El Invernadero: una pausa distinta.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAOs había comentado en el post que podéis leer aquí que se había llevado a cabo en el Invernadero de Salvador Bachiller. Hoy quería mostraros con más detalle este precioso lugar escondido en la Gran Vía de Madrid.

Desde el exterior las apariencias indican que es una tienda más de los mil objetos (zapatos, y bolsos, y menaje, y maletas, y…) que Salvador Bachiller ha incorporado a sus colecciones. Grande, colorida, ordenada, han vivido una importantante reforma y cambio de concepto. Hay que llegar al final de los estantes para encontrar una escalera que desciende al Invernadero de exuberantes plantas, suelos con mosaicos de cristal de colores y unos espejos que, como todos los que sirven para algo importante, llevan a otras realidades.

¿Un té? Claro. ¿Unas gyoza, humus, un sandwich? Sí. Y un zumo, y todo eso que en cada da tanta pereza pero que en un invernadero secreto sería un error no probar.

El lujo tiene mucho que ver con el tiempo, con el tiempo robado en particular. Los minutos dedicados a los seres queridos o a una misma. La pausa entre la prisa y las carreras. Un momento atrapado entre los espejos del Invernadero.

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En las fotos que me sacó Nika Jiménez llevo una camisa blanca de Mango, unos shorts de terciopelo rosa y un anillo de plata de Tatiana Riego.

Todo lo que me rodea (las tazas, que recordaréis de mis bodegones, los vasos, los espejos, los salvamanteles) pertenece a las nuevas colecciones de Salvador Bachiller. La nueva imagen de la casa, que merece una pausa y un buen té.

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Bizcocho de zanahoria al viejo estilo

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Entre las recetas que he rescatado de mi madre, escritas a mano (a varias manos) en un cuaderno de cuadros, se encuentra una de bizcocho de zanahoria; ese bizcocho nos gustaba mucho porque era esponjoso, pero contundente, dulce, sin llegar al empalago, y más sano que otros, por la presencia del azúcar natural de la zanahoria. En su origen no dejaba de ser, en realidad, una receta de pobres, como el bizcocho de remolacha, una manera muy antigua de consolarse cuando no se tenía acceso ni a la miel ni al preciado azúcar.

De manera que casi ni me lo creí cuando comprobé que, en este tsunami hipster que nos arrasa, el carrot cake se había puesto de moda. De todas las maneras y coberturas, el humilde bizcocho se había convertido en tarta, e imperaba en todos los brunches que se tuvieran por tales, con permiso de la red velvet. Y cuando desde el blog Molletes y Hambre y Micerveza me pidieron una receta para incluirme en la galería de #Recelebrities me dije, esta es la mía. Y la mía fue: la receta, (a la original de mi madre yo le añado frutos secos y un poco de naranja), y la excusa para incluirla en el blog, y retomar esa buena y olvidada costumbre.

Al tajo: para un bizcocho de unos 20 cms de diámetro necesitaremos:

– 1 yogur natural (de 125 gr)
-1 vaso de yogur de aceite AOVE

-2 vasos de yogur de azúcar (yo uso moreno)
-3 vasos de yogur de harina.
-3 huevos.
-200grs de zanahorias. Yo las empleo crudas y ralladas.
-Un puñado de nueces picadas.
-La ralladura de media naranja.
-El zumo de media naranja.
-1 cucharada de especias (canela, vainilla, nuez moscada, una pizca de pimienta)
-1 cucharadita de jengibre en polvo, o dos dedos de jengibre fresco rallado. (esto es mío también)
-1 sobre de levadura en polvo.
Mantequilla para untar el molde.

Para la cobertura.

-125 gr de mantequilla.

-250 gr de queso crema tipo Philadelphia.

-60 gr de azúcar glass.

 – Lo primero es ouparnos del horno, que hay que precalentar a 180º durante 10m. Y haber sacado con antelación los ingredientes, que deben estar a temperatura ambiente.
– Se baten en un bol el azúcar y los huevos. Con energía, sin miedo. Si se quiere un bizcocho muy esponjoso, se montan las claras a punto de nieve, y se añade en el mismo punto que la zanahoria. Pero si se bate sin separar tampoco pasa nada, salvo que el bizcocho es un poco más compacto. Luego se añaden el aceite, el zumo, el yogur, y la ralladura de naranja.
– Entonces se añade la harina, y la levadura. Si se tiene paciencia, deberían añadirse tamizados a través de un colador, pero yo casi nunca me acuerdo, lo que tiene como consecuencia el batir mucho más. Ahora, hay que aceptarse como se es, qué remedio. Total, que la cosa es batir y batir con o sin tamiz, y añadir la zanahoria, las nueces (que para entonces han quedado reducidas a la mitad con el picoteo) y las especias (y las claras montadas, si queremos). Como para ese punto ya no se puede batir, se remueve un poco para mezclar los ingredientes y tener la conciencia tranquila.
– Se unta el molde con mantequilla de manera pródiga y generosa. Existen rumores de que también sale bien si se forra el molde con papel de horno, pero yo, personalmente, me aferro a la mantequilla.
– Se lleva el molde (con la masa dentro; lo preciso porque hay gente que lee las recetas de manera muy extraña) al horno, a altura media, a temperatura de 180º, durante 25 minutos. Suele bastar. La prueba de la aguja de punto (que yo hago con un cuchillo, porque no tengo agujas de punto) nunca falla.
– Antes de desmoldar, hay que esperar un cuarto de hora, que casi nunca se cumple, y claro, luego el bizcocho se rompe. Yo he avisado.

– Mientras tanto, se mezcla la mantequilla reblandecida con el azúcar, y se bate bien, para añadirle luego el queso. Y se mete en la nevera ese cuarto de hora de espera, para que gane cuerpo.
– Si se quiere rellenar el bizcocho, es el momento. También de extender la cobertura por encima. Hay genios habilidosos capaces de cortar el bizcocho en tres capas, pero yo no tengo lira, y  prefiero dividirlo por la mitad y que el relleno y la cobertura sean generosas, espesas. Y para finalizar, se decora con lo que se pilla a mano, salvo con chocolate, que, a mi juicio, no le va. Aguanta bien por varios días, pero eso es una teoría no comprobada…

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Además de la cobertura, me sentía yo creativa, y lo adorné con varios ranúnculos y violetas, con unas rodajas de naranja sanguina, y unas tiras de zanahoria. Riquísima. Seguimos sin comprobar si es cierto que se conserva por varios días… Mi suéter es de Cotocult, una marca con una filosofía muy interesante, de la que os hablaré con calma en otro momento. En concreto, llevo esta sudadera.

Por cierto, una curiosidad; en tres ocasiones he iniciado el proyecto de publicar un libro de recetas, y las tres veces se ha suspendido… Qué cosas. Habrá que retar de nuevo al destino. Que disfrutéis del postre.