Premio Azorín 2017

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Ha pasado una semana desde la concesión del Premio de Novela Azorín 2017 y los detalles continúan tan vívidos ante mis ojos como si estuviera ocurriendo ahora mismo. Ocurre con todas esas ocasiones cargadas de expectativas, y muy anheladas. No era, desde luego, la primera vez que me presentaba a un premio literario: pero sí que lo hacía con una novela tan trabajada y que fuera histórica. No todos los jurados valoran de manera positiva el género.

La Diputación de Alicante es quien convoca este premio, que se inició en 1994 con Gonzalo Torrente Ballester como ganador. La responsabilidad de publicar y distribuir el Premio es de la Editorial Planeta, y su dotación es de 45.000€ sujetos a (ay) todos los impuestos correspondientes. Otros escritores que cuentan con él son Luis Racionero, Jesús Ferrero, Dulce Chacón, Jon Juaristi, Ángela Becerra… En este año se cumplían, además, los 50 años del fallecimiento del gran Azorín, con lo que la Diputación decidió abrir la gala al público y a los pueblos de Alicante, y se celebró en el Auditorio, que dispone de un gran aforo.

Existe siempre una enorme rumorología respecto a los premios, si están concedidos de antemano o o no. Lo cierto es que quien maneja menos información al respecto es, al menos en mi caso, el autor. En este premio existen dos jurados que deliberan el mismo día del premio, durante la comida. Cada uno propone su novela candidata; este año tuve la suerte de que eligieran la mía.

Por experiencia sé que en las horas previas a un premio conviene mantenerse ocupada, y en las posteriores, también. A mí me habían confirmado que mi novela se encontraba entre las candidatas la semana anterior, de manera que me encontraba en Alicante, con dos agendas: la que ocurriría si ganaba, y la que llevaría a cabo si no.

Como intento hacer siempre que me es posible, había cuidado con mimo lo que llevaría esa noche: los premios son ocasiones especiales, fruto de las ilusiones y el trabajo de mucha gente. Me merecen todo el respeto: sea o no yo la protagonista, intento que quien lo organice sienta que valoro la invitación y el esfuerzo.

Había escogido un vestido de The 2nd Skin.co que me recordaba a alguno de los lucidos por Jackie Kennedy, con su tejido brocado rosa y un corto imperio y sencillo. Pertenece a su icónica colección For Valentina.

Lo combiné con unos preciosos salones de Magrit, el modelo Mila trabajado en ante y raso con un delicado trabajo de encaje y un bolso cartera a juego.  Magrit es una exquisita marca alicantina, y me pareció la elección lógica en este premio.

Lo mismo me ocurrió con las joyas: Chocrón Joyeros me han acompañado en algunos de los momentos importantes de mi vida, y en esta estuvieron también presentes: la sortija de mayor tamaño y la deliciosa pulserita pequeña son de la colección Ch_Aura en oro rosa, rodonita de los Urales, madreperla y diamantes. La sortija flexible y los pendientes, de oro rosa y diamantes, son de la colección CH-Imperial.

La gala comenzó a las 19:00h. Antes del fallo nos esperaban la actuación de Juan Echanove, que interpretó varios textos de Hamlet, y después, un fragmento del Carmina Burana por La Fura dels Baus.

En algún lugar entre ambos dijeron mi nombre. Subí al escenario para recoger mi Tanit, y para agradecer al jurado, a la propia provincia de Alicante, la oportunidad que me daban. Era el momento también, entre la emoción y los recuerdos agolpados (quince años de trabajo acumula esta historia), de hablar mínimamente de mi novela, Llamadme Alejandra, que aparecerá a principios de abril  y que describe la vida y los pesares de Alejandra Feodorovna, la última zarina. El momento para una mención cariñosa a quienes estaban allí conmigo y no habían ganado, como me ha ocurrido a mí en otras ocasiones, para que continuaran escribiendo y compitiendo.

La andadura de la novela comienza ahora: primero una rueda de prensa, entrevistas para el siguiente día. Y la incógnita de si gustará o no, de si habrá merecido la pena el esfuerzo, el examen constante al que se somete el escritor.

