Ailanto y el reino vegetal

OLYMPUS DIGITAL CAMERANo es la primera vez que hablo de la admiración que siento por el trabajo de Ailanto (Aitor e Iñaki Muñoz), y del cuidado y el mimo que dedican a todo lo que tocan. Sus estampados resultan tan reconocibles que se han convertido en su huella y su respiración, como las líneas fluidas o el corte perfecto de sus abrigos.

Pero hoy quería hablaros de algo distinto: de qué recuerdo, y en qué pienso con mi vestido nuevo. Pienso en una de las obras y unos de los personajes que más me han condicionado en mi imaginario literario: Ofelia, de W. Shakespeare. Ofelia, hija y hermana de una distinguida familia de la corte danesa, es, según todos cotillean, la debilidad del príncipe Hamlet. Muy jovencita (Hamlet tiene 30 años, es ya un hombre, aunque se comporte como un adolescente), no sabemos qué posibilidades reales tiene de casarse y convertirse en reina. Su padre no quiere ni verla con el príncipe: teme que la reduzca únicamente a su amante. Gertrudis, la reina madre, la mira con simpatía.

Pero los hechos se precipitan: Hamlet pierde a su padre y trama una venganza para la que se finge loco. Por error, asesina al padre de Ofelia, que enloquece de verdad (¿O no?).  En su locura, Ofelia dice a cada cual, con el lenguaje de las flores, exactamente lo que quiere expresar. Les da romero a quienes necesitan recordar, y aguileña a aquellos que han sufrido de melancolía, y  por la infidelidad de sus esposos. A la reina Gertrudis le entrega ruda, que, entre otras virtudes, representa el arrepentimiento…

Y entonces, inmortalizada en miles de imágenes y de cuadros, Ofelia muere. Y Gertrudis lo narra así:

“Hay un sauce que inclina sus ramas sobre el arroyo que en el cristal del agua deja ver sus hojas cenicientas. Con ellas tejió guirnaldas caprichosas con ortigas, y margaritas, y esas largas flores purpúreas que los pastores deslenguados llaman por un nombre muy zafio, pero que nuestras doncellas conocen como dedos de muerto.  Cuando trepó para colgar sus coronas en las ramas, una se rompió, y ella y sus flores cayeron al llanto de las aguas”.

Las faldas de Ofelia y su miriñaque la sostienen un momento sobre el agua, mientras ella canta: pero al final la arrastran al fondo, y muere ahogada.

Aunque la traducción varía, las flores que se asocial a Ofelia son muy delatoras: las prímulas o velloritas, símbolo de la juventud y la primavera, las margaritas de la sencillez y el martirio, la modesta y virginal violeta… pero también esas groseras plantas purpúreas, las orquídeas (de orchis, testículo), promesas de sensualidad y empleadas para hechizos amorosos… y el sauce, emblema del inframundo y del duelo.

He dicho que ha sido una gran influencia literaria, y cualquiera que haya leído mi Irlanda puede verlo. Os dejo tres fragmentos de esa novela, mi primera obra.

Allí, en años anteriores, crecía un huertito cultivado, pero ahora sólo quedaba de él unas hileras de tierra roja, endurecidas entre las ortigas, la abigarrada confusión de plantas salvajes y zarzas, y, mucho más allá, un pequeño bosque de castaños y laureles oscuros.  Una formidable col lombarda había sobrevivido en el viejo huerto, con el corazón rosado y sangrante, junto a las matas de manzanilla cabezuda y las piedras minadas del muro. (…)

Gabriel e Irlanda nos esperaban en el jardín, Irlanda con una sombrilla que en ella resultaba adorable y en cualquier otra hubiese parecido grotesca, y dos grandes rosas, una purpúrea y otra blanca, en las manos. Me prendió una en el pelo, pero ella conservó la suya entre los dedos, y allí se mantuvo extrañamente fresca durante horas.  El prado, su última invasión, les pareció mágico y sombrío, un recuadro verde en el sol, y se extrañaban de no haberlo descubierto antes. Los junquillos se habían agostado, y ahora florecían violetitas escondidas entre el trébol, y escaramujo entrelazado con las zarzas, y, de vez en cuando, el añil escandaloso de las gencianas. (…)

Deambulé sin rumbo; habíamos acabado con casi todas las flores para alegrar los jarrones de la casa en las tardes grises, y apenas pude encontrar un manojo de adormideras sanguíneas que no llegaban para nada. Pensé entonces en las dedaleras cargadas de campanillas encarnadas, y en la dulcamara que crecía junto a los escombros de los establos, y me pareció apropiado adornar la fiesta de Irlanda solamente con plantas venenosas; sin que ella lo sospechara, podría cubrir su pastel de azúcar con las bayas rojas y de solanina de la dulcamara. (…)

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAY así, entre flores, y recuerdos, y telas, y libros, no encuentro demasiada diferencia entre leer y escribir, recordar, vestir, de nuevo leer. El vestido pertenece a la colección Fall 16/17 de Ailanto. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en el espectacular Jardín Tropical de la estación de Atocha.

Viaje a Irlanda (VIII) Dublín

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Había comenzado el viaje a Irlanda cerca de Dublín, en un castillo, y unos días más tarde cerraba el plan también en las inmediaciones de la capital, en otro castillo, en Barberstown Castle. Atrás quedaban las penalidades pasadas por los habitantes de Limerick, que conté aquí: desde el siglo XIII este viejo edificio perteneció a las clases dirigentes (primero a los normandos Fitzpatrick, después a Nicholas Barby, un noble que le dio nombre y estructura), hasta convertirse en un hotel pensado para ofrecer un sueño. Por cierto, ¿recordáis que algunos cantantes, como Sting, o Madonna  invirtieron en castillos hace algunos años? Éste en el que me hospedé perteneció a Eric Clapton durante más de una década.

Las camas con un discreto dosel, la cuidada decoración del interior, el respeto por el claroscuro que permitía apreciar el brillo de los recipientes de cobre o la cubertería de plata, el bisel de los cristales en las puertas, las rosas recién cortadas sobre las chimeneas, todo hablaba de un refinamiento, un buen gusto relacionado más con una personalidad definida que con una tendencia puntual. Mucho de lo que hace ese lugar inolvidable no se puede comprar con dinero; por eso fue posible llevármelo conmigo.

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Si yo fuera Eric Clapton, el nuevo propietario hubiera tenido que desalojarme a la fuerza, mientras pataleaba y escupía como una loca, tras haber serrado uno de los barrotes del dosel de la cama a la que me habría encadenado. Y cuando muriera, me aparecería aquí, a los huéspedes, solo para bajar el precio de la propiedad. Cosas que se le ocurren a una mientras pasea por el bosquecillo de sauces, o bajo la imponente torre por donde trepa la hiedra roja

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Creí que un vestido azul ( un color que no se encuentra con abundancia en el mundo vegetal) crearía un bonito contraste con el entorno. El que llevo es de punto muy ligero, y los abalorios dorados del cuello le dan un cierto aire clásico. ¿Grecia? ¿Egipto? Las sandalias de corte romano son de Paco Gil.

El problema es que a mí me dan un vestido largo y un castillo y ya la hemos liado. Solo con un notable esfuerzo de voluntad pude  recordar que mi viaje finalizaba y que me quedaba muy poquito tiempo en Dublín.

