Mujeres inteligentes

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Tengo la suerte de vivir rodeada de mujeres inteligentes, con algunas de las cuales trabajo. Un buen puñado de ellas reúnen además la suerte de ser muy atractivas, o incluso auténticas bellezas, hecho que llevan con resignación y que jamás, que yo recuerde, han reconocido más que con amargura. Y, sin embargo, no me cabe duda de que todas ellas preferirían asomarse a la ventana y gritarle al mundo que son las más bellas del reino antes que afirmar abiertamente que son inteligentes. Como la hermosura, la agudeza mental ha de ser garantizada por los otros, las notas, las pruebas, o los resultados. Aún hoy en día, el que una mujer hable sin aspavientos de su capacidad intelectual despierta instantáneos recelos entre hombres y féminas: se dispara una alarma. Por encima de todos los logros, de la igualdad teórica, una joven o una anciana ha de mostrar modestia y discreción. Un eco Dickesiano: “Sé humilde, sé humilde”.
Yo, que no soy particularmente inteligente, pero que nunca le he encontrado gran encanto a la modestia, aún me extraño ante esa negación, ese bajar la voz. Incluso cuando abordamos los aspectos más enriquecedores de la inteligencia, y no la medimos por un cociente sino por, un suponer, capacidades emocionales, me he enfrentado a mujeres de una enorme riqueza sentimental pero que supeditaban ese logro a su falta de conocimiento. Se reconocen o reconocen a otras como listas, espabiladas, astutas. Se desprecian como manipuladoras o chantajistas, o autoritarias.  Si han llegado a una edad avanzada, se dice de algunas que son sabias. Un terrible ejemplo para las niñas y adolescentes, y una aterradora falta de modelos para las adultas. A diferencia del varón, que no ha tenido que conquistar el terreno social ni intelectual, porque por tradición son suyos, entramos de puntillas en esa esfera, sin decir nada, o lo que es aún peor, pidiendo disculpas.
Algo, sin embargo, está cambiando. Como siempre, se detecta antes en la esfera pública que en la privada. Aburridas de la dicotomía entre belleza e inteligencia, mujeres de influencia y visibilidad internacional no ocultan el que su cerebro ha tenido que ver en conseguir o mantener un éxito que las ha hecho famosas. Sharon Stone, Natalie Portman, Ashley Judd, Inés Sastre, Lisa Kudrow, Mayim Bialik, Emma Watson son ejemplos notorios, respaldados por títulos universitarios. Sin embargo, aunque nadie negaría que, asesoradas como sin duda están, otras modelos o actrices que han demostrado ser grandes empresarias, productoras o gestoras de sus carreras son inteligentes, pocas veces se destaca ese aspecto. ¿Es la inteligencia, junto con la ambición y la vanidad, algo prohibido a las mujeres? ¿Algo que está bien que otras muestren pero que conviene mantener en secreto, como parte de un perfil bajo? ¿O, por el contrario, nos gusta cada vez más esa voz pública, esas mujeres que resultan infinitamente más interesantes para hombres y para nosotras mismas cuando hablan que cuando callan?

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Para acompañar este post me parecía importante escoger una minifalda, una de las prendas que se ha convertido en un símbolo de la liberación de la mujer, por mucho que haya tenido la segunda lectura de sexualizarla. Esta, de rayas casi carcelarias, es de HM. La camisa, de gasa, muy femenina y vaporosa, la firma Zara, y los zapatos, Suite Blanco. Llevo un anillo de Dimitriadis, y, en lugar de un bolso, un libro antiguo. Opuestos en apariencia que, en el fondo, casan bien. ¿No es eso muy parecido a reivindicar una personalidad?