Desiderata

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Cuando comencé a escribir, las ensoñaciones que me llevaban a a ello eran tan vívidas que muchas veces poseían mayor peso que las experiencias reales. La diferencia entre lo que imaginaba y lo que vivía me resultaba clara: pero eso no significaba que la fantasía, lo leído o lo imaginado no tuviera entidad. Según pasaban los años, el peso del mundo imaginario que creaba dejó de encontrarse únicamente en las historias que contaba, o en las fantasías silenciosas en las que me evadía, y pasaron a ser narraciones escritas.

Eso ordenó y sistematizó mi manera de pensar y la forma en la que la imaginación me influía: existía, como en el Eclesiastés, un tiempo para soñar, y un tiempo para vivir. Y, muchos años más tarde, cuando escribir y contar historias se han convertido precisamente en mi profesión, continúo perdiéndome en esos terrenos movedizos entre lo que se imagina y el resultado final de lo soñado.

Durante los últimos años de mi adolescencia comencé a escribir Donde siempre es Octubre, una novela que después publicó Seix Barral, en la que los personajes de una ciudad llamada Oilea, un lugar fuera del tiempo, se entrecruzaban y narraban sus vidas. Mi personaje predilecto, con mucha diferencia, y por muchos años, se llamaba Loredana Esse.

Loredana vivía sola, en una casa llamada Pheasant Hill. En una ciudad dedicada al cotilleo, ajena a su propia decadencia, se mantenía aislada. Era rica, estaba soltera, y no necesitaba ni quería a nadie. También se encontraba profundamente enferma. Vestida de negro, y con las cortinas echadas dentro de su propia casa para que nadie pudiera verla, suponía un desafío para el resto de Oilea.

Con su radical demostración de independencia y su anhelo de soledad, Loredana fue un fantasma que me hechizó durante mucho tiempo. La veía frente a determinados edificios de Bilbao. Aparecía a veces entre las columnatas de la Comercial de Deusto, como un recordatorio de que yo había prometido sacarla de allí. De mi cabeza y de mi fantasía.

Desde luego, en Loredana, como en todos esos personajes iniciales, había mucho de mí: la promesa de salir de allí me incluía. Allí no era tanto mi entorno como mis propias limitaciones. Como todos los veinteañeros, me creía absolutamente especial, sufría como me tocaba por edad, y albergaba una vaga idea de que el mundo estaba esperando para que yo le enseñara cómo continuar rodando. Creía mucho en mi talento, y solo el tiempo me ha enseñado que no ha sido esa dudosa cualidad, sino la constancia, el trabajo, el estudio y la flexibilidad lo que me han permitido sobrevivir.

Una de las razones de comenzar con las redes sociales (y muy en especial con Instagram) tuvo que ver con mostrar parte de ese mundo interior que se adivina en las obras de ficción, pero que nunca se muestra del todo. El universo personal de las aficiones, la estética privada; la posibilidad de mostrar otra mirada. La imagen y las facilidades que ahora tenemos para manejarla me permiten un camino a la inversa: puedo mostrar también de forma gráfica algo parecido a la primera visión que tengo cuando escribo. Es aún embrionario, pero cuando se logra, la satisfacción resulta inmensa.

Quizás por eso me gusten tanto estas fotos que sacamos en Bath: porque reflejan, de una manera muy fiel, lo que revoloteaba por mi cabeza hace veinticinco años. Dicen que cuando encuentran la paz los fantasmas dejan de dar guerra. Ya veremos.

He cumplido la promesa que en su momento le hice a Loredana. Y, aunque aún quedan ciertos flecos, nada que cuarenta o cincuenta años de vida más no pueda solventar, creo que estoy cumpliendo la que me hice a mí también.

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Las imágenes fueron tomadas por la Pen Camera de Nika Jiménez en Bath, en Octubre, por supuesto, frente al Museo Holburne. El precioso vestido de punto de seda negro con encaje es de Mango y puede comprarse aquí. Llevo pendientes de diamante propios, y una amapola de esmalte que compré en las Assembly Rooms de Bath el día anterior.

Donde siempre es Octubre puede comprarse aquí.

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Recomendaciones espidianas de julio

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Este mes ha sido un periodo de cursos, de relecturas y de conversaciones sobre clásicos; y de alguna novela nueva. Rusia está custodiando algunos de ellos, y otros que aguardan su oportunidad en agosto… pero los de julio han sido estos. 26.1

Las vírgenes suicidas es una de las lecturas obligatorias de los cursos de creación literaria que imparto. Mucho antes de que S. Coppola la adaptara al cine, en mi primer año de Filología Inglesa, leí de un tirón en una tarde y una noche esta novela sobre una adolescencia truncada y cinco hermanas católicas, sobre la fascinación que su vida y su muerte ejerce sobre su entorno, y, ante todo, sobre lo efímero de la felicidad y de la belleza. Publicada en España por Anagrama, sigue siendo un precioso texto que nos acerca al misterio de la mente ajena.

