“El chico de la flecha” en Madrid

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Faltaba que El chico de la flecha se presentara oficialmente en Madrid: de entre las muchas librerías con un espacio reservado para la literatura infantil y juvenil  Librería Lé fue la escogida, y el día 21 de enero nos reunimos lectores, alumnos, amigos, niños y mayores, para charlar un rato sobre historia, sobre la Hispania Romana, sobre los jóvenes y nuestra responsabilidad hacia ellos.

Conté, por ejemplo, cómo había surgido la idea de escribir esta historia: un fin de semana con mi amiga de la infancia, Valentina, que estaba presente y no podía contener la risa cuando recordaba las anécdotas que vivimos en el colegio, cuando ya torturaba a mis compañeras con obras de teatro, cuentos y ocurrencias. Hablamos de los niños y sus preocupaciones, y de una de las más acuciantes de los padres: que los niños desarrollen el amor por la lectura. De la pasión común que mi editor Pablo y yo sentimos por la antigua Roma y por su legado. Y, en definitiva, de todo aquello que nos une y que deseríamos que nos uniera a quienes queremos.

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Para esta presentación llevé mi abrigo blanco de Promod, con botines de terciopelo negro de Mango, y un bolso reversible (mostaza y de estampado animal ) de Gloria Ortiz. El top de tartan blanco y negro es de Chip Up. Los pendientes con turquesas, de Luxenter, fueron un regalo de María, la bibliotecaria y profesora de historia del IES García Bernalt. El brazalete, de jaspe, lleva la firma de Nockt, y la sortija de oro y zafiro es casi tan antigua como mi amistad con Valentina: fue un regalo de mi comunión. Por último, las gafas son de Musthave.

Las fotos son responsabilidad de Nika Jiménez.

 

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Lugares de paso

 

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Así como hay gente que odia los lugares de paso, que elimina los pasillos en las reformas y limita al mínimo las esperas en aeropuertos y estaciones, a mí me entusiasman esos espacios: los físicos, y los mentales. El lento tránsito de una habitación a otra, de una emoción a otra. Incluso en una ocasión pensé en titular uno de mis libros de cuentos así, Lugares de paso, pero otro escritor se me adelantó, y así quedó la cosa, a la espera.

Siempre he dicho que si hubiera dedicado el tiempo que he pasado a la espera en una estación de trenes a estudiar chino, hablaría chino. Pero lo he dedicado a cosas posiblemente menos útiles, pero muy placenteras. He leído infinidad de libros, he escrito partes de los míos, me he pintado las uñas, he fantaseado, he mantenido charlas inolvidables con amigas, he llorado, he hablado con desconocidos y me he sentido siempre en esa tierra de nadie: como un regalo inesperado. Una de las estaciones más bonitas en las que he esperado es la Estación del Norte de Valencia.    Una estación de los luminosos años del Modernismo, tan errático en España, que recubre las paredes de este espacio de todos y de nadie con mosaicos, volutas, tallas y vidrieras. Los mensajes de buenos augurios (Buen viaje, dicen las palabras de las taquillas en varios idiomas) se alternan con la exuberancia de las flores, y las frutas, y todo lo que, si nos detenemos, observamos allí. Porque esa estación, como todas las de esa época, incluía la espera como parte esencial del viaje. Y, cada vez que paro allí, que, para mi suerte, ha sido en muchas ocasiones, me detengo un momento, disfruto de esa estética un poco demasiado bonita, un poco sentimental, pensada para ser agradable a la vista y al alma y recuerdo que, salga el tren con retraso, lo pierda, ocurra lo que ocurra, hay un espacio para la espera. Un lugar de paso.

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Los viajes requieren ropa cómoda, y por eso elegí un jersey de cuello cisne de Adolfo Domínguez,  en uno de mis tonos preferidos, el burdeos. La falda larga, de encaje, en el mismo tono, fue una compra acertada en Zara.  Si por mí fuera, siempre vestiría con una falda larga. Presenta un largo difícil, que yo aligero con zapatos de tacón; me veo incapaz de llevarla con deportivas, como he visto en otros casos.

El collar y la pulsera de eslabones dorados son de la marca La Oneta. Y el tiempo para gastar es todo mío.

