Ajedrez en la isla

OLYMPUS DIGITAL CAMERANo somos sino piezas de ajedrez en un tablero sin normas, más grises que blancas, más grises que negras. No somos sino el movimiento que realizamos y que creemos libre, y que sin embargo, condicionan los otros, el capricho, la ignorancia, la presión, la falta de perspectiva. No somos sino aquello que soñamos en la mañana y que conseguimos cuando el día acaba, la aspiración a moverse como alfil siendo un caballo, de suistituir a la reina cuando no pasamos de peón, de ganar esta partida, o de al menos no perder con demasiada rapidez, con un deshonor obvio. No somos sino el tiempo que transcurre entre partida y partida, mientras ordenamos figuritas, ensayamos estrategias y nos aseguramos ante el espejo que sí, que esta vez ya hemos practicado lo suficiente, que esta vez lograremos un jaque mate.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALas fotos fueron tomadas por Nika Jiménez con  MyPen Camera en el Hotel Seaside Palm Beach de Maspalomas, Gran Canaria, que en sus jardines esconde un ajedrez gigante, cactus y buganvillas de un exotismo exhuberante. Me hospedé allí durante una estancia de GCWellness, organizada por The Suites. Días inolvidables por la amabilidad de todos los empleados, la gastronomía (los desayunos del hotel son dificilmente igualables) y el spa, que no se conforma con tratar el cuerpo, sino que ofrece tratamientos que ofrecen una tranquilidad mental y una relajación más que deseable.

La falda tableada de crêpe azul klein es de Mango. La he combinado con un crop top de algodón blanco, sandalias de ante fucsia con cuña, y una pamela de fieltro blanco. Ojo al sol, hace falta siempre protección alta. El collar de cuentas de vidrio azul lo compré en Atenas hace ya años.

Viaje a Irlanda (III). Abadías y bruma

20160823_005648Si en las anteriores entradas os hablaba de Dublín, y de Galway, y de las áreas bajo la influencias de estas dos ciudades, a partir de ahora nos moveremos en una Irlanda mucho más rural, y de paisajes de una intensa belleza. Irlanda, como algunos otros territorios que han sido cantados, descritos y reflejados por infinidad de artistas a lo largo de los siglos, no se descubre: se confirma. Recorremos tierras que hemos  visto ya, con las que ya hemos soñado. Y Connemara, la región que describiré hoy, resulta particularmente propicia a ello.

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El look del día, que hace un guiño cromático al que Maureen O’Hara luce en algunas de las escenas de El hombre tranquilo, tuvo en cuenta la absoluta irresponsabilidad y volubilidad del clima en la zona, que si bien nos deja cielos espectaculares, es capaz de alternar chubascos, sol, bruma, aguacero y sol de nuevo en diez minutos. Una camisa azul de crêpe y una falda tableada, tendencia este otoño, de encaje granate, ambas de Zara. El bolso, con una plancha tallada, es de Chie Mihara, una japonesa afincada en Elda; un colgante de cristal de roca. Me hacía falta una máscara de pestañas resistente al agua, como Grandiôse de Lancôme, y poco más.

Sí, algo más; de la marca de maquillaje Deciem, he descubierto un producto que me resultó muy útil para las fotografías, sobre todo para las realizadas con poca luz. Se llama Hylamide Photography Foundation, y se aplica en solitario o bajo la base de maquillaje. Está pensado para mejorar las imperfecciones de la piel cuando es fotografiada, y funciona: hay varios cosméticos similares, pero éste, en particular, me ha dejado sorprendida. Por lo tanto, muy recomendable para días de bodas, celebraciones o fiestas familiares en las que sabemos de antemano que nos sacarán infinidad de fotografías, si tenéis un blog o si os encantan las fotos y quedar bien en ellas.

El libro de esa etapa fue el conjunto de relatos Al borde del camino, de S. O’Kelly. De una tristeza infinita, profundamente irlandeses, y muy hermosos.

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IMG_20160823_005215Algo muy característico de este viaje fue la extraordinaria riqueza de colorido en las fachadas, los postigos y las contraventanas de las casas recuperadas y los nuevos establecimientos. Todos los colores parecían adecuados para una puerta o una casa entera: rosa, violeta, naranja, aguamarina… Los comercios y los pubs rivalizaban en parterres y jardineras con flores exuberantes: lobelias, petunias, hiedra, geranios…

Los interiores varían menos en materiales: moqueta casi generalizada, frisos de madera, papel pintado. Hoteles, restaurantes, cafeterías y pubs cuentan con wifi gratuito (y en funcionamiento).

Uno de los lugares de visita obligada en esta zona, pese al turismo y sus males, es la Abadía de Kylemore.  No solo la belleza del castillo forma ya parte de la leyenda: su historia se abre paso en la imaginación para convertirla en inolvidable, como el Taj Mahal, o Neuschwanstein, el castillo de Ludwig de Baviera.

La Abadía fue, durante siglos, un paraje deshabitado, un coto con un refugio de caza; el Kylemore Lodge. Sin embargo, a mediados del siglo pasado, una pareja de multimillonarios de Manchester visitaron la zona. Se encontraban de luna de miel, se llamaban Mitchell y Margareth Henry, su familia se había enriquecido con el algodón, y a ella le entusiasmó Connemara. Tanto fue así que cuando Mitchell heredó algo de dinero (más), él cumplió la promesa que tantos recién casados hacen, un tanto impulsivamente, al casarse: te trataré como a una reina.

