El recuerdo y el olvido: amanecer en Benicassim

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Ahora prefiero los amaneceres al atardecer; al menos, para pensar. Me siento más lúcida, hay menos ruido, el día no pesa todavía.

Las playetas de Bellver se encuentran entre Benicàssim y Oropesa. Por la mañana aún no hay demasiado movimiento, ni golpea el calor. La arena es suave y amistosa, y ya muestra pisadas de quienes madrugaron aún más.  Aparecen conchas y caracolas, y la voz de mi madre ¿Tan mayor y aún recoges caracolas? El ritmo de las olas permite que los pensamientos vayan y escapen. El día de estas fotos yo recordaba la conversación con un viejo amigo, viejo en edad y vieja nuestra amistad, también, que es un defensor firme del olvido.

-El mal del ser humano contemporáneo es que quiere abarcarlo todo, dice. Quiere recordar cada momento de pasado, no perderse nada del presente, quiere planear el futuro. No fuimos hechos para eso: hay que recordar solo lo importante, y ni siquiera lo importante para nosotros: lo importante para todos.

A este amigo, profesor, filósofo, vasco, le escucho siempre un poco sobrecogida, porque para mí el recuerdo fue siempre un lugar seguro, e incluso un material de trabajo. Así comienza Melocotones Helados, con un canto a la memoria, y la identificación del olvido con la muerte.

– Pero eso pasa -me aclara- porque tú le das importancia a la justicia. Yo, que soy viejo, le doy preferencia a la felicidad.

En eso pensaba el otro día, ese amanecer. En qué debemos recordar para ser justos, en qué necesitamos olvidar para ser felices. No lo tengo claro, y no me atrevo a dar recomendaciones a nadie. Hay quien vive el verano como un paréntesis, quien lo experimenta como un presente constante, quien se sumerge en una actividad frenética de actividad. En estas mañanas en las que antes solo leía ahora leo cada vez menos y miro y pienso cada vez más. No llego a grandes conclusiones. Pero quedan muchos amaneceres de Mediterráneo para adquirir mayor sabiduría, mayor serenidad, un menor apego. Lo único bueno de la ignorancia y de la confusión es todo lo que aún nos queda por aprender.

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El kaftán que llevo es un regalo de una buena amiga que lo lució en los 70. Me cubro con una pamela de paja de Salvador Bachiller, y completo el look con una pulsera de ámbar y coral que compré hace años en la Feria del Libro de Guadalajara, México, dos brazaletes de oro amarillo y oro rosa de Issavò Elements, y unas sandalias doradas de Mango. Nika Jiménez sacó las fotos en las Playetas de Bellver con My pen Camera.

El tiempo (no) huye

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El tiempo huye, decían los antiguos, y lo recordaban en los relojes de arena, en los de sol, en las clepsidras, en todo lo que entonces permitía medir el tiempo. Recoge las rosas, niña, mientras puedas, que pronto llegará el invierno. Carpe Diem. Aprovecha el día.

Esta sociedad obsesionada con la productividad y con transformar el tiempo en algo provechoso reinterpreta a su manera estos mensajes, que, por otro lado, se dirigían a los nobles, y a aquellos para los que el ocio era posible: desde luego, no se les inculcaba a las mujeres, que recibían el mensaje de que la mujer honrada, la bíblica mujer fuerte, debía estar dedicada a labores prácticas desde la mañana a la noche.

Los romanos de clases acomodadas, tras haber finalizado su carrera profesional, o cursus honorum, fantaseaban con una jubilación idílica en el campo, donde cada momento estaría dedicado al estudio, al disfrute de las cosas simples. Ese anhelo de sencillez de los ricos puede verse en el Hameu que María Antonieta ordenó construir en su palacia a imagen y semejanza de una aldea normanda que vio en un cuadro de Hubert Robert. Allí, de espaldas al lujo y el protocolo, la reina jugaba a hacer queso y a sentirse libre.

Los momentos de placer de lo simple, la contemplación de lo cotidiano, no han sido una conquista fácil: para las clases más humildes quedaban descartados por los imperativos sociales y religiosos. La observación del clima, del campo, otorgaba una sabiduría natural que ahora añoramos, al mismo tiempo que olvidamos la extrema dureza de las tareas agrícolas, o ganaderas. Las ciudades y las fábricas dejaban poco tiempo para la pereza. Los ricos, a su vez, obedecían más a la necesidad de entretenerse y hacer algo con su tiempo que a la de disfrutar de su ocio. El vacío del no-tiempo nos ha absorbido con una enorme potencia, como un agujero negro que necesitara siempre alimento.

