Llamadme Alejandra llega a Madrid

OLYMPUS DIGITAL CAMERAParte del universo literario se encuentra entretejido con mitos creados por el cine, las novelas y las series de televisión sobre el mundillo, casi siempre ejemplos estadounidenses o franceses: desde Truman Capote con sus fiestas abarrotadas de esbeltos cisnes, al irreal  estilo de vida de Carrie Bradshaw, la imagen popular del escritor ha oscilado entre el tópico del bohemio que escribe en las barras de los bares en sus ratos de lucidez, a la torre de marfil necesaria para la creación, a… Las presentaciones de los libros también distan mucho (muy a nuestro pesar) de las imaginadas por lectores o escritores novatos. Los feroces años de la crisis las han limitado a lo básico, cuando no las han eliminado.

Pero he de decir que mi novela Llamadme Alejandra ha sido una excepción en este sentido, y fue presentada a la prensa y a los amigos de la profesión en Madrid el día 7 de Abril, en el hotel Intercontinental de Madrid: el mismo en el que Ava Gadner, en sus años de gloria y fiesta, fijó su residencia, y sembró la ciudad de anécdotas y de leyendas. Anfitriones impecables, me sorprendieron al final de la celebración con una tarta que reflejaba con fidelidad la cubierta de mi novela, literalmente devorada en poco tiempo.

Pasé gran parte del día, las horas previas y las posteriores, atendiendo a la prensa: Telva, El Español, Antena 3, Objetivo Bienestar, Joly, diversas agencias. Radio Nacional… perdí la cuenta. Después llegaba la convocatoria de prensa, los discursos, la presentación en sí, y uno de los momentos más esperados, la conversación entre Javier Sierra, y quien escribe. Javier, amigo cálido y consejero infalible, debía estar conmigo en esa mesa. En los últimos meses, meses de cambios y de decisiones, me he marcado el objetivo de trabajar y de pasar mi tiempo con gente a la que quiero. Todo lo demás me resta energía y me parece, a estas alturas, prescindible. Y Javier, con su apoyo constante, ha sido confidente y testigo de muchos secretos de esta novela; era lógico que viera el final de este camino.

Como la novela había aparecido apenas unos días antes era quizás un poco presuntuoso suponer que todos los asistentes habían tenido tiempo de leerla. Para ponerles en antecedentes, la actriz Paula Iwasaki leyó el capítulo 17, que se ha convertido rápidamente en uno de los predilectos de los lectores. He visto crecer a Paula, he tenido ese privilegio como amiga de la familia, me alegro como si fuera propio de su éxito presente, y su futuro promete ser espléndido. Cuando la formación se une al talento y a una educación exquisitamente cuidada, no puede ser de otra manera.

Editoras, representantes de la Diputación de Alicante, y nuevamente, amigos. Amigos entre la prensa, como  el veterano Javier de Montini, siempre tan amable conmigo, o  Moisés Rodríguez, subdirector del Canal 24h, que no paraba de abrazarme, contentísimo. Aunque no aparecen en las imágenes, hubo muchos otros, algunos testigos de mi carrera desde Irlanda. Estuvieron, pese a lo difícil de la hora, queridos colegas como Marta Rivera de la Cruz, que veinte años no es casi nada, y Martín Casariego. A ambos no me llega el tiempo para agradecerles su presencia y su cariño.

Por no faltar, no faltó ni el extintor que me persigue en muchas de mis fotografías, y que mis seguidores de Instagram conocen bien. Allí estuvo, fiel a las normas de seguridad y atento a fastidiar todos los planos posibles al mismo tiempo.

Me supone un esfuerzo hablar de mis emociones en este día: entremezcladas con el sentido de la responsabilidad y con el deseo de que todo saliera bien, la alegría, la satisfacción y el orgullo, y sobre todo, el agradecimiento no me abandonaron. Conservo esos momentos como algunos de los más bonitos de los últimos años. No basta con vivir cada hora: yo he aprendido, en cierta manera, a insistir en vivirlas, con una conciencia mayor, con la sensación de que son fugaces y que deber ser disfrutadas.

Ahora, sin tregua, viajes, firmas, ferias, todo lo posible para que el libro viva y llegue a rincones poco habituales, para que se encuentre en librerías más tiempo del que dicta este momento de fugacidad y para que este Premio y esta novela sea más que una imagen, y más que un recuerdo. Ha finalizado un tramo del camino. Comienza otro.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara la presentación escogí un vestido de Marcos Souza Couture, hecho a medida, y que reservaba para una ocasión especial. Es un little black dress de corte impecable, con el giro de un falso escote corazón con tul transparente, y cremallera visible en la espalda. Repetí los salones de raso nude y encaje de Magrit que estrené el día del fallo del Premio. Le dí también más importancia al  bolso cartera (o clutch), y en este caso rompí mi norma de no conjuntar zapatos y bolso. Como un guiño a Alejandra, la zarina de las perlas, llevé un brazalete de Verdeagua, y el anillo que Chocrón joyeros diseñó para mí inspirado en La flor del Norte y sus secretos.  Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en el Hotel Intercontinental de Madrid.

Ese precioso 7 de abril contaba, por lo tanto, con todos los elementos para que fuera una presentación casi, casi, como las legendarias. A todos ellos, mis más sinceras gracias. Intentaré estar a la altura de ese cariño y de ese esfuerzo común.

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Cuando las aguas descendieron

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Cuando las aguas descendieron soltamos al vuelo un cuervo, como nos habían enseñado. No regresó. Nunca supimos si encontró suficiente alimento como para mantenerse, o si revoloteó sobre el fango y los campos inundados hasta que murió de hambre y cansancio. Aguardamos siete días más. Dentro de la nave el aire se había vuelto irrespirable, y algunos de nosotros mirábamos al vacío, con el pensamiento perdido en un mundo que ya nunca sería el mismo.

