Todos, todos los Santos

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Sin que fuera realmente mi intención, he visitado un buen número de tumbas de escritores; en los dos últimos años he estado, entre otros, en el lugar en el que, definitivamente, parecen haber encontrado los huesos de Cervantes, en las tumbas de las Brontë, frente a la esfinge que custodia el descanso de Oscar Wilde… Pese a reducir la presencia de la muerte a un mínimo, y transformar el sentido original de las fiestas de difuntos en una noche de disfraces, si algo no ha cambiado ha sido la veneración a las obras de artistas muertos, y en ocasiones, la peregrinación a sus casas y a sus sepulcros.

Jane Austen fue enterrada en Winchester, en el suelo de la catedral. Un privilegio para la hija soltera de un clérigo, como se le nombra en su lápida: por mucho que ahora nos choque, o nos parezca una falta de respeto a su talento, a su alrededor proliferan cantos muy parecidos a la virtud de las mujeres de su tiempo: fueron esposas, hijas, madres, obedientes cristianas. Una placa en la pared cercana rectifica el silencio sobre su oficio, y le restituye la categoría de escritora. Pero esos matices son muy recientes.

Jane, a quien pasamos a visitar en el Viaje al País de Jane Austen con B the travel brand y El País Viajes, murió tras una breve enfermedad en Winchester. De otra manera, hubiera sido enterrada con su madre y su hermana en en cementerio de Chawton, muy cerca de la casa en la que vivió sus últimos años, y donde, según cuenta, y según demuestra lo mucho que escribió, fue feliz. Las dos Cassandras, madre e hija, sobrevivieron a la escritora, velaron por su legado y se encuentran a un costado de la iglesia, desde donde se puede ver Chawton House, la mansión que pertenecía a su hermano Edward, y que alberga ahora una Fundación que estudia obras literarias escritas por mujeres. Tampoco de ellas se dice gran cosa en la lápida. Su carácter, su influencia, sus penas o intereses son algo que podemos deducir, si lo deseamos, porque su hija y hermana escribió, hace doscientos años, un puñado de novelas, un montón de cartas, una serie de personajes.

El cementerio, con sus enormes tejos que sombrean las lápidas y las cruces, es un espacio de paz y de reflexión. No se ven flores. Los campos verdes se cubren de hojas otoñales, y el silencio es casi total. Algún turista sigue el camino. Una gatita, al acecho de caricias, aguarda. El tiempo pasa, los siglos transcurren. Una hora u otra carece de importancia. El día de Todos los Santos es un arañazo en la eternidad.

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El vestido que llevo en las fotos es un vintage de los años 70, de gasa estampada con mangas jamón, de puño muy ancho con botones forrados. Podría haber aparecido en la secuencia de apertura de Candy Candy (toda una generación contaminada emocional y estéticamente por un anime, maldita sea). El cinturón fue una compra en una tienda de segunda mano de Nueva York. La gargantilla o choker de terciopelo azul con una libélula me lo regaló Ébolis Princess, una alumna de Creación Literaria.

 Las fotos fueron tomadas en Chawton por Nika Jiménez con My pen Camera de Olympus.

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El chico de la flecha en Mérida

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El chico de la flecha nació en Mérida, tras una conversación con una amiga de infancia, arranca en Mérida,  y ha sido una satisfacción para mí que la primera presentación haya tenido no solo en esta preciosa ciudad, sino en el Museo Nacional de Arte Romano.

Hay libros que nacen con más fortuna que otros: El chico de la flecha ha sido de los afortunados, de los que desde el primer momento conllevan alegrías y sorpresas inesperadas. Para vos nací pertenece también a esa misma categoría, como Irlanda. Otros necesitan más cuidados, o más explicaciones, o fueron publicados a destiempo. Sin embargo, esta novela juvenil me está permitiendo hablar de temas que siempre me han apasionado a otras personas, jóvenes y adultos, que se definen en unos momentos antes de la firma de libros, y lo hace tendiendo un puente natural y fluido.

Un solemne niño de ocho años que se siente preparado para leer un libro recomendado para doce, y que me habla de lo complicado que le resulta crecer y hacerse responsable. También yo hacía esas cosas a su edad y con la misma seriedad, y sentía que la infancia era una pérdida de tiempo.

