Mi agenda de este verano

¿Dónde podéis encontrarme este verano, seguir un curso conmigo, verme en el escenario, o en una conferencia, o en un encuentro de fin de semana?

Si todo sale según lo previsto, las citas que tendré con el público y con alumnos este verano serán las siguientes.

Del 30 de junio al 2 de julio en el Valle de Iruelas tendrá lugar Diodati se Mueve, con los Hijos de Mary Shelley. Se trata de una experiencia de fin de semana en un precioso valle junto al lago donde el viajero revive la sensación de encontrarse en Villa Diodati, rodeado de escritores con los que convive y de actividades artísticas. Yo seré una de las anfitrionas, como ya lo fui el año pasado. Encontraréis el programa y la información aquí o en el teléfono 618 48 57 71

El 7 y 8 de Julio me encontraréis en la Feria del Libro de Alicante, donde presentaré Llamadme Alejandra, Premio Azorín 2017, tanto en la Feria (día 7 a las 19:00h) como en Monovar, en la Casa de Azorín, el 8 a las 12:30 h.

El 24 y 25 de julio estaré en Teruel, en los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza, como profesora del XVI Curso de psicopatología de la adolescencia. Frente al espejo: trastornos de la imagen y la conducta alimentaria, con el doctor Ruiz Lázaro como director. En mi espacio abordaré el tema de los trastornos de la alimentación que he tratado ya en Cuando comer es un infierno y Quería volar. Si queréis matricularos encontraréis el programa y la información aquí.

Del 24 al 27 de julio seguiré en Teruel, en los Cursos de Verano de la Universidad de Zaragoza, como directora del Curso de Creación Literaria Avanzado con Espido Freire. Son ya más de diez años los que cumple este curso. Este verano se enfoca a un trabajo intensivo en creación, y está abierto tanto para novatos (tendrán que trabajar un poco más) como a alumnos que ya han trabajado conmigo. Aún hay plazas y podéis apuntaros, desde luego. Encontraréis el programa y la información aquí.

El 15 de agosto estaré en Jaca, con El hogar del monstruo y la compañía Hijos de Mary Shelley, con mi Abril en Estambul. Será a las 22:30 en el Palacio de Congresos, como podéis ver aquí.

El 28 de agosto estaré en San Sebastián, en la UPV, como profesora del Curso Si volviera a nacer, con Javier Urra como director y Javier Sádaba y Juan Manuel de Prada como compañeros. Es un curso centrado en la psicología y el crecimiento personal, y yo abordaré el tema El peso de lo que hice, el peso de lo que no dije. Si se comporta como el de los años pasados, será un éxito. Encontraréis el programa y la información aquí.

El 30 de agosto estaré en Laredo, en la Universidad de Cantabria, donde tengo el honor de clausurar los cursos de verano con mi conferencia Alejandra, hace un siglo de todo aquello. Trataré el tema que preside mi novela Llamadme Alejandra, Premio Azorín 2017. Será en el Salón de Actos del Centro Cultural “Dr. Velasco” (C/ López Seña, 8 – Laredo) a las 20:00h. Tenéis la información aquí.

Y el 17 de septiembre a las 20:00h estaré en Estepona para inaugurar el Festival de Cine Fantástico Costa del Sol. Allí interpretaré con Fernando Marías Esta noche moriremos, y con posterioridad mantendremos un encuentro con el público.

Tenéis la información aquí.

Y esto será todo por este verano. Será maravilloso si nos vemos, y si no… leed, descansad, viajad, amad, y nos seguimos encontrando por aquí.

 

Días de mar y oportunidades

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En la película Brooklyn, basada en la novela del mismo nombre del escritor Colm Tóibín, la joven protagonista, Eilis Lacey, una muchacha brillante, no encuentra trabajo en la deprimida Irlanda de 1950, y emigra a EEUU, donde se instala en el barrio de Brooklyn. Cuando regresa a su pueblo, se trae con ella un traje de baño de lycra que causa sensación entre sus amigos: el spandex, esa milagrosa fibra sintética, había aparecido para cambiar la historia de la moda y de la tecnología de los tejidos de la mano de los laboratorios DuPont de Waynesboro, Virginia.

