Cómo se hizo…

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En muchas ocasiones me han preguntado quién me hace las fotos para el blog y las redes sociales, fotos que, obviamente, no saco yo, porque soy el objeto y el sujeto de la fotografía. Hay casos en los que es alguna persona que está conmigo, o algún amable desconocido al que entrego el móvil o la cámara. Amable no solo porque accede a tomar la foto, sino porque no se echa a correr con mis tesoros tecnológicos, cosa que tampoco sería muy disparatada.

Cuando puedo contar con ella, quien saca mis retratos es Nika Jiménez, mi jefa de prensa. Nika trabaja conmigo desde 2006, cuando la fiché para mi empresa E+F. Desde entonces ha sido la responsable del diseño corporativo, de mi agenda, de ser mi mano derecha y el filtro de gran parte de mi trabajo, entre otras  incontables tareas. Además de Publicidad y Marketing, ha cursado estudios de fotografía en EFTI, donde, por cierto, me escogió como modelo para su proyecto final. Después de diez años de trabajo, y de afrontar muchas cosas agradables y desagradables, la complicidad que tenemos es evidente. Es una joya.

Generalmente, abordamos las fotos para el blog partiendo de una idea abstracta, en la que luego encaja la ropa o las otras prendas. Hay algún tema que quiero tratar, y al que acompaña la ropa. Los estilismos, para bien o para mal, son míos, y los textos también. En algunos casos, Nika propone una foto determinada que se le ha ocurrido y cuando las veo, surge el texto. Estudiamos constantemente catálogos, revistas internacionales, fotos clásicas y lo que hacen blogueras de referencia. Algunas de las imágenes que nos gustaría sacar se encuentran fuera de nuestro alcance, al menos por ahora, pero lo que podemos hacer (mejorar mis poses o mi actitud, practicar encuadres, el uso de las sombras, los claroscuros o los volúmenes) intentamos mejorarlo de sesión en sesión.

Para mí actuar como modelo es un reto: nunca me ha intimidado la cámara, pero las fotografías para redes sociales son muy diferentes a las que pide un fotógrafo para un periódico. Me obliga a salir de lo conocido, y a enfrentarme a la realidad y a la mentira de la apariencia. Una foto puede ser tremendamente mentirosa, y añadir o restar años, kilos, o elegancia, pero la siguiente delata el estado de ánimo, un disgusto, o un día alegre. Puede matar un vestido o convertirlo en un objeto de deseo.

El lenguaje de la imagen, que abarca desde la producción previa a la edición posterior, a la diferencia entre lo bidimensional y lo tridimensional, el traidor photocall todo requiere atención y cuidado propio. Me lo tomo muy en serio porque sé el trabajo que lleva detrás una buena foto. Respeto enormemente a los fotógrafos, y sé en qué condiciones tienen que hacer su trabajo como para no pararme unos segundo a posar y a ofrecerles la mejor foto que pueda. No pierdo demasiado tiempo en explicárselo a quien no lo entienda.

Aunque hace años que poso para entrevistas, reportajes y fotografías, y he intentado siempre estar a la altura, nunca había sido tan directamente responsable de mi imagen.  Hay quienes piensan que una escritora no debería preocuparse por crear una imagen de marca. Yo opino lo contrario, que si no nos encargamos de ella otros (el público, los medios, las editoriales…) lo harán por nosotros. Nuevamente, no tiene relación con la vanidad, como algunos podrían pensar, ni con la coquetería, como sin duda otros creen. Mi imagen de marca, junto con mis conocimientos y mi capacidad para contar historias, son parte del patrimonio que poseo, y lo cuido de la mejor manera que sé.

También he trabajado para marcas desde el inicio de mi carrera. Ese es otro punto en el que muchos escritores prefieren no entrar; no es mi caso. A mí me interesa la publicidad y el marketing como medios de influencia social, y en particular, la manera en la que construyen historias sobre estilos de vida y productos. Lo hago como intento construir todo en mi vida: con el máximo cuidado por el detalle y toda la profesionalidad de la que soy capaz. Me alegra comprobar que no solo los lectores, sino que también las marcas valoran la forma en la que uso las palabras  y las imágenes; en un mundo plural como en el que nos encontramos, las posibilidades se abren donde menos esperamos.

Siempre hay una historia detrás de una historia, como hay una foto detrás de cada foto. Y estas son las que os quería mostrar hoy.