Después soltamos a la paloma, que tampoco regresó. En la nave sus parejas, el cuervo y la paloma abandonados, se balanceaban dentro de sus jaulas y graznaban muy bajito, sin culparnos. Entonces soltamos la esperanza, que dudó un segundo antes de desplegar sus alas verdes y nudosas, y emprendió el vuelo. Esperamos por ella un día, dos, siete.

Para entonces, los más osados de nosotros suplicamos que nos dejaran descender. Preferíamos una oportunidad sobre la tierra cenagosa que un día más en aquella nave que hervía de resentimientos, de miedo y hambre. El comité aprobó nuestro desembarco. Uno tras otro, con las piernas temblorosas por no haber pisado tierra en tanto tiempo, bajamos.

El mundo ya no existía: liquen, y algas secas cubrían las carreteras, los árboles, se colaban en los edificios y agrietaban el asfalto. Las aguas se habían retirado, sí, pero se habían llevado con ellas las playas, la orilla, los ríos. En su crecimiento destruyeron el resto. Había que comenzar de cero. Algunos cayeron de rodillas, y rompieron a llorar.

Entonces, en el fondo seco del mar, en lo que quedaba del puerto, apareció un libro. Alguien lo señaló. En el limo sus páginas blancas se movían levemente con la brisa. Y escuchamos un revoloteo cada vez más robusto y sobre nosotros, con las alas verdes y desplegadas, alimentada por lo que quedaba de nuestra antigua civilización, regresó la esperanza.

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Viaje a Irlanda (VII) – Limerick

20160808_153520-01Al estas alturas del viaje (cuya anterior etapa podéis leer aquí) comenzaba ya a darme cuenta de que tocaba a su fin, y que tras Limerick solo restaba Dublin y prepararme para el regreso. Para empeorar las cosas, asomó un sol radiante que me reconciliaba con el endemoniado clima de los últimos días, y que agravó aún más mi melancolía.

Limerick es un nombre que escuché por primera vez en mi adolescencia asociada al grupo musical The Cranberries. Algunos años más tarde todos lo uniríamos  a la lucha por la supervivencia de la familia McCourt en Las cenizas de Angela. Un ciudad con una historia dura, durísima, en ocasiones, cuyo origen se remonta a los vikingos, marcada por la campaña de Cromwell contra los irlandeses, y por la hambruna, de la que la ciudad se recuperó con mucha dificultad

El castillo del Rey Juan, que, rehabilitado como centro turístico, puede visitarse, muestra sus torres y sus muros sobre el río Shannon. Se constituyó como fuerte desde la época vikinga; unos ojos vigilantes han asomado durante siglos por encima de sus almenas, en un intento de proteger la ciudad.

Quien desee seguir la ruta de Las cenizas de Angela encontrará que puede realizarla con un guía si pregunta en la oficina de turismo. Por suerte, la ciudad ha cambiado por completo desde aquellos años treinta de hambre y miseria que describe el autor, y que dividió a la ciudad en dos bandos cuando el libro fue publicado. Las acusaciones de exageración o de mentira, o de denigrar a su ciudad y a su familia se sucedieron, casi al mismo ritmo que la admiración que generó. Ese libro paradigmático inició una nueva corriente literaria, la llamada mis-lit, o literatura de la miseria, en la que lejos de idealizar una infancia o una pasado idílico, los escritores no rehuían de una visión costumbrista e incluso deprimente.

No hay duda, de todas maneras, de que la crisis europea que ha afectado principalmente a los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España) se manifiesta en Limerick con mayor claridad que en las otras ciudades que he visitado. Menos turística que las zonas anteriores, más real y cotidiana, muestra heridas y locales cerrados.

20160926_000327Pero también es en Limerick donde resulta más evidente el esfuerzo por combatir esa crisis. Desde los impresionantes graffitis que embellecen solares o fachadas grises, a los pequeños huertos urbanos, las iniciativas culturales o el apoyo a los museos, es una ciudad viva y orgullosa de su independencia, que intenta fidelizar un turismo de calidad.

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10-4Hasta entonces Irlanda había sido pródiga en bichos: había visto ovejas, cabras, vacas, perros en abundancia, pero ni un gato. Comenzaba a preocuparme por si mi radar felino continuaba activo cuando sobre un muro de ladrillo de Limerick me encontré con un precioso, y muy sociable, gatito que tomaba el sol. Eso demostraba, de entrada, que era un gato de provecho, y simpatizamos inmediatamente. Charlamos un rato, y allí lo dejé, sobre el muro, con cierta pena. Fue el único que me encontré en el resto del viaje.

10-2Y, por cierto, me encontré a un primo de Jaromir (quienes me siguen en Instagram desde al menos agosto de 2015 recordarán el éxito internacional de la #trilogiadejaromir). No me preguntéis por qué, era un no sé qué jaromirense, un aire equino familiar. No me obliguéis a explicarlo. Yo sé que eran primos. El primo Ethan. 20160926_000400Una relectura de Las cenizas de Angela me da siempre hambre y ganas de tomar , tazas de té encadenadas, una detrás de la otra. Contra el sol intermitente saqué a pasear el Filtro solar ultraligero de protección 50 de Kielh’s, que me encanta. Con una piel blanca y delicada con la mía la protección elevada es obligatoria, y muchas veces me encuentro con que las faciales protegen, pero tapan el poro y lo ensucian; esta crema no, y además, permite el maquillaje casi inmediatamente. Después de los fríos y los vientos de los días anteriores, empleé como refuerzo nocturno la Crema de noche con efecto mascarilla de L’Oreal Aceite Extraordinario: era un producto que no conocía y, que me llevé para probar durante el viaje, y que ahora, con el trajín al que someto la piel con el teatro, he incorporado a mi rutina. Por otro lado, la bruma de almohada, otro pequeño lujo que me entusiasma, era de La Maison du Savon de Marseille.