Un maestro, coleccionista de libros juveniles, que lee con mimo lo que sus alumnos leerán (o leerían: algunos están ya jubilados), y que se va con su novela entre las manos ya medio ojeada. Madres que no saben ya qué regalar a sus hijas voraces, o que no saben con qué incitarles para que al menos aparten los ojos del móvil. Libros como obsequios de Navidad, o como un viaje en el tiempo.

No es ningún secreto que soy una apasionada visitante de bibliotecas y museos, El Museo Romano de Mérida, de Moneo, se encuentra entre mis preferidos: falsamente abarcable, limpio de formas y casi evidente en su concepción, esconde en algún lugar un Aleph o un gusano de tiempo. Nunca se sale de allí con la sensación de conocerlo o de haberlo visto en profundidad. Los mosaicos de las paredes, los bustos de pliegues planchados a mármol, los objetos cotidianos. Cuando decidí escribir El chico de la flecha, mi amiga Valentina y yo nos dirigimos hacia el Museo Romano, como final de nuestra visita de fin de semana. Había una cierta lógica en que el círculo se cerrara (o comenzara) de nuevo aquí.

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Para la presentación escogí un vestido en amarillo intenso de María Barros, de manga larga y ajustado. No dejó de llover en todo el día, y el amarillo, además de desmentir teatrales supersticiones, fue una declaración de intenciones luminosas. El vestido se impone por sí mismo, de manera que lo completé únicamente con un collar de esmalte y unos preciosos zapatos de ante rosa palo de Magrit.

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Magia en una Chistera

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El primer sombrero que me hizo feliz fue una pamela de paja que me regalaron cuando tenía 12 años. Hasta entonces hubo otros, sombreros que defendían del sol, otros de lana, o de terciopelo, más gorros, en realidad, que sombreros. Aquella pamela era una declaración de intenciones: aún la conservo y algunos veranos me la pongo. No he crecido demasiado en los últimos treinta años, o al menos mi cabeza mantiene el mismo tamaño.

Escarlata O´Hara, una gran aficionada a los sombreros, dice en un momento dado, en el aserradero, que su cabeza no puede retener nada relevante cuando estrena sombrero. A mí me ocurre al contrario; un sombrero me llena de historias, de argumentos que se escapan en todas las direcciones. Aquello que sin sombrero puede parecer una locura se convierte en realidad cuando me lo pongo.

Cuando abrí la sombrerera verde en la que venía mi preciosa chistera de La isla de los secretos aparecieron varias mariposas de papel y unas flores de hortensia preservadas. La chistera está guarnecida por una cinta de terciopelo azul agua, y delicadas flores de gasa rosas, amarillas y blancas.

La chistera lleva amarrada una mañana de verano, y una fiesta. Quizás una boda en el campo, informal, alegre; un reencuentro. La mujer del sombrero aún no lo sabe. Ha llegado tarde, no ha hablado con la novia, puede que una prima, que se encuentra, como es lógico, con la cabeza en sus propios asuntos. Se ha dirigido directamente al convite, se perdió la ceremonia, el arroz arrojado con saña contra los novios, y las inacabables felicitaciones posteriores.

Sopla un poco de viento, el suficiente como para preguntarse si habrá hecho mal al no fijarse la chistera con alfileres; hay peonías rosadas y hortensias tornasoladas en las mesas, y amigos del novio al que, ya a esas alturas de la mañana, resulta evidente que habrá que evitar.

Entonces le ve. Es tarde para escaparse: apenas le da tiempo a volverse de espaldas y tomar aire, mientras un camarero le tiende una copa de las bandejas que flotan entre los invitados. Es él, no hay duda, y ha venido, cómo no, acompañado, y toda la sangre se le agolpa en los ojos, y no le deja pensar con claridad. Se le ladea el sombrero, los tirantes oscilan con el viento.

Pero la decisión está tomada ya cuando endereza la chistera sobre la frente; esta vez no se escabullirá como una niña pequeña. Respira hondo, y se dirige a él, entre el lento oleaje de las bandejas con bebidas.

-Hola, nena -le dice él, sorprendido, cuando la ve aparecer de improviso-. No sabía que estuvieras invitada. Ha pasado mucho tiempo.

-Hola, papá -contesta ella. Y el sombrero tiembla y se ladea de nuevo.

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Para que el protagonismo de la chistera fuera total, la acompañé con un vestido color vainilla, un vintage de crêpe con tirantes que se anudan en los hombros  y un delicado bordado floral en el escote. El collar con una libélula es de Verdeagua, y el clutch de paja, con un festón de caracolas y perlas, de Ailanto.