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En las fotografías de esta entrada se dieron dos de los casos que mencionaba con anterioridad: Nika tenía entre ceja y ceja emplear la bañera de mi habitación para alguna sesión original, y yo había comprado un vestido rosa palo de HM con la intención de crear un look romántico, casi como el de una Ofelia prerrafaelita. A ello le añadimos un bodegón tridimensional con el te TEAME.

Bañera + vestido+ bodegón = sesión muy loca y muy divertida. Por suerte, ese día contábamos con un segunda cámara que nos permitió registrar el proceso. ¿Lo imaginabais así?

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Naturalezas vivas: los nuevos bodegones

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Aunque lo aclaro en infinidad de ocasiones, me preguntan con frecuencia si yo soy quien hago y fotografío los bodegones de mis redes sociales. La respuesta es que sí: salvo las fotos en las que aparezco, firmadas muchas veces por Nika Jiménez, mi jefa de prensa y mano derecha, o por (in)voluntarios fotógrafos espontáneos, yo saco el resto de mis fotos. Paisajes, detalles, gatitas, y, por supuesto, los bodegones, que son, con diferencia, mis fotografías preferidas. En esta entrada explicaré, como prometí a los seguidores de Instagram, cómo los  hago.

Todo comenzó en el salto a Instagram: en otros medios la cubierta de un libro bastaba para reconocerlo, pero en una red tan visual, mis recomendaciones espidianas quedaban tristes y poco atractivas. Faltaba el elemento sensorial. Muchas blogueras de moda insertaban, en vez en cuando, un libro o una revista entre sus prendas de ropa, o su maquillaje. ¿Por qué no probar qué pasaba con un  viaje al contrario, e introducía elementos como zapatos, o cosmética, o joyas, en las fotografías que incitaban a la lectura?

No era una idea nueva, ni siquiera muy original: pero yo no lo había hecho antes, y me permitía jugar con un lenguaje desconocido. Nadie me libraría de la acusación de frivolidad, que se combina, sorprendentemente, con la de ser demasiado intelectual: pero haters gonna hate, y para ello da igual un selfie, un bodegón, o el apoyo a una buena causa.

Poco a poco, mientras me familiarizaba con la aplicación y mejoraba mi cámara o teléfono (en la actualidad saco las fotos con un Samsung Galaxy S6, aunque espero cambiarlo pronto por el S7) introducía elementos más atrevidos, o enfoques diferentes. La obsesión por las naturalezas muertas me venía de lejos, y de familia. En una de las imágenes podéis ver mi libro Melocotones Helados sobre un bodegón pintado por mi madre. Me recuerdo de niña, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, absorta frente a los bodegones del Barroco, y no en vano la protagonista de mi Premio Planeta es pintora, y la escena final transcurre en un museo. Vayan aquí diez puntos que he aprendido y que sigo.

1.- Uso luz natural: en muy raras ocasiones, una lámpara led, y nunca flash ni, de momento, focos, aunque no lo descarto. Por las mañanas, empleo la luz que entra por el Este, y a primeras horas de la tarde, la que se cuela por las ventanas del Norte. Linda Lomelino recomienda la luz septentrional siempre que se pueda.

2.- Creo que el consejo de que se emplee un fondo blanco tiene más que ver con la norma publicitaria para que un producto destaque que con la estética final. Yo usaba el reverso de un cartel de Soria Moria en cartón pluma, colocado sobre mi bañera, pero comencé a dudar cuando vi los bellos arreglos florales de 5ftinf sobre una mesa muy gastada. Ahora disparo muchas de mis fotos sobre una mesa de la que pensaba deshacerme, porque su baño de pan de plata se deterioró, pero que decapé y cuyo acabado me encanta.

3.- El plano cenital (o zenital, de zenit, el momento en el que sol alcanza su máxima altura) ha dejado de ser mi preferido; pero hay muchas ocasiones para usarlo, por ejemplo, en los muestrarios o knollings, que fotografían con maestría 1924us, con su material de dibujo o Laura Ponts, en su variante foodie. Ahora busco el plano natural (a la altura de los ojos, tridimensional), el picado y el plano aberrante (ladeado, en ángulo). De todo se aburre una.  No me subo a una escalera, ni coloco los objetos en el suelo, porque no lo hice así desde el principio, y ahora me he acostumbrado a usar alturas cómodas.

4.- En ocasiones, planifico las fotos. Si me aburro en el metro, o en cualquier sitio, trazo un pequeño dibujo esquemático como punto de partida. De esa manera tardo muy poco luego en hacerlas.

