Cada paso, una conquista. Un diseño con RIA Menorca

Uno de los placeres de intervenir en el diseño de un zapato tiene que ver con la libertad y los límites, al mismo tiempo, que ofrece el soporte. El libro es un terreno ya conocido, aunque siempre nuevo. Sin embargo, las camisetas, la cartelería, los marcapáginas, incluso, fuerzan a un mensaje concentrado y que debe contar una historia no solo con palabras, sino con todo lo que el objeto es.

La colaboración que hoy os presento se inició hace ya tiempo, y comenzó con una visita a la fábrica RIA en Ferreries,  Menorca.

Allí me enseñaron cómo una necesidad básica de los menorquines, la de encontrar un calzado resistente y a su alcance, con una suela de goma que le permitiera caminar sobre terreno escarpado y librarse de las piedrecitas, se había sofisticado hasta los centenares de modelos actuales.

El nombre de ese calzado varía. Se conoce como abarcas, avarcas, menorquinasY lo que había comenzado como una solución local desfilaba en Nueva York, se exportaba ahora a países como Italia, Sudáfrica, Chile, Suiza, Bélgica, con un éxito muy marcado en Japón. 40 países, 300 modelos distintos.

La avarca primitiva casi no había variado desde que en 1947 Bartolomé Truyol abrió Ría Menorca, ni la manera artesanal de confeccionarlas. El curtido es ahora vegetal, para disminuir la huella ecológica. La estética, los materiales, más ligeros, eran completamente otros.

La parte que a mí me correspondía era la más agradecida: con los catálogos de tacones, telas, y acabados, ¿Qué quería hacer? En Ría me daban libertad absoluta. Era su manera de celebrar los 70 años de la empresa, una edición nueva de la avarca. ¿Qué hacer con ella?

Quería aprovechar la cuña alta, porque es cómoda y al mismo tiempo nos despega del suelo. El calzado debe permitir que caminemos, y sobre todo, que volemos. Quería la suavidad del nobuck hielo, y un toque de dorado. Quería el lujo casi inédito de incluir un puñado de tejido entrelazado con piedras y cristales. Y, finalmente, quería incluir una frase que me recordara, y que recordara a quien las lleve, que no importa hacia donde nos dirijamos, siempre es un logro. Cada paso, una conquista. Serigrafiada en el tacón, de mi puño y letra, esa frase acompaña a la mujer que calza la avarca.

Cada paso, una conquista. Every step a victory. Se camina de manera distinta si nos dirigimos hacia un lugar en el que esperamos grandes cosas, en el que confiamos en lo mejor. La frente alta, los pies ligeros, un poco de valor insuflado en el corazón. Siempre he creído que las emoción interna resulta difícil de ocultar, pero que toda ayuda exterior es poca para reforzarla. No estoy segura de que cada paso me conduzca a un logro. Pero tengo la certeza de que cada uno de los que soy es una conquista en sí mismo.

Las fotos muestran el momento del diseño de la avarca en la fabrica RIA Menorca, y su presentación, ya confeccionada, en Madrid, junto a la segunda generación Truyol. Fueron tomadas por Nika Jiménez.

Las avarcas con mi diseño están en todos los puntos de venta de Ría Menorca. Pero si no tenéis ninguno cerca, aquí tenéis el enlace en el que podéis comprarlas.

Los últimos días de Casa Decor 2016

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Aún podéis visitar Casa Decor, la exposición de tendencias decorativas más exclusiva de Europa, hasta el 26 de junio, en Madrid, en la Casa Palacio Atocha 34. De hecho, hoy se fallan los Premios a la Decoración, con lo que estaréis al tanto de, literalmente, lo último en tendencias.

Yo esperaba esta edición con un hambre casi literal: mi casa ha dejado de reflejar lo que creo ser en estos momentos, y no se corresponde del todo con mis necesidades ni mis gustos: quince años, muchos procesos vitales, varias estancias en otros países, una mudanza de oficina, la alegría renovada de vivir y tres gatas han provocado que lo que en su momento fue un hogar en el que me encontraba perfectamente cómoda chirríe en algunos puntos. Quiero, con calma, pero de manera ya imparable, transformarla en los meses venideros, y por primera vez no tengo casi nada claro: creía que Casa Decor me ayudaría a definirme, y me ofrecería opciones que ni sospechaba.