20160926_121055-01Durante siglos, Limerick ha vivido de espaldas al río, ese río Shannon del que tantos vapores, humedades e infecciones procedían. Ahora, saneado, y con un bonito paseo que recorre una de sus riberas, eso ha cambiado. Pequeños cafés, restaurantes y locales ofrecen una visión del puente y del castillo, y de su dramático cielo siempre en movimiento. img1474840779948-01

img_20160925_235618 Para recorrer a gusto la ciudad a pie, algo que merece la pena, por tamaño y para no perderse nada, escogí unos vaqueros de talle alto, botines cómodos y una camisa blanca de Oxygene tableada en la espalda.

Solo resta la última etapa de este viaje que contraté con Pangea, y que hubiera deseado que durara al menos un mes más…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viaje a Irlanda (III). Abadías y bruma

20160823_005648Si en las anteriores entradas os hablaba de Dublín, y de Galway, y de las áreas bajo la influencias de estas dos ciudades, a partir de ahora nos moveremos en una Irlanda mucho más rural, y de paisajes de una intensa belleza. Irlanda, como algunos otros territorios que han sido cantados, descritos y reflejados por infinidad de artistas a lo largo de los siglos, no se descubre: se confirma. Recorremos tierras que hemos  visto ya, con las que ya hemos soñado. Y Connemara, la región que describiré hoy, resulta particularmente propicia a ello.

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El look del día, que hace un guiño cromático al que Maureen O’Hara luce en algunas de las escenas de El hombre tranquilo, tuvo en cuenta la absoluta irresponsabilidad y volubilidad del clima en la zona, que si bien nos deja cielos espectaculares, es capaz de alternar chubascos, sol, bruma, aguacero y sol de nuevo en diez minutos. Una camisa azul de crêpe y una falda tableada, tendencia este otoño, de encaje granate, ambas de Zara. El bolso, con una plancha tallada, es de Chie Mihara, una japonesa afincada en Elda; un colgante de cristal de roca. Me hacía falta una máscara de pestañas resistente al agua, como Grandiôse de Lancôme, y poco más.

Sí, algo más; de la marca de maquillaje Deciem, he descubierto un producto que me resultó muy útil para las fotografías, sobre todo para las realizadas con poca luz. Se llama Hylamide Photography Foundation, y se aplica en solitario o bajo la base de maquillaje. Está pensado para mejorar las imperfecciones de la piel cuando es fotografiada, y funciona: hay varios cosméticos similares, pero éste, en particular, me ha dejado sorprendida. Por lo tanto, muy recomendable para días de bodas, celebraciones o fiestas familiares en las que sabemos de antemano que nos sacarán infinidad de fotografías, si tenéis un blog o si os encantan las fotos y quedar bien en ellas.

El libro de esa etapa fue el conjunto de relatos Al borde del camino, de S. O’Kelly. De una tristeza infinita, profundamente irlandeses, y muy hermosos.

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IMG_20160823_005215Algo muy característico de este viaje fue la extraordinaria riqueza de colorido en las fachadas, los postigos y las contraventanas de las casas recuperadas y los nuevos establecimientos. Todos los colores parecían adecuados para una puerta o una casa entera: rosa, violeta, naranja, aguamarina… Los comercios y los pubs rivalizaban en parterres y jardineras con flores exuberantes: lobelias, petunias, hiedra, geranios…

Los interiores varían menos en materiales: moqueta casi generalizada, frisos de madera, papel pintado. Hoteles, restaurantes, cafeterías y pubs cuentan con wifi gratuito (y en funcionamiento).

Uno de los lugares de visita obligada en esta zona, pese al turismo y sus males, es la Abadía de Kylemore.  No solo la belleza del castillo forma ya parte de la leyenda: su historia se abre paso en la imaginación para convertirla en inolvidable, como el Taj Mahal, o Neuschwanstein, el castillo de Ludwig de Baviera.

La Abadía fue, durante siglos, un paraje deshabitado, un coto con un refugio de caza; el Kylemore Lodge. Sin embargo, a mediados del siglo pasado, una pareja de multimillonarios de Manchester visitaron la zona. Se encontraban de luna de miel, se llamaban Mitchell y Margareth Henry, su familia se había enriquecido con el algodón, y a ella le entusiasmó Connemara. Tanto fue así que cuando Mitchell heredó algo de dinero (más), él cumplió la promesa que tantos recién casados hacen, un tanto impulsivamente, al casarse: te trataré como a una reina.

Y un castillo contruyó: con una estética de cuento de hadas, salones de ensueño, y todos los avances tecnológicos de la época, que en 1870 comenzaban a ser notables. Una de las obsesiones de los Henry era el autoabastecimiento, tanto de energía como de alimentos. La otra, los jardines. El jardín victoriano de Kylemore superó en tamaño a cualquiera de los otros del país. Y la última, y más loable, los Henry se encontraban política y personalmente involucrados con la mejora de la situación de las clases más pobres, que en Irlanda, como en toda Europa, abundaban.

Los testimonios dicen que se amaban entrañablemente, y que, a su vez, recibían una considerable cantidad de cariño, porque eran generosos y se preocuparon porque sus trabajadores recibieran un jornal digno, construyeron una escuela, mejoraron sus viviendas, y las dotaron de infraestructuras desconocidas en el país. Trescientas personas de la zona trabajaban para la enorme finca, en la que además de los Henry, vivían los nueve niños que fueron naciendo.

Entonces, Margareth murió. Regresó enferma de un viaje por Egipto con fiebres, y no pudo superarlo. Tenía 45 años. Su marido, desolado, no soportó permanecer en un lugar en el que habían sido felices. Erigió una preciosa iglesia neogótica, llena de alusiones a la alegría y la calma, y se alejó del castillo encantado hasta que murió, en 1903, y sus cenizas regresaron a Kylemore, para reposar junto a su esposa.

Antes de morir, vendió su castillo a los duques de Manchester, que, como correspondía a su estado y posición, no incurrieron en la vulgaridad de apreciarlo, se arruinaron, y acabaron jugándoselo a las cartas. Lo perdieron, claro.

