Recomendaciones espidianas de junio

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Pese a la creencia generalizada, no resulta sencillo llevar a cabo una selección de los mejores libros del mes. O de los que se adaptan a mi gusto: no todos los que leo aparecen, y los que aparecen no son necesariamente los mejores, sino los que a mí me han complacido. Lady Macbeth lo sabe, y, como mis  otras gatitas, hace lo imposible para ayudarme. Estos han sido los elegidos este mes.

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Comienzo con las Actas del Congreso Mundial sobre Teresa de Jesús, en el que tuve el honor de participar hace un año por mi libro Para vos nací: coincidía con el V Centenario de su nacimiento, y expertos de todo tipo analizaron su figura, desde la perspectiva religiosa, literaria, feminista, histórica… la relevancia de esta mujer extraordinaria continúa, creo yo, sin ser completamente reconocida. Las actas han sido publicadas por la Universidad de la Mística.

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No olvidemos que durante Mayo y Junio tuvo lugar la Feria del Libro de Madrid, donde, como casi todos los años, firmé mi obra y me encontré con lectores y con seguidores. La Feria es un evento interesante siempre, que muestra lo que se ha publicado ese año, y nos recuerda que los libros no contienen siempre literatura, sino que son un soporte para aficiones, gustos, pasiones, fenómeno fan… Se equivocan quienes cada año consideran a los autores que más firman muestran un signo de la decadencia inevitable de la cultura, o quienes crean que es una muestra fideligna de lo que se lee. Es… otra cosa, y como tal ha de tomarse.

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Ofelia ya lo recomendó en su momento, pero como lo ha releído me suplica que vuelva a hablar de Podría hacer pis aquí, (y otros poemas escritos por gatos). Lata de sal es la editorial que nos acerca a este género, injustamente menospreciado, de la literatura felina. Aquí nos encontramos con una serie de sentidísimos poemas que nos permiten conocer mejor la retorcida mente de estos bichos malignos e imprescindibles…

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Este ensayo (o más bien, esta compilación de crónicas)  de Alejo Carpentier, publicado por Fórcola Ediciones, me sorprendió por varios motivos. El menor de ellos no fue el que no estoy acostumbrada a analizar la realidad y la historia europea desde una visión que proceda de otras voces periféricas. Un cubano observa, en el momento crítico de la II Guerra Mundial, El ocaso de Europa. Apasionado y vehemente, es un observador inteligente, pero también alguien que defiende, quizás antes de su propio ocaso, una idea de evolución americana, frente a la decadencia en la que Francia, Alemania o Inglaterra se encuentran sumidas. De una actualidad aterradora y desconcertante, me ha  obligado a leerlo despacio y con notas al margen. Muy interesante.

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Un clásico, pero que regresa actualizado por Reino de Cordelia. A la historia inmortal de Bram Stoker se le unen las ilustraciones de Fernando Vicente y la excelente traducción de J. A. Molina Foix. Es una inversión de fondo de biblioteca.

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Otro clásico, que dejó K.O. a Ofelia… Los últimos días de Pompeya, en una versión antiquísima que me regaló mi profesora de 4º de EGB, sor Mercedes. Aunque ya recomendaré alguna actualización, para mí es una lectura fundacional, y una de las novelas que despertaron mi pasión por la literatura.

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De vez en cuando aparecen proyectos exquisitos como este, Los escritores y la música, de Ediciones Singulares; el dedicado a Tolstoi, bajo la responsabilidad de Víctor Gallego, responde a la filosofía general: una colección de libro-discos que enfoca la biografía de grandes escritores  a través de la música. Encontramos un prólogo, el ensayo en sí mismo con cronología y un CD con una selección de música relacionada con los textos,  grabada en  sellos discográficos internacionales.

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Antonio Colinas, uno de los poetas más interesantes y reconocidos en lengua española, publica ahora en Siruela Memorias del estanque, un libro que, sin ser exactamente unas memorias, sino una recreación literaria sobre la realidad, deja testimonio de lo vivido y aprendido. Lo he leído poco a poco, casi como un libro de cabecera, o más bien, como un libro de después de la ducha. Para obligarme a leerlo con calma, en lugar de devorarlo como otros, cada día, mientras se me secaba el pelo, leía un fragmento. Después me obligaba a dejarlo, hasta el día siguiente. Ha sido una manera excepcional de comenzar las mañanas.

