Oda a mi cama

OLYMPUS DIGITAL CAMERA¿No echas de menos tu cama? Me preguntan a menudo, ahora que toca viajar. ¿No añoras tu almohada, el tacto único y de abrazo de tu colchón? Añoro, desde luego, mi colchón, que está recién estrenado y es un Eve Sleep. Pero sobre todo echo de menos todo aquello que hago en mi cama y que durante los viajes, en los hoteles, por exquisito que sea su trato, por esmerado que sea su servicio, no puedo hacer.

No me entiendan mal. He dicho en muchas ocasiones, en esas declaraciones fuera de micrófono, que tanto gustan a los periodistas porque aportan frescura y son espontáneas y rompen la rigidez del personaje (y maldita la gracia que me hace que sean usadas fuera de contexto y no digamos ya en un titular, sin la ironía o la intención con la que fueron pensadas) que todo lo que me gusta hacer, se puede hacer en una cama. Y es cierto.

Mi cama es el terreno en el que leo y estudio, en el que encuentro a veces ideas que se resistían en el escritorio, donde vuelo y puedo ser una bailarina, o astronauta, como soñaba de niña, o sencillamente, una personas con menos problemas y más tiempo. En la cama puedo jugar a inventarme conversaciones con dos mágicos pajaritos dorados que son, en realidad, un salero y un pimentero. Puedo abrazarme a Maxim Huerta y buscar La parte escondida del iceberg. Tomo el té y algo más que acompaña el té, busco remedios para la melancolía en libros como Manual de remedios literarios, y hago algo que me reconcilie con mi pobre piel con el Gelee Hydratante qui fait mate de Kenzo.

Sueño, sobre todo. Por que soñar es la sal de mi trabajo y lo que permite, tras los viajes, que vuelva la calma a mi piel y el brillo a mis ojos. Es aquello de lo que me nutro. Es, en definitiva, más que dormir, es todo aquello que en los hoteles, con la prisa, y el cansancio, y la almohada ajena, no puedo hacer.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAMi colchón Eve Sleep llegó a casa como nunca lo hubiera imaginado: enrollado en una caja en la que apenas parecía caber una almohada, envasado al vacío, ligero y cálido. Un paso más en el packaging.  Las paredes de la caja albergaban citas de Lewis Carroll, o de Robert Frost. Rusia se dedicó a leerlas una a una. Y pude elegir las iniciales para personalizar mis almohadas que fueron (nada original) EF. Suave y adaptable, silencioso, reúne todas las características que se le pueden pedir a un buen confidente, a un buen colchón, a un buen amigo.

Las tazas, las bandejas en forma de corazón, las bandejitas de hojas, los pajaritos… son de Salvador Bachiller y los podéis encontrar aquí. Las fotos fueron tomadas en mi casa, por supuesto, en mi cama, por Nika Jiménez.

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La Fiesta de verano de Kenzo y el “Mono no aware”

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Cuando me llegó la invitación para la Fiesta del Verano de Kenzo, que coincidía con el 15º aniversario de su perfume Flower by Kenzo, la pregunta era obligada: ¿Qué estaba yo haciendo hace quince años? Me encontraba aún de promoción tras el Premio Planeta, y recuerdo bien lo novedoso del diseño de la amapola encerrada en un frasco transparente. Yo era joven y aquello era nuevo.

La amapola, esa flor salvaje, frágil, perecedera (hay que chamuscar su tallo para que dure, una vez cortada) ha sido una obsesión para muchos poetas. Los simbolistas la empleaban como una metáfora de la pasión, por su color, y del sueño, por sus cualidades de adormidera. J. R. Jiménez quería casarse con ella, y era un juguete para los niños de campo, que las veían brotar entre el trigo y en los campos como una sorpresa encarnada. En la tradición japonesa del Mono no aware, de la que bebe Kenzo, la amapola fue empleada como símbolo de la belleza efímera en desde el siglo VIII; mil años más tarde, K. Issa escribió este bello haiku:
Vivimos.
Simplemente.
 Yo y la amapola.

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EspidofiestaKenzoPor lo tanto, y en homenaje a esa amapola atrapada en el tiempo, flores rojas adornaban mi vestido, con lentejuelas y tul en los bolsillos, de The 2nd Skin Co. Corto, y de tejido algo rígido, se ajustaba con un cinturón rojo. Las sandalias negras de Cuplé,  eran tan bonitas como cómodas. El pelo no debía adquirir el menor protagonismo: una coleta baja, similar a las vistas en los desfiles de Kenzo. Un bolso dorado, el maquillaje de Chanel  y joyas en oro rosa y diamantes de Chocron Joyeros: unos pendientes de estrella de la  Colección ChCirca; la sortija de la colección ChAstral, maravillosa, que concitó más de una envidiosa mirada; el brazalete articulado de la colección ChRomanChic, de inspiración victoriana, con un diseño floral, que suavizaba la propuesta más rígida y geométrica de los anteriores.

Y, curioso, en esa fiesta salpicada de rojo, en la que imaginaba bullicio, ruido y alegría, mantuve con Màxim Huerta, a quien no esperaba ver allí,  una de las conversaciones más interesantes sobre la calma, el estrés y el proceso de escritura que recuerdo en los últimos tiempos. Mono no aware, sensibilidad ante lo efímero.