Y de comprador en comprador, llegó en 1920 a las manos de unas monjas belgas, benedictinas, que habían huido de su país. Su abadía en Ypres había quedado reducida a polvo por los bombardeos alemanas, e Irlanda, que era un país católico y que simpatizaba con los martirizados belgas, parecía un lugar idóneo para fundar un colegio y vivir en paz. Reconstruyeron el castillo y sus alrededores, y lo convirtieron en un internado para niñas de la nobleza y las fortunas internacionales. Anjelica Houston, por ejemplo, estudió aquí. (Este es el momento en el que la imaginación de una niña de los 70 se desboca: cuando daño hizo Candy Candy).

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De un castillo de cuento, a un paisaje encantado. Nos encontramos en mitad del Parque Natural de Connemara, un vasto escenario natural que abarca algunas de las vistas más inolvidables del país, algunas colinas notables, como la Diamond Hill, y los lagos y el fiordo Killary. Las ciéganas, los páramos, los terrenos de turba que se emplearon durante siglo como combustible. Los pájaros que cruzan el cielo cambiante, las ovejas que salpican de blanco algunas laderas. Nada de lo que respira ahora calma y recogimiento nos permiten sospechar que esta ha sido una región que ha padecido un hambre feroz, un empobrecimiento crónico.

La hambruna más grave, cuyos ecos aún resuenan en el inconsciente colectivo irlandés, es la que mató a dos millones de personas entre 1845 y 1849. Otros dos millones huyeron del hambre y la miseria, como pudieron, muchos a Estados Unidos, a Canadá, a Sudamérica. Donde pudieron o les dejaron. Inglaterra no les aceptaba, temerosa de una revolución si el número de irlandeses aumentaba en sus calles. Otros reducen las cifras a la mitad, pero nadie niega el impacto brutal que ocasionó. Las crónicas del hambre estremecen incluso ahora: pueblos fantasmas donde no quedó nadie para enterrar a los muertos, casos de canibalismo, cadáveres con la boca verde por la hierba que ingerían. Mujeres  y niños esqueléticos que deambulaban como podían, hasta caer muertos en los caminos.

Las razones de la Gran Hambruna fueron tan previsibles e injustas como las de otras que han dejado cifras atroces en el siglo XX, en otros continentes. Desde la época de Cromwell, la gran mayoría de las tierras se encontraban en manos inglesas. Los irlandeses, jornaleros o aparceros de los ingleses, poseían o alquilaban pequeñas parcelitas para su subsistencia, en la que plantaban, sobre todo, patatas, alguna col, nabos. El cultivo de las grandes fincas se dedicaba a cereales para la exportación. En los años de la Gran Hambruna se importó, involuntariamente una plaga, el mildiú de la patata. El enemigo se llamaba Phytophthora infestans, un hongo que pudría el tubérculo en la tierra, o lo que era peor, cuando se había almacenado ya y se creía que el peligro había sido conjurado. Lo que fue una epidemia que puso en aprietos a los campesinos de otros países se convirtió en tragedia en Irlanda: no tenían nada más para comer.

El trigo continuó exportándose sin problemas, pero los irlandeses no lo poseían ni tenían acceso a él. La indiferencia general de los dirigentes ingleses, cuando no la acusación velada de que se merecían la plaga puede explicarse por el hecho de que muchos de los que se enriquecían con el trigo irlandés nunca pisaron la isla, ni la veían más que como una inmensa hacienda. No existía ningún vínculo emocional ni con el territorio, ni con los habitantes, celtas, católicos y despreciados.

Es decir, una historia de intereses creados, y de injusticias sangrantes que se ha repetido hasta la saciedad. En el caso de Irlanda, marcó un antes y un después. Los caminos de Connemara, que vieron como sus jóvenes alcanzaban como podían Clifden, o Galway, para embarcarse y salvarse de la muerte, acogen ahora a turistas silenciosos, o a los descendientes de esos emigrantes que nunca olvidaron sus orígenes y cantaron la Isla Esmeralda, sus condados y sus ciénagas inabarcables.

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IMG_20160823_004244El viaje continúa aquí.

 

Viaje por Irlanda (I) Dublín

3.1

Siempre que puedo, prefiero cambiar unas vacaciones tranquilas y reposadas por un viaje. Quizás también tranquilo y reposado, pero un viaje. Este año, sin embargo, he estado a punto de no disfrutar ni de unas ni de otro. Imprevistos laborales, decisiones editoriales, e inestabilidad económica; finalmente las cosas encajaron para lograr meter con calzador unos días de Agosto, y para marcharme a un destino cercano, pero siempre postpuesto.

El vestido es vintage. La maleta, de Salvador Bachiller; no puedo ocultar lo satisfecha que estoy con ella  y la importancia que tiene el contar con un equipaje ligero y versátil para un viaje de estas características, en el que hay que hacer y deshacer maletas en varias ocasiones.

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Mi destino era Irlanda: mi intención, la de conocer con un poco de calma lugares por los que he pasado sin pausa, y otros que solo había visto en la ficción.

Nunca he aceptado de buen grado los viajes organizados: si no sacan lo peor de mí es porque me contengo constantemente, y tampoco estoy del todo segura de que el autocontrol me funcione. Gruño demasiado. Pero por otro lado, tampoco me encontraba ni con la energía ni con el tiempo suficiente como para ir a la aventura o planificar, como suelo hacerlo, cada jornada y cada sitio.

La mejor opción me la ofrecía Pangea, la agencia de viajes con la que ya había probado alguna experiencia en Madrid, y que dio con un equilibrio entre lo que deseaba: hoteles cerrados en un trayecto por toda la isla, y libertad el resto del día, un coche de alquiler y determinadas sugerencias que no me comprometían a nada. De las distintas propuestas similares, la que contraté fue  Irlanda como un lord. Como una lady, en este caso. Te encantarán los hoteles, me prometieron. Castillos, spa… Ya veremos, pensó mi gruñona interior.