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Y acabamos con el que será el último libro de la serie Hijos de Mary Shelley, publicado por Imagine Ediciones y editado por Fernando Marías: Las noches de Clairmont, una compilación de algunas de las mejores voces de cuentistas contemporáneos, es una magnífica despedida. Yo la acompaño de una rosa de Anaquiños de papel. La gatita no venía en la lista…

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Naturalezas vivas: los nuevos bodegones

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Aunque lo aclaro en infinidad de ocasiones, me preguntan con frecuencia si yo soy quien hago y fotografío los bodegones de mis redes sociales. La respuesta es que sí: salvo las fotos en las que aparezco, firmadas muchas veces por Nika Jiménez, mi jefa de prensa y mano derecha, o por (in)voluntarios fotógrafos espontáneos, yo saco el resto de mis fotos. Paisajes, detalles, gatitas, y, por supuesto, los bodegones, que son, con diferencia, mis fotografías preferidas. En esta entrada explicaré, como prometí a los seguidores de Instagram, cómo los  hago.

Todo comenzó en el salto a Instagram: en otros medios la cubierta de un libro bastaba para reconocerlo, pero en una red tan visual, mis recomendaciones espidianas quedaban tristes y poco atractivas. Faltaba el elemento sensorial. Muchas blogueras de moda insertaban, en vez en cuando, un libro o una revista entre sus prendas de ropa, o su maquillaje. ¿Por qué no probar qué pasaba con un  viaje al contrario, e introducía elementos como zapatos, o cosmética, o joyas, en las fotografías que incitaban a la lectura?

No era una idea nueva, ni siquiera muy original: pero yo no lo había hecho antes, y me permitía jugar con un lenguaje desconocido. Nadie me libraría de la acusación de frivolidad, que se combina, sorprendentemente, con la de ser demasiado intelectual: pero haters gonna hate, y para ello da igual un selfie, un bodegón, o el apoyo a una buena causa.

Poco a poco, mientras me familiarizaba con la aplicación y mejoraba mi cámara o teléfono (en la actualidad saco las fotos con un Samsung Galaxy S6, aunque espero cambiarlo pronto por el S7) introducía elementos más atrevidos, o enfoques diferentes. La obsesión por las naturalezas muertas me venía de lejos, y de familia. En una de las imágenes podéis ver mi libro Melocotones Helados sobre un bodegón pintado por mi madre. Me recuerdo de niña, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, absorta frente a los bodegones del Barroco, y no en vano la protagonista de mi Premio Planeta es pintora, y la escena final transcurre en un museo. Vayan aquí diez puntos que he aprendido y que sigo.

1.- Uso luz natural: en muy raras ocasiones, una lámpara led, y nunca flash ni, de momento, focos, aunque no lo descarto. Por las mañanas, empleo la luz que entra por el Este, y a primeras horas de la tarde, la que se cuela por las ventanas del Norte. Linda Lomelino recomienda la luz septentrional siempre que se pueda.

2.- Creo que el consejo de que se emplee un fondo blanco tiene más que ver con la norma publicitaria para que un producto destaque que con la estética final. Yo usaba el reverso de un cartel de Soria Moria en cartón pluma, colocado sobre mi bañera, pero comencé a dudar cuando vi los bellos arreglos florales de 5ftinf sobre una mesa muy gastada. Ahora disparo muchas de mis fotos sobre una mesa de la que pensaba deshacerme, porque su baño de pan de plata se deterioró, pero que decapé y cuyo acabado me encanta.

3.- El plano cenital (o zenital, de zenit, el momento en el que sol alcanza su máxima altura) ha dejado de ser mi preferido; pero hay muchas ocasiones para usarlo, por ejemplo, en los muestrarios o knollings, que fotografían con maestría 1924us, con su material de dibujo o Laura Ponts, en su variante foodie. Ahora busco el plano natural (a la altura de los ojos, tridimensional), el picado y el plano aberrante (ladeado, en ángulo). De todo se aburre una.  No me subo a una escalera, ni coloco los objetos en el suelo, porque no lo hice así desde el principio, y ahora me he acostumbrado a usar alturas cómodas.

4.- En ocasiones, planifico las fotos. Si me aburro en el metro, o en cualquier sitio, trazo un pequeño dibujo esquemático como punto de partida. De esa manera tardo muy poco luego en hacerlas.

5.- Pero no las fuerzo: no compro flores, ni macarons para las fotos (aunque lo cierto es que casi siempre tengo flores frescas en casa, bien lejos del alcance de Rusia). Empleo lo que he cocinado comprado o encuentro por medio ese día. A veces sobre la mesa se aburre durante una semana un objeto o una barra de labios, hasta que le encuentro el momento adecuado en la foto correcta. O parto de la laca de uñas que llevo. O de la fruta que me he traído del huerto de mis padres.