Seguimos con la necesidad pendiente de la apreciación del momento. Ansiamos vacaciones, nos despierta una envidia feroz quien las tiene. Las críticas hacia quienes parecen vivir en perpetuo verano hablan de un resentimiento muy antiguo, de ignorancia e inquina. Creemos que podríamos aprovechar mejor ese privilegio que el de al lado.  Y, sin embargo, al contar con tiempo libre los ancianos se sentaban en un banco a verlo pasar. A gastarlo, ahora que lo tenían.

La arena que se escapa entre los dedos, el viento que mueve las telas. El cielo que cambia sin cesar, el sol en la piel. Quien no aproveche esos momentos merece una amarga condena. Quien no aproveche otros menos evidentes, pero igualmente hermosos, está perdiendo algo más que el tiempo. Está perdiendo la vida.

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La falda tableada de gasa, azul Klein, es de Mango. Parece que continuará siendo una tendencia para el otoño en tejidos más gruesos. Ojo, que tienen a achatar y a ampliar la figura, y no siempre favorece. Cuanto más larga, más estiliza. La combiné con una camisa blanca masculina. Si hubiera sido un look más formal, hubiera escogido una blusa entallada, más adecuada al volumen de la falda. El bikini pertenece a una marca que ya conocéis, Anita since 1886; el sujetador es el modelo Paulina, con flores azul klein sobre fondo blanco, y un ligero efecto push-up (que según la talla que uséis puede ser no tan ligero y convertirse en muy potente). Hay varias posibilidades para combinar la braguita, y aunque no se aprecia en las fotos, yo escogí esta.

Las gafas de sol, polarizadas y de un azul potente, son de Musthave, el modelo Ibiza Blue power.

Aunque no llevo maquillaje, siempre salgo con protección solar factor 50, (o pantalla total, si el sol es muy intenso) en este caso, y debido a la arena, con la gama de Biotherm con efecto no pegajoso, tanto para cuerpo como para rostro. Proteged siempre, siempre , vuestra piel.

Y aunque en mitad de las dunas de Maspalomas, Gran Canaria, donde fueron tomadas estas fotos, era un suicidio usarlas, ese día llevaba unas sandalias de ante de tacón grueso maravillosas, de Mango. Ahora además están rebajadas.

Y para finalizar, un sombrero canotier. Creo que sigue siendo uno de los modelos que más me favorece, más alto o más bajo, con ala más o menos corta. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez, con MyPen Camera.

Sed buenos… si podéis

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Así como tengo mis reservas con los adultos, y por los niños siento simpatías o antipatías instantáneas, los adolescentes me gustan todos, sin excepción. Desde luego, eso me ocurre ahora que por edad podría ser madre de un par de ellos. De adolescente, de hecho, los observaba como un entomólogo a un mosquito tigre.

Salvo que los profesores me indiquen lo contrario, en mis encuentros o charlas con adolescentes no centro el discurso únicamente en la literatura: hace algunos años los programas de animación a la lectura permitían que los chavales trabajaran con cierto tiempo algunos textos. Las posteriores reformas educativas no solo han limitado las horas de literatura en el instituto, sino que han acabado casi por completo con los encuentros con los autores. Ante esos hechos consumados, intento transmitir a los alumnos un mensaje que pueda calarles a medio plazo, y que trate valores como el esfuerzo, la necesidad de formarse, la vocación, y el amor por la lectura y el lenguaje.

Siempre abordo el tema de los trastornos de la alimentación, y del acoso. Nunca podré olvidar que yo sufrí uno cuando tenía su edad, y que el desencadenante fue, precisamente, la presión que unos adultos ejercieron sobre mí. No les oculto a las niñas el que la sociedad les presentará mayores dificultades y desafíos, y le animo a que los aborden con valor, y a que busquen referentes y modelos sensatos. Y, en los últimos tiempos, trato siempre el éxito y el fracaso.

En particular, el segundo: una biografía no se compone únicamente de logros. En un momento en el que el bombardeo de historias de triunfos solo se ve superado por la crónica de corrupción y de vergonzosas negaciones de responsabilidades, añoro que se hable de los errores admitidos. De la dignidad. De lo que se aprende de un error, si se acepta y se corrige. De que mantener las apariencias a toda costa conduce a la infelicidad y, en alguna personas, al delito. De la importancia de ser adaptable, dúctil, de lidiar  con la frustración.