Las fotos fueron tomadas en La Rábida. Hacía sol y soplaba un poco de viento.

 

Atardecer

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El atardecer más bello no fue aquel del primer beso, ni el que tiñó el cielo de nubes rosadas y violetas y en el que durante unos largos minutos de Julio se suspendió el tiempo. Esos fueron días hermosos, sí, que alegrarán el alma en la oscuridad del invierno. Inolvidable también aquella tarde en la que, por primera vez, nos asomamos al mar en soledad, como quien se asoma a un espejo al que no nos miramos desde hace mucho tiempo.

Pero no fue el más bello.

Tampoco lo fue el que comenzó con una fiesta que no prometía nada y terminó en amanecer, ni el de la última tarde de vacaciones; no lo fue el que inició aquel romance, ni el de la pedida de mano.

El atardecer más bello fue aquel que nadie esperaba, ni el más luminoso ni el más cálido. Pasó pronto: quizás estábamos con la mente en otra cosa. Entonces, de pronto, nos detuvimos y miramos al cielo. Estábamos allí, estábamos vivos en mitad del torbellino, pese a todo. Con el dolor y con la esperanza, con esa lucidez extraña que da la conciencia del presente.  Allí estábamos, mientras el sol descendía. Todo se ordenó por un segundo. Y supimos, sin tener del todo claro cómo lo sabíamos, que todo estaba bien, que no olvidaríamos ese instante de plenitud sin palabras, de reto a la eternidad.

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En ese atardecer vestía un vestido vintage de gasa color aguamarina, con pasamanería roja y blanca, unas pulseras en los mismos tonos de Blanco y unas avarcas menorquinas de la firma Ria, doradas y con una cuña alta.

Las fotos fueron tomadas en Isabella Menorca, una de las terrazas más bonitas y con mejores vistas de la isla.

 

Los últimos días de Casa Decor 2016

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Aún podéis visitar Casa Decor, la exposición de tendencias decorativas más exclusiva de Europa, hasta el 26 de junio, en Madrid, en la Casa Palacio Atocha 34. De hecho, hoy se fallan los Premios a la Decoración, con lo que estaréis al tanto de, literalmente, lo último en tendencias.

Yo esperaba esta edición con un hambre casi literal: mi casa ha dejado de reflejar lo que creo ser en estos momentos, y no se corresponde del todo con mis necesidades ni mis gustos: quince años, muchos procesos vitales, varias estancias en otros países, una mudanza de oficina, la alegría renovada de vivir y tres gatas han provocado que lo que en su momento fue un hogar en el que me encontraba perfectamente cómoda chirríe en algunos puntos. Quiero, con calma, pero de manera ya imparable, transformarla en los meses venideros, y por primera vez no tengo casi nada claro: creía que Casa Decor me ayudaría a definirme, y me ofrecería opciones que ni sospechaba.

En la segunda parte he acertado. En la primera, no. He regresado con una considerable saturación stendhaliana, en la que todo me parece bien, todo me gusta, todo me parece posible, y no sé por dónde comenzar. Cuando el remolino de ideas, colores y estímulos se asiente, veré qué rescatar, de qué librarme, los nuevos espacios… la nueva casa para una yo renovada.

Un consejo que me agradeceréis: cuando salgáis de Casa Decor no regreséis directamente a casa. Dad una vuelta por la ciudad, entrad en algunas tiendas, id al cine. Tomad un café en algún lugar agradable. Al cerrar la puerta, no miréis directamente vuestros muebles, ni las paredes; porque la depresión que os puede entrar por  simple comparación es un riesgo asumido y que hay que afrontar.

No se trata de que toda estancia vuestra parezca pequeña y de techo bajo: la edición de 2016 ha permitido de 63 espacios distintos sean redecorados, y en esos espacios hay de todo: rinconcitos, lugares de paso, techos bajos, lofts, espacios inmensos y finales de pasillo, interiores y exteriores. Muebles gigantescos, más propios para hoteles o instituciones públicas que para una casa, y cocinas con soluciones aptas para apartamentos. Lo que acompleja es la ingeniosidad y la originalidad con la que los profesionales son capaces de dotar de vida espacios vacíos: las fotos del antes resultan sorprendentes.

