Rosa inglesa

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Durante los viajes nos permitimos algunas cosas que no nos toleraríamos en casa: compras de recuerdos que no usaremos nunca, hacernos trencitas, o tatuajes temporales que parecen fuera de lugar en el mismo momento en el que salimos del avión. Promesas, o comidas, o hábitos que quedan atrapados en el interior de la burbuja del viaje, y que de allí, fosilizados como los recuerdos, volverán cada vez que miremos las fotos.

En eso pensaba en el Viaje al País de Jane Austen cuando miraba, como si no las hubiera visto nunca, las ovejas, las vacas, las fincas divididas por setos de la campiña inglesa. Recordé mucho ese orden, esa fascinación británica por no abandonar nunca del todo el campo, cuando Galicia comenzó a arder unas semanas más tarde. Nuestra mirada al campo, como a la historia pasada, ha mezclado siempre vergüenza y desprecio, una negación de lo que hemos sido a favor de un futuro que no sabe integrar el pasado.

Pensaba en el lento abandono de nuestros pueblos y de las aldeas, en las lindes cubiertas de abrojos y en la manera en la que malviven agricultores y ganaderos. En el latifundio. En el minifundio.  Seguí pensando en ello incluso en la casa de Jane Austen en Chawton, en su colorido jardín y sus visitantes, que acuden a centenares a la casa donde vivió una escritora. En el escandaloso mal uso de las subvenciones, y en la necesidad de un cambio inminente de esa mentalidad y esa reorganización, por el bien de todos. De todos. Incluidos las turistas que, con un abrigo rosa demasiado elegante para un paseo campestre, se acercan a mirar el morro pintado de unas vacas amables, e intentan aprender qué pueden hacer, que están haciendo mal en su país.

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El precioso abrigo de pelo (sintético) y rosa es de Mango, y el broche pertenece al abrigo. De la misma marca son los leggins de cuero y el jersey negro de cuello cisne. Los botines son de la firma de Elda Unisa. Y las fotos fueron tomadas cerca de Winchester y en Chawton, en la casa de Jane Austen,  por Nika Jiménez con MyPen Camera.

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Todos, todos los Santos

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Sin que fuera realmente mi intención, he visitado un buen número de tumbas de escritores; en los dos últimos años he estado, entre otros, en el lugar en el que, definitivamente, parecen haber encontrado los huesos de Cervantes, en las tumbas de las Brontë, frente a la esfinge que custodia el descanso de Oscar Wilde… Pese a reducir la presencia de la muerte a un mínimo, y transformar el sentido original de las fiestas de difuntos en una noche de disfraces, si algo no ha cambiado ha sido la veneración a las obras de artistas muertos, y en ocasiones, la peregrinación a sus casas y a sus sepulcros.

Jane Austen fue enterrada en Winchester, en el suelo de la catedral. Un privilegio para la hija soltera de un clérigo, como se le nombra en su lápida: por mucho que ahora nos choque, o nos parezca una falta de respeto a su talento, a su alrededor proliferan cantos muy parecidos a la virtud de las mujeres de su tiempo: fueron esposas, hijas, madres, obedientes cristianas. Una placa en la pared cercana rectifica el silencio sobre su oficio, y le restituye la categoría de escritora. Pero esos matices son muy recientes.

Jane, a quien pasamos a visitar en el Viaje al País de Jane Austen con B the travel brand y El País Viajes, murió tras una breve enfermedad en Winchester. De otra manera, hubiera sido enterrada con su madre y su hermana en en cementerio de Chawton, muy cerca de la casa en la que vivió sus últimos años, y donde, según cuenta, y según demuestra lo mucho que escribió, fue feliz. Las dos Cassandras, madre e hija, sobrevivieron a la escritora, velaron por su legado y se encuentran a un costado de la iglesia, desde donde se puede ver Chawton House, la mansión que pertenecía a su hermano Edward, y que alberga ahora una Fundación que estudia obras literarias escritas por mujeres. Tampoco de ellas se dice gran cosa en la lápida. Su carácter, su influencia, sus penas o intereses son algo que podemos deducir, si lo deseamos, porque su hija y hermana escribió, hace doscientos años, un puñado de novelas, un montón de cartas, una serie de personajes.