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El maquillaje de esa noche fue responsabilidad de Itzi, y las fotos, de Nika Jiménez. Esa noche fue mi acompañante; como mi jefa de prensa ha sido testigo de lo mucho que he sufrido y pasado con esta novela, y lo ha compartido, de manera que se merecía estar también allí si las cosas iban bien. Luego llegaron las felicitaciones de los amigos, la familia, los compañeros de viaje. Los lectores y los seguidores. A todos ellos, muchas gracias. Para todos vosotros es esta novela.

Bee happy, broches y abejas

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El talento joven merece empuje,  y apoyo, y en muchas ocasiones una mirada más detenida de la que le dedicamos. He tenido la suerte de observar voces interesantes entre mis alumnos de creación literaria, y maneras de ver el mundo únicas entre los que he tenido en las clases del IED Madrid. Virgina del Pozo no ha sido alumna mía, pero conozco bien su trayectoria, y me alegra hoy hablaros de su proyecto Bee Happy, con el que finaliza sus estudios en la Escuela de Arte 3.

Para sus broches Virginia ha partido de la figura de la abeja. La elaboradora de miel y cera y panales y estructuras sociales complicadísimas, la presencia constante en los campos y en los bosques, y además, un símbolo de vida y de fertilidad se encuentra ahora en peligro de extinción.

La abeja ha sido una constante en la alta joyería: los egipcios la veneraban. Si el Art Nouveau recogía con sus formas vegetales y su sensualidad la tradición de las fíbulas y los broches con forma de insectos, el Art Decó, cuya influencia es notable en esta joyera, se inspiró más bien en formas geométricas, en la superposición de ángulos y simetrías. 

En realidad, lo que muestran estas joyas es un trabajo de abstracción geométrica de una forma orgánica. Como los panales, son hexagonales. Podemos contemplar las alas y las rayas características de las abejas, y reforzadas por las franjas de esmalte frío, y de piedras preciosas (las piezas finales estarán realizadas con diamantes y rubíes). Incluso los ojitos de las abejas. Los modelos son tres: Be Enamel, con esmalte, Be Stones, la más rica en piedras, y Be Hole, con las franjas excavadas. Invitan a jugar, y a que vuelen por la ropa o por el cuerpo. Yo las he llevado en el cabello, como un eco de los peinados egipcios o medievales.

Y, otra cuestión que me ha encantado: parte de los beneficios obtenidos serán destinados al proyecto #SOSAbejas de Greenpeace. Un mundo sin abejas será un mundo casi apocalíptico. Otro día os hablaré de una preciosa novela que habla precisamente de ello…

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPodéis encontrar más información sobre Virgina del Pozo aquí. La camisa que llevo es de Mango. Las fotos fueron sacadas en El invernadero de Salvador Bachiller por Nika Jiménez.

Los Planetas distantes

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Antes de acudir a mi primer Premio Planeta, allá por los años veinte (los míos: en tiempo real hablamos de finales de los 90), imaginaba una atmósfera refinada, donde los autores llevarían chaquetas de terciopelo sin corbata y las escritoras sofisticados vestidos desestructurados. Cierto que también creía que existían las tertulias de café y en la posibilidad de crear una generación literaria sólida, con lo que la medida de mi ingenuidad solo fue comparable a la de mi decepción.

El mundo literario, que cuenta con gran número de personas atractivas y carismáticas, no destaca, precisamente, por su interés por la moda. Ni marcado, ni leve: existen algunas excepciones (algún dandy disperso, o Marta Rivera de la Cruz, por ejemplo, que ha escrito en SModa sobre diversos armarios de personalidades conocidas,  o Vanessa Montfort). Otras autoras, como María Zaragoza, o algunas de las jóvenes poetas, interpretan la moda de una manera marcadamente personal y muy interesante.