 

Recomendaciones espidianas de marzo

10.2

Desde que soy una niña siento una gran seguridad en las bibliotecas, y un punto de inquietud en las librerías. Han pasado 18 años desde que publiqué mi primera novela, pero las dos emociones perduran: el tiempo se detiene en las bibliotecas, los libros se prestan y perduran, hay más posibilidades de encontrar obras maestras que malos textos. En cambio, las librerías resultan abrumadoras, ofrecen demasiado, muestran todo a la vez, e incitan a comprar pronto, antes de que el libro desaparezca. Funcionan como novios poco convenientes, fascinantes pero volubles.

Algo así me ocurre con la crítica literaria, un terreno necesario, mas cenagoso; pasé de confiar a ciegas en las que aparecían en los suplementos literarios, a decepcionarme cuando aprendí algo más de la vida y del mundillo, a fiarme de las recomendaciones de algunos amigos de gusto afín: y eso he intentado hacer en mi caso. Recomendaciones, absolutamente subjetivas, de libros en los que encuentro algún valor.

Como leo de manera constante, y a una gran velocidad, me permito muchos caprichos que se desvían de lo que un gourmet literario aprobaría: mi dieta es omnívora. Muchos ensayos, novelas y relatos. Algo menos de poesía y teatro. Cómic, novela gráfica. Tesis y trabajos especializados. Géneros híbridos. Algo en digital, no mucho, la verdad. Infantil y juvenil. Libros que sé de antemano que son de bajísima calidad, o que no me gustarán, pero que leo para comprender gustos ajenos y entender mejor a lectores ocasionales. Muchas veces recomiendo a mis alumnos de comunicación libros mediocres, pero que abordan un aspecto determinado de la sociedad o de la psicología de una manera efectiva. Otras veces, sencillamente, me gustan novelas que no ofrecen una gran calidad, pero qué le vamos a hacer, me gustan. En esos casos, no defiendo que sean buenas. La filóloga que hay en mí mueve la cabeza, desesperada, pero se resigna y se va a un rincón a continuar con la lectura de Milton. Otras veces, la filóloga interior gana la batalla y recomiendo textos clásicos y pesados, con los que disfruto de la manera más pedante y esnob, pero que entiendo áridos para muchos lectores.

Espero que puedan ser interesantes para otros lectores, que se difundan (la labor de dar a conocer un libro es agotadora, y muy poco agradecida) y que permitan uno de los grandes placeres de los lectores entusiastas: el compartir los gozos secretos, el sentirse, en definitiva, menos solo en el mundo. Nunca he pretendido que esto fuera un blog literario. Me propongo recopilar una vez al mes los libros que he recomendado en una red social u otra; en algunas ocasiones serán más (leo entre veinte y treinta libros al mes) y otras menos, por que habré tenido menos suerte y no me parecerán tan especiales. Que disfrutéis.

Comienzo con El punto de vista, de Henry James, de Páginas de Espuma. Como esta editorial solo publica relatos, salvo excepciones muy puntuales, ya sabemos que nos enfrentamos a narrativa breve, que en el caso de James, no es ni mucho menos obra de segunda fila. Es adecuada para quien no se atreve con una de sus grandes novelas clásicas o quien ha leído sus imprescindibles Otra vuelta de tuerca, Daisy Miller, Las bostonianas, Las alas de la paloma.. Un librito de una belleza breve y duradera.IMG_3579

En la misma editorial resulta imprescindible conocer a Ana María Shua, una de las mejores cuentistas en lengua castellana, creativa, brillante y original. Yo leí su libro Contra el tiempo en una tarde de primavera lluviosa, aunque sus cuentos son perfectos para casi cualquier condición atmosférica. Rompen lo cotidiano y nos obligan a saltar a otros mundos y otras vidas.

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Una recomendación general; las obras de Julio Verne, visionario, amenísimo, una de esas mentes que no solo discurrían sino que han servido de inspiración a toda una civilización. Incluso aunque consideremos que va poco más allá de literatura juvenil (no es mi opinión), la desbordante imaginación, la ruptura de límites y el ritmo que acompañaba sus páginas merece que releamos algunas de las obras que Verne que, sin duda, hemos leído ya. La isla del tesoro que sostengo en mi mano ha sido publicada por Mondadori.

