Atardecer

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El atardecer más bello no fue aquel del primer beso, ni el que tiñó el cielo de nubes rosadas y violetas y en el que durante unos largos minutos de Julio se suspendió el tiempo. Esos fueron días hermosos, sí, que alegrarán el alma en la oscuridad del invierno. Inolvidable también aquella tarde en la que, por primera vez, nos asomamos al mar en soledad, como quien se asoma a un espejo al que no nos miramos desde hace mucho tiempo.

Pero no fue el más bello.

Tampoco lo fue el que comenzó con una fiesta que no prometía nada y terminó en amanecer, ni el de la última tarde de vacaciones; no lo fue el que inició aquel romance, ni el de la pedida de mano.

El atardecer más bello fue aquel que nadie esperaba, ni el más luminoso ni el más cálido. Pasó pronto: quizás estábamos con la mente en otra cosa. Entonces, de pronto, nos detuvimos y miramos al cielo. Estábamos allí, estábamos vivos en mitad del torbellino, pese a todo. Con el dolor y con la esperanza, con esa lucidez extraña que da la conciencia del presente.  Allí estábamos, mientras el sol descendía. Todo se ordenó por un segundo. Y supimos, sin tener del todo claro cómo lo sabíamos, que todo estaba bien, que no olvidaríamos ese instante de plenitud sin palabras, de reto a la eternidad.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En ese atardecer vestía un vestido vintage de gasa color aguamarina, con pasamanería roja y blanca, unas pulseras en los mismos tonos de Blanco y unas avarcas menorquinas de la firma Ria, doradas y con una cuña alta.

Las fotos fueron tomadas en Isabella Menorca, una de las terrazas más bonitas y con mejores vistas de la isla.

 

Anuncios

Días de mar y oportunidades

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En la película Brooklyn, basada en la novela del mismo nombre del escritor Colm Tóibín, la joven protagonista, Eilis Lacey, una muchacha brillante, no encuentra trabajo en la deprimida Irlanda de 1950, y emigra a EEUU, donde se instala en el barrio de Brooklyn. Cuando regresa a su pueblo, se trae con ella un traje de baño de lycra que causa sensación entre sus amigos: el spandex, esa milagrosa fibra sintética, había aparecido para cambiar la historia de la moda y de la tecnología de los tejidos de la mano de los laboratorios DuPont de Waynesboro, Virginia.

Lo que la jovencita irlandesa vive como una liberación, como un gesto de progreso, ha traído por la calle de la amargura a infinidad de mujeres; el traje de baño, o el bikini dejan de asociarse al sol, el agua, el mar o la diversión a una edad muy temprana. Los psiquiatras alertan que la conciencia física de ser adecuado o no despierta en los niños, y en particular en las niñas, a una edad cada vez más temprana, y que la sensación de avergonzarse al ser visto en público en traje de baño se registra independientemente del pudor o la timidez: tiene que ver con sentirse o no hermosos.

No hablaré hoy de los trastornos de la alimentación, que son la manifestación más dolorosa de ese malestar generalizado: aquí quiero limitarme a quienes, sin más, evitan el momento del traje de baño, se cubren, se tumban en la hamaca, se observan en el espejo con disgusto.

Existe un concepto llamado en inglés body shame, o vergüenza corporal. Parte de un hecho muy sencillo: las mujeres contemporáneas no odiamos nuestro cuerpo sin razón. Nos han enseñado, de una manera constante e incluso agresiva, a hacerlo. Además de la imágenes que bombardean de una manera constante con el canon de belleza ideal, existen otras que muestran cómo no se debería ser: el juicio al cuerpo de la mujer, y el análisis despiadado que decide que está gruesa, demasiado delgada, vieja, arrugada, carente de gusto, operada, no se limita, como antes, a revistas de gran distribución y baja calidad, o a programas de cotilleo: han contaminado las redes sociales, los comentarios en prensa, y las conversaciones en el día a día. Esos comentarios, a veces dirigidos de manera directa a la mujer en forma de insultos o de consejos denigrantes (tápate, a ver si te cuidas, qué edad crees que tienes, deja de comer, a ver si te comes un bocadillo, con esos pies yo no me ponía sandalias, anoréxica…) fomentan y alientan esa vergüenza corporal.