Les hablo de los premios que perdí, y de los que sigo perdiendo. De los proyectos que me han rechazado. De la incomprensión ante quienes te odian sin motivo, o te envidian sin conocer que hay pocas razones para ello.  No maquillo la decepción que supone. También añado que si no fuera por lo que no sale como espero, no rectificaría, ni aprendería gran cosa.

Y les intento transmitir que, pese a todo, los esfuerzos merecen la pena y se ven recompensados en muchas ocasiones. Que intenten ser buenas personas; o, como decía San Felipe Neri, que lo sean si pueden. Eso será más de lo que muchos adultos hayan logrado.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAMe pareció que algo tan angelical como los errores de carácter, o el Santo Neri (patrono, por cierto, de los docentes y de los humoristas, que nació el mismo año que mi Santa Teresa y fue además canonizado el mismo día que ella) debía acompañarse de un vestido blanco. Creo que nunca tendré suficientes vestidos blancos. Es un Diógenes parcial, específico y textil, que no parece de fácil curación, al menos mientras existan vestidos tan bonitos como éste de Mango.

Con su talle bajo, está cuajado de encaje y tul, lo que le da cierto aire a los años 20. Eso significa un extra de belleza y sofisticación, pero también que nos olvidemos de ceñir silueta o marcar cintura.  Como el protagonismo de la tela resulta evidente, solo añadí unos brazaletes azules, unos peep toes de Paco Gil, y unos pendientes de cristal. Me pinté las uñas con un esmalte nacarado de OPI y, ya que el día que saqué las fotos soplaba un viento gris en Alicante, me recogí el pelo con una trenza. Puede que no sea buena, pero tengo aspecto de serlo…

Paseo por la Playa (Puerto del Rosario, Fuerteventura)

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Mucho antes de las envidiables instantáneas de los famosos en playas exóticas, antes de las perversas fotografías de Instagram con aguas cristalinas y pieles bronceadas que desconocen las rojeces y las insolaciones, un pintor había logrado despertar el anhelo por el mar en una sociedad que le daba la espalda a la costa y que se escondía del sol: Joaquín Sorolla había retratado con una viveza casi palpable a niños relucientes de agua, a mujeres de pescadores, y a su propia familia.
Uno de sus cuadros más conocidos, Paseo por la playa, muestra a dos Clotildes, su mujer y su hija, vestidas de reluciente blanco, con velos y sombrillas. No era un retrato más de su amadísima esposa, a la que conoció de niño para no dejar de pintarla jamás, sino una estampa llena de ritmo, en la que se puede tocar el viento y las faldas ondean contra el ocre de la arena. Lo pintó en 1909; apenas un año más tarde abría en la Rue de Cambon 31, en París,  una tienda llamada Chanel Modes. Su dueña, una joven llamada Coco quitaría de un manotazo los velos, las sombrillas y los enormes sombreros a las mujeres que paseaban por la playa, las broncearía como a grumetes, y las vestiría con jerseys a rayas.
Sin embargo, de vez en cuando es bonito recordar que hubo un tiempo antes del bikini y la protección pantalla total, de las chanclas y los deportes acuáticos: una época en la que las señoras de piel nívea paseaban completamente vestidas a la orilla del mar, que no se cansa jamás de cantarnos al oído.

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Para mi particular paseo por la playa de Puerto del Rosario, en Fuerteventura, me puse una  falda de gasa de Suiteblanco; es de un color marrón oxidado, con un matiz rojizo. Aún no ha llegado el tiempo para el blanco veraniego de pies a cabeza. Con el cropped top, de la misma marca, tuve dudas: nada en contra de enseñar la cintura, pero como he dicho en otras  ocasiones, algunos males ya los hemos pasado una vez, gracias; entre ellos la combinación de vaquero ancho y cropped top con sombrerito de la siempre enfurruñada con la vida Brenda Walsh. Añadid a eso las Ray Ban aviador con sus ecos de Top Gun y completaréis mi pavor a despertarme en el pasado, atrapada entre los 80 y los 90. Sorprendentemente, la mezcla funciona y me gustó. El capazo, con su forro de lunares, procede de un viaje a Tokio,  compré la pulsera de ámbar y plata en una librería de la FIL, Feria del Libro de Guadalajara, México (no preguntéis… lo que pasa en la FIL se queda en la FIL), y el torque de plata que llevo al cuello es un recuerdo de mi estancia en Oslo. Los tacones hincados con firmeza en la arena los firma Marypaz. Y, lo más importante, me acompaña la pulsera Libélula, un mensaje positivo de apoyo a las personas que sufren por trastornos de la alimentación, que por estas fechas comienzan a sufrir aún más si cabe.
Lo sé. Debo hacerme con una sombrilla ya.