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Olvidad lo que habéis leído de literatura erótica: os guste u os aburra, esta novela, La pasión de Mademoiselle S., Anónimo,  supone un giro inesperado. En realidad, es la correspondencia de la enigmática Simone, que su amante conservó y (dicen) fue encontrada en un desván. Yo debo limpiar los desvanes equivocados… A lo que vamos, estas confesiones apasionadas de una parisina de los años 20 resultan muy modernas, muy osadas: incluso demasiado, en ocasiones. Componen una relación llena de deseo y de dolor, estupendamente bien escrita y descrita. Una pieza única publicada por Seix Barral.

13.2

Color, color y más color en las ilustraciones que ha esbozado el propio escritor de este libro, un joven autor polifacético, J.M Algar, que ha publicado Ediciones Hidroavión Todxs nosotrxs es su primer poemario, y lleva en sus páginas un cierto poso de desencanto y de dolor, incluso en sus poemas más irónicos, para de nuevo regresar a la vitalidad y la energía. Para lectores aficionados a las montañas rosas rusas risas emocionales.

1.3

Para una entusiasta del tema como yo, el que aparezca La historia de los fantasmas supone un pequeño sobresalto. ¿Estará R. Clarke a la altura de lo esperado? ¿Aprenderé algo? ¿Será ameno? Yo me rendí a él a las tres páginas, cuando comenzó a hablar de su fantasma particular. Una delicia. Lo ha publicado Siruela. Diré que además, lo releí a los pocos días. Una delicia. El vestido de encaje podéis verlo aquí.

27.2

Y por último, en marzo se cumplieron los 501 años del nacimiento de una mujer extraordinaria, una gran escritora, una mística reconocida por todas las religiones y una de las Doctoras de la Iglesia Católica. Teresa de Ávila, Teresa de Jesús, Santa Teresa. Una presencia que me ha acompañado durante un año entero, y que me ha ofrecido este libro Para vos nací (Ariel), como legado. Quería compartirlo con todos, porque para mí ha sido decisiva.

28.2

¡Hasta el mes que viene! Leed mucho; es un atajo a la felicidad.

Nuevas voces, nuevas historias

 

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. No tanto de nuevas historias para narrar, porque esas llegan solas, o aparecen de vez en cuando entre los recuerdos y las experiencias pasadas, sino de quienes se expresan de manera diferente. El libro es para mí como un viejo amante, cuyas limitaciones conozco y acepto, a quien siempre puedo regresar. Pero las otras maneras de contar lo que deseo transmitir… ah, se han convertido en una pasión siempre renovada. , y siempre me siento dispuesta a ellas.

Durante años me obsesionó el encontrar nuevos formatos para transmitir mis historias: el audio, los textiles, la publicidad, los envoltorios (el packaging ofrece tantos espacios vacíos…), y, por supuesto, el escenario. El encuentro entre imagen, sonido y palabras

Publiqué un libro, los relatos de “Cuentos malvados” en farolas. He escrito cuentos sobre zapatos, y se han fabricado zapatos que he descrito en mis cuentos. Escondí textos en camisetas. Me he inspirado en perfumes, en la textura sedosa de los cosméticos, en colecciones de moda, en flores y jardines, en lámparas de cristal. Conté de nuevo historias como la del Cid o la de Hamlet a niños, y he trabajado con arte urbano.

Ahora, con la impetuosidad de la primera juventud ya apaciguada, y con algunos caminos ya explorados, aún me emociona el encontrarme con quien busca senderos nuevos.

Durante los días que pasé en Valencia, hace poco, lució un sol espléndido, y pude ponerme unos shorts de ante, con mi cazadora de cuero, una pulsera de Braccialini  y una camiseta de Cotocult.  Ya me visteis con ropa de Cotocult, en este caso una sudadera, aquí.

Los creadores de esta joven marca se definen a través de Shirt and Words. Dicen que Cotocult quiere contar una historia y un viaje con un personaje tras cada camiseta. Y la camiseta negra que luzco se titula Escribo parís, de la colección Quién nos escribirá mañana. La ilustración muestra una postal que podría ser enviada a cualquiera: pero si indagais en la web, el texto que está detrás declara esto:

Escribo parís en minúscula desde que sé que te dan rabia las faltas de ortografía. He aprendido a escribir vaso con b y beso con v y si me preguntas por qué lo hago te respondo que es una tontería porque me encantan los hoyuelos que te salen en las mejillas cuando te entra una rabieta. (…) Bicicleta y Cama van con mayúsculas si se refieren a tu Cama y a mi Bicicleta. La Camiseta de autor escribo paris negra declara la guerra a quien no se atreve a decir de otra manera lo que siente. Como el niño que le tira de las trenzas a la niña más guapa del colegio.

