El recuerdo y el olvido: amanecer en Benicassim

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Ahora prefiero los amaneceres al atardecer; al menos, para pensar. Me siento más lúcida, hay menos ruido, el día no pesa todavía.

Las playetas de Bellver se encuentran entre Benicàssim y Oropesa. Por la mañana aún no hay demasiado movimiento, ni golpea el calor. La arena es suave y amistosa, y ya muestra pisadas de quienes madrugaron aún más.  Aparecen conchas y caracolas, y la voz de mi madre ¿Tan mayor y aún recoges caracolas? El ritmo de las olas permite que los pensamientos vayan y escapen. El día de estas fotos yo recordaba la conversación con un viejo amigo, viejo en edad y vieja nuestra amistad, también, que es un defensor firme del olvido.

-El mal del ser humano contemporáneo es que quiere abarcarlo todo, dice. Quiere recordar cada momento de pasado, no perderse nada del presente, quiere planear el futuro. No fuimos hechos para eso: hay que recordar solo lo importante, y ni siquiera lo importante para nosotros: lo importante para todos.

A este amigo, profesor, filósofo, vasco, le escucho siempre un poco sobrecogida, porque para mí el recuerdo fue siempre un lugar seguro, e incluso un material de trabajo. Así comienza Melocotones Helados, con un canto a la memoria, y la identificación del olvido con la muerte.

– Pero eso pasa -me aclara- porque tú le das importancia a la justicia. Yo, que soy viejo, le doy preferencia a la felicidad.

En eso pensaba el otro día, ese amanecer. En qué debemos recordar para ser justos, en qué necesitamos olvidar para ser felices. No lo tengo claro, y no me atrevo a dar recomendaciones a nadie. Hay quien vive el verano como un paréntesis, quien lo experimenta como un presente constante, quien se sumerge en una actividad frenética de actividad. En estas mañanas en las que antes solo leía ahora leo cada vez menos y miro y pienso cada vez más. No llego a grandes conclusiones. Pero quedan muchos amaneceres de Mediterráneo para adquirir mayor sabiduría, mayor serenidad, un menor apego. Lo único bueno de la ignorancia y de la confusión es todo lo que aún nos queda por aprender.

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El kaftán que llevo es un regalo de una buena amiga que lo lució en los 70. Me cubro con una pamela de paja de Salvador Bachiller, y completo el look con una pulsera de ámbar y coral que compré hace años en la Feria del Libro de Guadalajara, México, dos brazaletes de oro amarillo y oro rosa de Issavò Elements, y unas sandalias doradas de Mango. Nika Jiménez sacó las fotos en las Playetas de Bellver con My pen Camera.

Oda a mi cama

OLYMPUS DIGITAL CAMERA¿No echas de menos tu cama? Me preguntan a menudo, ahora que toca viajar. ¿No añoras tu almohada, el tacto único y de abrazo de tu colchón? Añoro, desde luego, mi colchón, que está recién estrenado y es un Eve Sleep. Pero sobre todo echo de menos todo aquello que hago en mi cama y que durante los viajes, en los hoteles, por exquisito que sea su trato, por esmerado que sea su servicio, no puedo hacer.

No me entiendan mal. He dicho en muchas ocasiones, en esas declaraciones fuera de micrófono, que tanto gustan a los periodistas porque aportan frescura y son espontáneas y rompen la rigidez del personaje (y maldita la gracia que me hace que sean usadas fuera de contexto y no digamos ya en un titular, sin la ironía o la intención con la que fueron pensadas) que todo lo que me gusta hacer, se puede hacer en una cama. Y es cierto.

Mi cama es el terreno en el que leo y estudio, en el que encuentro a veces ideas que se resistían en el escritorio, donde vuelo y puedo ser una bailarina, o astronauta, como soñaba de niña, o sencillamente, una personas con menos problemas y más tiempo. En la cama puedo jugar a inventarme conversaciones con dos mágicos pajaritos dorados que son, en realidad, un salero y un pimentero. Puedo abrazarme a Maxim Huerta y buscar La parte escondida del iceberg. Tomo el té y algo más que acompaña el té, busco remedios para la melancolía en libros como Manual de remedios literarios, y hago algo que me reconcilie con mi pobre piel con el Gelee Hydratante qui fait mate de Kenzo.

Sueño, sobre todo. Por que soñar es la sal de mi trabajo y lo que permite, tras los viajes, que vuelva la calma a mi piel y el brillo a mis ojos. Es aquello de lo que me nutro. Es, en definitiva, más que dormir, es todo aquello que en los hoteles, con la prisa, y el cansancio, y la almohada ajena, no puedo hacer.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAMi colchón Eve Sleep llegó a casa como nunca lo hubiera imaginado: enrollado en una caja en la que apenas parecía caber una almohada, envasado al vacío, ligero y cálido. Un paso más en el packaging.  Las paredes de la caja albergaban citas de Lewis Carroll, o de Robert Frost. Rusia se dedicó a leerlas una a una. Y pude elegir las iniciales para personalizar mis almohadas que fueron (nada original) EF. Suave y adaptable, silencioso, reúne todas las características que se le pueden pedir a un buen confidente, a un buen colchón, a un buen amigo.

Las tazas, las bandejas en forma de corazón, las bandejitas de hojas, los pajaritos… son de Salvador Bachiller y los podéis encontrar aquí. Las fotos fueron tomadas en mi casa, por supuesto, en mi cama, por Nika Jiménez.