Como resultado, muchas mujeres obedecen tácitamente esas normas de control: hacen lo posible para que su cuerpo no les resulte no ya agradable, sino no vergonzoso. Sin embargo, la lista de lo que fomenta el body shame es interminable: la celulitis, las estrías, la flaccidez, el tamaño de cada miembro, el vello, las varices, la textura de la piel, las pecas, las manchas. Al fijar de una manera tan detallada la atención en cada pequeño rasgo, el cuerpo deja de ser percibido como una unidad, que tiene gracia, atractivo, o sentido en toda su extensión, con la voz, el gesto, la personalidad o los movimientos.

Solo alguien muy superficial consideraría este fenómeno como superficial: cuando un porcentaje tan amplio de población se encuentra a disgusto en su piel, y esa emoción se encuentra potenciada no solo por quienes encuentran intereses económicos en ellos, sino que la custodiamos y controlamos y potenciamos entre nosotros, es tiempo de abandonar la reflexión y comenzar a cambiar actitudes y frases.

De nada sirve el esfuerzo de intentar la aceptación de nuestro cuerpo si al mismo tiempo continuamos criticando los de los demás. No resulta coherente.  Ya no basta echarle la culpa a ese fantasma sin rostro que es la sociedad. En las manos, o en las voces de cada uno, se encuentra la posibilidad de atajar el body shaming, de no formar parte de él, de analizar por qué, cuando duele tanto ser criticada, entramos con tanta facilidad en la crítica, incluso en justificarla con frases como: es un personaje público, nunca se va a enterar, si pone esa foto es para que opinemos, no la soporto, o con el dinero que tiene, podría

Yo misma no he sido ajena a la feroz crítica ante el espejo con que he juzgado mi cuerpo; durante años no vestí un traje de baño, ni un bikini. A la desmesurada exigencia de perfección se unía una creencia muy generalizada: las mujeres con una profesión intelectual, o al menos, seria, no tenemos cuerpo. Mi experiencia, por desgracia, es que ese prejuicio continúa vigente. Hay quien cree que resta seriedad a cualquier pretensión de profesionalidad, o quien se siente genuinamente ofendido por fotografías o atuendos que consideran propios de actrices o modelos, pero no de alguien que se dedique a la literatura.

A estas alturas del partido, miro atrás y siento cierta lástima por esa chica más joven, tan deseosa de cumplir con tantas exigencias, de hacer las cosas bien, de evitar críticas que llegarían, inevitablemente; nunca seré joven de nuevo, ni siquiera ahora que ya no soy precisamente joven, y cada oportunidad de divertirme, de ser un poco dichosa, no se repetirá. Bien está lo que se vivió. Pero mejor estará lo que quede por vivir.  OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

La primera ocasión de vestir un bikini este año llegó en Menorca, a bordo del Siau Qui Sou de Adamastor1967, un precioso barco en el que recorrí algunas de las calas y las playas de la isla. Los dos modelos que llevo son de la marca Rosa Faia. Tienen muchísima experiencia en lencería y son excelentes corseteros, en especial para mujeres con curvas, prendas pre-mamá… y trabajan una gran diversidad de copas; la diferencia entre un bikini con un sujetador de triángulo, bonito pero con poca o nula sujeción, y una copa bien adaptada la valorarán quienes lo prueben.

El bikini negro tiene unos pequeños apliques de metal muy ligero en los tirantes. Lo encontráis aquí. La referencia es  L5-8799. Lo he combinado con este poncho, que es ligerísimo y se puede usar de varias formas.

