Y ahora ¿qué?

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Estos días he repetido varias veces en las entrevistas sobre Llamadme Alejandra que esta novela ha ocupado catorce o quince años de mi vida. No ha sido mi dedicación absoluta, como puede comprobarse por mis otras publicaciones y trabajos, pero sí una compañía o un deber constante que pendía sobre mí como una damocliana espada literaria.  Ahora, tras haber conseguido el Premio Azorín 2017, y con dos meses o tres por delante de trabajo compartido con libreros, periodistas y ferias para que el libro llegue al mayor número de lectores posible, es el momento de detenerme y de preguntarme qué hacer ahora

Cuando un proyecto de una duración tan prolongada finaliza, y lo hace de una manera tan deseable como con un premio, existe un peligro latente: el desánimo: Contra todo pronóstico, la sensación de vacío. Una ligera duda, o una profunda conmoción. Qué escribir ahora, qué iniciar cuando aún no nos hemos desprendido del todo de lo anterior. La primera vez que me enfrenté a esta emoción fue cuando publiqué mi primera novela, Irlanda, y el mensaje que recibía a mi alrededor era que ya “lo” había logrado. Entonces me empeñé en que era el inicio del camino, no una conquista. Año  y medio más tarde conseguía el Premio Planeta 1999. Nuevamente me hablaron de haber conseguido ya algo que clausuraba un ciclo, o incluso del fin de mi carrera literaria. Mi respuesta fue continuar trabajando, marcharme fuera de España para iniciar un proyecto nuevo, y, con la cabeza fría, repetirme que este es un oficio que puede mantenerse durante décadas, con altibajos, y que se derrumba si olvidamos la pasión y la seriedad.

De nuevo, el Premio Azorín no me pilla desprevenida. Un nuevo ensayo, una novela juvenil y otra infantil, y la actualización a lenguaje contemporáneo de El conde Lucanor me aguardan durante este próximo año. Comunicación y estudio, ensañanza y literatura, mis cuatro pilares. El empeño en el éxito es un mandamiento de la sociedad contemporánea. Se valora la obsesión, un único objetivo ambicioso. Una sociedad neurótica y fácil de etiquetar. Sobrevivir al éxito requiere una estrategia en sí misma. Cuando se relativizan los triunfos y se planean sus resacas resulta más sencillo asumir el fracaso. Cuando un proyecto vital se argumenta a largo plazo, quizás dé mejor resultado  trabajar poco a poco, con paciencia, sin perder de vista el disfrute cotidiano.

 

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPodéis encontrar aquí el vestido de tul bordado de Mango.  La peineta lleva la firma de Marisa Bell Design. Las fotos fueron tomadas en Alicante, por Nika Jiménez.

El Invernadero: una pausa distinta.

OLYMPUS DIGITAL CAMERAOs había comentado en el post que podéis leer aquí que se había llevado a cabo en el Invernadero de Salvador Bachiller. Hoy quería mostraros con más detalle este precioso lugar escondido en la Gran Vía de Madrid.

Desde el exterior las apariencias indican que es una tienda más de los mil objetos (zapatos, y bolsos, y menaje, y maletas, y…) que Salvador Bachiller ha incorporado a sus colecciones. Grande, colorida, ordenada, han vivido una importantante reforma y cambio de concepto. Hay que llegar al final de los estantes para encontrar una escalera que desciende al Invernadero de exuberantes plantas, suelos con mosaicos de cristal de colores y unos espejos que, como todos los que sirven para algo importante, llevan a otras realidades.

¿Un té? Claro. ¿Unas gyoza, humus, un sandwich? Sí. Y un zumo, y todo eso que en cada da tanta pereza pero que en un invernadero secreto sería un error no probar.

El lujo tiene mucho que ver con el tiempo, con el tiempo robado en particular. Los minutos dedicados a los seres queridos o a una misma. La pausa entre la prisa y las carreras. Un momento atrapado entre los espejos del Invernadero.

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En las fotos que me sacó Nika Jiménez llevo una camisa blanca de Mango, unos shorts de terciopelo rosa y un anillo de plata de Tatiana Riego.

Todo lo que me rodea (las tazas, que recordaréis de mis bodegones, los vasos, los espejos, los salvamanteles) pertenece a las nuevas colecciones de Salvador Bachiller. La nueva imagen de la casa, que merece una pausa y un buen té.

