Star Wars: el día en que salvé el universo

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   Miércoles de Ceniza: el día en que la liturgia católica nos recuerda con una cruz en la frente que polvo somos, y en polvo nos convertiremos, el final del Carnaval en el que hemos podido ser… ¿qué no hemos podido ser?
El disfraz no resulta solo una transgresión en una sociedad que lo limita a unos pocos días al año (entre las primeras medidas que toma una dictadura se encuentra la de controlar la apariencia y uniformar a sus individuos): supone también una declaración de intenciones, un mimetismo temporal con aquello que desearíamos ser. Los niños, en especial, se convierten en aquello de lo que se visten. Por eso resulta tan importante dotarles de modelos interesantes y ricos en los que puedan transformarse por unas horas. Las niñas necesitan algo más que princesas, y los niños, algo más que superhéroes.
Por eso, cuando mi sobrino Nacho me sugirió el disfraz de Rey, la joven heroína de Star Wars El despertar de la fuerza, no lo dudé demasiado. Primero porque, como saben quienes me siguen un poco, me gusta más disfrazarme que un brillo a una urraca (es posible que también me guste más un brillo que a una urraca, pero esa es otra historia). Y segundo, porque son pocas las figuras femeninas que transmiten la fuerza, el valor y la independencia de esta muchacha.
De hecho, frente a los héroes un poco estereotipados de la saga, los personajes femeninos ideados por George Lucas están dotados de una dignidad y una determinación poco comunes en las historias destinadas al consumo masivo: Leia, Amidala o Key toman decisiones por sí mismas, son capaces de sacrificarse sin inmolarse, y mantienen un atractivo que va más allá de su belleza física o de una ropa atrevida. Una niña pobre, una chatarrera indefensa no solo puede aspirar, como nos han enseñado durante siglos, al amor de su príncipe: puede, si lo desea, correr sola, y salvar el universo.

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  El disfraz del malísimo Kylo Ren se compró en Disney Store. El mío, en Amazon. Las botas son de Salvador Bachiller, y el peinado sigue un tutorial.
Ojo a mi postura marcial y mirada decidida, como si el destino me reservara cualquier día una llamada de la Fuerza mientras esté frente al ordenador tecleando y tenga que abandonar novela, artículos y lo que sea para salvar a la galaxia. Ganas le pongo. Habrá quién piense que soy una abusona por enfrentarme a un Kylo Ren más bajito que yo: pero bueno, como dijo unos dicen que Marco Aurelio, y otros que el jugador y entrenador de fútbol Vujadin BoskovNo hay enemigo pequeño.
PD.- Al final Kylo Ren y yo tuvimos que firmar la paz, porque, os lo creáis o no, mi gatita Rusia se metió en mitad de la pelea a mediar. Y así no hay quién pueda.

 

 

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Vestida de princesa

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Cuando tenía unos 5 años sabía perfectamente qué requisitos le pedía a un vestido para que me gustara: debía ser rosa, de terciopelo o raso, con encaje, con bordados, con vuelo, con crinolina, con lentejuelas, y que llevara todo a la vez no era en absoluto un inconveniente. A los 41, mantengo más o menos los mismos gustos, que se fijan muy pronto en la psique infantil, y solo a fuerza de contención minimalista logro convencerme de que no es necesario que todo, todo, ocurra al mismo tiempo en el mismo vestido.

Había otro requisito; el que tuviera un cierto toque festivo, o que lo llevara una princesa. Durante mi infancia, la invasión de Disney no había llegado a la voraz fagocitación contemporánea, y su nombre y “princesa” no se asociaban de manera tan íntima como ahora: para mí una princesa era Sissí emperatriz, las de las ilustraciones de María Pascual, o las de las muchas películas históricas que emitían en la televisión pública en horario infantil. Contaban con mayor variedad de vestuario que la gama de colores de las princesas actuales, aunque eso no significa que a esos vestidos aspiracionales les faltara ni un volante. Ni un frunce.

Por desgracia, como “princesas” se conoce también hoy en día a las chicas jóvenes que padecen anorexia o bulimia, que no han desarrollado aún conciencia de enfermedad y se animan las  unas a las otras a continuar enfermas, con consejos, carreras de pérdidas de kilos o claves personales. Se expresan a través de las páginas o perfiles web pro-ana y pro-mia: mientras esperamos una legislación menos permisiva para esta comunicación cibernética, es interesante que recordemos que el 30 de noviembre se celebra el día contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria o TCAS, y que queda mucho por hacer contra estas enfermedades tan poco comprendidas y tan destructivas. Que en estos momentos no se hable de ellas no significa que hayan desaparecido, en absoluto.