No quería que fuera tanto un viaje literario o cinematográfico como que respondiera a mis intereses, que saltan de Joyce y Wilde a los restos de la Armada Invencible que llegaron a las costas de Galway, de la manera en la que se gestiona el campo y la agricultura a los jardines y arreglos florales, de la Gran Hambruna a la I Guerra Mundial. Y, como siempre, comprobar de qué manera se vive en un entorno distinto al mío la herencia y el presente cultural.

Por supuesto, hay tantas Irlandas como se desee: la centrada en los pubs y la Guinness, y en la cada vez más interesante gastronomía de la isla. La de la caza de paisajes, dramáticos e inolvidables. La que sigue los pasos de la música tradicional o de bandas como U2 o The Cranberries. La mía coincide con el mapa de algunos, dejará otros lugares esenciales fuera, y quizás permita descubrir otros.

Como muchas personas de mi generación, yo viajé a Irlanda con 16 años, un verano, para mejorar mi inglés. Pese a los viajes posteriores, la imagen de un Dublín amable y ruidoso, húmedo y verde, permanecía en mi cabeza fijada con la fuerza de la adolescencia. Era hora de mirar todo desde una perspectiva adulta.

El vestido de ese día es de  Zara.

3.4

El hotel en el que me quedé en esta etapa era el Fitzpatrick Castle Hotel, un auténtico castillo reformado y ampliado a cierta distancia de Dublín, lo que le daba tranquilidad espacio y permitía acercarse a pie al cercano Dalkey; tuve la suerte de hospedarme en la que sería la habitación más espectacular de todo el viaje, una enorme alcoba en lo alto de una torre octogonal, con cama con dosel, un cuarto de baño-spa y en la que no faltaba un pasadizo secreto, posiblemente para uso del servicio en su tiempo. Dejé de gruñir porque se me cayó la mandíbula sola.

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El desayuno, como ocurriría en el resto de los hospedajes, era abundante y delicioso. De  hecho, el problema de dormir en hoteles tan interesantes radica en la tentación de no moverse de allí en todo el día. Poco a poco se gesta el futuro trauma de regresar en algún momento a una realidad sin desayunos preparados, cubiertos de plata, vistas espectaculares y mobiliario histórico. Yo advierto.

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Para este primer día busqué un look clásico y cómodo: una falda de capa beige de Trucco, una camisa blanca de Zara, sandalias de charol beige, y varios pañuelos de seda con los que completar el look. Para la garganta, para el pelo, por si las dudas… El bolso era de Leylashop, y las gafas de sol de Wolfnoir. Una historia de Nueva York de W. Irving encajaba bien, con su humor y su sutil crítica a la constitución de un mito, con el espíritu irlandés. No me hacía ilusiones: en invierno o en agosto, en Dublín, y en Irlanda, en general, llovería a diario.

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Y así fue, llovió en abundancia y con afán discontinuo durante todo el día. Eso dejó cielos espectaculares y espectaculares estampidas en el Castillo, por ejemplo; tres minutos después de esta fotografía la lluvia despejó el campo frente a la Biblioteca Chester Beatty, donde un buen grupo de actores ensayaban al aire libre.

A esta Biblioteca gratuita, que contiene la colección del interesante multimillonario Chester Beatty, irlandés de adopción y coleccionista por afición, merece la pena dedicarle un buen rato. No es apta para postureo cultureta, porque no permite sacar fotos, y nadie sabrá que hemos estado allí, lo que hoy en día supone un buen filtro. A Beatty lo encontraremos en otras instituciones culturales, porque además de bibliófilo, coleccionaba arte, mobiliario, y objetos preciosos de todo tipo. Como los Museos Cerralbo o Lázaro Galdiano en Madrid, nos permiten asomarnos a la particular mente y gusto de estos mecenas, extravagantes y exquisitos.

Mostraban una magnífica exposición de caligrafía musulmana (Lapis and Gold, Lapislázuli y oro).  Como ya nos encontramos en el centro de Dublín, todo está cerca del Castillo y la CBL; por ejemplo, el Ayuntamiento de Dublín.

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Dublín celebra en 2016 el Centenario del Alzamiento de Pascua, que se considera la fecha clave para la independencia del país. Mi fascinación por la I Guerra Mundial no es ningún secreto, como saben los lectores de Soria Moria. Irlanda, aún parte de Reino Unido, envió un contingente importante de hombres a luchar, o mejor dicho, a morir, sobre todo al Somme. En mitad de la Guerra, diversos grupos republicanos revolucionarios tomaron varios edificios en Dublín, entre ellos Correos, el punto clave (donde una precisa maqueta de LEGO de dimensiones considerables refleja lo ocurrido), y el Ayuntamiento, y proclamaron la República de Irlanda. El Alzamiento fue aplastado, y sus cabecillas, fusilados, pero ni mucho menos olvidados. Yeats escribió en su poema Pascua 1914 el verso Una terrible belleza ha nacido. La lucha por la independencia sería ya imparable.

Basta con asomarse a la fachada principal para ver el pub Ivy con las ventanas cubiertas con las efigies de los héroes del Alzamiento. La película Michael Collins habla directamente de ese tema, que es tratado o mencionado de manera recurrente en novelas y películas (por ejemplo, en El viento que agita la cebada, o  La hija de Ryan) y no digamos ya en canciones o baladas populares.

Por cierto, por todo Dublín están pintando y cubriendo los transformadores eléctricos con arte urbano. Frente al Ayuntamiento remató uno Iljin.

Atardecía ya cuando llegué al Trinity College.

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Esta universidad mítica, fundada por Isabel I en el siglo XVI y por lo tanto, protestante, mantiene su reputación pese al tiempo y las crisis pasadas. El campus se vuelca hacia el interior, y transmite la sensación de que se ha quedado detenido en el tiempo. Campos verdes, bicicletas, música al aire libre y alumnos que juegan en las áreas deportivas transmiten una imagen casi ideal: tanto que películas como La puerta del cielo de Cimino, o Educando a Rita, de Gilbert, se han rodado aquí.

