Las paredes hablan

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Crecí en el País Vasco durante los años 80. A mis lectores más jóvenes les resulta difícil entender qué significa esa frase. Tras la relectura edulcorada e irreal de esa década en la que nos hemos empeñado últimamente, y con los cambios que ha atravesado mi tierra, tengo la sensación de que hemos olvidado la dureza de la crisis de los 80, una reconversión industrial feroz, la droga que arrasó una generación, y el horror constante de la violencia: los atentados, los asesinatos terroristas, el silencio y la lluvia constante sobre una ría contaminada, flanqueada por tinglados portuarios ya inútiles.

Bilbao, y el pueblo en el que yo viví, Llodio, no carecían de belleza: se encontraba allí, agazapada, a la espera de que alguien la viera. Literalmente, no había futuro: no solo el laboral, muy limitado. Faltaba la ilusión básica por el mañana, la fe en que las cosas podían ser diferentes. Los esfuerzos de muchos dieron su resultado: el símbolo de ese cambio fue un museo en la ría, antes industrial. Las paredes, que aparecían pintadas con dianas y nombres, demostraron que podían hablar, incluso gritar, de otra manera. Bilbao se transformó a través de su arquitectura, de un modelo de crecimiento basado en la gestión cultural. No podré nunca olvidar aquello porque lo viví y me reconstruí (mi manera de ver la vida, de creer en las posibilidades de la cultura, la confianza en mí misma) al mismo tiempo que la ciudad.

En los últimos años he estado involucrada en algunos de los procesos de recuperación urbana a través de la cultura: como testigo, o jurado en comités, he visto como colectivos ciudadanos o inversión pública han hecho que ciudades como Puerto del Rosario (Fuerteventura), Vitoria, A Coruña, Córdoba, Teruel, Cartagena, el barrio Oeste de Salamanca, entre muchas otras, se transformaran. Arte urbano, murales, intervenciones, jardines callejeros, crochet, reutilización de espacios o de solares, o de patrimonio que se estaba perdiendo por ignorancia o desinterés han logrado que, incluso en años de crisis, se avance extraordinariamente. Y creo que, como escritora, no puedo mantenerme al margen de las historias que cuenta la calle, que gritan las paredes.

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Para el paseo por las zonas perdidas e industriales de Manchester, que se encuentra sumergida también en una reconstrucción interesante, escogí un vestido de punto y bajo irregular de Zara, y unos pendientes ear cuff también de Zara. El anillo de serpiente, símbolo de renovación, es de Aristocrazy. Los zapatos de ante negro llevan el sello de Unisa, la manicura se la debo a OPI, y el maquillaje, a Chanel. Oro y antracita. ¿Qué cuentan vuestras ciudades?

 

