Una razón para vivir

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De la película Una razón para vivir, dirigida por Andy Serkis, se ha dicho que destaca por sus preciosas imágenes, que convierten una dura historia real (de un día para otro un joven activo y recién casado, Andrew Garfield, se ve paralizado de cuello para abajo por el virus de la polio) en una lección de optimismo y vitalidad. También que resulta excesivamente sentimental, y que eso le resta cierta grandeza. Estoy de acuerdo con ambas afirmaciones.

Sin embargo, cuando la vi durante la Madrid Premiere Week, sentí que era un recordatorio para apreciar de nuevo algo que se me escapa y se me olvida una y otra vez: la importancia del presente, del disfrute de cada instante, sea o no perfecto, sea o no como lo habíamos imaginado.

El frío o el calor, la calle mojada porque acaban de regarla, con hojarasca y papeles. Pero por encima de nuestra cabeza, los árboles que reflejan la luz dorada en sus ramas rojas. El paso del tiempo que nos acerca a una cita, o la sensación extraña mientras se lleva a cabo. Lo inesperado. Lo previsible. El pequeño sobresalto de un contratiempo, la angustia que trepa por la garganta y que luego desciende, como la marea baja, cuando ha pasado. La fuerza que da la tozudez, el cariño o la rabia. O la inercia. No siempre existe algo grande, más poderoso que nosotros. Muy a menuda, las razones para vivir se agazapa en otros, en ver crecer a un niño o finalizar una venganza. No siempre es una causa noble. Tampoco nosotros nos comportamos con nobleza a cada momento. No importa demasiado. Quien resiste gana. Al menos por un momento más, gana.

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Premiere “Una razón para vivir”

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El vestido que llevé a la Premiere era un modelo de la colección Tabancos de The 2nd SkinCo. con la manga muy trabajada y cintura algo alta, en gazaar de seda y algodón azul muy pálido, que ajusté con una cinta de raso negro. Lo combiné con pendientes de Verdeagua Style, de dos pares diferentes, un Turando y el otro de Katia. Los zapatos son unos negros básicos de Unisa, y el bolsito es mío, un vintage con cuentas de vidrio, muy pesado aunque sea tan pequeño. Las fotos son de Nika Jiménez.

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Vestido para un invierno que no será invierno.

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Si 1816 fue el año sin verano, aquel en el que Percy B. Shelley, Mary Shelley, Byron y Polidori escribieron sobre monstruos y horrores inspirados en sus entrañas, el cambio de año 2015-2016 amenaza con ser el año sin invierno. El cambio climático (después de la Cumbre de París ya puede hablarse de él sin temor a ser considerados unos pirados, extremistas o devotos de Naomi Kleim) se ha instalado en nuestros huertos y en las ciudades, consiguiendo que frutales y personas enloquezcan y no sepamos si quitarnos las medias o ponernos las flores.

A la espera de que talentos literarios aprovechen de manera interesante las locuras del clima, los problemas inmediatos son otros: cómo combinar nuestra necesidad, casi exigencia de bienestar, con el calentamiento del planeta. Qué nos jugamos a medio plazo por un poco de confort de Primer Mundo. Qué decisiones tomar a nivel personal, y cuáles demandar a los políticos y dirigentes. El futuro inmediato será ecologista o no será, y no bastará el separar las basuras o el pagar unos céntimos por las bolsas de plástico para detener la catástrofe que se nos avecina. Tendremos que familiarizarnos con una actitud distinta no únicamente hacia el medio ambiente, sino hacia las bases de una sociedad basada en decisiones impulsivas y de satisfacción inmediata. Es decir, como hicieron unos jovencitos rebeldes y marginados hace dos siglos, hemos de mirar a los ojos, de nuevo, al monstruo interior que tememos tanto.

En cualquier otro año este vestido de gasa de Zara sería adecuado para una primavera amable o un otoño gentil, pero lo cierto es que he podido llevarlo en pleno mes de Diciembre sin más que una chaqueta de Adolfo Domínguez sobre los hombros. Con su escote posterior, es más versátil de lo que podría imaginarse; de hecho, yo muestro dos opciones , y a quienes asustan los estampados (que, por mi trayectoria y mi Instagram ya puede verse que no es mi caso) animo a que lo combinen con accesorios neutros, porque resultará mucho menos llamativo de lo que a primera vista parecería, porque el propio patrón del vestido y el tejido disimulan la potencia del print.

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En la primera opción, los zapatos verdes de Unisa y el bolso vintage conviven con los pendientes de HM y un anillo de plata con una perla de río irregular y enorme.