En la segunda parte he acertado. En la primera, no. He regresado con una considerable saturación stendhaliana, en la que todo me parece bien, todo me gusta, todo me parece posible, y no sé por dónde comenzar. Cuando el remolino de ideas, colores y estímulos se asiente, veré qué rescatar, de qué librarme, los nuevos espacios… la nueva casa para una yo renovada.

Un consejo que me agradeceréis: cuando salgáis de Casa Decor no regreséis directamente a casa. Dad una vuelta por la ciudad, entrad en algunas tiendas, id al cine. Tomad un café en algún lugar agradable. Al cerrar la puerta, no miréis directamente vuestros muebles, ni las paredes; porque la depresión que os puede entrar por  simple comparación es un riesgo asumido y que hay que afrontar.

No se trata de que toda estancia vuestra parezca pequeña y de techo bajo: la edición de 2016 ha permitido de 63 espacios distintos sean redecorados, y en esos espacios hay de todo: rinconcitos, lugares de paso, techos bajos, lofts, espacios inmensos y finales de pasillo, interiores y exteriores. Muebles gigantescos, más propios para hoteles o instituciones públicas que para una casa, y cocinas con soluciones aptas para apartamentos. Lo que acompleja es la ingeniosidad y la originalidad con la que los profesionales son capaces de dotar de vida espacios vacíos: las fotos del antes resultan sorprendentes.

Resulta imposible dictar unas  reglas generales, pero intentaré destacar lo que me ha llamado más la atención: las paredes de ladrillo visto o blanco, o el diseño nórdico, con decapados y pintura a la tiza, que se han generalizado en la decoración popular, con restaurantes y bares a la cabeza, se encuentran por completo ausentes en Casa Decor: aires más sofisticados y urbanos, una influencia muy clara de los años 50,  con colores ácidos, pasteles, y estampados geométricos, en cambio, han tomado el relevo. Las piezas tienen personalidad por sí mismas, los suelos y las paredes cobran texturas sorprendentes: desde los nuevos acabados sintéticos al mármol, o a la piedra. Ojo a las chimeneas (simplemente espectaculares) y a las bañeras (espectaculares, simplemente).

Uno de los espacios que más me han gustado es el vestidor de Miriam Alía: además de mostrar prendas de Lydia Delgado, y de Miranda for Lydia, lo que siempre resulta atractivo, cada rincón ofrece una sorpresa: dos butacas tapizadas con lentejuelas, hipnóticas, un leopardo de cerámica (sí, como aquellos que tiramos de la casa de la abuela, porque nos parecían horrorosos… de pronto, han regresado), o papel pintado con estampado de diamantes. Arriesgado, divertido… y funciona.

El jardín de Fernando Pozuelo se abre al espacio que en el que Pepe Leal ha interpretado la tradición y la modernidad del país invitado, Portugal. Azulejos pintados y cerámica verde, por supuesto, y un guiño a Pessoa. Pero también acabados en cobre, paneles de madera exquisitamente tallada en las puertas, y terciopelos en delicados grises.

Los descubrimientos continúan: unos baños públicos pueden ser la extensión del refugio de un dandy, por Adriana Nicolau, la impresión digital de HP cubre todo el espacio de Egue y Seta (todo es todo, paredes, suelos, superficies…) y la tecnología aparece con Samsung. Por cierto, su modelo Galaxy S7 Edge es el premio del concurso de fotografía que se organiza entre quienes sigan la cuenta @CasaDecorOficial y etiqueten sus fotos con el Hashtag #MiFotoCasaDecor2016.

¿Qué más? Todo lo que la imaginación permite. Pintura, escultura, neones, un restaurante, vidrieras, arreglos florales, una ilusión de que se pueden habitar espacios posibles e imposibles, y que aquello en lo que vivimos es tan nuestro como la piel o el cabello; y lo hacemos nuestro como nunca podrá serlo nuestro tiempo o nuestro presente. OLYMPUS DIGITAL CAMERA
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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara una visita a interioristas y decoradores, un vestido arquitectónico: unas líneas muy simples en un diseño de COS, finamente plisado, azul marino. Le añadí un precioso collar de Marisa Bell, y dos anillos gemelos que en esta ocasión llevé separados. Las gafas de sol son de Musthave, el modelo Ibiza Blue Power. Y el bolso, una pequeña obra maestra de Chie Mihara. Usad calzado cómodo: no dejan de ser 4.000m2 de exposición, repartidos en varios pisos, y la tentación de no dejar ningún espacio por recorrer resulta demasiado intensa.