4.2

Sara Morante ilustra este cruel cuento clásico, que habla también, curiosamente, de una muchacha que no encuentra ni fin ni satisfacción a su deseo. Una vez más, es castigada por un pecado que jamás se le perdonará a las mujeres: la coquetería. El relato de Andersen se revela aquí con sus sombras más siniestras… y más interesantes. Es responsable de ello Impedimenta.

17.2

Entre los regalos de mi cumpleaños (faltan algunos, pero el agradecimiento los alcanza a todos), se encontraba una novela de Salamandra, La tristeza de los ángeles, de Jon Kalman Stefansson, Un autor islandés que escribe sobre el eterno invierno moral y real de su isla, y de cómo algunos de sus habitantes lo combaten con lecturas de Shakespeare parecía una apuesta segura en mi caso, y lo ha sido. Sin embargo, el argumento carece de importancia, en este caso. Su mérito radica en la atmósfera, y en el modo envolvente en el que el escritor nos lleva a donde quería desde un principio.

6.2

No todo va a reducirse a leer: antes o después, casi todos los apasionados lectores desean escribir algo, aunque solo sea el listado de sus lecturas. Por ejemplo, en este bonito cuaderno de La tortuguita blanca.

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Lady Macbeth se reclina indolentemente sobre la última entrega de una de mis sagas favoritas: la que Lindsey Davis dedica a Marco Didio Falco, o, en el caso de Mater Familias, su nueva novela, a la hija del mismo. Novela histórica, sí, policiaca, incluso, pero tan divertida, tan bien documentada y tan dinámica que interesará a cualquier lector al que le interesen los retos.

31.2

Siempre resulta agradable verse y saberse leída en otros idiomas: y en este caso, el libro que aparece en la imagen es la compilación de la obra de escritores eslovenos y españoles, traducidos tras el congreso en el que intervine, hace ya algún tiempo, en Liubliana. No se encuentra a la venta en España, pero sí al acceso de estudiosos e investigadores en Eslovenia.

23.2

Si Herman Koch, otro autor del norte, en este caso holandés, piensa como escribe, tiene un problema. En Estimado señor M. no hay lugar para la esperanza. La vida de todos sus protagonistas (un escritor, un profesor, dos alumnos) se han truncado por motivos intrascendentes, banales: algunas de ellas, sin remedio posible. Con una mirada descarnada y sin piedad ninguna, el autor revisa las mentiras cotidianas y las desmonta. Una por una. La ha publicado Salamandra.

7.3

Siempre hay que leer a Fernando Iwasaki. Búsquense las excusas que mejor les parezca… Este relato Fernanda se fue con él, es, como tantas otras cosas, un regalo que este autor peruano ofrece. Nadie trabaja como él el humor sin mala intención, y el punzón de la sinceridad escondido en la sonrisa.

Y, por último, un libro que yo veo claramente destinado a un público juvenil, pero que se está vendiendo como un nuevo gran éxito de J. Boyne: El niño en la cima de la montaña. Su lectura resulta sencilla, los protagonistas son adolescentes, y la historia de la manipulación nazi, la de siempre, y la que, a lo que parece, debe ser aun repetida para que aprendamos y crezcamos.

18.2

Evolución natural del escritor (en 26 sencillos pasos)