Resulta imposible dictar unas  reglas generales, pero intentaré destacar lo que me ha llamado más la atención: las paredes de ladrillo visto o blanco, o el diseño nórdico, con decapados y pintura a la tiza, que se han generalizado en la decoración popular, con restaurantes y bares a la cabeza, se encuentran por completo ausentes en Casa Decor: aires más sofisticados y urbanos, una influencia muy clara de los años 50,  con colores ácidos, pasteles, y estampados geométricos, en cambio, han tomado el relevo. Las piezas tienen personalidad por sí mismas, los suelos y las paredes cobran texturas sorprendentes: desde los nuevos acabados sintéticos al mármol, o a la piedra. Ojo a las chimeneas (simplemente espectaculares) y a las bañeras (espectaculares, simplemente).

Uno de los espacios que más me han gustado es el vestidor de Miriam Alía: además de mostrar prendas de Lydia Delgado, y de Miranda for Lydia, lo que siempre resulta atractivo, cada rincón ofrece una sorpresa: dos butacas tapizadas con lentejuelas, hipnóticas, un leopardo de cerámica (sí, como aquellos que tiramos de la casa de la abuela, porque nos parecían horrorosos… de pronto, han regresado), o papel pintado con estampado de diamantes. Arriesgado, divertido… y funciona.

El jardín de Fernando Pozuelo se abre al espacio que en el que Pepe Leal ha interpretado la tradición y la modernidad del país invitado, Portugal. Azulejos pintados y cerámica verde, por supuesto, y un guiño a Pessoa. Pero también acabados en cobre, paneles de madera exquisitamente tallada en las puertas, y terciopelos en delicados grises.

Los descubrimientos continúan: unos baños públicos pueden ser la extensión del refugio de un dandy, por Adriana Nicolau, la impresión digital de HP cubre todo el espacio de Egue y Seta (todo es todo, paredes, suelos, superficies…) y la tecnología aparece con Samsung. Por cierto, su modelo Galaxy S7 Edge es el premio del concurso de fotografía que se organiza entre quienes sigan la cuenta @CasaDecorOficial y etiqueten sus fotos con el Hashtag #MiFotoCasaDecor2016.

¿Qué más? Todo lo que la imaginación permite. Pintura, escultura, neones, un restaurante, vidrieras, arreglos florales, una ilusión de que se pueden habitar espacios posibles e imposibles, y que aquello en lo que vivimos es tan nuestro como la piel o el cabello; y lo hacemos nuestro como nunca podrá serlo nuestro tiempo o nuestro presente. OLYMPUS DIGITAL CAMERA
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara una visita a interioristas y decoradores, un vestido arquitectónico: unas líneas muy simples en un diseño de COS, finamente plisado, azul marino. Le añadí un precioso collar de Marisa Bell, y dos anillos gemelos que en esta ocasión llevé separados. Las gafas de sol son de Musthave, el modelo Ibiza Blue Power. Y el bolso, una pequeña obra maestra de Chie Mihara. Usad calzado cómodo: no dejan de ser 4.000m2 de exposición, repartidos en varios pisos, y la tentación de no dejar ningún espacio por recorrer resulta demasiado intensa.

Ahora, ah, ahora comienza el proceso de mirar las paredes y el aire, y ocuparlo de nuevo de manera diferente. Más intensa. Más real.

Nuestros amantes

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Durante el tórrido mes de Agosto tuve la oportunidad de asistir en Teruel al rodaje de Nuestros amantes, la última película de Miguel Ángel Lamata, producida por mi querida amiga Vanessa Monfort; en la escalinata mudéjar se grababa una de las escenas, en la que Gabino Diego, un poeta irresistible, daba un recital para sus lectores con otra escritora: la escritora era yo, que aparezco en unos breves instantes, en un cameo que resultó divertidísimo de rodar, y que me dio la excusa no solo para disfrutar desde dentro de esa película chispeante, luminosa y que invita a enamorarse, sino también para acudir al estreno con la ilusión de quien ha sido parte de un proyecto.

Éste fue el look que elegí para esa noche única.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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El vestido azul marino, con estampado floral, ceñido a la cintura con un lazo posterior, y ligeramente abullonado en la cadera, es de EtxartPanno. ¡Y tiene bolsillos! Todos los complementos eran plateados: el torque noruego, los pendientes, el anillo de Luxenter con circonitas de zafiro, y el clutch de Mibuh. Las sandalias de ante azul llevan la firma de Lodi.

