Mujeres con estilo propio

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-No sé que os pasa a las mujeres -se quejaba, hace poco, un conocido escritor, que me amenazó con terribles represalias si mencionaba su nombre-, y por qué últimamente todas vestís igual. Ya era una triste visión el que los hombres se hayan uniformado con el sempiterno traje gris, y una corbata anodina, o con vaqueros aburridos y chaquetas aún más vulgares. Pero ¿Y las mujeres? Incluso las modelos y las actrices sienten miedo a destacar, e imitan los escaparates. Las chicas de moda visten como los escaparates. Lo que ha conseguido esta prensa salvaje y estas críticas a la celulitis, los kilos, y las alfombras rojas es que nadie se arriesgue, a que todas copien a todas, y que la primera y la última sean el mismo producto en serie.
En otros términos, hacía tiempo que me rondaba esa misma idea: con sus matices. Como mujer, sé el poder del control social, y lo dolorosas que son las criticas si se rompe la norma no escrita de mantenerse indistinguible. Sé también que por mi interés y mi educación en colores, formas y tendencias, es probable que encuentre diferencias sustanciales en las prendas que mi amigo consideraría  idénticas. Y, además, conozco el esfuerzo y la energía que conlleva vestirse cada mañana, dejemos de lado el convertirse en un referente creativo. Hay días en que una se viste exclusivamente por no salir desnuda a la calle, y el peso añadido de pensar en cómo nos verán los otros, sencillamente, se espanta con un encogimiento de hombros.
Pero es cierto que ese periodo adolescente en el que las niñas resultan indistinguibles se ha prologado, como la propia adolescencia, hasta la edad adulta. Sea por la disponibilidad de ropa de marcas generalistas, por la copia indiscriminada que se hace de las firmas de referencia, por la globalización de la moda a través de revistas, blogs, o por la publicidad que asalta en calles, teles o redes sociales, el ataque de los clones del que se quejaba el escritor es un hecho.
La normalidad se premia, por lo general, con una indiferencia que se puede confundir con aprobación.  Y, sin embargo, las mujeres más interesantes en raras ocasiones visten de una manera gris. Uno de los iconos más queridos y reconocibles de la femineidad contemporánea, Frida Kalho, nunca copió un referente concreto. Coco Chanel, en el otro extremo, se inspiraba en atuendos masculinos, incluso obreros. Diane Kruger, quizás la actriz con más estilo de la actualidad, presume de no tener estilista. Björk o Lady Gaga, que han hecho de la extravagancia su tarjeta de visita, resultan inconfundibles. Pero Laura Ponte, o Luz Casal, o Natalie Portman, o Inés de La Fressange se mueven en parámetros muy distintos, todos ellos de factura sencilla y limpia, y nadie les negaría un estilo propio. Incluso las mujeres que se dedican a la política han cedido, en los últimos tiempos, a la uniformidad neutra. Atrás quedan María Teresa Fernández de la Vega, Rosa Díez o Carmen Alborch, con las que se puede simpatizar más o menos, pero con una estética personal inconfundible.
Por mi parte, con mis aciertos, y mis errores, que de todo ha habido, puedo calibrar los momentos menos felices o de mayor inseguridad con solo repasar mi vestuario: cuanto más formal o neutra fuera mi manera de vestir, más desdichada he sido, o más perdida me he sentido. Para alguien como yo, con un sentido teatral de la vida, con un notable amor por las prendas o los complementos dramáticos, mi terreno natural es el de chirriar siempre un poco. En ocasiones, es valorado y apreciado. En otras, por supuesto, no gusta en absoluto. No pasa nada. No puedo obligar a nadie a que aprecie el color, los estampados, los contrastes o los volúmenes. Tampoco pretendo acertar siempre: mi interés en la ropa no coincide, necesariamente, con que me favorezca o embellezca.
No suelo inspirarme en mujeres contemporáneas: las referencias pueden provenir de cualquier campo. Hace  unos días, en la Manchester Art Gallery,  en la que contemplaba algunos de los más hermosos cuadros prerrafaelitas, di con el cuadro “The reader”, de A. J. Moore.  y se produjo una conexión instantánea: sabía que a mi regreso a España debía acudir al Premio de Novela Biblioteca Breve. Lo que no tenía nada claro era qué ponerme. Entonces acudió a mi mente un precioso vestido de Dolores Promesas que había visto unos días antes, que mezclaba los colores de  la túnica naranja de la lectora y el fondo de flores; y algunos de mis collares. Y así me dirigí a Barcelona, a felicitar al ganador, Ricardo Menéndez Salmón  y a ver a mis amigos Juan BoleaFernando MaríasEduardo Mendoza y a mi adorada Rosa Montero.