Les deseo toda la suerte del mundo. Creo que continuarán contando muchas más hermosas historias.

Y, también en Valencia, de una manera muy distinta, hay una joven artista que, por un momento fugaz, convierte lo cotidiano en algo inesperado. Su material es el café, los siropes y la espuma. Se llama Bea, y se encuentra en el Café dels Somnis,  en Avda del Puerto 152. Había tenido ya la amabilidad de retratarme en un café, a mí y a mis gatitas, pero cuando fui a visitarla repitió a Lady Macbeth con una habilidad casi fotográfica. Transformó un café en una experiencia, una pausa en un recuerdo. Las historias, se supone, son una lucha contra el tiempo, pero resulta extraordinario que algunas de ellas, que no perduran, nos obliguen a centrarnos en el momento con un resultado casi idéntico: una vida más intensa y con mayor sentido.

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. Y nunca sé dónde encontraré la siguiente historia.

 

Por qué los 70, por qué…

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Este otoño será setentero o no será: o, más bien, esta temporada adoptará como propios algunos rasgos, casi de caricatura, de cierta estética setentera, que en muy poco tiempo nos avergonzarán e intentaremos negar. Desde el punto de vista de la estética, los 70 fueron horrorosos: sólo los superarían los 80. Este años se ha rescatado o reinterpretado una amalgama de flecos (todo lleva flecos, y cuando digo todo, es TODO), ante (sobre todo, ante con flecos), pamelas de fieltro, pantalones de talle alto y campana amplísima, chalecos desmesurados, pieles de pelo largo, o al menos, voluminoso, vestidos y camisolas con retales, encaje, gasas y demás veleidades del estilo boho; y lo que es peor, se propone lucirlo todo junto.
La verdad es que casi mejor morir de un solo golpe, porque estas piezas son tan reconocibles, o dicho de una manera más sutil, poseen tanta personalidad, que contagian cualquier combinación más neutra, y por lo general, la inclinan hacia el lado oscuro. Un vaquero con campana no puede ser disimulado: una pamela de fieltro, por mucho que la guapísima Chiara Ferragni intente negar la evidencia, es una pamela de fieltro y pertenece y retrotrae a los 70. Los 70  no se adaptan: una se rinde ante ellos, se disfraza de ellos.
Por otro lado, estas prendas, rescatadas de tías o madres que en su momento eran las extravagantes de la familia o adquiridas antes de ayer en tiendas contemporáneas, son dificilísimas de llevar por mujeres mediterráneas con formas rotundas: muestran cortes que sólo favorecen a mujeres muy altas y muy delgadas, a las que, por otra parte, favorece casi todo. Con el agravante de que han de ser muy jóvenes, o mantener un aire aniñado, porque no existe estilo que aporte a una mujer madura mayor aire de estar ligeramente trastornada y vivir con un mínimo de tres gatos (ejem). No por algo las señoras que mantuvieron la elegancia y el saber vestir durante esa década pasaron por alto casi todas esas veleidades, y vistieron como marcaba un Yves Saint Laurent, un Courrèges, o, traducido en mujeres, Jackie Kennedy (incuestionable, auque nunca ha sido muy de mi agrado), la Hardy, con sus vestidos estructurados y, en el otro extremo, la Rampling, abanderada de los estampados vaporosos. O, en una versión más accesible, vistieron como la mamma que propone Dolce&Gabbana, (la de negro y encaje, no la de vestidos pasteles con rosas de lentejuelas, preciosos… pero esa no es la cuestión).
¿Qué nos queda que pueda salvarse? Los estampados psicodélicos, a quienes le gusten, las enormes gafas de sol, tan chic, la minifalda, los tacones altísimos y cuadrados, mucho más cómodos, las texturas del terciopelo, la pana y el ante, la gama de colores, y el regreso de los sombreros, capas y tocados, que es de agradecer. La libertad en las mezclas, y, una vez más, la capacidad de divertirse con la moda y expresarse a través de ella, que es, al fin y a cabo, de lo que se trata este cambio constante de estilos y formas.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAOtro día os hablaré de la crisis enérgética, de la evolución del feminismo y de la Transición, que ya analicé en Mileuristas. Hoy nos quedamos con un vistazo rápido a varias piezas representativas: el vestido-camisola vintage muy corto, pero ya que una va a parecer una mesa camilla de tamaño medio, al menos, se permite lucir pierna. En solitario porque aún hacía buen tiempo, pero cuando el frío apriete, añadiría un pantalon o unas medias tupidas; los botines de ante de Mustang con (cómo no), flecos, los pendientes florales de Adolfo Domínguez, y la pulsera de piedras semipreciosas. Cabello suelto y maquillaje ligero, aunque el look también soportaría un trazo agresivo de eye-liner, o incluso un toque de lápiz blanco.
Las fotos fueron tomadas en el Jardín de la Viña, en Ávila.