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El Invernadero: una pausa distinta.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAOs había comentado en el post que podéis leer aquí que se había llevado a cabo en el Invernadero de Salvador Bachiller. Hoy quería mostraros con más detalle este precioso lugar escondido en la Gran Vía de Madrid.

Desde el exterior las apariencias indican que es una tienda más de los mil objetos (zapatos, y bolsos, y menaje, y maletas, y…) que Salvador Bachiller ha incorporado a sus colecciones. Grande, colorida, ordenada, han vivido una importantante reforma y cambio de concepto. Hay que llegar al final de los estantes para encontrar una escalera que desciende al Invernadero de exuberantes plantas, suelos con mosaicos de cristal de colores y unos espejos que, como todos los que sirven para algo importante, llevan a otras realidades.

¿Un té? Claro. ¿Unas gyoza, humus, un sandwich? Sí. Y un zumo, y todo eso que en cada da tanta pereza pero que en un invernadero secreto sería un error no probar.

El lujo tiene mucho que ver con el tiempo, con el tiempo robado en particular. Los minutos dedicados a los seres queridos o a una misma. La pausa entre la prisa y las carreras. Un momento atrapado entre los espejos del Invernadero.

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En las fotos que me sacó Nika Jiménez llevo una camisa blanca de Mango, unos shorts de terciopelo rosa y un anillo de plata de Tatiana Riego.

Todo lo que me rodea (las tazas, que recordaréis de mis bodegones, los vasos, los espejos, los salvamanteles) pertenece a las nuevas colecciones de Salvador Bachiller. La nueva imagen de la casa, que merece una pausa y un buen té.

Bee happy, broches y abejas

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El talento joven merece empuje,  y apoyo, y en muchas ocasiones una mirada más detenida de la que le dedicamos. He tenido la suerte de observar voces interesantes entre mis alumnos de creación literaria, y maneras de ver el mundo únicas entre los que he tenido en las clases del IED Madrid. Virgina del Pozo no ha sido alumna mía, pero conozco bien su trayectoria, y me alegra hoy hablaros de su proyecto Bee Happy, con el que finaliza sus estudios en la Escuela de Arte 3.

Para sus broches Virginia ha partido de la figura de la abeja. La elaboradora de miel y cera y panales y estructuras sociales complicadísimas, la presencia constante en los campos y en los bosques, y además, un símbolo de vida y de fertilidad se encuentra ahora en peligro de extinción.

La abeja ha sido una constante en la alta joyería: los egipcios la veneraban. Si el Art Nouveau recogía con sus formas vegetales y su sensualidad la tradición de las fíbulas y los broches con forma de insectos, el Art Decó, cuya influencia es notable en esta joyera, se inspiró más bien en formas geométricas, en la superposición de ángulos y simetrías. 

En realidad, lo que muestran estas joyas es un trabajo de abstracción geométrica de una forma orgánica. Como los panales, son hexagonales. Podemos contemplar las alas y las rayas características de las abejas, y reforzadas por las franjas de esmalte frío, y de piedras preciosas (las piezas finales estarán realizadas con diamantes y rubíes). Incluso los ojitos de las abejas. Los modelos son tres: Be Enamel, con esmalte, Be Stones, la más rica en piedras, y Be Hole, con las franjas excavadas. Invitan a jugar, y a que vuelen por la ropa o por el cuerpo. Yo las he llevado en el cabello, como un eco de los peinados egipcios o medievales.

Y, otra cuestión que me ha encantado: parte de los beneficios obtenidos serán destinados al proyecto #SOSAbejas de Greenpeace. Un mundo sin abejas será un mundo casi apocalíptico. Otro día os hablaré de una preciosa novela que habla precisamente de ello…

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPodéis encontrar más información sobre Virgina del Pozo aquí. La camisa que llevo es de Mango. Las fotos fueron sacadas en El invernadero de Salvador Bachiller por Nika Jiménez.

Atención, Obras

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Cuando hace unos años le pregunté a mi padre qué pensaba él, cuando yo era pequeña, que sería de mayor, me ofreció una respuesta sorprendente. Actriz, dijo. Desde luego, no hubiera sido su sueño; ambicionaba para sus hijas la formación universitaria que obtuvimos, y un oficio intelectual. Tampoco yo fui una de tantas niñas que fantasean con ser actrices. Yo quise ser, por este orden, astronauta, poeta, miembro del cuerpo diplomático y escritora.

En eso pensaba cuando me llamaron de Atención, Obras, el magacín de la 2 que se ocupa de la actualidad cultural, para que les hablara de El hogar del monstruo, y de qué suponía para mí debutar como actriz en el teatro María Guerrero con Abril en Estambul. Por cierto, podéis leer la crítica que escribió Culturamas aquí. Recopilé los recuerdos que podrían resultar relevantes: cómo liaba regularmente a las niñas de mi colegio y las embarcaba en obritas de teatro que yo escribía (y dirigía y protagonizaba y producía), la última y más ambiciosa una adaptación de César y Cleopatra, de G. B. Shaw, que involucró a la mitad de mi clase de 7º de EGB.