El cementerio, con sus enormes tejos que sombrean las lápidas y las cruces, es un espacio de paz y de reflexión. No se ven flores. Los campos verdes se cubren de hojas otoñales, y el silencio es casi total. Algún turista sigue el camino. Una gatita, al acecho de caricias, aguarda. El tiempo pasa, los siglos transcurren. Una hora u otra carece de importancia. El día de Todos los Santos es un arañazo en la eternidad.

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El vestido que llevo en las fotos es un vintage de los años 70, de gasa estampada con mangas jamón, de puño muy ancho con botones forrados. Podría haber aparecido en la secuencia de apertura de Candy Candy (toda una generación contaminada emocional y estéticamente por un anime, maldita sea). El cinturón fue una compra en una tienda de segunda mano de Nueva York. La gargantilla o choker de terciopelo azul con una libélula me lo regaló Ébolis Princess, una alumna de Creación Literaria.

 Las fotos fueron tomadas en Chawton por Nika Jiménez con My pen Camera de Olympus.

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Lugares recordados

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No he viajado a la mayoría de los lugares en los que he estado. Los he soñado, he leído sobre ellos, los he visto en cualquiera de los formatos en los que la cultura audiovisual, de la que soy tan hija como de la escrita, me los ha mostrado. En los últimos tiempos, más que encontrarme en sitios nuevos, los he recordado.

No solo se recuerdan los edificios y los paisajes: también las atmósferas, el tiempo y los tiempos. Antes de haber vivido un otoño perfecto, de hojas doradas y rojizas que caen sobre un césped británico, lo hemos visto incontables veces. Hemos paseado por avenidas versallescas, y junto a ríos en los que Ofelia se ahoga una y otra vez, en los que aparecen cadáveres misteriosos y se resuelven enigmas. Hemos sido doncellas en apuros y aventureros que surcaban el río, piratas de agua dulce y el detective que se pierde en la niebla, mientras las hojas caen.

Esa capacidad creativa, fascinante, del ser humano para bilocarse y ampliar una existencia por lo demás demasiado pobre para lo ricos que son el cerebro y la imaginación explica dónde nacen las historias y la fantasía. Es lo que permite disfrutar por anticipado cuando se planifica un viaje, y sentir una felicidad muchas veces ya vivida cuando nos encontramos allí, junto al río de Ofelia, bajo las hojas doradas, en senderos que ocultan recovecos y misterios. Por eso viajo, por eso leo, por eso veo cine, y me pierdo en Instagram, y supongo que por eso escribo. Para no irme, nunca, de los lugares en los que nunca he estado pero que recuerdo una y otra vez.

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La prenda en torno a la que gira este look es la falda plisada, en un dorado metalizado, de Mango, que podéis encontrar aquí. Tiene tanta presencia que el resto de las prendas (un jersey de cuello cisne, unos salones sencillos, y una gorra liutenant) son negras. Un pequeño bolso cofre con un bordado chinesco de pájaros y flores, de Mango.

Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en Sydney Gardens, en Bath, junto al río Avon, muy cerca de la primera casa en la que Jane Austen habitó en la ciudad, y que se encontraba en Sydney Place nº4. Por estos mismos senderos por los que yo camino paseaba ella, soñando, sin duda, con lugares sobre los que escribiría y que luego nos haría recorrer a tantos lectores siglos después.

