Ailanto y el reino vegetal

OLYMPUS DIGITAL CAMERANo es la primera vez que hablo de la admiración que siento por el trabajo de Ailanto (Aitor e Iñaki Muñoz), y del cuidado y el mimo que dedican a todo lo que tocan. Sus estampados resultan tan reconocibles que se han convertido en su huella y su respiración, como las líneas fluidas o el corte perfecto de sus abrigos.

Pero hoy quería hablaros de algo distinto: de qué recuerdo, y en qué pienso con mi vestido nuevo. Pienso en una de las obras y unos de los personajes que más me han condicionado en mi imaginario literario: Ofelia, de W. Shakespeare. Ofelia, hija y hermana de una distinguida familia de la corte danesa, es, según todos cotillean, la debilidad del príncipe Hamlet. Muy jovencita (Hamlet tiene 30 años, es ya un hombre, aunque se comporte como un adolescente), no sabemos qué posibilidades reales tiene de casarse y convertirse en reina. Su padre no quiere ni verla con el príncipe: teme que la reduzca únicamente a su amante. Gertrudis, la reina madre, la mira con simpatía.

Pero los hechos se precipitan: Hamlet pierde a su padre y trama una venganza para la que se finge loco. Por error, asesina al padre de Ofelia, que enloquece de verdad (¿O no?).  En su locura, Ofelia dice a cada cual, con el lenguaje de las flores, exactamente lo que quiere expresar. Les da romero a quienes necesitan recordar, y aguileña a aquellos que han sufrido de melancolía, y  por la infidelidad de sus esposos. A la reina Gertrudis le entrega ruda, que, entre otras virtudes, representa el arrepentimiento…

Y entonces, inmortalizada en miles de imágenes y de cuadros, Ofelia muere. Y Gertrudis lo narra así:

“Hay un sauce que inclina sus ramas sobre el arroyo que en el cristal del agua deja ver sus hojas cenicientas. Con ellas tejió guirnaldas caprichosas con ortigas, y margaritas, y esas largas flores purpúreas que los pastores deslenguados llaman por un nombre muy zafio, pero que nuestras doncellas conocen como dedos de muerto.  Cuando trepó para colgar sus coronas en las ramas, una se rompió, y ella y sus flores cayeron al llanto de las aguas”.

Las faldas de Ofelia y su miriñaque la sostienen un momento sobre el agua, mientras ella canta: pero al final la arrastran al fondo, y muere ahogada.

Aunque la traducción varía, las flores que se asocial a Ofelia son muy delatoras: las prímulas o velloritas, símbolo de la juventud y la primavera, las margaritas de la sencillez y el martirio, la modesta y virginal violeta… pero también esas groseras plantas purpúreas, las orquídeas (de orchis, testículo), promesas de sensualidad y empleadas para hechizos amorosos… y el sauce, emblema del inframundo y del duelo.

He dicho que ha sido una gran influencia literaria, y cualquiera que haya leído mi Irlanda puede verlo. Os dejo tres fragmentos de esa novela, mi primera obra.

Allí, en años anteriores, crecía un huertito cultivado, pero ahora sólo quedaba de él unas hileras de tierra roja, endurecidas entre las ortigas, la abigarrada confusión de plantas salvajes y zarzas, y, mucho más allá, un pequeño bosque de castaños y laureles oscuros.  Una formidable col lombarda había sobrevivido en el viejo huerto, con el corazón rosado y sangrante, junto a las matas de manzanilla cabezuda y las piedras minadas del muro. (…)

Gabriel e Irlanda nos esperaban en el jardín, Irlanda con una sombrilla que en ella resultaba adorable y en cualquier otra hubiese parecido grotesca, y dos grandes rosas, una purpúrea y otra blanca, en las manos. Me prendió una en el pelo, pero ella conservó la suya entre los dedos, y allí se mantuvo extrañamente fresca durante horas.  El prado, su última invasión, les pareció mágico y sombrío, un recuadro verde en el sol, y se extrañaban de no haberlo descubierto antes. Los junquillos se habían agostado, y ahora florecían violetitas escondidas entre el trébol, y escaramujo entrelazado con las zarzas, y, de vez en cuando, el añil escandaloso de las gencianas. (…)

Deambulé sin rumbo; habíamos acabado con casi todas las flores para alegrar los jarrones de la casa en las tardes grises, y apenas pude encontrar un manojo de adormideras sanguíneas que no llegaban para nada. Pensé entonces en las dedaleras cargadas de campanillas encarnadas, y en la dulcamara que crecía junto a los escombros de los establos, y me pareció apropiado adornar la fiesta de Irlanda solamente con plantas venenosas; sin que ella lo sospechara, podría cubrir su pastel de azúcar con las bayas rojas y de solanina de la dulcamara. (…)

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAY así, entre flores, y recuerdos, y telas, y libros, no encuentro demasiada diferencia entre leer y escribir, recordar, vestir, de nuevo leer. El vestido pertenece a la colección Fall 16/17 de Ailanto. Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en el espectacular Jardín Tropical de la estación de Atocha.

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Elegir un bikini

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Esta sesión de fotos fue una de las más divertidas y alegres que recuerdo: en ella influyó el clima, perfecto, el entorno, Menorca, el ambiente que se generó y un optimismo que me ha acompañado todo el verano. Si hace unos años me hubieran dicho que me llegaría a sentir tan feliz, tan despreocupada, en bikini, hubiera esbozado una sonrisa amarga. ¿El sol, el agua? ¿Qué era eso frente a la mirada de los demás, frente a mis propias críticas?

Para muchas mujeres esa sensación tan agradable finaliza muy pronto; no supera el paso a la adolescencia, cuando de pronto el cuerpo se convierte en algo que puede ser mirado, juzgado y sopesado (hablé de bodyshaming aquí). Se acaba el juego y la diversión, y todos los mensajes que esa chica ha recibido desde su infancia comienzan a actuar. Por suerte, no siempre es algo definitivo. Con el tiempo me he encontrado con mujeres que se han puesto un bikini casi como una conquista o una afirmación. No les han importado los kilos de más o de menos, han decidido que ni las estrías, ni la celulitis, ni la flaccidez (eso que nos han enseñado a odiar como defectos imperdonables) son importantes.