Recordé cómo aquello se diluyó cuando comencé a estudiar Canto a los 12 años; todo lo que estudié de teatro desde entonces se orientó a que nos desenvolviéramos con soltura sobre un escenario. Cómo en los cursos de lenguaje teatral aprendí a entrar con ímpetu, a posar delicamente la mano sobre el piano, a modular la mirada y a moverme (e incluso agonizar) de manera que nunca afectara a la emisión de la voz. A los 14 años absorbía con los ojos muy abiertos la manera en la que José Carreras enfervorizaba al público, o cómo Nuria Espert declamaba con su encanto deslumbrante, y los veía a apenas unos metros, en el mismo escenario en el que yo, una soprano jovencísima, formaba parte del coro.

Entonces me auguraban una brillante carrera como cantante; todos, hasta mis rivales, estaban de acuerdo en ello. Lo que ocurrió después lo he contado en muchas ocasiones: mi tibia vocación no pudo superar las dificultades y las amenazas que se presentaron, y me orientó a lo que deseaba hacer: escribir, contar historias. Siempre añoré el escenario, e intenté reproducir lo que aprendí en esos años en las conferencias y los cursos. Siempre chirrío un poco como escritora, siempre asoma ese pasado.

Desde luego, hubo aspectos buenos: el cálido empuje de mi profesora María Folcó, que creyó en mí con una fe casi visionaria, y el de Jose Luis Ocejo, director de la Coral Salvé, que me protegió todo lo que pudo. Estuvo la mano cariñosa de Rose Marie Meister, que tanto me enseñó sobre cómo encarnar un personaje en los Cursos de Música Antigua de Daroca. El apoyo incondicional de mi hermana Mila, que pasó muchas de sus valiosas horas como mi pianista repertorista y paciente profesora, la tenaz perseverancia de Sor Teodora Errasti, que acaba de morir, y que siempre, siempre, creyó en mí. La amistad con el tenor Fernando Latorre, mantenida a través de los años, o las conversaciones con María Bayo, que me ayudó a poner tantas cosas en su sitio.

Hubo cosas buenas.

Sin embargo, la entrevista de Cayetana Guillén Cuervo tomó otros derroteros. Mucho más íntima, mucho más interesante de lo que yo me imaginaba, Cayetana, con una impecable labor de su equipo, se preocupó por llevar las preguntas hacia lo esencial: el bien, el mal, los monstruos. Los miedos, la soledad. La intimidad, la exposición. Me emocionó. Se produjo uno de esos momentos raros y preciosos en la televisión en que olvidas todo porque entiendes a quien tienes frente a ti. Fue un regalo.

También lo ha sido la reacción de quienes lo vieron. Desde aquí, gracias. A los seguidores de Instagram y Twitter, en especial. La entrevista puede encontrarse aquí.

Hubo también algo que no dije: no deseo el menor mal a quienes se comportaron conmigo de manera tan cruel y agresiva que mi única opción fue abandonar lo que quizás hubiera sido mi carrera. Pero son responsables, y lo son de manera inequívoca, de haber provocado un enorme sufrimiento. No valen las excusas de que eran jóvenes, o inconscientes, de que yo era demasiado pequeña o sensible para estar en ese mundo, de que buscaban su futuro o que no sabían que las consecuencias serían las que fueron. La mala excusa de todos los acosadores, de los maltratadores.

No podían prever que aquello me haría abandonar y aborrecer la música durante años, que me causaría un trastorno de la alimentación y provocarían un enorme odio y cuestionamiento hacia mí misma, cierto. Pero sabían que lo que hacían estaba mal. Que unos adultos acorralen a una chiquilla de 14, de 15 años, que la amenacen y aterroricen, que la oigan llorar sola, que la dejen abandonada en una ciudad extranjera, que le roben su material de trabajo, que se burlen y la cuestionen constantemente no tiene justificación. Es intolerable. Lo era entonces y lo sigue siendo ahora. Que saquen ventaja de su inocencia o su bisoñez, que la aíslen cuando se encontraba sin ninguna protección, que bloqueen sus posibilidades de pedir ayuda, que la insulten y humillen día sí y día también puede acabar, literalmente, con su vida.

Me arrojaron a un camino áspero que no tendría por qué haber conocido. Nunca les hice mal alguno, no hubiera podido, ni sabido. Me convirtieron en alguien que deseaba escaparse, que mentía, que creó una coraza incómoda. Lo que era mi don se transformó en una maldición. No les estoy agradecida por haberme obligado a crecer antes de tiempo, ni por haber contribuido, con su maldad, a ser lo que ahora soy. No merecen mi comprensión, ni mi olvido. El perdón no se debe dar por supuesto. Antes, hay que asumir el daño que se ha infligido, y repararlo, si se puede. Yo he perdonado porque me lo debía a mí y a los míos, a quienes también salpicaron, no porque se disculparan. Es más: con el tiempo me ofrecieron explicaciones y apoyo precisamente quienes que no tenían por qué hacerlo.

En Atención, obras hablamos de monstruos. No hay que tenerles miedo. Pero no sirve de nada negar que existen. Hay que combatirlos con energía y vigor, con denuncias y con leyes. Con el rechazo de quienes callan y miran y saben. En mi Abril en Estambul yo lucho contra uno. Tengo cierta experiencia. Sí, ah, sí. Tengo cierta experiencia con ellos.