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    Como ya he dicho, el vestido, con su inconfundible estampado, es de Dolores Promesas  y el bolso reversible es de Lodi. Los collares provienen de distintos lugares: adquirí el de malaquita tallada en Madrid, y el de perlas cultivadas, que me temo que me acompañará en mi vejez, en Manila, hace más de diez años. La manicura, en burdeos, naranja y plata, lleva el nombre de Opi  y el maquillaje en esta ocasión es de Bourjois. Por cierto, que la barra de labios Rouge Edition 12h me está dando un resultado fantástico.
Me pregunto quiénes serán esas ocultas fuentes de inspiración que os han influido en vuestro caso…

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Con los pies en el suelo

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En mi caso, ha sido una novela: pero la sensación de fin de etapa, de un esfuerzo enorme que, por fin, llega a su término, y que trae con ello tanto alivio como vacío es una experiencia relativamente habitual. Tras un exámen duro, o unas oposiciones preparadas con mucho ahínco. Cuando se espera el resultado de una sentencia, cuando se obtiene un divorcio, o una anulación matrimonial, cuando nos dicen, por fin, que podremos adoptar a ese niño, cuando finalizamos un tratamiento duro, o incluso tras una pérdida dolorosa, llega el momento en el que los pies deben tocar el suelo.
Porque el proceso de encontrarse sumida en algo absorbente, con su parte dolorosa y su lado placentero, conlleva, en sí mismo, una evasión. La cabeza se ocupa a medias de otras cuestiones: se posponen decisiones, se anulan áreas de la vida a la espera de que finalicemos lo que tenemos entre manos. De una manera u otra, estamos viviendo en un estado de excepción. Y el regreso a la normalidad, si se hace bien, ha de ser progresivo, como una evaluación de daños.
Sé que con otros libros no fui tan cuidadosa: apenas había puesto fin a uno, estaba ya a medias con otra. No me permitía tiempo para recuperarme, ni para pensar. Con esta novela (tan larga, tan dura, tan dificultosa) he querido cambiar eso. He tomado conciencia de que, psicológicamente, acabo con un periodo extenuante. Como primera medida, acudí a mi fisioterapeuta. Me confirmó que la espalda, tras las horas sentada, y las malas posturas, había padecido mucho. Ha sido el recordatorio de que debo retomar el ejercicio, y sobre todo, la rutina que mi escoliosis necesita para no dar problemas.
Fuera han quedado los pequeños caprichos de consuelo que me permitía mientras acababa la novela: frutos secos, algo de chocolate. Ya no hacen falta. Y los pensamientos que ya no hacen falta, fuera también. ¿Has mirado? ¿Has comprobado? ¿Has corregido? Regresan como un eco, de vez en cuando, y son inútiles: me advierten de defectos o me ponen en una tensión innecesaria.
Llega el momento de pisar el suelo de nuevo, con los dos pies, plana y consciente, para pasear, por ejemplo, ese lujo impedido por el trabajo. De visitar librerías y ver las novedades y comprobar si es el momento de comprar alguna edición bonita de algún clásico. De tomarse un y un pedazo de tarta en alguna parte, sin la urgencia de que hay poco tiempo y hay que…
No suelo usar zapato plano, en parte por coquetería (no soy una mujer alta) y en parte porque me resultan incómodos (tengo el pie muy cavo, y muy pequeño, y me conviene algo de tacón: algo no suele ser lo que llevo, las cosas como son). Sin embargo, hacía tiempo que quería probar hacerme con algún par de las Mislita shoes, unas slippers fabricadas en España en su totalidad, con métodos artesanales, que prometían varias cosas.
La primera de ellas, la comodidad: lo son, son comodísimas, adaptables y funcionales. La segunda, su originalidad: sus estampados y coloridos se dirigen a valientes. Las que muestro en este look son las Shirin Green, consideradas por su diseñadora las más atrevidas. Que no se diga que una se achanta. La tercera, su uso de referentes femeninos: cada par recibe el nombre de una mujer relevante: Shirin Ebadi es premio Nobel de la Paz 2003. Ha sido la primera mujer musulmana en conseguirlo, en atención a sus desvelos por los derechos de niños y mujeres, un tema que me resulta particularmente cercano. La cuarta, el cuidado artesanal por el detalle, que se adivina en todo: desde la caja al papel de seda que las envuelve, hay un mimo y un cariño excepcional. Hay una quinta, que es la donación de parte del importe de cada par a la Fundación Aladina.
Creo que resulta importante apostar por productos así: por los valores que representan, y por el esfuerzo que se adivina detrás, por el proyecto creado por unas mentes que han querido salir de lo previsible, y proponen una opción distinta que, en mi caso, encaja perfectamente con los valores que defiendo. Es importante que el consumidor, dentro de lo que elige, premie determinadas osadías. Salirse de los moldes supone un esfuerzo duro, pero que merece la pena si el resultado es único.
Yo sé cuándo entro en La Central de Madrid, que se encuentra muy cerca de Callao, pero no cuando salgo. Como un baño relajante, como un tratamiento en un balneario, no quiero que llegue el momento e salir. Llega, tras el esfuerzo, la necesidad de estructurar de nuevo mi vida, y de plantearme prioridades: tras esta novela, y no son palabras vacías, se acercan retos nuevos. Una reforma a fondo de mi web, una atención más uniforme a las redes sociales y a cómo me permiten conectar con los lectores, nuevos textos, desde luego, nuevos viajes y colaboraciones inéditas. Y un propósito que me costará cumplir, pero cuya importancia conozco: no abrir frentes nuevos hasta que no haya cerrado los que aún están activos. Es decir: mantenerme un poco alejada de los tacones y las nubes en la cabeza, y seguir con los pies en el suelo.