Pasapalabra (3ª Parte)

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¿Qué tienen en común Màxim Huerta, Eduardo Mendicutti, y Paloma López Borrero? ¿Y qué vínculo comparten conmigo? A primera vista, somos muy diferentes en edad, en orientación profesional, o trayectoria vital. Ni siquiera publicamos en las mismas editoriales. No procedemos de los mismos estudios, ni hemos vivido en los mismos países, ni nacimos en la misma provincia. Si embargo, en todas las ocasiones en las que me he encontrado con ellos (en la radio a Paloma, en firmas del libro a Eduardo, una de ellas mítica, un experimento raro previo a la Noche de los Libros que salió… bueno, entre mítica y rara, y en circunstancias más personales a Màxim) se han hecho evidentes varios puntos en común: un desmedido amor por las historias, las escritas, contadas, escuchadas, las anécdotas, la vida, los recuerdos… Un sentido del humor que no excluye reírse de uno mismo. Y una enorme calidez.

El mundo de la literatura, y más aún si se une al de los medios de comunicación, ofrece el peligro de que se pierda el sentido de la realidad. Ambos son absorbentes, y se alimentan del otro, del lector o del espectador. Convierten a los autores en referentes, pero también los objetualiza. Si hay algún asidero a la realidad, éste radica precisamente en la autocrítica y el sentido del humor. Nada más terrible ni desmitidicador que el comprobar que alguien a quien leemos, con quien nos hemos emocionado, es, en realidad, un divo, alguien que se toma demasiado en serio, una figura artificial hecha de fama, textos e imágenes.

Este tercer programas de Pasapalabra se emitió la víspera del Día del Libro, en el que el escritor Juan Goytisolo recibiría su Premio Cervantes con un discurso en el que recordaba que escribir no se aleja demasiado de una adicción. Centenares de personas acudirían a las firmas de sus autores preferidos, en Cataluña, con una rosa, además del libro. En las televisiones se colarían los libros, y los autores; muchos de ellos se ganarían para siempre al lector en la distancia corta. Otros los perderían por un mal gesto, una frase maleducada, su endiosamiento o un simple malentedido.

Espero que estos tres programas hayan servido para lo primero. Sé que mis compañeros lo han logrado.

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En este día lleno de palabras, el vestido de Dandara era perfecto para la televisión (rayas contrastadas, pero tan anchas que evitaban el moaré), y para anticiparse a la tendencia marinera que promete invadirnos este verano (qué verano no, por otra parte). Los zapatos de Paco Gil se inspiran en un relato de Fernando Marías, de manera que además del guiño al impermeable amarillo del psicópata de “Las dos caras del mal”, había una excusa literaria para usarlos ese día. El bolso azul, de pelo corto labrado, triangular, de Salvador Bachiller, emula al de Mary Poppins: es mucho más grande por dentro que por fuera. Las pulseras han llegado a mí a lo largo de los años; algunas provienen de mercadillos, otras de Suiteblanco, y alguna la heredé de una amiga. La gargantilla de placas metálicas es, en realidad, una pulsera pintada a mano, regalo de Juan Carlos Martínez Cañabate, que fue durante años director del Museo del Calzado de Elda, y alma ahora de la Fundación Paurides.  Labios rojos, una coleta con actitud…
Y así sobreviví al tercer día. Estoy impaciente porque lleguen los siguientes.

Pasapalabra (1ª parte)

1 ¿Alguna vez os habéis imaginado en el plató de Pasapalabra, con el tiempo en contra, las definiciones de Christian Gálvez a toda velocidad y un abecedario circular en torno a vuestra cabeza? Os aseguro que tiene poco en común con la tranquilidad con la que se compite desde casa, superponiendo tu voz a la del concursante, y con una mantita sobre las rodillas. En realidad, los invitados nos jugamos muy poco: solo podemos aspirar a que nuestros aciertos sumen unos preciosos segundos de tiempo que permitan que las cifras mareantes del premio queden un poco más al alcance de los concursantes.
Con motivo del Día del Libro Pasapalabra nos invitó a Màxim Huerta, Paloma Gómez Borrero, Eduardo Mendicutti y a mí misma a tres jornadas en las que tendría lugar un homenaje a la Biblioteca Nacional, y al Quijote. Acepté encantada, porque mi experiencia en otros programas fue divertidísima, y porque reconozco que mi vena competitiva aflora sin remedio, y regreso a mi infancia. Literalmente, me vuelvo una niña.

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Para este primer día escogí un vestido de raso de Triana by C, en verde militar, con una preciosa franja en la cintura de brocado plateado, que quizás no se apreciara demasiado en la pantalla, pero que podéis ver en las fotografías. Para continuar con la misma gama, me puse unos salones plata de Paco Gil, con pulsera al tobillo, un anillo de plata ahumada de Dimitriades, un brazalete con estrellas en lugar de eslabones (no soy supersticiosa, pero un poco de suerte no venía mal) y unos pendientes irregulares de Parfois. El bolso de pitón gris fue un regalo de mi madre, y está personalizado.
Primer día superado…