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Debo el maquillaje y la peluquería de las fotos al departamento correspondiente de RTVE, que trabajaron con las planchas cada mechón de pelo hasta dar con este look. El vestido de algodón, con aires a los años 50, es de Marc Jacobs. Lo combiné con peep toes de Magrit, de charol burdeos, joyas de oro blanco y un bolso geométrico de Salvador Bachiller. Las gafas de sol personalizadas, de Tiwi, fueron un regalo de Tomás Palacios. Las fotos corrieron a cargo de Nika Jiménez, en los jardines de RTVE.

Viaje por Irlanda (I) Dublín

3.1

Siempre que puedo, prefiero cambiar unas vacaciones tranquilas y reposadas por un viaje. Quizás también tranquilo y reposado, pero un viaje. Este año, sin embargo, he estado a punto de no disfrutar ni de unas ni de otro. Imprevistos laborales, decisiones editoriales, e inestabilidad económica; finalmente las cosas encajaron para lograr meter con calzador unos días de Agosto, y para marcharme a un destino cercano, pero siempre postpuesto.

El vestido es vintage. La maleta, de Salvador Bachiller; no puedo ocultar lo satisfecha que estoy con ella  y la importancia que tiene el contar con un equipaje ligero y versátil para un viaje de estas características, en el que hay que hacer y deshacer maletas en varias ocasiones.

3.2

Mi destino era Irlanda: mi intención, la de conocer con un poco de calma lugares por los que he pasado sin pausa, y otros que solo había visto en la ficción.

Nunca he aceptado de buen grado los viajes organizados: si no sacan lo peor de mí es porque me contengo constantemente, y tampoco estoy del todo segura de que el autocontrol me funcione. Gruño demasiado. Pero por otro lado, tampoco me encontraba ni con la energía ni con el tiempo suficiente como para ir a la aventura o planificar, como suelo hacerlo, cada jornada y cada sitio.

La mejor opción me la ofrecía Pangea, la agencia de viajes con la que ya había probado alguna experiencia en Madrid, y que dio con un equilibrio entre lo que deseaba: hoteles cerrados en un trayecto por toda la isla, y libertad el resto del día, un coche de alquiler y determinadas sugerencias que no me comprometían a nada. De las distintas propuestas similares, la que contraté fue  Irlanda como un lord. Como una lady, en este caso. Te encantarán los hoteles, me prometieron. Castillos, spa… Ya veremos, pensó mi gruñona interior.

No quería que fuera tanto un viaje literario o cinematográfico como que respondiera a mis intereses, que saltan de Joyce y Wilde a los restos de la Armada Invencible que llegaron a las costas de Galway, de la manera en la que se gestiona el campo y la agricultura a los jardines y arreglos florales, de la Gran Hambruna a la I Guerra Mundial. Y, como siempre, comprobar de qué manera se vive en un entorno distinto al mío la herencia y el presente cultural.

Por supuesto, hay tantas Irlandas como se desee: la centrada en los pubs y la Guinness, y en la cada vez más interesante gastronomía de la isla. La de la caza de paisajes, dramáticos e inolvidables. La que sigue los pasos de la música tradicional o de bandas como U2 o The Cranberries. La mía coincide con el mapa de algunos, dejará otros lugares esenciales fuera, y quizás permita descubrir otros.

Como muchas personas de mi generación, yo viajé a Irlanda con 16 años, un verano, para mejorar mi inglés. Pese a los viajes posteriores, la imagen de un Dublín amable y ruidoso, húmedo y verde, permanecía en mi cabeza fijada con la fuerza de la adolescencia. Era hora de mirar todo desde una perspectiva adulta.

El vestido de ese día es de  Zara.

3.4

El hotel en el que me quedé en esta etapa era el Fitzpatrick Castle Hotel, un auténtico castillo reformado y ampliado a cierta distancia de Dublín, lo que le daba tranquilidad espacio y permitía acercarse a pie al cercano Dalkey; tuve la suerte de hospedarme en la que sería la habitación más espectacular de todo el viaje, una enorme alcoba en lo alto de una torre octogonal, con cama con dosel, un cuarto de baño-spa y en la que no faltaba un pasadizo secreto, posiblemente para uso del servicio en su tiempo. Dejé de gruñir porque se me cayó la mandíbula sola.

5.1

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El desayuno, como ocurriría en el resto de los hospedajes, era abundante y delicioso. De  hecho, el problema de dormir en hoteles tan interesantes radica en la tentación de no moverse de allí en todo el día. Poco a poco se gesta el futuro trauma de regresar en algún momento a una realidad sin desayunos preparados, cubiertos de plata, vistas espectaculares y mobiliario histórico. Yo advierto.

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Para este primer día busqué un look clásico y cómodo: una falda de capa beige de Trucco, una camisa blanca de Zara, sandalias de charol beige, y varios pañuelos de seda con los que completar el look. Para la garganta, para el pelo, por si las dudas… El bolso era de Leylashop, y las gafas de sol de Wolfnoir. Una historia de Nueva York de W. Irving encajaba bien, con su humor y su sutil crítica a la constitución de un mito, con el espíritu irlandés. No me hacía ilusiones: en invierno o en agosto, en Dublín, y en Irlanda, en general, llovería a diario.

4.3

Y así fue, llovió en abundancia y con afán discontinuo durante todo el día. Eso dejó cielos espectaculares y espectaculares estampidas en el Castillo, por ejemplo; tres minutos después de esta fotografía la lluvia despejó el campo frente a la Biblioteca Chester Beatty, donde un buen grupo de actores ensayaban al aire libre.