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Ratón de biblioteca

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    Por mucho que me gusten las librerías, yo soy, sin duda, una autora de biblioteca: esa preferencia, que proviene del hecho de haberme formado en una biblioteca municipal pública, cuyos libros tomé prestados y devoré durante años con un apetito de polilla, se manifiesta en muchas cosas. Por ejemplo, en que yo no hablo nunca del olor a nuevo de los libros, ni los olfateo.  Olisquee usted con fruición un ejemplar medio de biblioteca, y se sentirá colonizado por ácaros de varias generaciones. Miro con desagrado no disimulado a quienes emplean sus salas para estudiar, y nunca pisan la biblioteca para curiosear o leer un libro. Y, sobre todo, frente al agobio y la confusión que me produce entrar en una librería bien provista, en especial en la sección de novedades, donde me siento abrumada por el trabajo, la inadecuación y la ignorancia por no ser, materialmente, capaz de leer tantos títulos y libros recién llegados, en la biblioteca me siento en paz: me transmite la sensación de que se ha decantado ya parte de ese trabajo, que el tiempo sobra, que, de manera generosa y sin agobios me presta lo que he de conocer y ha sido esencial para otras personas más sabias y más serenas que yo.
En mis viajes nacionales y al extranjero visito siempre que puedo alguna biblioteca: desde la Biblioteca Municipal de Calatayud Baltasar Gracián que, necesita espacio para crecer pero que, cuidado con ella, alimenta nada menos que tres clubes de lectura y convoca gracias a sus entusiastas bibliotecarios encuentros regulares de escritores, a la Central de Manchester, muy impresionante en cuanto a su versatilidad. Cada biblioteca debe adaptarse a sus circunstancias: en la actualidad, por suerte, el bibliotecario posee una buena formación específica, cosa que no siempre ocurría en el pasado (y que no impidió que tuviéramos espléndidos profesionales, apasionados por los libros), y está en contacto con otras bibliotecas, archivos. Ha trabajado en Fundaciones, museos o bibliotecas privadas, se adapta y actualiza. Encontramos quienes son más conservadores, quienes apuestan por bibliotecas para bebés, a quienes les revienta el concepto de ludoteca que algunas bibliotecas, en cambio, defienden, porque les ha dado vida; como gremio, hay mucha tela que cortar. Pero lo grave son las ocasiones en las que les toca lidiar con abiertos incompetentes en cuando a la gestión cultural y del libro, en particular, y la lamentable falta de apoyo por parte de los usuarios.
De Manchester tomé notas sobre dos actividades que me dieron mucho que pensar.  Es, desde luego, un edificio magnífico con un fondo espectacular, una sala de lectura bellísima, circular y elegante, donde se evidencia el amor por el conocimiento. Resulta perceptible que no falta el dinero (habría que preguntarle a los bibliotecarios, de todas maneras, por sus quejas), posee una Biblioteca Musical, la Henry Watson, dotada de pianos, espacios para la grabación y audición, y donde algunos músicos ensayaban. Las actividades musicales, avisadas con antelación, son habituales, y se facilita el que tengan lugar en el propio espacio. Un sueño, pero difícilmente extrapolable.
Sin embargo, me llamaron la atención otras características más asequibles: una de ellas, las facilidades de entrada, salida, para la grabación y maniobra que daba la biblioteca. Ni una mirada sospechosa, ni una pregunta, daban fe de la confianza que la biblioteca tenía en sus usuarios y del respeto con el que la gente se comporta. Otra, la inversión en tecnología realizada, evidente en la planta baja, la de acceso más general. Los fondos y archivos de la ciudad son accesibles a cualquiera, se ha realizado una labor de estudio sobre el pasado y la historia de la ciudad que, tanto para niños como para adultos, resulta apasionante. Eso delata, nuevamente, la cantidad de personal, tiempo y recursos que se le ha destinado, y el carácter abierto que se le quiere brindar. La cafetería integrada en esa planta permite, además, tomarse un café o un sandwich en la biblioteca, como una alternativa hostelera. Otra más, la existencia de un espacio para emprendedores y empresas en la última planta fue, quizás, el remate. allí no solo podían ponerse en contacto distintos emprendedores, sino que las empresas podían disponer de un espacio para sus presentaciones o entrevistas. Entiendo que hay muchas bibliotecas que no podrán contemplar, por filosofía, concepto, o esa lamentable falta de espacio que sufren, algo parecido: pero el que un vivero empresarial de esas dimensiones, con un diseño bonito, con proyectos de los que la propia biblioteca puede beneficiarse e inversión de empresas en su mantenimiento, se encontrara allí, atrayendo a un público distinto que daba uso a libros legales, económicos y a salas muertas, me pareció algo digno de ser anotado.
Para mí el mundo de los libros resulta apasionante, pero comprendo que no lo es para la mayoría de la gente: la labor de las bibliotecas resulta imprescindible, pero necesitan de inversión, ayuda, y sobre todo, apoyo. Han sufrido muchísimo durante los años de crisis: muchas bibliotecas de barrio han desaparecido sin que nadie se hiciera eco de ello. Se cree, con vaguedad, que los libros son importantes, que los niños deben leer, pero no se defiende con calor. Dicen que Cleopatra, una mujer de una inteligencia y conocimientos sobresalientes, lloró cuando supo de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, y la consideró una de las grandes desgracias de su reinado. Es fácil culpar a los políticos, pero ¿en qué lugar entre las prioridades de los ciudadanos, incluso los lectores, se encuentra la defensa de las bibliotecas?