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Los productos de ese día fueron otro descubrimiento: el Limpiador de Niod (el nombre exacto es Low Viscosity Cleaning Ester). ¿Un limpiador por la mañana? Sí: y debo enfatizar lo útil que me ha sido incorporar esa rutina durante el mes de septiembre, en el que el maquillaje ha sido, literamente, mi segunda piel. Como con todos los productos de Deciem, nada es lo que damos por supuesto: el limpiador se fundamenta en aceite de aguacate, ésteres y vitamina E, sin alcohol ni detergentes.

De La Mer y sus virtudes se ha dicho ya casi todo. El Concentrate calma, repara y es un alivio instantáneo para una piel estresada después de una semana de  sol,  frío,  viento y lluvia. Por no hablar de lo que estresa hacerse a la idea de que una no vive en un castillo.

Y no lo había recomendado, pero es un buen momento: Dublineses, esa obra maestra de Joyce, presente en cada rincón de Dublín, como Dublín lo está en cada línea de su obra.

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Repartí mi tarde en Dublín entre dos museos: en primer lugar, la National Gallery, en plena renovación, gratuita, y con una obra reducida, pero bien seleccionada. Aproveché para comer en la cafetería, y para rastrear el paso de Chester Beatty, el gran coleccionista y mecenas, cuya generosidad alcanzó también este museo.

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Entre sus fondos cuentan con algún Renoir, el famosísimo Encuentro en la torre, de Burton, y toda una colección dedicada a J.B. Yeats. Hay también una breve, pero interesante aportación española con Murillo, Zurbarán, Goya, Picasso… La entrada es gratuita, y el personal, extremadamente amable.

Otro día hablaré del Museo Arqueológico, que recorre cada etapa de la historia del país contada en objetos, en joyas y restos. De todo aquello que vi casi de un vistazo, a toda prisa, pero que quedó en algún lugar de mi cabeza y mi recuerdo, y regresará de nuevo en historias, o en imágenes, o en metáforas.

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No nos vamos de los lugares en los que hemos sido felices. Solo cerramos una puerta. La memoria las abre, siempre que lo deseamos. Y así se inicia de nuevo el viaje.

Viaje a Irlanda (VII) – Limerick

20160808_153520-01Al estas alturas del viaje (cuya anterior etapa podéis leer aquí) comenzaba ya a darme cuenta de que tocaba a su fin, y que tras Limerick solo restaba Dublin y prepararme para el regreso. Para empeorar las cosas, asomó un sol radiante que me reconciliaba con el endemoniado clima de los últimos días, y que agravó aún más mi melancolía.

Limerick es un nombre que escuché por primera vez en mi adolescencia asociada al grupo musical The Cranberries. Algunos años más tarde todos lo uniríamos  a la lucha por la supervivencia de la familia McCourt en Las cenizas de Angela. Un ciudad con una historia dura, durísima, en ocasiones, cuyo origen se remonta a los vikingos, marcada por la campaña de Cromwell contra los irlandeses, y por la hambruna, de la que la ciudad se recuperó con mucha dificultad

El castillo del Rey Juan, que, rehabilitado como centro turístico, puede visitarse, muestra sus torres y sus muros sobre el río Shannon. Se constituyó como fuerte desde la época vikinga; unos ojos vigilantes han asomado durante siglos por encima de sus almenas, en un intento de proteger la ciudad.

Quien desee seguir la ruta de Las cenizas de Angela encontrará que puede realizarla con un guía si pregunta en la oficina de turismo. Por suerte, la ciudad ha cambiado por completo desde aquellos años treinta de hambre y miseria que describe el autor, y que dividió a la ciudad en dos bandos cuando el libro fue publicado. Las acusaciones de exageración o de mentira, o de denigrar a su ciudad y a su familia se sucedieron, casi al mismo ritmo que la admiración que generó. Ese libro paradigmático inició una nueva corriente literaria, la llamada mis-lit, o literatura de la miseria, en la que lejos de idealizar una infancia o una pasado idílico, los escritores no rehuían de una visión costumbrista e incluso deprimente.

No hay duda, de todas maneras, de que la crisis europea que ha afectado principalmente a los PIGS (Portugal, Irlanda, Grecia y España) se manifiesta en Limerick con mayor claridad que en las otras ciudades que he visitado. Menos turística que las zonas anteriores, más real y cotidiana, muestra heridas y locales cerrados.

20160926_000327Pero también es en Limerick donde resulta más evidente el esfuerzo por combatir esa crisis. Desde los impresionantes graffitis que embellecen solares o fachadas grises, a los pequeños huertos urbanos, las iniciativas culturales o el apoyo a los museos, es una ciudad viva y orgullosa de su independencia, que intenta fidelizar un turismo de calidad.

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10-4Hasta entonces Irlanda había sido pródiga en bichos: había visto ovejas, cabras, vacas, perros en abundancia, pero ni un gato. Comenzaba a preocuparme por si mi radar felino continuaba activo cuando sobre un muro de ladrillo de Limerick me encontré con un precioso, y muy sociable, gatito que tomaba el sol. Eso demostraba, de entrada, que era un gato de provecho, y simpatizamos inmediatamente. Charlamos un rato, y allí lo dejé, sobre el muro, con cierta pena. Fue el único que me encontré en el resto del viaje.

10-2Y, por cierto, me encontré a un primo de Jaromir (quienes me siguen en Instagram desde al menos agosto de 2015 recordarán el éxito internacional de la #trilogiadejaromir). No me preguntéis por qué, era un no sé qué jaromirense, un aire equino familiar. No me obliguéis a explicarlo. Yo sé que eran primos. El primo Ethan. 20160926_000400Una relectura de Las cenizas de Angela me da siempre hambre y ganas de tomar , tazas de té encadenadas, una detrás de la otra. Contra el sol intermitente saqué a pasear el Filtro solar ultraligero de protección 50 de Kielh’s, que me encanta. Con una piel blanca y delicada con la mía la protección elevada es obligatoria, y muchas veces me encuentro con que las faciales protegen, pero tapan el poro y lo ensucian; esta crema no, y además, permite el maquillaje casi inmediatamente. Después de los fríos y los vientos de los días anteriores, empleé como refuerzo nocturno la Crema de noche con efecto mascarilla de L’Oreal Aceite Extraordinario: era un producto que no conocía y, que me llevé para probar durante el viaje, y que ahora, con el trajín al que someto la piel con el teatro, he incorporado a mi rutina. Por otro lado, la bruma de almohada, otro pequeño lujo que me entusiasma, era de La Maison du Savon de Marseille.

20160926_121055-01Durante siglos, Limerick ha vivido de espaldas al río, ese río Shannon del que tantos vapores, humedades e infecciones procedían. Ahora, saneado, y con un bonito paseo que recorre una de sus riberas, eso ha cambiado. Pequeños cafés, restaurantes y locales ofrecen una visión del puente y del castillo, y de su dramático cielo siempre en movimiento. img1474840779948-01

img_20160925_235618 Para recorrer a gusto la ciudad a pie, algo que merece la pena, por tamaño y para no perderse nada, escogí unos vaqueros de talle alto, botines cómodos y una camisa blanca de Oxygene tableada en la espalda.