A esta Biblioteca gratuita, que contiene la colección del interesante multimillonario Chester Beatty, irlandés de adopción y coleccionista por afición, merece la pena dedicarle un buen rato. No es apta para postureo cultureta, porque no permite sacar fotos, y nadie sabrá que hemos estado allí, lo que hoy en día supone un buen filtro. A Beatty lo encontraremos en otras instituciones culturales, porque además de bibliófilo, coleccionaba arte, mobiliario, y objetos preciosos de todo tipo. Como los Museos Cerralbo o Lázaro Galdiano en Madrid, nos permiten asomarnos a la particular mente y gusto de estos mecenas, extravagantes y exquisitos.

Mostraban una magnífica exposición de caligrafía musulmana (Lapis and Gold, Lapislázuli y oro).  Como ya nos encontramos en el centro de Dublín, todo está cerca del Castillo y la CBL; por ejemplo, el Ayuntamiento de Dublín.

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4.2

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Dublín celebra en 2016 el Centenario del Alzamiento de Pascua, que se considera la fecha clave para la independencia del país. Mi fascinación por la I Guerra Mundial no es ningún secreto, como saben los lectores de Soria Moria. Irlanda, aún parte de Reino Unido, envió un contingente importante de hombres a luchar, o mejor dicho, a morir, sobre todo al Somme. En mitad de la Guerra, diversos grupos republicanos revolucionarios tomaron varios edificios en Dublín, entre ellos Correos, el punto clave (donde una precisa maqueta de LEGO de dimensiones considerables refleja lo ocurrido), y el Ayuntamiento, y proclamaron la República de Irlanda. El Alzamiento fue aplastado, y sus cabecillas, fusilados, pero ni mucho menos olvidados. Yeats escribió en su poema Pascua 1914 el verso Una terrible belleza ha nacido. La lucha por la independencia sería ya imparable.

Basta con asomarse a la fachada principal para ver el pub Ivy con las ventanas cubiertas con las efigies de los héroes del Alzamiento. La película Michael Collins habla directamente de ese tema, que es tratado o mencionado de manera recurrente en novelas y películas (por ejemplo, en El viento que agita la cebada, o  La hija de Ryan) y no digamos ya en canciones o baladas populares.

Por cierto, por todo Dublín están pintando y cubriendo los transformadores eléctricos con arte urbano. Frente al Ayuntamiento remató uno Iljin.

Atardecía ya cuando llegué al Trinity College.

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Esta universidad mítica, fundada por Isabel I en el siglo XVI y por lo tanto, protestante, mantiene su reputación pese al tiempo y las crisis pasadas. El campus se vuelca hacia el interior, y transmite la sensación de que se ha quedado detenido en el tiempo. Campos verdes, bicicletas, música al aire libre y alumnos que juegan en las áreas deportivas transmiten una imagen casi ideal: tanto que películas como La puerta del cielo de Cimino, o Educando a Rita, de Gilbert, se han rodado aquí.

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La paz y el verdor del campus permiten olvidar que gran parte de la ciudad se encuentra en obras: durante el verano es posible hospedarse aquí, si se solicita con tiempo a la Universidad. Así se puede disfrutar de su Vieja Biblioteca (nada que envidiar a la de Harry Potter) y del Libro de Kells, aunque la entrada es de pago y las colas como para ser tenidas en cuenta. En estas aulas estudiaron Wilde, Beckett, y alguien tan remoto en el tiempo como Swift, el autor de Gulliver.

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Si digo que había obras, no exagero: obras, turistas, lluvia. En fin.

Dublín, recorrida por el Liffey, tiene su referencia en el río, y no en el mar, como Bilbao, aunque ambas ciudades no serían nada sin su ubicación estratégica. Los puentes de la ciudad vertebran y organizan otro paseo posible. Los pubs y los cafés salpican las riberas del río; yo me tomé el té, acompañado por una tarta de zanahoria estupenda, en el Dwarf Jar Coffee Shop. Los precios, comparados con los españoles, algo caros. Y cené unas Fish and chips en el pub Fitzgeralds. Absolutamente turístico, incluso con música irlandesa, pero quería recordar otros tiempos… 4.1

Y desde Dublín marché hacia el oeste, hacia la bulliciosa bahía de Galway…

(Continúa aquí)

 

Cómo hacer la maleta perfecta para dos días

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Esta es una entrada que les había prometido a mis amigas desde hacía tiempo.  Pese a que a veces me dicen que me envidian por lo mucho que viajo, la mayor parte de mis desplazamientos no son muy envidiables: duran una o dos noches, por trabajo, y no suelen dejar tiempo ni para el turismo ni para el ocio.

Pero no importa: me gusta viajar, aunque sea a ratitos, y salir de la rutina.  He aprendido a hacer la maleta imprescindible a fuerza de experiencia y de normas de líneas aéreas (son muy restrictivas). El armario de ensueño debe quedarse en casa, los cosméticos se reducen a lo simbólico, y queda excluido lo delicado que requiera plancha o lavandería. Espero que esta guía para una maleta perfecta os sea de provecho. Lo cierto es que la mayor parte de los consejos que he leído sobre cómo empaquetar a mí no me resultan útiles, ni realistas. He confeccionado una tabla con todo lo que llevo en estos viajes de dos días, y la imprimo y completo cada vez. Así me aseguro de no olvidarme de nada.