“El chico de la flecha” en Madrid

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Faltaba que El chico de la flecha se presentara oficialmente en Madrid: de entre las muchas librerías con un espacio reservado para la literatura infantil y juvenil  Librería Lé fue la escogida, y el día 21 de enero nos reunimos lectores, alumnos, amigos, niños y mayores, para charlar un rato sobre historia, sobre la Hispania Romana, sobre los jóvenes y nuestra responsabilidad hacia ellos.

Conté, por ejemplo, cómo había surgido la idea de escribir esta historia: un fin de semana con mi amiga de la infancia, Valentina, que estaba presente y no podía contener la risa cuando recordaba las anécdotas que vivimos en el colegio, cuando ya torturaba a mis compañeras con obras de teatro, cuentos y ocurrencias. Hablamos de los niños y sus preocupaciones, y de una de las más acuciantes de los padres: que los niños desarrollen el amor por la lectura. De la pasión común que mi editor Pablo y yo sentimos por la antigua Roma y por su legado. Y, en definitiva, de todo aquello que nos une y que deseríamos que nos uniera a quienes queremos.

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Para esta presentación llevé mi abrigo blanco de Promod, con botines de terciopelo negro de Mango, y un bolso reversible (mostaza y de estampado animal ) de Gloria Ortiz. El top de tartan blanco y negro es de Chip Up. Los pendientes con turquesas, de Luxenter, fueron un regalo de María, la bibliotecaria y profesora de historia del IES García Bernalt. El brazalete, de jaspe, lleva la firma de Nockt, y la sortija de oro y zafiro es casi tan antigua como mi amistad con Valentina: fue un regalo de mi comunión. Por último, las gafas son de Musthave.

Las fotos son responsabilidad de Nika Jiménez.

 

Bajo el techo de Bump Green

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Los lugares nos conforman, de la misma manera en la nuestros recuerdos los transforman a ellos. En los últimos años me he esforzado en asignar nuevos recuerdos a lugares nuevos. Es una manera sutil, pero muy eficaz, de transformar nuestra vida. La nostalgia, al menos para mí, resulta inevitable, y no me suele llevar a nada bueno: pero no hay espacio para esa nostalgia en los sitios que descubrimos por primera vez. La sustituimos por la atención, o la curiosidad, o por el momento presente, ese que se escapa en cuanto nos damos cuenta.

Para mí BumpGreen, en Velázquez 11, de Madrid, es el lugar donde quedo con Macarena Berlín, la dulce voz que nos sale al encuentro de madrugada en La Ser en Hablar por hablar. Una mujer de una generosidad y unas cualidades tan difíciles de encontrar como gratificantes; pero es también el espacio que me sorprendió en su inauguración por una decoración ecléctica y arriesgada, obra de Adriana Nicolau, en la que las espectaculares arañas de vidrio se mezclan con las piezas inconfundibles de Guille García-Hoz, donde afirman que la comida tiene alma y que cocinar con paciencia, con productos orgánicos y con imaginación es una manera, (y otra vez sale ese concepto) de transformarse.

BumpGreen es también importante por razones secretas, por lo celebrado allí con una mezcla agridulce de fin de etapa y comienzo de vida, porque este enero gélido me trae cambios que son, como todos los realizados a conciencia, necesarios y dolorosos. Y casi todo lo digno de recordarse hay que celebrarlo comiendo: un hummus con cortezas de bacalao, por ejemplo. O un tartar de salmón, o un postre con su leve toque de caramelo salado. La carta despierta primero la curiosidad y luego los sentidos. Y luego, los sillones amarillos de la entrada invitan al café y la conversación.

Convertimos los lugares en aquello que sentimos. Traspasamos nuestra mirada y nuestras emociones a las paredes. Y eso, a veces, es una declaración de intenciones.

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El look de ese día se componía de un abrigo blanco que ya me habíais visto aquí, unos pantalones anchos de tweed de Zara, una camisa de cuello de tira y pespuntes negros de Mango que estrenaba ese día y que me tiene enamorada, y el bolso Cebra, con estampado animal, de Tatiana Riego.

Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez con mi último juguete, la cámara Olympus E-PL8, mi mejor regalo de Reyes, que me ha traído, literalmente, una visión nueva de las cosas.