“Quería volar” y “Libélula”: optimismo frente a la anorexia y la bulimia

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Hace algún tiempo los padres de una enferma de TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria; las siglas incluyen anorexia, bulimia, vigorexia, trastornos mixtos…) me pidieron que interviniera en un documental sobre cómo esta dolencia afecta a las familias, a las enfermas y a su entorno. El enésimo intento de que la sociedad comprenda mejor la gravedad y el dolor que arrastran quienes ven su vida invadida por esto.
No es ningún secreto que yo padecí un TCA en mi adolescencia: años más tarde, ya desde la conciencia que da la recuperación, escribí Cuando comer es un infierno. Desde entonces, mi compromiso con los trastornos y quienes los sufren ha sido total: a principios de los 90, cuando enfermé, había muy poca información, ninguna alarma social (llegaría luego con la anorexia) y escasos medios. Veinticinco años más tarde, algunos hechos han mejorado, pero la enfermedad está ahí, y continúan los mitos. Como que solo afecta a chicas jóvenes (hay un importante porcentaje de adultas y de varones). O que el problema es la comida y querer adelgazar, (el origen son las emociones y cómo expresarlas, y la relación con la alimentación el síntoma). O que se quitan con dos bofetones a tiempo (es un problema del que nadie tiene la culpa, y el entorno ha de intentar comprenderlo, hablar con quien lo sufre, y seguir las indicaciones de los doctores) o que se pasa con el tiempo (la terapia es necesaria, tanto física como psicológica).
En su momento doné el importe del Premio Chocrón 10 personas 10 a las asocaciones de TCAs, para una mejor difusión de la enfermedad. El año pasado publiqué Quería volar, (Ariel), una revisión de mi ensayo original que recopila más entrevistas y trastornos distintos, lo que he aprendido de distintos profesionales a lo largo de los años, y una visión mucho más positiva. Pese al sufrimiento, un buen tratamiento logra que se deje atrás la enfermedad. La vida debe cambiar, el entorno, también, pero ese trabajo supone un gran conocimiento personal, y una base extraordinaria para otros aspectos de la existencia. En ocasiones, el énfasis en el dolor y en la fase de lucha aguda contra una misma oscurece otras cosas: la voluntad de vivir, el apoyo del exterior, la oportunidad que surge cada día, el valor que requiere mirarse al espejo y sonreír. Y para recordar ese lado positivo y ayudar a las enfermas en recuperación, diseñé junto con Verdeagua la Libélula, una pequeña joyita de oro y raso que simboliza el resurgimiento, los deseos de volar y sobre todo, que indica que la enfermedad es una fase, que se puede salir. Mujeres como Carme Chaparro, Raquel Sánchez Silva, o Alma Obregón, la han lucido como muestra de apoyo.

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Para la grabación del documental, además de un vestido hindú modificado por mi modista, llevé unas alpargatas doradas de Zara, un bolso morado de Elite Model y la Libélula como gargantilla, y no como pulsera. Colores alegres y lentejuelas que quieren transmitir optimismo, aunque hablemos de algo serio. Si queréis adquirir la Libélula podéis hacerlo aquí. Para pedir ayuda, consultad a vuestro médico de familia o en las asociaciones. Hay muchas. Fuerzas y ánimos a quienes sufren ahora y a sus familiares. De esto, puedo decirlo en primera persona, se sale, y la vida es infinitamente más bella después.