Esta maleta está pensada para  una mujer, para el buen tiempo (ya haré alguna para el invierno), y para la posibilidad de volar (sin facturar).Si se viaja por tierra, el neceser puede ser más flexible. Vamos con la lista.

LOS SOSPECHOSOS HABITUALES

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Así llamo a los objetos cotidianos que siempre necesitaremos, y que más posibilidades tienen de ser olvidados y luego recordados con amargura.

Bolso (cuidado si volamos: algunas compañías restringen incluso los bolsos de mano e indican sus dimensiones máximas). Si es posible, grande, con asas para el hombro y cómodo. El mío es de Nambasté.

-Billetes- No aparecen en la foto. Copia impresa y digital.

Cartera– Con el DNI, una tarjeta de crédito, dinero en metálico, permiso de conducir, tarjeta sanitaria, tarjeta de descuento de viajes… La mía es de Misako.

Pasaporte– Si es necesario. Algunos países no lo admiten si va a caducar en menos de seis meses. Eso también se aplica al DNI.

Llaves.

Móvil– No aparece en la foto… porque saco la foto con él. Es un Samsung S6. Y su cargador.

-Cuaderno, boli y un libro. En este caso, de mi admirado Fernando Iwasaki. Tarjetero. Tengo la suerte de que me regalaran uno personalizado con un diseño del maestro Mingote. Un pendrive, en forma de llave, de Baume&Mercier.

-Un botiquín con medicación habitual, si se usa (dolor de cabeza, antihistamínicos, pastillas para la garganta, vitaminas, anticonceptivos, etc…), tiritas, Suavina para los labios, cepillo de dientes y un dentífrico en sobre, chicles o caramelos, kleenex

Gafas de sol polarizadas de MustHave. Foulard (tanto para el sol como para los aires acondicionados) de Adolfo Domínguez. Y un sombrero.

LO QUE NO CONTROLAN

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Me he acostumbrado a llevar en un neceser aparte lo relacionado con el aseo que no son líquidos, ni objetos punzantes: es decir, una pequeña bolsa que puede ir en la maleta y que incluya:

Cepillo y peine. Horquillas. Gomas para el pelo.

Lima de uñas. Pegatinas para uñas que me regaló Alma Cupcakes (puro amor).

Bastoncillos. Toallitas desmaquillantes en seco Olay.

Tampax. O alguna protección femenina. Nunca se sabe.

Preservativos. Es posible que haya quien no esté de acuerdo, pero somos adultos, un viaje cambia la perspectiva, las cosas pueden surgir, y la protección frente al sexo casual es imprescindible. O quizás viajas, precisamente, para pasar el fin de semana con tu pareja. O alguien de tu entorno liga y le haces un favor al prestárselos. Sea como sea, que sea de una marca de confianza, como Durex, y revisa la fecha de caducidad. Ten cabeza.

EL FAMOSO NECESER DE VUELO.

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En este knolling (foto de productos ordenados) podéis comprobar que es posible burlar las estrictas normas del mini neceser-bolsabirriaplástico para cosméticos y similares que prescriben para viajar en avión. Aunque algunos de estos productos no son estrictamente líquidos, después de malas experiencias en aeropuertos y de ciertos intercambios de opinión memorables con el personal de seguridad prefiero no arriesgar y considerar todo, todo, un líquido.

Repelente de mosquitos. Si hay un mosquito a cinco kilómetros, sabrá que yo he llegado y avisará a su familia. Uso Optimus.

Protector solar de factor 50. De Kiehl’s. Y crema de manos de la misma firma. Crema de día y de noche, de Caudalie. Contorno de ojos, Shiseido.

-Un gel y un bodymilk de Halloween. Aceites corporales de Alqvimia y una Suavina. Pasta de dientes Sensodine. Una ampolla del tratamiento SOS Brillo Million-Gloss de Gliss Schwarzkopf. 

Maquillaje: una base similar a las BBcreams, de Avène. Sombra de ojos en colores tierra de Chanel, La Palette roja, un labial rosa y un esmalte rojo de L’OrealMáscara de pestañas Grandiôse Extrême  y aceite labial Juicy Shaker de Lancôme, lápiz de ojos Estèe Lauder y perfilador rojo de Dior. La sombra de ojos líquida Full Metal Shadow de YSL.

Y un sacapuntas. ¿Es un líquido? No, peor. Es un arma peligrosa.IMG_20160706_223725

 Por lo general no preparo la maleta con tanta antelación, pero en esta fotografía podéis ver lo que me acompañará este viernes 8 a Valencia. Como veis, estiro la ropa de manera convencional, es decir, plana, porque en este caso no se arruga, y además solo un tercio de la maletita está ocupada. Los zapatos, complementos y ropa interior van en bolsas de tela, separados y protegidos. Al ser muy pocos días y con una agenda cerrada, puedo calcular un look para cada necesidad. Un día, un look. Una fiesta, otro look. Voy y regreso con la misma ropa puesta.

-Un par de zapatos. Otro par de zapatos de fiesta.

-Un vestido (u otro cambio de ropa) resistente a las arrugas y de lavado fácil (en este caso un vintage).

-Un vestido de fiesta o cóctel.

-Un bolso de diario y otro de fiesta.