Han decidido mostrar la cicatriz de su cesárea como una huella de vida, o celebrar el que les falta un pecho, o los dos, como una medalla de su supervivencia. O, ya muy mayores, no querían perderse  una experiencia que le habían prohibido un marido, o un entorno, o unos prejuicios.

En pocos años hemos pasado de considerar el cuerpo como algo pecaminoso a desarrollar un sentimiento de culpa similar, pero sin una motivación religiosa; la emoción era similar, la hemos heredado de las generaciones anteriores sin cuestionar nada. Solo las razones para esa vergüenza y esa culpa varían.

Eso nos ocurre a nosotras, las occidentales: a chicas o mujeres o niñas, como yo, que han sido educadas en democracia e igualdad, que hemos accedido a estudios en algunas ocasiones superiores, que hemos obtenido mejores notas y resultados que nuestros compañeros varones: pero que aún nos encontramos con la incomodidad de no saber qué hacer ni cómo comportarnos con el conflicto que nuestro cuerpo genera en el entorno.

Por eso he seguido con particular interés los conflictos y las opiniones que durante este verano ha generado el burkini: no me parece que su prohibición aliente en absoluto ni la convivencia ni la presencia de mujeres musulmanas en espacios públicos. Y un paso necesario, tanto en Occidente como en otros países, es que se las vea, que puedan ir y venir, intervenir y trabajar fuera de sus hogares. Pero si algo tengo claro es que el argumento de algunos de que se debe a una elección femenina, libre y voluntaria es falso. En algunos países (Marruecos, Egipto, Turquía…) el avance del velo nos hace olvidar que hace cuarenta, cincuenta años, las mujeres musulmanas vestían a la occidental, estudiaban y gozaban de una libertad que ha desaparecido.

Y si algo sé es que ni el trato del cuerpo ni de la ropa femenina es casual, ni se encuentra desligada del momento histórico y de la represión. El cuerpo femenino continúa siendo una cuestión política: y casi nunca para beneficio de la propia mujer.

Una sociedad que no garantiza la seguridad y la igualdad de oportunidades de las mujeres no puede esgrimir el argumento de que estas son libres para elegir. No lo son. La presión social y el control machista que afecta a las mujeres occidentales condiciona de tal manera a las de otras culturas que, sencillamente, no pueden sopesar opciones de una manera equilibrada, ni escoger sin que las consecuencias sean insospechadas.

Hace quince años, cuando vivía en Noruega, descubrí con sorpresa la naturalidad con la que familias enteras practicaban el nudismo en las playas. No soy una persona creyente, ni mojigata, pero nunca se me había pasado por la cabeza desnudarme en público, ni siquiera hacer topless. Ni entonces, ni antes, ni después, lo he hecho, ya como una elección meditada; sin embargo, en ese momento me obligó a plantearme la razón. Por qué me perturbaba tanto. Y qué mensajes, tan distintos, debía haber recibido esa señora noruega con el vello púbico cano que jugaba con su nieto, y que vivía con tanta comodidad en su piel que no le importaba encontrarse desnuda.

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En las fotografías, que fueron sacadas por Nika Jiménez en el Hotel Artiem Audax de Menorca. Este hotel, que cuenta con un Spa fabuloso, está pensado únicamente para personas adultas, con lo que la piscina y sus alrededores eran un remanso de paz, lectura y sol. Mi bikini (y también el pareo de gasa) pertenece a la firma Rosa Faia, de Anita since 1886, y podéis encontrarlo aquí. Es una casa que trabaja muy bien las copas grandes y que resulta muy cómoda a las mujeres que tenemos pecho abundante. Las sandalias que aparecen en alguna foto son de Unisa y fueron el regalo de un matrimonio amigo.

Me recogí el pelo con trenzas y flores, lo que siempre me recuerda a Frida Kahlo, una pintora que desafió normas y convenciones. Algunas de las florecitas son de HM, y otras las compré en una tienda de Mérida. Llevo protección solar +50 de L’Oreal, pero pantalla total en el rostro. Y mi collar fue un regalo realizado por la artista Teresa Cia, una obra única titulada Temple y fortaleza, y que esculpió en látex, con nácar fumé, amatista, malaquita, cristal y una borla de seda exclusivamente para mí. Cuando me la dio me dijo que estaba inspirada en el temple y la fortaleza de una mujer renacida.

Creo que a ese renacer aspiramos todas.

Nuestros amantes

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Durante el tórrido mes de Agosto tuve la oportunidad de asistir en Teruel al rodaje de Nuestros amantes, la última película de Miguel Ángel Lamata, producida por mi querida amiga Vanessa Monfort; en la escalinata mudéjar se grababa una de las escenas, en la que Gabino Diego, un poeta irresistible, daba un recital para sus lectores con otra escritora: la escritora era yo, que aparezco en unos breves instantes, en un cameo que resultó divertidísimo de rodar, y que me dio la excusa no solo para disfrutar desde dentro de esa película chispeante, luminosa y que invita a enamorarse, sino también para acudir al estreno con la ilusión de quien ha sido parte de un proyecto.

Éste fue el look que elegí para esa noche única.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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El vestido azul marino, con estampado floral, ceñido a la cintura con un lazo posterior, y ligeramente abullonado en la cadera, es de EtxartPanno. ¡Y tiene bolsillos! Todos los complementos eran plateados: el torque noruego, los pendientes, el anillo de Luxenter con circonitas de zafiro, y el clutch de Mibuh. Las sandalias de ante azul llevan la firma de Lodi.

Y ya que hablamos una película en la que la literatura, los libros, los escritores y la seducción de la palabra resultan tan importantes, me pareció adecuado que las fotografías fueran tomadas en el exterior de la Biblioteca Nacional de Madrid. Si tenéis ocasión y queréis pasar un buen rato, y creer de nuevo en el amor, id a verla. A ver si me descubrís…

Microcuento: En mayo…

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Espido Freire

Este microcuento forma parte de un proyecto muy especial, único, en realidad: y tiene la particularidad de no haberse impreso en papel, como siempre, sino sobre raso, en un cojín.

