Tema de la redacción: la primavera

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A mí de niña la primavera me gustaba porque nos mandaban que escribiéramos redacciones sobre ella en aquellos benditos años de la EGB, y me servían como excusa para traer a colación a Botticelli, las ninfas que se transformaban en laurel, las manzanas de la diosa Idunn y el regreso de Proserpina a la superficie de la tierra. Además, introducía siempre una desgarradora nota de dolor porque todos celebraban el inicio de la hermosa estación, pero de la muerte del invierno, ¿quién se acordaba? ¿Eh? ¿Quién recordaba al viejo invierno? De manera que quejas ahora sobre pedantería y dramatismo, no, llegan tarde. Mis compañeras de colegio, esas santas, sí que me sufrían.

Ya crecida, pasé muchos de mis meses de marzo en la Comunidad Valenciana, durante la celebración del Dia de la Dona, que a veces se alargaba hasta Fallas. En muchos de los municipios me encontraba con estudiantes de instituto por la mañana, en un programa de animación a la lectura, en el que les hablaba de la importancia del pensamiento individual, de la importancia del esfuerzo, del acoso, los TCAs, la vocación… y de cómo la lectura sería siempre una amiga silenciosa si lo neccesitaban. Y por la tarde me encontraba con grupos de mujeres, y acabábamos tratando casi los mismo temas que con sus hijas o nietas, pero desde la perspectiva de las adultas y su experiencia.

Para mí ese inicio de la primavera en el Mediterráneo suponía un regalo tras los fríos, una primera promesa de sol. A veces, de pólvora y fiesta, de sedas crujientes y coloridas, y tanto arroz como podía comer. Me sentía muy feliz en algunos de los ratos perdidos, junto al mar, quizás, a veces con la compañía agradabilísima del señor Enrique Pla, que era quien se encargaba de organizar mis recorridos. Luego pasó el tiempo, llegó la crisis y esos programas desaparecieron, junto con muchas otras cosas. Pero este año, de mano de la Universidad Internacional de Valencia, (VIU) coincidió una Master Class en estas fechas. Y así he regresado a la alegría de la luz ensombrecida por las mascletás, los churros y los buñuelos de calabaza, las fallas en las calles cortadas y la belleza de los edificios que se recortan contra el atardecer.

Ahora ya no me piden redacciones sobre la primavera: si lo hicieron continuaría hablando de los azahares que florecen junto a las naranjas granadas, de las diosas de la eterna juventud envueltas en encajes y cubiertas de joyas, de los laureles que reverdecen, y de cómo hemos olvidado al viejo, refunfuñón invierno. Y si hay quejas, llegan tarde: eso es para mí el primer parpadeo de la primavera.

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Para recibir con toda amabilidad a la diosa Primavera, me puse un vestido estampado de peonías amarillas y blancas, pero con un fondo azul marino muy setentero, de Zara. Los escotes delantero y posterior son generosos pero no exagerados, y es posible llevarlo en el día a día. Los zapatos amarillos son de Paco Gil, unas sandalias, en realidad, uno de mis pares favoritos. La regadera de charol, un bolso de Pylones, con su nota de humor y viveza, se prestaba bien al día. No los escucháis, pero mientras paseaba por los jardines del Turia frente al Palau de la Música, donde se sacaron las fotos, sonaban petardos sin interrupción, y el aire olía a fiesta…

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Paseo por la Isla de San Luis, París

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¿Qué se visita en París cuando no se tiene tiempo para nada? Para mí un paseo que me permite todo (compras, novedades, un rincón privado, mi porción de kitch turístico) gira en torno a la Isla de San Luis, o Île de Saint-Louis, un territorio diminuto, que hasta hace 300 años se usaba como pasto para ganado, y que recibe su nombre por el rey Luis IX, que recibió a mi princesa Kristina de Noruega en su paso por Francia (La flor del norte).
La isla se recorre en un momento: un puñadito de calles con dos de mis galerías preferidas, tiendas de bisutería y de regalos de diseño, restaurantes, creperías y heladerías, una iglesia (Saint Louis en la Île) con un reloj amarrado con cinta americana, como si se fuera a escapar, y con un rico pasado literario: aparece en En busca del tiempo perdido, de M. Proust, en Las babas del diablo, de J. Cortázar, sirvió de escondite al famoso bandido Cartouche. A tiro de piedra se alza Notre Dame, inseparable de su jorobado de V. Hugo, y uno de los puentes que la comunican con tierra firme, el Puente de las Artes, carga con miles de candados, como manda la moda de Tengo ganas de ti, de F. Moccia.

Si se avanza un poco más, entre las mareas de turistas y las parejas de novios que eligen el Barrio Latino para su reportaje de fotos, nos encontramos con una de las librerías más famosas de París: Shakespeare and Company, un centro de culto para cualquier escritor o lector que conozca los nombres de quienes pasaron por la librería original, fundada por Sylvia Beach en 1919 y por la refundada por George Whitman en 1964. En el piso inferior se encuentran novedades y clásicos en lengua inglesa, y en la superior, en un caos intencionado, varias habitaciones con intención más de santuario para los amantes de la literatura que de librería.

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1  Con tanto color y ruido a mi alrededor, me fui al clásico de los clásicos de la ropa informal: una camisa blanca, de Zara, de una sencillez cuáquera, y unos vaqueros de Suiteblanco. El bolso de encaje negro me lo regaló mi madre, y como en todos los bolsos de madre, cabe medio París en él. Perlas como pendientes, y una cadenita de platino. Sin colgante.

 Durante una primavera real, norteña, con fríos repentinos y claros abrasadores, el abrigo de entretiempo resulta esencial; yo me llevé este de Laurèl, que aportaban un un poco de diversión con su estampado de leopardo. Me parecía aún más importante escoger un calzado adecuado para los empedrados y asfaltos parisinos: los botines de tacón medio, blancos, de Marciano, aguantaron bien el trote. A mí en estas fechas me hace ya falta una protección solar muy alta (otro día hablaré de ello), y un maquillaje suave, de Clarins.

 No da tiempo a más, quizás a adentrarse en la calle más estrecha de París, la Rue du Chat qui Pêche. Para avenidas, jardines y más grandezas, habrá otros días.