Presentación para replicantes en Plasencia

OLYMPUS DIGITAL CAMERACon mi novela juvenil El chico de la flecha estoy disfrutando de varias presentaciones abiertas a niños, a sus padres y profesores; lo habitual suele ser que los esfuerzos se concentren únicamente en dirigirse a los chicos, en sus institutos, en encuentros para el fomento de la lectura.

Si la primera presentación se hizo, como parecía lógico y conté aquí, en Mérida, en el Museo de Arte Romano, rodeada de mosaicos milenarios, de estelas conmemorativas y de magníficas esculturas, la segunda tuvo lugar en la librería que ha recibido el Premio Nacional de Fomento a la Lectura 2016, La Puerta de Tannhäuser de Plasencia.  y de la mano de quien, sin duda, es el lector que mejor me conoce y que más tiempo me ha dedicado, el profesor Samuel Rodríguez: no en vano se ha doctorado Cum Laude en La Sorbona con una tesis sobre el mal en mi obra.

Las bibliotecas son para mí lugares maravillosos: las librerías, en cambio, antros de perdición. Resultan focos irresistibles cuando, como en el caso de La Puerta de Tannhäuser, están pensadas con mimo y atención para que un lector incauto, un replicante,  no quiera salir nunca de allí, con la oportunidad de tomarse un café y de hojear con calma los libros, en este caso de editoriales minoritarias. Además de funcionar como librería online, cuenta con una sección para niños escogida con un primor llamativo. En las estanterías reconocía numerosos ejemplares que habían aparecido en mis recomendaciones espidianas; libros ilustrados, novelas gráficas, reediciones preciosas y clásicos con un aire renovado.

Respecto a la presentación, qué decir salvo gracias: la librería se abarrotó, y de la historia romana pasamos a hablar de educación infantil, de los valores transmitidos a los jóvenes y de la responsabilidad que los adultos asumimos (o no) respecto a un mundo complejo, extraño y cambiante. Dos horas (si me animan a hablar no hay límite a la conversación) de encuentro entre replicantes y lectores.

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Para resarcirme del frío y la lluvia de Mérida, Plasencia me acogió con un sol optimista y jovial; me hice con uno de mis vestidos vintage de los 70, granate, en esta ocasión, de punto, manga larga, y con canesú y un falso obi incoporado. Llevé un collar dorado de LaOneta, y unos de mis zapatos preferidos de esta temporada, estos salones de pitón de Mango. Iba abandonando en todas parte mi bolso de mano de Gucci.  El esmalte de uñas granate es el Malaga Wine de OPI.

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No puedo olvidarme de Samuel, mi atento presentador y anfitrión en Plasencia, de mis amigas por Instagram Flores en tu ensalada, que tuvieron la amabilidad de acercarse a acompañarme, (obsérvese que al final de la presentación estaba ya hasta despeinada) y de Cereza Design, que me regaló el precioso brazalete que llevo en alguna de las fotos. Ni, por supuesto, de la charla y de las confidencias posteriores con los libreros, Álvaro y Cristina, pura vocación, apasionados de los libros y de un oficio al que debemos tanto los escritores. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez.