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Todas las fotografías están tomadas en la Central Library de Manchester, antes de mi conferencia sobre Teresa de Jesús que tuvo lugar, por cierto, en la sede del actual Instituto Cervantes, en Deansgate, que en el siglo XIX albergó la primera Biblioteca abierta por suscrición popular e inaugurada por Dickens. Lucí un vestido azul marino de Etxart&Panno, confeccionado en neopreno,  y que aparenta ser un dos piezas de crop top y falda lápiz (consejo de The Gallery Room) y, para romper la seriedad de sus líneas clásicas, una tiara de Mibuh. Estamos de enhorabuena las amantes de tocados, coronas, diademas, sombreros y aderezos: siguen sin ser comunes, pero ya no cuchichean en voz baja al vernos. Los pájaros y las flores dorados hablaban de libertad, de vuelo, de cielos abiertos. De hecho, fue la estrella de mi look esa noche. Y mirad qué monada de bolsos hacen. Los zapatos, por una vez de tacones medios, porque me tocó trotar bastante por la ciudad, eran unos nude de Unisa. El maquillaje, de Chanel, fue obra mía, pero quedé bastante satisfecha con mis ojos ahumados. El esmalte de uñas es de OPI.
Llovía, por cierto, con empeño digno de mejor causa, y me costó muchísimo salir de aquella biblioteca… Además, ¿Os habéis fijado en la vidriera de la entrada, con la efigie de Shakespeare? Hay un espacio dedicado a Lady Macbeth…

 

Enredado en tus cabellos

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De los controles sociales que la comunidad ha ejercido sobre el individuo, uno de los más interesantes ha sido el que ha mantenido sobre su apariencia. Nada ha escapado a él: bien a través de los cánones de belleza, de las leyes o el tabú, la sociedad se ha encargado de uniformar a cada uno de sus miembros por clase, sangre, sexo, poder económico o edad. El atuendo, el maquillaje, y desde luego, el cabello, nunca han gozado de libertad. Incluso en nuestros días, el pelo es una de las maneras de comunicación no verbal más estrictas y veraces admitidas en público. Literalmente, tu modo de ser se encuentra enredado en tu pelo.
Es posible que tengamos en mente el corte de pelo de las novicias en su toma de hábitos, o los moños que indicaban que una muchacha entraba en edad de merecer, las mantillas para ocultar el cabello en la iglesia, o las normas, más estrictas, de mostrar el cabello femenino en otros países. Desde las pelucas de las judías ortodoxas a las que portaban las egipcias, desde el tinte corrosivo del Renacimiento a la provocación de los melenudos Beatles, del empolvado obligatorio del s XVIII a los skin heads, cada movimiento, cada edad se ha manifestado a través del cabello. Pero ¿de verdad pertenece al pasado? ¿Qué ha vivido, y vive, mi generación, a través de su pelo?
Los bucles del bebé varón, que había que cortar para que no pareciera una nena, y que algunas madres guardaban como recuerdo de su pequeño ángel. El pavor a los piojos en el colegio. El cabello largo, larguísimo, para la Primera Comunión, en la que las niñas fingían ser pequeñas novias; el corte de pelo posterior, justo después del Corpus, por parte de madres hartas de peinar interminables melenas. La primera permanente. Las primeras mechas, o brillos, que marcaban el paso a la edad de la seducción. Los productos el obligatorio rapado del servicio militar. El peinado de la boda, que delata el paso del tiempo tanto o más que el propio vestido. El baño de color, primero por placer, luego para ocultar las primeras canas. Los efluvios telógenos durante el embarazo o la lactancia. El corte de pelo práctico al tener el primer niño. La pérdida de cabello, la tonsura, y el afeitado de los treintañeros. Las valientes que se atreven a mostrar el cabello gris. Las modas, los peinados de las actrices en auge, los anuncios de tónicos por parte de futbolistas con melenas dignas de folklóricas. El trasplante de cabello.
Yo no fui consciente de hasta qué punto mi imagen se fusionaba con la larga melena ondulada de mi juventud hasta que, hace unos años, al cortármela a lo garçon, fui noticia en el programa de Onda Cero Julia en la Onda. El aluvión de emails y de mensajes que recibí me resultó tan extraño como revelador: yo era tanto mi cabello como mi nombre, mi obra, o mi voz. Las interpretaciones de por qué había cortado mi trenza fueron tantas, y tan pintorescas, que las recuerdo como una de las experiencias más surrealistas de mi vida. Mientras mantuve el pelo corto, experimenté todo lo que quise. Descubrí que tenía un pigmento rojizo de base, que convirtió mi intento de convertirme en rubia platino en un amarillo bastante provocador. Supe la diferencia de miradas que reciben las rubias, aunque sean de un amarillo provocador. Perdí la paciencia mientras me crecía, me reconcilié con él, probé productos que ni siquiera sabía que existían, nutrí, cuidé, aprendí que el cabello responde a la alimentación y a las emociones como la piel, o el peso.