Viaje a la tierra de Jane Austen (III) Chawton

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Cuando el padre de Jane Austen muere, deja a tres mujeres solas y un problema: ¿de qué van a vivir? Han fundido sus ahorros en Bath, una ciudad cara y poco hospitalaria, como ya vimos aquí, carecen de ingresos propios. Cassandra madre tiene unos pequeños ahorros, Cassandra hija otros poquitos. Jane nada en absoluto. En esta situación se encontraban muchas mujeres de la época: no se buscaba marido por necesidad romántica, sino por una sociedad que impedía que las mujeres de clase media pudieran trabajar y las condenaba a ser dependientes.
Fue su hermano Edward, adoptado por una familia adinerada, quien ofreció una solución: él poseía una preciosa posesión en Chawton, muy cerca de donde siempre habían vivido los Austen. Dentro de esa finca, cuya mansión principal es ahora una Biblioteca y Centro de estudios dedicado a la literatura escrita por mujeres, había una granjita que legó a su madre y a sus hermanas. Luminosa, digna y con suficiente espacio como para recibir visitar, les permitia una vida recogida y frugal.
Las niñas Austen eran ya mozas viejas: Jane había pasado de los 30. No se iban a casar: ni ella, ni su hermana, ni su mejor amiga, Martha Lloyd, que se fue a vivir con ellas. Vestían como mujeres mayores, y se esperaba de ellas poco: que no dieran demasiada guerra, que fueran discretas, que se ocuparan de sus sobrinos.
Contra todo pronóstico, Jane fue feliz en esa casa y con esa vida. Comenzó a escribir de nuevo, a revisar textos antiguos, se relacionó de nuevo con vecinos y amigos y durante los años que le quedaron de vida, que no fueron muchos, fingía revisar las cuentas de la casa en una mesita, muy pequeña, mientras en realidad escribía sus novelas, ocultas en cuartillas bajo la contabilidad.
La casa, rodeada de un precioso jardín de estilo inglés, muy cuidado, huele a lavanda y transmite serenidad y luz.  Puede visitarse porque en la actualidad es una casa museo. Jane y Cassy compartían habitación y cama, como habían hecho durante toda su vida. En el salón, el piano de Jane (El mejor que hemos podido conseguir por 30 guineas) sigue allí. La madera cruje, se han conservado retratos, y joyas, y prendas de ropa de la época. Pareciera que en cualquier momento una criada fuera a cruzar el pasillo con sábanas de lino limpias.
Jane no murió en esa casa, sino en Winchester, en cuya catedral se encuentra enterrada y recordada. Enfermó en primavera 1817, y apenas duró unos meses, los suficientes como para intentar que la trataran médicos especializados en la ciudad. Tenía 41 años. Su hermana y su madre vivieron muchos más años, en paz, en parte conscientes del talento y el éxito de Jane. Al morir, las enterraron en dos tumbas gemelas en el cementerio de Chawton, a un paseo apenas de su granjita de ladrillo rojo, Había dejado seis grandes novelas, e historias suficientes como para hacernos disfrutar y reflexionar durante dos siglos.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAAquí, quizás con una taza de té o una crema de verdura en el Cassandra’s Cup, un salón de té que se alza al otro lado de la calle de la casa, terminamos nuestro viaje con El País viajes. Un vistazo a una vida en apariencia como otras, a la que el talento hizo descollar de manera sorprendente.

Para esta última etapa elegí un vestido negro de Dolores Promesas, con un estampado de orquídeas, de manga larga y corte simple, unos salones de terciopelo verde y un camafeo de cuarzo rosa que me regaló un joyero artesano amigo. El día era hermoso, pero frío, y llevé el abrigo de color teja de Mango que tantos fríos me ha aliviado.  Y los libros (Orgullo y Prejuicio, Emma, Sentido y Sensibilidad…) que nos permitieron conocer esos lugares, incluso antes de dejarlos atrás en este viaje.

Recomendaciones espidianas de octubre

3-1No son demasiadas, porque Octubre trajo viajes y el trabajo en mi propia novela, y con otros libros tuve mala suerte; no me gustaron, y por lo tanto, no los recomendé. Aquí tenéis un puñado de los elegidos.

5-1

Un maravilloso libro de relatos, firmado por Esther Bendahan, que recorre, efectivamente, las horas de un único día a través de personajes muy diversos, en distintas ciudades,  atravesados por el dolor, la duda, la humanidad y la curiosidad. Lo ha publicado Confluencias EditorialUna hora solamente, de la orilla del día se estructura de manera sólida en torno a una idea filosófica y cuántica, una base entretejida en torno al tiempo con una prosa muy bella; y, sobre todo los personajes adquieren una hondura y una conciencia que estremece al lector. Puede adquirirse aquí. Las galletitas con las que acompaño la lectura son de Hema, y el Serum de YLS Beauty Forever Youth Liberator, que estaba probando mientras tanto, es pura magia.

