Y París floreció en verano- Le Bal Rouge

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Llegó el verano y me encontró en París, en el Bal Rouge que organizaba Kenzo Perfums. Me encontró en la Place Dauphine, bajo un misterioso bosque de amapolas que iluminaban la música que, una vez más, y ya son 35 los años en los que se ha celebrado, sonaba en la Fête de la Musique. De vez en cuando, una lluvia de confeti rojo flotaba sobre los invitados. Otras veces, las notas que procedían de las fiestas en los barcos llegaban desde el cercano Sena.

La amapola es una curiosa elección para una fiesta, y dice mucho de quien la escoge: la flor que aparece encapsulada en la botella de Flower by Kenzo no desprende olor. Difícilmente puede preverse dónde crece, no sobrevive una vez cortada. Florece entre el trigo y en los  lugares que no ofrecen ninguna belleza, para de pronto ofrecerla y transformar donde nace. Salvaje y humilde, leve e inolvidable, nos recuerda el buen tiempo, la necesidad de atrapar el momento y disfrutarlo para siempre… por un instante.

Y mientras caminábamos bajo las amapolas luminosas (una cámara me entrevistó para un programa que se emitirá, precisamente, durante el verano), pensaba en las amigas con las que compartía ese momento: Ester Bellón, de Mi armario en Ruinas, Anna Ponsa López, y Brianda FitzJames. ¿Qué tenemos en común una arquitecta, una fotógrafa, una ilustradora y una escritora? Nos une la mirada inquieta, siempre en busca de algo que no puede hallarse. La obsesión por la belleza, se encuentre donde se encuentre, en el aire, en lo efímero, en el ahora. De las tres aprendí algo esa noche. Las tres son únicas y de una sensibilidad estética extraordinaria.

El verano trae siempre promesas con sus noches breves y sus días larguísimos: sus primeras horas ofrecen la tentación de pedir deseos a la luna o al fuego, y cruzar los dedos para que se cumplan. Yo pedí alguno durante este Bal Rouge.

Pero solo podré contároslos cuando los vea realizados. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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Para esa noche única elegí un vestido blanco de The 2nd Skin Co. Con ellos  no me equivoco nunca: con un cierto aire a los 60, un canesú con volumen en el que se alternaban las flores y las bayas. Y bolsillos. Un clutch dorado de Parfois, y la ciudad de fondo, con su amenaza de lluvia. Las fotos son de Anna Ponsa López y Nika Jiménez.

Y el verano es mío.

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Propósitos de Año Nuevo

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Decía Teresa de Jesús que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que han sido escuchadas. Conviene recordar esa frase, tan sabia, cuando comenzamos a formular los propósitos de Año Nuevo, que muchos rompen a los dos días, porque piensan en ellos como deseos pedidos a una estrella fugaz. Un propósito no es algo que nos sobreviene, ni un golpe de suerte, sino una tarea nueva, una manera de mejorar nuestra vida en la que queremos centrarnos durante 2016.
Cada uno debería conocer su carácter, y sus debilidades, y cómo puede conseguir mejor sus objetivos: yo, lo he dicho muchas veces, me planteo 50 propósitos cada año. Algunos los repito. Otros son nuevos, retos que me planteo para superarme, otros, la mayoría, son una forma de asegurarme de que no me olvido del camino que me he marcado para mi vida. Los divido en varias áreas: Salud y cuerpo, profesional, económica, casa, relaciones, y otras, en las que incluyo el ocio, los caprichos… Así me aseguro que mantener un cierto equilibrio, porque en algunos momentos de mi vida, el trabajo ha absorbido demasiada energía, y me ha pasado una alta factura.
Entiendo que a algunos puede agobiar un listado tan exhaustivo: en realidad, si los repartiera resultarían ser uno por semana, pero no es tan sencillo: muchos de ellos, como los relacionados con el ejercicio, la salud  o la alimentación, deben ser cumplidos a diario. Otros, como conocer dos países nuevos al año, se realizan de una vez y para siempre. Para mí, el planificarlos y decidirlos supone una de las tareas más bonitas y edificantes de final de año. Le dedico varios días, hago una lista, tacho, incluyo, pienso: siento el placer inmenso de sentir que puedo decidir sobre mi vida y construir mi felicidad. Salgo, tomo un te, paseo, hago balance de qué deseo de verdad, y qué por presiones, expectativas ajenas o apariencia.
Para conseguir los objetivos de Año Nuevo hay que desearlo, pero no basta con eso. No puede existir una mentalidad de todo o nada: si se ha fracasado una vez, queda el resto del año para enmendarse. Deben ser realistas, pero un poco exigentes: si yo escribo tantos es porque me resulta más sencillo dividir un proyecto grande (como escribir un nuevo libro de cuentos) en pequeños bocados (como escribir un cuento a la semana… a mal que lo haga, finalizo el año con al menos 35 cuentos nuevos).
Cada domingo o lunes reviso mi listado y evalúo cómo voy: pongo fechas concretas, miro qué necesito para cumplir otros. Cuando llega mi cumpleaños, en Julio, los reestructuro. A esas alturas tengo que aceptar que algunos no se cumplirán, porque eran desmedidos, o porque he perdido el interés. Me doy la oportunidad de reformularlos: es mejor negociar que rendirse. Quienes me conocen saben que siento debilidad por los listados y los esquemas: curiosamente, me permiten ser más creativa. La creatividad no consiste en el caos, sino en mirar las cosas desde perspectivas distintas, novedosas. En la creatividad también se trabaja.
¿Es un sistema muy estricto? Con los años, he visto que es el que mejor me funciona: los días se escapan sin vuelta, y hay una gran infelicidad en sentir que no han sido aprovechados en hacer lo que se quiere de verdad. Ese sentimiento se agudiza con la edad. El año pasado fue un buen año: me quedaron tres objetivos por cumplir: No viajé a Nueva York, como me propongo hacer una vez al año, no entregué mi novela, y tampoco cambié el suelo de mi casa. Pero el resto de los 47 se llevaron a cabo. Y, como mi propósito número 50 es siempre “Aprendo a no exigirme demasiado”, creo que no es un mal balance. Yo, al menos, soy mucho más feliz que en 2014.