No entraré a analizar las causas de ese recelo hacia la couture: las críticas que se reciben, el tiempo y el genuino interés que exige, la dificultad de conciliar, por parte del público y de muchas personas del sector, la imagen de un oficio intelectual con una apariencia más glamurosa pueden ser algunas de ellas.

Por mi parte, no revelo ningún secreto si hablo de mi entusiasmo por la moda, y más aún por la ropa reservada para ocasiones especiales. Recuerdo la ilusión con la que planeé mi primer vestido para el Planeta, en 1998. Lo dibujé yo y lo cosió mi madre; era muy sencillo, de manga larga y cuello de pico, y largo hasta el tobillo. El toque lujoso lo aportaba el tejido, un terciopelo verde degradado que, por cierto, vuelve a estar de moda. Debería rescatar ese vestido que, como buena urraca, guardo, por supuesto…

Mi siguiente Planeta fue decisivo; yo concursaba con Melocotones Helados, y contra todo pronóstico, lo gané. Lo recogí con un jersey de punto gris, y una falda de seda en el mismo color que compré en una boutique de Bilbao. Un look inspirado en los conjuntos de Ralph Lauren de aquel año, que remataba con un collar de grandes cuentas. Han pasado casi veinte años, y sigo satisfecha de aquella elección, bastante intemporal y muy yo. Hubo un error que no podía prever: el maquillaje, similar en tonos al de la recreación que hice el año pasado con las mismas prendas, no daba bien en fotos con los focos: aparecí pálida en exceso, y con los labios muy oscuros, un aspecto gótico que no me gustó nada.

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Con el paso de los años, el Planeta, el 15 de octubre, se convirtió en una cita anual con mis amigos, y un juego con los diseñadores españoles: así, al vestido de raso negro, largo y sin espalda, encargado a una modista, del año 2000, le siguieron apuestas más arriesgadas. El kimono de raso cereza, con unos bordados de flor de almendro, de Lydia Delgado, (que también me vistió el día que gané el Ateneo de Sevilla) y el vestido de tirantes de gasa entreverada con hilo dorado, de Ailanto, son dos de mis preferidos. Los lucí en 2007 y 2006 respectivamente.

Aprovecho aquí para mencionar la espantosa luz del hotel en el que nos hospeda Planeta cada año para el Premio, el Juan Carlos I, que, si bien excelente en otros campos, es, posiblemente, uno de los lugares menos fotogénicos que conozco. Eso sí, la foto con el papel rayado de fondo es ya un clásico del premio. planeta10

Josep Font, mi elegido para 2010, no había dado aún el salto a Delpozo. Este vestido, de estampado llamativo y una única manga de gasa, era absolutamente espectacular.

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Tuve la suerte de llevar, en 2011, un modelo único de la colección clásica de Jesús del Pozo, perteneciente a su legado. Jesús fue uno de los responsables de que arriesgara cada vez más en el mundo de la moda, y acababa de morir unos meses antes. En homenaje a su figura, y gracias a la generosidad de sus colaboradores, mostré esa noche un vestido vintage y único, de seda color cobre, con drapeado en el escote. En esa ocasión, mi compañera de mesa fue la bellísima Ángela Becerra.

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2014 me trajo la sofisticación de The 2nd Skin.co, con un modelo palabra de honor en verde que aún creo sentir sobre la piel. En ese caso llevaba zapatos de Paco Gil.

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Y 2015, el último año que acudí a la fiesta (este año he asistido al éxito de Dolores Redondo desde mi casa, porque finalizo, con el tiempo en contra, mi novela), lo hice con un vestido de lentejuelas negras y corte lencero de Juanjo Oliva, de nuevo muy sencillo, pero inolvidable.

Las joyas, por otro lado, han sido un complemento esencial para estos vestidos. Las que acompañaban este conjunto eran de Chocrón Joyeron, de oro blanco y diamantes.