Ahora, ah, ahora comienza el proceso de mirar las paredes y el aire, y ocuparlo de nuevo de manera diferente. Más intensa. Más real.

Cómo se hizo…

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En muchas ocasiones me han preguntado quién me hace las fotos para el blog y las redes sociales, fotos que, obviamente, no saco yo, porque soy el objeto y el sujeto de la fotografía. Hay casos en los que es alguna persona que está conmigo, o algún amable desconocido al que entrego el móvil o la cámara. Amable no solo porque accede a tomar la foto, sino porque no se echa a correr con mis tesoros tecnológicos, cosa que tampoco sería muy disparatada.

Cuando puedo contar con ella, quien saca mis retratos es Nika Jiménez, mi jefa de prensa. Nika trabaja conmigo desde 2006, cuando la fiché para mi empresa E+F. Desde entonces ha sido la responsable del diseño corporativo, de mi agenda, de ser mi mano derecha y el filtro de gran parte de mi trabajo, entre otras  incontables tareas. Además de Publicidad y Marketing, ha cursado estudios de fotografía en EFTI, donde, por cierto, me escogió como modelo para su proyecto final. Después de diez años de trabajo, y de afrontar muchas cosas agradables y desagradables, la complicidad que tenemos es evidente. Es una joya.

Generalmente, abordamos las fotos para el blog partiendo de una idea abstracta, en la que luego encaja la ropa o las otras prendas. Hay algún tema que quiero tratar, y al que acompaña la ropa. Los estilismos, para bien o para mal, son míos, y los textos también. En algunos casos, Nika propone una foto determinada que se le ha ocurrido y cuando las veo, surge el texto. Estudiamos constantemente catálogos, revistas internacionales, fotos clásicas y lo que hacen blogueras de referencia. Algunas de las imágenes que nos gustaría sacar se encuentran fuera de nuestro alcance, al menos por ahora, pero lo que podemos hacer (mejorar mis poses o mi actitud, practicar encuadres, el uso de las sombras, los claroscuros o los volúmenes) intentamos mejorarlo de sesión en sesión.

Para mí actuar como modelo es un reto: nunca me ha intimidado la cámara, pero las fotografías para redes sociales son muy diferentes a las que pide un fotógrafo para un periódico. Me obliga a salir de lo conocido, y a enfrentarme a la realidad y a la mentira de la apariencia. Una foto puede ser tremendamente mentirosa, y añadir o restar años, kilos, o elegancia, pero la siguiente delata el estado de ánimo, un disgusto, o un día alegre. Puede matar un vestido o convertirlo en un objeto de deseo.

El lenguaje de la imagen, que abarca desde la producción previa a la edición posterior, a la diferencia entre lo bidimensional y lo tridimensional, el traidor photocall todo requiere atención y cuidado propio. Me lo tomo muy en serio porque sé el trabajo que lleva detrás una buena foto. Respeto enormemente a los fotógrafos, y sé en qué condiciones tienen que hacer su trabajo como para no pararme unos segundo a posar y a ofrecerles la mejor foto que pueda. No pierdo demasiado tiempo en explicárselo a quien no lo entienda.

Aunque hace años que poso para entrevistas, reportajes y fotografías, y he intentado siempre estar a la altura, nunca había sido tan directamente responsable de mi imagen.  Hay quienes piensan que una escritora no debería preocuparse por crear una imagen de marca. Yo opino lo contrario, que si no nos encargamos de ella otros (el público, los medios, las editoriales…) lo harán por nosotros. Nuevamente, no tiene relación con la vanidad, como algunos podrían pensar, ni con la coquetería, como sin duda otros creen. Mi imagen de marca, junto con mis conocimientos y mi capacidad para contar historias, son parte del patrimonio que poseo, y lo cuido de la mejor manera que sé.

También he trabajado para marcas desde el inicio de mi carrera. Ese es otro punto en el que muchos escritores prefieren no entrar; no es mi caso. A mí me interesa la publicidad y el marketing como medios de influencia social, y en particular, la manera en la que construyen historias sobre estilos de vida y productos. Lo hago como intento construir todo en mi vida: con el máximo cuidado por el detalle y toda la profesionalidad de la que soy capaz. Me alegra comprobar que no solo los lectores, sino que también las marcas valoran la forma en la que uso las palabras  y las imágenes; en un mundo plural como en el que nos encontramos, las posibilidades se abren donde menos esperamos.