6.- La laca de uñas  no es una mención casual: en la inmensa mayoría de los bodegones, mi mano, o al menos un dedo, aparecen en uno de los ángulos. Es casi una marca de la casa, una firma.

7.- Como a casi todo en estos momentos, intento darle un uso terapeútico a los bodegones. Me ha permitido revisar mi menaje, los pequeños adornos domésticos, y otra infinidad de cacharritos de decoración más. Como soy una acumuladora profesional (a Marie Kondo le daría un jamacuco conmigo) me viene muy bien remover qué tengo y qué no y darle uso, tirar aquello que me trae malos recuerdos, pasar un paño y ordenar de nuevo y, por supuesto, jurarme que intentaré simplificarlo todo. Y lo cierto es que disfruto mucho más de lo que tengo.

8.- Procuro ser original, aunque hay modas, y una no es impermeable, existen productos de temporada (estamos abandonando los tulipanes y comienza la epidemia de las peonías), y, sobre todo, la influencia de los estilistas realmente buenos es tremendamente contagiosa. Tras ver las preciosas tostadas de Sandra Van den Broek solo quiero troquelar pechuga de pavo y fotografiarla. O se manifiesta de otras maneras: veo las geniales locuras que se le ocurren a EleMentaFresca con un clip y unas pajitas de refrescos o que Laura Ponts (la menciono de nuevo porque tengo muy reciente su libro Art Foodie) incluye letras en sus composiciones y paso de la admiración a la envidia resentida (por qué no se me ha ocurrido eso a mí antes), de ahí al berrinche, luego a la depresión, y finalmente  a asumir que una hace lo que puede con el material y el talento a su alcance.

9.- Lo que el ojo ve no es lo que la cámara ve. Aunque no hago demasiados cambios de objetos y atino con lo que quiero en volumen y color, casi siempre tengo que rectificar la distancia y el ángulo entre ellos. No uso filtros predeterminados, pero sí edito y corrijo algunos de los valores de la fotografía.

10.- Me divierto, disfruto durante el ratito en el que preparo y saco la foto. Esa es la razón por la que comencé con los bodegones, y por la que continúo. Si lo que muestro es un libro, me parece una bonita manera de rendirle homenaje. Si se trata de cualquier otro objeto, apreciar su color, su packaging, o su diseño es otra manera de valorarlo. Otras veces, me sirve como excusa para contar una historia. Sea como sea, es un momento que ansío, que preparo y que me aporta felicidad en sí mismo. Si además les gusta a quienes lo ven, ¿qué más puedo pedir?

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En este caso rescaté un dibujito que había hecho en el que mi inicial, la E, destacaba en un plato decorado, sobre una tela o un papel rasgado, y unas flores sueltas en colores similares. Jugué con varios platos y bajoplatos, probé a sustituir las flores por las cuentas de un collar roto, y finalmente eliminé el papel, y no separé los iris. Me pinté las uñas con un esmalte de OPI. La letra de chocolate es de Hema.  También había una F, pero me la comí. Están riquísimas. El vestido bordado lo compré en Niza.

Cuestión de prioridades

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La crisis no comenzó un día determinado, ni tras un suceso concreto. Comenzó para cada uno de nosotros según unas circunstancias particulares: la situación geográfica, el sector al que nos dedicáramos, el nivel de endeudamiento, o el momento en el que nuestra empresa decidió hacer recortes. A unos pocos afortunados les ha tocado ser testigos, y no sufrirla: pero incluso esos, por contagio, por miedo, han modificado sus hábitos de consumo y, sobre todo, su listado de prioridades.

Cuando escribí Mileuristas (I II: en realidad, eran un mismo volumen, pero el editor se empecinó en dividirlo y lanzarlo en dos partes, muy en mi contra, por cierto) avisaba de algunos de los problemas que se avecinaban. Resultaba imposible adivinar lo que se nos venía encima, pero sí resultaba obvio que nos encontrábamos en un ciclo que finalizaba y que nos obligaría a transformar nuestra relación con el mundo.

Un aspecto muy curioso de la crisis ha sido aquello en lo que hemos decidido ahorrar y aquello en lo que hemos continuado gastando: cómo han surgido empresas y emprendedores nuevos en un momento en el que se antojaba una misión suicida, y la manera en la que han empleado la creatividad para destacarse. Cualquier pensaría que lo lógico en tiempos difíciles sería apostar por un producto muy barato. Quien no pudiera permitirse otro, continuaría comprando, y quien tuviera un poco más de poder adquisitivo, compraría más ejemplares.