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Aunque no publique las fotos porque son de pésima calidad, quiero mencionar a otros de los diseñadores que me han acompañado en Planetas ya distantes: Hannibal Laguna me brindó un maravilloso vestido de gasa gris perla y pedrería, Ana Locking, una fantástica túnica de tul blanco, Ion Fiz, un conjunto de falda azul y capa con volumen…

Todos ellos han formado parte de una larga lista que acompaña en mis recuerdos a libros y autores, sensaciones y emoción compartida; y a todos debo el que me hayan permitido convertir  la fiesta de la literatura en algo que se parecía a mis sueños de juventud.

 

Sin etiquetas

 

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No suele ser habitual que una fiesta mueva a mucha reflexión: al menos, no una fiesta exitosa. Las que fracasan sí, invitan a darle vueltas a las razones del fiasco. Pero ese no fue el caso de la que celebró Audi en Madrid para presentar el nuevo Q2, un fantástico evento animado por Lío Ibiza, y con una cuidada selección de invitados variopintos e interesantes. Me divertí como pocas veces.

Sin embargo, lo que me llamó la atención fue la palabra escogida para definir tanto el coche como la fiesta, #untaggable. Esta, y su traducción de andar por casa, “inetiquetable”, son términos que se han puesto de moda, como en su momento sinergiaempoderamiento. Por cierto, la traducción correcta al español sería inclasificable.

La referencia a las etiquetas obedece, desde luego, al hábito de facilitar la búsqueda a partir de términos comunes en redes sociales. Y la campaña de publicidad, ideada por DDB Barcelona, continuaba con una reflexión: lo realmente interesante en esta vida, sea una persona o una vivencia, no puede definirse únicamente con una palabra.

Y es cierto: pero el objetivo de las etiquetas no es, precisamente, definir, sino organizar, clasificar, categorizar, etiquetar. La etiqueta mental cumple con una función precisa: descartar lo que no es, y, a un nivel muy primitivo, que comencemos a estructurar el pensamiento. Como base, la etiqueta resulta necesaria. Como fin, nos limita.

De manera intuitiva, todos empleamos las etiquetas, y todos las aborrecemos si se nos aplican. Percibimos que se nos quedan pequeñas, que no abarcan las contradicciones y facetas que un adulto ha desarrollado, muchas veces con esfuerzo. Cuanto más neurótica sea la personalidad, mayor necesidad tiene de etiquetar a quienes le rodean. Y, aunque nombrar lo que sentimos y elaborar las emociones a través del lenguaje resulta de enorme utilidad, esa manera de experimentar el mundo con la palabra debe de mostrar flexibilidad y cierta creatividad.

Quien se define únicamente con una palabra (su ciudad o región de origen, su profesión, su equipo de fútbol, su color de pelo, o incluso algo tan noble como madre) no pierde de vista, desde luego, que no es únicamente eso. Pero quizás no sea consciente de que, por la simplificación que provocan las etiquetas, los demás los limitarán a ese término. Conviene recordar que  las etiquetas no conservan el mismo contenido emocional para todo el mundo: incluso términos tan positivos en teoría como #creatividad o #libre pueden ser considerados aberraciones para algunos. Ni una palabra, ni una imagen, ni una primera impresión deberían quedarse únicamente en  la superficie, sino servir como invitación para un paseo más reposado.

De no ser así, más vale rechazar cualquier etiqueta.

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Y así acudí yo a la fiesta sin etiquetas: mi vestido plisado azul marino es de Adolfo Domínguez: tan ligero y cómodo que resulta perfecto para viajes, porque  soporta cualquier maltrato. Las sandalias amarillas provienen de Paco Gil. Llevo mis aretes de diamantes, y un collar de oro blanco de Vasari. El responsable del labial y de la laca de uñas es L`Oreal, en concreto el 442 Coral Showroom.

En el jardín secreto

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Fui al colegio en un palacio, jugaba en el laberinto de setos de un jardín botánico, y las clases de gimnasia tenían lugar en el salón de baile, el Salón de los Espejos. No es el inicio de una novela, ni una fantasía adolescente: hasta que se construyó el nuevo colegio “La Milagrosa”, las niñas que estudiábamos con las Hijas de la Caridad disfrutamos de las instalaciones del Palacio del Marqués de Urquijo, en Llodio. Esos dos primeros años escolares incluyeron cenadores, capillas privadas, un río que cruzaba frente al colegio, y un estanque de nenúfares. Ahora, transformado en el Parque de Lamuza, el antiguo palacio sufre un lamentable abandono, denunciado de vez en cuando por algunas voces.