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Acompañé mis Mislitas con un vestido negro, de corte clásico, pero con unos remaches de metal, de Mango. El esmalte de uñas es de OPI. En esta ocasión, el maquillaje y la peluquería corrieron a cargo de Myriam de Prada, que es una estilista maravillosa, y los mil libros, libros, libros, se encuentran en la Librería La Central. Si estáis en mitad de un proceso similar al mío, no olvidéis que acabareis, y que, al mismo tiempo que para el resultado, debéis prepararos para los que se avecina después. Suerte.

Vestido para un invierno que no será invierno.

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Si 1816 fue el año sin verano, aquel en el que Percy B. Shelley, Mary Shelley, Byron y Polidori escribieron sobre monstruos y horrores inspirados en sus entrañas, el cambio de año 2015-2016 amenaza con ser el año sin invierno. El cambio climático (después de la Cumbre de París ya puede hablarse de él sin temor a ser considerados unos pirados, extremistas o devotos de Naomi Kleim) se ha instalado en nuestros huertos y en las ciudades, consiguiendo que frutales y personas enloquezcan y no sepamos si quitarnos las medias o ponernos las flores.

A la espera de que talentos literarios aprovechen de manera interesante las locuras del clima, los problemas inmediatos son otros: cómo combinar nuestra necesidad, casi exigencia de bienestar, con el calentamiento del planeta. Qué nos jugamos a medio plazo por un poco de confort de Primer Mundo. Qué decisiones tomar a nivel personal, y cuáles demandar a los políticos y dirigentes. El futuro inmediato será ecologista o no será, y no bastará el separar las basuras o el pagar unos céntimos por las bolsas de plástico para detener la catástrofe que se nos avecina. Tendremos que familiarizarnos con una actitud distinta no únicamente hacia el medio ambiente, sino hacia las bases de una sociedad basada en decisiones impulsivas y de satisfacción inmediata. Es decir, como hicieron unos jovencitos rebeldes y marginados hace dos siglos, hemos de mirar a los ojos, de nuevo, al monstruo interior que tememos tanto.

En cualquier otro año este vestido de gasa de Zara sería adecuado para una primavera amable o un otoño gentil, pero lo cierto es que he podido llevarlo en pleno mes de Diciembre sin más que una chaqueta de Adolfo Domínguez sobre los hombros. Con su escote posterior, es más versátil de lo que podría imaginarse; de hecho, yo muestro dos opciones , y a quienes asustan los estampados (que, por mi trayectoria y mi Instagram ya puede verse que no es mi caso) animo a que lo combinen con accesorios neutros, porque resultará mucho menos llamativo de lo que a primera vista parecería, porque el propio patrón del vestido y el tejido disimulan la potencia del print.