Bisutería.

-Un cambio de ropa interior por cada día fuera.

Camisón.

-Un traje de baño.20160706_223806

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Respecto a la maleta, la que empleo para estancias de hasta tres días es la CONCORDE Pc438t Verde (50cms) de Salvador Bachiller. Ligerísima, muy resistente, con una capacidad de giro de 360º, candado, y con un mango de carro extraíble. Cumple con todas las normativas de viaje, y en particular este estampado es elegante y clásico. La relación calidad-precio, excelente.

¿Me dejo algo, algún truco o consejo que no os cuento? Pues sí: tengo una estricta asesora estilista felina. Bueno, en realidad, tengo tres, pero Ofelia suele ser la más entregada y la que se asegura, con su supervisión atenta, de que no me deje nada…

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¡Buenos viajes!

 

Star Wars: el día en que salvé el universo

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   Miércoles de Ceniza: el día en que la liturgia católica nos recuerda con una cruz en la frente que polvo somos, y en polvo nos convertiremos, el final del Carnaval en el que hemos podido ser… ¿qué no hemos podido ser?
El disfraz no resulta solo una transgresión en una sociedad que lo limita a unos pocos días al año (entre las primeras medidas que toma una dictadura se encuentra la de controlar la apariencia y uniformar a sus individuos): supone también una declaración de intenciones, un mimetismo temporal con aquello que desearíamos ser. Los niños, en especial, se convierten en aquello de lo que se visten. Por eso resulta tan importante dotarles de modelos interesantes y ricos en los que puedan transformarse por unas horas. Las niñas necesitan algo más que princesas, y los niños, algo más que superhéroes.
Por eso, cuando mi sobrino Nacho me sugirió el disfraz de Rey, la joven heroína de Star Wars El despertar de la fuerza, no lo dudé demasiado. Primero porque, como saben quienes me siguen un poco, me gusta más disfrazarme que un brillo a una urraca (es posible que también me guste más un brillo que a una urraca, pero esa es otra historia). Y segundo, porque son pocas las figuras femeninas que transmiten la fuerza, el valor y la independencia de esta muchacha.
De hecho, frente a los héroes un poco estereotipados de la saga, los personajes femeninos ideados por George Lucas están dotados de una dignidad y una determinación poco comunes en las historias destinadas al consumo masivo: Leia, Amidala o Key toman decisiones por sí mismas, son capaces de sacrificarse sin inmolarse, y mantienen un atractivo que va más allá de su belleza física o de una ropa atrevida. Una niña pobre, una chatarrera indefensa no solo puede aspirar, como nos han enseñado durante siglos, al amor de su príncipe: puede, si lo desea, correr sola, y salvar el universo.

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  El disfraz del malísimo Kylo Ren se compró en Disney Store. El mío, en Amazon. Las botas son de Salvador Bachiller, y el peinado sigue un tutorial.
Ojo a mi postura marcial y mirada decidida, como si el destino me reservara cualquier día una llamada de la Fuerza mientras esté frente al ordenador tecleando y tenga que abandonar novela, artículos y lo que sea para salvar a la galaxia. Ganas le pongo. Habrá quién piense que soy una abusona por enfrentarme a un Kylo Ren más bajito que yo: pero bueno, como dijo unos dicen que Marco Aurelio, y otros que el jugador y entrenador de fútbol Vujadin BoskovNo hay enemigo pequeño.
PD.- Al final Kylo Ren y yo tuvimos que firmar la paz, porque, os lo creáis o no, mi gatita Rusia se metió en mitad de la pelea a mediar. Y así no hay quién pueda.

 

 

Un mundo mejor

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Durante esta semana estoy impartiendo un curso intensivo (un workshop de 30 horas) a alumnos de IED Moda Lab Madrid, 18 chicas y un varón veinteañeros que presentan su proyecto de fin de carrera este año. Mi misión es la de motivarles (en ocasiones el desánimo, el estrés, la presión o el miedo a las críticas les paralizar) y enseñarles a comunicar su trabajo de la mejor manera posible. Ya trabajé con ellas hace dos años, en otra asignatura, y es un placer ver cómo han madurado, y de qué manera su talento se vuelca en ideas.