Viaje a la tierra de Jane Austen (III) Chawton

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Cuando el padre de Jane Austen muere, deja a tres mujeres solas y un problema: ¿de qué van a vivir? Han fundido sus ahorros en Bath, una ciudad cara y poco hospitalaria, como ya vimos aquí, carecen de ingresos propios. Cassandra madre tiene unos pequeños ahorros, Cassandra hija otros poquitos. Jane nada en absoluto. En esta situación se encontraban muchas mujeres de la época: no se buscaba marido por necesidad romántica, sino por una sociedad que impedía que las mujeres de clase media pudieran trabajar y las condenaba a ser dependientes.
Fue su hermano Edward, adoptado por una familia adinerada, quien ofreció una solución: él poseía una preciosa posesión en Chawton, muy cerca de donde siempre habían vivido los Austen. Dentro de esa finca, cuya mansión principal es ahora una Biblioteca y Centro de estudios dedicado a la literatura escrita por mujeres, había una granjita que legó a su madre y a sus hermanas. Luminosa, digna y con suficiente espacio como para recibir visitar, les permitia una vida recogida y frugal.
Las niñas Austen eran ya mozas viejas: Jane había pasado de los 30. No se iban a casar: ni ella, ni su hermana, ni su mejor amiga, Martha Lloyd, que se fue a vivir con ellas. Vestían como mujeres mayores, y se esperaba de ellas poco: que no dieran demasiada guerra, que fueran discretas, que se ocuparan de sus sobrinos.
Contra todo pronóstico, Jane fue feliz en esa casa y con esa vida. Comenzó a escribir de nuevo, a revisar textos antiguos, se relacionó de nuevo con vecinos y amigos y durante los años que le quedaron de vida, que no fueron muchos, fingía revisar las cuentas de la casa en una mesita, muy pequeña, mientras en realidad escribía sus novelas, ocultas en cuartillas bajo la contabilidad.
La casa, rodeada de un precioso jardín de estilo inglés, muy cuidado, huele a lavanda y transmite serenidad y luz.  Puede visitarse porque en la actualidad es una casa museo. Jane y Cassy compartían habitación y cama, como habían hecho durante toda su vida. En el salón, el piano de Jane (El mejor que hemos podido conseguir por 30 guineas) sigue allí. La madera cruje, se han conservado retratos, y joyas, y prendas de ropa de la época. Pareciera que en cualquier momento una criada fuera a cruzar el pasillo con sábanas de lino limpias.
Jane no murió en esa casa, sino en Winchester, en cuya catedral se encuentra enterrada y recordada. Enfermó en primavera 1817, y apenas duró unos meses, los suficientes como para intentar que la trataran médicos especializados en la ciudad. Tenía 41 años. Su hermana y su madre vivieron muchos más años, en paz, en parte conscientes del talento y el éxito de Jane. Al morir, las enterraron en dos tumbas gemelas en el cementerio de Chawton, a un paseo apenas de su granjita de ladrillo rojo, Había dejado seis grandes novelas, e historias suficientes como para hacernos disfrutar y reflexionar durante dos siglos.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAAquí, quizás con una taza de té o una crema de verdura en el Cassandra’s Cup, un salón de té que se alza al otro lado de la calle de la casa, terminamos nuestro viaje con El País viajes. Un vistazo a una vida en apariencia como otras, a la que el talento hizo descollar de manera sorprendente.

Para esta última etapa elegí un vestido negro de Dolores Promesas, con un estampado de orquídeas, de manga larga y corte simple, unos salones de terciopelo verde y un camafeo de cuarzo rosa que me regaló un joyero artesano amigo. El día era hermoso, pero frío, y llevé el abrigo de color teja de Mango que tantos fríos me ha aliviado.  Y los libros (Orgullo y Prejuicio, Emma, Sentido y Sensibilidad…) que nos permitieron conocer esos lugares, incluso antes de dejarlos atrás en este viaje.

Una noche en la fábrica de Ria Menorca

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Cuando éramos niñas, muchas de mis amigas soñaban con quedarse encerradas una noche en El Corte Inglés, con todas las plantas a su antojo: el cielo, angelitos con cítara aparte, no parecía capaz de superar la oferta de atractivos de un gran almacén.

Yo, en cambio, hubiera preferido una noche en una fábrica. De qué, no me importaba. Crecí en una localidad fabril: lo que ocultaban las vidrierías, las acerías, las plantas de envasado, me parecía un mundo fabuloso con robots y órdenes secretas. Ha pasado mucho tiempo y varias remodelaciones industriales, pero mi fascinación por los lugares donde se fabrican cosas (los talleres, las empresas, las fábricas, las bodegas o las plantas de procesado) continúa intacta.

Siento debilidad por las fábricas de calzado, quizás porque me han enseñado a apreciar el minucioso trabajo que se esconde detrás de cada zapato, y el papel que el calzado español ocupa en el mundo. Valoro enormemente a quienes, pese a la aplastante competencia, continúan produciendo a nivel local, con las garantías y los controles de calidad europeos. Me gusta que las historias me obliguen a mirar de otra manera, con otra atención, mi entorno.

La que me esperaba cuando me invitaron a visitar la fábrica de Ria Menorca se remonta a hace casi 70 años: en 1947 Bartolomé Truyol comenzó a fabricar avarcas, (en castellano, abarcas o menorquinas), en un nuevo giro a una tradición que se remonta al calzado que llevaban los honderos baleares en sus enfrentamientos contra los romanos o los cartagineses. Guerreros cotizadísimos por su puntería, capaces de matar a un hombre de una pedrada a 100m, Tito Livio ya habla de ellos, y aunque en ocasiones los describen descalzos, otras fuentes mencionan sus tres hondas de combate y su peculiar calzado.