Solo resta la última etapa de este viaje que contraté con Pangea, y que hubiera deseado que durara al menos un mes más…

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Viaje por Irlanda (VI) Dingle y el Oratorio de Gallarus

20160911_182244El condado de Kerry fue mi siguiente destino, tras las impresionantes cumbres muy borrascosas de Moher (podéis leer sobre ello aquí).

El Parknasilla Resort es un hotel ligeramente distinto a los anteriores: no porque fuera hermoso, tuviera un spa u ofreciera espacios para el golf, sino porque su situación en una pequeña península ofrecía la posibilidad de varias rutas entre la costa y los bosques, incluso por una diminuta isla privada. Rodeado de vegetación exuberante, hortensias de colores intensos y guijarros pulidos, con una sala dedicada únicamente al silencio y galerías con libros a disposición de los huéspedes, albergaba tambien a familias con niños, a los que proponen planes propios.

20160911_182313Me encontraba muy cerca de la Península de Dingle donde se rodó, entre otras, La Hija de Ryan. Si algo había descubierto en este viaje con Pangea era que yo sabía cuándo abandonaba el hotel, pero no cuando regresaba: ni si necesitaba meter las botas de agua o las gafas de sol. Por lo tanto, de cada cambio de ropa hice dos versiones. Una más formal y otra más versátil.

Por ejemplo, la misma camisa blanca y la falda de tul gris de Zara podía llevarla durante el día con alpargatas de cuña, un cinturón trenzado y pendientes de plata noruega.  Pero podía darle un giro rápido con un obi artesano, pendientes de hojas con cristales, un bolso de raso Vasari y unas mules doradas. Como el día amaneció radiante, me arriesgué a llevar una biker de Mango de ante caramelo.

20160911_175630-01Los desayunos se estaban convirtiendo en la mejor parte del día. En el caso del Parknasilla, no perdoné los frutos rojos y la bollería ninguno de los días, mientras disfrutaba del servicio de plata y las cambiantes vistas del comedor acristalado.

20160911_174950Dediqué la mañana a pasear por las rutas que rodeaban el Parknasilla: una de ellas bordeaba el mar, atravesaba una turbera, y se adentraba en la islita vecina, donde los árboles crecían y se derrumbaban con entusiasmo. A veces tenía la sensación de haber vuelto a los años en los que eran niña, y subía al monte con mi padre; el liquen sobre las piedras, los helechos, los crujidos de los troncos en las alturas, las ardillas sin miedo alguno eran los mismos. El territorio de mi novela Irlanda, o de Nos espera la noche se gestó en paseos parecidos.

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20160911_174007Con desayunos de esas características, la comida del mediodía debía, por fuerza, ser frugal: pero al menos para un sandwich había que detenerse en Sneem, uno de los pueblos más bonitos y cuidados de Irlanda. Aunque solo fuera por sentarse en una casa de paredes malvas.

20160911_174120La península de Dingle ha sido considerada uno de los lugares más hermosos de la tierra: además, por su posición, se creyó que era uno de los fines del mundo: como Finisterre, como Land’s End, en Cornualles.  Si se cruzaba ese confín, no se regresaba ya. Más allá había monstruos, y se defendían de los humanos con vientos huracanados, con olas gigantescas y grandes peces de formas extrañas.

La niebla y la bruma, y sobre todo, el viento constante, convierten esa zona en un lugar indómito, de una belleza en moviento continuo. No se deja conquistar, no sabe de serenidad. Invita a domarlo y no a comprenderlo. A aceptar que hay fuerzas y misterios más allá del poder humano.

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9-4Y, sin embargo, solo unos pocos kilómetros más allá se alza uno de los lugares sagrados con más historia y que transmite más paz de toda Irlanda; el Oratorio de Gallarus, una edificación misteriosa, que algunos consideran del siglo VI y otros del XII; , además de un lugar de culto casi ininterrumpido durante siglos, muestra una construcción  paleocristiana fascinante.

Hay que pagar un pequeña entrada para acceder, y entre los muros de piedra y los enormes macizos de pendientes de la reina, posado al pie de una ladera, de pronto, se alza el Oratorio.

20160911_181420-01Tenía que dedicarle un poco de atención a las vacas de la zona: de un precioso color dorado, y una calma proverbial, se encontraban en los alrededores del Oratorio, y contemplaban con curiosidad a los humanos que por allí pasaban. Con tanta curiosidad que estoy convencida de que después, en bovino, cotilleaban sobre nosotros.

-Qué birria de turistas nos han llegado hoy.

-Ya te digo. Donde esté un buen grupo de japoneses…

-¿Y esa que venía con la cazadora de ante? ¿Qué se quería hacer pasar, por una de nosotras?

-Tengo una prima en Moher que me dijo no sé qué de una turista que se dedicó a escalar el acantilado por su cuenta.

-Es que van como locos.

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9-2El Oratorio, que tiene forma de quilla de barco, se construyó siguiendo una técnica casi megalítica: al parecer, tiene un poquito de argamasa en el interior, quizás posterior, pero el encaje de la piedra exterior, suave y uniforme, es misterioso y de una resistencia extrema. Cada uno de los paisajes de esta etapa transmitía una energía propia, inconfundible: y esta zona transmitía la  serena sacralidad de un lugar donde se ha rendido culto a algo invisible durante mucho tiempo. Algo sutil, pero inconfundible. Fuera, la belleza, la calma, la silueta de piedras.

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9-3Dentro, el misterio.

17-1Podéis acompañarme a la etapa siguiente aquí.

Viaje a Irlanda (IV) Cong

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Después del recorrido en la anterior etapa por los caminos de la Gran Hambruna, tenía sentido continuar hacia Cong, en el Condado de Mayo. Esta zona sufrió con particular dureza la pesadilla del hambre: desahucios, desplazamientos y entierros masivos. Quien conduzca ahora por aquí difícilmente podrá imaginar las condiciones en las que malvivían los campesinos ya antes del mildiu: analfabetos, apiñados en casetas de un único recinto, sin ventanas, y con hogueras de turba.

Los que emigraron en esos años tampoco lo tuvieron fácil; si se dirigieron a Argentina, o a Uruguay, corrieron mejor suerte. La mayoría se embarcó hacia Estados Unidos, y Canadá. Saturados por las decenas de miles de irlandeses, los países de recepción los retuvieron en islas de paso como la de Ellis, en las que las cuarentenas no lograban frenar epidemias; y en las ciudades y barrios americanos la discriminación comenzó a hacerse evidente.

Pero ya antes, y durante todo el siglo XX, los irlandeses habían buscando salida a la miseria o a la persecución política en EEUU: en Lo que el viento se llevó, la autora Margareth Mitchell, descendiente de irlandeses, narra la historia de la hija de un oriundo del condado de Meath. Según la novela, Gerald O’Hara había escapado de Irlanda en torno a 1820, por haber asesinado a un funcionario inglés.