Y ya que hablamos una película en la que la literatura, los libros, los escritores y la seducción de la palabra resultan tan importantes, me pareció adecuado que las fotografías fueran tomadas en el exterior de la Biblioteca Nacional de Madrid. Si tenéis ocasión y queréis pasar un buen rato, y creer de nuevo en el amor, id a verla. A ver si me descubrís…

Cómo se hizo…

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En muchas ocasiones me han preguntado quién me hace las fotos para el blog y las redes sociales, fotos que, obviamente, no saco yo, porque soy el objeto y el sujeto de la fotografía. Hay casos en los que es alguna persona que está conmigo, o algún amable desconocido al que entrego el móvil o la cámara. Amable no solo porque accede a tomar la foto, sino porque no se echa a correr con mis tesoros tecnológicos, cosa que tampoco sería muy disparatada.

Cuando puedo contar con ella, quien saca mis retratos es Nika Jiménez, mi jefa de prensa. Nika trabaja conmigo desde 2006, cuando la fiché para mi empresa E+F. Desde entonces ha sido la responsable del diseño corporativo, de mi agenda, de ser mi mano derecha y el filtro de gran parte de mi trabajo, entre otras  incontables tareas. Además de Publicidad y Marketing, ha cursado estudios de fotografía en EFTI, donde, por cierto, me escogió como modelo para su proyecto final. Después de diez años de trabajo, y de afrontar muchas cosas agradables y desagradables, la complicidad que tenemos es evidente. Es una joya.

Generalmente, abordamos las fotos para el blog partiendo de una idea abstracta, en la que luego encaja la ropa o las otras prendas. Hay algún tema que quiero tratar, y al que acompaña la ropa. Los estilismos, para bien o para mal, son míos, y los textos también. En algunos casos, Nika propone una foto determinada que se le ha ocurrido y cuando las veo, surge el texto. Estudiamos constantemente catálogos, revistas internacionales, fotos clásicas y lo que hacen blogueras de referencia. Algunas de las imágenes que nos gustaría sacar se encuentran fuera de nuestro alcance, al menos por ahora, pero lo que podemos hacer (mejorar mis poses o mi actitud, practicar encuadres, el uso de las sombras, los claroscuros o los volúmenes) intentamos mejorarlo de sesión en sesión.

Para mí actuar como modelo es un reto: nunca me ha intimidado la cámara, pero las fotografías para redes sociales son muy diferentes a las que pide un fotógrafo para un periódico. Me obliga a salir de lo conocido, y a enfrentarme a la realidad y a la mentira de la apariencia. Una foto puede ser tremendamente mentirosa, y añadir o restar años, kilos, o elegancia, pero la siguiente delata el estado de ánimo, un disgusto, o un día alegre. Puede matar un vestido o convertirlo en un objeto de deseo.

El lenguaje de la imagen, que abarca desde la producción previa a la edición posterior, a la diferencia entre lo bidimensional y lo tridimensional, el traidor photocall todo requiere atención y cuidado propio. Me lo tomo muy en serio porque sé el trabajo que lleva detrás una buena foto. Respeto enormemente a los fotógrafos, y sé en qué condiciones tienen que hacer su trabajo como para no pararme unos segundo a posar y a ofrecerles la mejor foto que pueda. No pierdo demasiado tiempo en explicárselo a quien no lo entienda.

Aunque hace años que poso para entrevistas, reportajes y fotografías, y he intentado siempre estar a la altura, nunca había sido tan directamente responsable de mi imagen.  Hay quienes piensan que una escritora no debería preocuparse por crear una imagen de marca. Yo opino lo contrario, que si no nos encargamos de ella otros (el público, los medios, las editoriales…) lo harán por nosotros. Nuevamente, no tiene relación con la vanidad, como algunos podrían pensar, ni con la coquetería, como sin duda otros creen. Mi imagen de marca, junto con mis conocimientos y mi capacidad para contar historias, son parte del patrimonio que poseo, y lo cuido de la mejor manera que sé.

También he trabajado para marcas desde el inicio de mi carrera. Ese es otro punto en el que muchos escritores prefieren no entrar; no es mi caso. A mí me interesa la publicidad y el marketing como medios de influencia social, y en particular, la manera en la que construyen historias sobre estilos de vida y productos. Lo hago como intento construir todo en mi vida: con el máximo cuidado por el detalle y toda la profesionalidad de la que soy capaz. Me alegra comprobar que no solo los lectores, sino que también las marcas valoran la forma en la que uso las palabras  y las imágenes; en un mundo plural como en el que nos encontramos, las posibilidades se abren donde menos esperamos.

Siempre hay una historia detrás de una historia, como hay una foto detrás de cada foto. Y estas son las que os quería mostrar hoy.