5.- Pero no las fuerzo: no compro flores, ni macarons para las fotos (aunque lo cierto es que casi siempre tengo flores frescas en casa, bien lejos del alcance de Rusia). Empleo lo que he cocinado comprado o encuentro por medio ese día. A veces sobre la mesa se aburre durante una semana un objeto o una barra de labios, hasta que le encuentro el momento adecuado en la foto correcta. O parto de la laca de uñas que llevo. O de la fruta que me he traído del huerto de mis padres.

6.- La laca de uñas  no es una mención casual: en la inmensa mayoría de los bodegones, mi mano, o al menos un dedo, aparecen en uno de los ángulos. Es casi una marca de la casa, una firma.

7.- Como a casi todo en estos momentos, intento darle un uso terapeútico a los bodegones. Me ha permitido revisar mi menaje, los pequeños adornos domésticos, y otra infinidad de cacharritos de decoración más. Como soy una acumuladora profesional (a Marie Kondo le daría un jamacuco conmigo) me viene muy bien remover qué tengo y qué no y darle uso, tirar aquello que me trae malos recuerdos, pasar un paño y ordenar de nuevo y, por supuesto, jurarme que intentaré simplificarlo todo. Y lo cierto es que disfruto mucho más de lo que tengo.

8.- Procuro ser original, aunque hay modas, y una no es impermeable, existen productos de temporada (estamos abandonando los tulipanes y comienza la epidemia de las peonías), y, sobre todo, la influencia de los estilistas realmente buenos es tremendamente contagiosa. Tras ver las preciosas tostadas de Sandra Van den Broek solo quiero troquelar pechuga de pavo y fotografiarla. O se manifiesta de otras maneras: veo las geniales locuras que se le ocurren a EleMentaFresca con un clip y unas pajitas de refrescos o que Laura Ponts (la menciono de nuevo porque tengo muy reciente su libro Art Foodie) incluye letras en sus composiciones y paso de la admiración a la envidia resentida (por qué no se me ha ocurrido eso a mí antes), de ahí al berrinche, luego a la depresión, y finalmente  a asumir que una hace lo que puede con el material y el talento a su alcance.

9.- Lo que el ojo ve no es lo que la cámara ve. Aunque no hago demasiados cambios de objetos y atino con lo que quiero en volumen y color, casi siempre tengo que rectificar la distancia y el ángulo entre ellos. No uso filtros predeterminados, pero sí edito y corrijo algunos de los valores de la fotografía.

10.- Me divierto, disfruto durante el ratito en el que preparo y saco la foto. Esa es la razón por la que comencé con los bodegones, y por la que continúo. Si lo que muestro es un libro, me parece una bonita manera de rendirle homenaje. Si se trata de cualquier otro objeto, apreciar su color, su packaging, o su diseño es otra manera de valorarlo. Otras veces, me sirve como excusa para contar una historia. Sea como sea, es un momento que ansío, que preparo y que me aporta felicidad en sí mismo. Si además les gusta a quienes lo ven, ¿qué más puedo pedir?

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En este caso rescaté un dibujito que había hecho en el que mi inicial, la E, destacaba en un plato decorado, sobre una tela o un papel rasgado, y unas flores sueltas en colores similares. Jugué con varios platos y bajoplatos, probé a sustituir las flores por las cuentas de un collar roto, y finalmente eliminé el papel, y no separé los iris. Me pinté las uñas con un esmalte de OPI. La letra de chocolate es de Hema.  También había una F, pero me la comí. Están riquísimas. El vestido bordado lo compré en Niza.

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En los últimos tiempos la pregunta ¿Quiénes crees que son tus seguidores? ha sustituido a la de ¿Quién crees que es tu lector? En estos momentos cualquier persona puede obtener un número de seguidores impensable para un escritor, y conocer sus característica como nunca en un pasado predigital.

Sin embargo, para mí el misterio de quién me lee o quién me sigue continúa; me interesa más saber qué mueve a alguien a darme su favor que el perfil de esa persona, que, por otra parte, en mi caso, continúa siendo muy variopinto. Hombres y mujeres, de una franja de edad inusualmente amplia, con aficiones y procedencia geográfica muy diversa. Alguien que se identifica con la diversidad de temáticas y de intereses, mi itinerancia (nacida en el País Vasco, de familia gallega, residente en Madrid, viajera impenitente…) y un discurso que intenta ser incluyente y  movido por la curiosidad.

¿Funcionan los hashtags? En ese caso, en los míos pesarían la literatura y la formación, siempre los libros y el arte, la cultura, la naturaleza y los animales, la moda y su relación con la sociedad, la cosmética, la belleza, (física y abstracta), los viajes, la gastronomía y…

Es decir, nada demasiado original, pero tampoco con un enfoque mayoritario. ¿Por qué, entonces, tengo la satisfacción de ver que mis seguidores suben de día en día, dónde está el truco? Eres escritora, me dices, no sois atractivos para las redes. ¿Por qué a ti te va bien?