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La paz y el verdor del campus permiten olvidar que gran parte de la ciudad se encuentra en obras: durante el verano es posible hospedarse aquí, si se solicita con tiempo a la Universidad. Así se puede disfrutar de su Vieja Biblioteca (nada que envidiar a la de Harry Potter) y del Libro de Kells, aunque la entrada es de pago y las colas como para ser tenidas en cuenta. En estas aulas estudiaron Wilde, Beckett, y alguien tan remoto en el tiempo como Swift, el autor de Gulliver.

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Si digo que había obras, no exagero: obras, turistas, lluvia. En fin.

Dublín, recorrida por el Liffey, tiene su referencia en el río, y no en el mar, como Bilbao, aunque ambas ciudades no serían nada sin su ubicación estratégica. Los puentes de la ciudad vertebran y organizan otro paseo posible. Los pubs y los cafés salpican las riberas del río; yo me tomé el té, acompañado por una tarta de zanahoria estupenda, en el Dwarf Jar Coffee Shop. Los precios, comparados con los españoles, algo caros. Y cené unas Fish and chips en el pub Fitzgeralds. Absolutamente turístico, incluso con música irlandesa, pero quería recordar otros tiempos… 4.1

Y desde Dublín marché hacia el oeste, hacia la bulliciosa bahía de Galway…

(Continúa aquí)

 

Cómo hacer la maleta perfecta para dos días

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Esta es una entrada que les había prometido a mis amigas desde hacía tiempo.  Pese a que a veces me dicen que me envidian por lo mucho que viajo, la mayor parte de mis desplazamientos no son muy envidiables: duran una o dos noches, por trabajo, y no suelen dejar tiempo ni para el turismo ni para el ocio.

Pero no importa: me gusta viajar, aunque sea a ratitos, y salir de la rutina.  He aprendido a hacer la maleta imprescindible a fuerza de experiencia y de normas de líneas aéreas (son muy restrictivas). El armario de ensueño debe quedarse en casa, los cosméticos se reducen a lo simbólico, y queda excluido lo delicado que requiera plancha o lavandería. Espero que esta guía para una maleta perfecta os sea de provecho. Lo cierto es que la mayor parte de los consejos que he leído sobre cómo empaquetar a mí no me resultan útiles, ni realistas. He confeccionado una tabla con todo lo que llevo en estos viajes de dos días, y la imprimo y completo cada vez. Así me aseguro de no olvidarme de nada.

Esta maleta está pensada para  una mujer, para el buen tiempo (ya haré alguna para el invierno), y para la posibilidad de volar (sin facturar).Si se viaja por tierra, el neceser puede ser más flexible. Vamos con la lista.

LOS SOSPECHOSOS HABITUALES

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Así llamo a los objetos cotidianos que siempre necesitaremos, y que más posibilidades tienen de ser olvidados y luego recordados con amargura.

Bolso (cuidado si volamos: algunas compañías restringen incluso los bolsos de mano e indican sus dimensiones máximas). Si es posible, grande, con asas para el hombro y cómodo. El mío es de Nambasté.

-Billetes- No aparecen en la foto. Copia impresa y digital.

Cartera– Con el DNI, una tarjeta de crédito, dinero en metálico, permiso de conducir, tarjeta sanitaria, tarjeta de descuento de viajes… La mía es de Misako.

Pasaporte– Si es necesario. Algunos países no lo admiten si va a caducar en menos de seis meses. Eso también se aplica al DNI.

Llaves.

Móvil– No aparece en la foto… porque saco la foto con él. Es un Samsung S6. Y su cargador.

-Cuaderno, boli y un libro. En este caso, de mi admirado Fernando Iwasaki. Tarjetero. Tengo la suerte de que me regalaran uno personalizado con un diseño del maestro Mingote. Un pendrive, en forma de llave, de Baume&Mercier.

-Un botiquín con medicación habitual, si se usa (dolor de cabeza, antihistamínicos, pastillas para la garganta, vitaminas, anticonceptivos, etc…), tiritas, Suavina para los labios, cepillo de dientes y un dentífrico en sobre, chicles o caramelos, kleenex

Gafas de sol polarizadas de MustHave. Foulard (tanto para el sol como para los aires acondicionados) de Adolfo Domínguez. Y un sombrero.

LO QUE NO CONTROLAN

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Me he acostumbrado a llevar en un neceser aparte lo relacionado con el aseo que no son líquidos, ni objetos punzantes: es decir, una pequeña bolsa que puede ir en la maleta y que incluya:

Cepillo y peine. Horquillas. Gomas para el pelo.

Lima de uñas. Pegatinas para uñas que me regaló Alma Cupcakes (puro amor).

Bastoncillos. Toallitas desmaquillantes en seco Olay.

Tampax. O alguna protección femenina. Nunca se sabe.

Preservativos. Es posible que haya quien no esté de acuerdo, pero somos adultos, un viaje cambia la perspectiva, las cosas pueden surgir, y la protección frente al sexo casual es imprescindible. O quizás viajas, precisamente, para pasar el fin de semana con tu pareja. O alguien de tu entorno liga y le haces un favor al prestárselos. Sea como sea, que sea de una marca de confianza, como Durex, y revisa la fecha de caducidad. Ten cabeza.

EL FAMOSO NECESER DE VUELO.

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En este knolling (foto de productos ordenados) podéis comprobar que es posible burlar las estrictas normas del mini neceser-bolsabirriaplástico para cosméticos y similares que prescriben para viajar en avión. Aunque algunos de estos productos no son estrictamente líquidos, después de malas experiencias en aeropuertos y de ciertos intercambios de opinión memorables con el personal de seguridad prefiero no arriesgar y considerar todo, todo, un líquido.

Repelente de mosquitos. Si hay un mosquito a cinco kilómetros, sabrá que yo he llegado y avisará a su familia. Uso Optimus.

Protector solar de factor 50. De Kiehl’s. Y crema de manos de la misma firma. Crema de día y de noche, de Caudalie. Contorno de ojos, Shiseido.

