la que fue la antigua prisión de Miguel Hernández, ahora una residencia de ancianos, en Conde de Peñalver, Madrid, y en la cafetería del Mozza Bar, que se encuentra justo enfrente. Y cuyas tazas, curiosamente, muestran una palabra clave para afrontar 2016: filosofía.

Por qué los 70, por qué…

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Este otoño será setentero o no será: o, más bien, esta temporada adoptará como propios algunos rasgos, casi de caricatura, de cierta estética setentera, que en muy poco tiempo nos avergonzarán e intentaremos negar. Desde el punto de vista de la estética, los 70 fueron horrorosos: sólo los superarían los 80. Este años se ha rescatado o reinterpretado una amalgama de flecos (todo lleva flecos, y cuando digo todo, es TODO), ante (sobre todo, ante con flecos), pamelas de fieltro, pantalones de talle alto y campana amplísima, chalecos desmesurados, pieles de pelo largo, o al menos, voluminoso, vestidos y camisolas con retales, encaje, gasas y demás veleidades del estilo boho; y lo que es peor, se propone lucirlo todo junto.
La verdad es que casi mejor morir de un solo golpe, porque estas piezas son tan reconocibles, o dicho de una manera más sutil, poseen tanta personalidad, que contagian cualquier combinación más neutra, y por lo general, la inclinan hacia el lado oscuro. Un vaquero con campana no puede ser disimulado: una pamela de fieltro, por mucho que la guapísima Chiara Ferragni intente negar la evidencia, es una pamela de fieltro y pertenece y retrotrae a los 70. Los 70  no se adaptan: una se rinde ante ellos, se disfraza de ellos.
Por otro lado, estas prendas, rescatadas de tías o madres que en su momento eran las extravagantes de la familia o adquiridas antes de ayer en tiendas contemporáneas, son dificilísimas de llevar por mujeres mediterráneas con formas rotundas: muestran cortes que sólo favorecen a mujeres muy altas y muy delgadas, a las que, por otra parte, favorece casi todo. Con el agravante de que han de ser muy jóvenes, o mantener un aire aniñado, porque no existe estilo que aporte a una mujer madura mayor aire de estar ligeramente trastornada y vivir con un mínimo de tres gatos (ejem). No por algo las señoras que mantuvieron la elegancia y el saber vestir durante esa década pasaron por alto casi todas esas veleidades, y vistieron como marcaba un Yves Saint Laurent, un Courrèges, o, traducido en mujeres, Jackie Kennedy (incuestionable, auque nunca ha sido muy de mi agrado), la Hardy, con sus vestidos estructurados y, en el otro extremo, la Rampling, abanderada de los estampados vaporosos. O, en una versión más accesible, vistieron como la mamma que propone Dolce&Gabbana, (la de negro y encaje, no la de vestidos pasteles con rosas de lentejuelas, preciosos… pero esa no es la cuestión).
¿Qué nos queda que pueda salvarse? Los estampados psicodélicos, a quienes le gusten, las enormes gafas de sol, tan chic, la minifalda, los tacones altísimos y cuadrados, mucho más cómodos, las texturas del terciopelo, la pana y el ante, la gama de colores, y el regreso de los sombreros, capas y tocados, que es de agradecer. La libertad en las mezclas, y, una vez más, la capacidad de divertirse con la moda y expresarse a través de ella, que es, al fin y a cabo, de lo que se trata este cambio constante de estilos y formas.
OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERAOtro día os hablaré de la crisis enérgética, de la evolución del feminismo y de la Transición, que ya analicé en Mileuristas. Hoy nos quedamos con un vistazo rápido a varias piezas representativas: el vestido-camisola vintage muy corto, pero ya que una va a parecer una mesa camilla de tamaño medio, al menos, se permite lucir pierna. En solitario porque aún hacía buen tiempo, pero cuando el frío apriete, añadiría un pantalon o unas medias tupidas; los botines de ante de Mustang con (cómo no), flecos, los pendientes florales de Adolfo Domínguez, y la pulsera de piedras semipreciosas. Cabello suelto y maquillaje ligero, aunque el look también soportaría un trazo agresivo de eye-liner, o incluso un toque de lápiz blanco.
Las fotos fueron tomadas en el Jardín de la Viña, en Ávila.