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En las fotografías de esta entrada se dieron dos de los casos que mencionaba con anterioridad: Nika tenía entre ceja y ceja emplear la bañera de mi habitación para alguna sesión original, y yo había comprado un vestido rosa palo de HM con la intención de crear un look romántico, casi como el de una Ofelia prerrafaelita. A ello le añadimos un bodegón tridimensional con el te TEAME.

Bañera + vestido+ bodegón = sesión muy loca y muy divertida. Por suerte, ese día contábamos con un segunda cámara que nos permitió registrar el proceso. ¿Lo imaginabais así?

Quince minutos de gloria; con la VIU en el metro

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Hace unos  meses, a finales de enero, grabé una campaña como imagen de la VIU, la Universidad Internacional de Valencia, que se ha especializado en la educación a distancia, en especial para adultos que desean cursar un Master o una segunda carrera.

La pedagogía, las metodologías de enseñanza y  la aplicación de la tecnología en la enseñanza ha sido un auténtica obsesión para mí, por muchas razones: por ejemplo, la carencia de sistemas reglados para mi oficio, el de escritora, frente a los muchos métodos y lo muy controlada que estaba, por ejemplo, la enseñanza musical. Un grado medio o superior de piano o canto acreditabas las horas que había dedicado un alumno a la música, e incluso computaba en unas oposiciones. El escritor aficionado, condenado a un amateurismo eterno hasta que publicara un libro, no contaba con esas herramientas.

Por otro lado, como docente habitual en universidades y cursos, y muy interesada en particular en la formación de adultos, mi preocupación ha sido que tanto la materia como la forma pudieran ir siempre un paso por delante. La VIU apreció y valoró ese trabajo, y me propuso que protagonizara, junto con otros dos embajadores (uno de ellos, por cierto, músico), su nueva campaña.

El vídeo se grabó en La Central, una preciosa librería del centro de Madrid, y en el Círculo de Bellas Artes. Creo que parte del buen ambiente y de las ganas de colaborar se transmitió en él, porque funcionó en las redes de una manera excepcional. Bien ubicado, bien realizado, con una alta visualización, todos quedamos satisfechos. Podéis ver el vídeo aquí.

Y sí, se había sopesado la posibilidad de que si la campaña funcionaba como estaba previsto, se ampliara a publicidad exterior, a soportes como carteles, marquesinas… Era de esas posibilidades que se barajan como un por si acaso, como un sueño, y he de reconocer que no contaba con ella.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando de pronto, a finales de mayo, recibí en mi móvil una fotografía de mi anuncio, en formato de dos por tres metros (o más: no sé. Enorme) en un display de publicidad en el interior del metro de Madrid. ¡Cáspita! me dije, o algún término parecido. Ha ocurrido. 

Luego me vería también en los autobuses de Valencia, en una escena muy parecida a los créditos iniciales de Sexo en Nueva York con una escritora, Carrie Bradshaw, con tutú rosa. Lo que ocurre es que mi frase, No hay una edad concreta para empezar a estudiar, no resulta tan ambigua como la que le habían plantado a Carrie en su anuncio, y mi armario es más modesto.

Con lo que no contaba era con que la campaña, presente en estaciones como Goya, Diego de León, Ciudad Universitaria… iba a situarse en la parada de metro que uso habitualmente. El susto que me llevé al doblar la esquina para coger la línea 4 y verme allí con mi vestido verde es para no contarlo. Yo, que no soy considerada precisamente una tímida flor, pasé un rato regular mientras esperaba en el andén y comprobaba cómo la gente me miraba. Porque sí, me miraban, y me reconocían. Y lo comentaban en voz alta. Hay rumores de que me ruboricé. Puede ser. Amigos y conocidos me han enviado fotos con mi foto, y fotos de mi foto. Los quince minutos de fama warholiana se han convertido en veintiún días.  Divertido, pero también perturbador.

La fama, la presencia mediática, sucede como una consecuencia de determinados resultados, aunque en estos momentos los medios de comunicación inviertan a veces el proceso, y reconocemos a personas por el hecho de haberlas visto reiteradas veces, sin tener una idea clara de por qué han atraído esa atención. No hay nada de malo en la fama per se, si existe un contenido que la sostenga: hay carreras, como la de los artistas, que han de contar con ella, y gestionarla de la manera adecuada; la noción de marca personal resulta imprescindible en una sociedad no proteccionista, que aspira a ser competitiva por sí misma, sin los enchufes o contactos o vías directas que tanto han perjudicado el mercado de trabajo español.