Siempre hay una historia detrás de una historia, como hay una foto detrás de cada foto. Y estas son las que os quería mostrar hoy.

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En las fotografías de esta entrada se dieron dos de los casos que mencionaba con anterioridad: Nika tenía entre ceja y ceja emplear la bañera de mi habitación para alguna sesión original, y yo había comprado un vestido rosa palo de HM con la intención de crear un look romántico, casi como el de una Ofelia prerrafaelita. A ello le añadimos un bodegón tridimensional con el te TEAME.

Bañera + vestido+ bodegón = sesión muy loca y muy divertida. Por suerte, ese día contábamos con un segunda cámara que nos permitió registrar el proceso. ¿Lo imaginabais así?

Naturalezas vivas: los nuevos bodegones

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Aunque lo aclaro en infinidad de ocasiones, me preguntan con frecuencia si yo soy quien hago y fotografío los bodegones de mis redes sociales. La respuesta es que sí: salvo las fotos en las que aparezco, firmadas muchas veces por Nika Jiménez, mi jefa de prensa y mano derecha, o por (in)voluntarios fotógrafos espontáneos, yo saco el resto de mis fotos. Paisajes, detalles, gatitas, y, por supuesto, los bodegones, que son, con diferencia, mis fotografías preferidas. En esta entrada explicaré, como prometí a los seguidores de Instagram, cómo los  hago.

Todo comenzó en el salto a Instagram: en otros medios la cubierta de un libro bastaba para reconocerlo, pero en una red tan visual, mis recomendaciones espidianas quedaban tristes y poco atractivas. Faltaba el elemento sensorial. Muchas blogueras de moda insertaban, en vez en cuando, un libro o una revista entre sus prendas de ropa, o su maquillaje. ¿Por qué no probar qué pasaba con un  viaje al contrario, e introducía elementos como zapatos, o cosmética, o joyas, en las fotografías que incitaban a la lectura?

No era una idea nueva, ni siquiera muy original: pero yo no lo había hecho antes, y me permitía jugar con un lenguaje desconocido. Nadie me libraría de la acusación de frivolidad, que se combina, sorprendentemente, con la de ser demasiado intelectual: pero haters gonna hate, y para ello da igual un selfie, un bodegón, o el apoyo a una buena causa.

Poco a poco, mientras me familiarizaba con la aplicación y mejoraba mi cámara o teléfono (en la actualidad saco las fotos con un Samsung Galaxy S6, aunque espero cambiarlo pronto por el S7) introducía elementos más atrevidos, o enfoques diferentes. La obsesión por las naturalezas muertas me venía de lejos, y de familia. En una de las imágenes podéis ver mi libro Melocotones Helados sobre un bodegón pintado por mi madre. Me recuerdo de niña, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, absorta frente a los bodegones del Barroco, y no en vano la protagonista de mi Premio Planeta es pintora, y la escena final transcurre en un museo. Vayan aquí diez puntos que he aprendido y que sigo.

1.- Uso luz natural: en muy raras ocasiones, una lámpara led, y nunca flash ni, de momento, focos, aunque no lo descarto. Por las mañanas, empleo la luz que entra por el Este, y a primeras horas de la tarde, la que se cuela por las ventanas del Norte. Linda Lomelino recomienda la luz septentrional siempre que se pueda.

2.- Creo que el consejo de que se emplee un fondo blanco tiene más que ver con la norma publicitaria para que un producto destaque que con la estética final. Yo usaba el reverso de un cartel de Soria Moria en cartón pluma, colocado sobre mi bañera, pero comencé a dudar cuando vi los bellos arreglos florales de 5ftinf sobre una mesa muy gastada. Ahora disparo muchas de mis fotos sobre una mesa de la que pensaba deshacerme, porque su baño de pan de plata se deterioró, pero que decapé y cuyo acabado me encanta.

3.- El plano cenital (o zenital, de zenit, el momento en el que sol alcanza su máxima altura) ha dejado de ser mi preferido; pero hay muchas ocasiones para usarlo, por ejemplo, en los muestrarios o knollings, que fotografían con maestría 1924us, con su material de dibujo o Laura Ponts, en su variante foodie. Ahora busco el plano natural (a la altura de los ojos, tridimensional), el picado y el plano aberrante (ladeado, en ángulo). De todo se aburre una.  No me subo a una escalera, ni coloco los objetos en el suelo, porque no lo hice así desde el principio, y ahora me he acostumbrado a usar alturas cómodas.