 

Los escritores y los Reyes

9La primera vez en la que me encontré con los reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía fue con motivo del 50º Premio Planeta, dos años después de haberlo ganado yo. Nos reunimos prácticamente todos los ganadores y finalistas de la historia del Premio, al menos los que quedaban vivos. Recuerdo que Vázquez Montalbán se puso una camisa roja, e hizo todo lo posible para no aparecer en la fotografía conjunta. El protocolo aún se está recuperando de ello.
La primera vez que me encontré con los Príncipes de Asturias fue por otro aniversario literario, el del Premio SM-Barco de Vapor. Acababa de regresar de Cuba, con la cabeza llena de trencitas, esas veleidades de turista, y así me planté allí. El protocolo aún se está recuperando de ello.
La primera vez que me encontré con Don Felipe y Doña Letizia ya como reyes fue con motivo del Premio Cervantes a Juan Goytisolo, la víspera de su discurso “A la llana y sin rodeos”. Fuimos muchos los que quisimos acompañarle durante la comida que todos los 23 de abril dan los reyes en el Palacio Real a escritores y a personalidad del mundo del libro: y sí, me temo que el protocolo aún intenta recuperarse de ello.

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Para quienes no estamos acostumbrados a ocasiones tan formales, aunque sean durante el día, el negro es una apuesta segura, algo aburrida, salvo que escojas un vestido de Amaya Arzuaga con volumen a la cadera. Las joyas de Chocrón Joyeros, de oro blanco y diamantes, pertenecían a las colecciones Ch-Aura (los pendientes) y Ch-Circa (la deslumbrante pulsera). Firmaba los zapatos de ante, con el tacón en metacrilato y una mariposa de cristal Swarovski en tonos verdes y azules, una de las casa predilectas de la reina, Magrit. Compré el bolso azul marino en una tienda de segunda mano de Nueva York, y aunque el protocolo se ha relajado significativamente por deseo de los monarcas, intenté comenzar el reinado con el peinado adecuado, y un maquillaje suave, que corrieron a cargo de Myriam de Prada. Las fotos se hicieron en el Palacio Real y en el Espacio Fundación Telefónica.

¿Otras ocasiones en la que se encontrarán reyes y escritores? Muchas. Además de la Feria del Libro, el recién otorgado Premio Princesa de Asturias, concedido al cubano Padura. Que ya ha anunciado que se comprará el traje en El Corte Inglés

La lección de los escultores

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Imposible saber cuándo ni por qué nació la relación entre decadencia económica y esplendor artístico, pero resulta evidente que en los momentos de necesidad se han desarrollado grandes talentos. Y precisamente la creatividad y la capacidad de adaptación son claves para dejar esa crisis atrás. Cuando una ciudad entiende que las inversiones esenciales para un futuro mejor pasan por la cultura, la sanidad y la salud puede hablarse de esperanza. En Fuerteventura viví lo contagiosa que es esa energía que desprende la creación, sobre todo cuando la presenciamos en directo.
La excusa era el IX Simposio Internacional de Escultura de Puerto del Rosario. La realidad, un puñado de escultores que, al aire libre y ante los ojos del público, esculpían sus obras en metal (acero corten y acero inoxidable) o en piedra.  Tres son españoles y amigos desde que durante el concurso de arte urbano del que fui jurado: Amancio González, que además impartía un taller para estudiantes, Juan Miguel Cubas y Toño Patallo, el organizador. El resto, Carlos Monge, José Villa, Mauro Bettini, y Xavier González, provenían de México, Cuba, Italia y Francia.
Hace unos meses, cuando impartí en Puerto del Rosario una conferencia sobre trastornos de la alimentación, J.M. Cubas encontró en ella el origen de una de sus esculturas. Así lo describía en su Facebook: “sentí la necesidad de hacer algo que plasmara esa lucha brutal y la vez delicada que en algún momento de nuestras vidas se nos hace necesario, bien por enfermedad o simplemente en el ámbito laboral, y éste fue el resultado”. Fue uno de esos encuentros emocionantes que aportan sentido a ser escritora. Y cuando pude verlos trabajar en Corralejo, cubiertos de polvo, con sus radiales y herramientas, entendí que todo nace de la misma pasión, y que sólo la pasión (por la vida, por otras personas, por el arte) nos permite salir de crisis y dolores.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERA  Para visitarles elegí un vestido de lana púrpura de Sybilla, una diseñadora que entiende bien los conceptos escultóricos. De lana fría, corta el viento majorero y no da calor; el foulard es de Adolfo Dominguez, otro experto de volúmenes y moda. Los zapatos verdes de Paco Gil, con sus piezas metálicas, guardaban coherencia, al igual que las gafas de Ray-Ban.  La pulsera de cuarzo es de Verdeagua Alhajas, y la de madera y el collar de esmalte llevan conmigo mucho tiempo. Yo no puedo tomar el sol, de manera que el sombrero era obligado, junto con la altísima protección solar. El look pedía a gritos bolso personalizado, con el cartel de la película de Buñuel, “El discreto encanto de la burguesía”. La laca de uñas es el Blossom Dandy de Essie, y el resto del maquillaje de Dior.