Respecto al traje de baño (recordad: aquello con lo que nos bañamos es un traje de baño: bañador es la persona que se encarga de bañar a otros) me fui al otro extremo, al color y el estampado cítrico. Podéis verlo aquí. En este caso, el pareo, en gasa azul en tono  degradado era este. Las pulseras son de Blanco, y las gafas de sol de Musthave.

Es importante no olvidarse de la protección solar, que en mi caso era +50 de Lancaster, y de hidratarse a menudo. Y de comerse el mundo: hay pocos días de sol, mar y oportunidades, y no hay que desperdiciar nada de todo eso.

Sed buenos… si podéis

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Así como tengo mis reservas con los adultos, y por los niños siento simpatías o antipatías instantáneas, los adolescentes me gustan todos, sin excepción. Desde luego, eso me ocurre ahora que por edad podría ser madre de un par de ellos. De adolescente, de hecho, los observaba como un entomólogo a un mosquito tigre.

Salvo que los profesores me indiquen lo contrario, en mis encuentros o charlas con adolescentes no centro el discurso únicamente en la literatura: hace algunos años los programas de animación a la lectura permitían que los chavales trabajaran con cierto tiempo algunos textos. Las posteriores reformas educativas no solo han limitado las horas de literatura en el instituto, sino que han acabado casi por completo con los encuentros con los autores. Ante esos hechos consumados, intento transmitir a los alumnos un mensaje que pueda calarles a medio plazo, y que trate valores como el esfuerzo, la necesidad de formarse, la vocación, y el amor por la lectura y el lenguaje.

Siempre abordo el tema de los trastornos de la alimentación, y del acoso. Nunca podré olvidar que yo sufrí uno cuando tenía su edad, y que el desencadenante fue, precisamente, la presión que unos adultos ejercieron sobre mí. No les oculto a las niñas el que la sociedad les presentará mayores dificultades y desafíos, y le animo a que los aborden con valor, y a que busquen referentes y modelos sensatos. Y, en los últimos tiempos, trato siempre el éxito y el fracaso.

En particular, el segundo: una biografía no se compone únicamente de logros. En un momento en el que el bombardeo de historias de triunfos solo se ve superado por la crónica de corrupción y de vergonzosas negaciones de responsabilidades, añoro que se hable de los errores admitidos. De la dignidad. De lo que se aprende de un error, si se acepta y se corrige. De que mantener las apariencias a toda costa conduce a la infelicidad y, en alguna personas, al delito. De la importancia de ser adaptable, dúctil, de lidiar  con la frustración.

Les hablo de los premios que perdí, y de los que sigo perdiendo. De los proyectos que me han rechazado. De la incomprensión ante quienes te odian sin motivo, o te envidian sin conocer que hay pocas razones para ello.  No maquillo la decepción que supone. También añado que si no fuera por lo que no sale como espero, no rectificaría, ni aprendería gran cosa.

Y les intento transmitir que, pese a todo, los esfuerzos merecen la pena y se ven recompensados en muchas ocasiones. Que intenten ser buenas personas; o, como decía San Felipe Neri, que lo sean si pueden. Eso será más de lo que muchos adultos hayan logrado.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERAMe pareció que algo tan angelical como los errores de carácter, o el Santo Neri (patrono, por cierto, de los docentes y de los humoristas, que nació el mismo año que mi Santa Teresa y fue además canonizado el mismo día que ella) debía acompañarse de un vestido blanco. Creo que nunca tendré suficientes vestidos blancos. Es un Diógenes parcial, específico y textil, que no parece de fácil curación, al menos mientras existan vestidos tan bonitos como éste de Mango.