Creo que se debe a que durante toda mi vida he contado historias, y que los nuevos medios necesitan crear contenidos. A diferencia de en los textos literarios, o en las columnas de opinión, puedo jugar con el humor, puedo mostrarme gamberra o hablar sin prejuicios de temas considerados frívolos. Hago que mis gatas participen, recomiendo un rimmel o muestro una prenda, me río de mí misma o muestro la parte teatral y solemne que siempre he necesitado. Creo que transmito que en mi vida hay coherencia en mis aficiones, que se entrelazan y forman parte de mi creación y de mi obra. E intento todo eso con el máximo respeto por quienes me siguen, tanto nuevos como veteranos.

No soy tan superficial como para fingir que los seguidores no tienen importancia: en un momento como éste, en que el caprichoso mundo de las comunicaciones y las editoriales se muestran más volátiles que nunca, el crear un vínculo directo con quienes te siguen resulta de vital importancia. Ellos son la diferencia entre el abismo y continuar atrayendo el interés de editores, medios de comunicación y marcas. Yo vivo, como siempre he hecho, de mi trabajo. Y sin personas que deseen escucharlo, leerlo o verlo, carezco de sentido.

Por eso mimo y cuido todo lo que puedo a quienes se acercan a mis redes, en particular, a Instagram. Devuelvo likes y comentarios, cuando puedo. Procuro responder a las preguntas que se me hacen. Soy muy clara respecto a la atención negativa, que no premio nunca, y mucho menos los insultos o provocaciones. Intento sorprender con mis textos y darles pie a ellos en cada foto para que se expresen. Intento aprender cada día un poco más de fotografía, para que mis imágenes aporten algo; sigo y admiro a los mejores en bodegones, estilismo, creatividad, moda o paisajes. Yo misma hago y compongo mis bodegones, y decido y planeo la mayoría las fotos en las que aparezco. Cuido con esmero mi atuendo y mi apariencia, porque a través de ellas construyo una identidad con la que continúo luchando; si gusto, es mi mérito. Si no, mi entera responsabilidad.

Creo que resulta vital el que muestro con honestidad las luces y las sombras de mi vida, y dejo claro lo que no se ve de los triunfos, y lo necesario que es salir de los baches. Siempre muestro mi mirada.  No hablo de lo que no sé, ni recomiendo lugares, libros o productos que no he probado. Agradezco de corazón los elogios, pero no soy sensible a la adulación. Tengo mi punto de locura y de extravagancia, y lo disfruto. Intento ser feliz. Siempre me gustó la fotografía, y desde que mi hermana me empleaba como modelo para su primera cámara, cuando yo tenía 5 añitos, me he divertido ante un objetivo. No pretendo ser lo que no soy; pero lo que soy, está ahí, y no creo que deba pedir disculpas por ello.

Esas son las claves que sigo, y las satisfacciones que obtengo son tan enormes que deseaba compartirlas, por si a alguien más pueden resultarles útiles: no hay atajos. Pero mi camino ha sido este.

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Para hablar de seguidores rescaté unas fotografías de mi estancia en Clermont-Ferrand; en ellas llevo jeans negros de Blanco (la ironía es evidente) y una chaqueta bordada con abalorios de Stella McCartney para HM.  El jersey de cuello alto (o cisne, por continuar en plan irónico) es de la misma marca. Llevo zapatos abotinados de charol de Paco Gil y un bolso de mano de Gucci. Uñas oscuras de OPI y maquillaje de L’Oréal Durante esa sesión, que comenzó con mis inocentes paseos por el parque ante la cámara me vi involucrada, sin comerlo ni beberlo, con una pareja de cisnes que decidieron salir del agua y comenzar a seguirme. Yo esperaba, ellos esperaban. Yo avanzaban, ellos también. Cisnes, obviamente, con buen gusto, que reconocieron en mí toda una serie de virtudes… ¿O serían haters que decidieron boicotearme las fotos? Ya nunca lo sabremos, pero eran tan monos…

Yo (no) trabajo desde casa

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Una pregunta que se le formula a menudo a los escritores tiene que ver con cómo se concentran o trabajan en su casa, en su despacho. Cada cual responde lo que le parece, según el grado de personaje, sinceridad o misterio que deseen transmitir: mi realidad es que raras veces trabajo en casa, salvo en los momentos en lo que finalizo libro (y no siempre). Como en todo, en la vida literaria existen picos y valles, que coinciden con ferias, días del libro, cursos de verano o promociones.