Maquillaje que, por cierto, me olvidé en el hotel, primorosamente guardado en su neceser, y que me trajo a la península Amancio González cuando finalizó sus compromisos en la isla. Quién sabe qué sacará de ello… ¿No es el maquillaje un medio para esculpir el rostro?

 

 

MonoKlein

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Durante las últimas temporadas hemos visto a toda mujer que aspire a vestirse a la moda con una prenda azul Klein, ultramarino, eléctrico, o, como diría una vieja compañera de colegio, azul fucsia. No obstante, parece que estamos lejos de aburrirnos de él, y se sigue proponiendo en complementos, como color integral, o en toques sueltos como el esmalte de uñas para las menos atrevidas, a quienes aconsejaría que se atrevieran con esta tonalidad: favorece casi tanto como el azul marino, y brinda luminosidad a la piel. También es verdad es que ése sería mi consejo para casi todos los colores y casi todas las tímidas.
En mi armario abunda el azul; no tanto los monos, pero decidí probar con uno para una de las sesiones de fotos para prensa que me habían propuesto. Creo que resulta evidente que en los últimos tiempos la pintura ocupa más espacio en mi cabeza de lo que pensaba, porque si hay un color pictórico moderno, ése es el IKB International Klein Blue, que Ives Klein patentó en 1960.

Ives Klein fue una brasa fulgurante y fugaz: sólo vivió 34 años, pero durante su vida recorrió diversos países y revolucionó el mundo de la pintura, el happening y el color. Era francés, hijo de pintores, y había nacido en 1928. Por un lado, su obsesión por el vacío ocupó gran parte de su obra. Por otro, ocupaba el espacio con gestos espectaculares, como sueltas de globos, o la pintura en vivo, en la que modelos desnudas cubiertas de pintura de su azul se frotaban, siguiendo sus instrucciones, contra lienzos en blanco (antropometrías). Trabajó con otros colores, como el rosa o el dorado, pero desde 1957, prácticamente toda su obra se realizó en azul Klein. Para él no existía una gran diferencia entre su idea de vacío y el romper con el arte figurativo con telas completamente monocromáticas: todo era abstracto, todo presagiaba un no-ser en cierta medida relacionado con la idea oriental del Tao. Le Vide, the Void, era su manera de nombrar lo inmaterial.

Pero, ¿cómo sabemos si ese azul de nuestro nuevo vestidito es Klein o no? Para eso está la empresa Pantone Inc. de Nueva Jersey, que con su clasificación cromática compara, fija y da esplendor a todos los colores que puedan pasársenos por la imaginación desde 1962. Pantone, que comenzó dedicándose a los cosméticos, publica guías anuales con pequeñas tarjetitas que clasifican los colores y sus matices. Gracias a su numeración, podremos encargar a nuestro pintor de brocha gorda de cabecera unos kilos de un azul parecido al IKB y luego, si se nos antoja, revolcarnos contra la pared del comedor con la seguridad de que será el siempre el mismo. Siempre que estemos dispuestos a pagar por la propiedad intelectual de sus colores: si no, hay otras guías de clasificación low cost.