Con su talle bajo, está cuajado de encaje y tul, lo que le da cierto aire a los años 20. Eso significa un extra de belleza y sofisticación, pero también que nos olvidemos de ceñir silueta o marcar cintura.  Como el protagonismo de la tela resulta evidente, solo añadí unos brazaletes azules, unos peep toes de Paco Gil, y unos pendientes de cristal. Me pinté las uñas con un esmalte nacarado de OPI y, ya que el día que saqué las fotos soplaba un viento gris en Alicante, me recogí el pelo con una trenza. Puede que no sea buena, pero tengo aspecto de serlo…

De romances va la cosa

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

¿Y por qué en tu blog, si eres escritora, casi no hablas de literatura? Precisamente, porque es mi blog, y hablo de lo que se me antoja, y va a peor, porque me voy soltando, me voy soltando. Y porque después de tantas horas y tantos años dedicados a la literatura, a veces apetece tratar de cualquier otro tema…

Pero hoy, por listos, toca entrada literaria. Porque es Lunes de Pascua, de Pascua Florida, un día festivo en muchos lugares, de celebraciones familiares, reencuentros de padrinos y ahijados y alegría por la llegada de la primavera y el triunfo sobre la muerte. También día de sufrimiento hepático: el ayuno forzoso de la Cuaresma, que incluía carne y huevos, llegaba a su fin, y los huevos, primorosamente cocidos o conservados en cal durante ese tiempo, se regalaban, se entregaban como pago de impuestos o se devoraban sin tregua.

Pero, a lo que vamos. El Lunes de Pascua marcaba también el momento en que, tras las treguas de los días santos, los caballeros se adentraban en tierras de moros para buscar gresca o ganar renombre. Los romances de cautivas se sitúan en ese día, en el que un mozo aburrido de misas y comidas en familia marcha sobre su caballo a buscarse una chica con la que divertirse, y la va a hallar en las fuentes o los arroyos donde las esclavas se ponían al día con la colada familiar.

Mi preferido es el de Don Bueso, o Don Boiso, que podéis leer aquí,  analizar aquí, o escuchar aquí.

Obviamente, no gozo yo de carácter de protagonista de romance: porque estoy un lunes por la mañana, en un marzo fresquito, lavando a mano en un arroyo la lencería de mi señora, que se me antoja un planazo, y se me acerca un chulito musculado con cota de malla y me dice que me aparte que su caballo tiene que beber, y le falta campo para correr, al corcel y a quien lo traía.

Pero no, comienza el roneo, el cortejo, el jiji jaja en la fuente, y él que si te vienes conmigo, ella que no sé, él que si la va a cubrir de finos paños de seda, morena, y ella ay, y qué hago con la ropa lavada. Que esa es de las típicas frases para quedar bien cuando ya has decidido que te vas con él, porque a ver qué excusa es “¿Y qué hago con la ropa?”. Pero Bueso, que tiene ojo para el traperío, recomienda que se quede con la cara, y que la otra no compensa. Cosa que cualquier estilista aplaudiría.

Vanse, pues, y tras siete leguas de incómodo silencio, la ex lavandera rompe a hablar: que si conozco estas tierras, que si mi hermano era protaurino, que si mi madre venía de muy buena familia… hasta que al chico, al que la pasión se le está bajando por momentos, se le ocurre preguntarle cómo se llama. Lo cual me refuerza en mi idea de que el ternerico con muy buenas intenciones no iba, y que ella tampoco es que tuviera muchas luces.

En resumen: que la chica revélase como la hermana perdida de la familia, que se la llevaron los moros, y mucho no la debieron buscar, porque si la tenían a siete leguas en pleno campo abierto, vamos, a treinta y cuatro kilómetros de distancia, y Bueso la encuentra a la primera que sale de su área de confort, tampoco es que rastrearan la zona a lo CSI. Lo que queda confirmado por la manera en la que la madre recibe, tras años de ausencia, a la recuperada hija. ¿Esta es mi hija? Por Dios, qué descolorida, peínate, que me traes unos pelos, niña… Mamá, que me he pasado siete años en una fuente al aire libre, do caballos beben y con culebras y sin protección solar. Que he estado a dieta detox de berros. Pero la madre, al parecer, ni caso. ¿Y el hermano? ¿Quédase, acaso a la reunión familiar, y a que Rosalía cuente una y otra vez lo mal que lo ha pasado y su trauma? No: antes bien, acuciado por las hormonas, sale de nuevo en la misma dirección, sin duda alentado por el pensamiento de que, si ya ha encontrado a la hermana, con la siguiente cautiva que se tope habrá plan.