Creo que por eso siempre me he sentido cómoda en los palacios; algo de ese paraíso de la infancia quedó en mí. O eso, o que me encuentro mucho peor de los delirios de grandeza de lo que estoy dispuesta a admitir.

El último palacio madrileño que he descubierto es, por suerte, un precioso museo abierto al público, que ofrece las espléndidas colecciones de su antiguo dueño: el Lázaro Galdiano.  Me habían hablado maravillas de él incluso en otros museos, y lo cierto es que no exageraban. Cualquier objeto bello, cualquier obra de arte, era candidata a ser coleccionada por el incansable fundador. Lo típico de lo que cualquiera nos encapricharíamos: un Goya, un Bosco, un aderezo de diamantes, piezas de brocado del siglo VII… Sus talleres, y conferencias, y exposiciones temporales desmienten que en Madrid la cultura no tenga espacios donde, sin demasiado ruido pero con exquisito gusto, puede cultivarse.

La exposición que me llevó en esta ocasión al caserón de la calle Serrano 122 fue la del Libro Ilustrado que, de manera gratuita, se muestra hasta el 16 de junio. La riqueza de los ejemplares expuestos corta el aliento, y más si se tiene la suerte de una visita guiada. En mi caso tuve la suerte de que me atendiera Juan Antonio Yeves, su comisario y director de la Biblioteca, cuya pasión por los libros resulta contagiosa. Esas ilustraciones (desde las encontradas en los libros más antiguos a las técnicas más modernas) harán las delicias de cualquier impresor, o diseñador, o ilustrador gráfico. No siempre se tiene a cinco centímetros de distancia un Durero, o un Manucio.

Pero, además de esa belleza, me esperaba una sorpresa: en el jardín de museo han florecido los magnolios japoneses,  con sus flores rosadas en forma de cáliz. Esos árboles, ahora muy populares, resultaban extremadamente raros no hace tanto tiempo. Y, casualmente, junto con otros ejemplares exóticos, en el jardín del palacio de mi infancia existían dos. Sus pétalos, a diferencia de las magnolias convencionales, llovían por estas fechas. Años más tarde, en la Universidad de Deusto, un magnolio japonés florecía exactamente para los exámenes de febrero, y era centro de mitos y rituales: se decía que una hoja de ese árbol entre los apuntes provocaba que las preguntas que cayeran en el examen eran precisamente esas.

Me basta ver esas flores para sentirme feliz. Han aparecido mencionados en varios de mis libros, sobre todo, en los cuentos, porque me resulta complicado escribir y no hablar de mi pasiones, como es la botánica. Y así, me permitiréis que, en lugar de los libros-joya de las salas, que podréis ver por algunas semanas, os muestre esta breve y efímera belleza vegetal.

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Una visita a un palacio invita a vestirse como un princesa, y así me sentí con este vestido de gasa de Trucco que recuerda, con su estampado, a los que las damas de la época podrían haber lucido en este mismo jardín (el palacio se finalizó en 1909). He cedido a la moda de lucir dos pendientes de longitud diferente, pero, eso sí, los dos realizados con piezas de relojería, y un brazalete de pedrería. Los zapatos azules, con acabado de serpiente, son de Sacha London. Y, como siempre que llega el buen tiempo, he comenzado a trenzarme el pelo. Como hacía, cuando era niña, en los ratos muertos en el palacio. 