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-Yo también escribo un poco, en mis ratos libres, por hobbie.
-Admiro muchísimo a los escritores. Creo que son personas imprescindibles, y les debemos todo.
-Me da vergüenza enseñar mis textos. Al fin y al cabo, uno escribe para uno mismo.
-Sí, soy escritor. No, no he publicado nada. Aún.
-No creo que publique nunca. Yo escribo para mí, y no quiero que la opinión de los demás influya en mi Literatura.
-No tengo la menor prisa por publicar. Al fin y al cabo, ¿Cuántos escritores ha habido que no publicaron una línea en vida y han sido reconocidos después de muertos?
-No puedo entender a esos autores que se venden con tal de que les publiquen. En el momento en el que alguien te dice sobre lo que tienes que escribir has perdido tu alma, tu esencia.
– Querido Fulanito: soy un autor novel que no ha tenido la misma suerte que tú, pero que aspira a dedicarse a la Literatura algún día. ¿Podrías darme alguna indicación sobre cómo publicar, o a quién enviar mis obras? Estoy desesperado.
-Las editoriales pequeñas son el refugio del escritor de calidad. Sin ellas, estaríamos dominados por los best-sellers, y personas como yo, que ofrecemos otras propuestas, no tendríamos cabida.
-Pues menuda birria de liquidaciones. Este me está timando. No puede ser que haya vendido tan poco.
– La autoedición en internet es hoy en día la respuesta a la avaricia de las editoriales y al vergonzoso porcentaje que se llevan los distribuidores. Además, es el futuro en un mundo sin fronteras físicas.
-Está claro que en esto o pagas por posicionarte, o no te comes un colín.
-En realidad, esta colección/editor/ nueva línea editorial es una apuesta por la literatura de calidad; por eso han pensado en mí.
-Al fin y al cabo, lo importante es llegar al lector, ¿no? Para eso escribimos todos.
-Ahora cualquiera que haya escrito cualquier porquería dice que es escritor.
-Bah, si los que mandan son los distribuidores y los de marketing. Da igual que escribas bien o que escribas bazofia, lo importante es que seas conocido.
-Pues no sé a qué se dedican estos si no te dan una idea sobre qué escribir. Se supone que son una editorial grande ¿no?, que son los que conocen el mercado.
-Nunca he aspirado a los premios grandes. Están todos dados, es una merienda de negros.
-En realidad, mi premio ha sido una excepción en la historia del galardón. Creo que demuestra un giro más literario en la tendencia dominante.
– Te juro que si le dan ese premio a Fulanito me pego un tiro. No conozco a nadie más prepotente, soberbio y autocomplaciente que él.
-Querido Zutanito. Mucha suerte con tu carrera de escritor. En estos momentos, resulta realmente difícil publicar, con lo que te remiendo que te dirijas a una editorial pequeña, que quizás pueda apostar por un libro de cuentos como el tuyo.
-Nunca he aspirado a los premios institucionales. Creo que hay escritores mucho más relevantes que yo que no lo han recibido, y no sería justo.
-Nunca he aspirado a los premios institucionales. Al fin y al cabo, son todo politiqueo, ya se sabe, y si no eres de los de su cuerda…
-Te juro que si le dan ese premio a Fulanito, me pego un tiro. No, se lo pego a él.
-Pero ¿a qué están esperando para darme ese premio? ¿A que me muera?
-Con la satisfacción de haber recibido este premio, que acepto con sorpresa y agradecimiento, quería brindar este consejo a los jóvenes escritores: no tengáis prisa, no queráis publicar demasiado pronto. Los lectores, los auténticos lectores, esperarán por vosotros. Y al fin y al cabo, uno debe escribir para uno mismo.

Cursos de verano 2016

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Como todos los años, comienza la temporada de Cursos de Verano en distintas universidades: en algunos participo como profesora, en otros seré también la directora. ¿Os animáis a inscribiros en alguno? Tendrán lugar en ciudades muy distintas, y la temática también variará.

A principios de junio, el día 10, participaré en el curso Literatura y Moda en la Universidad Internacional Menéndez Pidal (UIMP) en Valencia. Tenéis la información sobre él aquí.

Un poco más tarde, del 24 al 26 de junio, (lo que significa que pasaremos allí la noche de San Juan) tendrá lugar una experiencia extraordinaria, Diodati se mueve en Iruelas, Ávila. Durante ese fin de semana intentaremos recrear lo que ocurrió en el verano de 1816, en Villa Diodati, en que autores como Shelley, su mujer Mary, Byron y Polidori se juntaron para leer, contar historias y disfrutar del año sin verano. Toda la información se encuentra aquí. Yo me encargaré de organizar un picnic (una excusa para charlar de literatura, de la vida, la muerte, y el talento) y de un encuentro junto al lago.

El 28 de junio intervendré en el Curso Violencia filio parental y violencia de género: la necesaria salud emocional, en El Escorial. Podéis ver de qué se trata y matricularos aquí.

El siguiente curso versará sobre el arte de hablar en público y tendrá lugar en la Universidad Complutense, en su sede de Moncloa: yo imparto clases del 4 al 11 de julio, aunque el curso se prolonga hasta el 22.

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La información al respecto se encuentra aquí.

Cambiamos por completo de tercio y de zona para irnos a la UNIA en su sede de La Rábida, en Huelva, del 20 al 22 de julio. El curso que dirijo está encaminado a detectar y librarnos de las personas tóxicas, en particular de las que encontramos en nuestro entorno de trabajo, y cuento con el extraordinario apoyo de profesores  de áreas muy diversas (psicología, psiquiatría, mundo del espectáculo y de la moda, relaciones con las redes sociales, literatura…)

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La información y la matrícula se encuentran aquí.

Por último, aunque habré estado ya en Teruel en la UVT los días 18 y 19 de julio como profesora en el curso Psicopatología de la Adolescencia: cambios y crisis,  que podéis ver aquí, regreso como directora en un curso de perfil literario.

Del 25 al 28 de julio abordaré las posibilidades prácticas que ahora mismo ofrece el saber escribir de la manera adecuada: uno de los temas que me apasionan, y que preocupa en la actualidad a la gran parte de lo escritores y aspirantes a serlo. ¿Cómo reorientarse, cómo sobrevivir si se desea que escribir sea algo más que un hobbie?

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Y aquí tenéis la información y matrícula.

De momento, esto será todo. ¿Veis algo que os interese? Seréis bienvenidos…

Sígueme

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En los últimos tiempos la pregunta ¿Quiénes crees que son tus seguidores? ha sustituido a la de ¿Quién crees que es tu lector? En estos momentos cualquier persona puede obtener un número de seguidores impensable para un escritor, y conocer sus característica como nunca en un pasado predigital.