Quizás la otra heroína de arrebatado carácter irlandés más memorable, además de Escarlata, sea Mary Kate Dannagher, interpretada por Maureen O’Hara en El hombre tranquilo. Si bien se basaba en el libro de M. Walsh, fue la mirada del director John Ford la que le dio el carácter de clásico a la película. Ford heredó de sus padres, él de Galway y ella de las islas de Aran, la añoranza y la visión nostálgica de Irlanda. Y fue esta preciosa zona, la que rodea Cong, la que correspondía a la que anidaba en sus sueños, la quintaesencia de la mitificada y añorada Isla Esmeralda. 7.3

En Cong se puede seguir una ruta, incluso guiada, por los escenarios de la película: el río, con sus piedras y sus patos, no ha cambiado, existe un museo dedicado a El hombre tranquilo, una escultura, varias placas, y una de las callecitas y algunos de los locales se mantienen o se han reformado a la manera de la famosa obra. Es la Irlanda que todos hemos imaginado, la imagen en la que muchos se reconocen. Y, curiosamente, se ha construido con la amorosa mirada de los que escucharon las historias de quienes dejaron estos árboles y estos ríos y se llevaron su recuerdo a otras tierras.

Cong posee, además, las ruinas de una espectacular abadía agustina, casi en el mismo centro del pueblo. Aunque estuvo habitada por monjes desde el siglo VII, las ruinas, un monumento nacional, datan del s. XIII. Se conserva el torreón, y parte del claustro, además de algunos restos de edificios; entre las piedras brotan las tumbas, algunas muy viejas, otras que dan testimonio de muertes y penas cercanas. El acceso es gratuito.

Y, al final del claustro, bajo un arco ojival, se abre el camino al bosque y al río: los monjes dependían de ese bosque para subsistir, y de la pesca, para complementar la pobre alimentación que mantenían, además, voluntariamente frugal. Sobre uno de los saltos del río, de las miles de ramificaciones de agua que recorren el condado y lo convierten en un terreno siempre verde y vivo, se conserva la choza en la que los monjes pescaban: ¿sería siempre el mismo, o se turnarían? ¿Se trataría de un privilegio, un rato de soledad y libertad en la naturaleza, o más bien de un castigo, la humedad, el frío apenas combatido por un fuego, el aislamiento?

En la actualidad, el bosque cubre y envuelve al visitante con brazos muy ancianos, que dejan ver su fuerza, y su poder. Quien camina por él siente que es un viajero en el tiempo, a aquella época en la que los bosques cubrían la tierra sin competencia, ferales y libres.

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Para esta etapa me llevé conmigo el libro y la película El hombre tranquilo. El tiempo continuaba con un marcado carácter adolescente y  reacciones exageradas. El chaparrón que me cayó junto al río de Cong aspiraba a ser recordado, y sin duda, lo será. Me hice con una cazadora de cuero de Zara, y con una maravillosa falda artesanal profusamente bordada con lentejuelas. En mitad del bosque arcaico, el brillo de los abalorios creaba un efecto irreal, onírico.

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El sol cortaba de vez en cuando las nubes, como un cuchillo la manteca, y desde el coche el campo se iluminaba súbitamente. No me extrañó que se asociara la volatilidad del tiempo al llamado carácter irlandés: una tierra cambiante, brusca y generosa.

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Esta sería la última noche que pasaría en Clifden, y en el Abbeyglen Castle Hotel. Aproveché para dar un paseo por la diminuta ciudad, que ofrece, además de unas fachadas coloridas que alegran la vista y el ánimo, una historia peculiar: Clifden fue fundada por el sueño de un pionero empresario, John D’Arcy. Había heredado el castillo de Clifden y las tierras cercanas, y decidió que, por su posición junto al mar, y protegida por las colinas, sería un buen enclave comercial. Además, Connemara carecía de una ciudad o capital fuerte. Así nació Clifden, a principios del siglo XIX. Durante algunos años, el sueño pareció cumplirse. Prosperó la pesca, el comercio y la navegación. Pero nuevamente la Gran Hambruna arruinó los planes, la ciudad y los sueños. La ciudad llegó a declararse en quiebra.

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Un siglo más tarde de la fundación de Clifden, su enclave estratégico volvió a darle cierta relevancia: otro empresario e inventor italiano, G. Marconi, la escogía como sede para su estación de transmisión transatlántica de telegrafía por ondas. La estación fue arrasada durante la Guerra Civil, pero la huella y el nombre del Premio Nobel sigue presente en la ciudad.

El primer vuelo trasantlántico desde Estados Unidos aterrizaba en Clifden en 1919 (es una manera suave de decirlo: Brown y Alcock se esmorraron en una turbera en Derrigimlagh, después de 16 horas de vuelo accidentadísimo y casi mortal. Alcock salió por su propio pie y diciendo “He sido el primero, he sido el primero”. Angelicos).

Es decir, fue esta una tierra que forzaba a marchar a sus hijos, pero que les legaba el anhelo de regresar siempre, de no perder el contacto pese a que un océano les separara. Una morriña irlandesa contagiosa y que no se atenúa pese a que pasen las generaciones.

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Aquí os dejo el enlace de Pangea donde podéis encontrar información sobre cómo organizar vuestro propio viaje por Irlanda. Y el viaje continúa aquí.

Viaje a Irlanda (III). Abadías y bruma

20160823_005648Si en las anteriores entradas os hablaba de Dublín, y de Galway, y de las áreas bajo la influencias de estas dos ciudades, a partir de ahora nos moveremos en una Irlanda mucho más rural, y de paisajes de una intensa belleza. Irlanda, como algunos otros territorios que han sido cantados, descritos y reflejados por infinidad de artistas a lo largo de los siglos, no se descubre: se confirma. Recorremos tierras que hemos  visto ya, con las que ya hemos soñado. Y Connemara, la región que describiré hoy, resulta particularmente propicia a ello.

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El look del día, que hace un guiño cromático al que Maureen O’Hara luce en algunas de las escenas de El hombre tranquilo, tuvo en cuenta la absoluta irresponsabilidad y volubilidad del clima en la zona, que si bien nos deja cielos espectaculares, es capaz de alternar chubascos, sol, bruma, aguacero y sol de nuevo en diez minutos. Una camisa azul de crêpe y una falda tableada, tendencia este otoño, de encaje granate, ambas de Zara. El bolso, con una plancha tallada, es de Chie Mihara, una japonesa afincada en Elda; un colgante de cristal de roca. Me hacía falta una máscara de pestañas resistente al agua, como Grandiôse de Lancôme, y poco más.

Sí, algo más; de la marca de maquillaje Deciem, he descubierto un producto que me resultó muy útil para las fotografías, sobre todo para las realizadas con poca luz. Se llama Hylamide Photography Foundation, y se aplica en solitario o bajo la base de maquillaje. Está pensado para mejorar las imperfecciones de la piel cuando es fotografiada, y funciona: hay varios cosméticos similares, pero éste, en particular, me ha dejado sorprendida. Por lo tanto, muy recomendable para días de bodas, celebraciones o fiestas familiares en las que sabemos de antemano que nos sacarán infinidad de fotografías, si tenéis un blog o si os encantan las fotos y quedar bien en ellas.

El libro de esa etapa fue el conjunto de relatos Al borde del camino, de S. O’Kelly. De una tristeza infinita, profundamente irlandeses, y muy hermosos.

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IMG_20160823_005215Algo muy característico de este viaje fue la extraordinaria riqueza de colorido en las fachadas, los postigos y las contraventanas de las casas recuperadas y los nuevos establecimientos. Todos los colores parecían adecuados para una puerta o una casa entera: rosa, violeta, naranja, aguamarina… Los comercios y los pubs rivalizaban en parterres y jardineras con flores exuberantes: lobelias, petunias, hiedra, geranios…

Los interiores varían menos en materiales: moqueta casi generalizada, frisos de madera, papel pintado. Hoteles, restaurantes, cafeterías y pubs cuentan con wifi gratuito (y en funcionamiento).

