“El chico de la flecha” en Madrid

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Faltaba que El chico de la flecha se presentara oficialmente en Madrid: de entre las muchas librerías con un espacio reservado para la literatura infantil y juvenil  Librería Lé fue la escogida, y el día 21 de enero nos reunimos lectores, alumnos, amigos, niños y mayores, para charlar un rato sobre historia, sobre la Hispania Romana, sobre los jóvenes y nuestra responsabilidad hacia ellos.

Conté, por ejemplo, cómo había surgido la idea de escribir esta historia: un fin de semana con mi amiga de la infancia, Valentina, que estaba presente y no podía contener la risa cuando recordaba las anécdotas que vivimos en el colegio, cuando ya torturaba a mis compañeras con obras de teatro, cuentos y ocurrencias. Hablamos de los niños y sus preocupaciones, y de una de las más acuciantes de los padres: que los niños desarrollen el amor por la lectura. De la pasión común que mi editor Pablo y yo sentimos por la antigua Roma y por su legado. Y, en definitiva, de todo aquello que nos une y que deseríamos que nos uniera a quienes queremos.

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Para esta presentación llevé mi abrigo blanco de Promod, con botines de terciopelo negro de Mango, y un bolso reversible (mostaza y de estampado animal ) de Gloria Ortiz. El top de tartan blanco y negro es de Chip Up. Los pendientes con turquesas, de Luxenter, fueron un regalo de María, la bibliotecaria y profesora de historia del IES García Bernalt. El brazalete, de jaspe, lleva la firma de Nockt, y la sortija de oro y zafiro es casi tan antigua como mi amistad con Valentina: fue un regalo de mi comunión. Por último, las gafas son de Musthave.

Las fotos son responsabilidad de Nika Jiménez.

 

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La otra vuelta al mundo en ochenta días

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En la exposición que Fundación Telefónica, en Madrid, dedicó a Julio Verne y a la influencia que ejerció sobre otros escritores aparecía la fotografía de una mujer joven, con gesto determinado y un llamativo abrigo de viaje a cuadros: era Nellie Bly. ¡Nellie Bly! Durante varios meses estuve dándole vueltas a cómo podía hablar de esta mujer extraordinaria, y casi desconocida para muchos: creo que, dado que luchó por el sufragio femenino y durante toda su vida rompió barreras que limitaban a las mujeres, era adecuado hacerlo con motivo del Día de la Mujer Trabajadora.

Nellie no se llamaba Nellie, sino Elizabeth J. Cochrane. Había nacido en una familia que había adquirido cierta fortuna, pero arruinada, de Pensilvania, en 1864; cuando era una adolescente, una columna misógina en el periódico Pitsburgh Dispatch despertó tal indignación en ella que contestó bajo el nombre Huerfanita solitaria. El director del periódico detectó el nervio que se encontraba en esa chica, y le dio la oportunidad de escribir a tiempo completo, después, eso sí, de cambiarle el nombre, inspirado en una canción de Stephen Foster. Una canción de esclavos, por cierto.

Pero Nellie pronto comenzó a estorbar, y la destinaron a artículos sobre jardinería, cuidados de puericultura e intereses femeninos, temas que no le interesaban en absoluto. Viajó a Nueva York y se infiltró en el manicomio para mujeres de la Isla de Blackwell, donde, tras diez días de pesadilla, salió para escribir un terrible artículo en The New York World. Podéis leer esa obra, Diez días en un manicomio, en Ediciones Buck. Y si os interesa ese espantoso manicomio, Vanessa Monfort le dedica la novela La Leyenda de la isla sin voz.

Nellie engañó a los médicos: su diagnóstico fue el de demencia, y como a una interna la trataron. Ni siquiera sabía cómo podría salir una vez dentro de aquella isla-cárcel. Su testimonio permitió una reforma más que necesaria en el cuidado sanitario.

Pero tras ese reto de encierro y locura, saltó al extremo contrario: el libro La vuelta al mundo en 80 días, publicado una década antes, había reflejado la fiebre por los viajes y la tecnología que agitaba la sociedad, y además, había fijado un límite máximo. Nellie no creía demasiado en los límites. 72 días más tarde había completado la vuelta al mundo, y había conocido a Julio Verne en persona.

En los años en los que una mujer no viajaba sola jamás, por razones como las apariencias, la moral, la dependencia económica o la necesidad de una doncella para ayudarla a vestirse o acarrear su equipaje, Nellie lo hizo. Joven y hermosa, camaleónica y adaptable, sorprendió a todos cuando, ya con 31 años, se casó con un millonario mucho mayor que ella. ¿Era eso propio de una sufragista declarada, o de una interesada? ¿Había amor y fascinación, o simple interés? Una periodista tan brillante, que tanto se había esforzado y arriesgado, ¿podría resignarse a abandonar su carrera por el matrimonio?

Nellie enviudó nueve años más tarde, y durante algún tiempo intentó mantener a flote los negocios de su marido: fuera porque no se encontraban en muy buen estado, o por su falta de habilidad, fracasó. Esa nueva bancarrota la encaminó de nuevo al periodismo: se encontraba en Europa cuando estalló la Primera Guerra Mundial, y no dudó en enviar sus crónicas desde allí.

Nellie falleció de neumonía en 1922: solo tenía 57 años, pero sus últimos retratos la muestran como una matrona de cabello gris, con un vestido de grandes incrustaciones de encaje. Sin embargo, parece encontrarse en movimiento, y su mirada es inquisitiva y brillante.

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Cuando entré en la tienda de Blanco  (que ha dejado de ser Suite Blanco, en una decisión sin duda acertada, vista la nueva colección) y me encontré con este vestido de franela a cuadros me vino a la mente la famosa imagen de Nellie antes de su vuelta al mundo. El vestido es bonito por sí mismo, y perfecto para el invierno y para las frioleras en primavera, pero para mí se le añade el valor de convertirme por un momento en una pionera, en una viajera intrépida. No pude resistir la tentación de añadirle unos guantes de mi armario, y un bolso vintage, y, aunque en un futuro lo combinaré de una manera un poco menos llamativa, homenajear a la increíble Nellie. Las fotos, como sin duda reconoceréis, están sacadas en la Plaza de Colón de Madrid, en el Monumento al Descubrimiento de América.