Te trataré como a una reina

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   El problema al que se enfrenta la belleza se resume siempre en el tiempo: la lucha contra el tiempo, encontrar tiempo para ella. Una de las trampas del cuerpo es que requiere cantidades ingentes de horas: no en vano se habla de culto al cuerpo como si adoráramos una divinidad. De hecho, durante siglos (y aún ahora) la belleza ha consistido en un patrimonio de determinadas clases sociales. La piel nívea y suave, las manos sedosas, las uñas largas delataban que la mujer no sufría de los padecimientos del trabajo, y mucho menos, al aire libre. Cumplir con los requisitos que en la actualidad definen a una mujer bella implican mucho tiempo dedicado al ejercicio, al cuidado del cabello, de la piel, la depilación. Muchos de los criterios que implican ser atractiva tienen que ver con encontrarse alerta, detectar una cana, una arruga, una mínima mancha.

  Pero ese tiempo tan temido ofrece una gran ventaja: si bien no puede detenerse, nos enseña que la frase escuchada mil veces de que la belleza está en el interior esconde una gran verdad. Quizás no a los veinte años, pero pasados los treinta, el estado de ánimo marca tanto la piel como el peor de los hábitos. Además de la constancia en el cuidado y la buena alimentación, de las horas de sueño y la hidratación, la tranquilidad, o al menos, una cierta paz mental, comienza a convertirse en parte del atractivo personal. Las arrugas no pueden frenarse, pero las de una persona risueña y serena serán completamente diferentes a las que crea el estrés y la tristeza, o la cólera constante. La felicidad (que es distinta a la euforia, o la alegría) y la seguridad se traduce en una mirada luminosa, en un halo invisible y permanente.

  Yo ya no recurro a tratamientos que no me ofrezcan una filosofía de base con la que esté de acuerdo, en especial aquellos de cuerpo, que son para los que confío en profesionales, porque la pereza, esa gran enemiga, me vence con frecuencia en los corporales. Sea en un spa, en balnearios, para aliviar el dolor de espalda, o para relajarme, creo que se entabla una intimidad, una comunicación con quien te toca: y prefiero que lo haga con una intención parecida a la que defiendo.

Recomiendo, por ejemplo, el ritual Reina de Egipto de Alqvimia  para quienes piensen de manera parecida a la mía. Si por algo destaca Alqvimia es por una filosofía respetuosa con la psicología de la mujer, y por el uso de la cosmética completamente natural y con productos ecológicos. Su fundador, Idili Lizcano, conocía bien, como buen maestro perfumista, la tradición botánica, y lo arraigada que se encontraba la alquimia y la magia en ella, y algo de esa leyenda continúa en sus productos.

  Había otro elemento de puro capricho, claro, que tenía que ver con las resonancias que en belleza y fascinación despierta Cleopatra; y después de la leche de burra, no me quedaba más remedio que lanzarme a las sales del Mar Muerto, que ya había probado, el incienso y la mirra, que no podía continuar viviendo sin probar.

  El ritual combina la envoltura, que si bien hay a quien no le gusta demasiado, a mí me enloquece, con un masaje con aceites esenciales; el enfoque holístico funciona a la perfección: al finalizar, la piel parece de raso en tacto y aspecto, ha recuperado una tersura inédita, y la relajación es absoluta. Además, ese cambio energético que prometen se produce: yo experimenté una sensación de bienestar, de aumento de autoestima, que no se debía únicamente a un tratamiento agradable. Sean las que sean las fórmulas magistrales que utilizan en Alqvimia, en mi caso se produjo un cambio evidente, interno, que percibí sin necesidad de que nadie me lo dijera. Algo misterioso, un poco mágico.

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Para la visita a la tienda de Alqvimia en Madrid, en Don Ramón de la Cruz 13, escogí un vestido azul de otros diseñadores que transforman a la mujer en reina, The 2nd Skin.Co con un cinturón tornasolado, y unos pendientes de diamantes. En la tienda, que funciona también como Spa, y que es francamente bonita, pueden leerse diversas frases que van más allá de lo meramente físico: Amor es la esencia que da la vida es una de ellas. La belleza, sin ninguna duda, va más allá de la piel.