Uno de los lugares de visita obligada en esta zona, pese al turismo y sus males, es la Abadía de Kylemore.  No solo la belleza del castillo forma ya parte de la leyenda: su historia se abre paso en la imaginación para convertirla en inolvidable, como el Taj Mahal, o Neuschwanstein, el castillo de Ludwig de Baviera.

La Abadía fue, durante siglos, un paraje deshabitado, un coto con un refugio de caza; el Kylemore Lodge. Sin embargo, a mediados del siglo pasado, una pareja de multimillonarios de Manchester visitaron la zona. Se encontraban de luna de miel, se llamaban Mitchell y Margareth Henry, su familia se había enriquecido con el algodón, y a ella le entusiasmó Connemara. Tanto fue así que cuando Mitchell heredó algo de dinero (más), él cumplió la promesa que tantos recién casados hacen, un tanto impulsivamente, al casarse: te trataré como a una reina.

Y un castillo contruyó: con una estética de cuento de hadas, salones de ensueño, y todos los avances tecnológicos de la época, que en 1870 comenzaban a ser notables. Una de las obsesiones de los Henry era el autoabastecimiento, tanto de energía como de alimentos. La otra, los jardines. El jardín victoriano de Kylemore superó en tamaño a cualquiera de los otros del país. Y la última, y más loable, los Henry se encontraban política y personalmente involucrados con la mejora de la situación de las clases más pobres, que en Irlanda, como en toda Europa, abundaban.

Los testimonios dicen que se amaban entrañablemente, y que, a su vez, recibían una considerable cantidad de cariño, porque eran generosos y se preocuparon porque sus trabajadores recibieran un jornal digno, construyeron una escuela, mejoraron sus viviendas, y las dotaron de infraestructuras desconocidas en el país. Trescientas personas de la zona trabajaban para la enorme finca, en la que además de los Henry, vivían los nueve niños que fueron naciendo.

Entonces, Margareth murió. Regresó enferma de un viaje por Egipto con fiebres, y no pudo superarlo. Tenía 45 años. Su marido, desolado, no soportó permanecer en un lugar en el que habían sido felices. Erigió una preciosa iglesia neogótica, llena de alusiones a la alegría y la calma, y se alejó del castillo encantado hasta que murió, en 1903, y sus cenizas regresaron a Kylemore, para reposar junto a su esposa.

Antes de morir, vendió su castillo a los duques de Manchester, que, como correspondía a su estado y posición, no incurrieron en la vulgaridad de apreciarlo, se arruinaron, y acabaron jugándoselo a las cartas. Lo perdieron, claro.

Y de comprador en comprador, llegó en 1920 a las manos de unas monjas belgas, benedictinas, que habían huido de su país. Su abadía en Ypres había quedado reducida a polvo por los bombardeos alemanas, e Irlanda, que era un país católico y que simpatizaba con los martirizados belgas, parecía un lugar idóneo para fundar un colegio y vivir en paz. Reconstruyeron el castillo y sus alrededores, y lo convirtieron en un internado para niñas de la nobleza y las fortunas internacionales. Anjelica Houston, por ejemplo, estudió aquí. (Este es el momento en el que la imaginación de una niña de los 70 se desboca: cuando daño hizo Candy Candy).

6.2

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6.3

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De un castillo de cuento, a un paisaje encantado. Nos encontramos en mitad del Parque Natural de Connemara, un vasto escenario natural que abarca algunas de las vistas más inolvidables del país, algunas colinas notables, como la Diamond Hill, y los lagos y el fiordo Killary. Las ciéganas, los páramos, los terrenos de turba que se emplearon durante siglo como combustible. Los pájaros que cruzan el cielo cambiante, las ovejas que salpican de blanco algunas laderas. Nada de lo que respira ahora calma y recogimiento nos permiten sospechar que esta ha sido una región que ha padecido un hambre feroz, un empobrecimiento crónico.

La hambruna más grave, cuyos ecos aún resuenan en el inconsciente colectivo irlandés, es la que mató a dos millones de personas entre 1845 y 1849. Otros dos millones huyeron del hambre y la miseria, como pudieron, muchos a Estados Unidos, a Canadá, a Sudamérica. Donde pudieron o les dejaron. Inglaterra no les aceptaba, temerosa de una revolución si el número de irlandeses aumentaba en sus calles. Otros reducen las cifras a la mitad, pero nadie niega el impacto brutal que ocasionó. Las crónicas del hambre estremecen incluso ahora: pueblos fantasmas donde no quedó nadie para enterrar a los muertos, casos de canibalismo, cadáveres con la boca verde por la hierba que ingerían. Mujeres  y niños esqueléticos que deambulaban como podían, hasta caer muertos en los caminos.

Las razones de la Gran Hambruna fueron tan previsibles e injustas como las de otras que han dejado cifras atroces en el siglo XX, en otros continentes. Desde la época de Cromwell, la gran mayoría de las tierras se encontraban en manos inglesas. Los irlandeses, jornaleros o aparceros de los ingleses, poseían o alquilaban pequeñas parcelitas para su subsistencia, en la que plantaban, sobre todo, patatas, alguna col, nabos. El cultivo de las grandes fincas se dedicaba a cereales para la exportación. En los años de la Gran Hambruna se importó, involuntariamente una plaga, el mildiú de la patata. El enemigo se llamaba Phytophthora infestans, un hongo que pudría el tubérculo en la tierra, o lo que era peor, cuando se había almacenado ya y se creía que el peligro había sido conjurado. Lo que fue una epidemia que puso en aprietos a los campesinos de otros países se convirtió en tragedia en Irlanda: no tenían nada más para comer.

El trigo continuó exportándose sin problemas, pero los irlandeses no lo poseían ni tenían acceso a él. La indiferencia general de los dirigentes ingleses, cuando no la acusación velada de que se merecían la plaga puede explicarse por el hecho de que muchos de los que se enriquecían con el trigo irlandés nunca pisaron la isla, ni la veían más que como una inmensa hacienda. No existía ningún vínculo emocional ni con el territorio, ni con los habitantes, celtas, católicos y despreciados.

Es decir, una historia de intereses creados, y de injusticias sangrantes que se ha repetido hasta la saciedad. En el caso de Irlanda, marcó un antes y un después. Los caminos de Connemara, que vieron como sus jóvenes alcanzaban como podían Clifden, o Galway, para embarcarse y salvarse de la muerte, acogen ahora a turistas silenciosos, o a los descendientes de esos emigrantes que nunca olvidaron sus orígenes y cantaron la Isla Esmeralda, sus condados y sus ciénagas inabarcables.

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IMG_20160823_004244El viaje continúa aquí.

 

Viaje a Irlanda (II): Galway

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Galway era mi siguiente destino después de la estancia en Dublín de la que os hablo aquí: una ciudad que nació en el siglo XII en una bahía en la que desemboca el río Corrib. Mi coche recorrió la isla de este a oeste; el trayecto más largo que realicé en autopista. Por cierto, por si os animáis a realizar este viaje con Pangea u otro similar que incluya coche de alquiler, los peajes son baratos, comparados con los que pagamos en España, mientras que el aparcamiento, sobre todo en Dublín y en Galway, resulta dolorosamente caro. El paisaje varió sin tregua. Al principio, los setos junto a la carretera ocultaban las planicies. Luego se sucedieron las colinas, muchas de ellas en mitad de la recogida de la hierba seca, que empacaban en balas redondas, algunas de ella protegidas por una llamativa lona rosa chicle. Después las montañas; y el mar.

