La otra vuelta al mundo en ochenta días

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En la exposición que Fundación Telefónica, en Madrid, dedicó a Julio Verne y a la influencia que ejerció sobre otros escritores aparecía la fotografía de una mujer joven, con gesto determinado y un llamativo abrigo de viaje a cuadros: era Nellie Bly. ¡Nellie Bly! Durante varios meses estuve dándole vueltas a cómo podía hablar de esta mujer extraordinaria, y casi desconocida para muchos: creo que, dado que luchó por el sufragio femenino y durante toda su vida rompió barreras que limitaban a las mujeres, era adecuado hacerlo con motivo del Día de la Mujer Trabajadora.

Nellie no se llamaba Nellie, sino Elizabeth J. Cochrane. Había nacido en una familia que había adquirido cierta fortuna, pero arruinada, de Pensilvania, en 1864; cuando era una adolescente, una columna misógina en el periódico Pitsburgh Dispatch despertó tal indignación en ella que contestó bajo el nombre Huerfanita solitaria. El director del periódico detectó el nervio que se encontraba en esa chica, y le dio la oportunidad de escribir a tiempo completo, después, eso sí, de cambiarle el nombre, inspirado en una canción de Stephen Foster. Una canción de esclavos, por cierto.

Pero Nellie pronto comenzó a estorbar, y la destinaron a artículos sobre jardinería, cuidados de puericultura e intereses femeninos, temas que no le interesaban en absoluto. Viajó a Nueva York y se infiltró en el manicomio para mujeres de la Isla de Blackwell, donde, tras diez días de pesadilla, salió para escribir un terrible artículo en The New York World. Podéis leer esa obra, Diez días en un manicomio, en Ediciones Buck. Y si os interesa ese espantoso manicomio, Vanessa Monfort le dedica la novela La Leyenda de la isla sin voz.

Nellie engañó a los médicos: su diagnóstico fue el de demencia, y como a una interna la trataron. Ni siquiera sabía cómo podría salir una vez dentro de aquella isla-cárcel. Su testimonio permitió una reforma más que necesaria en el cuidado sanitario.

Pero tras ese reto de encierro y locura, saltó al extremo contrario: el libro La vuelta al mundo en 80 días, publicado una década antes, había reflejado la fiebre por los viajes y la tecnología que agitaba la sociedad, y además, había fijado un límite máximo. Nellie no creía demasiado en los límites. 72 días más tarde había completado la vuelta al mundo, y había conocido a Julio Verne en persona.

En los años en los que una mujer no viajaba sola jamás, por razones como las apariencias, la moral, la dependencia económica o la necesidad de una doncella para ayudarla a vestirse o acarrear su equipaje, Nellie lo hizo. Joven y hermosa, camaleónica y adaptable, sorprendió a todos cuando, ya con 31 años, se casó con un millonario mucho mayor que ella. ¿Era eso propio de una sufragista declarada, o de una interesada? ¿Había amor y fascinación, o simple interés? Una periodista tan brillante, que tanto se había esforzado y arriesgado, ¿podría resignarse a abandonar su carrera por el matrimonio?

Nellie enviudó nueve años más tarde, y durante algún tiempo intentó mantener a flote los negocios de su marido: fuera porque no se encontraban en muy buen estado, o por su falta de habilidad, fracasó. Esa nueva bancarrota la encaminó de nuevo al periodismo: se encontraba en Europa cuando estalló la Primera Guerra Mundial, y no dudó en enviar sus crónicas desde allí.

Nellie falleció de neumonía en 1922: solo tenía 57 años, pero sus últimos retratos la muestran como una matrona de cabello gris, con un vestido de grandes incrustaciones de encaje. Sin embargo, parece encontrarse en movimiento, y su mirada es inquisitiva y brillante.

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Cuando entré en la tienda de Blanco  (que ha dejado de ser Suite Blanco, en una decisión sin duda acertada, vista la nueva colección) y me encontré con este vestido de franela a cuadros me vino a la mente la famosa imagen de Nellie antes de su vuelta al mundo. El vestido es bonito por sí mismo, y perfecto para el invierno y para las frioleras en primavera, pero para mí se le añade el valor de convertirme por un momento en una pionera, en una viajera intrépida. No pude resistir la tentación de añadirle unos guantes de mi armario, y un bolso vintage, y, aunque en un futuro lo combinaré de una manera un poco menos llamativa, homenajear a la increíble Nellie. Las fotos, como sin duda reconoceréis, están sacadas en la Plaza de Colón de Madrid, en el Monumento al Descubrimiento de América.

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¿Tú en qué crees?