-Un gel y un bodymilk de Halloween. Aceites corporales de Alqvimia y una Suavina. Pasta de dientes Sensodine. Una ampolla del tratamiento SOS Brillo Million-Gloss de Gliss Schwarzkopf. 

Maquillaje: una base similar a las BBcreams, de Avène. Sombra de ojos en colores tierra de Chanel, La Palette roja, un labial rosa y un esmalte rojo de L’OrealMáscara de pestañas Grandiôse Extrême  y aceite labial Juicy Shaker de Lancôme, lápiz de ojos Estèe Lauder y perfilador rojo de Dior. La sombra de ojos líquida Full Metal Shadow de YSL.

Y un sacapuntas. ¿Es un líquido? No, peor. Es un arma peligrosa.IMG_20160706_223725

 Por lo general no preparo la maleta con tanta antelación, pero en esta fotografía podéis ver lo que me acompañará este viernes 8 a Valencia. Como veis, estiro la ropa de manera convencional, es decir, plana, porque en este caso no se arruga, y además solo un tercio de la maletita está ocupada. Los zapatos, complementos y ropa interior van en bolsas de tela, separados y protegidos. Al ser muy pocos días y con una agenda cerrada, puedo calcular un look para cada necesidad. Un día, un look. Una fiesta, otro look. Voy y regreso con la misma ropa puesta.

-Un par de zapatos. Otro par de zapatos de fiesta.

-Un vestido (u otro cambio de ropa) resistente a las arrugas y de lavado fácil (en este caso un vintage).

-Un vestido de fiesta o cóctel.

-Un bolso de diario y otro de fiesta.

Bisutería.

-Un cambio de ropa interior por cada día fuera.

Camisón.

-Un traje de baño.20160706_223806

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Respecto a la maleta, la que empleo para estancias de hasta tres días es la CONCORDE Pc438t Verde (50cms) de Salvador Bachiller. Ligerísima, muy resistente, con una capacidad de giro de 360º, candado, y con un mango de carro extraíble. Cumple con todas las normativas de viaje, y en particular este estampado es elegante y clásico. La relación calidad-precio, excelente.

¿Me dejo algo, algún truco o consejo que no os cuento? Pues sí: tengo una estricta asesora estilista felina. Bueno, en realidad, tengo tres, pero Ofelia suele ser la más entregada y la que se asegura, con su supervisión atenta, de que no me deje nada…

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¡Buenos viajes!

 

Nuevas voces, nuevas historias

 

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. No tanto de nuevas historias para narrar, porque esas llegan solas, o aparecen de vez en cuando entre los recuerdos y las experiencias pasadas, sino de quienes se expresan de manera diferente. El libro es para mí como un viejo amante, cuyas limitaciones conozco y acepto, a quien siempre puedo regresar. Pero las otras maneras de contar lo que deseo transmitir… ah, se han convertido en una pasión siempre renovada. , y siempre me siento dispuesta a ellas.

Durante años me obsesionó el encontrar nuevos formatos para transmitir mis historias: el audio, los textiles, la publicidad, los envoltorios (el packaging ofrece tantos espacios vacíos…), y, por supuesto, el escenario. El encuentro entre imagen, sonido y palabras

Publiqué un libro, los relatos de “Cuentos malvados” en farolas. He escrito cuentos sobre zapatos, y se han fabricado zapatos que he descrito en mis cuentos. Escondí textos en camisetas. Me he inspirado en perfumes, en la textura sedosa de los cosméticos, en colecciones de moda, en flores y jardines, en lámparas de cristal. Conté de nuevo historias como la del Cid o la de Hamlet a niños, y he trabajado con arte urbano.

Ahora, con la impetuosidad de la primera juventud ya apaciguada, y con algunos caminos ya explorados, aún me emociona el encontrarme con quien busca senderos nuevos.

Durante los días que pasé en Valencia, hace poco, lució un sol espléndido, y pude ponerme unos shorts de ante, con mi cazadora de cuero, una pulsera de Braccialini  y una camiseta de Cotocult.  Ya me visteis con ropa de Cotocult, en este caso una sudadera, aquí.

Los creadores de esta joven marca se definen a través de Shirt and Words. Dicen que Cotocult quiere contar una historia y un viaje con un personaje tras cada camiseta. Y la camiseta negra que luzco se titula Escribo parís, de la colección Quién nos escribirá mañana. La ilustración muestra una postal que podría ser enviada a cualquiera: pero si indagais en la web, el texto que está detrás declara esto:

Escribo parís en minúscula desde que sé que te dan rabia las faltas de ortografía. He aprendido a escribir vaso con b y beso con v y si me preguntas por qué lo hago te respondo que es una tontería porque me encantan los hoyuelos que te salen en las mejillas cuando te entra una rabieta. (…) Bicicleta y Cama van con mayúsculas si se refieren a tu Cama y a mi Bicicleta. La Camiseta de autor escribo paris negra declara la guerra a quien no se atreve a decir de otra manera lo que siente. Como el niño que le tira de las trenzas a la niña más guapa del colegio.

Les deseo toda la suerte del mundo. Creo que continuarán contando muchas más hermosas historias.

Y, también en Valencia, de una manera muy distinta, hay una joven artista que, por un momento fugaz, convierte lo cotidiano en algo inesperado. Su material es el café, los siropes y la espuma. Se llama Bea, y se encuentra en el Café dels Somnis,  en Avda del Puerto 152. Había tenido ya la amabilidad de retratarme en un café, a mí y a mis gatitas, pero cuando fui a visitarla repitió a Lady Macbeth con una habilidad casi fotográfica. Transformó un café en una experiencia, una pausa en un recuerdo. Las historias, se supone, son una lucha contra el tiempo, pero resulta extraordinario que algunas de ellas, que no perduran, nos obliguen a centrarnos en el momento con un resultado casi idéntico: una vida más intensa y con mayor sentido.

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. Y nunca sé dónde encontraré la siguiente historia.