10-2Hablamos de Siria de oídas, conocemos poco su literatura, y menos aún a sus autores. En la tradición oriental de un relato casi inacabable, que mezcla realidad con percepción, Rafik Schami, un autor damasceno pero afincado en Europa desde hace tiempo, nos lleva a una historia de amor que perdura en un Damasco que ya no existe. Conmovedora y hermosa, con unos inesperados toques de humor que humanizan un sentimiento superior, Sofía o el Origen de todas las historias contrapone la delicadeza del amor, de la infancia y de las emociones de un pueblo con la brutalidad de lo impuesto, la tradición y la política. Schami, muy conocido por otras grandes historias, como El lado oscuro del amor, ha sido publicado en Salamandra. La crema de manos de Kenzo lleva el cuidado a otro nivel: no es grasa y puede aplicarme mientras se lee.

16-2Este viejo libro que leí una y otra vez en casa de mis padres despertó un inusitado interés cuando lo recomendé en mi Instagram. Las biografías de Tres mujeres gallegas del siglo XIX, tres escritoras de primera fila, Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán y Rosalía de Castro, están escritas en ese delicioso estilo un poco anticuado; desde luego, no son críticas con las autoras ni sus obras, pero sí ofrece una aproximación a la obra y a la vida de tres mujeres muy nombradas y poco conocidas. Mientras lo releía, picoteaba arándanos desecados y algún bocadito de aguacate.

26-1Una novela policíaca tan fresca como esa manzana verde: Una detective inesperada nos habla de las aventuras de la muy estilosa y muy impávida Phrine Fisher, una chica moderna de los años 20 en una Melbourne muy poco moderna.  Nada, ni un asesinato ni varios se le ponen por delante. Muy ligera, muy divertida, la ha publicado Siruela y deja ganas de más. Mi anillo es de Luxenter, y el esmalte, de OPI.

15-2Cada 15 de Octubre festejamos a Teresa de Jesús, a quien, como sabéis, dedico mi Para Vos Nací de Ariel. Si acompaña con estas viandas manchegas de Malagón, donde la librería Postas me acogió para una conferencia y me cubrió de afecto y de regalos.

20161107_123818Curro Cañete, periodista de, entre otros medios, Vanity Fair, se atreve con una primera novela Una nueva felicidad, de corte testimonial y autobiográfico. Conmoverá a quienes se encuentren en una búsqueda personal, a cualquier edad; amena y con un marcado mensaje optimista, Destino respalda esta historia de lucha y, sobre todo, de sinceridad con uno mismo. Mucha suerte, Curro, y mucha paciencia para el futuro. Quien dijo que esta era una carrera de fondo no sólo acuñó un tópico, sino que reflejó una realidad.

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Ofelia, la única de mis gatitas con criterio (Rusia lee de Pascuas a Ramos lo primero que pilla, y casi nunca lo acaba, y Lady Macbeth es un caso perdido; pero perdido. Todo lo que le gusta es malo)  se aferró a los Cuadernos japoneses de Igort, y ahí sigue. Lógico: Igort, una referencia en novela gráfica, e incluso en documental gráfico, describe aquí con texto e imágenes su fascinación por Japón, su cultura y su dibujo: hay vida más allá del Manga. En los ratitos en los que Ofelia me dejaba leerlos, disfruté enormemente de su lectura. Podéis encontrarlo aquí, y disfrutar de este álbum de viajes, que incluye mucho más. Es de Salamandra.

1-2Octubre ha sido, sobre todo, un mes de preparación para el 200 aniversario de Jane Austen, que celebraremos en 2017. Como sabéis, en otras entradas del blog, como aquí y aquí, os estoy hablando del viaje por la tierra de Jane Austen en el que guié a algunos viajeros y lectores apasionados. Repetiremos el viaje; respecto a mi libro, Querida Jane, querida Charlotte, se encuentra en la actualidad agotado, pero si estáis interesados podéis contactar con nikajimenez@espidofreire.com, que hará lo imposible por encontrar un ejemplar.

Viaje a la tierra de Jane Austen (II) El Bath romano

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn nuestra primera jornada  iniciábamos el viaje a la tierra de Jane Austen en un Bath muy diferente al que veremos hoy: el clásico, el trazado por los romanos en su no muy exitosa conquista de la Isla, a la que sin embargo apreciaban por sus explotaciones mineras (sobre todo de plomo) y sus ostras.