4.- En ocasiones, planifico las fotos. Si me aburro en el metro, o en cualquier sitio, trazo un pequeño dibujo esquemático como punto de partida. De esa manera tardo muy poco luego en hacerlas.

5.- Pero no las fuerzo: no compro flores, ni macarons para las fotos (aunque lo cierto es que casi siempre tengo flores frescas en casa, bien lejos del alcance de Rusia). Empleo lo que he cocinado comprado o encuentro por medio ese día. A veces sobre la mesa se aburre durante una semana un objeto o una barra de labios, hasta que le encuentro el momento adecuado en la foto correcta. O parto de la laca de uñas que llevo. O de la fruta que me he traído del huerto de mis padres.

6.- La laca de uñas  no es una mención casual: en la inmensa mayoría de los bodegones, mi mano, o al menos un dedo, aparecen en uno de los ángulos. Es casi una marca de la casa, una firma.

7.- Como a casi todo en estos momentos, intento darle un uso terapeútico a los bodegones. Me ha permitido revisar mi menaje, los pequeños adornos domésticos, y otra infinidad de cacharritos de decoración más. Como soy una acumuladora profesional (a Marie Kondo le daría un jamacuco conmigo) me viene muy bien remover qué tengo y qué no y darle uso, tirar aquello que me trae malos recuerdos, pasar un paño y ordenar de nuevo y, por supuesto, jurarme que intentaré simplificarlo todo. Y lo cierto es que disfruto mucho más de lo que tengo.

8.- Procuro ser original, aunque hay modas, y una no es impermeable, existen productos de temporada (estamos abandonando los tulipanes y comienza la epidemia de las peonías), y, sobre todo, la influencia de los estilistas realmente buenos es tremendamente contagiosa. Tras ver las preciosas tostadas de Sandra Van den Broek solo quiero troquelar pechuga de pavo y fotografiarla. O se manifiesta de otras maneras: veo las geniales locuras que se le ocurren a EleMentaFresca con un clip y unas pajitas de refrescos o que Laura Ponts (la menciono de nuevo porque tengo muy reciente su libro Art Foodie) incluye letras en sus composiciones y paso de la admiración a la envidia resentida (por qué no se me ha ocurrido eso a mí antes), de ahí al berrinche, luego a la depresión, y finalmente  a asumir que una hace lo que puede con el material y el talento a su alcance.

9.- Lo que el ojo ve no es lo que la cámara ve. Aunque no hago demasiados cambios de objetos y atino con lo que quiero en volumen y color, casi siempre tengo que rectificar la distancia y el ángulo entre ellos. No uso filtros predeterminados, pero sí edito y corrijo algunos de los valores de la fotografía.

10.- Me divierto, disfruto durante el ratito en el que preparo y saco la foto. Esa es la razón por la que comencé con los bodegones, y por la que continúo. Si lo que muestro es un libro, me parece una bonita manera de rendirle homenaje. Si se trata de cualquier otro objeto, apreciar su color, su packaging, o su diseño es otra manera de valorarlo. Otras veces, me sirve como excusa para contar una historia. Sea como sea, es un momento que ansío, que preparo y que me aporta felicidad en sí mismo. Si además les gusta a quienes lo ven, ¿qué más puedo pedir?

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En este caso rescaté un dibujito que había hecho en el que mi inicial, la E, destacaba en un plato decorado, sobre una tela o un papel rasgado, y unas flores sueltas en colores similares. Jugué con varios platos y bajoplatos, probé a sustituir las flores por las cuentas de un collar roto, y finalmente eliminé el papel, y no separé los iris. Me pinté las uñas con un esmalte de OPI. La letra de chocolate es de Hema.  También había una F, pero me la comí. Están riquísimas. El vestido bordado lo compré en Niza.

