Rosa inglesa

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Durante los viajes nos permitimos algunas cosas que no nos toleraríamos en casa: compras de recuerdos que no usaremos nunca, hacernos trencitas, o tatuajes temporales que parecen fuera de lugar en el mismo momento en el que salimos del avión. Promesas, o comidas, o hábitos que quedan atrapados en el interior de la burbuja del viaje, y que de allí, fosilizados como los recuerdos, volverán cada vez que miremos las fotos.

En eso pensaba en el Viaje al País de Jane Austen cuando miraba, como si no las hubiera visto nunca, las ovejas, las vacas, las fincas divididas por setos de la campiña inglesa. Recordé mucho ese orden, esa fascinación británica por no abandonar nunca del todo el campo, cuando Galicia comenzó a arder unas semanas más tarde. Nuestra mirada al campo, como a la historia pasada, ha mezclado siempre vergüenza y desprecio, una negación de lo que hemos sido a favor de un futuro que no sabe integrar el pasado.

Pensaba en el lento abandono de nuestros pueblos y de las aldeas, en las lindes cubiertas de abrojos y en la manera en la que malviven agricultores y ganaderos. En el latifundio. En el minifundio.  Seguí pensando en ello incluso en la casa de Jane Austen en Chawton, en su colorido jardín y sus visitantes, que acuden a centenares a la casa donde vivió una escritora. En el escandaloso mal uso de las subvenciones, y en la necesidad de un cambio inminente de esa mentalidad y esa reorganización, por el bien de todos. De todos. Incluidos las turistas que, con un abrigo rosa demasiado elegante para un paseo campestre, se acercan a mirar el morro pintado de unas vacas amables, e intentan aprender qué pueden hacer, que están haciendo mal en su país.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El precioso abrigo de pelo (sintético) y rosa es de Mango, y el broche pertenece al abrigo. De la misma marca son los leggins de cuero y el jersey negro de cuello cisne. Los botines son de la firma de Elda Unisa. Y las fotos fueron tomadas cerca de Winchester y en Chawton, en la casa de Jane Austen,  por Nika Jiménez con MyPen Camera.

Anuncios

Televisión y escritores

6

    Hay pocas cosas más traicioneras que una cámara de televisión: otorga la presidencia de un país o la niega por unas gotas de sudor, convierte a mortales en ídolos para a veces despeñarlos después, logra vender miles de libros… o reduce a un escritor respetable a un único momento bochornoso.
Para quien, como yo, no es  un profesional del medio, la tele implica dominar dos lenguajes extranjeros al mismo tiempo: el primero, el de la frase corta, el titular constante, sencillo y si es necesario, obvio. Eso se agudiza en los debates, en los que la cámara fija su ojo en ti únicamente mientras hablas, tengas o no algo que decir. No queda espacio para matices ni grises, no se puede profundizar,  impera la prisa… Pero no siempre: hay quien posee el genio suficiente como para saltarse todas esas normas, y perdurar. Pienso en Rodríguez de la Fuente, o en Jiménez del Oso, o en Hermida.
El segundo lenguaje es el de la imagen, de la que el escritor tampoco suele ser muy amigo: la pantalla nos ha acostumbrado a rostros jóvenes y hermosos, sobre todo los femeninos, y a un dinamismo constante, no al busto parlante que imparte una conferencia. La cámara ancha y redondea las facciones, añade kilos, las prendas blancas o negras se convierten en enemigos, las rayitas y texturas en molesto moirè…
Pese a todo me gusta la televisión, ese medio ingrato y neurótico que lo da todo y lo quita todo, y siento debilidad, además, por los programas en los que no aparecemos, por norma habitual, los escritores. Hoy me ha tocado rodar en el Hotel Vincci Soma de Madrid con un croma de fondo, es decir, un salto al vacío; el tema no me preocupaba (más me vale; hablaba de Teresa de Jesús la protagonista de mi último ensayo), pero faltaba por asegurar qué verían los demás.
Cualquier persona sensata evitaría los experimentos con maquillaje antes de una grabación: pero me estaba muriendo por comprobar si los tan cacareados tonos flúor favorecen tanto como nos intentan hacer creer las tendencias. Como tengo la piel clara, creí que un fucsia sería indicado; y sí, no sólo ilumina el rostro, sino que engrosa ópticamente los labios, lo que le viene muy bien a mi boca fina. Hay que compensarlo con ojos y tez naturales, o creerán que has viajado en el tiempo a 1982. Aunque, vistos los petos, el infame vaquero lavado a la piedra y los croptops de esta temporada, bien podría ser.

2

5

3

1

4

Estoy de enhorabuena porque el kimono vuelve con fuerza, y, en fin, yo he perdido la cuenta de los que tengo: el de hoy lleva en mi armario diez años. Es de Laltramoda, lo compré en Lisboa, durante un curso de creación literaria, y me encanta el volumen de las mangas, y los pesados bordados de pedrería, que le dan consistencia. Los leggings los encontraréis en Calzedonia. Los zapatos de charol son de Rebeca Sanver y el bolso, uno de mis preferidos, de Prada. El anillo, de plata y amatista, también procede de un viaje, en este caso a Estambul, durante la promoción de “Melocotones helados” en 2000, y el colgante de nácar lo mandé hacer a un artesano. Me encontré la concha en forma de ala de ángel en la playa de Riazor, cerca de la casa de mis padres, y lo consideré un buen presagio. La barra de labios es la Rouge Dior 565-Vogue.

  Ahora solo falta comprobar cómo se transformará todo esto en pantalla…