Cuestión de prioridades

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La crisis no comenzó un día determinado, ni tras un suceso concreto. Comenzó para cada uno de nosotros según unas circunstancias particulares: la situación geográfica, el sector al que nos dedicáramos, el nivel de endeudamiento, o el momento en el que nuestra empresa decidió hacer recortes. A unos pocos afortunados les ha tocado ser testigos, y no sufrirla: pero incluso esos, por contagio, por miedo, han modificado sus hábitos de consumo y, sobre todo, su listado de prioridades.

Cuando escribí Mileuristas (I II: en realidad, eran un mismo volumen, pero el editor se empecinó en dividirlo y lanzarlo en dos partes, muy en mi contra, por cierto) avisaba de algunos de los problemas que se avecinaban. Resultaba imposible adivinar lo que se nos venía encima, pero sí resultaba obvio que nos encontrábamos en un ciclo que finalizaba y que nos obligaría a transformar nuestra relación con el mundo.

Un aspecto muy curioso de la crisis ha sido aquello en lo que hemos decidido ahorrar y aquello en lo que hemos continuado gastando: cómo han surgido empresas y emprendedores nuevos en un momento en el que se antojaba una misión suicida, y la manera en la que han empleado la creatividad para destacarse. Cualquier pensaría que lo lógico en tiempos difíciles sería apostar por un producto muy barato. Quien no pudiera permitirse otro, continuaría comprando, y quien tuviera un poco más de poder adquisitivo, compraría más ejemplares.

Sin embargo, no ha sido así. El consumidor que se ha fidelizado a una marca determinada no ha renunciado a ella salvo que le haya sido absolutamente inevitable: claro está que no todos hemos mantenido las mismas prioridades ni hemos seguido el mismo criterio para definir una necesidad. El café o la leche, el detergente o la crema facial, el perfume o el producto lavavajillas son algunos de los clásicos. Las bebidas alcohólicas o los refrescos despiertan enormes lealtades.

Por otra parte, se han dado otras decisiones basadas más en la ética y el pensamiento a medio plazo que en el sabor, o la tradición de uso: pese a que se ha normalizado la falta de respeto a los derechos de autor, ha habido quien ha continuado apostando por comprar libros, y quien ha respetado, a rajatabla, el no descargar un solo contenido ilegal de internet. Por razones obvias, ha sido mi caso. También hemos descubierto con agradable sorpresa que se ha creado una enorme sensibilidad hacia el producto nacional, frente a las importaciones internacionales de baja calidad, el apoyo al comercio local y a la artesanía. Los movimientos slow han dado prioridad al mimo y el mérito de un proyecto único, por encima del cebo del precio. Y, de la misma manera que algunos consumidores se las han arreglado para conseguir el móvil que ansiaban (en España los teléfonos encabezan los objetos de deseo que, pese a un precio fuera del alcance de la mayoría, han logrado convertirse en prioridad) otros han decidido otro modelo de consumo basado en los valores que aprecian.

Una de las marcas que se adaptan como un guante a esa idea es Nambasteuna boutique online joven, española (de hecho, fue concebida en Chiclana de la Frontera, aunque nació en Ares, A Coruña) que cumple a rajatabla con muchos de los principios que más valoro: el bolso que me acompaña últimamente muestra la exquisitez del acabado de los artesanos con los que trabajan, y un material excelente. La producción es reducida, y supervisada muy de cerca, y aseguran un modelo económico equilibrado.

Sin duda, muchas compradoras verán una serie de complementos muy bonitos, atemporales y de gran calidad, y esa atracción será la que prime en la compra. Está bien así. Pero quienes deseen indagar un poco más, encontrarán ese valor añadido, esa característica que les distingue y que han querido representar con un nombre derivado de la palabra Gracias en hindú: Namasté. En mi caso, me siento particularmente vinculada a ese tipo de trabajo, y le doy la máxima prioridad. Sé lo que supone apostar por un sueño y esforzarse porque sea coherente y ético, y los sacrificios que conlleva: pero el tacto satinado de mi bolso  o algo tan sutil como la manera en la que el monedero se ajusta a los enganches, y lo satisfecha que estoy con él demuestra que merece la pena. No creo que un bolso cualquiera me hiciera sentir así: lo único nos hace sentir únicas. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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Además de mi bolso Nambaste, (podéis sabes más sobre su filosofía de empresa aquí) en este día soleado llevo una camisa blanca,  con un sofisticado detalle de pliegues en la espalda, de Oxygene,  de cuyo concurso #besosoxigene os hablaré pronto. La falda blanca, corta y en forma de tulipán, la compré en una tienda que, por desgracia, acaba de cerrar; no todos los sueños salen bien. Llevo unos salones de Paco Gil  y un brazalete de pasta de Zwei.  Las fotos fueron tomadas en la plaza Colón de Madrid.

Y, respecto a las prioridades, conviene revisarlas de vez en cuando. Como los sueños, tienen sentido algún tiempo. Y si se cumplen, si se siguen, son un atajo seguro a la satisfacción.