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Estos últimos días del año han sido soleados, y me han permitido vestir mis pantalones de terciopelo rojo de Amaya Arzuaga y una blusa vintage. Llevo unos peep toes a medida de Sacha London, y un bolso de mano de Purificación García. Los pendientes irregulares son de Parfois, y el esmalte de uñas, de Essie. Las fotos fueron tomadas en la que fue la antigua prisión de Miguel Hernández, ahora una residencia de ancianos, en Conde de Peñalver, Madrid, y en la cafetería del Mozza Bar, que se encuentra justo enfrente. Y cuyas tazas, curiosamente, muestran una palabra clave para afrontar 2016: filosofía.

Invitada

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    De la misma manera en la que hay libros que se reservan para el verano, la piscina, la hamaca o el tiempo libre, hay reflexiones y pensamientos que deberían guardarse para los momentos de descanso en los que se puede hacer balance; pero muchos libros no abandonan nunca su torreta junto a la mesilla de noche, y casi nunca encontramos un hueco para ocuparnos de esos zumbidos molestos que rondan la cabeza.
Cuando era niña crecía durante el verano. No sólo físicamente (no me esmeré mucho en ello, y me quedé en talla media) sino en un estirón psicológico que se debía a que en julio y agosto leía hasta que me dolía la cabeza y estaba en contacto con la naturaleza en las casas de mis abuelos. Animales, plantas, y ese orden lógico que se encuentra en el contacto con la tierra. Nada duraba para siempre: el trigo y la hierba se doraban para cortarse y recogerse, y alimentarían a las vacas, que darían leche, cuya nata apartábamos con asco, y que se convertía en queso, que merendábamos mientras en las higueras maduraban los frutos. Bastaba con observar para que una mente nerviosa e hiperactiva se relajara.
Las ciudades complican esa calma, ese mirar hacia dentro, frenar el pensamiento y prepararse para ese cambio constante: nos quedan los parques, lejos de los niños, que otorgan otros valores hermosos, pero no siempre el silencio y la paz. Nos queda observar cómo las flores se abren y se cierran para dar origen a otra cosa, cómo el tiempo se refleja en las hojas, y cómo lo hará en nuestra piel y nuestra vida. El paseo lento por los senderos, un pájaro, quizás con suerte un gorrión, que aparece de la nada y desaparece en la nada, como decía Marco Aurelio.

En esta vida siempre en movimiento, 
dentro de la cual no hay punto alguno de referencia, 
¿Qué le sucede a quien se aferra a las cosas fugaces?
Es como si decidiera enamorarse de un gorrión que pasa volando
para perderse de vista en un segundo.

    Guardad, por lo tanto, un espacio para aburriros, para hablaros, vestíos como si fuérais a una fiesta, disfrutad de una hora en la que salgáis de vuestros pensamientos y miréis fuera para luego poder mirar mejor dentro. Sonreid a la nada, fijaros en lo pequeño, volved a casa sin prisa con una flor en la mano. Es, al menos, lo que yo hago de vez en cuando; una cita con nadie, una habitación propia en la naturaleza.