Cualquiera que me conozca un poco puede imaginar que soy una gran aficionada a la historia griega y romana. Cualquiera que me conozca de verdad, sabe que ha sido una loca obsesión desde la infancia. Yo recitaba genealogías de dioses y emperadores como otros las alineaciones del Bilbao Athetic. Desde aquí pido público perdón a quienes han tenido que padecerme en esa faceta; pero me temo que tendrán que seguir soportándome. Además, muy pronto habrá sorpresas en ese frente…

Los romanos llegaron a Inglaterra en diversas oleadas, si bien la colonización general de la isla se llevó a cabo durante el gobierno de Claudio (a quien luego el británico Robert Graves dedicaría la magnífica novela histórica Yo Claudio). Cómo olvidar, por cierto, esta gloriosa escena de la serie de la BBC en la que Agripina y Nerón conspiran contra un pobre Derek Jacobiaquí.

Claudio se ganó así el sobrenombre de Britannicus. Tan orgulloso estaba de ello, que ése fue el nombre de su único hijo: Tiberio Claudio César Británico. El prometedor mozo fue asesinado por su primo-hermanastro Nerón, que lo envenenó cuando tenía apenas 14 años. Eso entraba dentro de las estadísticas de la época: morir por orden de Nerón se convirtió en la primera causa de mortalidad de aristócratas.

Uno de los generales de las legiones romanas fue, precisamente, el futuro emperador Vespasiano, cuyo reinado sirve de marco de otra excelente saga romano-policial, la de Marco Didio Falco, en este caso de la también inglesa Lindsey Davis. Más que recomendable también.

Los romanos eran gente práctica y con muy pocas ganas de perder el tiempo: asimilaban todo lo que podían, rebautizaban dioses y reformaban lo que se les pusiera por delante. Cuando llegaron a Bath encontraron allí un santuario celta en torno a un manantial sagrado, de aguas calientes y curativas, cuya diosa guardiana era la misteriosa Sulis. Tras un rato de profunda deliberación, decidieron llamar al lugar Aquae Sulis, (las aguas de Sulis), repararon en que Sulis tenía un parecido casi increíble con su Minerva y no le dieron más vueltas al asunto.

Desde el inicio fueron conscientes de la importancia de aquel emplazamiento, y de que las aguas eran magníficas para enfermedades de la piel y muy buenas para otras dolencias interas: Claudio ordenó que se adecentara el santuario en torno a los años 60 del siglo I, y las termas que le siguieron ganaron popularidad hasta el punto de que atrajeron a peregrinos y enfermos de todo el imperio, y el conjunto llegó a ser un santuario rico: se descubrieron una docena de miles de monedas romanas, una ofrenda altísima. En torno al siglo V, las termas fueron abandonadas, y las cualidades curativas de las aguas de Sulis fueron olvidadas casi por completo durante más de mil años.

Entonces, a finales del siglo XVII, el doctor Thomas Guidott escribió lo que sería el panfleto turístico y publicitario definitivo de Bath. Su Indagaciones sobre el agua de Bath despertó una fiebre balnearia comparada a la que se vive hoy en día. Uno no era nada si no visitaba la pequeña ciudad spa y tomaba sus aguas, estuviera enfermo o no. La ciudad se revitalizó y se llenó de preciosas construcciones neoclásicas. El país que odiaba a sus invasores romanos descubría su amor por ellos, viajaba a Roma, leía Los últimos días de Pompeya de Bulwer Lytton y las mujeres imitaban el estilo de vestir de la época.

Los viejos baños también se reformaron: la preciosa estructura que aún hoy se conserva procede de esa época, y abraza el manantial sagrado, un Museo Romano, las Termas, e,integradas junto a ellas, las Pump Rooms, unas salas coronadas con una impresionante cúpula transparente donde la buena sociedad eduardiana se reunía para tomar el obligado vaso de agua milagrosa, altamente mineralizada y bastante repugnante al gusto. Beau Nash, el árbitro de la elegancia de su siglo, dio el visto bueno a ese hábito, y Jane Austen acompañó a su padre enfermo a beberla hasta que el reverendo murió.