 

Mujeres inteligentes

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Tengo la suerte de vivir rodeada de mujeres inteligentes, con algunas de las cuales trabajo. Un buen puñado de ellas reúnen además la suerte de ser muy atractivas, o incluso auténticas bellezas, hecho que llevan con resignación y que jamás, que yo recuerde, han reconocido más que con amargura. Y, sin embargo, no me cabe duda de que todas ellas preferirían asomarse a la ventana y gritarle al mundo que son las más bellas del reino antes que afirmar abiertamente que son inteligentes. Como la hermosura, la agudeza mental ha de ser garantizada por los otros, las notas, las pruebas, o los resultados. Aún hoy en día, el que una mujer hable sin aspavientos de su capacidad intelectual despierta instantáneos recelos entre hombres y féminas: se dispara una alarma. Por encima de todos los logros, de la igualdad teórica, una joven o una anciana ha de mostrar modestia y discreción. Un eco Dickesiano: “Sé humilde, sé humilde”.
Yo, que no soy particularmente inteligente, pero que nunca le he encontrado gran encanto a la modestia, aún me extraño ante esa negación, ese bajar la voz. Incluso cuando abordamos los aspectos más enriquecedores de la inteligencia, y no la medimos por un cociente sino por, un suponer, capacidades emocionales, me he enfrentado a mujeres de una enorme riqueza sentimental pero que supeditaban ese logro a su falta de conocimiento. Se reconocen o reconocen a otras como listas, espabiladas, astutas. Se desprecian como manipuladoras o chantajistas, o autoritarias.  Si han llegado a una edad avanzada, se dice de algunas que son sabias. Un terrible ejemplo para las niñas y adolescentes, y una aterradora falta de modelos para las adultas. A diferencia del varón, que no ha tenido que conquistar el terreno social ni intelectual, porque por tradición son suyos, entramos de puntillas en esa esfera, sin decir nada, o lo que es aún peor, pidiendo disculpas.
Algo, sin embargo, está cambiando. Como siempre, se detecta antes en la esfera pública que en la privada. Aburridas de la dicotomía entre belleza e inteligencia, mujeres de influencia y visibilidad internacional no ocultan el que su cerebro ha tenido que ver en conseguir o mantener un éxito que las ha hecho famosas. Sharon Stone, Natalie Portman, Ashley Judd, Inés Sastre, Lisa Kudrow, Mayim Bialik, Emma Watson son ejemplos notorios, respaldados por títulos universitarios. Sin embargo, aunque nadie negaría que, asesoradas como sin duda están, otras modelos o actrices que han demostrado ser grandes empresarias, productoras o gestoras de sus carreras son inteligentes, pocas veces se destaca ese aspecto. ¿Es la inteligencia, junto con la ambición y la vanidad, algo prohibido a las mujeres? ¿Algo que está bien que otras muestren pero que conviene mantener en secreto, como parte de un perfil bajo? ¿O, por el contrario, nos gusta cada vez más esa voz pública, esas mujeres que resultan infinitamente más interesantes para hombres y para nosotras mismas cuando hablan que cuando callan?

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Para acompañar este post me parecía importante escoger una minifalda, una de las prendas que se ha convertido en un símbolo de la liberación de la mujer, por mucho que haya tenido la segunda lectura de sexualizarla. Esta, de rayas casi carcelarias, es de HM. La camisa, de gasa, muy femenina y vaporosa, la firma Zara, y los zapatos, Suite Blanco. Llevo un anillo de Dimitriadis, y, en lugar de un bolso, un libro antiguo. Opuestos en apariencia que, en el fondo, casan bien. ¿No es eso muy parecido a reivindicar una personalidad?

Concierto “Un violonchelo para Santa Teresa”


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¿Es una presentación de tu libro, pero menos convencional? ¿Es una teatralización de textos de Teresa de Jesús? ¿En qué consiste exactamente lo que vas a hacer? Me repitieron esas preguntas muchas personas, muchas veces. En realidad, lo que llevamos a cabo Beatriz G. Calderón y yo el día 18 de noviembre en Sevilla fue un concierto a dos voces: no las nuestras, que éramos meras intérpretes, sino la de los genios J.S. Bach y Teresa de Ávila. Dos personas muertas desde hace siglos que continúan hablando sobre el amor, la espiritualidad y la muerte. Beatriz, violonchelista, experta en Bach, escogió el programa, que llevó a cabo con sensibilidad y pasión conmovedora. Entre pieza y pieza, yo hablaba de Teresa, y de la visión de Teresa sobre esos grandes temas. En el silencio y la oscuridad de Sala Cero, un público que transmitió, a su vez, que hay espacio e inquietud por lo trascendente.

Para mí el escenario es un terreno transitado desde niña, un lugar donde siempre me he sentido a gusto. Pero compartirlo con Beatriz le daba otra profundidad a  las palabras y a los pasos. Los puntos en común (un amor genuino por nuestros oficios, la necesidad de fusionar estilos, de explorar nuevas formas de contar viejas historias, la admiración por Bach y la presencia de Teresa) facilitaron esta colaboración que será la primera de una serie de conciertos y de encuentros. Cuando me preguntan por qué hago algunas de las actividades que llevo a cabo, algunas de ellas en teoría alejadas de la literatura, (como este blog, sin ir más lejos) contesto lo mismo, porque las razones son idénticas: todo consiste en contar historias, en formatos distintos, para públicos diversos, como juego, como descubrimiento, como avances en la oscuridad.

 

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Un escenario requiere cargar las tintas con el maquillaje, como se puede apreciar en las fotografías, y un vestuario que se adecúe a la distancia y los efectos de luz: el vestido verde, con dos tejidos, punto mate y seda, es de Amaya Arzuaga, y muestra un precioso trabajo de origami. No veis las sandalias, pero son mis muy queridas romanas de Paco Gil, que me sacan de muchos apuros, y los pendientes y el brazalete, de alta bisutería,  podéis encontrarlos en El jardín del deseo. Beatriz, por cierto, volvió a vestirse la falda de su vestido de novia. Y según bajamos del escenario ya habíamos decidido que juntas volveríamos a subir a él.