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El cabello que ahora me acompaña, y el que creo que muestra el tipo de mujer que soy, es una media melena, de mi color natural, castaño rojizo. No uso tinte, porque no tengo más de media docena de canas, empleo el secador con una mesura casi tacaña, uso protección solar, y procuro nutrirlo con los mejores productos que están a mi alcance. Intento mostrarme cuidadosa con un cabello que siempre ha sido agradecido; no siempre me porté así. Como muchas jóvenes, menosprecié lo que me daba la naturaleza, y le dediqué poca atención. Ahora, como hago con el resto de mi vida, mi cuerpo y mi mente, valoro lo que tengo, me mimo todo lo posible e intento mostrarme coherente con cómo me comporto con ello.

El turbante de Zwei me protegió del frío en Manchester. Los pendientes de esa misma imagen son de Daniel Espinosa.  y el resto de las fotografías están tomadas en Callao, Madrid, en la Librería La Central. El esmalte de uñas de es OPI.

 

 

 

Otra belleza es posible

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Las frases sobre la belleza, muchas de ellas aplicadas a la femenina, abundan casi tanto como las que hablan de amor; casi todas ellas han sobrevivido por más tiempo que las mujeres que las inspiraron. Si bien tenemos la sensación de que el rango de lo que consideramos bello se ha ampliado más que nunca, continuamos percibiendo como hermoso aquello que nos resulta simétrico, armónico, e identificamos con juventud y salud. Solo la educación en otros cánones de belleza y en la historia de la misma nos abre la mirada a otras razas, edades o peculiaridades. Pecas, arrugas, canas, labios gruesos o finos, cicatrices, pigmentaciones, han sido los rasgos reivindicados en los últimos tiempos: a ellos se unen algunos ya integrados en lo racional, aunque no siempre en el imaginario colectivo, como los diversos pesos, la androginia o el color de piel. Otras propuestas más radicales, como la discapacidad o la mutilación se encuentran aún en el camino de la visibilidad y la aceptación: que el rechazo desaparezca para ser considerado un valor puede ser en algunas ocasiones una cuestión de vida o muerte (como ocurre con el albinismo en algunas zonas de África) o de una insatisfacción personal que complique particularmente la existencia.
En mi última visita a la Galería de Arte de Manchester pensaba, precisamente, en lo cercano que nos queda el patrón de belleza de muchos de sus cuadros: su espléndida colección prerrafaelita cuenta con magníficos cuadros con mujeres deslumbrantes. La Perséfone de D. G. Rosetti se impone a las delicadas ninfas y náyades, pero todas ellas presentan una piel blanca, una expresión de indescriptible misterio, quizás, en ocasiones, una tortura interior. Sus grandes ojos, sus miradas perdidas, los cabellos de lluvia nos llevan a una modernidad frente a la que olvidamos que muchas de ellas serían, en la actualidad, consideradas regordetas, enfermizas, y algo descocadas. Porque, al contrario de lo que nos han enseñado, no sólo las mujeres muy delgadas pueden transmitir una impresión lánguida y poco saludable: ni el desnudo completo resulta más insinuante que según qué poses o tejidos.
Las aguadoras de Silver favourites de Alma Taderna se muestran tan atrapadas en su vida como los peces en el estanque. Hay una desesperación que presagia que su tiempo ha acabado en las sirenas de W. Etty, que ven cómo Ulises se escapa. Él no los sabe aún, pero el protagonista de Hyllas and the Nymphs, de J.W. Waterhouse, morirá bajo las aguas, atraído por las miradas ansiosas y manipuladoras de las adolescentes que le rodean. La Ophelia de A. Hughes, uno de mis cuadros preferidos, es, quizás, una de las representaciones más conmovedoras de la jovencita de Shakespeare. No vemos más que a una niña, muy enferma y trastornada, muerta de frío, perdida ya para el mundo. El único cuadro que no representa la belleza femenina, The Chariot Race, de A. Wagner, me lleva, en cambio, a pensar en la fugacidad, la prisa y el estruendo con el que identificamos la pasión y lo atractivo en estos momentos. Hace falta calma y edad para apreciar la serenidad, la calma, y considerarla hermosa.