Lo que la jovencita irlandesa vive como una liberación, como un gesto de progreso, ha traído por la calle de la amargura a infinidad de mujeres; el traje de baño, o el bikini dejan de asociarse al sol, el agua, el mar o la diversión a una edad muy temprana. Los psiquiatras alertan que la conciencia física de ser adecuado o no despierta en los niños, y en particular en las niñas, a una edad cada vez más temprana, y que la sensación de avergonzarse al ser visto en público en traje de baño se registra independientemente del pudor o la timidez: tiene que ver con sentirse o no hermosos.

No hablaré hoy de los trastornos de la alimentación, que son la manifestación más dolorosa de ese malestar generalizado: aquí quiero limitarme a quienes, sin más, evitan el momento del traje de baño, se cubren, se tumban en la hamaca, se observan en el espejo con disgusto.

Existe un concepto llamado en inglés body shame, o vergüenza corporal. Parte de un hecho muy sencillo: las mujeres contemporáneas no odiamos nuestro cuerpo sin razón. Nos han enseñado, de una manera constante e incluso agresiva, a hacerlo. Además de la imágenes que bombardean de una manera constante con el canon de belleza ideal, existen otras que muestran cómo no se debería ser: el juicio al cuerpo de la mujer, y el análisis despiadado que decide que está gruesa, demasiado delgada, vieja, arrugada, carente de gusto, operada, no se limita, como antes, a revistas de gran distribución y baja calidad, o a programas de cotilleo: han contaminado las redes sociales, los comentarios en prensa, y las conversaciones en el día a día. Esos comentarios, a veces dirigidos de manera directa a la mujer en forma de insultos o de consejos denigrantes (tápate, a ver si te cuidas, qué edad crees que tienes, deja de comer, a ver si te comes un bocadillo, con esos pies yo no me ponía sandalias, anoréxica…) fomentan y alientan esa vergüenza corporal.

Como resultado, muchas mujeres obedecen tácitamente esas normas de control: hacen lo posible para que su cuerpo no les resulte no ya agradable, sino no vergonzoso. Sin embargo, la lista de lo que fomenta el body shame es interminable: la celulitis, las estrías, la flaccidez, el tamaño de cada miembro, el vello, las varices, la textura de la piel, las pecas, las manchas. Al fijar de una manera tan detallada la atención en cada pequeño rasgo, el cuerpo deja de ser percibido como una unidad, que tiene gracia, atractivo, o sentido en toda su extensión, con la voz, el gesto, la personalidad o los movimientos.

Solo alguien muy superficial consideraría este fenómeno como superficial: cuando un porcentaje tan amplio de población se encuentra a disgusto en su piel, y esa emoción se encuentra potenciada no solo por quienes encuentran intereses económicos en ellos, sino que la custodiamos y controlamos y potenciamos entre nosotros, es tiempo de abandonar la reflexión y comenzar a cambiar actitudes y frases.

De nada sirve el esfuerzo de intentar la aceptación de nuestro cuerpo si al mismo tiempo continuamos criticando los de los demás. No resulta coherente.  Ya no basta echarle la culpa a ese fantasma sin rostro que es la sociedad. En las manos, o en las voces de cada uno, se encuentra la posibilidad de atajar el body shaming, de no formar parte de él, de analizar por qué, cuando duele tanto ser criticada, entramos con tanta facilidad en la crítica, incluso en justificarla con frases como: es un personaje público, nunca se va a enterar, si pone esa foto es para que opinemos, no la soporto, o con el dinero que tiene, podría

Yo misma no he sido ajena a la feroz crítica ante el espejo con que he juzgado mi cuerpo; durante años no vestí un traje de baño, ni un bikini. A la desmesurada exigencia de perfección se unía una creencia muy generalizada: las mujeres con una profesión intelectual, o al menos, seria, no tenemos cuerpo. Mi experiencia, por desgracia, es que ese prejuicio continúa vigente. Hay quien cree que resta seriedad a cualquier pretensión de profesionalidad, o quien se siente genuinamente ofendido por fotografías o atuendos que consideran propios de actrices o modelos, pero no de alguien que se dedique a la literatura.