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Desde el siglo XIV esta ciudad animada, joven (su crecimiento sigue en alza), e inquieta ha estado relacionada con los españoles, en especial por el comercio de vinos, que atrajeron tantos barcos que merecieron un lugar propio en el puerto. Aún hoy puede verse el Spanish Arch, y el Spanish Parade, un paseo que en los días de sol se llena de jóvenes que ven la puesta de sol con sus Guinness y sus amigos.

A Galway se le atribuía un carácter raro, casi latino. Se decía de manera popular que el contacto constante con España había transformado el temperamento irlandés, y que los cambios de humor, el orgullo y los arrebatos de cólera, así como los cabellos negros de algunos habitantes eran herencia de los marineros españoles y los viajes al sur. De todas maneras a los celtas, con su cruce normando, poco les hacía falta para saltar por cualquier cosa. Las 14 tribus que regían Galway eran de armas tomar. Baste saber que inventaron el concepto de linchamiento.

Sí, el Guzmán el Bueno de la zona fue James Lynch, un miembro de las 14 tribus, de los Lynch de Galway de toda la vida, que era además, alcalde y rico de familia. Su hijo Walter asesinó a un mercader español que se hospedaba en la casa del padre, porque al parecer estaba tirándole los tejos a su novia. Con lo que Walter le tiró a él por la ventana. Lo normal. Los extranjeros pidieron la cabeza del asesino. A Walter, que salvo en su relación con los españoles debía ser un chico de lo más normal, que saludaba siempre, muy amigo de sus amigos, nadie se atrevía a ajusticiarle, ni el verdugo. De manera que fue su propio padre el que le puso una cuerda al cuello y lo ahorcó, también lanzándole por la ventana. Eso son medidas para potenciar el turismo y lo demás, tonterías. Y de ahí lynch law– linchamiento.

Unos años antes (el linchamiento tuvo lugar en 1493) Cristóbal Colón escuchó misa aquí, en la Colegiata de San Nicolás,  camino hacia Islandia, en un viaje comercial. Escuchó la historia de San Barandán, o San Brendan, un viajero legendario que había visitado tierras lejanas, y comprobó que a la bahía llegaba madera de deriva que no era europea. Confirmó así sus sospechas. Había tierra hacia el Oeste.

Galway es una ciudad divertidísima, sobre todo si asoma el sol, un buen lugar para las compras (no hay muchos en Irlanda) y un destino típico de turismo. Conviene alejarse de las calles más bulliciosas como Shop Street, y callejear, husmear, meter la nariz en los rinconcitos, para encontrar pubs, pedazos de muralla, fragmentos de conversación en español al aire, cisnes (tan abundantes, y a los que no se debe alimentar) en pausada ruta por el río. Pude constatar que se han puesto de nuevo de moda las trenzas hiladas en la calle. Con 17 años yo regresé a casa con una.

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5.3

Desde aquí puede darse el salto en ferry a las preciosas Islas Aran, o continuar hacia Connemara, la legendaria Irlanda tradicional. Yo preferí lo segundo, y tomé ruta hacia Clifden.

Aquí conviene olvidarse de lo que hemos conocido toda la vida como carretera, y adoptar el término más adecuado de pista. Incluso de pista cochiquera. Si bien el adaptarse a conducir por la izquierda se produce de manera más bien rápida e intuitiva (las rotondas dan ciertos problemas, y también las incorporaciones a la izquierda), nada nos han preparado para las sinuosas y estrechas carreteras del oeste irlandés. También es verdad que se encuentran en buenas condiciones, y que la extrema belleza del paisaje, y la sensación casi continua de soledad, de que han colocado esas nubes dramáticas, esos lagos, y esas ovejitas dispersas solo para nosotros compensan los sudores fríos cuando aparece un coche en dirección contraria. Las cunetas se encuentran flanqueadas por inmensos arbustos de pendientes de la reina y de crocosmias naranjas. De vez en cuando, el brezo, y el liquen sobre las rocas.

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Por la zona se encuentran muchas referencias a los ponis de Connemara, y de vez en cuando hay algún establo o incluso hileras de caballitos, muy valorados y apreciados. Nuevamente la leyenda mete un toque español: se dice que cuando la Armada Invencible naufragó o arribó maltrecha a estas costas, los caballos andaluces de la tropa escaparon hacia el monte. Lo de escapar es relativo, porque sus dueños fueron, en muchos casos, apresados y asesinados. En Galway, en el cementerio principal, se recuerda a 300 de esos marineros españoles que fueron fusilados en 1588, tras sobrevivir al desastre naval. Absurdos y crueldades de una guerra más. Los caballos no, claro, los caballos huyeron libres y se cruzaron con la raza local. Eso dicen. A mi juicio, aunque son animales preciosos, toda similitud atisbada entre un corcel árabe-andaluz y un pony de Connemara es propia de una abuela cariñosa que insiste en que su nieto se parece mucho a ella.

El hotel en el que me hospedé en Clifden es el Abbeyglen Castle Hotel. Este castillito del siglo XIX ha sido un hotel familiar durante décadas, y se nota en el trato, de una desbordante simpatía. Una muestra: te da la bienvenida Gilbert, el loro, en su jaula en la recepción. Si eres mujer, enfáticamente: a los hombres no les suele decir nada. Es un loro muy suyo. Las habitaciones, encantadoras, miran al jardín, la escalinata o el pequeño helipuerto. Hay un spa, un campo de golf, pero yo, no hay que decirlo, me fui directa al jardín, plagado de impresionantes hortensias, y a las zonas comunes, que cuentan con chimenea y una buena oferta de libros.

5.4

Aquí, en mi heredad…

Ay.

Volvamos a la realidad.

5.5

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El clima cambia drásticamente en esta zona, y la humedad y el frío se hacen notar incluso en Agosto. Es más, yo agradecí de corazón el que las chimeneas estuvieran encendidas. Aunque ya hablaré con más detalle de esta zona, adelanto que  Clifden fue un enclave esencial durante el siglo XIX, una época trágica para Irlanda, asolada por las hambrunas y la emigración.

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En toda la zona han tenido el acierto de mantener el equilibrio entre el turismo, muy abundante, y un sabor auténtico. Han atraído un tipo de viajero que regresa en busca de sus raíces, viene a pescar, a jugar al golf, o a hacer senderismo, poco invasivo, muy respetuoso, y de un nivel económico medio-alto. Un modelo interesante para muchas zonas que buscan ahora soluciones distintas.

El mimo por el detalle es máximo, y la devoción por lo antiguo, por lo conservado del pasado, contrasta con el afán de modernidad de otros lugares. Aunque aquí muestro las hortensias, de un colorido espectacular, todos los parterres de flores daban una lección de buen gusto y de colorido.

La humedad riza el pelo, y alimenta la piel. Como ocurre en muchos viajes al norte, el cuerpo y la tez reaccionan, en mi caso, como si regresaran a casa. Respecto al look, el kimono es de HM. Y el anillo de plata, de Marisabell Design.