Sin embargo, para mí el misterio de quién me lee o quién me sigue continúa; me interesa más saber qué mueve a alguien a darme su favor que el perfil de esa persona, que, por otra parte, en mi caso, continúa siendo muy variopinto. Hombres y mujeres, de una franja de edad inusualmente amplia, con aficiones y procedencia geográfica muy diversa. Alguien que se identifica con la diversidad de temáticas y de intereses, mi itinerancia (nacida en el País Vasco, de familia gallega, residente en Madrid, viajera impenitente…) y un discurso que intenta ser incluyente y  movido por la curiosidad.

¿Funcionan los hashtags? En ese caso, en los míos pesarían la literatura y la formación, siempre los libros y el arte, la cultura, la naturaleza y los animales, la moda y su relación con la sociedad, la cosmética, la belleza, (física y abstracta), los viajes, la gastronomía y…

Es decir, nada demasiado original, pero tampoco con un enfoque mayoritario. ¿Por qué, entonces, tengo la satisfacción de ver que mis seguidores suben de día en día, dónde está el truco? Eres escritora, me dices, no sois atractivos para las redes. ¿Por qué a ti te va bien?

Creo que se debe a que durante toda mi vida he contado historias, y que los nuevos medios necesitan crear contenidos. A diferencia de en los textos literarios, o en las columnas de opinión, puedo jugar con el humor, puedo mostrarme gamberra o hablar sin prejuicios de temas considerados frívolos. Hago que mis gatas participen, recomiendo un rimmel o muestro una prenda, me río de mí misma o muestro la parte teatral y solemne que siempre he necesitado. Creo que transmito que en mi vida hay coherencia en mis aficiones, que se entrelazan y forman parte de mi creación y de mi obra. E intento todo eso con el máximo respeto por quienes me siguen, tanto nuevos como veteranos.

No soy tan superficial como para fingir que los seguidores no tienen importancia: en un momento como éste, en que el caprichoso mundo de las comunicaciones y las editoriales se muestran más volátiles que nunca, el crear un vínculo directo con quienes te siguen resulta de vital importancia. Ellos son la diferencia entre el abismo y continuar atrayendo el interés de editores, medios de comunicación y marcas. Yo vivo, como siempre he hecho, de mi trabajo. Y sin personas que deseen escucharlo, leerlo o verlo, carezco de sentido.

Por eso mimo y cuido todo lo que puedo a quienes se acercan a mis redes, en particular, a Instagram. Devuelvo likes y comentarios, cuando puedo. Procuro responder a las preguntas que se me hacen. Soy muy clara respecto a la atención negativa, que no premio nunca, y mucho menos los insultos o provocaciones. Intento sorprender con mis textos y darles pie a ellos en cada foto para que se expresen. Intento aprender cada día un poco más de fotografía, para que mis imágenes aporten algo; sigo y admiro a los mejores en bodegones, estilismo, creatividad, moda o paisajes. Yo misma hago y compongo mis bodegones, y decido y planeo la mayoría las fotos en las que aparezco. Cuido con esmero mi atuendo y mi apariencia, porque a través de ellas construyo una identidad con la que continúo luchando; si gusto, es mi mérito. Si no, mi entera responsabilidad.

Creo que resulta vital el que muestro con honestidad las luces y las sombras de mi vida, y dejo claro lo que no se ve de los triunfos, y lo necesario que es salir de los baches. Siempre muestro mi mirada.  No hablo de lo que no sé, ni recomiendo lugares, libros o productos que no he probado. Agradezco de corazón los elogios, pero no soy sensible a la adulación. Tengo mi punto de locura y de extravagancia, y lo disfruto. Intento ser feliz. Siempre me gustó la fotografía, y desde que mi hermana me empleaba como modelo para su primera cámara, cuando yo tenía 5 añitos, me he divertido ante un objetivo. No pretendo ser lo que no soy; pero lo que soy, está ahí, y no creo que deba pedir disculpas por ello.

Esas son las claves que sigo, y las satisfacciones que obtengo son tan enormes que deseaba compartirlas, por si a alguien más pueden resultarles útiles: no hay atajos. Pero mi camino ha sido este.

