Ambiciono

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-¿Cómo deseas sentirte? -me preguntaron en Lush Spa.

-Quiero recuperar mi ambición -contesté. No me pidieron más explicaciones ni yo las di. Me encontraba en la cocina verde y acogedora del cottage del spa, ante un agua infusionada  con fresas, y una serie de palabras entre las que podía escoger: paz, serenidad, confianza, autoestima.

Me aguardaba más de una hora de tratamiento, el tratamiento insignia de Lush, llamado Synaesthesia. La sinestesia, un recurso poético que nos habla de aromas dulces, de colores duros, de luces ruidosas,  servía en este caso para una estimulación constante de los sentidos: la aromaterapia, una música compuesta para cada una de los tratamientos y un masaje interminable.

Ambición, pensaba, mientras cerraba los ojos, en la penumbra de la sala de masaje, con la música a un volumen un poco más elevado del habitual y mucho más descriptiva de lo acostumbrado. Ambición. Me aplicaron un calor seco en los pies, y un masaje en el cuero cabelludo, una de las sensaciones más agradables que conozco. Más piedras calientes, en los puntos que coinciden con los chakras. Y la música continuaba; evocaba un mediodía radiante en el cambio, para pasar por la noche, el amanecer y regresar de nuevo al mediodía al final del tratamiento.

Quería recuperar mi ambición, esa fuerza poderosa que se encuentra en el origen de los sueños, por dos razones: la primera, el que durante los dos últimos años mis prioridades se habían centrado en otros objetivos. La serenidad, la paz mental, la lucha contra el perfeccionismo o la búsqueda del ocio. La ambición, que tanto me había ayudado en mi vida y en mi carrera, había quedado aparcada hasta que tuviera fuerzas para recuperarla.

La segunda razón tenía que ver con la mala fama de una palabra que ha sido, durante siglo, patrimonio de los varones. La ambición convertía a las mujeres en unas Lady Macbeths manipuladoras, en causantes de la ruina familiar, en medusas capaces de congelar el corazón humano. En esa visión social de la mujer como parte de una estructura, sin función propia, la ambición, la vanidad o la pereza eran pecados imperdonables. Y sin embargo, qué necesaria es para las generaciones más jóvenes, como una forma de mirar al futuro con decisión y de planificar una vida mejor.

La música avanzaba, y me llevaba a terrenos ya transitados. Con la relajación profunda, las ideas surgían con mayor claridad, las asociaciones entre un concepto y otro fluían suavemente. Regresaba en mi mente a los caminos que en su momento no escogí, o a los errores de los que aprendí algo. A las siestas en verano con la orquesta de las chicharras entre la hierba, bajo un manzano.

 Y tras ese tiempo de ensoñación, mi piel quedó suave, con un olor delicioso y una sensación cálida. Y las emociones experimentadas habían pasado por altos y bajos, por la falta de miedo y el deseo de llevar a cabo nuevas ideas. No sé si eso era lo que esperaba de la ambición: pero se le parece mucho.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERA No lo sabía cuando me vestí esa mañana, pero los tonos metálicos y oro encajaban bien con el tratamiento elegido. Los pantalones dorados son de HM, y los zapatos, un gran éxito de temporada de Mango. El anillo de oro con un zafiro fue un regalo familiar por  mi Comunión, (mis dedos nunca crecieron), y los pendientes, en este caso con amatistas, fueron diseñados por Daniel Espinosa. La laca de uñas lleva el nombre de OPI.

Cómo sobrevivir a las críticas destructivas

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Cuando alguien me pregunta consejos para convertirse en escritor, nunca me olvido de decirles que se preparen psicológicamente para las críticas malintencionadas. En realidad, es una recomendación que extendería a cualquier persona, si tiene intención de ser feliz; porque la búsqueda de uno mismo, de sus fines y sus objetivos, removerá aguas, sin duda,  y en esas aguas yacen tormentas ocultas.
A diferencia de otras personas que se manejan perfectamente con la atención negativa, o incluso con la polémica buscada, a mí no me gusta que hablen de mí, aunque sea mal: No en vano uno de mis libros está dedicado a Los malos del cuento, cómo sobrevivir entre personas tóxicas. Aún me agradan menos los cotilleos, las murmuraciones, ese tejido de podredumbre que rodea a cualquier persona que se mueve o que levanta la voz. Las escucho si me llegan, pero lo hago como un peaje que sé que debo cruzar. Eso no significa que no acepte el cuestionamiento, la opinión contraria, o las sugerencias: es más, me encanta la discusión constructiva. Pero ha sido al cabo de los años, y de una piel de rinoceronte creada por supervivencia, con lo que he aceptado la parte interesante de las críticas realizadas con acritud. He debido obligar a mucha gente a salir de su área de confort, porque sin ser consciente ni mover un dedo para dañar a nadie me he enfrentado a ataques a veces infames, muchas veces anónimos, la mayoría completamente inesperados. No me gustan, pero forman parte de mi vida y de mi carrera profesional.
La crítica duele. Como dardos clavados en las niñas de los ojos. Pero es una fuente incuestionable de crecimiento personal. A mí me obliga a desarrollar la empatía, la reflexión, la autocrítica. En muchas ocasiones, una frase difamatoria o que yo sabía que era falsa me ha llevado a una tormenta de ideas para evitar, en lo posible, que pudiera repetirse. Lo contrario a admitir una crítica es el convertirse en un dictador, al que hunde, sin excepción, la falta de oponentes.

Lo más edificante, y por lo tanto, lo que me resulta más difícil de todo este proceso, es que refuerza mi humildad. Frente a una crítica hiriente, me fuerzo a pensar que esa persona cree tener la razón y que puede que la tenga. Me recuerdo que puedo cometer errores que ni siquiera veo, y que debo admitir que eso conlleva consecuencias: el disfraz de invulnerabilidad frente a todo sólo se mantiene a costa de un aguante insostenible en el tiempo, y que pasa una factura psicológica muy alta. Rebaja mi nivel de exigencia: no importa lo mucho que trabaje, haga o me esfuerce: siempre habrá alguien a quien no guste, no lo aprecie o se sienta ofendido. Y me recuerda que recibir aprobación y cariño supone un gran orgullo, pero necesitarlo genera mucha ansiedad, porque si no se consigue, la decepción es brutal, y se convierte en un objetivo en sí mismo que nos aparta de emplear la energía en lo que deseábamos.

Creo que estamos en una sociedad en la que confluyen dos movimientos opuestos: por un lado, la crítica feroz, constante y abierta hacia cualquier persona o hecho expuesto. Por otro lado, se intenta fijar un limite a esa crítica: las leyes se abren al  maltrato psicólogico, al acoso laboral o escolar, y se comienza a demandar de manera incuestionable respeto hacia el diferente; por color, religión, ideología u opción sexual. Es posible, aunque algunos no sepan cómo, expresar un desacuerdo, o incluso el rechazo, sin resultar destructivos. Es necesario que existan opiniones distintas, que la discrepancia enriquezca nuestra visión, que seamos capaces de escuchar, rectificar y cambiar de parecer; y nada de eso se favorece con la malicia.

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Para hablar de las críticas me he colocado una coraza plateada, este vestido de una edición especial de HM. Largo, ceñido y elástico. Botines de Sacha London, jersey de Jil Sander y bolso de charol de Prada. El maquillaje, en este caso, es de Lancôme. Quizás no sea mi outfit más dulce, pero al fin y al cabo, si van a hablar de una hay que darles motivos de vez en cuando…