Fiesta de Stuart Weitzman en la Embajada Americana

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Durante muchos años quise ser miembro del Cuerpo Diplomático. En mi imaginación adolescente reunía todo aquello que me parecía deseable: el conocimiento de idiomas, la mediación, el servicio a mi país, el conocer distintas mentalidades y culturas. Incluso la rotación de lugar en lugar se me antojaba algo adecuado para mí, porque ya entonces intuía mi vocación nómada y de mal asiento.

De hecho, comencé a estudiar Derecho precisamente con la mente fija en las oposiciones futuras. Yo deseaba ser escritora, y me parecía tan imposible como volar al espacio; pero fantaseaba con que algún día la futura embajadora (yo) les invitara cordialmente a la presentación de una novela.

Aquel primer año universitario resultó clave: la evolución es larga de explicar, pero al finalizar había abandonado el Derecho, había dejado la música, y comenzado en serio, tras incontables horas en el Taller Literario y en la biblioteca, la apuesta por mi carrera literaria. No sabía aún cómo, pero sí que no podría dedicarme a algo que no me apasionara, y pese a la preocupación de mi familia, inicié Filología Inglesa y comencé a escribir sin tregua.

Quién le diría a aquella jovencita un poco asustada, pero con la decisión clara de ser escritora, que seis años más tarde entraría en la Embajada de España en México DF para asistir a una comida en su honor durante la gira americana del Premio Planeta. Fue una tarde memorable, con escritores excepcionales entre los que se encontraba mi idolatrado Augusto Monterroso (sí, el del dinosaurio), y en la que tiré al servirme media corona de arroz sobre la preciosa alfombra del comedor de la Embajada. Yo, que no soy especialmente torpe, ni mucho menos tímida, me quedé paralizada cuando ocurrió. Era una novata. Ahora comenzaría a arrojar el resto del arroz cocido al aire a puñados al grito de ¡Evohé, evohé! con esa licencia que me da el ser una artista extravagante, pero entonces quise morir. Y la amabilidad y la delicadeza con la que el embajador salvó la situación y me hizo sentir de nuevo cómoda fue una lección de modales que nunca olvidaré.

La llegada a Madrid del actual embajador de EEUU en España, James Costos, ha supuesto una auténtica revolución: no solo ha conseguido que la Embajada se haya convertido en un activo centro de promoción de la cultura y el modo de vida americanos sino que con su carisma y capacidad de convocatoria sus fiestas ha recuperado el glamour de lo exclusivo (cosa que es un mérito añadido, ya que no son precisamente ni escasas ni minoritarias). En esta ocasión, celebrábamos la apertura de la tienda de zapatero Stuart Weitzman en Madrid, en Jorge Juan 12. Conocido por ser el zapatero de las famosas (Angelina Jolie o su archienemiga Jennifer Anniston han lucido sus creaciones), Weitzman fabrica en mi querida Elda unos dos millones de zapatos al mes, entre ellos su famoso modelo Nudist.

Y allí apareció Weitzman, con su simpatía contagiosa y su muy buen español, junto a la piscina de la Embajada, entre las docenas de orquídeas que Michael S. Smith, el marido del embajador y decorador, entre otras mansiones, de la Casa Blanca, ha repartido por la casa. Si lo que buscaban era que recordáramos esa noche como una de las más divertidas y agradables de la temporada, lo consiguieron: invitados bien escogidos, buena música, y unas incontenibles ganas de pasarlo bien. Y ese no se sabe muy bien qué que transmiten algunos lugares, algunas personas, y que no puede imitarse ni repetirse.

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Cualquiera, incluso yo, hubiera apostado porque llevaría un vestido a la fiesta de la Embajada: pero en este caso he salido de mi (término ahora tan de moda) área de confort para escoger un mono de una pieza, blanco y negro, con un hombro al descubierto, y una capa fluida que provoca la ilusión óptica de ser un top. Lo firma Etxart&Panno.

El anillo dorado y negro es de Luxenter. Llevo un bolso joya dorado de The Gallery Room, pendientes de amatistas de Daniel Espinosa, y gafas de sol de Musthave. Y el pelo un poco más liso de lo que es en mí habitual. Los zapatos son cómodos, pero nadie lo diría, dado el precario cruce de piernas que no sé por qué me dio por adoptar. Y no una, sino varias veces. En fin: extravagancias propias de mi oficio. Evohé.

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Ambiciono

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-¿Cómo deseas sentirte? -me preguntaron en Lush Spa.

-Quiero recuperar mi ambición -contesté. No me pidieron más explicaciones ni yo las di. Me encontraba en la cocina verde y acogedora del cottage del spa, ante un agua infusionada  con fresas, y una serie de palabras entre las que podía escoger: paz, serenidad, confianza, autoestima.