Aunque las cosas han cambiado drásticamente tras la crisis, para mí fue imprescindible el aprender a concentrarme de manera rápida e intensa en casi cualquier circunstancia. En los buenos viejos tiempos en los que escribía columnas de opinión semanales los imprevistos eran constantes. Recuerdo dictar una, por el móvil, desde la Terminal 4 del Adolfo Suárez de Madrid, minutos antes de embarcar, porque por algún azar no había llegado. Y escribir otra contrarreloj en la garita del portero de un instituto; la responsable había borrado, por error, mi columna, y no llevaba el ordenador encima. El grueso de mi trabajo diario no consiste en escribir: es más bien el resultado. Las lecturas previas, la reflexión, la información, el estudio, los encuentros con estudiantes y lectores, el preparar clases y cursos, y conferencias y ponencias, y, en mi caso, mi vinculación con marcas y otros proyectos, se llevan gran parte del tiempo. Por suerte mi carácter se adapta mejor a periodos intensos y breves de trabajo.

Cuando hace unos años asomó la amenaza de crisis, a raíz de mi libro Mileuristas me pidieron que impartiera unas conferencias sobre el trabajo a distancia, la eficiencia o no que suponía, y si, al fin y al cabo, resultaba rentable para el empleador. Si los medios tecnológicos estaban a la altura, por facilidad y por acceso, y si psicológicamente existían beneficios. Mis conclusiones fueron al mismo tiempo positivas y bastante devastadoras: la mentalidad de trabajo de mi país no se adaptaba con la suficiente rapidez a los cambios a los que nos enfrentábamos. La idea de no supervisar constantemente al trabajador ponía muy nerviosos a algunos jefes, y en especial a mandos intermedios cuyo cargo se justificaba con añadir presión al empleado. Costaba creer que las jornadas de trabajo podrían tener una flexibilidad mayor, y, sobre todo, no alargarse innecesariamente. Se dinamitaba gran parte del peloteo, al eliminarse las ocasiones de los cafés, las partidas de golf y las copas o los cotilleos tras el trabajo. Aunque todos estábamos de acuerdo en que se favorecía la conciliación, y que mejoraba la atención a personas mayores, discapacitados o niños, se revelaba una inusitada resistencia, por parte de los varones, sobre todo, a asumir esa responsabilidad.

Fueron unas conclusiones sorprendentes, sí, pero que adelantaban lo que ocurrió: de manera general se mantuvo el marco convencional de trabajo, y fueron las nuevas empresitas, pymes o emprendedores los que, a la fuerza, comenzaron a producir, distribuir y darse a conocer de otras maneras, en las que las redes sociales y las nuevas tecnologías han resultado esenciales. Por lo tanto, cada vez más personas trabajan como lo hacemos la mayoría de los escritores que yo conozco, como sus propios jefes, por lo general, malos jefes, obsesionados por una productividad que no se alcanza, en realidad, nunca, con jornadas inacabables, noches sin dormir, aumentando hasta lo ridículo pequeños problemas y con dificultades para distinguir el tiempo libre del tiempo de trabajo. Qué suerte, ser tu propio jefe es una de esas preguntas que deberían servir de atenuantes en caso de agresión por sillazo en la cabeza. Sin embargo, las ventajas que enumeré antes, si se logra ser sensato, continúan intactas. Y se une otra, un pobre consuelo, en realidad. Los empleados por cuenta propia, los que trabajan en casa, o donde sea, a salto de mata, serán los pioneros de toda una generación que trabajará así.

De hecho, cada vez más empleados por cuenta ajena están descubriendo que deberán adaptarse a una flexibilidad mental, espacial y temporal mucho mayor que la que tenían.

Me gustaría hablar otro día de la productividad como imposición, y de los problemas psicológicos que conlleva, pero creo que ya me he extendido lo suficiente. Ánimo y sensatez, horarios y prioridades, son las cuatros claves para que la manera de trabajar sin horarios, ni supervisión, ni espacio fijo sea sana y provechosa. Y pasión: sin ella, nada, con ella todo merece la pena.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALa especie de juego de las sillas que muestran las fotografías es real: muchas veces comienzo en un lugar que me parecía agradable y finalizo en cualquier otro, por las corrientes de aire, la mala luz o el ruido. Las fotos fueron tomadas en la Residencia Universitaria de Clermont Ferrand, mientras anotaba algunas ideas para relatos, (que acabé por ser rechazar, todas menos una, que es bastante buena), me estiraba para que mi espalda no acabara hecha un ocho, descansaba un poco, escribía algunas claves para mi nueva web y de vez en cuando me acordaba de mirar a cámara.