Otro tema sería la percepción ajena de la fama: desde la idealización casi adolescente que se construye sobre algunos famosos, o la veda que se abre para criticar, cotillear y juzgar sus acciones o su apariencia, la relación de la sociedad española con quienes tienen notoriedad pública (y no hablo aquí de los famosos del corazón o los temporales que encumbra y despeña la televisión) dista mucho de ser natural.

La manera tan contradictoria de emplear las redes sociales, por ejemplo, delata ese deseo de opinar, de ser vistos, pero también la asunción de que quienes lo hagan serán criticados o atacados por ello. La polarización (blanco o negro, con los míos o contra mí), los prejuicios (se deducen datos irreales por la edad, vestimenta, procedencia o trabajo) y el etiquetado inmediato (seguimos siendo un país que acepta mal la ambigüedad, o la evolución personal o laboral) continúan siendo reacciones que delatan envidia, cerrazón de mente, inseguridad y necesidad de control.

Desde luego, la generación nacida en torno al 2000 verá todo esto como un legado del pasado. Habrá crecido con otra percepción de la visibilidad y de la fama, la modificará, aspirará a ella. Posiblemente sepa manejarla de una manera más práctica y menos sospechosa. Entenderán el uso de su imagen, y de su marca, como una parte imprescindible de su carrera profesional, y de su posicionamiento en un mundo que, si todo va bien, ofrecerá oportunidades fuera de un territorio limitado por la cercanía y el idioma.

O eso espero. Esa es la generación que nos relevará, y aspiro a que sea más inteligente, más rápida y que esté mejor adaptada que la mía. Por mi parte, me sigo viendo en el metro, me planteo ponerme gafas de sol mientras dure la campaña, y continúo pensando que no hay una edad predeterminada para estudiar. Ni para aprender.

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En el anuncio llevo un vestido verde vintage de los 70, de corte clásico, con falda de capa y grandes picos en el cuello. Es un color que muchas veces asusta y se evita, pero que en la tonalidad adecuada puede sentar bien a casi todas las mujeres. Los zapatos bicolores son de Rebeca Sanver, y el maquillaje fue obra de Myriam de Prada.

Concurso Baume&Mercier: Life is about moments

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Cuando me presento a un premio no suelo pensar en ganar: he perdido ya demasiados como para que el mero afán competitivo me suponga ninguna satisfacción, y he ganado los suficientes como para saber que su brillo y la alegría que tienen se apagan pronto, como las alas de una mariposa, si se tocan demasiado.

Eso no significa, sin embargo, que cuando decida participar no lo haga con la misma fuerza y el mismo empuje que cuando era una jovencita con todo por demostrar. No es lo más sabio del mundo el derrochar fuerzas y energías así. Pero cuando vemos los resultados… ah, los resultados. ¿Cómo podría quedarme satisfecha sabiendo que podría haber hecho algo mejor y no lo he llevado a cabo por tibieza, por indiferencia?

Algo así me ocurrió con el concurso que organizó Baume & Mercier hace unas semanas, con motivo de la presentación de su nueva colección de relojes, entre ellos el  precioso Petit Promesse, con su doble correa metálica, para la prensa y los amigos de la marca. Como un guiño, nos dijeron al final que habían convocado un premio a la mejor fotografía, si queríamos participar.

Sabía de sobra que entre los asistentes debía haber mejores fotógrafos que yo, incluso profesionales. Y que me encontraba fuera de mi entorno, en el que podría haber hecho un bodegón en mi vieja mesa del comedor; pero miré a mi alrededor, vi unas flores, una luz natural bonita, un espejo. Con eso podía improvisar un bodegón decente. Aún así, me faltaba algo, una textura que pudiera introducir un cambio.

Pedí hielo. Sin inmutarse, la agencia Réplica se encargó de conseguirme hielo, que esparcí por la mesa de la habitación del Hotel Villamagna donde tenía lugar la presentación. Me descalcé, me encaramé a una silla para captar mejor la luz, hice todo lo que  me recomienda mi calmada jefa de prensa que no haga.

Pero la foto quedó bonita. Y el texto con el que la acompañé hablaba precisamente de cómo el tiempo lo es todo, somos todos y todo tiempo. Y resultó que ganó el concurso por unanimidad.