Esas abarcas primitivas se mantuvieron casi sin cambios durante siglos, me explicó Carlos Truyol, el hijo del fundador, y actual responsable de Ria Calzados, hasta que un elemento extraño llegó a la isla: las ruedas de caucho de los automóviles, las llantas. El diseño que protegía los pies, y con una tira en el talón que permitía sujeción, pero también que las piedras y la tierra no molestaran, se mejoró con una suela curva recortada de las ruedas. De los clavos finísimos, el cuero y el hilo encerado primitivos se pasó con rapidez a una manera de producción más ecológica y eficaz.

Pese a su sencillez, que es precisamente la clave de su éxito, el diseño permite una variedad ilimitada: esa ha sido una de las obsesiones de la segunda generación de Ria. Por ejemplo, en 2005 la suela curva dio paso a una cuña en el calzado femenino, que oscila entre los 3,5cms a los 10cms, y que incorporó la abarca en looks más formales.  Por otro lado, desde 2009 el caucho se alternó con diseños más ergonómicos,  con una plantilla de viscolástica tan cómoda que resulta una sorpresa calzarlas.

La parte que cubre los dedos, llamada pala, también ha experimentado cambios: desde los diseños de la artista María Janer (y otros artistas, en ocasiones destacadas) al troquelado con láser, se ha convertido en un espacio diminuto perfecto para expresar la personalidad y el gusto particular.

La fábrica de Ferrerías,  recién estrenada, me entuasiamó. Alberga una tienda deslumbrante en variedad y número, y reúne bajo su techo todo el sistema de producción, que puede observarse desde una pasarela elevada. Las hormas, los tejidos, (mi sección preferida) los puestos para el cosido o el encolado, todo funciona como un organismo joven y único; el resultado, las abarcas, sale para todos los rincones del mundo: Asia, América u Oceanía reciben las mismas menorquinas que yo tengo ahora ante mis ojos; y. mientras yo camino por la nave, con sus cajas blancas y rojas en perfecta alineación, en algún lugar del mundo alguien que duerme ignora aún que estoy presenciando cómo se fabrican sus abarcas.

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Para visitar la fábrica de Calzados RIA elegí un vestido de raso negro de Mango, de líneas fluidas. Llevé uno de mis collares preferidos, el de la espina de pez, realizado con piedras semipreciosas y cristal balear. Entré con unas sandalias de ante y strass de Paco Gil, pero, como el destino es el destino, salí con unas avarcas doradas, de cuña alta. Y ¿quién soy yo para oponerme al destino, si es dorado y me hace elevarme sobre el suelo?

Viaje por Irlanda (VI) Dingle y el Oratorio de Gallarus

20160911_182244El condado de Kerry fue mi siguiente destino, tras las impresionantes cumbres muy borrascosas de Moher (podéis leer sobre ello aquí).

El Parknasilla Resort es un hotel ligeramente distinto a los anteriores: no porque fuera hermoso, tuviera un spa u ofreciera espacios para el golf, sino porque su situación en una pequeña península ofrecía la posibilidad de varias rutas entre la costa y los bosques, incluso por una diminuta isla privada. Rodeado de vegetación exuberante, hortensias de colores intensos y guijarros pulidos, con una sala dedicada únicamente al silencio y galerías con libros a disposición de los huéspedes, albergaba tambien a familias con niños, a los que proponen planes propios.

20160911_182313Me encontraba muy cerca de la Península de Dingle donde se rodó, entre otras, La Hija de Ryan. Si algo había descubierto en este viaje con Pangea era que yo sabía cuándo abandonaba el hotel, pero no cuando regresaba: ni si necesitaba meter las botas de agua o las gafas de sol. Por lo tanto, de cada cambio de ropa hice dos versiones. Una más formal y otra más versátil.

Por ejemplo, la misma camisa blanca y la falda de tul gris de Zara podía llevarla durante el día con alpargatas de cuña, un cinturón trenzado y pendientes de plata noruega.  Pero podía darle un giro rápido con un obi artesano, pendientes de hojas con cristales, un bolso de raso Vasari y unas mules doradas. Como el día amaneció radiante, me arriesgué a llevar una biker de Mango de ante caramelo.

20160911_175630-01Los desayunos se estaban convirtiendo en la mejor parte del día. En el caso del Parknasilla, no perdoné los frutos rojos y la bollería ninguno de los días, mientras disfrutaba del servicio de plata y las cambiantes vistas del comedor acristalado.