Noble e instructivo romance, flor de las letras castellanas, y que dice mucho de la educación sentimental que cristaliza, aún a día de hoy, entre nuestros jóvenes.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En este soleado lunes de Pascua he optado por un look hiperfemenino; una blusa blanca sencilla, con una preciosa falda de tul negro de Gemma Fradera BCN que le da un aire renovado al clásico blanco y negro. Lo acompaño de las pulseras-cadena de oro blanco de Aristocrazy, los zapatos Viuda de Sacha London (inspirados en mi cuento del mismo nombre) y un bolso ataúd con la Union Jack, porque algo gamberro tenía que meter.

Y con esta breve lección de épica costumbrista, pasada por el filtro menedezpidaliano y definitivamente espidizada os dejo que disfrutéis de este radiante lunes.

Los consejos de un Premio Nobel

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

En 1999, después de ganar el Premio Planeta, la revista ¡Hola! me nombró uno de los personajes del año; el exhaustivo reportaje que nos dedicaron fue, sin duda, uno en los que más espantosa he aparecido. Aunque todo estuvo cuidadísimo (el estilismo, el Casino de Madrid, el catering…) la maquilladora, aún no sé por qué error, me transformó en una muñeca artificial. Era muy novata en el tema de prensa que no fuera estrictamente literaria, pero aprendí en ese momento la importancia de una fotografía mal tomada. Algo en lo que, por otra parte, toda la promoción del Planeta fue un master.
Pero, lecciones de imagen aparte, esa sesión inolvidable me permitió conocer a Camilo José Cela. Pese a su fama de devoraniños, fue cariñosísimo y atento conmigo: mucho más de lo que otros escritores de menor renombre y que despiertan más simpatían han sido. Para mi sorpresa, había leído mis novelas, me dio su opinión sobre ellas, y una serie de consejos. Algunos los guardo para mí. Uno de ellos fue que pensara a largo plazo. “Piensa en que escribirás toda tu vida, me dijo, como haré yo, si el Alzheimer me respeta, y que no hay prisa ninguna: en nuestra carrera gana quien perdura”.
Otro, que quiero compartir hoy con quienes me leéis, porque hace semanas que no lo aparto de mi mente, es el siguiente: “Haz que tu vida sea interesante. No para luego escribir sobre ella, quien solo tiene lo que vive para escribir aburre hasta a las ovejas. Sino porque eso te obligará a ser curiosa, a viajar, y cambiar constantemente; eso te mantendrá joven. Y aunque tus libros no tengan éxito, te llevarás esa vida contigo”. Aún me dijo algo más: “Haz lo que quieras, siempre, pero cuidado: eso no significa hacer lo que te de la gana, sino aquello que tu conciencia considere adecuado”.
He pensado a largo plazo desde entonces. He hecho siempre lo que he querido, aunque eso supusiera no ser comprendida, o no serlo en ese momento. Pero a veces se me ha olvidado que mi deber era convertir mi vida, día a día, en algo interesante. En este momento en el que todo parece enfocado hacia los demás, en que importa más que el maquillaje en la foto sea el adecuado que el trabajo por el que te han fotografiado, a veces se desdibuja lo importante. En los últimos meses lo he convertido de nuevo en uno de mis ejes de existencia. Algunas personas no saben por qué, pero me han notado un cambio. En realidad, son muchos, pero el primer paso ha sido aquel que me dejó, junto con su obra, el Premio Nobel: mi obligación moral de convertir mi vida en algo interesante cuando, sola con mi conciencia, la revise y la contemple.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

 

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

EspidoSanSebastian2

Pensé en contaros esto en el Hotel NH Aránzazu de San Sebastián. El vestido de seda de Mango, con un escote y un corte que no suelo llevar, recuerda con sus flores a un pensamiento dibujado en el aire. Las pulseras las encontré en un mercadillo, y los aros grandes vienen de HM. El bolso ya lo llevé en la recepción en el Palacio Real durante el último premio Cervantes. Este verano me he convertido en una adicta a la limonada con aroma a lo que sea, en este caso hierbabuena.