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Para hablar de seguidores rescaté unas fotografías de mi estancia en Clermont-Ferrand; en ellas llevo jeans negros de Blanco (la ironía es evidente) y una chaqueta bordada con abalorios de Stella McCartney para HM.  El jersey de cuello alto (o cisne, por continuar en plan irónico) es de la misma marca. Llevo zapatos abotinados de charol de Paco Gil y un bolso de mano de Gucci. Uñas oscuras de OPI y maquillaje de L’Oréal Durante esa sesión, que comenzó con mis inocentes paseos por el parque ante la cámara me vi involucrada, sin comerlo ni beberlo, con una pareja de cisnes que decidieron salir del agua y comenzar a seguirme. Yo esperaba, ellos esperaban. Yo avanzaban, ellos también. Cisnes, obviamente, con buen gusto, que reconocieron en mí toda una serie de virtudes… ¿O serían haters que decidieron boicotearme las fotos? Ya nunca lo sabremos, pero eran tan monos…

La historia no está escrita: dentro de “Juego de Tronos”

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Recuerdo mi primera conferencia pagada como si me la hubieran encargado ayer: devorada por la responsabilidad, totalmente convencida de la importancia de lo que iba a decir, como si algo de lo que hiciera o dijera pudiera cambiar el mundo, decidí que hablaría de la importancia de la ficción como una herramienta para sanar al individuo y a la sociedad. La titulé “Defensa de la fantasía” y me sentí una rebelde sin causa en un país dominado por el gusto costumbrista y la telebasura, y donde la imaginación se consideraba un estorbo. Tenía 23 años y un montón de tortazos contra la pared de la vida esperando por mí y mi inocencia.

Desde luego, eso era antes de que George R. R. Martin fuera un fenómeno masivo, y de que, primero las novelas de Canción de Hielo y Fuego, y luego la serie Juego de Tronos  viniera a trastocar todo lo que conocíamos en ficción televisiva y fenómeno fan. Antes de que quienes habíamos soñado con mundos imposibles, historias entrecruzadas que proceden de nuestro imaginario colectivo y de las sagas familiares más relevantes, y, por qué no, matar a un par de enemigos de la manera mas sangrienta posible, nos sintiéramos por fin arropados y comprendidos.

Como muchos seguidores de la serie, he estado aguardando por la nueva temporada con una disimulada impaciencia. En la madrugada del 24 al 25 de abril, sabremos si lo que hemos fantaseado, los “y sis” que genera cualquier buena historia, se ven confirmados o no. El secreto, el no querer saber nada, forma parte de ese encanto: una necesidad de vivir el momento con esa mezcla de placer y de ansiedad que tan bien sienta, y que tanta adicción provoca.

Por eso, cuando Canal Plus Series me pidió que participara en La historia no está escrita, y ofreciera mi análisis de Juego de Tronos reviví aquella noche en la que redacté mi primera conferencia, y esgrimí lo que sigo defendiendo: que existen muchas vidas, que pueden ser vividas en abstracto, que no es necesario experimentar para sentir: que en las peripecias de Jon Snow, de los Lannister o de la Khaleesi nos encontramos nosotros, esa extraña bilocación de lo que somos y lo que deseamos. Que unimos nuestro destino al de personajes imaginarios que la perversa cabeza de un escritor ha concebido, y que nos mantiene en vilo, que nos hace llorar, o enamorarnos, o callar, respetuosos (como ha ocurrido después de alguna matanza memorable, o de una pérdida inesperada) por respeto a una tragedia que continuará resonando en nuestra cabeza durante mucho tiempo.

De eso (además de contestar a las preguntas que me hicieron) hablé en el documental que podéis ver en distintos pases durante los meses de abril y mayo (los horarios se encuentran en la web de Canal Plus Series) ; y, sobre todo, de la pasión que me inspira una ficción tan exquisitamente rodada, en la que cada detalle está cuidado con un mimo que ha abierto un camino nuevo en muchos sentidos, y que, además, ha contado con escenarios españoles: Sevilla, Osuna, Navarra, Girona, Peñíscola, Almería y Guadalajara.

Y, a quienes no se han acercado aún a esa serie, o a las novelas, solo puedo decirles que nadie puede meter a empujones a otra persona en un mundo en el que no lo desea. Pero que yo no deseo salir de él.

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Dos ocasiones he tenido para sentarme en el Trono de Hierro: la primera fue en el Congreso de Literatura Fantástica Celsius, al que estaba invitado el propio R.R. Martin. Pero en ese julio tórrido decidí no hacerlo. La segunda fue tras la grabación del documental: y entonces pensé ¿por qué no probar? ¿Qué se siente cuando se posee tan poder, tal fuerza como la que otorga el trono? Todo parecía encajar: mi vestido vintage blanco, el cinturón de plumas, los botines de ante. Rozaba con los dedos el Poder de los Primeros Hombres.

Oh, si estuviera en mi mano, si estuviera en mi poder, qué gran emperatriz de los Siete Reinos sería…

 

En el jardín secreto

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Fui al colegio en un palacio, jugaba en el laberinto de setos de un jardín botánico, y las clases de gimnasia tenían lugar en el salón de baile, el Salón de los Espejos. No es el inicio de una novela, ni una fantasía adolescente: hasta que se construyó el nuevo colegio “La Milagrosa”, las niñas que estudiábamos con las Hijas de la Caridad disfrutamos de las instalaciones del Palacio del Marqués de Urquijo, en Llodio. Esos dos primeros años escolares incluyeron cenadores, capillas privadas, un río que cruzaba frente al colegio, y un estanque de nenúfares. Ahora, transformado en el Parque de Lamuza, el antiguo palacio sufre un lamentable abandono, denunciado de vez en cuando por algunas voces.

