Hair Time

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Si en las tiendas de ropa me invade la sensación que tendría un niño en una tienda de chucherías, en los salones de peluquería tiendo a comportarme de una manera un poco solemne; pude comprobarlo en la última ocasión, cuando acudí a Hair Time y me vi en el sillón de cuero blanco, reflejada en el espejo, con un aire entre expectante y respetuoso. Los peluqueros han heredado una profesión solemne, que comenzó con los barberos y los hechiceros, los encargados de cuidar el cabello y de marcar los rituales de madurez. En todas las culturas, el pelo y su trato es cosa importante: una señal de estatus o incluso un castigo.

Después de varias semanas en que mi vida ha girado en torno a mi nueva novela, absorta, y en las que solo me faltaba hacerme la manicura a bocados, como mis gatas, llega el momento de regresar al mundo; y lo hago además a través de medios tan visibles como el teatro y la televisión. No es el momento de sentirse insegura; en estos días previos estoy dedicando tiempo a todo lo que luego no podré cuidar. Y el cabello se encontraba en primer lugar. Habrá quien no entienda esto: es un peso que muchas mujeres añadimos al resto de nuestras responsabilidades, y de lo que no hablamos. Para mí, después de la depresión, verme bien, cuidar mi aspecto,  es un indicador de mi salud y de mi vitalidad.

Hair Time solo tiene el inconveniente de encontrarse en una ciudad en la que no vivo: el resto (la técnica, la profesionalidad, el diseño, la discreción) son virtudes. Aproveché por lo tanto un viaje a Barcelona para la grabación de la clase del Master de Traducción de la VIU para a acercarme a este espacio cuyo trabajo es el secreto de la apariencia de muchas mujeres admiradas por su estilo, y del que no alardean: puede verse en los pies de fotos de numerosas revistas.

Para mí, que no trabajo con nada que requiera de habilidad física, resulta hipnótico ver la pericia con la que cualquier persona usa unas tijeras, un cuchillo o una navaja. El corte en seco que me realizó Mónica fue un tallado minucioso y el cambio se podía observar en cada giro. El cabello caía en mechones, como pequeñas serpientes castañas que reptaran por el suelo.

He escrito varios cuentos que ocurren en peluquerías y salones de belleza. Quizás porque sea un lugar en el que solo puedo observar. Y muchas cosas ocurren, muchos secretos se deslizan, muchos días felices se preparan en esos espacios, entre los espejos y las confidencias.

Como para todo, en el secreto de la fama de Hair Time no hay fórmulas mágicas: excelentes productos (Aveda), técnica esmerada y buen conocimiento del cliente, al que intentan comprender en un tono casi de psicólogo. Como para todo, no hay atajos. El mimo constante. El olor del agua de rosas rociada antes del secado, el paño de algodón que protege la frente y los oídos de la toalla caliente durante la mascarilla hidratante, el esculpido con producto que se aplica con las mechas no se dan por casualidad.

El resultado habla del proceso: unas ligerísimas mechas miel, apenas chispazos de luz. Un corte nuevo y con más movimiento. El pelo cuidado, sano y con un brillo lujurioso. Las ganas casi irrefrenables de bailar, de sonreír constantemente, de iniciar algo nuevo. De una manera muy distinta, sigue oculta en el cabello la magia que intuían los antiguos: algo serio. Algo que habla de convertirse en otro, de descubrir la fuerza propia y de comerse el mundo.

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Hair Time se encuentra en la Carrer del Mestre Nicolau 2, en Barcelona. El vestido de encaje, pasamanería y plumetti color marfil es de Mango, y muestra la espalda en un escote bajo. Las fotos son de Nika Jiménez.

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Recomendaciones espidianas de junio

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Pese a la creencia generalizada, no resulta sencillo llevar a cabo una selección de los mejores libros del mes. O de los que se adaptan a mi gusto: no todos los que leo aparecen, y los que aparecen no son necesariamente los mejores, sino los que a mí me han complacido. Lady Macbeth lo sabe, y, como mis  otras gatitas, hace lo imposible para ayudarme. Estos han sido los elegidos este mes.