¿En un cojín? No, en cuatro. Mis alumnos, y algunos lectores saben de mi obsesión por saltar del formato papel a otro tipo de soportes: el texto, sobre todo el de los microcuentos o los aforismos, me parece idóneo para aparecer en lugares diferentes a los libros: así, he escrito cuentos para paredesfarolascamisetas, (con Kukuxumusu), para el packaging de cosmética o de zapatos (con Sacha London y Paco Gil), en láminas, en audio, y, por supuesto, en libritos que eran auténticas obras de arte, ilustrados, o troquelados.

Esa idea, además, tiene la ventaja de que no depende de una editorial. Algunas no publican cuentos, y menos aún microcuentos. Sin embargo, esos textos brevísimos encajan muy bien en trabajos para marcas, para una campaña o un producto específico. Algunas empresas destacan por su amor por lo exclusivo, lo  diferente, la creatividad y la palabra. En otras ocasiones, son campañas benéficas, ONGs o ediciones especiales o de lujo de marcas muy conocidas las que me piden que escriba un texto para ello.

Los escritores, pese a lo que los lectores puedan creer, estamos muy acostumbrados a escribir con “pie forzado”, es decir, sobre un tema determinado. Muchas veces nos imaginan en casa, guiados por nuestro capricho y con la mirada fija en el techo mientras esperamos la inspiración: eso no es así. Cada autor tiene una serie de temas preferidos y de simpatías, sobre los que por lo general escribe; algunos son elevados (la filosofía, la trascendencia, el desarrollo humano) y otros más terrenales (viajes, fútbol, gastronomía…)

Es habitual que un periódico, conocedor de que un escritor es experto o tiene interés en un tema, le encargue un artículo de opinión, o un reportaje. Los cuentos de verano son un encargo clásico de casi cada año. Lo mismo ocurre cuando una editorial nos pide un relato sobre un tema determinado para una antología. Piensen en los pregones. O en los prólogos a otras obras.

Yo no acepto ese tipo de sugerencias en mis novelas, porque son proyectos largos que nacen de obsesiones muy privadas, pero sí en artículos, ensayos, cuentos, conferencias o microcuentos;  y además me encantan como reto. Ya en el colegio me pedían poemas a la Virgen, el discurso de fin de curso, o la redacción de la primavera. Es cierto que nunca trato temas que no me apasionan, o que no me permitan libertad creativa. Pero hasta ahora las marcas han sido más respetuosas, y más arriesgadas a la hora de escuchar lo que quiero hacer que la mayoría de las editoriales.

El ejemplo que os traigo hoy son los microcuentos para el lanzamiento del concepto Noolor de la marca Evax. Quienes estaban tras la campaña, la agencia de comunicación Edemann y Whatsupsolutions, me dieron absoluta libertad: querían que diversas artistas (Alaska, Montse Ribe, Rosa Muñoz, Txell Miras y yo) interpretáramos el  concepto abstracto de Noolor.

Esperaban que yo escribiera un relato, pero frente al trabajo visual que, sin duda, presentarían mis compañeras, unos folios solitarios y encuadernados me parecieron tan sosos que me dio pena. Y pronto comencé a hilar ideas. ¿Por qué no emplear un formato que pudiera moverse, tocarse, estrujar? ¿Qué tal unos cojines? ¿Y un audio en el que se me escuchara leer los cuentos, para emplear otro sentido, ya que íbamos a prescindir del olor?

Una vez decidido, me centré en mi labor creativa: serían cuatro, uno por cada ciclo lunar, tan unido a la mujer, y por cada estación. Dos hablarían del placer de encontrarse a solas con nuestros sentidos, y dos de la relación madre e hija. Dos del momento presente, y los otros dos, de cuentos de hadas. Y destacarían dos palabras que, a su vez, formarían un mensaje. No se podía hacer más con menos. Fue un proyecto apasionante y precioso.

Para la presentación, que no se quedó atrás, escogí el prototipo de un vestido de Agatha Ruiz de la Prada, con una rosa amarilla natural en el pelo.  Recuerdo cómo me divertí desde el principio al fin de ese trabajo, cómo quedó perfectamente reflejado lo que todos queríamos transmitir. Y por casa siguen esos cojines, con mis cuatro cuentos. El del cojín de Rusia dice así: Artistas mundo noolor evax

“En Mayo ordenaba los armarios. Dejaba para el final el del pasillo, el más viejo. Cuando lo abría, el olor a madera le devolvía a su infancia en una casa que ya no existía, a los manteles de encaje e iniciales blancas, a los espejos con el azogue picado, a las bolsitas con hierbas que perfumaban las sábanas. Le traían a su madre, joven y cercana, su aroma a agua de rosas y a infancia sin problemas. Luego cerraba el armario, y el resto del día se sentía en paz”.

Y el dedicado la Luna Nueva de Invierno es éste:

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“Las noches de escarcha darán pronto paso a los amaneceres de nieve. El rey se marcha mañana. Mi hijastra duerme, ajena a todo, tan bella que inspira miedo. Los lobos han bajado del monte pronto este año, y la imagino sola, asustada en el bosque, entre los helechos, las ramas viejas, los árboles oscuros y el aliento del cazador. No importa lo que diga mi espejo: no la mandaré allí”.

Si te necesito, silbaré

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Casi todos los cuentos de hadas narran el proceso de madurez de un niño a través de una aventura maravillosa, o de una niña que debe superar pruebas hasta casarse. No en todos aparecen hadas: pero sí algún elemento mágico. Y su protagonistas no piden ayuda. Cuando los necesitan, en una situación deseperada, sus genios, protectores, u objetos mágicos aparecen.

Hay quienes hemos crecido así: sin saber cómo pedir ayuda. Es el caso de casi todas las mujeres que conozco, que han rechazado la posición de indefensión que la sociedad imponía, pero que han absorbido con gran precisión todas las exigencias de fortaleza, autosuficiencia y discreción que también dictaba. La mujer fuerte ha sido, desde la Biblia, (Proverbios 30, 10-31), un ideal inalcanzable. Una mujer que trabaja en casa, y fuera, que no se queja, que previene cada contingencia, que auxilia al pobre y que apoya en todo a su marido. Cierto que no se le pedía que fuera hermosa: ahora sí, también. Las tareas han cambiado, pero el espíritu es el mismo: calla y continúa trabajando, con o sin reconocimiento, con o sin remuneración, y siéntete orgullosa por hacer lo que debes.