Creo que por eso siempre me he sentido cómoda en los palacios; algo de ese paraíso de la infancia quedó en mí. O eso, o que me encuentro mucho peor de los delirios de grandeza de lo que estoy dispuesta a admitir.

El último palacio madrileño que he descubierto es, por suerte, un precioso museo abierto al público, que ofrece las espléndidas colecciones de su antiguo dueño: el Lázaro Galdiano.  Me habían hablado maravillas de él incluso en otros museos, y lo cierto es que no exageraban. Cualquier objeto bello, cualquier obra de arte, era candidata a ser coleccionada por el incansable fundador. Lo típico de lo que cualquiera nos encapricharíamos: un Goya, un Bosco, un aderezo de diamantes, piezas de brocado del siglo VII… Sus talleres, y conferencias, y exposiciones temporales desmienten que en Madrid la cultura no tenga espacios donde, sin demasiado ruido pero con exquisito gusto, puede cultivarse.

La exposición que me llevó en esta ocasión al caserón de la calle Serrano 122 fue la del Libro Ilustrado que, de manera gratuita, se muestra hasta el 16 de junio. La riqueza de los ejemplares expuestos corta el aliento, y más si se tiene la suerte de una visita guiada. En mi caso tuve la suerte de que me atendiera Juan Antonio Yeves, su comisario y director de la Biblioteca, cuya pasión por los libros resulta contagiosa. Esas ilustraciones (desde las encontradas en los libros más antiguos a las técnicas más modernas) harán las delicias de cualquier impresor, o diseñador, o ilustrador gráfico. No siempre se tiene a cinco centímetros de distancia un Durero, o un Manucio.

Pero, además de esa belleza, me esperaba una sorpresa: en el jardín de museo han florecido los magnolios japoneses,  con sus flores rosadas en forma de cáliz. Esos árboles, ahora muy populares, resultaban extremadamente raros no hace tanto tiempo. Y, casualmente, junto con otros ejemplares exóticos, en el jardín del palacio de mi infancia existían dos. Sus pétalos, a diferencia de las magnolias convencionales, llovían por estas fechas. Años más tarde, en la Universidad de Deusto, un magnolio japonés florecía exactamente para los exámenes de febrero, y era centro de mitos y rituales: se decía que una hoja de ese árbol entre los apuntes provocaba que las preguntas que cayeran en el examen eran precisamente esas.

Me basta ver esas flores para sentirme feliz. Han aparecido mencionados en varios de mis libros, sobre todo, en los cuentos, porque me resulta complicado escribir y no hablar de mi pasiones, como es la botánica. Y así, me permitiréis que, en lugar de los libros-joya de las salas, que podréis ver por algunas semanas, os muestre esta breve y efímera belleza vegetal.

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Una visita a un palacio invita a vestirse como un princesa, y así me sentí con este vestido de gasa de Trucco que recuerda, con su estampado, a los que las damas de la época podrían haber lucido en este mismo jardín (el palacio se finalizó en 1909). He cedido a la moda de lucir dos pendientes de longitud diferente, pero, eso sí, los dos realizados con piezas de relojería, y un brazalete de pedrería. Los zapatos azules, con acabado de serpiente, son de Sacha London. Y, como siempre que llega el buen tiempo, he comenzado a trenzarme el pelo. Como hacía, cuando era niña, en los ratos muertos en el palacio. 

Lugares de paso

 

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Así como hay gente que odia los lugares de paso, que elimina los pasillos en las reformas y limita al mínimo las esperas en aeropuertos y estaciones, a mí me entusiasman esos espacios: los físicos, y los mentales. El lento tránsito de una habitación a otra, de una emoción a otra. Incluso en una ocasión pensé en titular uno de mis libros de cuentos así, Lugares de paso, pero otro escritor se me adelantó, y así quedó la cosa, a la espera.

Siempre he dicho que si hubiera dedicado el tiempo que he pasado a la espera en una estación de trenes a estudiar chino, hablaría chino. Pero lo he dedicado a cosas posiblemente menos útiles, pero muy placenteras. He leído infinidad de libros, he escrito partes de los míos, me he pintado las uñas, he fantaseado, he mantenido charlas inolvidables con amigas, he llorado, he hablado con desconocidos y me he sentido siempre en esa tierra de nadie: como un regalo inesperado. Una de las estaciones más bonitas en las que he esperado es la Estación del Norte de Valencia.    Una estación de los luminosos años del Modernismo, tan errático en España, que recubre las paredes de este espacio de todos y de nadie con mosaicos, volutas, tallas y vidrieras. Los mensajes de buenos augurios (Buen viaje, dicen las palabras de las taquillas en varios idiomas) se alternan con la exuberancia de las flores, y las frutas, y todo lo que, si nos detenemos, observamos allí. Porque esa estación, como todas las de esa época, incluía la espera como parte esencial del viaje. Y, cada vez que paro allí, que, para mi suerte, ha sido en muchas ocasiones, me detengo un momento, disfruto de esa estética un poco demasiado bonita, un poco sentimental, pensada para ser agradable a la vista y al alma y recuerdo que, salga el tren con retraso, lo pierda, ocurra lo que ocurra, hay un espacio para la espera. Un lugar de paso.