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“Quería volar” y “Libélula”: optimismo frente a la anorexia y la bulimia

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Hace algún tiempo los padres de una enferma de TCA (Trastorno de la Conducta Alimentaria; las siglas incluyen anorexia, bulimia, vigorexia, trastornos mixtos…) me pidieron que interviniera en un documental sobre cómo esta dolencia afecta a las familias, a las enfermas y a su entorno. El enésimo intento de que la sociedad comprenda mejor la gravedad y el dolor que arrastran quienes ven su vida invadida por esto.
No es ningún secreto que yo padecí un TCA en mi adolescencia: años más tarde, ya desde la conciencia que da la recuperación, escribí Cuando comer es un infierno. Desde entonces, mi compromiso con los trastornos y quienes los sufren ha sido total: a principios de los 90, cuando enfermé, había muy poca información, ninguna alarma social (llegaría luego con la anorexia) y escasos medios. Veinticinco años más tarde, algunos hechos han mejorado, pero la enfermedad está ahí, y continúan los mitos. Como que solo afecta a chicas jóvenes (hay un importante porcentaje de adultas y de varones). O que el problema es la comida y querer adelgazar, (el origen son las emociones y cómo expresarlas, y la relación con la alimentación el síntoma). O que se quitan con dos bofetones a tiempo (es un problema del que nadie tiene la culpa, y el entorno ha de intentar comprenderlo, hablar con quien lo sufre, y seguir las indicaciones de los doctores) o que se pasa con el tiempo (la terapia es necesaria, tanto física como psicológica).
En su momento doné el importe del Premio Chocrón 10 personas 10 a las asocaciones de TCAs, para una mejor difusión de la enfermedad. El año pasado publiqué Quería volar, (Ariel), una revisión de mi ensayo original que recopila más entrevistas y trastornos distintos, lo que he aprendido de distintos profesionales a lo largo de los años, y una visión mucho más positiva. Pese al sufrimiento, un buen tratamiento logra que se deje atrás la enfermedad. La vida debe cambiar, el entorno, también, pero ese trabajo supone un gran conocimiento personal, y una base extraordinaria para otros aspectos de la existencia. En ocasiones, el énfasis en el dolor y en la fase de lucha aguda contra una misma oscurece otras cosas: la voluntad de vivir, el apoyo del exterior, la oportunidad que surge cada día, el valor que requiere mirarse al espejo y sonreír. Y para recordar ese lado positivo y ayudar a las enfermas en recuperación, diseñé junto con Verdeagua la Libélula, una pequeña joyita de oro y raso que simboliza el resurgimiento, los deseos de volar y sobre todo, que indica que la enfermedad es una fase, que se puede salir. Mujeres como Carme Chaparro, Raquel Sánchez Silva, o Alma Obregón, la han lucido como muestra de apoyo.

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Para la grabación del documental, además de un vestido hindú modificado por mi modista, llevé unas alpargatas doradas de Zara, un bolso morado de Elite Model y la Libélula como gargantilla, y no como pulsera. Colores alegres y lentejuelas que quieren transmitir optimismo, aunque hablemos de algo serio. Si queréis adquirir la Libélula podéis hacerlo aquí. Para pedir ayuda, consultad a vuestro médico de familia o en las asociaciones. Hay muchas. Fuerzas y ánimos a quienes sufren ahora y a sus familiares. De esto, puedo decirlo en primera persona, se sale, y la vida es infinitamente más bella después.

 

PHotoEspaña en el Real Jardín Botánico

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No encuentro suficientes excusas para escaparme todo lo que quiero al Jardín Botánico de Madrid,  de manera que ya voy sin ellas: aún así, me las ofrecen cada semana. En este caso, fue la inauguración de las exposiciones de los artistas contemporáneos Julio Zadik y de Cravo Neto, dentro del Festival PHotoEspaña.

PHotoEspaña, esta vez con una directora, María García Yelo, acerca fotógrafos y propuestas de una calidad altísima a un público que no siempre encuentra la ocasión o el lugar para buscar imágenes conmovedoras. Este año se han dedicado en la fotografía latinoamericana (su lema es “Nos vemos acá”), un propósito casi infinito, que durante los meses de verano nos permitirán acercarnos a Tina Modotti, a Korda (sí, el del famoso retrato del Ché, en esta ocasión con sus preciosas imágenes de mujeres) o a Chema Madoz, quien me ha dado el privilegio de retratarme en más de una ocasión. Os hablaré de estas exposiciones en otra ocasión.

Mario Cravo, brasileño, inventa realidades extrañas en “Mitos y ritos”. En sus fotografías urbanas encontramos Nueva York, pero también Salvador de Bahía, color y blanco y negro, y, sobre todo, el ansia dellegar a algo invisible, místico, común a todas las razas y credos. Y Julio Zadik, guatemalteco, en “Un legado de luz”, muestra una y otra vez cuerpos y personas, bichos y paisajes. Zalik era un poeta que empleaba las imágenes para narrar, y que buscó el silencio (por décadas no se supo nada de él) para reclamar las historias.

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photoespaña Espido4Para una inaguración de fotografía en el Jardín Botánico podía optar por el minimalismo más estricto, o por el trampantojo. Ya podéis imaginar que me lancé a lo último, a un vestido de H&M con una fotografía de un paisaje, dos flores en el pelo, y unas libélulas de Verdeagua Alhajas como pendientes. Uñas pintadas de verde escarabajo con uno de los esmaltes tornasolados de OPI, y un brazalete hindú. Las sandalias verdes son de Jocomomola, y el bolso, de Cats, fue un regalo, masacrado cuidadosamente por mi gatita Lady Macbeth. No sé si el nombre influyó o no. Siempre digo que he de disimularlo con un pespunte… pero ahí siguen sus uñitas. El maquillaje, de Clarins, era muy suave, en un intento de suavizar el efecto folklórica de incógnito que le dan las gafas grandes a una coleta. Qué le vamos a hacer, con el calor el pelo estorba, y con el sol, hacen falta lentes.

Y después de la sobrecogedora creación humana de las fotografías, apareció la realidad bellísima del jardín…

(Por cierto, si os gustan los árboles, o si no dais ni una con ellos, esta app gratuita es un juguetito precioso para identificarlos…)