También los hombres mantienen complejísimas relaciones respecto a pedir ayuda y a la deuda que contraen con quien les auxilia; en las relaciones de vasallaje, quién y cómo debía prestar ayuda quedaba rígidamente estipulado, hasta el punto de que en algunos casos, si por azar alguien salvaba la vida de otras persona el salvado permanecía en deuda, él y sus descendientes, hasta devolver el favor.

Me ha hecho falta escribir dos ensayos sobre lo que nos enseñan los cuentos de hadas (Primer Amor y Los malos del cuento) y muchas horas de reflexión y de sufrimiento para que esa idea cambiara en mi cabeza. Como tantas otras personas, me sentía más cómoda en la posición de hada madrina: son fuertes, no tienen problemas (salvo la de Piel de Asno, la pobre, un hada madrina de lo menos resolutiva), ayudan a los demás, solucionan vidas. Me ha supuesto mucha humildad, una mirada más sensata y consciente a mi existencia y a mis circunstancias y atravesar un dolor psicológico insostenible, pero he aprendido a pedir ayuda.

O, más bien, estoy aprendiendo a pedir ayuda. A reconocer debilidades sin que un vacío de naúsea me llene el estómago, a aceptar otras opiniones, a escuchar a gente que sabe más que yo y que tiene la generosidad de compartirlo conmigo, a reconocer mis carencias y a pedir consejo a quienes dominan lo que a mí me falta. He tenido que aprender a decir que no, que en ocasiones no puedo ser yo la que ayude ahora, y que mi conciencia no me remuerda. Pierdo poco a poco el miedo a estorbar, a ser una molestia o a que me miren de manera extraña: porque quienes hemos presentado siempre ese aspecto imbatible hemos de asumir la sorpresa ajena cuando los demás tienen que reescribir lo que opinan de nosotros.

La mujer fuerte casi nunca es humana: debe mantener esa máscara, por infeliz que sea. Es la madre por excelencia, la cuidadora, la que conviene a una sociedad que la utiliza para su beneficio sin pensar en las necesidades individuales. El hombre fuerte es una bestia de carga, un bastión, alguien que jamás se quejará y soportará aún más presión. La esencia de la productividad por excelencia. Sin identidad, y sin más pretensión que la de vivir para los demás y para cumplir con las obligaciones.

Me he cansado de ser autosuficiente. Poco a poco, en cosas pequeñas y en grandes cosas, he aprendido a silbar si necesito ayuda.  Si se me rompe la plancha, y no sé si por dónde comenzar la búsqueda, recurro a la comunidad que me rodea, que sin duda sabrá orientarme (gracias, por cierto, a quienes ayer en IG me ayudasteis con el momento plancha). Si tengo una duda, preguntaré. Si mis problemas me superan, pido auxilio, asesoramiento, lo cuento. Alguna solución encontraré con la ayuda de otros.

Y ¿sabéis? No se ha parado el mundo. No era tan importante. Mi ayuda no resultaba tan imprescindible. Mucha gente se ha mostrado dispuesta, e incluso feliz, de echarme una mano. Muchos vampiros emocionales, cuando han visto que no podían arrancarme ayuda, sino que, por el contrario, la pedía, se han desvanecido. Y los amigos… los amigos siempre han estado ahí. Pero ahora les escucho más.

Porque los cuentos tienen razón: hay hadas y genios ahí cerca.

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Como los humanos y nuestros sentimientos, los lugares se encuentra en proceso de cambio: los Mercados, como el de La Paz, se han convertido en lugares de encuentro y en centros de delicatessen, además cumplir de su función como mercado de abastos. El lugar donde compraste esa mañana en zapato plano y vaqueros te acoge al atardecer con los tacones de vértigo de Magrit y el precioso vestido abrigo de TopLove, con un delicado estampado de flores. El bolso está pendiente de que lo customice, la manicura es de OPI, y aunque casi no llevo maquillaje, el que llevo es de YSL.

Y si os interesan Primer amor o Los malos del cuento, que hablan de cómo los cuentos nos han enseñado a trabar relaciones amorosas o a detectar personalidades tóxicas, los podéis encontrar pulsando sobre el enlace. Porque para ayudar a alguien están, ahí están.

Naturalezas vivas: los nuevos bodegones

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Aunque lo aclaro en infinidad de ocasiones, me preguntan con frecuencia si yo soy quien hago y fotografío los bodegones de mis redes sociales. La respuesta es que sí: salvo las fotos en las que aparezco, firmadas muchas veces por Nika Jiménez, mi jefa de prensa y mano derecha, o por (in)voluntarios fotógrafos espontáneos, yo saco el resto de mis fotos. Paisajes, detalles, gatitas, y, por supuesto, los bodegones, que son, con diferencia, mis fotografías preferidas. En esta entrada explicaré, como prometí a los seguidores de Instagram, cómo los  hago.

Todo comenzó en el salto a Instagram: en otros medios la cubierta de un libro bastaba para reconocerlo, pero en una red tan visual, mis recomendaciones espidianas quedaban tristes y poco atractivas. Faltaba el elemento sensorial. Muchas blogueras de moda insertaban, en vez en cuando, un libro o una revista entre sus prendas de ropa, o su maquillaje. ¿Por qué no probar qué pasaba con un  viaje al contrario, e introducía elementos como zapatos, o cosmética, o joyas, en las fotografías que incitaban a la lectura?

No era una idea nueva, ni siquiera muy original: pero yo no lo había hecho antes, y me permitía jugar con un lenguaje desconocido. Nadie me libraría de la acusación de frivolidad, que se combina, sorprendentemente, con la de ser demasiado intelectual: pero haters gonna hate, y para ello da igual un selfie, un bodegón, o el apoyo a una buena causa.

Poco a poco, mientras me familiarizaba con la aplicación y mejoraba mi cámara o teléfono (en la actualidad saco las fotos con un Samsung Galaxy S6, aunque espero cambiarlo pronto por el S7) introducía elementos más atrevidos, o enfoques diferentes. La obsesión por las naturalezas muertas me venía de lejos, y de familia. En una de las imágenes podéis ver mi libro Melocotones Helados sobre un bodegón pintado por mi madre. Me recuerdo de niña, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, absorta frente a los bodegones del Barroco, y no en vano la protagonista de mi Premio Planeta es pintora, y la escena final transcurre en un museo. Vayan aquí diez puntos que he aprendido y que sigo.