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En la gastronomía, el salmón y la trucha de la zona gozan de gran fama, y pude comprobar que merecida. Desde entonces no faltó en mis desayunos. La panadería, estupenda, y los lácteos, de nuevo, sobresalientes. El hotel cuenta con un restaurante de carta limitada, pero de buena calidad, y por la zona abundan las oportunidades para probar el estofado irlandés o Irish stew.

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Queda aún mucho por ver: las abadías de la zona, la salvaje naturaleza de la zona, la tierra de la que tantos poetas han hablado…

Continuará aquí. Me temo.

 

Viaje por Irlanda (I) Dublín

3.1

Siempre que puedo, prefiero cambiar unas vacaciones tranquilas y reposadas por un viaje. Quizás también tranquilo y reposado, pero un viaje. Este año, sin embargo, he estado a punto de no disfrutar ni de unas ni de otro. Imprevistos laborales, decisiones editoriales, e inestabilidad económica; finalmente las cosas encajaron para lograr meter con calzador unos días de Agosto, y para marcharme a un destino cercano, pero siempre postpuesto.

El vestido es vintage. La maleta, de Salvador Bachiller; no puedo ocultar lo satisfecha que estoy con ella  y la importancia que tiene el contar con un equipaje ligero y versátil para un viaje de estas características, en el que hay que hacer y deshacer maletas en varias ocasiones.

3.2

Mi destino era Irlanda: mi intención, la de conocer con un poco de calma lugares por los que he pasado sin pausa, y otros que solo había visto en la ficción.

Nunca he aceptado de buen grado los viajes organizados: si no sacan lo peor de mí es porque me contengo constantemente, y tampoco estoy del todo segura de que el autocontrol me funcione. Gruño demasiado. Pero por otro lado, tampoco me encontraba ni con la energía ni con el tiempo suficiente como para ir a la aventura o planificar, como suelo hacerlo, cada jornada y cada sitio.

La mejor opción me la ofrecía Pangea, la agencia de viajes con la que ya había probado alguna experiencia en Madrid, y que dio con un equilibrio entre lo que deseaba: hoteles cerrados en un trayecto por toda la isla, y libertad el resto del día, un coche de alquiler y determinadas sugerencias que no me comprometían a nada. De las distintas propuestas similares, la que contraté fue  Irlanda como un lord. Como una lady, en este caso. Te encantarán los hoteles, me prometieron. Castillos, spa… Ya veremos, pensó mi gruñona interior.

No quería que fuera tanto un viaje literario o cinematográfico como que respondiera a mis intereses, que saltan de Joyce y Wilde a los restos de la Armada Invencible que llegaron a las costas de Galway, de la manera en la que se gestiona el campo y la agricultura a los jardines y arreglos florales, de la Gran Hambruna a la I Guerra Mundial. Y, como siempre, comprobar de qué manera se vive en un entorno distinto al mío la herencia y el presente cultural.

Por supuesto, hay tantas Irlandas como se desee: la centrada en los pubs y la Guinness, y en la cada vez más interesante gastronomía de la isla. La de la caza de paisajes, dramáticos e inolvidables. La que sigue los pasos de la música tradicional o de bandas como U2 o The Cranberries. La mía coincide con el mapa de algunos, dejará otros lugares esenciales fuera, y quizás permita descubrir otros.

Como muchas personas de mi generación, yo viajé a Irlanda con 16 años, un verano, para mejorar mi inglés. Pese a los viajes posteriores, la imagen de un Dublín amable y ruidoso, húmedo y verde, permanecía en mi cabeza fijada con la fuerza de la adolescencia. Era hora de mirar todo desde una perspectiva adulta.

El vestido de ese día es de  Zara.

3.4

El hotel en el que me quedé en esta etapa era el Fitzpatrick Castle Hotel, un auténtico castillo reformado y ampliado a cierta distancia de Dublín, lo que le daba tranquilidad espacio y permitía acercarse a pie al cercano Dalkey; tuve la suerte de hospedarme en la que sería la habitación más espectacular de todo el viaje, una enorme alcoba en lo alto de una torre octogonal, con cama con dosel, un cuarto de baño-spa y en la que no faltaba un pasadizo secreto, posiblemente para uso del servicio en su tiempo. Dejé de gruñir porque se me cayó la mandíbula sola.

5.1

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El desayuno, como ocurriría en el resto de los hospedajes, era abundante y delicioso. De  hecho, el problema de dormir en hoteles tan interesantes radica en la tentación de no moverse de allí en todo el día. Poco a poco se gesta el futuro trauma de regresar en algún momento a una realidad sin desayunos preparados, cubiertos de plata, vistas espectaculares y mobiliario histórico. Yo advierto.

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Para este primer día busqué un look clásico y cómodo: una falda de capa beige de Trucco, una camisa blanca de Zara, sandalias de charol beige, y varios pañuelos de seda con los que completar el look. Para la garganta, para el pelo, por si las dudas… El bolso era de Leylashop, y las gafas de sol de Wolfnoir. Una historia de Nueva York de W. Irving encajaba bien, con su humor y su sutil crítica a la constitución de un mito, con el espíritu irlandés. No me hacía ilusiones: en invierno o en agosto, en Dublín, y en Irlanda, en general, llovería a diario.

4.3

Y así fue, llovió en abundancia y con afán discontinuo durante todo el día. Eso dejó cielos espectaculares y espectaculares estampidas en el Castillo, por ejemplo; tres minutos después de esta fotografía la lluvia despejó el campo frente a la Biblioteca Chester Beatty, donde un buen grupo de actores ensayaban al aire libre.

A esta Biblioteca gratuita, que contiene la colección del interesante multimillonario Chester Beatty, irlandés de adopción y coleccionista por afición, merece la pena dedicarle un buen rato. No es apta para postureo cultureta, porque no permite sacar fotos, y nadie sabrá que hemos estado allí, lo que hoy en día supone un buen filtro. A Beatty lo encontraremos en otras instituciones culturales, porque además de bibliófilo, coleccionaba arte, mobiliario, y objetos preciosos de todo tipo. Como los Museos Cerralbo o Lázaro Galdiano en Madrid, nos permiten asomarnos a la particular mente y gusto de estos mecenas, extravagantes y exquisitos.

Mostraban una magnífica exposición de caligrafía musulmana (Lapis and Gold, Lapislázuli y oro).  Como ya nos encontramos en el centro de Dublín, todo está cerca del Castillo y la CBL; por ejemplo, el Ayuntamiento de Dublín.

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4.2

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Dublín celebra en 2016 el Centenario del Alzamiento de Pascua, que se considera la fecha clave para la independencia del país. Mi fascinación por la I Guerra Mundial no es ningún secreto, como saben los lectores de Soria Moria. Irlanda, aún parte de Reino Unido, envió un contingente importante de hombres a luchar, o mejor dicho, a morir, sobre todo al Somme. En mitad de la Guerra, diversos grupos republicanos revolucionarios tomaron varios edificios en Dublín, entre ellos Correos, el punto clave (donde una precisa maqueta de LEGO de dimensiones considerables refleja lo ocurrido), y el Ayuntamiento, y proclamaron la República de Irlanda. El Alzamiento fue aplastado, y sus cabecillas, fusilados, pero ni mucho menos olvidados. Yeats escribió en su poema Pascua 1914 el verso Una terrible belleza ha nacido. La lucha por la independencia sería ya imparable.