Me encantaría saber si percibís estas antiguas bellezas como tales, o si os resultan desfasadas, perturbadoras, poco recomendables, desagradables… ¿Es posible otro tipo de belleza?

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   El encaje sirve para enmarcar la piel, en especial si es clara, con un temporal tatuaje de deseo. Este vestido es de Mango. Los zapatos, tricolores y de tacón vertiginoso, fueron diseñados por Paco Gil. Compré los pendientes de flor de lis en El jardín del deseo.  Todas las fotos fueron tomadas en la Art Gallery de Manchester. Todos y cada uno de los cuadros de este precioso museo son un canto a la belleza.

El año del mono

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  El Año Nuevo Chino me ha sorprendido en Manchester, donde esa comunidad, bien asentada desde hace décadas, se muestra activa y presente, dentro y fuera de su característico Barrio Chino; estos días la plaza del Ayuntamiento y algunas otras calles centrales se encontraban adornadas con farolillos rojos, que sobrevivían al viento y a la lluvia de febrero como grandes flores bermejas, como manzanas maduras; como podían.
Que se diera de repente otro Año Nuevo hubiera sido la excusa perfecta para revisar los propósitos de ídem: pero no ha pasado más de un mes, y  me encontraba en Manchester, precisamente, cumpliendo uno de ellos: participar en al menos un congreso literario internacional al año. En este caso que fue en Transverberations, Iberian Mysticism in a global context donde ofrecí una lectura de Para vos nací y algunas pinceladas de mi visión sobre Teresa de Jesús.
Pensé entonces que el que los horóscopos, todos, el chino, el occidental, el azteca, se basen en arquetipos, podía ofrecerme un pie para algunas observaciones sobre lo que representa el Mono, el signo del año que comienza. El horóscopo chino se basa en el año lunar, y asigna un bicho a cada uno de esos años, hasta doce. El mono es inteligente, rápido, muy ágil de cuerpo y mente. Curioso y atrevido, impertinente, hasta grosero, a veces. Diera la sensación de que se columpia sobre el abismo, para librarse con una pirueta en el último segundo. Al mono le gustan los grandes retos, el protagonismo y el juego. Se enfada como un niño si no se le presta atención, y le gusta gastar bromas pesadas, aunque no ser objeto de ellas. Miente si hay que hacerlo, y busca salidas ingeniosas con la misma facilidad.
He dedicado algo de mi tiempo a reflexionar acerca de si reconozco en mí esas características, qué lugar o prioridad ocupan en mi vida, y cómo podría desarrollarlas. Para alguien que, como yo, brinda una gran importancia al estudio, a los conocimientos y al aprendizaje formal, existe una tentación a olvidarse o a menospreciar esa picardía, que demuestra otro tipo de inteligencia adaptativa y mucho más práctica. El mono busca divertirse a toda costa, algo de lo que me he olvidado durante largos años. Se adapta, en lugar de moverse dentro de parámetros rígidos, y busca nuevas soluciones para viejos problemas: quizás esa sea la característica que más me gusta de todas las citadas, y, de todas las interiores,  la que he intentado cultivar en mí con más empeño.
Este año intentaré esforzarme en no perder de vista las virtudes simiescas: movimiento (eso incluye el físico… ay de mí), agilidad, nuevas aventuras, retos algo más difíciles. Recursos, ingenio, risas y un poco de picardía. En el lado oscuro, que todos, incluso las majestuosas tigresas del año 74 albergamos, prefiero no fijarme…

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El Año del Mono me encuentra con un vestido vintage del estilo de los años 30, delicadamente estampado con rayas y figuras humanas y animales sobre fondo negro. El vestido parecía cortado para mí, y salvo un tramo de la cremallera, se encontraba en perfecto estado. Los zapatos de ante negro tiene la firma de Marypaz, el collar es de malaquita tallada, llevo unos diminutos pendientes de oro (dos estrellitas), y el maquillaje es de MAC.  El paraguas verde pertenece a mi jefa de prensa y fotógrafa, Nika Jiménez, que, sorda a mis protestas de que para las de Bilbao lo que estaba cayendo no pasaba de chirimiri, me encasquetó el dichoso artefacto. Las fotos están tomadas en la Plaza del Ayuntamiento de Manchester.