Recomendaciones espidianas de Verano

Algunos lectores reservan los libros de contenido ligero para el verano, el gran momento para las novelas de género, las intrigas policiacas y los best-sellers. Otros prefieren aquellos que no tienen tiempo para leer durante el año, libros extraños, ensayos para aprender sobre temas diferentes, o novelas que pueden leerse con más calma y mayor gusto.

Aquí van algunas recomendaciones espidianas.

Melisa Tuya es una periodista compleja, y una escritora apasionada. Su blog Madre reciente se ha convertido en una referencia para temas relacionados con una maternidad responsable, poco complaciente, nada idealizada, y aún así fascinante y hermosa. Es también una destacada animalista, y una experta en tecnología. Su tiempo parece tener alguna complejidad cuántica inexplicable. En Tener un hijo con autismo habla de su hijo Jaime, y de qué supuso para toda la familia la detección y el diagnóstico de su autismo. Desde luego, quienes se encuentren en un caso similar se sentirán acompañados, y comprendidos. Pero la lección que ofrece para quienes no sabemos gran cosa del autismo es de una ejemplaridad que no suele encontrarse en los libros testimoniales. Rompe tópicos, explica mitos y plantea preguntas. Melisa habla de cómo vivir atendiendo a unas prioridades que olvidamos, la aceptación de una realidad que dista mucho del cuento de hadas con el que nos hemos educado. Describe la negación y la frustración, el amor incondicional y sus costes, y sobre todo, la profunda nobleza de la que es capaz un ser humano sensible y consciente.

Martín Casariego  ha publicado, a lo largo de su carrera, que cuenta con más de veinte años, libros muy diversos: quisiera destacar, por ejemplo, su faceta como autor juvenil. Su voz narrativa, en este caso, se concentra en una mirada: la de un fotógrafo que recorre Lavapiés con unas gafas y la memoria de su padre. Como los pájaros aman el aire habla de la luz y la oscuridad, de la apuesta por el amor a una desconocida y de las huella que  un progenitor ha dejado en una familia. De la necesidad de la esperanza y del recuerdo. Una novela intrigante y hermosa.

El verano ofrece insospechadas oportunidades a los golosos: helados, granizados, semifríos, horchatas, batidos, macedonias. mermeladas… a los atractivos habituales de los libros de Alma Obregón-Alma Cupcakes (sus preciosas fotos, su estilo directo y sencillo, la desbordante simpatía de la autora)… se une el que Un año de dulces adapta los ingredientes y la energía del que cocina a las estaciones. Una delicia, y no solo para los ojos. Lo publica Grijalbo.

Christian Gálvez ha visto recompensada su fascinación por Leonardo da Vinci con el título de experto mundial en el tema. Sus lectores sabían ya de los conocimientos del autor de “Crónicas del Renacimiento”, centrada en ese periodo italiano y sus genios. Rezar por Miguel Ángel es una novela ágil, con una intriga trepidante y un ritmo que no decrece, magníficamente documentada, y que continúa la aproximación al misterio de esos seres extraordinarios que ya había iniciado con Matar a Leonardo Da Vinci.

El tabú de hablar del amor en la vejez comienza a resquebrajarse con novelas como esta: Encender de nuevo las estrellas se cuela con delicadeza entre los prejuicios y los dinamita. No solo trata el amor a las puertas de la muerte: habla de las diferencias sociales, de la extrañeza ante el extranjero, de toda una generación de mujeres que ha vivido de acuerdo a unas normas estrictas, pero comfortables, y qué no sabe qué hacer con su libertad  ni su vida cuando llega la viudez. Karine Lambert disfrutó ya del éxito con una historia tan poco convencional como El edificio de las mujeres… y refina ahora su estilo y su sensibilidad. En Alianza de Novelas.

La divulgación histórica está gozando de un gran momento, debido al interés del público (puede que erradiquen la historia de los colegios, pero el interés por saber quiénes fuimos en otras épocas prevalece) y de autores tan interesantes como María Engracia Muñoz-Santos. Esa imagen mítica de los gladiadores en el circo o la de los cristianos enfrentados a los leones sirve como punto de partida para explicar en Animales in Harena la relación de los romanos con sus juegos de animales, las cazas llevadas a cabo para capturar bestias exóticas y la relación entre diversión y violencia de la época. Un buen punto de partida para otros debates, como la tauromaquia, o para acercar a los jóvenes al mundo romano. La ha publicado Confluencias.