A estas alturas del partido, miro atrás y siento cierta lástima por esa chica más joven, tan deseosa de cumplir con tantas exigencias, de hacer las cosas bien, de evitar críticas que llegarían, inevitablemente; nunca seré joven de nuevo, ni siquiera ahora que ya no soy precisamente joven, y cada oportunidad de divertirme, de ser un poco dichosa, no se repetirá. Bien está lo que se vivió. Pero mejor estará lo que quede por vivir.  OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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La primera ocasión de vestir un bikini este año llegó en Menorca, a bordo del Siau Qui Sou de Adamastor1967, un precioso barco en el que recorrí algunas de las calas y las playas de la isla. Los dos modelos que llevo son de la marca Rosa Faia. Tienen muchísima experiencia en lencería y son excelentes corseteros, en especial para mujeres con curvas, prendas pre-mamá… y trabajan una gran diversidad de copas; la diferencia entre un bikini con un sujetador de triángulo, bonito pero con poca o nula sujeción, y una copa bien adaptada la valorarán quienes lo prueben.

El bikini negro tiene unos pequeños apliques de metal muy ligero en los tirantes. Lo encontráis aquí. La referencia es  L5-8799. Lo he combinado con este poncho, que es ligerísimo y se puede usar de varias formas.

Respecto al traje de baño (recordad: aquello con lo que nos bañamos es un traje de baño: bañador es la persona que se encarga de bañar a otros) me fui al otro extremo, al color y el estampado cítrico. Podéis verlo aquí. En este caso, el pareo, en gasa azul en tono  degradado era este. Las pulseras son de Blanco, y las gafas de sol de Musthave.

Es importante no olvidarse de la protección solar, que en mi caso era +50 de Lancaster, y de hidratarse a menudo. Y de comerse el mundo: hay pocos días de sol, mar y oportunidades, y no hay que desperdiciar nada de todo eso.

Sed buenos… si podéis

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Así como tengo mis reservas con los adultos, y por los niños siento simpatías o antipatías instantáneas, los adolescentes me gustan todos, sin excepción. Desde luego, eso me ocurre ahora que por edad podría ser madre de un par de ellos. De adolescente, de hecho, los observaba como un entomólogo a un mosquito tigre.

Salvo que los profesores me indiquen lo contrario, en mis encuentros o charlas con adolescentes no centro el discurso únicamente en la literatura: hace algunos años los programas de animación a la lectura permitían que los chavales trabajaran con cierto tiempo algunos textos. Las posteriores reformas educativas no solo han limitado las horas de literatura en el instituto, sino que han acabado casi por completo con los encuentros con los autores. Ante esos hechos consumados, intento transmitir a los alumnos un mensaje que pueda calarles a medio plazo, y que trate valores como el esfuerzo, la necesidad de formarse, la vocación, y el amor por la lectura y el lenguaje.

Siempre abordo el tema de los trastornos de la alimentación, y del acoso. Nunca podré olvidar que yo sufrí uno cuando tenía su edad, y que el desencadenante fue, precisamente, la presión que unos adultos ejercieron sobre mí. No les oculto a las niñas el que la sociedad les presentará mayores dificultades y desafíos, y le animo a que los aborden con valor, y a que busquen referentes y modelos sensatos. Y, en los últimos tiempos, trato siempre el éxito y el fracaso.

En particular, el segundo: una biografía no se compone únicamente de logros. En un momento en el que el bombardeo de historias de triunfos solo se ve superado por la crónica de corrupción y de vergonzosas negaciones de responsabilidades, añoro que se hable de los errores admitidos. De la dignidad. De lo que se aprende de un error, si se acepta y se corrige. De que mantener las apariencias a toda costa conduce a la infelicidad y, en alguna personas, al delito. De la importancia de ser adaptable, dúctil, de lidiar  con la frustración.