El atuendo era muy informal, unos jeans negros de HM, y un top de Zara de gasa bordada que me encanta. Un poco largo para ser un crop top, pero corto para ser un top top como Dios manda. Descalza, que es como estoy casi siempre por casa, y muy contenta, como casi siempre que me siento con ideas y energía. ¿Sois vuestro propio jefe? ¿Os gustaría serlo? ¿No, por favor, gracias? Siempre me resulta interesante saber de los trabajos de los demás. Con el mío ya os vais familiarizando.

Con los pies en el suelo

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En mi caso, ha sido una novela: pero la sensación de fin de etapa, de un esfuerzo enorme que, por fin, llega a su término, y que trae con ello tanto alivio como vacío es una experiencia relativamente habitual. Tras un exámen duro, o unas oposiciones preparadas con mucho ahínco. Cuando se espera el resultado de una sentencia, cuando se obtiene un divorcio, o una anulación matrimonial, cuando nos dicen, por fin, que podremos adoptar a ese niño, cuando finalizamos un tratamiento duro, o incluso tras una pérdida dolorosa, llega el momento en el que los pies deben tocar el suelo.
Porque el proceso de encontrarse sumida en algo absorbente, con su parte dolorosa y su lado placentero, conlleva, en sí mismo, una evasión. La cabeza se ocupa a medias de otras cuestiones: se posponen decisiones, se anulan áreas de la vida a la espera de que finalicemos lo que tenemos entre manos. De una manera u otra, estamos viviendo en un estado de excepción. Y el regreso a la normalidad, si se hace bien, ha de ser progresivo, como una evaluación de daños.
Sé que con otros libros no fui tan cuidadosa: apenas había puesto fin a uno, estaba ya a medias con otra. No me permitía tiempo para recuperarme, ni para pensar. Con esta novela (tan larga, tan dura, tan dificultosa) he querido cambiar eso. He tomado conciencia de que, psicológicamente, acabo con un periodo extenuante. Como primera medida, acudí a mi fisioterapeuta. Me confirmó que la espalda, tras las horas sentada, y las malas posturas, había padecido mucho. Ha sido el recordatorio de que debo retomar el ejercicio, y sobre todo, la rutina que mi escoliosis necesita para no dar problemas.
Fuera han quedado los pequeños caprichos de consuelo que me permitía mientras acababa la novela: frutos secos, algo de chocolate. Ya no hacen falta. Y los pensamientos que ya no hacen falta, fuera también. ¿Has mirado? ¿Has comprobado? ¿Has corregido? Regresan como un eco, de vez en cuando, y son inútiles: me advierten de defectos o me ponen en una tensión innecesaria.
Llega el momento de pisar el suelo de nuevo, con los dos pies, plana y consciente, para pasear, por ejemplo, ese lujo impedido por el trabajo. De visitar librerías y ver las novedades y comprobar si es el momento de comprar alguna edición bonita de algún clásico. De tomarse un y un pedazo de tarta en alguna parte, sin la urgencia de que hay poco tiempo y hay que…
No suelo usar zapato plano, en parte por coquetería (no soy una mujer alta) y en parte porque me resultan incómodos (tengo el pie muy cavo, y muy pequeño, y me conviene algo de tacón: algo no suele ser lo que llevo, las cosas como son). Sin embargo, hacía tiempo que quería probar hacerme con algún par de las Mislita shoes, unas slippers fabricadas en España en su totalidad, con métodos artesanales, que prometían varias cosas.
La primera de ellas, la comodidad: lo son, son comodísimas, adaptables y funcionales. La segunda, su originalidad: sus estampados y coloridos se dirigen a valientes. Las que muestro en este look son las Shirin Green, consideradas por su diseñadora las más atrevidas. Que no se diga que una se achanta. La tercera, su uso de referentes femeninos: cada par recibe el nombre de una mujer relevante: Shirin Ebadi es premio Nobel de la Paz 2003. Ha sido la primera mujer musulmana en conseguirlo, en atención a sus desvelos por los derechos de niños y mujeres, un tema que me resulta particularmente cercano. La cuarta, el cuidado artesanal por el detalle, que se adivina en todo: desde la caja al papel de seda que las envuelve, hay un mimo y un cariño excepcional. Hay una quinta, que es la donación de parte del importe de cada par a la Fundación Aladina.
Creo que resulta importante apostar por productos así: por los valores que representan, y por el esfuerzo que se adivina detrás, por el proyecto creado por unas mentes que han querido salir de lo previsible, y proponen una opción distinta que, en mi caso, encaja perfectamente con los valores que defiendo. Es importante que el consumidor, dentro de lo que elige, premie determinadas osadías. Salirse de los moldes supone un esfuerzo duro, pero que merece la pena si el resultado es único.
Yo sé cuándo entro en La Central de Madrid, que se encuentra muy cerca de Callao, pero no cuando salgo. Como un baño relajante, como un tratamiento en un balneario, no quiero que llegue el momento e salir. Llega, tras el esfuerzo, la necesidad de estructurar de nuevo mi vida, y de plantearme prioridades: tras esta novela, y no son palabras vacías, se acercan retos nuevos. Una reforma a fondo de mi web, una atención más uniforme a las redes sociales y a cómo me permiten conectar con los lectores, nuevos textos, desde luego, nuevos viajes y colaboraciones inéditas. Y un propósito que me costará cumplir, pero cuya importancia conozco: no abrir frentes nuevos hasta que no haya cerrado los que aún están activos. Es decir: mantenerme un poco alejada de los tacones y las nubes en la cabeza, y seguir con los pies en el suelo.