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Comienzo con las Actas del Congreso Mundial sobre Teresa de Jesús, en el que tuve el honor de participar hace un año por mi libro Para vos nací: coincidía con el V Centenario de su nacimiento, y expertos de todo tipo analizaron su figura, desde la perspectiva religiosa, literaria, feminista, histórica… la relevancia de esta mujer extraordinaria continúa, creo yo, sin ser completamente reconocida. Las actas han sido publicadas por la Universidad de la Mística.

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No olvidemos que durante Mayo y Junio tuvo lugar la Feria del Libro de Madrid, donde, como casi todos los años, firmé mi obra y me encontré con lectores y con seguidores. La Feria es un evento interesante siempre, que muestra lo que se ha publicado ese año, y nos recuerda que los libros no contienen siempre literatura, sino que son un soporte para aficiones, gustos, pasiones, fenómeno fan… Se equivocan quienes cada año consideran a los autores que más firman muestran un signo de la decadencia inevitable de la cultura, o quienes crean que es una muestra fideligna de lo que se lee. Es… otra cosa, y como tal ha de tomarse.

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Ofelia ya lo recomendó en su momento, pero como lo ha releído me suplica que vuelva a hablar de Podría hacer pis aquí, (y otros poemas escritos por gatos). Lata de sal es la editorial que nos acerca a este género, injustamente menospreciado, de la literatura felina. Aquí nos encontramos con una serie de sentidísimos poemas que nos permiten conocer mejor la retorcida mente de estos bichos malignos e imprescindibles…

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Este ensayo (o más bien, esta compilación de crónicas)  de Alejo Carpentier, publicado por Fórcola Ediciones, me sorprendió por varios motivos. El menor de ellos no fue el que no estoy acostumbrada a analizar la realidad y la historia europea desde una visión que proceda de otras voces periféricas. Un cubano observa, en el momento crítico de la II Guerra Mundial, El ocaso de Europa. Apasionado y vehemente, es un observador inteligente, pero también alguien que defiende, quizás antes de su propio ocaso, una idea de evolución americana, frente a la decadencia en la que Francia, Alemania o Inglaterra se encuentran sumidas. De una actualidad aterradora y desconcertante, me ha  obligado a leerlo despacio y con notas al margen. Muy interesante.

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Un clásico, pero que regresa actualizado por Reino de Cordelia. A la historia inmortal de Bram Stoker se le unen las ilustraciones de Fernando Vicente y la excelente traducción de J. A. Molina Foix. Es una inversión de fondo de biblioteca.

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Otro clásico, que dejó K.O. a Ofelia… Los últimos días de Pompeya, en una versión antiquísima que me regaló mi profesora de 4º de EGB, sor Mercedes. Aunque ya recomendaré alguna actualización, para mí es una lectura fundacional, y una de las novelas que despertaron mi pasión por la literatura.

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De vez en cuando aparecen proyectos exquisitos como este, Los escritores y la música, de Ediciones Singulares; el dedicado a Tolstoi, bajo la responsabilidad de Víctor Gallego, responde a la filosofía general: una colección de libro-discos que enfoca la biografía de grandes escritores  a través de la música. Encontramos un prólogo, el ensayo en sí mismo con cronología y un CD con una selección de música relacionada con los textos,  grabada en  sellos discográficos internacionales.

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Antonio Colinas, uno de los poetas más interesantes y reconocidos en lengua española, publica ahora en Siruela Memorias del estanque, un libro que, sin ser exactamente unas memorias, sino una recreación literaria sobre la realidad, deja testimonio de lo vivido y aprendido. Lo he leído poco a poco, casi como un libro de cabecera, o más bien, como un libro de después de la ducha. Para obligarme a leerlo con calma, en lugar de devorarlo como otros, cada día, mientras se me secaba el pelo, leía un fragmento. Después me obligaba a dejarlo, hasta el día siguiente. Ha sido una manera excepcional de comenzar las mañanas.