En la actualidad es posible tomar allí el té y una magnífica selección de dulces, y también el agua, que brota de una fuente, directamente sobre el manantial original. Se puede pasear por las cercanías de las piscinas, si bien estas se encuentran vedadas al baño por razones de control sanitario. Su intenso color verde se reaviva cuando el sol del atardecer dora la piedra de Bath: las esculturas de los emperadores romanos luchan contra la erosión, y la piedra se destruye por las mismas cualidades minerales que curan enfermedades. Algo muy antiguo, un resto de lo sagrado, se filtra entre la roca y gotea. Es un lugar especial, bello e íntimo, pese a la afluencia de visitantes.Por cierto: se descubrió que tienen cierta radiactividad

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La tarde de otoño en Bath era tan luminosa, tan cálida, que era posible llevar un vestido sin mangas. El que escogí, en uno de mis colores preferidos, el azul klein, era de Joseph Ribkoff, un corte clásico con una abertura transversal en el escote. Lo combiné con pendientes sencillos y un anillo complicado de Luxenter. El bolsito antiguo está confeccionado con un mantón de Manila aún más antiguo. Las Termas era, y son, un lugar para ver y ser visto. En mi caso, solo quería mirar y pensar.

Viaje a la tierra de Jane Austen (I) El Bath neoclásico

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Escribí ya hace años Querida Jane, querida Charlotte (es difícil de encontrar: está prácticamente agotado) con la propuesta de recorrer las casas en las que había vivido Jane Austen y las habitaciones que habían habitado las hermanas Brontë. Desde entonces he repetido el viaje original en varias ocasiones, con prensa, estudiantes, amigos; y albergaba la idea de llevarlo a cabo con viajeros aficionados a las novelas de Jane Austen, como una experiencia que pudiéramos compartir fuera de los libros y de los canales habituales, las conferencias, bibliotecas o clubes de lectura.

El país Viajes entendió bien el concepto, y con Barceló Viajes  emprendimos el proyecto de recorrer algunos de los escenarios más relevantes de la vida de esta espléndida novelista, que observó y analizó la realidad con una agudeza que aún resulta moderna.

Jane Austen nació en Steventon, en el condado de Hampshire, en 1775. Era la séptima hija de un reverendo que dedicó gran parte de su vida a la enseñanza. Sus seis hermanos tuvieron destinos diversos: uno de ellos, con una importante discapacidad, vivió en el campo. Otro de ellos fue adoptado por unos parientes adinerados, de los que heredó una fortuna. Dos más siguieron carrera militar. Eran inteligentes, de ingenio rápido y creían firmemente en la meritocracia. De Jane y su hermana Cassandra, que fueron educadas casi por completo en casa, y que como muchas mujeres de la época tocaban un poquito el piano, dibujaban un poquito y cantaban otro poquito, se esperaba que se casaran con personas de su estatus, una clase media acomodada y rural.

Pero Jane no se casó. Rechazó una petición de matrimonio conveniente porque no estaba convencida de que la hiciera feliz, y la oportunidad no se repitió. El prometido de Cassandra, a su vez, falleció. Las dos hermanas se aferraron la una a la otra, y se enfrentaron a una vida con pocas perspectivas.

En un intento por casarlas, su padre, el reverendo Austen, decidió mudarse tras su jubilación a Bath. Aunque había pasado el momento de gloria de esta preciosa ciudad balneario, seguía siendo un animado centro social, y si las muchachas Austen podían encontrar marido, sería frente a las fachadas de piedra dorada concebidas por los arquitectos Wood, padre e hijo.

Jane no aceptó el cambio con agrado. Los rumores dicen que se desmayó al saber que abandonaría su casa y su entorno. La sociedad de Bath, que conocía de visitas anteriores, le pareció de pronto frívola y hostil. Lo cierto es que durante los años de Bath no escribió nada, ni retomó las novelas que, a escondidas, había escrito en Steventon. Se conserva abundante correspondencia; algunas de las cartas revelan una amarga resignación. Los ahorros se consumieron con rapidez, la salud del padre empeoró y las mudanzas, cada vez a casas más baratas, fueron constantes. Puede que las jóvenes bailaran en las Assembly Room, compraran en los elegantes establecimientos de Union Street y se dejaran ver en las Pump Rooms, pero esos tiempos habían pasado para Jane y Cassandra.

La muerte de su padre acabó drásticamente con esa etapa: las mujeres de la familia no heredaban ni tenían dinero. Tras algunas fricciones y viajes, se tomó una decisión racional: el hermano más afortunado se encargaría de ellas, y les ofrecería un alojamiento en Chawton, la siguiente etapa de nuestro viaje. Bath quedaría atrás, como un periodo de pesadilla en un entorno idílico.