Y por lo tanto, ya que nos ha tocado la maldición china “Ojalá vivas en tiempo interesantes”, intentemos estar a su altura.

Pasapalabra (3ª Parte)

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

¿Qué tienen en común Màxim Huerta, Eduardo Mendicutti, y Paloma López Borrero? ¿Y qué vínculo comparten conmigo? A primera vista, somos muy diferentes en edad, en orientación profesional, o trayectoria vital. Ni siquiera publicamos en las mismas editoriales. No procedemos de los mismos estudios, ni hemos vivido en los mismos países, ni nacimos en la misma provincia. Si embargo, en todas las ocasiones en las que me he encontrado con ellos (en la radio a Paloma, en firmas del libro a Eduardo, una de ellas mítica, un experimento raro previo a la Noche de los Libros que salió… bueno, entre mítica y rara, y en circunstancias más personales a Màxim) se han hecho evidentes varios puntos en común: un desmedido amor por las historias, las escritas, contadas, escuchadas, las anécdotas, la vida, los recuerdos… Un sentido del humor que no excluye reírse de uno mismo. Y una enorme calidez.

El mundo de la literatura, y más aún si se une al de los medios de comunicación, ofrece el peligro de que se pierda el sentido de la realidad. Ambos son absorbentes, y se alimentan del otro, del lector o del espectador. Convierten a los autores en referentes, pero también los objetualiza. Si hay algún asidero a la realidad, éste radica precisamente en la autocrítica y el sentido del humor. Nada más terrible ni desmitidicador que el comprobar que alguien a quien leemos, con quien nos hemos emocionado, es, en realidad, un divo, alguien que se toma demasiado en serio, una figura artificial hecha de fama, textos e imágenes.

Este tercer programas de Pasapalabra se emitió la víspera del Día del Libro, en el que el escritor Juan Goytisolo recibiría su Premio Cervantes con un discurso en el que recordaba que escribir no se aleja demasiado de una adicción. Centenares de personas acudirían a las firmas de sus autores preferidos, en Cataluña, con una rosa, además del libro. En las televisiones se colarían los libros, y los autores; muchos de ellos se ganarían para siempre al lector en la distancia corta. Otros los perderían por un mal gesto, una frase maleducada, su endiosamiento o un simple malentedido.

Espero que estos tres programas hayan servido para lo primero. Sé que mis compañeros lo han logrado.

4pa

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

5pa

En este día lleno de palabras, el vestido de Dandara era perfecto para la televisión (rayas contrastadas, pero tan anchas que evitaban el moaré), y para anticiparse a la tendencia marinera que promete invadirnos este verano (qué verano no, por otra parte). Los zapatos de Paco Gil se inspiran en un relato de Fernando Marías, de manera que además del guiño al impermeable amarillo del psicópata de “Las dos caras del mal”, había una excusa literaria para usarlos ese día. El bolso azul, de pelo corto labrado, triangular, de Salvador Bachiller, emula al de Mary Poppins: es mucho más grande por dentro que por fuera. Las pulseras han llegado a mí a lo largo de los años; algunas provienen de mercadillos, otras de Suiteblanco, y alguna la heredé de una amiga. La gargantilla de placas metálicas es, en realidad, una pulsera pintada a mano, regalo de Juan Carlos Martínez Cañabate, que fue durante años director del Museo del Calzado de Elda, y alma ahora de la Fundación Paurides.  Labios rojos, una coleta con actitud…
Y así sobreviví al tercer día. Estoy impaciente porque lleguen los siguientes.