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Y acabamos con el que será el último libro de la serie Hijos de Mary Shelley, publicado por Imagine Ediciones y editado por Fernando Marías: Las noches de Clairmont, una compilación de algunas de las mejores voces de cuentistas contemporáneos, es una magnífica despedida. Yo la acompaño de una rosa de Anaquiños de papel. La gatita no venía en la lista…

Enredado en tus cabellos

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De los controles sociales que la comunidad ha ejercido sobre el individuo, uno de los más interesantes ha sido el que ha mantenido sobre su apariencia. Nada ha escapado a él: bien a través de los cánones de belleza, de las leyes o el tabú, la sociedad se ha encargado de uniformar a cada uno de sus miembros por clase, sangre, sexo, poder económico o edad. El atuendo, el maquillaje, y desde luego, el cabello, nunca han gozado de libertad. Incluso en nuestros días, el pelo es una de las maneras de comunicación no verbal más estrictas y veraces admitidas en público. Literalmente, tu modo de ser se encuentra enredado en tu pelo.
Es posible que tengamos en mente el corte de pelo de las novicias en su toma de hábitos, o los moños que indicaban que una muchacha entraba en edad de merecer, las mantillas para ocultar el cabello en la iglesia, o las normas, más estrictas, de mostrar el cabello femenino en otros países. Desde las pelucas de las judías ortodoxas a las que portaban las egipcias, desde el tinte corrosivo del Renacimiento a la provocación de los melenudos Beatles, del empolvado obligatorio del s XVIII a los skin heads, cada movimiento, cada edad se ha manifestado a través del cabello. Pero ¿de verdad pertenece al pasado? ¿Qué ha vivido, y vive, mi generación, a través de su pelo?
Los bucles del bebé varón, que había que cortar para que no pareciera una nena, y que algunas madres guardaban como recuerdo de su pequeño ángel. El pavor a los piojos en el colegio. El cabello largo, larguísimo, para la Primera Comunión, en la que las niñas fingían ser pequeñas novias; el corte de pelo posterior, justo después del Corpus, por parte de madres hartas de peinar interminables melenas. La primera permanente. Las primeras mechas, o brillos, que marcaban el paso a la edad de la seducción. Los productos el obligatorio rapado del servicio militar. El peinado de la boda, que delata el paso del tiempo tanto o más que el propio vestido. El baño de color, primero por placer, luego para ocultar las primeras canas. Los efluvios telógenos durante el embarazo o la lactancia. El corte de pelo práctico al tener el primer niño. La pérdida de cabello, la tonsura, y el afeitado de los treintañeros. Las valientes que se atreven a mostrar el cabello gris. Las modas, los peinados de las actrices en auge, los anuncios de tónicos por parte de futbolistas con melenas dignas de folklóricas. El trasplante de cabello.
Yo no fui consciente de hasta qué punto mi imagen se fusionaba con la larga melena ondulada de mi juventud hasta que, hace unos años, al cortármela a lo garçon, fui noticia en el programa de Onda Cero Julia en la Onda. El aluvión de emails y de mensajes que recibí me resultó tan extraño como revelador: yo era tanto mi cabello como mi nombre, mi obra, o mi voz. Las interpretaciones de por qué había cortado mi trenza fueron tantas, y tan pintorescas, que las recuerdo como una de las experiencias más surrealistas de mi vida. Mientras mantuve el pelo corto, experimenté todo lo que quise. Descubrí que tenía un pigmento rojizo de base, que convirtió mi intento de convertirme en rubia platino en un amarillo bastante provocador. Supe la diferencia de miradas que reciben las rubias, aunque sean de un amarillo provocador. Perdí la paciencia mientras me crecía, me reconcilié con él, probé productos que ni siquiera sabía que existían, nutrí, cuidé, aprendí que el cabello responde a la alimentación y a las emociones como la piel, o el peso.