Sin embargo, no ha sido así. El consumidor que se ha fidelizado a una marca determinada no ha renunciado a ella salvo que le haya sido absolutamente inevitable: claro está que no todos hemos mantenido las mismas prioridades ni hemos seguido el mismo criterio para definir una necesidad. El café o la leche, el detergente o la crema facial, el perfume o el producto lavavajillas son algunos de los clásicos. Las bebidas alcohólicas o los refrescos despiertan enormes lealtades.

Por otra parte, se han dado otras decisiones basadas más en la ética y el pensamiento a medio plazo que en el sabor, o la tradición de uso: pese a que se ha normalizado la falta de respeto a los derechos de autor, ha habido quien ha continuado apostando por comprar libros, y quien ha respetado, a rajatabla, el no descargar un solo contenido ilegal de internet. Por razones obvias, ha sido mi caso. También hemos descubierto con agradable sorpresa que se ha creado una enorme sensibilidad hacia el producto nacional, frente a las importaciones internacionales de baja calidad, el apoyo al comercio local y a la artesanía. Los movimientos slow han dado prioridad al mimo y el mérito de un proyecto único, por encima del cebo del precio. Y, de la misma manera que algunos consumidores se las han arreglado para conseguir el móvil que ansiaban (en España los teléfonos encabezan los objetos de deseo que, pese a un precio fuera del alcance de la mayoría, han logrado convertirse en prioridad) otros han decidido otro modelo de consumo basado en los valores que aprecian.

Una de las marcas que se adaptan como un guante a esa idea es Nambasteuna boutique online joven, española (de hecho, fue concebida en Chiclana de la Frontera, aunque nació en Ares, A Coruña) que cumple a rajatabla con muchos de los principios que más valoro: el bolso que me acompaña últimamente muestra la exquisitez del acabado de los artesanos con los que trabajan, y un material excelente. La producción es reducida, y supervisada muy de cerca, y aseguran un modelo económico equilibrado.

Sin duda, muchas compradoras verán una serie de complementos muy bonitos, atemporales y de gran calidad, y esa atracción será la que prime en la compra. Está bien así. Pero quienes deseen indagar un poco más, encontrarán ese valor añadido, esa característica que les distingue y que han querido representar con un nombre derivado de la palabra Gracias en hindú: Namasté. En mi caso, me siento particularmente vinculada a ese tipo de trabajo, y le doy la máxima prioridad. Sé lo que supone apostar por un sueño y esforzarse porque sea coherente y ético, y los sacrificios que conlleva: pero el tacto satinado de mi bolso  o algo tan sutil como la manera en la que el monedero se ajusta a los enganches, y lo satisfecha que estoy con él demuestra que merece la pena. No creo que un bolso cualquiera me hiciera sentir así: lo único nos hace sentir únicas. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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Además de mi bolso Nambaste, (podéis sabes más sobre su filosofía de empresa aquí) en este día soleado llevo una camisa blanca,  con un sofisticado detalle de pliegues en la espalda, de Oxygene,  de cuyo concurso #besosoxigene os hablaré pronto. La falda blanca, corta y en forma de tulipán, la compré en una tienda que, por desgracia, acaba de cerrar; no todos los sueños salen bien. Llevo unos salones de Paco Gil  y un brazalete de pasta de Zwei.  Las fotos fueron tomadas en la plaza Colón de Madrid.

Y, respecto a las prioridades, conviene revisarlas de vez en cuando. Como los sueños, tienen sentido algún tiempo. Y si se cumplen, si se siguen, son un atajo seguro a la satisfacción.

Sígueme

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En los últimos tiempos la pregunta ¿Quiénes crees que son tus seguidores? ha sustituido a la de ¿Quién crees que es tu lector? En estos momentos cualquier persona puede obtener un número de seguidores impensable para un escritor, y conocer sus característica como nunca en un pasado predigital.

Sin embargo, para mí el misterio de quién me lee o quién me sigue continúa; me interesa más saber qué mueve a alguien a darme su favor que el perfil de esa persona, que, por otra parte, en mi caso, continúa siendo muy variopinto. Hombres y mujeres, de una franja de edad inusualmente amplia, con aficiones y procedencia geográfica muy diversa. Alguien que se identifica con la diversidad de temáticas y de intereses, mi itinerancia (nacida en el País Vasco, de familia gallega, residente en Madrid, viajera impenitente…) y un discurso que intenta ser incluyente y  movido por la curiosidad.