¿Es una respetable dama o una miserable negra quien se oculta bajo la lápida que toda una sociedad preferiría que continuara en su sitio, sin remover? Los huesos de Louella Brown y otros relatos, inéditos en español hasta la fecha, son la tarjeta de presentación de Ann Petry. Esta autora estadounidense, incisiva, clarividente, con un irresistible punto de sarcasmo, ha sido presentada al público por Palabrero Press. Merece la pena leerla, y es casi inevitable esperar nuevas traducciones.

La magnífica  acogida que han tenido las novelas de Màxim Huerta por parte de los lectores se repite con La parte escondida del iceberg. El protagonista es un escritor que vaga por París a la espera de algo, y con el recuerdo de alguien, devastado y en transformación. Quizás esta novela editada por Espasa sea la más dura, y sin duda la más íntima, del autor. La más sincera, y la que puede marcar un cambio de registro en el autor. Eso será algo que comprobaremos con interés en su siguiente obra.

Los aniversarios suponen siempre oportunidades para ahondar en temas que nos fascinan. Juan Eslava Galán, historiador, novelista, una pluma enérgica y poderosa, se pasea por La revolución rusa… como quien entra en una casa visitada en muchas ocasiones. Con bromas y de veras, con una visión única que ya conocemos de otras aproximaciones a la historia,este ensayo de Planeta revisa los años previos a la Revolución, hace trizas a los zares y no salva tampoco a los revolucionarios.

No somos nada. O al menos, no somos nada original. Esa es la conclusión a la que se llega tras leer Yo, mono, de Pablo Herreros Ubalde. Este amenísimo ensayo nos explica que no venimos del mono. Somos simios, en constitución, impulsos, estructura social, necesidades y comportamientos. Acabamos de salir de las cavernas, apenas nos hemos bajado del árbol, y ya nos ha dado tiempo a crear una sociedad compleja, con trazas mucho más animales de lo que desearíamos reconocer. Si nos identificamos más con onobos o chimpancés, esa ya es otra historia…

No está mal para comenzar. Un poco más adelante recopilaré otras lecturas… porque el verano es largo y los libros, inacabables.

Premios Blue Label: sigue caminando

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Contrariamente a lo que mucha gente cree, yo no he sido demasiado afortunada con los premios a los que me he presentado: he perdido muchos más que aquellos que he ganado, en algunos se me ha desestimado por ser demasiado joven, y en otros, porque mis competidores resultaban abrumadores en su superioridad. Continúo presentándome a ellos con un escepticismo creciente, y con la misma voluntad competitiva que siempre me ha alentado.

Eso, desde luego, me hace valorar más aquellos que he obtenido: nacionales e internacionales, algunos relacionados estrictamente con mis obras literarias, y otros con mi papel como escritora, o como alguien conocido. Por eso recibí con una sorpresa entretejida con un enorme agradecimiento la noticia de que la Embajada de Reino Unido en España, en colaboración con la empresa británica Diageo Reserve, había decidido otorgarme uno de sus Blue Label Awards. El listado de los demás premiados resultaba apabullante: el diseñador Jeremy Hackett, los actores Belén RuedaEduardo Noriega, Delfina Entrecanales, Pascua Ortega, el chef Diego Guerrero, el bailarín Igor Yebra, el arquitecto Luis Vidal, el Dr. Rafael Matesanz de la Organización Nacional de Trasplantes, el Dr. Pedro Carlos Cavadas, conocidísimo por sus pioneros transplante, Jesús Encinar, el fundador de Idealista, o Enrique Álvarez, superviviente del tsunami e inspiración junto con su familia para la película Lo imposible.

Los seleccionados han dejado huella en su profesión, desde luego: pero lo que este premio destaca y lo que los hace especiales es que reconocen el legado personal volcado en nuestro trabajo, y, sobre todo, en la sociedad; y destacan la gratitud y la generosidad que han mostrado, pese, o precisamente, por su éxito.