1.- Uso luz natural: en muy raras ocasiones, una lámpara led, y nunca flash ni, de momento, focos, aunque no lo descarto. Por las mañanas, empleo la luz que entra por el Este, y a primeras horas de la tarde, la que se cuela por las ventanas del Norte. Linda Lomelino recomienda la luz septentrional siempre que se pueda.

2.- Creo que el consejo de que se emplee un fondo blanco tiene más que ver con la norma publicitaria para que un producto destaque que con la estética final. Yo usaba el reverso de un cartel de Soria Moria en cartón pluma, colocado sobre mi bañera, pero comencé a dudar cuando vi los bellos arreglos florales de 5ftinf sobre una mesa muy gastada. Ahora disparo muchas de mis fotos sobre una mesa de la que pensaba deshacerme, porque su baño de pan de plata se deterioró, pero que decapé y cuyo acabado me encanta.

3.- El plano cenital (o zenital, de zenit, el momento en el que sol alcanza su máxima altura) ha dejado de ser mi preferido; pero hay muchas ocasiones para usarlo, por ejemplo, en los muestrarios o knollings, que fotografían con maestría 1924us, con su material de dibujo o Laura Ponts, en su variante foodie. Ahora busco el plano natural (a la altura de los ojos, tridimensional), el picado y el plano aberrante (ladeado, en ángulo). De todo se aburre una.  No me subo a una escalera, ni coloco los objetos en el suelo, porque no lo hice así desde el principio, y ahora me he acostumbrado a usar alturas cómodas.

4.- En ocasiones, planifico las fotos. Si me aburro en el metro, o en cualquier sitio, trazo un pequeño dibujo esquemático como punto de partida. De esa manera tardo muy poco luego en hacerlas.

5.- Pero no las fuerzo: no compro flores, ni macarons para las fotos (aunque lo cierto es que casi siempre tengo flores frescas en casa, bien lejos del alcance de Rusia). Empleo lo que he cocinado comprado o encuentro por medio ese día. A veces sobre la mesa se aburre durante una semana un objeto o una barra de labios, hasta que le encuentro el momento adecuado en la foto correcta. O parto de la laca de uñas que llevo. O de la fruta que me he traído del huerto de mis padres.

6.- La laca de uñas  no es una mención casual: en la inmensa mayoría de los bodegones, mi mano, o al menos un dedo, aparecen en uno de los ángulos. Es casi una marca de la casa, una firma.

7.- Como a casi todo en estos momentos, intento darle un uso terapeútico a los bodegones. Me ha permitido revisar mi menaje, los pequeños adornos domésticos, y otra infinidad de cacharritos de decoración más. Como soy una acumuladora profesional (a Marie Kondo le daría un jamacuco conmigo) me viene muy bien remover qué tengo y qué no y darle uso, tirar aquello que me trae malos recuerdos, pasar un paño y ordenar de nuevo y, por supuesto, jurarme que intentaré simplificarlo todo. Y lo cierto es que disfruto mucho más de lo que tengo.

8.- Procuro ser original, aunque hay modas, y una no es impermeable, existen productos de temporada (estamos abandonando los tulipanes y comienza la epidemia de las peonías), y, sobre todo, la influencia de los estilistas realmente buenos es tremendamente contagiosa. Tras ver las preciosas tostadas de Sandra Van den Broek solo quiero troquelar pechuga de pavo y fotografiarla. O se manifiesta de otras maneras: veo las geniales locuras que se le ocurren a EleMentaFresca con un clip y unas pajitas de refrescos o que Laura Ponts (la menciono de nuevo porque tengo muy reciente su libro Art Foodie) incluye letras en sus composiciones y paso de la admiración a la envidia resentida (por qué no se me ha ocurrido eso a mí antes), de ahí al berrinche, luego a la depresión, y finalmente  a asumir que una hace lo que puede con el material y el talento a su alcance.

9.- Lo que el ojo ve no es lo que la cámara ve. Aunque no hago demasiados cambios de objetos y atino con lo que quiero en volumen y color, casi siempre tengo que rectificar la distancia y el ángulo entre ellos. No uso filtros predeterminados, pero sí edito y corrijo algunos de los valores de la fotografía.

10.- Me divierto, disfruto durante el ratito en el que preparo y saco la foto. Esa es la razón por la que comencé con los bodegones, y por la que continúo. Si lo que muestro es un libro, me parece una bonita manera de rendirle homenaje. Si se trata de cualquier otro objeto, apreciar su color, su packaging, o su diseño es otra manera de valorarlo. Otras veces, me sirve como excusa para contar una historia. Sea como sea, es un momento que ansío, que preparo y que me aporta felicidad en sí mismo. Si además les gusta a quienes lo ven, ¿qué más puedo pedir?

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En este caso rescaté un dibujito que había hecho en el que mi inicial, la E, destacaba en un plato decorado, sobre una tela o un papel rasgado, y unas flores sueltas en colores similares. Jugué con varios platos y bajoplatos, probé a sustituir las flores por las cuentas de un collar roto, y finalmente eliminé el papel, y no separé los iris. Me pinté las uñas con un esmalte de OPI. La letra de chocolate es de Hema.  También había una F, pero me la comí. Están riquísimas. El vestido bordado lo compré en Niza.

Recomendaciones espidianas. Abril

9.3

El mes dedicado al libro, en sus variantes de Día del Libro, Sant Jordi, conmemoración de Cervantes o de Shakespeare nos deja a los autores que llevamos una vida activa con conferencias, encuentros y firmas poco espacio para leer, paradójicamente. En muchas ciudades comienza la temporada de ferias y de actividades literarias, que remitirá hacia junio, con la Feria del Libro de Madrid. En mi caso, este año decidí reservar fuerzas y no acudir a Sant Jordi, y en cambio celebré en Bilbao el 200 aniversario del nacimiento de Charlotte Brontë. Estas semanas ofrecen la oportunidad a lectores y autores para encontrarse y conocerse; a veces, el resultado es una decepción mutua. Otras veces, por suerte, el enamoramiento continúa y se refuerza. Y si no, siempre nos quedarán los libros, sin sus autores. Estos son mis elegidos durante Abril.