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Acompañé mis Mislitas con un vestido negro, de corte clásico, pero con unos remaches de metal, de Mango. El esmalte de uñas es de OPI. En esta ocasión, el maquillaje y la peluquería corrieron a cargo de Myriam de Prada, que es una estilista maravillosa, y los mil libros, libros, libros, se encuentran en la Librería La Central. Si estáis en mitad de un proceso similar al mío, no olvidéis que acabareis, y que, al mismo tiempo que para el resultado, debéis prepararos para los que se avecina después. Suerte.

Congreso en Nueva Delhi

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Me hubiera gustado acompañar esta entrada con unas maravillosas fotos en Nueva Delhi, quizás en algún jardín solitario y bucólico: pero yo viajaba a cargo del Instituto Cervantes, es decir, con dinero público, y lo coherente era hacerlo sola, y en clase turista; y sin mi fotógrafa y mano derecha, Nika Jiménez, no era viable.  Aún así, pese a que fotografiáramos en España, quiero contaros las conclusiones del Congreso Literario al que asistí, “Conversaciones en la frontera”.
La idea era que un puñado de autoras europeas nos uniéramos a escritoras indias, y conversáramos sobre sociedad, creación y, sobre todo, las mujeres. La realidad de todos nuestros países es compleja, y en ocasiones contradictoria; en algunos, entre ellos España, aún afrontan retos importantes, incluso básicos.
Quisiera contaros algunas de las frases que se dijeron, y que a mí me parecieron relevantes; no puedo reflejar todas, por desgracia. Las dejo ahí, para que penséis sobre ellas, hombres y mujeres, y decidáis si estáis de acuerdo con ellas, o no.
En la primera mesa redonda, “Mujeres viajeras, las  nuevas ciudadanas globales”, Sonia Serrano (Portugal) expresó que asociamos las imagen de los grandes viajeros a hombres: Ulises, Marco Polo, Cristóbal Colón… pero que las viajeras tenían acceso a casas particulares o a la realidad de mujeres vedadas a los varones. Su visión era y sigue siendo necesaria, pero, paradójicamente, muchas mujeres no pueden viajar, mucho menos, solas, y hay muchos países que advierten del peligro de hacerlo (entre ellos, la India, por cierto).
Francesca Marciano  (Italia) indicó que aprender una nueva lengua es una manera de rebelión, de romper con los orígenes y de querer conocer otras maneras de ser. Hay términos o conceptos que se encuentran en otros idiomas, no en el nuestro.
Mriral Pande (India) recorrió su país en programas de educación sexual y prevención contra el Sida y se encontró con problemas de lenguaje: para comenzar, el país que dio origen al Kamasutra no exitían palabras populares que se refirieran a los genitales que no fueran groseras. A las mujeres les daba vergüenza usarlas. Las clases desfavorecidas, literalmente, no entendían el idioma en el que estaban escritos los folletos, el empleado por los brahamanes. En la India, trabajar por la salud sexual pasa por crear un lenguaje positivo sobre el sexo.
Muriel de Saint Sauveur (Francia) despertó una gran envidia cuando manifestó que ella había crecido en una Francia que daba por hecho que podría hacer cualquier cosa; fue al viajar cuando descubrió realidades que creía superadas, y comenzó a escribir para expresar su desacuerdo. Miembro del Foro Mundial de las Mujeres, en sus investigaciones y llega a conclusiones como que las prioridades de las mujeres, fueran madres o no, eran la educación, los niños y mejorar las condiciones de sus familias. Tres temas de segundo plano en quienes se ocupan de temas mundiales. Dijo que no habría ni que aclarar que defender los derechos de las mujeres es defender los derechos humanos.
La segunda mesa, “Cultura pop y feminismo en las nuevas tecnologías” me resultó particularmente interesante. Jasna Strick (Alemania, y la más joven… solo 26 años) explicó que las amenazas que recibe por ser una activa feminista demostraban el debate que mantenía sobre ello su país. Según ella, ciertas discusiones no deben reducirse al ámbito de internet, sino al plano real.