20160911_174950Dediqué la mañana a pasear por las rutas que rodeaban el Parknasilla: una de ellas bordeaba el mar, atravesaba una turbera, y se adentraba en la islita vecina, donde los árboles crecían y se derrumbaban con entusiasmo. A veces tenía la sensación de haber vuelto a los años en los que eran niña, y subía al monte con mi padre; el liquen sobre las piedras, los helechos, los crujidos de los troncos en las alturas, las ardillas sin miedo alguno eran los mismos. El territorio de mi novela Irlanda, o de Nos espera la noche se gestó en paseos parecidos.

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20160911_174007Con desayunos de esas características, la comida del mediodía debía, por fuerza, ser frugal: pero al menos para un sandwich había que detenerse en Sneem, uno de los pueblos más bonitos y cuidados de Irlanda. Aunque solo fuera por sentarse en una casa de paredes malvas.

20160911_174120La península de Dingle ha sido considerada uno de los lugares más hermosos de la tierra: además, por su posición, se creyó que era uno de los fines del mundo: como Finisterre, como Land’s End, en Cornualles.  Si se cruzaba ese confín, no se regresaba ya. Más allá había monstruos, y se defendían de los humanos con vientos huracanados, con olas gigantescas y grandes peces de formas extrañas.

La niebla y la bruma, y sobre todo, el viento constante, convierten esa zona en un lugar indómito, de una belleza en moviento continuo. No se deja conquistar, no sabe de serenidad. Invita a domarlo y no a comprenderlo. A aceptar que hay fuerzas y misterios más allá del poder humano.

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9-4Y, sin embargo, solo unos pocos kilómetros más allá se alza uno de los lugares sagrados con más historia y que transmite más paz de toda Irlanda; el Oratorio de Gallarus, una edificación misteriosa, que algunos consideran del siglo VI y otros del XII; , además de un lugar de culto casi ininterrumpido durante siglos, muestra una construcción  paleocristiana fascinante.

Hay que pagar un pequeña entrada para acceder, y entre los muros de piedra y los enormes macizos de pendientes de la reina, posado al pie de una ladera, de pronto, se alza el Oratorio.

20160911_181420-01Tenía que dedicarle un poco de atención a las vacas de la zona: de un precioso color dorado, y una calma proverbial, se encontraban en los alrededores del Oratorio, y contemplaban con curiosidad a los humanos que por allí pasaban. Con tanta curiosidad que estoy convencida de que después, en bovino, cotilleaban sobre nosotros.

-Qué birria de turistas nos han llegado hoy.

-Ya te digo. Donde esté un buen grupo de japoneses…

-¿Y esa que venía con la cazadora de ante? ¿Qué se quería hacer pasar, por una de nosotras?

-Tengo una prima en Moher que me dijo no sé qué de una turista que se dedicó a escalar el acantilado por su cuenta.

-Es que van como locos.

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9-2El Oratorio, que tiene forma de quilla de barco, se construyó siguiendo una técnica casi megalítica: al parecer, tiene un poquito de argamasa en el interior, quizás posterior, pero el encaje de la piedra exterior, suave y uniforme, es misterioso y de una resistencia extrema. Cada uno de los paisajes de esta etapa transmitía una energía propia, inconfundible: y esta zona transmitía la  serena sacralidad de un lugar donde se ha rendido culto a algo invisible durante mucho tiempo. Algo sutil, pero inconfundible. Fuera, la belleza, la calma, la silueta de piedras.

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9-3Dentro, el misterio.

17-1Podéis acompañarme a la etapa siguiente aquí.

Hair Time

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Si en las tiendas de ropa me invade la sensación que tendría un niño en una tienda de chucherías, en los salones de peluquería tiendo a comportarme de una manera un poco solemne; pude comprobarlo en la última ocasión, cuando acudí a Hair Time y me vi en el sillón de cuero blanco, reflejada en el espejo, con un aire entre expectante y respetuoso. Los peluqueros han heredado una profesión solemne, que comenzó con los barberos y los hechiceros, los encargados de cuidar el cabello y de marcar los rituales de madurez. En todas las culturas, el pelo y su trato es cosa importante: una señal de estatus o incluso un castigo.