Como os conté hace unas semanas en mi post del congreso en Nueva Delhi, los estudios muestran que una de las preocupaciones constantes de las mujeres, tengan hijos o no, son la educación, los niños y la sanidad. Yo me encuentro por completo reflejada en esa estadística. En ocasiones, cuando he defendido en público la libertad de las mujeres para decidir sobre su maternidad sin presiones sociales o familiares, o cuando he defendido su independencia a toda costa, (económica, afectiva, laboral) incluso a costa de los beneficios que puede conllevar para su entorno una mujer más sumisa y convencional, se me ha tachado de egoísta, y de atacar a las madres. Nada más lejos de mi intención. Cuando defiendo esas ideas, pienso, por supuesto, en la manera en la que los niños han de ser atendidos, y sobre todo, en el futuro de las niñitas que estamos criando ahora, que serán mujeres pronto. Nunca perdamos de vista que las sociedades más evolucionadas en estos momentos garantizan una mayor igualdad entre géneros, un nivel más alto de formación a las mujeres y unas condiciones con las que en mi país aún continuamos soñando, a veces porque ni siquiera pensamos en que puedan existir.
Cuando veo las dificultades que mis alumnas han arrostrado de niñas (algunas casi lo son aún) siento una ardiente ansia defensora. Muchos de mis alumnos de moda y diseño son homosexuales, y en sus proyectos vuelcan elementos personales, en los que muchas veces se encuentra el acoso escolar, las burlas y la discriminación por su opción sexual. Como proyecto transversal en mis asignaturas, siempre aparece el insuflarles valor frente a la vida, valores frente a la amoralidad y defensas frente a la injusticia. Desde luego, son los padres los que deben llevar la mayor carga de la educación sobre sus hombros, pero creo que es toda la sociedad quien debe participar en la formación, a distintos niveles, de los niños y jóvenes. Yo nunca he renunciado a esa obligación moral, desde mis libros, mis clases o mis encuentros con escolares. Un mundo mejor sólo podrá ser creado si pensamos en los hijos de los demás como niños propios a los que legar, si no nuestros genes, sí nuestra experiencia, nuestros conocimientos y descubrimientos, con una generosidad mayor de la que tenemos ahora. La educación carece de horarios, a mi juicio. El reconocimiento de sus méritos, los límites, el enseñarles a frustrarse y acompañarles cuando lo hacen, mostrarles las recompensas de un buen trabajo y las consecuencias de uno mediocre es, creo yo, algo que solo nos beneficiará a todos. Y, sobre todo, la apreciación de la belleza en las pequeñas cosas, la amabilidad y la importancia de conocerse.

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Yo también soy, a estas alturas, alumna. De Ikebana, una técnica floral japonesa. Intento aprender lo que enseño luego, apreciación de la belleza, paciencia, la humildad de partir de cero, creatividad. Suelo comprar las flores casi cerradas para, como con mis alumnos, disfrutar de su evolución. Hoy repito camisa de Zara con hilos dorados, que ha resultado ser de lo más versátil, una falda corta y estampada de Suite Blanco, (no era tan corta, pero su longitud original me avejentaba), un abrigo de ante de Stradivarius, y bolso triangular de Salvador Bachiller. Los pendientes y el anillo son de Ciudad de París. Las fotos fueron tomadas en la floristería Mayo.

Estampados e historia

OLYMPUS DIGITAL CAMERAConozco algunas mujeres que no guardan una sola prenda estampada en su armario y que, por lo tanto, se horrorizarían al ver el mío: quizás se horrorizaran de todas maneras. Me fascinan las telas estampadas, y la estampación en telas, que son dos cosas distintas, y se debe, como casi todo en mi vida, a mi pernicioso gusto por la lectura. No se puede leer “El traje nuevo del emperador”, “Viento del Este, viento del Oeste”, “Madame Bovary”, “Fortunata y Jacinta” o la Biblia, o “La española inglesa”, de Cervantes, y luego pretender que a la niña no se le llene la cabeza de tejidos, ropajes y estampados. El frufrú de la seda, la frescura del lino, la tornasolada belleza del brocado las adiviné antes de saber realmente qué era. Recuerdo cómo le pregunté a mi madre, mientras leía “Las aventuras de Huckleberry Finn” lo que era el calicó y cómo me desilusioné cuando me señaló la tela del sofá.
Los estampados eran legendarios, carísimos, extraordinarios, porque en un inicio los creaba la trama y los distintos hilos, y la técnica requerida para ello  requería dinero y habilidad. Las telas pobres se teñían, sin más. Y con tintes vegetales, baratos. Los estampados procedían de Oriente, más concretamente, de la India, y se importaron en masa a Europa a partir del s. XVII. Con planchas de madera, primero y luego con rodillos de metal, se imprimía sobre percal de algodón: hicieron furor, no solo para vestirse, sino también para decorar la casa. Hasta el punto que se puede aseverar que la moda, tal y como la conocemos, comienza con los estampados. Como era un material barato, se podía cambiar fácilmente, cuando se aburrían del diseño; y los fabricantes se dieron prisa en producir modelos nuevos que aceleraran ese aburrimiento y el deseo de adquirir otros.

He tomado como base para dos cambios un vestido muy sencillo de Zara con un estampado floral sobre fondo negro. En su momento, hubiera sido un modelo caro, porque resultaba más sencillo emplear un fondo blanco, y con menos tintas que las de estas flores verdes, rojas, marrones, beige, azules…

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn el primer cambio me muevo sobre seguro: los zapatos son de Salvador Bachiller, la pamela de fieltro beige de Klase, y el toque extravagante lo brinda el bolso de los años 40, de piel, que se lleva en la mano con una trabilla oculta, que ofrece la ilusión óptica de que se suspende en el aire. Si la pamela os molesta, podemos prescindir de ella, aunque es una pena no aprovechar esta moda pasajera de sombreros y tocados para colocarse lo que sea en la cabeza: no sabemos lo que durará.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl segundo cambio comparte el vestido, y el collar verde de malaquita del primero, pero los zapatos son unos peep toes de charol de Paco Gil, más altos y sexys, y ya lanzada al más es más, le he añadido un bolso de estampado de leopardo de G&S, un brazalete con el mismo motivo, y dos pendientes de pasta de HM. Mi excusa es que tanto el bolso, como los pendientes comparten tono exacto con las flores del vestido. En los dos casos la manicura es de OPI.

Y otro día os contaré mi teoría acerca de los lisos de fondo de armario, y los estampados de armario superficial…