Lady Macbeth, por cierto, ha escogido los preciosos libros de Maeva  sobre la relación entre mujeres, libros y oficios. Podemos ver de abajo a arriba Mujeres admiradas, mujeres bellas, Las mujeres que escriben también son peligrosas, Y además saben pintar y Las mujeres que no pierden el hilo. Las imágenes, fotografías y cuadros que los ilustran salpican la narración, y creo que son un regalo perfecto para lectoras, pintoras, costureras o… son un perfecto regalo. Punto.

Para relativizar los problemas, las palabras de los genios resultan siempre una ayuda: en este libro se produce la unión de dos genios. Beethoven se titula este ensayo de Richard Wagner sobre la figura de su admirado músico: le sigue otra reflexión, La dirección de orquesta, en esta pequeña joya de Fórcola. Y, bueno, un trocitino diminuto insignificante de brownie casero tampoco hace daño a nadie.

 

19.3 - copia

Los consejos de la paloma ha sido una primera novela que ha atraído tanta atención que su autor, S. Kelman, pasó del anonimato a la lista de preferidos en un parpadeo. Publicada por Salamandra, salamandra.info, elige la mirada de un niño de familia inmigrante de Ghana en el Reino Unido para describir la realidad de un barrio violento, una vida violenta, una época violenta. Muy de actualidad debido al estremecimiento general que nos produce la situación de los refugiados, la suaviza un humor que permite que la vida sea soportable.

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Conocido por ser parte de Académica Palanca, M. Vigil  ha publicado Relatos polisémicos, un experimento literario que tiene como columna vertebral el humor. A partir de ahí, encontramos reflexiones, chistes recreados, fragmentos de monólogo, poemas, cuentos y reflexiones. Algunas amargas, otras ya clásicos del humor. Sonrisas y sonrisillas, y medias sonrisas desengañadas.

16.2

El Eternauta es un clásico; no sólo lo consideran así los lectores de cómic, que lo acogieron como una revelación en los años 50, sino que también ha pasado a formar parte del imaginario emocional de los argentinos. Oesterheld les hizo viajar en el tiempo, soñar con invasiones alienígenas, y continúa siendo una inspiración en esta edición de Norma.

9.2

Hacía mucho tiempo que un libro no me llevaba de las lágrimas a la sonrisa en segundos de esta manera. Las memorias del Dr Marsh, neurocirujano inglés, están estupendamente bien escritas; la belleza del cerebro, el azar de la salud, las decisiones a veces fatales que toma el médico pasan por estas páginas. El miedo, el humor, la humildad, la estúpida burocracia de la Sanidad. La enfermedad y la muerte. A mí, a quien estos temas entusiasman, me ha encantado; pero puede ser materia delicada para quien haya padecido o sido testigo de ese tipo de dolencias. Lo ha publicado Salamandra.

6.2

Los reconocimientos que el poeta aragonés José Verón Gormaz ha recibido se entienden cuando se lee Salón de los Espejos. Epigramas. ¿Epigramas? Sí, que encajan como un guante con la rabia y la frustración que provocan la corrupción, el politiqueo, la mezquindad y la vanidad que adivinamos en el presente. Una mirada aguda e implacable se unen su dominio del lenguaje. Se encuentra en Papeles de Trasmoz .

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Hablamos del Premio Biblioteca Breve de 2015, de Seix Barral, y de una obra de mi amigo Fernando Marías, con lo que me resulta complicado ser objetiva. Por sus páginas pasan lugares y emociones que me son familiares: la necesidad de escapar a través del cine, el viaje o la literatura, la construcción de la identidad frente a la familia, las calles de Bilbao. Por suerte, no me hace falta ser objetiva para recomendar este libro espléndido, La isla del padre, una búsqueda del padre ausente y del niño eterno. Emocionante. Y con un punto desgarrador.

 

20160408_192038Faltaba en la lista una novela negra, o al menos, una narración tan negra como Observada, de R. Knight. Los secretos de unos suponen la fuente de poder de otros. Una noche, una mujer encuentra un libro sobre su mesita de noche. Alguien lo ha depositado allí: alguien que conoce el secreto más terrible, mejor guardado, de su existencia. Algo ocurrió años atrás, en España. Quién lo sabe la ha observado en la distancia durante mucho tiempo. La podéis adquirir en Salamandra. http://salamandra.info/libro/observada

 

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Y  finalizamos con otra novela negra pero de un tinte negro muy distinto a la anterior: el escritor Juan Bolea retoma a su personaje de cabecera, Martina, desde otro ángulo, el de un detective un poco Sancho Panza, muy humano, algo tristón, demasiado humano, de origen armenio y llamado Falomir, que debe indagar en los misterios divinos: en concreto, la desaparición de una talla mariana. Desde luego, la cosa no queda ahí, y mientras existan seres humano dispuestos a creer, se darán apariciones, misterios y estafas relacionadas con la religión. Ágil, divertida, terrible y lúcida, es, para mí, la mejor novela de Bolea hasta ahora.  El Síndrome de Jerusalén, por cierto, además del título de la novela, es un trastorno psíquico que afecta a turistas que viajan a Tierra Santa, que se creen, de pronto, personajes bíblicos. La editorial responsable es Ediciones B.

 

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Y hasta aquí llegan las recomendaciones de este mes: disfrutadlas. Yo ya lo he hecho.

Lugares de paso

 

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Así como hay gente que odia los lugares de paso, que elimina los pasillos en las reformas y limita al mínimo las esperas en aeropuertos y estaciones, a mí me entusiasman esos espacios: los físicos, y los mentales. El lento tránsito de una habitación a otra, de una emoción a otra. Incluso en una ocasión pensé en titular uno de mis libros de cuentos así, Lugares de paso, pero otro escritor se me adelantó, y así quedó la cosa, a la espera.