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Los viajes requieren ropa cómoda, y por eso elegí un jersey de cuello cisne de Adolfo Domínguez,  en uno de mis tonos preferidos, el burdeos. La falda larga, de encaje, en el mismo tono, fue una compra acertada en Zara.  Si por mí fuera, siempre vestiría con una falda larga. Presenta un largo difícil, que yo aligero con zapatos de tacón; me veo incapaz de llevarla con deportivas, como he visto en otros casos.

El collar y la pulsera de eslabones dorados son de la marca La Oneta. Y el tiempo para gastar es todo mío.

 

Yo (no) trabajo desde casa

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Una pregunta que se le formula a menudo a los escritores tiene que ver con cómo se concentran o trabajan en su casa, en su despacho. Cada cual responde lo que le parece, según el grado de personaje, sinceridad o misterio que deseen transmitir: mi realidad es que raras veces trabajo en casa, salvo en los momentos en lo que finalizo libro (y no siempre). Como en todo, en la vida literaria existen picos y valles, que coinciden con ferias, días del libro, cursos de verano o promociones.

Aunque las cosas han cambiado drásticamente tras la crisis, para mí fue imprescindible el aprender a concentrarme de manera rápida e intensa en casi cualquier circunstancia. En los buenos viejos tiempos en los que escribía columnas de opinión semanales los imprevistos eran constantes. Recuerdo dictar una, por el móvil, desde la Terminal 4 del Adolfo Suárez de Madrid, minutos antes de embarcar, porque por algún azar no había llegado. Y escribir otra contrarreloj en la garita del portero de un instituto; la responsable había borrado, por error, mi columna, y no llevaba el ordenador encima. El grueso de mi trabajo diario no consiste en escribir: es más bien el resultado. Las lecturas previas, la reflexión, la información, el estudio, los encuentros con estudiantes y lectores, el preparar clases y cursos, y conferencias y ponencias, y, en mi caso, mi vinculación con marcas y otros proyectos, se llevan gran parte del tiempo. Por suerte mi carácter se adapta mejor a periodos intensos y breves de trabajo.

Cuando hace unos años asomó la amenaza de crisis, a raíz de mi libro Mileuristas me pidieron que impartiera unas conferencias sobre el trabajo a distancia, la eficiencia o no que suponía, y si, al fin y al cabo, resultaba rentable para el empleador. Si los medios tecnológicos estaban a la altura, por facilidad y por acceso, y si psicológicamente existían beneficios. Mis conclusiones fueron al mismo tiempo positivas y bastante devastadoras: la mentalidad de trabajo de mi país no se adaptaba con la suficiente rapidez a los cambios a los que nos enfrentábamos. La idea de no supervisar constantemente al trabajador ponía muy nerviosos a algunos jefes, y en especial a mandos intermedios cuyo cargo se justificaba con añadir presión al empleado. Costaba creer que las jornadas de trabajo podrían tener una flexibilidad mayor, y, sobre todo, no alargarse innecesariamente. Se dinamitaba gran parte del peloteo, al eliminarse las ocasiones de los cafés, las partidas de golf y las copas o los cotilleos tras el trabajo. Aunque todos estábamos de acuerdo en que se favorecía la conciliación, y que mejoraba la atención a personas mayores, discapacitados o niños, se revelaba una inusitada resistencia, por parte de los varones, sobre todo, a asumir esa responsabilidad.

Fueron unas conclusiones sorprendentes, sí, pero que adelantaban lo que ocurrió: de manera general se mantuvo el marco convencional de trabajo, y fueron las nuevas empresitas, pymes o emprendedores los que, a la fuerza, comenzaron a producir, distribuir y darse a conocer de otras maneras, en las que las redes sociales y las nuevas tecnologías han resultado esenciales. Por lo tanto, cada vez más personas trabajan como lo hacemos la mayoría de los escritores que yo conozco, como sus propios jefes, por lo general, malos jefes, obsesionados por una productividad que no se alcanza, en realidad, nunca, con jornadas inacabables, noches sin dormir, aumentando hasta lo ridículo pequeños problemas y con dificultades para distinguir el tiempo libre del tiempo de trabajo. Qué suerte, ser tu propio jefe es una de esas preguntas que deberían servir de atenuantes en caso de agresión por sillazo en la cabeza. Sin embargo, las ventajas que enumeré antes, si se logra ser sensato, continúan intactas. Y se une otra, un pobre consuelo, en realidad. Los empleados por cuenta propia, los que trabajan en casa, o donde sea, a salto de mata, serán los pioneros de toda una generación que trabajará así.