La emoción de encontrarme entre ellos me duró toda la noche, y varios días más. No solo la fiesta, cuidada en sus menores detalles, fue deliciosa, sino que a lo largo de la noche se dieron varias conversaciones inolvidades: conocía a algunos de los premiados, a otros, solo por su reputación. Al final de la fiesta, en la que actuó Marlango, me llevaba algo más que una botella personalizada, única e irrepetible: había redefinido mi concepto de generosidad. Había escuchado discursos inspirados, y había mantenido conversaciones inspiradoras. Me llevaba conmigo la particular decisión de continuar caminando, de defender una serie de valores: aunque no fuera más que por pagar la deuda contraída con el resto de los ganadores.

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No he sido nunca supersticiosa, y el amarillo del traje de dos piezas que escogí lo demuestra: firmado por Alicia Rueda, a la que conozco desde hace más de veinte años, estaba compuesto por una falda de vuelo, profusamente bordada con abalorios, y un body que dejaba la espalda al descubierto. Aroa, de The Gallery Room, me dio la solución para la excesiva transparencia del body: un sujetador compuesto únicamente por las copas, adhesivo, que compré en Oysho. No había probado nunca ese sistema y funcionó muy bien.

Las sandalias de ante y el clutch eran de Lodi. Llevé el pelo recogido en un moño alto, y muy pocas joyas: pendientes de diamante y mi anillo de oro en forma de serpiente de Aristocrazy. Una de mis estrellas vienesas cerraba el cinturón negro.

Y otro regalo añadido, porque fue, ya lo he dicho, una noche de luz y de generosidad: cuando ya casi me marchaba, me encontré con el ilustrador Dani Wilde. Y al día siguiente me había convertido en uno de sus dibujos. Continuamos, sí. Continuamos.

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Fiesta de Stuart Weitzman en la Embajada Americana

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Durante muchos años quise ser miembro del Cuerpo Diplomático. En mi imaginación adolescente reunía todo aquello que me parecía deseable: el conocimiento de idiomas, la mediación, el servicio a mi país, el conocer distintas mentalidades y culturas. Incluso la rotación de lugar en lugar se me antojaba algo adecuado para mí, porque ya entonces intuía mi vocación nómada y de mal asiento.

De hecho, comencé a estudiar Derecho precisamente con la mente fija en las oposiciones futuras. Yo deseaba ser escritora, y me parecía tan imposible como volar al espacio; pero fantaseaba con que algún día la futura embajadora (yo) les invitara cordialmente a la presentación de una novela.

Aquel primer año universitario resultó clave: la evolución es larga de explicar, pero al finalizar había abandonado el Derecho, había dejado la música, y comenzado en serio, tras incontables horas en el Taller Literario y en la biblioteca, la apuesta por mi carrera literaria. No sabía aún cómo, pero sí que no podría dedicarme a algo que no me apasionara, y pese a la preocupación de mi familia, inicié Filología Inglesa y comencé a escribir sin tregua.

Quién le diría a aquella jovencita un poco asustada, pero con la decisión clara de ser escritora, que seis años más tarde entraría en la Embajada de España en México DF para asistir a una comida en su honor durante la gira americana del Premio Planeta. Fue una tarde memorable, con escritores excepcionales entre los que se encontraba mi idolatrado Augusto Monterroso (sí, el del dinosaurio), y en la que tiré al servirme media corona de arroz sobre la preciosa alfombra del comedor de la Embajada. Yo, que no soy especialmente torpe, ni mucho menos tímida, me quedé paralizada cuando ocurrió. Era una novata. Ahora comenzaría a arrojar el resto del arroz cocido al aire a puñados al grito de ¡Evohé, evohé! con esa licencia que me da el ser una artista extravagante, pero entonces quise morir. Y la amabilidad y la delicadeza con la que el embajador salvó la situación y me hizo sentir de nuevo cómoda fue una lección de modales que nunca olvidaré.

La llegada a Madrid del actual embajador de EEUU en España, James Costos, ha supuesto una auténtica revolución: no solo ha conseguido que la Embajada se haya convertido en un activo centro de promoción de la cultura y el modo de vida americanos sino que con su carisma y capacidad de convocatoria sus fiestas ha recuperado el glamour de lo exclusivo (cosa que es un mérito añadido, ya que no son precisamente ni escasas ni minoritarias). En esta ocasión, celebrábamos la apertura de la tienda de zapatero Stuart Weitzman en Madrid, en Jorge Juan 12. Conocido por ser el zapatero de las famosas (Angelina Jolie o su archienemiga Jennifer Anniston han lucido sus creaciones), Weitzman fabrica en mi querida Elda unos dos millones de zapatos al mes, entre ellos su famoso modelo Nudist.