Basta con asomarse a la fachada principal para ver el pub Ivy con las ventanas cubiertas con las efigies de los héroes del Alzamiento. La película Michael Collins habla directamente de ese tema, que es tratado o mencionado de manera recurrente en novelas y películas (por ejemplo, en El viento que agita la cebada, o  La hija de Ryan) y no digamos ya en canciones o baladas populares.

Por cierto, por todo Dublín están pintando y cubriendo los transformadores eléctricos con arte urbano. Frente al Ayuntamiento remató uno Iljin.

Atardecía ya cuando llegué al Trinity College.

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Esta universidad mítica, fundada por Isabel I en el siglo XVI y por lo tanto, protestante, mantiene su reputación pese al tiempo y las crisis pasadas. El campus se vuelca hacia el interior, y transmite la sensación de que se ha quedado detenido en el tiempo. Campos verdes, bicicletas, música al aire libre y alumnos que juegan en las áreas deportivas transmiten una imagen casi ideal: tanto que películas como La puerta del cielo de Cimino, o Educando a Rita, de Gilbert, se han rodado aquí.

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La paz y el verdor del campus permiten olvidar que gran parte de la ciudad se encuentra en obras: durante el verano es posible hospedarse aquí, si se solicita con tiempo a la Universidad. Así se puede disfrutar de su Vieja Biblioteca (nada que envidiar a la de Harry Potter) y del Libro de Kells, aunque la entrada es de pago y las colas como para ser tenidas en cuenta. En estas aulas estudiaron Wilde, Beckett, y alguien tan remoto en el tiempo como Swift, el autor de Gulliver.

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Si digo que había obras, no exagero: obras, turistas, lluvia. En fin.

Dublín, recorrida por el Liffey, tiene su referencia en el río, y no en el mar, como Bilbao, aunque ambas ciudades no serían nada sin su ubicación estratégica. Los puentes de la ciudad vertebran y organizan otro paseo posible. Los pubs y los cafés salpican las riberas del río; yo me tomé el té, acompañado por una tarta de zanahoria estupenda, en el Dwarf Jar Coffee Shop. Los precios, comparados con los españoles, algo caros. Y cené unas Fish and chips en el pub Fitzgeralds. Absolutamente turístico, incluso con música irlandesa, pero quería recordar otros tiempos… 4.1

Y desde Dublín marché hacia el oeste, hacia la bulliciosa bahía de Galway…

(Continúa aquí)

 

La conquista de las Bibliotecas, París

espidofreireparis1 ¿Érais de esas personas que solo pisaban la biblioteca para estudiar, y que ocupaban todos los asientos desde primera hora de la mañana en época de exámenes? La chica que os miraba furibunda con tres o cuatro libros bajo el brazo y carraspeaba ruidosamente era yo. Nada personal, especies distintas en el mismo hábitat. Creo que nunca he estudiado en una biblioteca. Las amo y defiendo con pasión; les debo mucho. Para mí eran, y siguen siendo, espacios destinados a la lectura, una desbordante cantera de libros. Una visión un tanto limitada por mi parte, porque las bibliotecas cumplen funciones tan variadas, reúnen tantos ecosistemas distintos que reclamar una única faceta sólo las llevaría a la extinción. Pero eso no quita para que intente, siempre, conquistarlas.
La biblioteca del Colegio de España en París se cuenta entre las de apariencia clásica, reconfortante, con sillones cómodos y estantes venerables. Una biblioteca como la que me gustaría atesorar en mi casa. De momento, he de conformarme con usarla cuando pase por allí, y con donar algunas de mis obras, de manera que “Irlanda” o “Para vos nací” pasen a engrosar su patrimonio.

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espidofreireparis2Cuando tenga mi propia biblioteca en condiciones me imagino entre los libros más o menos así, con un kimono antiguo de gasa , bordado con lentejuelas metálicas, que compré en Tokio, (para que no me hiciera ilusiones me dijeron que no era una prenda exterior, ni posiblemente tan antigua, lo que me hizo sentirme algo boba, porque creí haber dado con un tesoro) de un color verde pálido. Estoy dándole tanto uso a las sandalias nude de Unisa que posiblemente se me rompan puestas, pero me son tan cómodas que correré el riesgo. Llevo un collar de nácar de Dimitriadis, y un anillo de bronce de la misma marca. Y la novela “Irlanda”, la primera que publiqué, para darle vida y nuevo hogar.

Biblioteca conquistada. Ahora se inicia la lucha por la siguiente.

Encuentro con lectores en Alicante

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Pese a que los perseguimos desesperadamente, no hay trucos para que un encuentro con lectores o una presentación sea un éxito: tampoco secretos. Los escritores más leídos recuerdan noches desastrosas, salas llenas ruidosas y hostiles, y otras en las que con un pequeño grupito, por dos horas, se generó algo inolvidable y efímero. Algunos organizadores intentan que la información llegue a todas partes, que el acto no coincida con un partido importante de fútbol, un mitin político, o un fin de semana; son tácticas que a veces funcionan, a veces no. Quienes deciden, en definitiva, si el diálogo se entabla o no, son los lectores, la ocasión, la fortuna… y el hábito que una buena dinamización cultural haya creado.

En Alicante, el Instituto de Cultura Juan Gil Albert ha conseguido un número de seguidores fiel, culto y sorprendentemente joven. Mi anfitrión por aquella noche, Fernando Delgado, y yo charlamos ante ellos de “Para vos nací”, y sobre todo, hablamos sobre Santa Teresa de Jesús, a la que compartimos como inspiración literaria. Fernando acaba de ganar el Premio Azorín de Novela con “Sus ojos en mí”, en la que trata la fascinación que se produjo entre la Santa y el padre Jerónimo Gracián.

Es peligroso que dos autores tengan tiempo por delante y un público amable para explayarse sobre una pasión. Podemos no encontrarle fin a la noche. Esta vez, creo que el entusiasmo se extendió al auditorio, lleno, y sólo la hora de cierre nos hizo marcharnos a todos. Durante la firma de libros los jóvenes me trajeron muchas “Irlandas”, mi primera novela. ¡Qué alegría comprobar que continúa dando guerra esa novelita perversa! Algún día os contaré qué espina me saco con ello…

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La noche era cálida, y la primavera y la proximidad del mar invitaban a colores más claros: el vestido de encaje de Dandara, de ese color aguamarina que por fin ha vuelto a llevarse era de un corte mas recto de los que suelo elegir, y de un escote muy discreto. Lo combiné con zapatos de Unisa de ante lila, de tacón medio,
Los pendientes de libélula con turquesas y el brazalete de perlas antiguas son dos de mis piezas preferidas de Verdeagua. Para restarle seriedad al moño, le añadí dos rosas de seda de H&M.
Compré el bolso de Parfois porque me recordó esta escena de “La gran belleza”, de P. Sorrentino, en la que Jep y Sor María hablan sobre el bloqueo del escritor y la importancia de las raíces, y todos los flamencos de Roma echan a volar a la vez. Al fin y al cabo, ¿no hemos comenzado hablando de misterios que rodean la literatura y a quienes la aman?