De hecho, cada vez más empleados por cuenta ajena están descubriendo que deberán adaptarse a una flexibilidad mental, espacial y temporal mucho mayor que la que tenían.

Me gustaría hablar otro día de la productividad como imposición, y de los problemas psicológicos que conlleva, pero creo que ya me he extendido lo suficiente. Ánimo y sensatez, horarios y prioridades, son las cuatros claves para que la manera de trabajar sin horarios, ni supervisión, ni espacio fijo sea sana y provechosa. Y pasión: sin ella, nada, con ella todo merece la pena.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALa especie de juego de las sillas que muestran las fotografías es real: muchas veces comienzo en un lugar que me parecía agradable y finalizo en cualquier otro, por las corrientes de aire, la mala luz o el ruido. Las fotos fueron tomadas en la Residencia Universitaria de Clermont Ferrand, mientras anotaba algunas ideas para relatos, (que acabé por ser rechazar, todas menos una, que es bastante buena), me estiraba para que mi espalda no acabara hecha un ocho, descansaba un poco, escribía algunas claves para mi nueva web y de vez en cuando me acordaba de mirar a cámara.

El atuendo era muy informal, unos jeans negros de HM, y un top de Zara de gasa bordada que me encanta. Un poco largo para ser un crop top, pero corto para ser un top top como Dios manda. Descalza, que es como estoy casi siempre por casa, y muy contenta, como casi siempre que me siento con ideas y energía. ¿Sois vuestro propio jefe? ¿Os gustaría serlo? ¿No, por favor, gracias? Siempre me resulta interesante saber de los trabajos de los demás. Con el mío ya os vais familiarizando.

Los consejos de un Premio Nobel

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En 1999, después de ganar el Premio Planeta, la revista ¡Hola! me nombró uno de los personajes del año; el exhaustivo reportaje que nos dedicaron fue, sin duda, uno en los que más espantosa he aparecido. Aunque todo estuvo cuidadísimo (el estilismo, el Casino de Madrid, el catering…) la maquilladora, aún no sé por qué error, me transformó en una muñeca artificial. Era muy novata en el tema de prensa que no fuera estrictamente literaria, pero aprendí en ese momento la importancia de una fotografía mal tomada. Algo en lo que, por otra parte, toda la promoción del Planeta fue un master.
Pero, lecciones de imagen aparte, esa sesión inolvidable me permitió conocer a Camilo José Cela. Pese a su fama de devoraniños, fue cariñosísimo y atento conmigo: mucho más de lo que otros escritores de menor renombre y que despiertan más simpatían han sido. Para mi sorpresa, había leído mis novelas, me dio su opinión sobre ellas, y una serie de consejos. Algunos los guardo para mí. Uno de ellos fue que pensara a largo plazo. “Piensa en que escribirás toda tu vida, me dijo, como haré yo, si el Alzheimer me respeta, y que no hay prisa ninguna: en nuestra carrera gana quien perdura”.
Otro, que quiero compartir hoy con quienes me leéis, porque hace semanas que no lo aparto de mi mente, es el siguiente: “Haz que tu vida sea interesante. No para luego escribir sobre ella, quien solo tiene lo que vive para escribir aburre hasta a las ovejas. Sino porque eso te obligará a ser curiosa, a viajar, y cambiar constantemente; eso te mantendrá joven. Y aunque tus libros no tengan éxito, te llevarás esa vida contigo”. Aún me dijo algo más: “Haz lo que quieras, siempre, pero cuidado: eso no significa hacer lo que te de la gana, sino aquello que tu conciencia considere adecuado”.
He pensado a largo plazo desde entonces. He hecho siempre lo que he querido, aunque eso supusiera no ser comprendida, o no serlo en ese momento. Pero a veces se me ha olvidado que mi deber era convertir mi vida, día a día, en algo interesante. En este momento en el que todo parece enfocado hacia los demás, en que importa más que el maquillaje en la foto sea el adecuado que el trabajo por el que te han fotografiado, a veces se desdibuja lo importante. En los últimos meses lo he convertido de nuevo en uno de mis ejes de existencia. Algunas personas no saben por qué, pero me han notado un cambio. En realidad, son muchos, pero el primer paso ha sido aquel que me dejó, junto con su obra, el Premio Nobel: mi obligación moral de convertir mi vida en algo interesante cuando, sola con mi conciencia, la revise y la contemple.

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Pensé en contaros esto en el Hotel NH Aránzazu de San Sebastián. El vestido de seda de Mango, con un escote y un corte que no suelo llevar, recuerda con sus flores a un pensamiento dibujado en el aire. Las pulseras las encontré en un mercadillo, y los aros grandes vienen de HM. El bolso ya lo llevé en la recepción en el Palacio Real durante el último premio Cervantes. Este verano me he convertido en una adicta a la limonada con aroma a lo que sea, en este caso hierbabuena.

Y por lo tanto, ya que nos ha tocado la maldición china “Ojalá vivas en tiempo interesantes”, intentemos estar a su altura.