Les hablo de los premios que perdí, y de los que sigo perdiendo. De los proyectos que me han rechazado. De la incomprensión ante quienes te odian sin motivo, o te envidian sin conocer que hay pocas razones para ello.  No maquillo la decepción que supone. También añado que si no fuera por lo que no sale como espero, no rectificaría, ni aprendería gran cosa.

Y les intento transmitir que, pese a todo, los esfuerzos merecen la pena y se ven recompensados en muchas ocasiones. Que intenten ser buenas personas; o, como decía San Felipe Neri, que lo sean si pueden. Eso será más de lo que muchos adultos hayan logrado.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAMe pareció que algo tan angelical como los errores de carácter, o el Santo Neri (patrono, por cierto, de los docentes y de los humoristas, que nació el mismo año que mi Santa Teresa y fue además canonizado el mismo día que ella) debía acompañarse de un vestido blanco. Creo que nunca tendré suficientes vestidos blancos. Es un Diógenes parcial, específico y textil, que no parece de fácil curación, al menos mientras existan vestidos tan bonitos como éste de Mango.

Con su talle bajo, está cuajado de encaje y tul, lo que le da cierto aire a los años 20. Eso significa un extra de belleza y sofisticación, pero también que nos olvidemos de ceñir silueta o marcar cintura.  Como el protagonismo de la tela resulta evidente, solo añadí unos brazaletes azules, unos peep toes de Paco Gil, y unos pendientes de cristal. Me pinté las uñas con un esmalte nacarado de OPI y, ya que el día que saqué las fotos soplaba un viento gris en Alicante, me recogí el pelo con una trenza. Puede que no sea buena, pero tengo aspecto de serlo…

Tema de la redacción: la primavera

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A mí de niña la primavera me gustaba porque nos mandaban que escribiéramos redacciones sobre ella en aquellos benditos años de la EGB, y me servían como excusa para traer a colación a Botticelli, las ninfas que se transformaban en laurel, las manzanas de la diosa Idunn y el regreso de Proserpina a la superficie de la tierra. Además, introducía siempre una desgarradora nota de dolor porque todos celebraban el inicio de la hermosa estación, pero de la muerte del invierno, ¿quién se acordaba? ¿Eh? ¿Quién recordaba al viejo invierno? De manera que quejas ahora sobre pedantería y dramatismo, no, llegan tarde. Mis compañeras de colegio, esas santas, sí que me sufrían.

Ya crecida, pasé muchos de mis meses de marzo en la Comunidad Valenciana, durante la celebración del Dia de la Dona, que a veces se alargaba hasta Fallas. En muchos de los municipios me encontraba con estudiantes de instituto por la mañana, en un programa de animación a la lectura, en el que les hablaba de la importancia del pensamiento individual, de la importancia del esfuerzo, del acoso, los TCAs, la vocación… y de cómo la lectura sería siempre una amiga silenciosa si lo neccesitaban. Y por la tarde me encontraba con grupos de mujeres, y acabábamos tratando casi los mismo temas que con sus hijas o nietas, pero desde la perspectiva de las adultas y su experiencia.

Para mí ese inicio de la primavera en el Mediterráneo suponía un regalo tras los fríos, una primera promesa de sol. A veces, de pólvora y fiesta, de sedas crujientes y coloridas, y tanto arroz como podía comer. Me sentía muy feliz en algunos de los ratos perdidos, junto al mar, quizás, a veces con la compañía agradabilísima del señor Enrique Pla, que era quien se encargaba de organizar mis recorridos. Luego pasó el tiempo, llegó la crisis y esos programas desaparecieron, junto con muchas otras cosas. Pero este año, de mano de la Universidad Internacional de Valencia, (VIU) coincidió una Master Class en estas fechas. Y así he regresado a la alegría de la luz ensombrecida por las mascletás, los churros y los buñuelos de calabaza, las fallas en las calles cortadas y la belleza de los edificios que se recortan contra el atardecer.