(Si tenéis algún caso cerca quizás queráis informaros sobre mi libro Quería volar: cuando comer era un infierno o sobre la pulsera Libélula, una iniciativa para animar a las enfermas y visibilizar los TCAs)

 

 

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Me alegré mucho, y ahora ya sabéis por qué, cuando encontré este vestido en Mango. Encaje, mucho encaje,unas preciosas mangas con volumen, y un rosa empolvado. La caída del tejido logra que, aunque siga el corte de mis temidos babydolls, que reúnen las maléficas características de achatar, aumentar ópticamente y anular cualquier curva existente, resulte cómodo y favorecedor. Aunque yo lo uso para un look de diario, soporta perfectamente situciones más formales, o compromisos sociales, si los complementos se mantienen simples y nobles. Yo le resté algo de seriedad con un bolso de tweed y collage de vestiditos recortables, de Laga, y unos zapatos salón de SuiteBlanco. Los pendientes y el anillo vienen de Ciudad de París. Como no encontré un castillo cerca, tuve que conformarme con un trampantojo en la calle Ayala, en Madrid.

Muchos ánimos para quienes luchan contra los trastornos de la alimentación: hay muchas formas de sentirse una princesa, y todas ellas pasan por la salud y por la lucha por conseguir el bienestar emocional. Todas.

“Quería volar” y “Libélula”: optimismo frente a la anorexia y la bulimia

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Hace algún tiempo los padres de una enferma de TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria; las siglas incluyen anorexia, bulimia, vigorexia, trastornos mixtos…) me pidieron que interviniera en un documental sobre cómo esta dolencia afecta a las familias, a las enfermas y a su entorno. El enésimo intento de que la sociedad comprenda mejor la gravedad y el dolor que arrastran quienes ven su vida invadida por esto.
No es ningún secreto que yo padecí un TCA en mi adolescencia: años más tarde, ya desde la conciencia que da la recuperación, escribí Cuando comer es un infierno. Desde entonces, mi compromiso con los trastornos y quienes los sufren ha sido total: a principios de los 90, cuando enfermé, había muy poca información, ninguna alarma social (llegaría luego con la anorexia) y escasos medios. Veinticinco años más tarde, algunos hechos han mejorado, pero la enfermedad está ahí, y continúan los mitos. Como que solo afecta a chicas jóvenes (hay un importante porcentaje de adultas y de varones). O que el problema es la comida y querer adelgazar, (el origen son las emociones y cómo expresarlas, y la relación con la alimentación el síntoma). O que se quitan con dos bofetones a tiempo (es un problema del que nadie tiene la culpa, y el entorno ha de intentar comprenderlo, hablar con quien lo sufre, y seguir las indicaciones de los doctores) o que se pasa con el tiempo (la terapia es necesaria, tanto física como psicológica).
En su momento doné el importe del Premio Chocrón 10 personas 10 a las asocaciones de TCAs, para una mejor difusión de la enfermedad. El año pasado publiqué Quería volar, (Ariel), una revisión de mi ensayo original que recopila más entrevistas y trastornos distintos, lo que he aprendido de distintos profesionales a lo largo de los años, y una visión mucho más positiva. Pese al sufrimiento, un buen tratamiento logra que se deje atrás la enfermedad. La vida debe cambiar, el entorno, también, pero ese trabajo supone un gran conocimiento personal, y una base extraordinaria para otros aspectos de la existencia. En ocasiones, el énfasis en el dolor y en la fase de lucha aguda contra una misma oscurece otras cosas: la voluntad de vivir, el apoyo del exterior, la oportunidad que surge cada día, el valor que requiere mirarse al espejo y sonreír. Y para recordar ese lado positivo y ayudar a las enfermas en recuperación, diseñé junto con Verdeagua la Libélula, una pequeña joyita de oro y raso que simboliza el resurgimiento, los deseos de volar y sobre todo, que indica que la enfermedad es una fase, que se puede salir. Mujeres como Carme Chaparro, Raquel Sánchez Silva, o Alma Obregón, la han lucido como muestra de apoyo.

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Para la grabación del documental, además de un vestido hindú modificado por mi modista, llevé unas alpargatas doradas de Zara, un bolso morado de Elite Model y la Libélula como gargantilla, y no como pulsera. Colores alegres y lentejuelas que quieren transmitir optimismo, aunque hablemos de algo serio. Si queréis adquirir la Libélula podéis hacerlo aquí. Para pedir ayuda, consultad a vuestro médico de familia o en las asociaciones. Hay muchas. Fuerzas y ánimos a quienes sufren ahora y a sus familiares. De esto, puedo decirlo en primera persona, se sale, y la vida es infinitamente más bella después.