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El cabello que ahora me acompaña, y el que creo que muestra el tipo de mujer que soy, es una media melena, de mi color natural, castaño rojizo. No uso tinte, porque no tengo más de media docena de canas, empleo el secador con una mesura casi tacaña, uso protección solar, y procuro nutrirlo con los mejores productos que están a mi alcance. Intento mostrarme cuidadosa con un cabello que siempre ha sido agradecido; no siempre me porté así. Como muchas jóvenes, menosprecié lo que me daba la naturaleza, y le dediqué poca atención. Ahora, como hago con el resto de mi vida, mi cuerpo y mi mente, valoro lo que tengo, me mimo todo lo posible e intento mostrarme coherente con cómo me comporto con ello.

El turbante de Zwei me protegió del frío en Manchester. Los pendientes de esa misma imagen son de Daniel Espinosa.  y el resto de las fotografías están tomadas en Callao, Madrid, en la Librería La Central. El esmalte de uñas de es OPI.

 

 

 

PHotoEspaña en el Real Jardín Botánico

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No encuentro suficientes excusas para escaparme todo lo que quiero al Jardín Botánico de Madrid,  de manera que ya voy sin ellas: aún así, me las ofrecen cada semana. En este caso, fue la inauguración de las exposiciones de los artistas contemporáneos Julio Zadik y de Cravo Neto, dentro del Festival PHotoEspaña.

PHotoEspaña, esta vez con una directora, María García Yelo, acerca fotógrafos y propuestas de una calidad altísima a un público que no siempre encuentra la ocasión o el lugar para buscar imágenes conmovedoras. Este año se han dedicado en la fotografía latinoamericana (su lema es “Nos vemos acá”), un propósito casi infinito, que durante los meses de verano nos permitirán acercarnos a Tina Modotti, a Korda (sí, el del famoso retrato del Ché, en esta ocasión con sus preciosas imágenes de mujeres) o a Chema Madoz, quien me ha dado el privilegio de retratarme en más de una ocasión. Os hablaré de estas exposiciones en otra ocasión.

Mario Cravo, brasileño, inventa realidades extrañas en “Mitos y ritos”. En sus fotografías urbanas encontramos Nueva York, pero también Salvador de Bahía, color y blanco y negro, y, sobre todo, el ansia dellegar a algo invisible, místico, común a todas las razas y credos. Y Julio Zadik, guatemalteco, en “Un legado de luz”, muestra una y otra vez cuerpos y personas, bichos y paisajes. Zalik era un poeta que empleaba las imágenes para narrar, y que buscó el silencio (por décadas no se supo nada de él) para reclamar las historias.

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photoespaña Espido4Para una inaguración de fotografía en el Jardín Botánico podía optar por el minimalismo más estricto, o por el trampantojo. Ya podéis imaginar que me lancé a lo último, a un vestido de H&M con una fotografía de un paisaje, dos flores en el pelo, y unas libélulas de Verdeagua Alhajas como pendientes. Uñas pintadas de verde escarabajo con uno de los esmaltes tornasolados de OPI, y un brazalete hindú. Las sandalias verdes son de Jocomomola, y el bolso, de Cats, fue un regalo, masacrado cuidadosamente por mi gatita Lady Macbeth. No sé si el nombre influyó o no. Siempre digo que he de disimularlo con un pespunte… pero ahí siguen sus uñitas. El maquillaje, de Clarins, era muy suave, en un intento de suavizar el efecto folklórica de incógnito que le dan las gafas grandes a una coleta. Qué le vamos a hacer, con el calor el pelo estorba, y con el sol, hacen falta lentes.

Y después de la sobrecogedora creación humana de las fotografías, apareció la realidad bellísima del jardín…

(Por cierto, si os gustan los árboles, o si no dais ni una con ellos, esta app gratuita es un juguetito precioso para identificarlos…)