Ahora ya no me piden redacciones sobre la primavera: si lo hicieron continuaría hablando de los azahares que florecen junto a las naranjas granadas, de las diosas de la eterna juventud envueltas en encajes y cubiertas de joyas, de los laureles que reverdecen, y de cómo hemos olvidado al viejo, refunfuñón invierno. Y si hay quejas, llegan tarde: eso es para mí el primer parpadeo de la primavera.

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Para recibir con toda amabilidad a la diosa Primavera, me puse un vestido estampado de peonías amarillas y blancas, pero con un fondo azul marino muy setentero, de Zara. Los escotes delantero y posterior son generosos pero no exagerados, y es posible llevarlo en el día a día. Los zapatos amarillos son de Paco Gil, unas sandalias, en realidad, uno de mis pares favoritos. La regadera de charol, un bolso de Pylones, con su nota de humor y viveza, se prestaba bien al día. No los escucháis, pero mientras paseaba por los jardines del Turia frente al Palau de la Música, donde se sacaron las fotos, sonaban petardos sin interrupción, y el aire olía a fiesta…

Vestida de princesa

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Cuando tenía unos 5 años sabía perfectamente qué requisitos le pedía a un vestido para que me gustara: debía ser rosa, de terciopelo o raso, con encaje, con bordados, con vuelo, con crinolina, con lentejuelas, y que llevara todo a la vez no era en absoluto un inconveniente. A los 41, mantengo más o menos los mismos gustos, que se fijan muy pronto en la psique infantil, y solo a fuerza de contención minimalista logro convencerme de que no es necesario que todo, todo, ocurra al mismo tiempo en el mismo vestido.

Había otro requisito; el que tuviera un cierto toque festivo, o que lo llevara una princesa. Durante mi infancia, la invasión de Disney no había llegado a la voraz fagocitación contemporánea, y su nombre y “princesa” no se asociaban de manera tan íntima como ahora: para mí una princesa era Sissí emperatriz, las de las ilustraciones de María Pascual, o las de las muchas películas históricas que emitían en la televisión pública en horario infantil. Contaban con mayor variedad de vestuario que la gama de colores de las princesas actuales, aunque eso no significa que a esos vestidos aspiracionales les faltara ni un volante. Ni un frunce.

Por desgracia, como “princesas” se conoce también hoy en día a las chicas jóvenes que padecen anorexia o bulimia, que no han desarrollado aún conciencia de enfermedad y se animan las  unas a las otras a continuar enfermas, con consejos, carreras de pérdidas de kilos o claves personales. Se expresan a través de las páginas o perfiles web pro-ana y pro-mia: mientras esperamos una legislación menos permisiva para esta comunicación cibernética, es interesante que recordemos que el 30 de noviembre se celebra el día contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria o TCAS, y que queda mucho por hacer contra estas enfermedades tan poco comprendidas y tan destructivas. Que en estos momentos no se hable de ellas no significa que hayan desaparecido, en absoluto.

(Si tenéis algún caso cerca quizás queráis informaros sobre mi libro Quería volar: cuando comer era un infierno o sobre la pulsera Libélula, una iniciativa para animar a las enfermas y visibilizar los TCAs)

 

 

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Me alegré mucho, y ahora ya sabéis por qué, cuando encontré este vestido en Mango. Encaje, mucho encaje,unas preciosas mangas con volumen, y un rosa empolvado. La caída del tejido logra que, aunque siga el corte de mis temidos babydolls, que reúnen las maléficas características de achatar, aumentar ópticamente y anular cualquier curva existente, resulte cómodo y favorecedor. Aunque yo lo uso para un look de diario, soporta perfectamente situciones más formales, o compromisos sociales, si los complementos se mantienen simples y nobles. Yo le resté algo de seriedad con un bolso de tweed y collage de vestiditos recortables, de Laga, y unos zapatos salón de SuiteBlanco. Los pendientes y el anillo vienen de Ciudad de París. Como no encontré un castillo cerca, tuve que conformarme con un trampantojo en la calle Ayala, en Madrid.

Muchos ánimos para quienes luchan contra los trastornos de la alimentación: hay muchas formas de sentirse una princesa, y todas ellas pasan por la salud y por la lucha por conseguir el bienestar emocional. Todas.