Planeta 2015: “LA” noche literaria

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Entre las dudas que más me trasladan las escritoras novatas descollan dos preguntas: ¿Cómo puedo conseguir que publiquen mi novela? y ¿Qué debo ponerme en una fiesta literaria?
La primera es larga de resolver. La segunda, muy sencilla: no existen las fiestas literarias en este país. Olvidad, románticas lectoras, esas soirèes llenas de sutilidades dialécticas, esos cisnes de Capote, esas veladas con champán y discusiones sobre Navokov. Salvo algunas notabilísimas y agradables excepciones, el mundo literario patrio no destaca por la atención a los detalles o la idea del glamour. Tampoco ha logrado congraciarse con la idea de que el rigor intelectual no debe, necesariamente, ser machadiano y adoptar un cierto desaliño indumentario.
Sin embargo, sí que existe una ocasión, cada 15 de octubre, día de Santa Teresa, en la que escritores, editores y adyacentes se reúnen en una gala con motivo del Premio Planeta, en Barcelona. Por motivos que no necesito explicar, y que se resumen en “Melocotones Helados”, para mí es un evento que recuerdo con mucho afecto. Pero eso no quita el que provoque un cierto vacío ante lo desconocido: ¿qué vestir en una fiesta que es, en realidad, una cena durante la cual delibera un jurado, en la que los escritores son minoría, en la que la discreción de la burguesía catalana se impone, y en la que sin embargo hay prensa? Y, sobre todo, ¿qué se viste siendo yo, cuya idea de lo que ha de lucirse en una fiesta se encuentra en las antípodas de la discreción, catalana o no, y cuando hay tan pocas ocasiones de emperejilarse siendo una escritora-escritora?
Hace algunos años resolví ese dilema: cada año acudo a un diseñador español amigo, y le confío la situación. Ailanto, Ana Locking, Ion Fiz, The 2nd Skin.Co, Jesús del Pozo, Josep Font, Hannibal Laguna… han sido algunos de los que me han vestido para esa noche. Todos han entendido el espíritu del premio mejor de lo que yo lo haría. También lo han hecho las marcas de joyas.

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Este año ha sido Juanjo Oliva, de su colección Elogy para el Corte Inglés el que, con un vestido muy sencillo, de corte sirena y miles de lentejuelas negras, me ha preparado para el Planeta. Ceñido, pero sin exageraciones, es el marco perfecto para las joyas de Chocrón: un collar-babero de diamantes, los pendientes de talla en lágrima, y el maxi anillo bañado en rodio con una enorme selenita y rodeado también de diamantes. Las sandalias, de raso y strass son, como muchas otras veces, de Paco Gil. Aunque en las fotos os muestro los previos en mi casa, justo antes del Premio me peinó Laura Zamacois con una trenza que se recogía en forma de flor sobre una oreja. Y por supuesto, siempre llevo el perfume Halloween.
Os contaré que cada año ha habido un imprevisto justo antes que hacía temer que el vestido no llegara o no sirviera: es casi una tradición. Retrasos de mensajero, medidas mal tomadas, despistes, desgarrones… este año fue la cremallera invisible la que se rompió, y hubo que cambiar a toda prisa. Y, cuando todo está preparado, la duda de siempre. ¿Quién será el ganador? Este año, la tierna, irónica y divertida Alicia Gimenez Barlett. ¡Enhorabuena, querida Alicia!

La Fiesta de verano de Kenzo y el “Mono no aware”

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Cuando me llegó la invitación para la Fiesta del Verano de Kenzo, que coincidía con el 15º aniversario de su perfume Flower by Kenzo, la pregunta era obligada: ¿Qué estaba yo haciendo hace quince años? Me encontraba aún de promoción tras el Premio Planeta, y recuerdo bien lo novedoso del diseño de la amapola encerrada en un frasco transparente. Yo era joven y aquello era nuevo.

La amapola, esa flor salvaje, frágil, perecedera (hay que chamuscar su tallo para que dure, una vez cortada) ha sido una obsesión para muchos poetas. Los simbolistas la empleaban como una metáfora de la pasión, por su color, y del sueño, por sus cualidades de adormidera. J. R. Jiménez quería casarse con ella, y era un juguete para los niños de campo, que las veían brotar entre el trigo y en los campos como una sorpresa encarnada. En la tradición japonesa del Mono no aware, de la que bebe Kenzo, la amapola fue empleada como símbolo de la belleza efímera en desde el siglo VIII; mil años más tarde, K. Issa escribió este bello haiku:
Vivimos.
Simplemente.
 Yo y la amapola.