Una mirada a la MBFW16

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Si nos empeñamos, podemos convertir la Semana de la Moda en algo frívolo. Sí, desde luego, en un terreno abonado para la vanidad, la extravagancia y la ostentación. Si lo deseamos, podemos centrarnos únicamente en su fugacidad, en la interpretación superficial que muchos hacen de la ropa; incluso en la mala educación y la estupidez de algunos de los famosos en la primera fila: un personaje popular idiota que se pavonea ante los fotógrafos nos enseña casi tanto como lo hacen las personas reconocidas que despliegan encanto y buen hacer en las mismas circunstancias. Ambos, por razones distintas, son espectáculos dignos de ver. En mis primeros viajes, cuando era muy jovencita y estudiaba canto, aprendí a fuego a distinguir a las personas recomendables por la manera en la que trataban a quienes se encontraban en puestos de servicio; no, como defienden algunos cínicos, porque siempre se puede sacar algo de ellos, sino porque todo trabajo, desde el menos vistoso al más reconocido, merece el máximo respeto, y resulta necesario en nuestra sociedad.
Por lo tanto, solo alguien que desconozca el proceso que conlleva un desfile se atrevería a menospreciarlo; quien se limite a observar el paso de las modelos con las prendas ve muy poco. En las Semanas de la Moda de Madrid, y ya son una decena las que he presenciado, llevo siempre conmigo a alguna persona ajena a este mundo; y siempre, sin excepción, aprenden algo que llevarse al suyo. La coordinación, la capacidad de improvisación, el trabajo de equipo. Un iceberg invisible de maquilladores, estilistas, patrocinadores, compradores, decoradores, estudiantes, camareros, periodistas, representantes, actrices, planchadoras se mueve bajo la superficie evidente. Resulta fascinante comprobarlo, y, cada medio año, observo absorta el resultado.
Esta temporada he acudido a cuatro desfiles de cuatro firmas respetadas e interesantísimas, y muy distintas. Las cuatro me han vestido en ocasiones: a veces he tenido la suerte de que la prueba (el famoso fitting) la supervisara el propio diseñador: y la manera en la que colocan las prendas, ajustan el cinturón, o se detienen un momento en el tejido cuentan más de la pasión y del respeto por su profesión que la que he encontrado en muchos romances.

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Ailanto se ha convertido en sinónimo de estampados florales y geométricos, que los gemelos Muñoz trabajan e innovan de manera exquisita. Hay algo siempre de etéreo y espiritual en sus colecciones, temporada tras temporada, una cualidad misteriosa y evanescente que se repite, un secreto que esa mujer guarda incluso cuando muestra la espalda o las piernas. Esa característica se transmite a su ropa: vestirse con ella conlleva transformarse en algo ligeramente distinto a carne y hueso, como si la hiedra creciera a través de los dedos y nos revistiera de una seguridad líquida.

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En cambio, los volúmenes de Amaya Arzuaga apelan a otro tipo de seguridad: la única diseñadora de los cuatro desfiles que he presenciado, su propuesta rezuma fuerza, una paleta de colores lisos y contundente que se deslizan hacia el naranja rojizo, o el verde petróleo, pese a que el negro sea, como siempre, su apuesta. Quien lleva Amaya Arzuaga se reviste simbólicamente de fuerza: cuando me visto de ella crezco ópticamente, me siento a gusto bajo prendas que no necesariamente obedecen a la sensualidad convencional. Yo sé lo que soy bajo los puntos gruesos, o las faldas envolventes.

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Acudí al desfile de Ion Fiz en solitario, y por eso no incluyo fotografía en el kissing room con él: sin duda la hay, pero no en mi móvil. Ion ha demostrado ser increíblemente versátil; posee una capacidad creativa camaleónica, y admiro la manera en la que se ha adentrado siempre en terrenos distintos. Como alguien que considera la palabra una vía para comunicarse en formatos diferentes, he aprendido mucho de él. Su colección incluía siete vestidos de novia suavemente dorados, y una interpretación elegante y refinada de la feminidad clásica: pese a su nombre, Severine, basada en Catherine Deneuve, era más dulce y menos oscura que la convulsa protagonista de Belle de Jour.

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La francesa también aparecía como referencia de The 2nd Skin.Co, pero en su aspecto de actriz icónica, junto a otras bellezas de los 70. La seda, declinada en varios tejidos, resultaba casi perturbadora en algunos de sus vestidos flotantes, amarillos, o azules, o blancos: una colección que, a mi entender, comprendemos bien las mujeres que no somos ya tan jóvenes y que hemos descubierto que el erotismo radica más en la promesa que en el cumplimiento, en el gesto que en lo visto. Antonio y Juan Carlos me pidieron unas palabras sobre la colección Soul para la nota de prensa, y elegí hablar, precisamente, de la piel y el alma, lo visible y lo intuido.