Paromitha Vohra (India) indicó que las redes sociales permitían un tipo diferente de activismo para todos, incluidas las mujeres, y que también permitían defender o apoyar a mujeres en la distancia. Es más, dijo que el anonimato en internet podía ser muy creativo para atacar o defenderse. También dijo, y me encantó su perspectiva, que permitía una expresión inédita de qué querían y cómo querían mostrarse las mujeres, sin intermediarios, y enormes posibilidades de realizar proyectos artísticos. Por ejemplo, juzgar los selfies femeninos como pura expresión de vanidad limita sus posibles sentidos, desde la aceptación de quién soy y cómo deseo ser vista a la frivolidad. La vanidad femenina está prohibida: la belleza nunca puede ser admitida por una misma: parece que tengan que ser los otros quienes la reconozcan.
Bee Rowlatt (UK, mamá de 4 hijos que estaban allí, escuchándola) afirmó que un problema de las redes sociales es que se desconoce a qué enemigo nos enfrentamos ni su enemigo real. Tampoco es nuevo: Mary Wollstonecraft, por ejemplo, fue en su época acosada y vilipendiada por sus ideas.
Las tres coincidieron en que las mujeres tienen menos acceso y menos conocimiento de tecnologías, y que enseñarles a manejarlas, sobre todo a las mayores, porque eso les permitía desde un puesto de trabajo, a que conocieran información por ellas misma, sin filtros de otros.
La tercera mesa, la mía, era “Escribir en el s. XXI; mujeres del renacimiento”. Elisa Brune (Bélgica)dijo que cuando ella crecía la lucha por la igualdad estaba casi conseguida, y que buscó otro terreno para hacer algo, como el estudio del placer en las mujeres. Descubrió con sorpresa que el acceso al placer femenino era muy difícil en todos los países, y está muy lejos de lograrse incluso en lugares con alto grado de democracia y cultura.
Anna T. Sabo (Hungría) contó que la memoria escrita era un reino de hombres, y la oral, de mujeres, de ahí la importancia de que las mujeres dejen su vida por escrito, como legado.
Annie Zaidi (India), ha recopilado 2000 años de literatura escrita por mujeres. Abundaba la literatura religiosa y espiritual que reivindica la huida de las pesadas tareas domésticas. Otro tema recurrente era la lucha por acceder a la educación, algo muy complicado de conseguir, y muy fácil de perder.
Y yo, (España) hablé un poco de todo. Dije que un viaje no permitía una vuelta atrás: somos el resultado de lo que hemos sido,  y no podemos negarlo. Que una vez sufrida una experiencia vital extrema no se puede volver atrás: a lo sumo, puede olvidarse, y eso no trae nada bueno ni al individuo ni a la sociedad. Que yo no solo quería ser un personaje en manos de otros, sino una voz. Dije que aquello no expresado con la palabra lo gritará el cuerpo. La palabra sana, cura y repara. Que la belleza continuaba siendo un problema para la mujer: mal si se tenía, mal si no se tenía. Y que necesitábamos más ejemplos, más roles para las niñas y las jovencitas, que se las escuche y que no solo se las vea.
¿Os hubiera gustado participar? Yo he regresado llena de ideas y de ganas de trabajar, de expresarme mejor y de romper mis límites.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Para hablar precisamente de empoderamiento he escogido este vestido de flecos verde de HM, edición especial,  con complementos dorados: los zapatos de Paco Gil, el collar regalo del pintor Juan Adriansens y su esposo, pendientes de oro y un maxianillo de zirconitas que compré en Italia . Llevo una manicura irregular de Essie, y maquillaje de Chanel.

Las fotos fueron sacadas en el Parque de Eva Perón, en Madrid. Y, un paso tras otro, reforzada por lo aprendido, quiero seguir adelante.