Siempre he dicho que si hubiera dedicado el tiempo que he pasado a la espera en una estación de trenes a estudiar chino, hablaría chino. Pero lo he dedicado a cosas posiblemente menos útiles, pero muy placenteras. He leído infinidad de libros, he escrito partes de los míos, me he pintado las uñas, he fantaseado, he mantenido charlas inolvidables con amigas, he llorado, he hablado con desconocidos y me he sentido siempre en esa tierra de nadie: como un regalo inesperado. Una de las estaciones más bonitas en las que he esperado es la Estación del Norte de Valencia.    Una estación de los luminosos años del Modernismo, tan errático en España, que recubre las paredes de este espacio de todos y de nadie con mosaicos, volutas, tallas y vidrieras. Los mensajes de buenos augurios (Buen viaje, dicen las palabras de las taquillas en varios idiomas) se alternan con la exuberancia de las flores, y las frutas, y todo lo que, si nos detenemos, observamos allí. Porque esa estación, como todas las de esa época, incluía la espera como parte esencial del viaje. Y, cada vez que paro allí, que, para mi suerte, ha sido en muchas ocasiones, me detengo un momento, disfruto de esa estética un poco demasiado bonita, un poco sentimental, pensada para ser agradable a la vista y al alma y recuerdo que, salga el tren con retraso, lo pierda, ocurra lo que ocurra, hay un espacio para la espera. Un lugar de paso.

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Los viajes requieren ropa cómoda, y por eso elegí un jersey de cuello cisne de Adolfo Domínguez,  en uno de mis tonos preferidos, el burdeos. La falda larga, de encaje, en el mismo tono, fue una compra acertada en Zara.  Si por mí fuera, siempre vestiría con una falda larga. Presenta un largo difícil, que yo aligero con zapatos de tacón; me veo incapaz de llevarla con deportivas, como he visto en otros casos.

El collar y la pulsera de eslabones dorados son de la marca La Oneta. Y el tiempo para gastar es todo mío.

 

Ratón de biblioteca

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    Por mucho que me gusten las librerías, yo soy, sin duda, una autora de biblioteca: esa preferencia, que proviene del hecho de haberme formado en una biblioteca municipal pública, cuyos libros tomé prestados y devoré durante años con un apetito de polilla, se manifiesta en muchas cosas. Por ejemplo, en que yo no hablo nunca del olor a nuevo de los libros, ni los olfateo.  Olisquee usted con fruición un ejemplar medio de biblioteca, y se sentirá colonizado por ácaros de varias generaciones. Miro con desagrado no disimulado a quienes emplean sus salas para estudiar, y nunca pisan la biblioteca para curiosear o leer un libro. Y, sobre todo, frente al agobio y la confusión que me produce entrar en una librería bien provista, en especial en la sección de novedades, donde me siento abrumada por el trabajo, la inadecuación y la ignorancia por no ser, materialmente, capaz de leer tantos títulos y libros recién llegados, en la biblioteca me siento en paz: me transmite la sensación de que se ha decantado ya parte de ese trabajo, que el tiempo sobra, que, de manera generosa y sin agobios me presta lo que he de conocer y ha sido esencial para otras personas más sabias y más serenas que yo.
En mis viajes nacionales y al extranjero visito siempre que puedo alguna biblioteca: desde la Biblioteca Municipal de Calatayud Baltasar Gracián que, necesita espacio para crecer pero que, cuidado con ella, alimenta nada menos que tres clubes de lectura y convoca gracias a sus entusiastas bibliotecarios encuentros regulares de escritores, a la Central de Manchester, muy impresionante en cuanto a su versatilidad. Cada biblioteca debe adaptarse a sus circunstancias: en la actualidad, por suerte, el bibliotecario posee una buena formación específica, cosa que no siempre ocurría en el pasado (y que no impidió que tuviéramos espléndidos profesionales, apasionados por los libros), y está en contacto con otras bibliotecas, archivos. Ha trabajado en Fundaciones, museos o bibliotecas privadas, se adapta y actualiza. Encontramos quienes son más conservadores, quienes apuestan por bibliotecas para bebés, a quienes les revienta el concepto de ludoteca que algunas bibliotecas, en cambio, defienden, porque les ha dado vida; como gremio, hay mucha tela que cortar. Pero lo grave son las ocasiones en las que les toca lidiar con abiertos incompetentes en cuando a la gestión cultural y del libro, en particular, y la lamentable falta de apoyo por parte de los usuarios.
De Manchester tomé notas sobre dos actividades que me dieron mucho que pensar.  Es, desde luego, un edificio magnífico con un fondo espectacular, una sala de lectura bellísima, circular y elegante, donde se evidencia el amor por el conocimiento. Resulta perceptible que no falta el dinero (habría que preguntarle a los bibliotecarios, de todas maneras, por sus quejas), posee una Biblioteca Musical, la Henry Watson, dotada de pianos, espacios para la grabación y audición, y donde algunos músicos ensayaban. Las actividades musicales, avisadas con antelación, son habituales, y se facilita el que tengan lugar en el propio espacio. Un sueño, pero difícilmente extrapolable.
Sin embargo, me llamaron la atención otras características más asequibles: una de ellas, las facilidades de entrada, salida, para la grabación y maniobra que daba la biblioteca. Ni una mirada sospechosa, ni una pregunta, daban fe de la confianza que la biblioteca tenía en sus usuarios y del respeto con el que la gente se comporta. Otra, la inversión en tecnología realizada, evidente en la planta baja, la de acceso más general. Los fondos y archivos de la ciudad son accesibles a cualquiera, se ha realizado una labor de estudio sobre el pasado y la historia de la ciudad que, tanto para niños como para adultos, resulta apasionante. Eso delata, nuevamente, la cantidad de personal, tiempo y recursos que se le ha destinado, y el carácter abierto que se le quiere brindar. La cafetería integrada en esa planta permite, además, tomarse un café o un sandwich en la biblioteca, como una alternativa hostelera. Otra más, la existencia de un espacio para emprendedores y empresas en la última planta fue, quizás, el remate. allí no solo podían ponerse en contacto distintos emprendedores, sino que las empresas podían disponer de un espacio para sus presentaciones o entrevistas. Entiendo que hay muchas bibliotecas que no podrán contemplar, por filosofía, concepto, o esa lamentable falta de espacio que sufren, algo parecido: pero el que un vivero empresarial de esas dimensiones, con un diseño bonito, con proyectos de los que la propia biblioteca puede beneficiarse e inversión de empresas en su mantenimiento, se encontrara allí, atrayendo a un público distinto que daba uso a libros legales, económicos y a salas muertas, me pareció algo digno de ser anotado.
Para mí el mundo de los libros resulta apasionante, pero comprendo que no lo es para la mayoría de la gente: la labor de las bibliotecas resulta imprescindible, pero necesitan de inversión, ayuda, y sobre todo, apoyo. Han sufrido muchísimo durante los años de crisis: muchas bibliotecas de barrio han desaparecido sin que nadie se hiciera eco de ello. Se cree, con vaguedad, que los libros son importantes, que los niños deben leer, pero no se defiende con calor. Dicen que Cleopatra, una mujer de una inteligencia y conocimientos sobresalientes, lloró cuando supo de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría, y la consideró una de las grandes desgracias de su reinado. Es fácil culpar a los políticos, pero ¿en qué lugar entre las prioridades de los ciudadanos, incluso los lectores, se encuentra la defensa de las bibliotecas?

