Te trataré como a una reina

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   El problema al que se enfrenta la belleza se resume siempre en el tiempo: la lucha contra el tiempo, encontrar tiempo para ella. Una de las trampas del cuerpo es que requiere cantidades ingentes de horas: no en vano se habla de culto al cuerpo como si adoráramos una divinidad. De hecho, durante siglos (y aún ahora) la belleza ha consistido en un patrimonio de determinadas clases sociales. La piel nívea y suave, las manos sedosas, las uñas largas delataban que la mujer no sufría de los padecimientos del trabajo, y mucho menos, al aire libre. Cumplir con los requisitos que en la actualidad definen a una mujer bella implican mucho tiempo dedicado al ejercicio, al cuidado del cabello, de la piel, la depilación. Muchos de los criterios que implican ser atractiva tienen que ver con encontrarse alerta, detectar una cana, una arruga, una mínima mancha.

  Pero ese tiempo tan temido ofrece una gran ventaja: si bien no puede detenerse, nos enseña que la frase escuchada mil veces de que la belleza está en el interior esconde una gran verdad. Quizás no a los veinte años, pero pasados los treinta, el estado de ánimo marca tanto la piel como el peor de los hábitos. Además de la constancia en el cuidado y la buena alimentación, de las horas de sueño y la hidratación, la tranquilidad, o al menos, una cierta paz mental, comienza a convertirse en parte del atractivo personal. Las arrugas no pueden frenarse, pero las de una persona risueña y serena serán completamente diferentes a las que crea el estrés y la tristeza, o la cólera constante. La felicidad (que es distinta a la euforia, o la alegría) y la seguridad se traduce en una mirada luminosa, en un halo invisible y permanente.

  Yo ya no recurro a tratamientos que no me ofrezcan una filosofía de base con la que esté de acuerdo, en especial aquellos de cuerpo, que son para los que confío en profesionales, porque la pereza, esa gran enemiga, me vence con frecuencia en los corporales. Sea en un spa, en balnearios, para aliviar el dolor de espalda, o para relajarme, creo que se entabla una intimidad, una comunicación con quien te toca: y prefiero que lo haga con una intención parecida a la que defiendo.

Recomiendo, por ejemplo, el ritual Reina de Egipto de Alqvimia  para quienes piensen de manera parecida a la mía. Si por algo destaca Alqvimia es por una filosofía respetuosa con la psicología de la mujer, y por el uso de la cosmética completamente natural y con productos ecológicos. Su fundador, Idili Lizcano, conocía bien, como buen maestro perfumista, la tradición botánica, y lo arraigada que se encontraba la alquimia y la magia en ella, y algo de esa leyenda continúa en sus productos.

  Había otro elemento de puro capricho, claro, que tenía que ver con las resonancias que en belleza y fascinación despierta Cleopatra; y después de la leche de burra, no me quedaba más remedio que lanzarme a las sales del Mar Muerto, que ya había probado, el incienso y la mirra, que no podía continuar viviendo sin probar.

  El ritual combina la envoltura, que si bien hay a quien no le gusta demasiado, a mí me enloquece, con un masaje con aceites esenciales; el enfoque holístico funciona a la perfección: al finalizar, la piel parece de raso en tacto y aspecto, ha recuperado una tersura inédita, y la relajación es absoluta. Además, ese cambio energético que prometen se produce: yo experimenté una sensación de bienestar, de aumento de autoestima, que no se debía únicamente a un tratamiento agradable. Sean las que sean las fórmulas magistrales que utilizan en Alqvimia, en mi caso se produjo un cambio evidente, interno, que percibí sin necesidad de que nadie me lo dijera. Algo misterioso, un poco mágico.

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Para la visita a la tienda de Alqvimia en Madrid, en Don Ramón de la Cruz 13, escogí un vestido azul de otros diseñadores que transforman a la mujer en reina, The 2nd Skin.Co con un cinturón tornasolado, y unos pendientes de diamantes. En la tienda, que funciona también como Spa, y que es francamente bonita, pueden leerse diversas frases que van más allá de lo meramente físico: Amor es la esencia que da la vida es una de ellas. La belleza, sin ninguna duda, va más allá de la piel.