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En la primera opción, los zapatos verdes de Unisa y el bolso vintage conviven con los pendientes de HM y un anillo de plata con una perla de río irregular y enorme.

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Para la segunda opción aproveché la fiebre pasajera de los 70 que nos inunda y el sol de justicia que nos inunda también para combinarlo con dos prendas estrella de la temporada: la pamela de fieltro que sabe Dios que hace falta si pasamos tiempo al aire libre, junto con la protección solar, y los flecos, en este caso en un bolso de SuiteBlanco que me enloquece y que me consta que tiene muchas adeptas. Dispuesta  darlo todo, me puse unos pendientes de plumas; pero contrarresté con unos discretos zapatos beige de Unisa, porque de vez en cuando caigo en que más no siempre es más.

El esmalte de uñas es de Essie, y el resto del maquillaje, de Lancôme. Las fotos fueron tomadas en el Parque de Eva Perón, en Madrid. Por cierto, las flores del estampado son peonías. ¿Acabaremos sustituyendo la Euphorbia pulcherrima, o  poinsetia navideña, por las primaverales peonías?

Estampados e historia

OLYMPUS DIGITAL CAMERAConozco algunas mujeres que no guardan una sola prenda estampada en su armario y que, por lo tanto, se horrorizarían al ver el mío: quizás se horrorizaran de todas maneras. Me fascinan las telas estampadas, y la estampación en telas, que son dos cosas distintas, y se debe, como casi todo en mi vida, a mi pernicioso gusto por la lectura. No se puede leer “El traje nuevo del emperador”, “Viento del Este, viento del Oeste”, “Madame Bovary”, “Fortunata y Jacinta” o la Biblia, o “La española inglesa”, de Cervantes, y luego pretender que a la niña no se le llene la cabeza de tejidos, ropajes y estampados. El frufrú de la seda, la frescura del lino, la tornasolada belleza del brocado las adiviné antes de saber realmente qué era. Recuerdo cómo le pregunté a mi madre, mientras leía “Las aventuras de Huckleberry Finn” lo que era el calicó y cómo me desilusioné cuando me señaló la tela del sofá.
Los estampados eran legendarios, carísimos, extraordinarios, porque en un inicio los creaba la trama y los distintos hilos, y la técnica requerida para ello  requería dinero y habilidad. Las telas pobres se teñían, sin más. Y con tintes vegetales, baratos. Los estampados procedían de Oriente, más concretamente, de la India, y se importaron en masa a Europa a partir del s. XVII. Con planchas de madera, primero y luego con rodillos de metal, se imprimía sobre percal de algodón: hicieron furor, no solo para vestirse, sino también para decorar la casa. Hasta el punto que se puede aseverar que la moda, tal y como la conocemos, comienza con los estampados. Como era un material barato, se podía cambiar fácilmente, cuando se aburrían del diseño; y los fabricantes se dieron prisa en producir modelos nuevos que aceleraran ese aburrimiento y el deseo de adquirir otros.

He tomado como base para dos cambios un vestido muy sencillo de Zara con un estampado floral sobre fondo negro. En su momento, hubiera sido un modelo caro, porque resultaba más sencillo emplear un fondo blanco, y con menos tintas que las de estas flores verdes, rojas, marrones, beige, azules…

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEn el primer cambio me muevo sobre seguro: los zapatos son de Salvador Bachiller, la pamela de fieltro beige de Klase, y el toque extravagante lo brinda el bolso de los años 40, de piel, que se lleva en la mano con una trabilla oculta, que ofrece la ilusión óptica de que se suspende en el aire. Si la pamela os molesta, podemos prescindir de ella, aunque es una pena no aprovechar esta moda pasajera de sombreros y tocados para colocarse lo que sea en la cabeza: no sabemos lo que durará.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAEl segundo cambio comparte el vestido, y el collar verde de malaquita del primero, pero los zapatos son unos peep toes de charol de Paco Gil, más altos y sexys, y ya lanzada al más es más, le he añadido un bolso de estampado de leopardo de G&S, un brazalete con el mismo motivo, y dos pendientes de pasta de HM. Mi excusa es que tanto el bolso, como los pendientes comparten tono exacto con las flores del vestido. En los dos casos la manicura es de OPI.

Y otro día os contaré mi teoría acerca de los lisos de fondo de armario, y los estampados de armario superficial…