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Todas las fotografías están tomadas en la Central Library de Manchester, antes de mi conferencia sobre Teresa de Jesús que tuvo lugar, por cierto, en la sede del actual Instituto Cervantes, en Deansgate, que en el siglo XIX albergó la primera Biblioteca abierta por suscrición popular e inaugurada por Dickens. Lucí un vestido azul marino de Etxart&Panno, confeccionado en neopreno,  y que aparenta ser un dos piezas de crop top y falda lápiz (consejo de The Gallery Room) y, para romper la seriedad de sus líneas clásicas, una tiara de Mibuh. Estamos de enhorabuena las amantes de tocados, coronas, diademas, sombreros y aderezos: siguen sin ser comunes, pero ya no cuchichean en voz baja al vernos. Los pájaros y las flores dorados hablaban de libertad, de vuelo, de cielos abiertos. De hecho, fue la estrella de mi look esa noche. Y mirad qué monada de bolsos hacen. Los zapatos, por una vez de tacones medios, porque me tocó trotar bastante por la ciudad, eran unos nude de Unisa. El maquillaje, de Chanel, fue obra mía, pero quedé bastante satisfecha con mis ojos ahumados. El esmalte de uñas es de OPI.
Llovía, por cierto, con empeño digno de mejor causa, y me costó muchísimo salir de aquella biblioteca… Además, ¿Os habéis fijado en la vidriera de la entrada, con la efigie de Shakespeare? Hay un espacio dedicado a Lady Macbeth…

 

Un mundo mejor

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Durante esta semana estoy impartiendo un curso intensivo (un workshop de 30 horas) a alumnos de IED Moda Lab Madrid, 18 chicas y un varón veinteañeros que presentan su proyecto de fin de carrera este año. Mi misión es la de motivarles (en ocasiones el desánimo, el estrés, la presión o el miedo a las críticas les paralizar) y enseñarles a comunicar su trabajo de la mejor manera posible. Ya trabajé con ellas hace dos años, en otra asignatura, y es un placer ver cómo han madurado, y de qué manera su talento se vuelca en ideas.

Como os conté hace unas semanas en mi post del congreso en Nueva Delhi, los estudios muestran que una de las preocupaciones constantes de las mujeres, tengan hijos o no, son la educación, los niños y la sanidad. Yo me encuentro por completo reflejada en esa estadística. En ocasiones, cuando he defendido en público la libertad de las mujeres para decidir sobre su maternidad sin presiones sociales o familiares, o cuando he defendido su independencia a toda costa, (económica, afectiva, laboral) incluso a costa de los beneficios que puede conllevar para su entorno una mujer más sumisa y convencional, se me ha tachado de egoísta, y de atacar a las madres. Nada más lejos de mi intención. Cuando defiendo esas ideas, pienso, por supuesto, en la manera en la que los niños han de ser atendidos, y sobre todo, en el futuro de las niñitas que estamos criando ahora, que serán mujeres pronto. Nunca perdamos de vista que las sociedades más evolucionadas en estos momentos garantizan una mayor igualdad entre géneros, un nivel más alto de formación a las mujeres y unas condiciones con las que en mi país aún continuamos soñando, a veces porque ni siquiera pensamos en que puedan existir.
Cuando veo las dificultades que mis alumnas han arrostrado de niñas (algunas casi lo son aún) siento una ardiente ansia defensora. Muchos de mis alumnos de moda y diseño son homosexuales, y en sus proyectos vuelcan elementos personales, en los que muchas veces se encuentra el acoso escolar, las burlas y la discriminación por su opción sexual. Como proyecto transversal en mis asignaturas, siempre aparece el insuflarles valor frente a la vida, valores frente a la amoralidad y defensas frente a la injusticia. Desde luego, son los padres los que deben llevar la mayor carga de la educación sobre sus hombros, pero creo que es toda la sociedad quien debe participar en la formación, a distintos niveles, de los niños y jóvenes. Yo nunca he renunciado a esa obligación moral, desde mis libros, mis clases o mis encuentros con escolares. Un mundo mejor sólo podrá ser creado si pensamos en los hijos de los demás como niños propios a los que legar, si no nuestros genes, sí nuestra experiencia, nuestros conocimientos y descubrimientos, con una generosidad mayor de la que tenemos ahora. La educación carece de horarios, a mi juicio. El reconocimiento de sus méritos, los límites, el enseñarles a frustrarse y acompañarles cuando lo hacen, mostrarles las recompensas de un buen trabajo y las consecuencias de uno mediocre es, creo yo, algo que solo nos beneficiará a todos. Y, sobre todo, la apreciación de la belleza en las pequeñas cosas, la amabilidad y la importancia de conocerse.

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Yo también soy, a estas alturas, alumna. De Ikebana, una técnica floral japonesa. Intento aprender lo que enseño luego, apreciación de la belleza, paciencia, la humildad de partir de cero, creatividad. Suelo comprar las flores casi cerradas para, como con mis alumnos, disfrutar de su evolución. Hoy repito camisa de Zara con hilos dorados, que ha resultado ser de lo más versátil, una falda corta y estampada de Suite Blanco, (no era tan corta, pero su longitud original me avejentaba), un abrigo de ante de Stradivarius, y bolso triangular de Salvador Bachiller. Los pendientes y el anillo son de Ciudad de París. Las fotos fueron tomadas en la floristería Mayo.