Y allí apareció Weitzman, con su simpatía contagiosa y su muy buen español, junto a la piscina de la Embajada, entre las docenas de orquídeas que Michael S. Smith, el marido del embajador y decorador, entre otras mansiones, de la Casa Blanca, ha repartido por la casa. Si lo que buscaban era que recordáramos esa noche como una de las más divertidas y agradables de la temporada, lo consiguieron: invitados bien escogidos, buena música, y unas incontenibles ganas de pasarlo bien. Y ese no se sabe muy bien qué que transmiten algunos lugares, algunas personas, y que no puede imitarse ni repetirse.

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Cualquiera, incluso yo, hubiera apostado porque llevaría un vestido a la fiesta de la Embajada: pero en este caso he salido de mi (término ahora tan de moda) área de confort para escoger un mono de una pieza, blanco y negro, con un hombro al descubierto, y una capa fluida que provoca la ilusión óptica de ser un top. Lo firma Etxart&Panno.

El anillo dorado y negro es de Luxenter. Llevo un bolso joya dorado de The Gallery Room, pendientes de amatistas de Daniel Espinosa, y gafas de sol de Musthave. Y el pelo un poco más liso de lo que es en mí habitual. Los zapatos son cómodos, pero nadie lo diría, dado el precario cruce de piernas que no sé por qué me dio por adoptar. Y no una, sino varias veces. En fin: extravagancias propias de mi oficio. Evohé.

Vogue Like a painting

espidofreireVogue2En un momento en el que Instagram nos ha familiarizado con fotografías bonitas a diario, y en el que tomar instantáneas es una diversión para miles de personas, las exposiciones de fotógrafos profesionales (recordad PHotoespaña) nos colocan suave y firmemente en nuestro lugar. La que Vogue Spain ha reunido en el Museo Thyssen de Madrid une la belleza estética de prendas y de modelos muy conocidas a la mirada especialísima de fotógrafos de sobra conocidos (Irving Penn, Annie Leibovitz, Tim Walker, Paolo Roversi, Steven Meisel, Steven Klein, David Sims, Erwin Olaf, Mario Sorrenti): el título “Like a painting” no deja lugar a dudas: vamos a ver una serie de fotografías que recuerdan por luz, composición o temática los cuadros clásicos. Retratos, bodegones, paisajes o santas saltan del lienzo a la lente. El resultado es una recopilación espléndida, amable de ver, que no requiere de grandes conocimientos sobre arte o fotografía, ni siquiera sobre moda, para ser disfrutada.

Además del juego de reconocer a las modelos (Uma Thurman, Stella Tennant, Milla Jovovich, Emma Ward, Cate Blanchett entre otras) o a los pintores que sirvieron de inspiración (Zurbarán, a quien podemos ver en la planta superior en el mismo museo, Hopper, Rosetti) podemos girar en torno a un fastuoso vestido de Valentino, bordado con motivos florales. En mi caso, tuve que recorrer varias veces la sala, para recordar a posteriori las fotografías: la espectacularidad de una oscurecía la anterior.

No esperéis encontrar allí tendencias de moda: Vogue siempre ha aspirado a ser algo más que una revista al uso, y la voluntad de los fotógrafos queda clara: las prendas adquieren trascendencia, fuera del tiempo y del espacio, de una manera un tanto teatralizada. Pierde también frivolidad, y se convierte en algunos casos en una propuesta inquietante.

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Esa mañana estuve un rato leyendo en el jardín del museo, antes de que el calor apretara. El vestido blanco de piel es de Zara. Por un lado, cobra protagonismo por sí mismo, por otro, es un lienzo blanco en el que colocar otras pinceladas, como el brazalete y el bolso con estampado de leopardo, de G&S Accesorios, y unas sandalias bicolor de Paco Gil. Joyas muy discretas de oro, y maquillaje de Chanel, con unos labios más coral de lo que suelo llevar. Hice todo lo posible por darle al moño un poco de volumen,  porque tenía yo día de moño con volumen.
Creo que hice bien: los colores, de los que siempre siento hambre, se encontraban con variedad y abundancia en las fotografías de la exposición. Comprobadlo: merece la pena dedicarle una mañana. ¿Mi preferida? Una preciosa y onírica Ofelia.

