Dibujo de encaje

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Con encaje han soñado durante siglos las mujeres y algunos hombres elegantes: pañuelos de encaje, tela sutil como la de la araña, en blanco, o crudo, o negro, para los lutos y los alivios del duelo, para abanicos o mantillas. De seda (entonces se llamaba blonda) o lino, entretejido con leves hebras de oro o plata para los nobles que necesitaban mostrar en su apariencia la riqueza y el poder. Desde la cuna, en la que los vestiditos y mantos para cristianar ahogaban a las criaturas en puntillas y entredoses, al ataúd, donde en las mantillas  y las mortajas resaltaban el perfil de cera de la fallecida.

Encaje sutilísimo que enmarcaba en gorgueras los cuellos severos del esplendor español, en mangas de las que las manitas de las infantas aparecían como sorprendidas, cargadas de anillos. Por los encajes sabían dónde se ubicaban las ciudades del lujo (Venecia, Aleçon, Flandes, Bruselas). Los ruidosos bolillos de las mujeres en sus puertas, bajo el sol, las tramas deliciosas que se tejían en Camariñas, las novias que escogían y atesoraban encajes para sus sábanas eternas, su camisón de bodas, su traje de novia.

El encaje que permitía mostrar escote y brazos, sin mostrarlos, que rejuvenecía la piel aún hermosa pero no tan tersa, que parecía aún más negro contra el cuello blanco. Venía, como todos los lujos, de Oriente, se heredaban patrones y técnicas, ocupaba a monjas y a novicias en las lentas horas entre rezos. Encaje cremoso que adornaba los vestidos de corte y de gala, que acababa destrozados por los pisotones, las vueltas en el baile y las espuelas de los caballeros, que se guardaban para que al día siguiente las doncellas vinieran a identificar y recuperar los jirones y lavarlos, con mimo, plancharlos, repararlos y unirlos de nuevo a las prendas que los habían perdido. Una muestra del buen gusto o de la zafiedad de su dueña, del ojo entrenado de su dueño. Como todo lo bello, frágil, resistente, deseado. Como todo lo bello, imprescindible.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl magnífico abrigo de encaje protagonista de estas imágenes es de Menchén Tomás. La diseñadora catalana, que desfiló por primera vez en Madrid en esta última Madrid Mercedes Benz Fashion Week, lo ha cortado como un diseño de los años veinte, envolvente, con una ligera inspiración oriental, de manga amplísima, con enormes botones tallados y un lujo casi olvidado. Apreciad el precioso dibujo floral del encaje que cubre por completo el abrigo. El maniquí y la corona de flores son de Suma Cruz, y los dos brazaletes de bronce bañados en oro amarillo y oro rosa de Issavo Elements. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez.

Historia del bikini (blanco)

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Aún quedan algunos días para aprovechar el mar y la piscina, y ahora que el sol no quema como hace semanas, es mi momento preferido para hacerlo. Ah, no bañarse con un bikini no ha sido siempre tan sencillo como podríamos creer… Las primeras mujeres con algo similar a un bikini de las que se tiene referencia fueron atletas y acróbatas romanas, que aparecen en mosaicos con una prenda inferior parecida a un calzón de hombre, y una banda superior en torno a los pecho, que se anudaría posiblemente a la espalda. Durante siglos, ni la ropa interior femenina ni la de baño se pareció en lo más remoto al contemporáneo bikini: los corsés, las sayas, enaguas, camisas y trajes de bañar mostraban más tela que piel, y estaban pensados para moldear el cuerpo, proteger el pudor o salvaguardar la piel del sol: conceptos como higiene, comodidad o libertad no se tomaban en cuenta. Eso suponía un problema para mujeres que trabajaban como caballistas o trapecistas, que en ocasiones obtenían permiso para usar atuendo masculino.
Eso cambió con la nueva estética de Coco Chanel, que impuso el bronceado como moda, y con la incorporación de las mujeres al deporte en torno a los años 20 del s. XX: las nadadoras adaptaron a su cuerpo (y a la mente conservadora de la época) las mallas masculinas, y experimentaron con tejidos distintos y más elásticos. La lycra, el punto, el punto de media… se usaron progresivamente en trajes de baño entero y en los de dos piezas, siempre que no mostraran el ombligo. Los tímidos atuendos de las primeras pin ups apenas muestran una franja de tela en torno a las costillas, entre la braguita de talle alto y el sujetador, muy armado.
Existe una fecha concreta, el 11 de julio de 1946, en la que el ingeniero Louis Rèard presentó al mundo el bikini tal y como lo conocemos: era un diseño mínimo, bautizado en honor a una bomba nuclear que se arrojó sobre el atolón Bikini, y que presentó una stripper en París, ante la negativa de las modelos al vestirlo. Ese rechazo continuaría pese a los preciosos prototipos de los 50, que tan bien lucía Brigitte Bardott y que tan de los nervios ponía n a Esther Williams, hasta que en los 60 dos actrices fijarían en el imaginario colectivo el bikini como algo absolutamente deseable: Ursula Andress, con su bikini blanco en la película “007 contra el Dr No” (1962), y Jane Fonda, con una versión de aires prehistóricos “Hace un millón de años”.
Blanco sería el primer bikini en aparecer en la cubierta del Sports Illustrated, en 1964: de blanco prefería aparecer Marilyn Monroe, y también Liz Taylor. Cameron Díaz, en su papel de Ángel de Charlie, escogió el blanco. Halle Berry, en cambio, eligió el naranja para su revisión del de la Andress en su 007, naranja y blanco el de Lolita en su película homónima, y dorado el de la princesa Leia, que, si bien fuera del del agua, ha despertado pasiones y fantasías. Y de los míticos trajes enteros, como el nude de Bo Derek, o el rojo de Pamela Anderson ya hablaremos en otra ocasión.

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    Mi bikini blanco, de HM, es de una licra gruesa, como conviene con ese color traicionero, y más aún si ha de mojarse, y con pliegues más que favorecedores, estratégicos. Existen innumerables tutoriales sobre qué bikini sienta mejor a cada cuerpo: yo prefiero los de tirantes o que que se atan al cuello, por comodidad, y los de corte clásico: al ser curvilínea y no muy alta, los modelos de los años 50 y 60 parecen cortados para mí. Y, con un hibisco en el pelo, y las aguas verdes de Motril a mis pies, ¿cómo no soñar con ser, por un ratito, una sirena?