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Amaneció un día nubloso, como muchos de los de Otoño en esta época. El abrigo de Mango de paño color caldera hace falta, al menos en las primeras horas. El resto del look guarda un aire masculino: el pantalón de hilo blanco de Chicnrolla se combina con la delicada blusa de encaje de Etxart&Panno. Los zapatos rojos de tacón, sofisticados, pero suficientemente cómodos como para caminar por las calles empedradas de Bath, son de Lodi. Los pendientes de circonitas de zafiro azul proceden de Luxenter. Compré el bolso con cabeza de león en El jardín del deseo. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez, en The Royal Crescent, The Circus, y el Centro Jane Austen, en Gay Street, unos número por debajo de donde ella vivió en esa misma calle. Lo cierto es que la ciudad es tan perfecta de formas, tan armoniosa, que resulta difícil que las fotos no sean espectaculares.

Un vestido, veinte años

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl olfato es, sin duda, el sentido más incontrolable y el que nos hace regresar al pasado y a las emociones sin quererlo: de ello nos habló Patrick Süskind. También el gusto, como tan bien reflejó Proust. Pero la vista unida al tacto, es decir, esa poderosa combinación que la ropa estimula, no nos resulta indiferente: el rechazo de otras épocas se transforma en nostalgia, o la satisfacción personal en vergüenza ajena de ese yo que fuimos. Cuando vi este vestido de Mango recordé inmediatamente uno muy similar que tuve en la universidad, hace ya veinte años. Vivíamos el auge del grunge, una cierta revisión de los 70: y mi cabeza estableció una serie de paralelismos y diferencias.
– En 1995 aún pagábamos con pesetas. Donde yo las compraba, una palmera de chocolate costaba 85 pesetas, y un cubata, 250. Los tomates eran ridículamente baratos, y sabían, en general, a tomate.
– Internet era accesible solo para unos pocos: no existía Facebook, y la idea de que el móvil pudiera servir para dar “me gusta” a la fotografía de un desconocido ni se nos había pasado por la cabeza.
– En Bilbao se estaba construyendo el Museo Guggenheim, que no convencía a nadie, porque tenía una pinta muy rara.
– Las fotografías se revelaban, y con cierta frecuencia se velaban; había que sacarlas con precaución, porque eran caras.
– Kurt Cobain acababa de morir, pero al menos Héroes del Silencio continuaban juntos. España quedaba segunda en Eurovisión, con Anabel Conde, aunque ganaba Noruega, como Dios manda. Jesulín de Ubrique, soltero de oro, había organizado una corrida gratuita solo para mujeres, y estaba a punto de grabar el hit “Toda”.
– Se rumoreaba que Antonio Banderas salía con la ex de Don Johnson, Melanie Griffith, que tenía una hijita llamada Dakota.
– Camilo José Cela ganaba el premio Cervantes. Vivían y publicaban Ana María Matute, Miguel Delibes, José Saramago, Carmen Martín Gaite y Gloria Fuertes, pero ese año morirían Patricia Highsmith, Julio Caro Baroja y Michael Ende.
– En los Oscar arrasaban Braveheart, Nicholas Cage, Susan Sarandon y Mel Gibson. Emma Thompson dedicaba el suyo a Jane Austen.
El Corte Inglés compraba y absorbía Galerías Preciados, y de HM o Mulaya ni se había oído hablar. Zara parecía que iba muy bien y que tenía futuro.
– España lograba algo francamente complicado, que era mantener una guerra con Canadá: la del fletán.
– Y yo iniciaba mi 3º año de carrera y recorría el campus de Deusto con mis faldas largas, los libros bajo el brazo y la sensación de que estaba envejeciendo y que no me pasaba nada interesante…

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El precioso vestido de Mango azul marino que me ha llevado al pasado es, sin embargo, muy actual. Lo he combinado con zapatos de ante lila de Unisa, un cinturón étnico que compré por los años de los que hablo, y unos pendientes vintage. El bolso de paño, con flores cosidas, es de los 70 y el colgante artesano muestra una amatista sin pulir. Una combinación contemporánea con guiños a ese pasado que parece tan cercano, y que de pronto me ha hecho sentir tan, tan anciana…