¿Funcionan los hashtags? En ese caso, en los míos pesarían la literatura y la formación, siempre los libros y el arte, la cultura, la naturaleza y los animales, la moda y su relación con la sociedad, la cosmética, la belleza, (física y abstracta), los viajes, la gastronomía y…

Es decir, nada demasiado original, pero tampoco con un enfoque mayoritario. ¿Por qué, entonces, tengo la satisfacción de ver que mis seguidores suben de día en día, dónde está el truco? Eres escritora, me dices, no sois atractivos para las redes. ¿Por qué a ti te va bien?

Creo que se debe a que durante toda mi vida he contado historias, y que los nuevos medios necesitan crear contenidos. A diferencia de en los textos literarios, o en las columnas de opinión, puedo jugar con el humor, puedo mostrarme gamberra o hablar sin prejuicios de temas considerados frívolos. Hago que mis gatas participen, recomiendo un rimmel o muestro una prenda, me río de mí misma o muestro la parte teatral y solemne que siempre he necesitado. Creo que transmito que en mi vida hay coherencia en mis aficiones, que se entrelazan y forman parte de mi creación y de mi obra. E intento todo eso con el máximo respeto por quienes me siguen, tanto nuevos como veteranos.

No soy tan superficial como para fingir que los seguidores no tienen importancia: en un momento como éste, en que el caprichoso mundo de las comunicaciones y las editoriales se muestran más volátiles que nunca, el crear un vínculo directo con quienes te siguen resulta de vital importancia. Ellos son la diferencia entre el abismo y continuar atrayendo el interés de editores, medios de comunicación y marcas. Yo vivo, como siempre he hecho, de mi trabajo. Y sin personas que deseen escucharlo, leerlo o verlo, carezco de sentido.

Por eso mimo y cuido todo lo que puedo a quienes se acercan a mis redes, en particular, a Instagram. Devuelvo likes y comentarios, cuando puedo. Procuro responder a las preguntas que se me hacen. Soy muy clara respecto a la atención negativa, que no premio nunca, y mucho menos los insultos o provocaciones. Intento sorprender con mis textos y darles pie a ellos en cada foto para que se expresen. Intento aprender cada día un poco más de fotografía, para que mis imágenes aporten algo; sigo y admiro a los mejores en bodegones, estilismo, creatividad, moda o paisajes. Yo misma hago y compongo mis bodegones, y decido y planeo la mayoría las fotos en las que aparezco. Cuido con esmero mi atuendo y mi apariencia, porque a través de ellas construyo una identidad con la que continúo luchando; si gusto, es mi mérito. Si no, mi entera responsabilidad.

Creo que resulta vital el que muestro con honestidad las luces y las sombras de mi vida, y dejo claro lo que no se ve de los triunfos, y lo necesario que es salir de los baches. Siempre muestro mi mirada.  No hablo de lo que no sé, ni recomiendo lugares, libros o productos que no he probado. Agradezco de corazón los elogios, pero no soy sensible a la adulación. Tengo mi punto de locura y de extravagancia, y lo disfruto. Intento ser feliz. Siempre me gustó la fotografía, y desde que mi hermana me empleaba como modelo para su primera cámara, cuando yo tenía 5 añitos, me he divertido ante un objetivo. No pretendo ser lo que no soy; pero lo que soy, está ahí, y no creo que deba pedir disculpas por ello.

Esas son las claves que sigo, y las satisfacciones que obtengo son tan enormes que deseaba compartirlas, por si a alguien más pueden resultarles útiles: no hay atajos. Pero mi camino ha sido este.

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Para hablar de seguidores rescaté unas fotografías de mi estancia en Clermont-Ferrand; en ellas llevo jeans negros de Blanco (la ironía es evidente) y una chaqueta bordada con abalorios de Stella McCartney para HM.  El jersey de cuello alto (o cisne, por continuar en plan irónico) es de la misma marca. Llevo zapatos abotinados de charol de Paco Gil y un bolso de mano de Gucci. Uñas oscuras de OPI y maquillaje de L’Oréal Durante esa sesión, que comenzó con mis inocentes paseos por el parque ante la cámara me vi involucrada, sin comerlo ni beberlo, con una pareja de cisnes que decidieron salir del agua y comenzar a seguirme. Yo esperaba, ellos esperaban. Yo avanzaban, ellos también. Cisnes, obviamente, con buen gusto, que reconocieron en mí toda una serie de virtudes… ¿O serían haters que decidieron boicotearme las fotos? Ya nunca lo sabremos, pero eran tan monos…