Y un castillo contruyó: con una estética de cuento de hadas, salones de ensueño, y todos los avances tecnológicos de la época, que en 1870 comenzaban a ser notables. Una de las obsesiones de los Henry era el autoabastecimiento, tanto de energía como de alimentos. La otra, los jardines. El jardín victoriano de Kylemore superó en tamaño a cualquiera de los otros del país. Y la última, y más loable, los Henry se encontraban política y personalmente involucrados con la mejora de la situación de las clases más pobres, que en Irlanda, como en toda Europa, abundaban.

Los testimonios dicen que se amaban entrañablemente, y que, a su vez, recibían una considerable cantidad de cariño, porque eran generosos y se preocuparon porque sus trabajadores recibieran un jornal digno, construyeron una escuela, mejoraron sus viviendas, y las dotaron de infraestructuras desconocidas en el país. Trescientas personas de la zona trabajaban para la enorme finca, en la que además de los Henry, vivían los nueve niños que fueron naciendo.

Entonces, Margareth murió. Regresó enferma de un viaje por Egipto con fiebres, y no pudo superarlo. Tenía 45 años. Su marido, desolado, no soportó permanecer en un lugar en el que habían sido felices. Erigió una preciosa iglesia neogótica, llena de alusiones a la alegría y la calma, y se alejó del castillo encantado hasta que murió, en 1903, y sus cenizas regresaron a Kylemore, para reposar junto a su esposa.

Antes de morir, vendió su castillo a los duques de Manchester, que, como correspondía a su estado y posición, no incurrieron en la vulgaridad de apreciarlo, se arruinaron, y acabaron jugándoselo a las cartas. Lo perdieron, claro.

Y de comprador en comprador, llegó en 1920 a las manos de unas monjas belgas, benedictinas, que habían huido de su país. Su abadía en Ypres había quedado reducida a polvo por los bombardeos alemanas, e Irlanda, que era un país católico y que simpatizaba con los martirizados belgas, parecía un lugar idóneo para fundar un colegio y vivir en paz. Reconstruyeron el castillo y sus alrededores, y lo convirtieron en un internado para niñas de la nobleza y las fortunas internacionales. Anjelica Houston, por ejemplo, estudió aquí. (Este es el momento en el que la imaginación de una niña de los 70 se desboca: cuando daño hizo Candy Candy).

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De un castillo de cuento, a un paisaje encantado. Nos encontramos en mitad del Parque Natural de Connemara, un vasto escenario natural que abarca algunas de las vistas más inolvidables del país, algunas colinas notables, como la Diamond Hill, y los lagos y el fiordo Killary. Las ciéganas, los páramos, los terrenos de turba que se emplearon durante siglo como combustible. Los pájaros que cruzan el cielo cambiante, las ovejas que salpican de blanco algunas laderas. Nada de lo que respira ahora calma y recogimiento nos permiten sospechar que esta ha sido una región que ha padecido un hambre feroz, un empobrecimiento crónico.

La hambruna más grave, cuyos ecos aún resuenan en el inconsciente colectivo irlandés, es la que mató a dos millones de personas entre 1845 y 1849. Otros dos millones huyeron del hambre y la miseria, como pudieron, muchos a Estados Unidos, a Canadá, a Sudamérica. Donde pudieron o les dejaron. Inglaterra no les aceptaba, temerosa de una revolución si el número de irlandeses aumentaba en sus calles. Otros reducen las cifras a la mitad, pero nadie niega el impacto brutal que ocasionó. Las crónicas del hambre estremecen incluso ahora: pueblos fantasmas donde no quedó nadie para enterrar a los muertos, casos de canibalismo, cadáveres con la boca verde por la hierba que ingerían. Mujeres  y niños esqueléticos que deambulaban como podían, hasta caer muertos en los caminos.

Las razones de la Gran Hambruna fueron tan previsibles e injustas como las de otras que han dejado cifras atroces en el siglo XX, en otros continentes. Desde la época de Cromwell, la gran mayoría de las tierras se encontraban en manos inglesas. Los irlandeses, jornaleros o aparceros de los ingleses, poseían o alquilaban pequeñas parcelitas para su subsistencia, en la que plantaban, sobre todo, patatas, alguna col, nabos. El cultivo de las grandes fincas se dedicaba a cereales para la exportación. En los años de la Gran Hambruna se importó, involuntariamente una plaga, el mildiú de la patata. El enemigo se llamaba Phytophthora infestans, un hongo que pudría el tubérculo en la tierra, o lo que era peor, cuando se había almacenado ya y se creía que el peligro había sido conjurado. Lo que fue una epidemia que puso en aprietos a los campesinos de otros países se convirtió en tragedia en Irlanda: no tenían nada más para comer.

El trigo continuó exportándose sin problemas, pero los irlandeses no lo poseían ni tenían acceso a él. La indiferencia general de los dirigentes ingleses, cuando no la acusación velada de que se merecían la plaga puede explicarse por el hecho de que muchos de los que se enriquecían con el trigo irlandés nunca pisaron la isla, ni la veían más que como una inmensa hacienda. No existía ningún vínculo emocional ni con el territorio, ni con los habitantes, celtas, católicos y despreciados.

Es decir, una historia de intereses creados, y de injusticias sangrantes que se ha repetido hasta la saciedad. En el caso de Irlanda, marcó un antes y un después. Los caminos de Connemara, que vieron como sus jóvenes alcanzaban como podían Clifden, o Galway, para embarcarse y salvarse de la muerte, acogen ahora a turistas silenciosos, o a los descendientes de esos emigrantes que nunca olvidaron sus orígenes y cantaron la Isla Esmeralda, sus condados y sus ciénagas inabarcables.

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IMG_20160823_004244El viaje continúa aquí.