Después de varias semanas en que mi vida ha girado en torno a mi nueva novela, absorta, y en las que solo me faltaba hacerme la manicura a bocados, como mis gatas, llega el momento de regresar al mundo; y lo hago además a través de medios tan visibles como el teatro y la televisión. No es el momento de sentirse insegura; en estos días previos estoy dedicando tiempo a todo lo que luego no podré cuidar. Y el cabello se encontraba en primer lugar. Habrá quien no entienda esto: es un peso que muchas mujeres añadimos al resto de nuestras responsabilidades, y de lo que no hablamos. Para mí, después de la depresión, verme bien, cuidar mi aspecto,  es un indicador de mi salud y de mi vitalidad.

Hair Time solo tiene el inconveniente de encontrarse en una ciudad en la que no vivo: el resto (la técnica, la profesionalidad, el diseño, la discreción) son virtudes. Aproveché por lo tanto un viaje a Barcelona para la grabación de la clase del Master de Traducción de la VIU para a acercarme a este espacio cuyo trabajo es el secreto de la apariencia de muchas mujeres admiradas por su estilo, y del que no alardean: puede verse en los pies de fotos de numerosas revistas.

Para mí, que no trabajo con nada que requiera de habilidad física, resulta hipnótico ver la pericia con la que cualquier persona usa unas tijeras, un cuchillo o una navaja. El corte en seco que me realizó Mónica fue un tallado minucioso y el cambio se podía observar en cada giro. El cabello caía en mechones, como pequeñas serpientes castañas que reptaran por el suelo.

He escrito varios cuentos que ocurren en peluquerías y salones de belleza. Quizás porque sea un lugar en el que solo puedo observar. Y muchas cosas ocurren, muchos secretos se deslizan, muchos días felices se preparan en esos espacios, entre los espejos y las confidencias.

Como para todo, en el secreto de la fama de Hair Time no hay fórmulas mágicas: excelentes productos (Aveda), técnica esmerada y buen conocimiento del cliente, al que intentan comprender en un tono casi de psicólogo. Como para todo, no hay atajos. El mimo constante. El olor del agua de rosas rociada antes del secado, el paño de algodón que protege la frente y los oídos de la toalla caliente durante la mascarilla hidratante, el esculpido con producto que se aplica con las mechas no se dan por casualidad.

El resultado habla del proceso: unas ligerísimas mechas miel, apenas chispazos de luz. Un corte nuevo y con más movimiento. El pelo cuidado, sano y con un brillo lujurioso. Las ganas casi irrefrenables de bailar, de sonreír constantemente, de iniciar algo nuevo. De una manera muy distinta, sigue oculta en el cabello la magia que intuían los antiguos: algo serio. Algo que habla de convertirse en otro, de descubrir la fuerza propia y de comerse el mundo.

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Hair Time se encuentra en la Carrer del Mestre Nicolau 2, en Barcelona. El vestido de encaje, pasamanería y plumetti color marfil es de Mango, y muestra la espalda en un escote bajo. Las fotos son de Nika Jiménez.

Viaje a Irlanda (V) Los acantilados de Moher

8.1

La anterior etapa del viaje había transcurrido entre idílicos paisajes verdes, casi demasiado hermosos para ser reales, y proclives a que la distancia y la nostalgia los idealizara; eso se vería bruscamente alterado en la siguiente zona, la del condado de Clare.

Los acantilados de Moher pertenecen al inconsciente colectivo por sí mismos y entremezclados con otras narraciones: los hemos visto en reportajes y fotografías, en cubiertas de discos y de novelas: esa hermosa sucesión de barrancos cortados en diagonal se prolonga a lo largo de ocho kilómetros, y en cuanto se inventó el turismo en el siglo XIX (no para todos, claro; para ricos ociosos) ya se convirtió en un destino favorito de los viajeros, que lo llamaban “Los acantilados de la ruina”. De hecho, en algunas de mis fotografías se puede reconocer la torre O´Brien, que construyó un Sir local como mirador para esos pioneros devorados por el wanderlust.

Y mi generación no podrá olvidar el ascenso vertiginoso de la Princesa Prometida por los Acantilados de la Locura, presa por sus raptores, mientras el enmascarado pirata Roberts los sigue muy de cerca: sí, fue rodado en Moher, al igual que Harry Potter y el Misterio del Príncipe. Como en tantos otros lugares de Irlanda, cuando se llega allí ya hemos estado allí. Un fascinante déjà vu continuo.