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Santas de Zurbarán: mártires y princesas

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Hacía mucho tiempo que quería hablar de las santas de Zurbarán, ese poeta de la imagen, y en particular, de la relación de estas santas con la moda. No soy la primera en hacerlo: los diseñadores que las han reinterpretado son legión, y desde la Exposición de Sevilla de hace unos años, que reunió a Elio Bernhayer o Agatha Ruiz de la Prada a la del Thyssen Like a Painting, muchos han tocado el tema.
De estas santas llaman la atención varios elementos: primero, su belleza y su juventud. Después, la riqueza espectacular de sus ropajes: Zurbarán destaca por su excepcional tratamiento de los tejidos, sea el lino de los calzones de un Cristo, el hábito de San Serapio, los rasos de Santa Casilda o el velo de la Virgen de la Anunciación. En tercer lugar, la historia de las santas que retrata: dos de ellas son reinas madres (Santa Isabel de Hungría, Santa Matilde…) y el resto jovencitas de origen noble (Eulalia, Engracia) o princesas (Casilda, Bárbara…). Frente a las santas paupérrimas o de mala vida, las de Zurbarán son unas santas limpias, pijas y castas.
Los clientes de Zurbarán eran, sobre todo, grandes conventos, órdenes bien establecidas. Llegó a ser un auténtico experto en imágenes religiosas, hasta el punto de que exportaba un porcentaje importante de su obra a Ámérica. Nos encontramos en el siglo XVII, lujo y pobreza se alternan en Sevilla y en España, y la sociedad se ha acostumbrado a una constante iconografía sacra. Lo visual es pedagógico para quien no sabe leer, y reconfortante para una nobleza cada vez más habituada a la belleza.
Un porcentaje importante de las mujeres bien posicionadas en los conventos pertenecen a familias pudientes: no han podido casarse, han enviudado o pasan temporadas en el convento para perfeccionar su educación, por la ausencia de sus padres o porque han enviudado. Esas mujeres se identificaban y deseaban tener como referentes historias similares a las suyas, rostros bellos y bonitas vestidos. Las mártires de Zurbarán no muestran piel, no sangran. Santa Apolonia no aparece desdentada. Serenas y dignas, enseñan los símbolos de su martirio; si se despojaran de ellos, serían damitas de la corte.
Además, resultan llamativas las historias elegidas, leyendas muy antiguas, que se entremezclan. Son en realidad relatos de adolescentes rebeldes, que dan su vida por amor o por sus convicciones.
Tenemos a Santa Eulalia, por ejemplo, una preciosa jovencita de Mérida, o de Sarriá, a saber. A los 13 años, y mientras el resto de los cristianos se oculta de las persecuciones, la niña se escapa de casa y se encara a las autoridades romanas, que la mandan a casa de regreso. Pero ella, erre que erre, persevera, dándole la turra al gobernador de turno, hasta que el hombre, por no oírla, la manda matar. Algunas versiones le otorgan hasta 13 martirios, uno por cada año, de un sadismo ejemplar. ¿Qué tortura se os ocurre? Eulalia la sufre. Muere, finalmente, no sin causar toda la guerra que puede, y una nevada (que según las versiones ocurre durante uno de los martirios, y otra, tras su muerte) cubre la tierra, como muestra de su pureza.
Santa Casilda, mi preferida, es menos osada, y algo mayor. Una toledana guapísima, hija de un rey moro, que, muy concienciado, encierra cristianos y les da matarile en cuanto puede, en un intento de proteger su reino de tan perniciosa influencia. No olvidemos que durante siglos los cristianos fueron peligrosos revolucionarios que predicaban el celibato, la pobreza, y la solidaridad, y todas esas teorías que hacían temblar de raíz una sociedad organizada. Pero la chica, que sentía esa atracción de las niñas bien por los malotes (ver Lana del Rey) se escapaba a escondidas para alternar con los presos, y llevarles de comer. Hasta que el padre, con la mosca tras la oreja, sigue a la moza, que portaba pan y fruta en la falda, y tiene lugar esa conversación típica entre padre e hija adolescente.
-Hija, ¿qué llevas ahí?
-Nada, se lo estoy guardando a una amiga.
Total, que el cuadro muestra las flores en las que, por milagro divino, se convierten las viandas para los cautivos. Santa Casilda completa su azarosa existencia escapándose de casa para  regresar a la naturaleza y hacerse ermitaña. Claro, que si a mí se me transforma la compra en flores es posible que también regresara a la naturaleza, algo perturbada, incluso.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara convertirme en Santa Casilda me valí de un vestido negro de Amaya Arzuaga, colocado sobre un vestido largo de seda granate de Trucco y un enorme pañuelo de Adolfo Domínguez lleno de hortensias. En la cabeza, una diadema de Zara. El milagro de transformarme en Santa Espido se llevó a cabo con otro vestido de The 2nd Skin.co beige, ligeramente abolsado, un vestido de tul con estampado de leopardo de Dolce&Gabbana, y otro foulard de Adolfo Domínguez. De nuevo la tiara es de Zara. Sí, los vestidos me los visteis en la Fashion Week de Madrid.  Como atributos de mi martirio porto una rama de olivo, símbolo de la alimentación saludable, y un libro de Robert Graves sobre mitología, que representa la literatura y sus enseñanzas. Claro que cuando una se divierte tanto parece poco creíble decir que la han martirizado…