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Fue Bibiana Fernández la que durante una conversación en una fiesta, de manera completamente inesperada, me dijo “Yo no creo  en el frío“. Bibiana, que además de haber sido amante de Byron en “Remando al viento“, tiene una vis cómica extraordinaria, me dejó atónita, que no aterida. Con aquella frase resumió lo que yo había aplicado en mi  vida desde que tenía uso de razón: perdía bufandas, guantes, me negaba a llevar camiseta interior (las niñas de los 80 obteníamos una peculiar figura de triángulo isósceles a base de camisetas bajo los vestidos de vuelo) y, sobre todo, me negaba a creer que el frío existiera de verdad.
Unos cuantos años más tarde, continúo actuando durante la mayor parte de mi tiempo como si el frío no existiera: hay veces en las que el frío deja de ser psicológico o contagioso, o no nos sentimos obligados a sentir frío sencillamente porque el calendario así lo indique, y se da un frío real, cortante, hasta los huesos. A veces en invierno, otras en mayo. Entonces llega el abrigo, la calefacción o la estufa, pero mientras tanto, no veo por qué he de abrigarme si no lo siento, o, como a veces me dicen, porque da frío verme. Sí, el frío está ahí, pero como diría Terry Prachett, no hay por qué creer en cosas que existen, ni venerar aquellas que no podemos ver. (Lo mismo ocurre con el calor, obviamente. Mi hermana, por ejemplo, no cree en el calor, y sufre el problema opuesto: manta en Zaragoza, en pleno mes de Julio).
Pero, percepciones térmicas aparte, esa rebeldía de creencias y de conciencia me ha obligado a cuestionarme la fe ciega y absurda que malgastamos en temas que jamás hemos cuestionado. Mantenemos creencias heredadas o anticuadas, frases que un día nos dijeron y que dimos por buenas diez, veinte, quince años atrás. Nos vemos a través de las palabras de los otros, creemos en que hay que llorar, o divertirse, o hacer un regalo, o aproximarse a la familia porque nos dijeron que así ha de hacerse, aunque a veces nos cueste una mentira, una dolencia somática o una renuncia. Mantenemos la ropa de verano y la de invierno, la de diario y la de fiesta, los tocados para las ocasiones y los vaqueros para los sábados. Creemos en el bien y el mal sin revisar qué nos convence de todo eso. Que engordamos con facilidad sin revisar los hábitos, o que somos así porque siempre hemos hecho algo.

Nos hundimos bajo creencias pesadísimas, bajo gruesos edredones de esto es así, de yo es que soy muy de y de eso ni se pregunta. Y, como ese armario repleto que nunca ordenamos por pereza, se asientan en nuestros hábitos y costumbres, horadan el pensamiento y la individualidad.

 

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El problema de no creer demasiado en el frío es que tampoco encuentro una gran necesidad de abrigos, aunque no me resulta antipático el concepto abstracto. Es en lo concreto en lo que no acabo de entrar. Mi abrigo preferido de esta temporada es este de Mango, suave y ligero, y con el patrón de batín tan propio de los 40 y de los 80.  Mi duda era si, con mi estatura, el efecto sería el deseado, porque es un modelo adecuado para mujeres altas y más bien rectas, con hombros poderosos, pero el cinturón está la altura adecuada para no romper el equilibrio. Lo he combinado con un jersey de cuello vuelto de Purificación García, y un bolso de encaje negro, regalo de mi madre. Los zapatos de ante son de Marypaz, y el esmalte plateado de uñas Shine for me de Opi.

Las fotos están tomadas en Madrid, en la calle Hermosilla, frente a la iglesia anglicana de San Jorge, un santo de Capadocia que creyó que era posible vencer a un dragón cuando todos los demás huían. Y tú, ahora, si te tomas un par de minutos para pensarlo… ¿En qué crees, mientras todos te dicen que estás equivocada?

¿Cuándo fuiste “Pretty Woman”?

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El espectador medio ha perdido la cuenta de las veces que ha visto “Pretty Woman”; no es solo símbolo de una época, o una película imprescindible de la cultura pop. A nivel emocional, la historia continúa fresca, y aún se acoge con agrado la realidad que refleja, pese a su relativismo moral y la constante glorificación del dinero.
Pero me centraré en alguna de las escenas más icónicas, esas en las que Vivian, tras la humillación sufrida por la dependienta de la boutique (quién no ha experimentado esa mirada asqueada de arriba a abajo, y no ha sentido ganas de llorar) y la orgía de compras posterior descubre que la manera en la que la perciben los demás ha cambiado: la ropa nueva le permite ser tomada en serio por primera vez en su vida. Vivian no muestra demasiados problemas de autoestima, ni de insatisfacción con su vida, pero es evidente que no se encuentra en el lugar que desea. Bastan unos días fuera de su entorno para que tenga claro que no quiere regresar a lo anterior, y que el cambio físico ha llegado en el momento en el que estaba produciendo también un cambio interno.
En el momento actual existe un gran auge  de profesiones que contribuyen a una transformación externa y rápida de los insatisfechos: estilistas, coachs, entrenadores… y también se da un cierto desprecio por ese cambio, que se considera superficial y poco sincero. No puedo estar menos de acuerdo: mi experiencia, propia y como testigo, es que uno de los termómetros más fiables del aburrimiento, la depresión, la serenidad, la ilusión recuperada es, precisamente, la relación con el cuerpo y con la ropa, muy especialmente en el caso de las mujeres. Mujeres que han enviudado y se visten como desean por primera vez en su vida, el traje comprado con el primer sueldo, chicas que se mudan a otra ciudad y transforman su estilo, las primeras compras tras una reconstrucción de pecho, o tras un test positivo de embarazo… Todas comparten esa mirada pletórica de Vivian, cargada de bolsas de la compra, cuando va a ajustar cuentas con la dependienta arrogante. Entre otras cosas, captar ese instante mantiene la película viva.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEste verano Zara decidió confeccionar un vestido que, quisieramos o no, asociaríamos a “Pretty Woman”: el que la protagonista elige para la carrera de caballos, con un canotier. Siempre encuentro una buena excusa para comprar algo de lunares, cuando no es el recuerdo de Lola Flores es la sombra de Lady Di; esta es una prenda poderosa, tan reconocible que ni intenté esconderla dándole otro aire. Le añadí unos salones de Unisa, mis pendientes de perlas, un bolso de Sagrario Moreno, y unos guantes que no usaría, pero que completaban el look y un cinturón de Garaizar. Sólo me faltaba la banda sonora, que iba tarareando mientras caminaba (ya sabéis cuál… la estáis cantando ahora mismo…). Que ese optimismo y esa energía os acompañen en vuestro propio caminar.

(Por cierto, hace unos años conocí a Richard Gere… pero esa es otra historia para otro post…)