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Durante las últimas temporadas hemos visto a toda mujer que aspire a vestirse a la moda con una prenda azul Klein, ultramarino, eléctrico, o, como diría una vieja compañera de colegio, azul fucsia. No obstante, parece que estamos lejos de aburrirnos de él, y se sigue proponiendo en complementos, como color integral, o en toques sueltos como el esmalte de uñas para las menos atrevidas, a quienes aconsejaría que se atrevieran con esta tonalidad: favorece casi tanto como el azul marino, y brinda luminosidad a la piel. También es verdad es que ése sería mi consejo para casi todos los colores y casi todas las tímidas.
En mi armario abunda el azul; no tanto los monos, pero decidí probar con uno para una de las sesiones de fotos para prensa que me habían propuesto. Creo que resulta evidente que en los últimos tiempos la pintura ocupa más espacio en mi cabeza de lo que pensaba, porque si hay un color pictórico moderno, ése es el IKB International Klein Blue, que Ives Klein patentó en 1960.

Ives Klein fue una brasa fulgurante y fugaz: sólo vivió 34 años, pero durante su vida recorrió diversos países y revolucionó el mundo de la pintura, el happening y el color. Era francés, hijo de pintores, y había nacido en 1928. Por un lado, su obsesión por el vacío ocupó gran parte de su obra. Por otro, ocupaba el espacio con gestos espectaculares, como sueltas de globos, o la pintura en vivo, en la que modelos desnudas cubiertas de pintura de su azul se frotaban, siguiendo sus instrucciones, contra lienzos en blanco (antropometrías). Trabajó con otros colores, como el rosa o el dorado, pero desde 1957, prácticamente toda su obra se realizó en azul Klein. Para él no existía una gran diferencia entre su idea de vacío y el romper con el arte figurativo con telas completamente monocromáticas: todo era abstracto, todo presagiaba un no-ser en cierta medida relacionado con la idea oriental del Tao. Le Vide, the Void, era su manera de nombrar lo inmaterial.

Pero, ¿cómo sabemos si ese azul de nuestro nuevo vestidito es Klein o no? Para eso está la empresa Pantone Inc. de Nueva Jersey, que con su clasificación cromática compara, fija y da esplendor a todos los colores que puedan pasársenos por la imaginación desde 1962. Pantone, que comenzó dedicándose a los cosméticos, publica guías anuales con pequeñas tarjetitas que clasifican los colores y sus matices. Gracias a su numeración, podremos encargar a nuestro pintor de brocha gorda de cabecera unos kilos de un azul parecido al IKB y luego, si se nos antoja, revolcarnos contra la pared del comedor con la seguridad de que será el siempre el mismo. Siempre que estemos dispuestos a pagar por la propiedad intelectual de sus colores: si no, hay otras guías de clasificación low cost.

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El mono azul Klein es de The Gallery Room, , y ya que de dorados y rosas va el asunto, lo combiné con zapatos altísimos de Paco Gil y bolso fucsia de H&M, ambos forrados de raso. Los pendientes de oro van a su vez a juego con la cadena-collar, un regalo del pintor Juan Adriansens, y la pulsera de Alex and Ani, un diseño con fines benéficos en los que la mariposa añade el significado de renacimiento, fuerza y renovación con los que me siento tan identificada. El esmalte de uñas es el Dior Vernis Timeless Gold 226, y el resto del maquillaje, obra de mis manitas, incluye la sombra de ojos dorada Intense de Bourjois, que colecciono casi como si fueran cromos. Las fotos y la sesión posterior para prensa se llevaron a cabo en el hotel AC Recoletos de Madrid.
Por cierto, hacía días que el cuerpo me pedía alguna prenda amarilla, muy amarilla, amarillísima… y no debía de ser la única, porque Pantone ha nombrado el amarillo Minion (esos adorables bichitos de “Mi villano preferido”, que en unos meses tendrán película propia). Hasta ahora y desde 2000 solo teníamos un color del año, el Marsala, en el caso de 2015, pero parece que eso está cambiando. Fue el músico Pharrell Williams quién lo sugirió y Pantone ha valorado las cualidades de esperanza, alegría y optimismo que transmite ese color. Intuyo unos meses con mucho Minion a mi alrededor.