Y, mientras Karine Janson me entregaba mi premio, un reloj Classima de una línea perfecta, yo pensaba en qué cerca estamos a veces de abandonar algo que nos apasiona por una mala mirada, un comentario fuera de tono, una crítica mal expresada. Cuántas cosas he dejado yo por hacer precisamente por no molestar a quienes ni siquiera conozco, cuánto placer que no he obtenido, cuánto dinero perdido, cuántas ocasiones de ser feliz, o al menos, de estar contenta, desaprovechadas. Un reloj, nos advierte Julio Cortázar, es algo serio. A mí me recordará que no hay más tiempo que uno, pero que está en mi mano llenarlo de momentos. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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¿Qué ponerse cuando todo el protagonismo debe atraerlo una joya tan lujosa, y al mismo tiempo, tan discreta, como el Classima? El negro, el clásico y tan traído y llevado Little Black Dress, en este caso de ChicandRolla, con un detalle de encaje en la espalda y el escote. Unos zapatos de Beverly Feldman, que rompían el negro total con un poco de strass, y que conjuntaban con el bolso joya plateado de Mibuh. Eso era todo: los ojos un poco marcados, el cabello un poco más liso, y la sonrisa dispuesta.

Las fotos (y la entrega) tuvieron lugar en la Joyería Aragoneses de Madrid.

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No suele ser habitual que una fiesta mueva a mucha reflexión: al menos, no una fiesta exitosa. Las que fracasan sí, invitan a darle vueltas a las razones del fiasco. Pero ese no fue el caso de la que celebró Audi en Madrid para presentar el nuevo Q2, un fantástico evento animado por Lío Ibiza, y con una cuidada selección de invitados variopintos e interesantes. Me divertí como pocas veces.

Sin embargo, lo que me llamó la atención fue la palabra escogida para definir tanto el coche como la fiesta, #untaggable. Esta, y su traducción de andar por casa, “inetiquetable”, son términos que se han puesto de moda, como en su momento sinergiaempoderamiento. Por cierto, la traducción correcta al español sería inclasificable.

La referencia a las etiquetas obedece, desde luego, al hábito de facilitar la búsqueda a partir de términos comunes en redes sociales. Y la campaña de publicidad, ideada por DDB Barcelona, continuaba con una reflexión: lo realmente interesante en esta vida, sea una persona o una vivencia, no puede definirse únicamente con una palabra.

Y es cierto: pero el objetivo de las etiquetas no es, precisamente, definir, sino organizar, clasificar, categorizar, etiquetar. La etiqueta mental cumple con una función precisa: descartar lo que no es, y, a un nivel muy primitivo, que comencemos a estructurar el pensamiento. Como base, la etiqueta resulta necesaria. Como fin, nos limita.

De manera intuitiva, todos empleamos las etiquetas, y todos las aborrecemos si se nos aplican. Percibimos que se nos quedan pequeñas, que no abarcan las contradicciones y facetas que un adulto ha desarrollado, muchas veces con esfuerzo. Cuanto más neurótica sea la personalidad, mayor necesidad tiene de etiquetar a quienes le rodean. Y, aunque nombrar lo que sentimos y elaborar las emociones a través del lenguaje resulta de enorme utilidad, esa manera de experimentar el mundo con la palabra debe de mostrar flexibilidad y cierta creatividad.

Quien se define únicamente con una palabra (su ciudad o región de origen, su profesión, su equipo de fútbol, su color de pelo, o incluso algo tan noble como madre) no pierde de vista, desde luego, que no es únicamente eso. Pero quizás no sea consciente de que, por la simplificación que provocan las etiquetas, los demás los limitarán a ese término. Conviene recordar que  las etiquetas no conservan el mismo contenido emocional para todo el mundo: incluso términos tan positivos en teoría como #creatividad o #libre pueden ser considerados aberraciones para algunos. Ni una palabra, ni una imagen, ni una primera impresión deberían quedarse únicamente en  la superficie, sino servir como invitación para un paseo más reposado.

De no ser así, más vale rechazar cualquier etiqueta.

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Y así acudí yo a la fiesta sin etiquetas: mi vestido plisado azul marino es de Adolfo Domínguez: tan ligero y cómodo que resulta perfecto para viajes, porque  soporta cualquier maltrato. Las sandalias amarillas provienen de Paco Gil. Llevo mis aretes de diamantes, y un collar de oro blanco de Vasari. El responsable del labial y de la laca de uñas es L`Oreal, en concreto el 442 Coral Showroom.