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EspidofiestaKenzoPor lo tanto, y en homenaje a esa amapola atrapada en el tiempo, flores rojas adornaban mi vestido, con lentejuelas y tul en los bolsillos, de The 2nd Skin Co. Corto, y de tejido algo rígido, se ajustaba con un cinturón rojo. Las sandalias negras de Cuplé,  eran tan bonitas como cómodas. El pelo no debía adquirir el menor protagonismo: una coleta baja, similar a las vistas en los desfiles de Kenzo. Un bolso dorado, el maquillaje de Chanel  y joyas en oro rosa y diamantes de Chocron Joyeros: unos pendientes de estrella de la  Colección ChCirca; la sortija de la colección ChAstral, maravillosa, que concitó más de una envidiosa mirada; el brazalete articulado de la colección ChRomanChic, de inspiración victoriana, con un diseño floral, que suavizaba la propuesta más rígida y geométrica de los anteriores.

Y, curioso, en esa fiesta salpicada de rojo, en la que imaginaba bullicio, ruido y alegría, mantuve con Màxim Huerta, a quien no esperaba ver allí,  una de las conversaciones más interesantes sobre la calma, el estrés y el proceso de escritura que recuerdo en los últimos tiempos. Mono no aware, sensibilidad ante lo efímero.

Los escritores y los Reyes

9La primera vez en la que me encontré con los reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía fue con motivo del 50º Premio Planeta, dos años después de haberlo ganado yo. Nos reunimos prácticamente todos los ganadores y finalistas de la historia del Premio, al menos los que quedaban vivos. Recuerdo que Vázquez Montalbán se puso una camisa roja, e hizo todo lo posible para no aparecer en la fotografía conjunta. El protocolo aún se está recuperando de ello.
La primera vez que me encontré con los Príncipes de Asturias fue por otro aniversario literario, el del Premio SM-Barco de Vapor. Acababa de regresar de Cuba, con la cabeza llena de trencitas, esas veleidades de turista, y así me planté allí. El protocolo aún se está recuperando de ello.
La primera vez que me encontré con Don Felipe y Doña Letizia ya como reyes fue con motivo del Premio Cervantes a Juan Goytisolo, la víspera de su discurso “A la llana y sin rodeos”. Fuimos muchos los que quisimos acompañarle durante la comida que todos los 23 de abril dan los reyes en el Palacio Real a escritores y a personalidad del mundo del libro: y sí, me temo que el protocolo aún intenta recuperarse de ello.

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Para quienes no estamos acostumbrados a ocasiones tan formales, aunque sean durante el día, el negro es una apuesta segura, algo aburrida, salvo que escojas un vestido de Amaya Arzuaga con volumen a la cadera. Las joyas de Chocrón Joyeros, de oro blanco y diamantes, pertenecían a las colecciones Ch-Aura (los pendientes) y Ch-Circa (la deslumbrante pulsera). Firmaba los zapatos de ante, con el tacón en metacrilato y una mariposa de cristal Swarovski en tonos verdes y azules, una de las casa predilectas de la reina, Magrit. Compré el bolso azul marino en una tienda de segunda mano de Nueva York, y aunque el protocolo se ha relajado significativamente por deseo de los monarcas, intenté comenzar el reinado con el peinado adecuado, y un maquillaje suave, que corrieron a cargo de Myriam de Prada. Las fotos se hicieron en el Palacio Real y en el Espacio Fundación Telefónica.

¿Otras ocasiones en la que se encontrarán reyes y escritores? Muchas. Además de la Feria del Libro, el recién otorgado Premio Princesa de Asturias, concedido al cubano Padura. Que ya ha anunciado que se comprará el traje en El Corte Inglés