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Para la segunda opción aproveché la fiebre pasajera de los 70 que nos inunda y el sol de justicia que nos inunda también para combinarlo con dos prendas estrella de la temporada: la pamela de fieltro que sabe Dios que hace falta si pasamos tiempo al aire libre, junto con la protección solar, y los flecos, en este caso en un bolso de SuiteBlanco que me enloquece y que me consta que tiene muchas adeptas. Dispuesta  darlo todo, me puse unos pendientes de plumas; pero contrarresté con unos discretos zapatos beige de Unisa, porque de vez en cuando caigo en que más no siempre es más.

El esmalte de uñas es de Essie, y el resto del maquillaje, de Lancôme. Las fotos fueron tomadas en el Parque de Eva Perón, en Madrid. Por cierto, las flores del estampado son peonías. ¿Acabaremos sustituyendo la Euphorbia pulcherrima, o  poinsetia navideña, por las primaverales peonías?

Por qué los 70, por qué…

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Este otoño será setentero o no será: o, más bien, esta temporada adoptará como propios algunos rasgos, casi de caricatura, de cierta estética setentera, que en muy poco tiempo nos avergonzarán e intentaremos negar. Desde el punto de vista de la estética, los 70 fueron horrorosos: sólo los superarían los 80. Este años se ha rescatado o reinterpretado una amalgama de flecos (todo lleva flecos, y cuando digo todo, es TODO), ante (sobre todo, ante con flecos), pamelas de fieltro, pantalones de talle alto y campana amplísima, chalecos desmesurados, pieles de pelo largo, o al menos, voluminoso, vestidos y camisolas con retales, encaje, gasas y demás veleidades del estilo boho; y lo que es peor, se propone lucirlo todo junto.
La verdad es que casi mejor morir de un solo golpe, porque estas piezas son tan reconocibles, o dicho de una manera más sutil, poseen tanta personalidad, que contagian cualquier combinación más neutra, y por lo general, la inclinan hacia el lado oscuro. Un vaquero con campana no puede ser disimulado: una pamela de fieltro, por mucho que la guapísima Chiara Ferragni intente negar la evidencia, es una pamela de fieltro y pertenece y retrotrae a los 70. Los 70  no se adaptan: una se rinde ante ellos, se disfraza de ellos.
Por otro lado, estas prendas, rescatadas de tías o madres que en su momento eran las extravagantes de la familia o adquiridas antes de ayer en tiendas contemporáneas, son dificilísimas de llevar por mujeres mediterráneas con formas rotundas: muestran cortes que sólo favorecen a mujeres muy altas y muy delgadas, a las que, por otra parte, favorece casi todo. Con el agravante de que han de ser muy jóvenes, o mantener un aire aniñado, porque no existe estilo que aporte a una mujer madura mayor aire de estar ligeramente trastornada y vivir con un mínimo de tres gatos (ejem). No por algo las señoras que mantuvieron la elegancia y el saber vestir durante esa década pasaron por alto casi todas esas veleidades, y vistieron como marcaba un Yves Saint Laurent, un Courrèges, o, traducido en mujeres, Jackie Kennedy (incuestionable, auque nunca ha sido muy de mi agrado), la Hardy, con sus vestidos estructurados y, en el otro extremo, la Rampling, abanderada de los estampados vaporosos. O, en una versión más accesible, vistieron como la mamma que propone Dolce&Gabbana, (la de negro y encaje, no la de vestidos pasteles con rosas de lentejuelas, preciosos… pero esa no es la cuestión).
¿Qué nos queda que pueda salvarse? Los estampados psicodélicos, a quienes le gusten, las enormes gafas de sol, tan chic, la minifalda, los tacones altísimos y cuadrados, mucho más cómodos, las texturas del terciopelo, la pana y el ante, la gama de colores, y el regreso de los sombreros, capas y tocados, que es de agradecer. La libertad en las mezclas, y, una vez más, la capacidad de divertirse con la moda y expresarse a través de ella, que es, al fin y a cabo, de lo que se trata este cambio constante de estilos y formas.
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAOtro día os hablaré de la crisis enérgética, de la evolución del feminismo y de la Transición, que ya analicé en Mileuristas. Hoy nos quedamos con un vistazo rápido a varias piezas representativas: el vestido-camisola vintage muy corto, pero ya que una va a parecer una mesa camilla de tamaño medio, al menos, se permite lucir pierna. En solitario porque aún hacía buen tiempo, pero cuando el frío apriete, añadiría un pantalon o unas medias tupidas; los botines de ante de Mustang con (cómo no), flecos, los pendientes florales de Adolfo Domínguez, y la pulsera de piedras semipreciosas. Cabello suelto y maquillaje ligero, aunque el look también soportaría un trazo agresivo de eye-liner, o incluso un toque de lápiz blanco.
Las fotos fueron tomadas en el Jardín de la Viña, en Ávila.