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El mono azul Klein es de The Gallery Room, , y ya que de dorados y rosas va el asunto, lo combiné con zapatos altísimos de Paco Gil y bolso fucsia de H&M, ambos forrados de raso. Los pendientes de oro van a su vez a juego con la cadena-collar, un regalo del pintor Juan Adriansens, y la pulsera de Alex and Ani, un diseño con fines benéficos en los que la mariposa añade el significado de renacimiento, fuerza y renovación con los que me siento tan identificada. El esmalte de uñas es el Dior Vernis Timeless Gold 226, y el resto del maquillaje, obra de mis manitas, incluye la sombra de ojos dorada Intense de Bourjois, que colecciono casi como si fueran cromos. Las fotos y la sesión posterior para prensa se llevaron a cabo en el hotel AC Recoletos de Madrid.
Por cierto, hacía días que el cuerpo me pedía alguna prenda amarilla, muy amarilla, amarillísima… y no debía de ser la única, porque Pantone ha nombrado el amarillo Minion (esos adorables bichitos de “Mi villano preferido”, que en unos meses tendrán película propia). Hasta ahora y desde 2000 solo teníamos un color del año, el Marsala, en el caso de 2015, pero parece que eso está cambiando. Fue el músico Pharrell Williams quién lo sugirió y Pantone ha valorado las cualidades de esperanza, alegría y optimismo que transmite ese color. Intuyo unos meses con mucho Minion a mi alrededor.

Paseo por la Playa (Puerto del Rosario, Fuerteventura)

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Mucho antes de las envidiables instantáneas de los famosos en playas exóticas, antes de las perversas fotografías de Instagram con aguas cristalinas y pieles bronceadas que desconocen las rojeces y las insolaciones, un pintor había logrado despertar el anhelo por el mar en una sociedad que le daba la espalda a la costa y que se escondía del sol: Joaquín Sorolla había retratado con una viveza casi palpable a niños relucientes de agua, a mujeres de pescadores, y a su propia familia.
Uno de sus cuadros más conocidos, Paseo por la playa, muestra a dos Clotildes, su mujer y su hija, vestidas de reluciente blanco, con velos y sombrillas. No era un retrato más de su amadísima esposa, a la que conoció de niño para no dejar de pintarla jamás, sino una estampa llena de ritmo, en la que se puede tocar el viento y las faldas ondean contra el ocre de la arena. Lo pintó en 1909; apenas un año más tarde abría en la Rue de Cambon 31, en París,  una tienda llamada Chanel Modes. Su dueña, una joven llamada Coco quitaría de un manotazo los velos, las sombrillas y los enormes sombreros a las mujeres que paseaban por la playa, las broncearía como a grumetes, y las vestiría con jerseys a rayas.
Sin embargo, de vez en cuando es bonito recordar que hubo un tiempo antes del bikini y la protección pantalla total, de las chanclas y los deportes acuáticos: una época en la que las señoras de piel nívea paseaban completamente vestidas a la orilla del mar, que no se cansa jamás de cantarnos al oído.

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Para mi particular paseo por la playa de Puerto del Rosario, en Fuerteventura, me puse una  falda de gasa de Suiteblanco; es de un color marrón oxidado, con un matiz rojizo. Aún no ha llegado el tiempo para el blanco veraniego de pies a cabeza. Con el cropped top, de la misma marca, tuve dudas: nada en contra de enseñar la cintura, pero como he dicho en otras  ocasiones, algunos males ya los hemos pasado una vez, gracias; entre ellos la combinación de vaquero ancho y cropped top con sombrerito de la siempre enfurruñada con la vida Brenda Walsh. Añadid a eso las Ray Ban aviador con sus ecos de Top Gun y completaréis mi pavor a despertarme en el pasado, atrapada entre los 80 y los 90. Sorprendentemente, la mezcla funciona y me gustó. El capazo, con su forro de lunares, procede de un viaje a Tokio,  compré la pulsera de ámbar y plata en una librería de la FIL, Feria del Libro de Guadalajara, México (no preguntéis… lo que pasa en la FIL se queda en la FIL), y el torque de plata que llevo al cuello es un recuerdo de mi estancia en Oslo. Los tacones hincados con firmeza en la arena los firma Marypaz. Y, lo más importante, me acompaña la pulsera Libélula, un mensaje positivo de apoyo a las personas que sufren por trastornos de la alimentación, que por estas fechas comienzan a sufrir aún más si cabe.
Lo sé. Debo hacerme con una sombrilla ya.