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   Para mi cita conmigo, el colorido del vestido de Laltramoda da todo el juego del mundo, o ninguno. Yo, que no le he tenido nunca miedo al color, lo he reforzado con unas sandalias amarillas de Paco Gil, inspiradas en un cuento de Fernando Marías titulado, precisamente, “Las sandalias amarillas”. El bolso de raso rojo, con incrustaciones de jade, es de Shanghai Tang, y me lo compré en Hong Kong; si lo abriera podríais ver que el forro interior fucsia le da un aire gamberro. El collar de malaquita fue un regalo, y está hecho a mano. Los pendientes de libélulas, de oro y jade, me los habéis visto en alguna otra ocasión, diseño de mi amiga Virginia de Verdeagua.
Por cierto, mi jefa de prensa, Nika Jiménez, me dijo que este look era perfecto para una invitada a una boda. Por eso lo he titulado así. En realidad, a lo que yo os invito es a la vida.

Mujer a los cuarenta.

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Llegaron los cuarenta, y se fueron, y hoy cumplo 41 años. Una edad en la que parece que a muchas mujeres haya que consolarnos: o con frases que elogian nuestra apariencia juvenil, si la mantenemos, o con la consigna tantas veces repetidas de que esta edad no es el fin del mundo, y que aún podemos comportarnos como si fuéramos jóvenes.
Mi generación se ha sentido adolescente por tanto tiempo que no sabe muy bien qué hacer con la madurez. Ni en lo físico, ni en el plano intelectual, ni en el emocional. Sólo el envejecimiento reproductivo alerta a las mujeres de que el tiempo ha pasado.  La obsesión por la juventud comienza a afectarnos de manera preocupante a quienes pensamos que siempre seríamos jóvenes.
Por mi parte, puedo afirmar que nunca me he sentido mejor: no es un tópico. Tras unos años oscuros (una depresión grave, ansiedad constante, los vaivenes de una crisis económica brutal, la desaparición de casi todos los medios en los que trabajaba), me he visto en la obligación de cuestionarme con mucha seriedad quién era y cómo podía evitar el dolor de una vida cada vez con menos sentido, y el sufrimiento que conlleva la mala salud mental. El esfuerzo ha sido enorme, pero puedo afirmar que, día a día, sin grandes descubrimientos ni logros enormes, ha merecido la pena. La terapia, el autoconocimiento, una vida sana y, sobre todo, el trabajo emocional constante me han logrado llevar hasta donde hace un año y medio ni siquiera me podía imaginar.
Entiendo por primera vez que la felicidad íntima, la satisfacción personal, pueda reflejarse en el exterior. Siempre pensé que era una mentira piadosa; y sin embargo, la piel, los ojos, el rictus del rostro, delatan casi todo. Los cuarenta me han despojado de dudas y ciertas inseguridades: atrás queda el deseo de gustar a toda costa, o de adaptarse a modas y corrientes. Mi cuerpo es el que es: le agradezco sus esfuerzos por sobrevivir a una mente inquieta y a hábitos perezosos. El gusto también parece que no se modificará demasiado. La gran aliada de ambos, la seguridad en una misma, garantiza que una mujer que se conoce no se dejará llevar fácilmente por corrientes efímeras, ni por mimetizarse con la masa. La belleza, si la hubo, ya no basta. A nuestra edad, se pide y se busca más. Si no se ha empleado tiempo en resultar una persona interesante, aún se puede hacer un intento: porque será ese atractivo (la conversación, la mirada, el porte, las convicciones) los que nos harán deseables en lo sucesivo.
¿No es un proceso interesante si no miramos atrás, si no intentamos indagar demasiado en el futuro?

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAMi cumpleaños llega en pleno verano, con el mar alborotado por la celebración de la Virgen del Carmen. Incluso bajo los árboles, el sol quema sin piedad. Estos últimos años, además de con todo tipo de sombreros, me he atrevido con las sombrillas, como las orientales, que saben todo sobre la piel blanca. Esta de encaje es una pequeña joyita de Brujas. Hago un pequeño homenaje a la Reina de los Mares con el monstruoso anillo de coral, que contrasta con una línea más simple de los pendientes de HM. El top cruzado es japonés, de seda natural, pintada a mano con percas. La falda corta proviene de Garaizar, una tienda de jovencitas, porque aún lo somos, pero el bolso, que compré en Nueva York, es de los años 40, para recordar que ya no lo somos tanto. Los zapatos rojos y de tacón, de Sacha London, ponen de manifiesto que si se pisa fuerte siempre hay un zapato sexy que lo aguante. El maquillaje es de Chanel.

Y lo mejor de todo es pensar que aún tengo ocho años preciosos por delante hasta descubrir lo espléndidos que son los 50…