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Falta aún tiempo para que encontremos qué será aceptado y qué no de estas cuatro propuestas. Para mí supone una oportunidad más de presenciar, desde un lugar privilegiado, la mirada estos creadores que admiro, y que traducen en prendas preguntas y propuestas que yo formulo de otra manera, a través de historias o de frases. Cada cual habrá captado lo que desee en estos días, o no habrá percibido nada en absoluto más allá de lo que ya miraba. Al fin y al cabo, de eso se trata, de mirar, más que de ser vistos.

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Un mundo mejor

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Durante esta semana estoy impartiendo un curso intensivo (un workshop de 30 horas) a alumnos de IED Moda Lab Madrid, 18 chicas y un varón veinteañeros que presentan su proyecto de fin de carrera este año. Mi misión es la de motivarles (en ocasiones el desánimo, el estrés, la presión o el miedo a las críticas les paralizar) y enseñarles a comunicar su trabajo de la mejor manera posible. Ya trabajé con ellas hace dos años, en otra asignatura, y es un placer ver cómo han madurado, y de qué manera su talento se vuelca en ideas.

Como os conté hace unas semanas en mi post del congreso en Nueva Delhi, los estudios muestran que una de las preocupaciones constantes de las mujeres, tengan hijos o no, son la educación, los niños y la sanidad. Yo me encuentro por completo reflejada en esa estadística. En ocasiones, cuando he defendido en público la libertad de las mujeres para decidir sobre su maternidad sin presiones sociales o familiares, o cuando he defendido su independencia a toda costa, (económica, afectiva, laboral) incluso a costa de los beneficios que puede conllevar para su entorno una mujer más sumisa y convencional, se me ha tachado de egoísta, y de atacar a las madres. Nada más lejos de mi intención. Cuando defiendo esas ideas, pienso, por supuesto, en la manera en la que los niños han de ser atendidos, y sobre todo, en el futuro de las niñitas que estamos criando ahora, que serán mujeres pronto. Nunca perdamos de vista que las sociedades más evolucionadas en estos momentos garantizan una mayor igualdad entre géneros, un nivel más alto de formación a las mujeres y unas condiciones con las que en mi país aún continuamos soñando, a veces porque ni siquiera pensamos en que puedan existir.
Cuando veo las dificultades que mis alumnas han arrostrado de niñas (algunas casi lo son aún) siento una ardiente ansia defensora. Muchos de mis alumnos de moda y diseño son homosexuales, y en sus proyectos vuelcan elementos personales, en los que muchas veces se encuentra el acoso escolar, las burlas y la discriminación por su opción sexual. Como proyecto transversal en mis asignaturas, siempre aparece el insuflarles valor frente a la vida, valores frente a la amoralidad y defensas frente a la injusticia. Desde luego, son los padres los que deben llevar la mayor carga de la educación sobre sus hombros, pero creo que es toda la sociedad quien debe participar en la formación, a distintos niveles, de los niños y jóvenes. Yo nunca he renunciado a esa obligación moral, desde mis libros, mis clases o mis encuentros con escolares. Un mundo mejor sólo podrá ser creado si pensamos en los hijos de los demás como niños propios a los que legar, si no nuestros genes, sí nuestra experiencia, nuestros conocimientos y descubrimientos, con una generosidad mayor de la que tenemos ahora. La educación carece de horarios, a mi juicio. El reconocimiento de sus méritos, los límites, el enseñarles a frustrarse y acompañarles cuando lo hacen, mostrarles las recompensas de un buen trabajo y las consecuencias de uno mediocre es, creo yo, algo que solo nos beneficiará a todos. Y, sobre todo, la apreciación de la belleza en las pequeñas cosas, la amabilidad y la importancia de conocerse.

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Yo también soy, a estas alturas, alumna. De Ikebana, una técnica floral japonesa. Intento aprender lo que enseño luego, apreciación de la belleza, paciencia, la humildad de partir de cero, creatividad. Suelo comprar las flores casi cerradas para, como con mis alumnos, disfrutar de su evolución. Hoy repito camisa de Zara con hilos dorados, que ha resultado ser de lo más versátil, una falda corta y estampada de Suite Blanco, (no era tan corta, pero su longitud original me avejentaba), un abrigo de ante de Stradivarius, y bolso triangular de Salvador Bachiller. Los pendientes y el anillo son de Ciudad de París. Las fotos fueron tomadas en la floristería Mayo.