Los acantilados ofrecen una vista impresionante que alcanza hasta las islas de Aran en los días claros: no era el caso durante mi visita. Amaneció un día de agosto gris, lluvioso y frío más adecuado para reflexionar sobre cuestiones existenciales que para visitar unos acantilados de 120 m de altura. Llovió con parsimonia y acrimonia durante toda la mañana, sin respiro.

Al llegar allí, entre caminos estrechos flaqueados por matas gigantescas de pendientes de la reina que rozaban el coche, me encontré con que el aparcamiento que da acceso al camino de 8 kms que bordea la cima de los acantilados estaba abarrotado. Imposible entrar, ni, por las características de la carretera, hacer cola.

Entonces decidí ejercer de bilbaína y tirar por el acantilado del medio: dejé el coche en la entrada de una propiedad particular a bastante distancia, y subí por un camino alternativo, campo a través, hasta el final de la sierra de acantilados.

Las vacas de los campos me miraban con bovino desprecio, lo que debió haberme dado una pista de lo que me esperaba. Si una vacada local, apiñada para protegerse del viento, te dice con la mirada que ellas no lo harían, es conveniente hacerles caso.

En mi imaginación, el vestido de encaje blanco de Mango  ondeaba con la brisa  suavemente, mientras mi mirada lánguida acariciaba el horizonte. Un ataque de bovarismo en toda regla.

El viento azotaba la ladera del monte con tal fuerza que era imposible avanzar sin tambalearse. Un cartel, de hecho, advertía del extremo peligro que corrían los caminantes, y, de pronto, no parecía demasiado exagerado. Veinte metros más arriba tuve que abandonar. El camino no ofrece demasiadas dificultades, pero literalmente el viento me llevaba. Incluso a gatas, algunas de las ráfagas me arrastraban contra la hierba. Zumbaba en los oídos hasta hacer daño y aturdir y desorientar un poco. No soy una persona asustadiza, y en ocasiones reacciono de manera impulsiva frente a una dificultad (también llamado síndrome McFly) pero nunca había sentido esa impotencia frente a una fuerza natural. Por el lado por el que intentaba acceder el camino está desprotegido, a diferencia del sendero superior, que, según me han dicho, ofrece más abrigo frente al viento.

De manera que recordé que llevaba veinte años en Madrid, que antes había vivido en Álava otros veinte, y ahogué a mi bilbaína interior a sopapo limpio. Retrocedí como pude, y me quedé con la espina de no haber podido observar los acantilados desde lo alto. Aún así, el paisaje y la experiencia resultaron inolvidables.

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Mientras el zumbido de mis  oídos se disipaba, puse rumbo al Anillo de Kerry, una ruta que recorre esa zona a través de caminos angostísimos y parajes deslumbrantes, hacia Killarney, con la intención de detenerme en un punto en particular, el llamado Ladies View.

Ese pequeño mirador, que se encuentra en mitad de la carretera, fue el punto donde durante la visita de la reina Victoria a la isla en 1861 (ya he hablado del turismo para ricos) los anfitriones locales hicieron que la comitiva se detuviera para admirar la vista. Los pequeños lagos, las colinas, las montañas. El condado en su esplendor. Y al parecer, las damas de compañía de la reina la admiraron profusamente; de ahí su nombre, la vista o el mirador de las damas.

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En un lugar así estaré a salvo, pensé yo, mientras tosía trocitos de brezo del acantilado de Moher. Las damas victorianas eran flores delicadas con corsé y miriñaque.

La leyenda cuenta que San Patricio expulsó a las serpientes de Irlanda. Pero se olvidó de los mosquitos. Tres minutos de admiración de la vista bastaron para que se corriera la voz entre los mosquitos de la zona de que yo había llegado. ¿Puede ser ella? ¡Sí, lo es! Tengo un primo en Tarragona que me habló de su sangre. Y yo un cuñado en la India. Yo ya la piqué en Cong, pero me supo a poco.

Hay gente que tiene mano con los ancianos, o con los niños. Gente a la que se le acercan los perros. A mí me adoran los mosquitos. Veintitrés picaduras conté durante los siguientes días. Quizás Irlanda no parezca, a priori, un lugar donde un repelente de insectos sea necesario. Lo es. A través del vestido de encaje que ondulaba etc picaban. Villanos.

Eso sí, la vista, impresionante.

Continuaremos viaje muy pronto. Ya sabéis que yo lo contraté en Pangea y que podéis adaptarlo a vuestra medida. 20160806_213006-01