Me aguardaba más de una hora de tratamiento, el tratamiento insignia de Lush, llamado Synaesthesia. La sinestesia, un recurso poético que nos habla de aromas dulces, de colores duros, de luces ruidosas,  servía en este caso para una estimulación constante de los sentidos: la aromaterapia, una música compuesta para cada una de los tratamientos y un masaje interminable.

Ambición, pensaba, mientras cerraba los ojos, en la penumbra de la sala de masaje, con la música a un volumen un poco más elevado del habitual y mucho más descriptiva de lo acostumbrado. Ambición. Me aplicaron un calor seco en los pies, y un masaje en el cuero cabelludo, una de las sensaciones más agradables que conozco. Más piedras calientes, en los puntos que coinciden con los chakras. Y la música continuaba; evocaba un mediodía radiante en el cambio, para pasar por la noche, el amanecer y regresar de nuevo al mediodía al final del tratamiento.

Quería recuperar mi ambición, esa fuerza poderosa que se encuentra en el origen de los sueños, por dos razones: la primera, el que durante los dos últimos años mis prioridades se habían centrado en otros objetivos. La serenidad, la paz mental, la lucha contra el perfeccionismo o la búsqueda del ocio. La ambición, que tanto me había ayudado en mi vida y en mi carrera, había quedado aparcada hasta que tuviera fuerzas para recuperarla.

La segunda razón tenía que ver con la mala fama de una palabra que ha sido, durante siglo, patrimonio de los varones. La ambición convertía a las mujeres en unas Lady Macbeths manipuladoras, en causantes de la ruina familiar, en medusas capaces de congelar el corazón humano. En esa visión social de la mujer como parte de una estructura, sin función propia, la ambición, la vanidad o la pereza eran pecados imperdonables. Y sin embargo, qué necesaria es para las generaciones más jóvenes, como una forma de mirar al futuro con decisión y de planificar una vida mejor.

La música avanzaba, y me llevaba a terrenos ya transitados. Con la relajación profunda, las ideas surgían con mayor claridad, las asociaciones entre un concepto y otro fluían suavemente. Regresaba en mi mente a los caminos que en su momento no escogí, o a los errores de los que aprendí algo. A las siestas en verano con la orquesta de las chicharras entre la hierba, bajo un manzano.

 Y tras ese tiempo de ensoñación, mi piel quedó suave, con un olor delicioso y una sensación cálida. Y las emociones experimentadas habían pasado por altos y bajos, por la falta de miedo y el deseo de llevar a cabo nuevas ideas. No sé si eso era lo que esperaba de la ambición: pero se le parece mucho.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERA No lo sabía cuando me vestí esa mañana, pero los tonos metálicos y oro encajaban bien con el tratamiento elegido. Los pantalones dorados son de HM, y los zapatos, un gran éxito de temporada de Mango. El anillo de oro con un zafiro fue un regalo familiar por  mi Comunión, (mis dedos nunca crecieron), y los pendientes, en este caso con amatistas, fueron diseñados por Daniel Espinosa. La laca de uñas lleva el nombre de OPI.

Enredado en tus cabellos

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De los controles sociales que la comunidad ha ejercido sobre el individuo, uno de los más interesantes ha sido el que ha mantenido sobre su apariencia. Nada ha escapado a él: bien a través de los cánones de belleza, de las leyes o el tabú, la sociedad se ha encargado de uniformar a cada uno de sus miembros por clase, sangre, sexo, poder económico o edad. El atuendo, el maquillaje, y desde luego, el cabello, nunca han gozado de libertad. Incluso en nuestros días, el pelo es una de las maneras de comunicación no verbal más estrictas y veraces admitidas en público. Literalmente, tu modo de ser se encuentra enredado en tu pelo.
Es posible que tengamos en mente el corte de pelo de las novicias en su toma de hábitos, o los moños que indicaban que una muchacha entraba en edad de merecer, las mantillas para ocultar el cabello en la iglesia, o las normas, más estrictas, de mostrar el cabello femenino en otros países. Desde las pelucas de las judías ortodoxas a las que portaban las egipcias, desde el tinte corrosivo del Renacimiento a la provocación de los melenudos Beatles, del empolvado obligatorio del s XVIII a los skin heads, cada movimiento, cada edad se ha manifestado a través del cabello. Pero ¿de verdad pertenece al pasado? ¿Qué ha vivido, y vive, mi generación, a través de su pelo?
Los bucles del bebé varón, que había que cortar para que no pareciera una nena, y que algunas madres guardaban como recuerdo de su pequeño ángel. El pavor a los piojos en el colegio. El cabello largo, larguísimo, para la Primera Comunión, en la que las niñas fingían ser pequeñas novias; el corte de pelo posterior, justo después del Corpus, por parte de madres hartas de peinar interminables melenas. La primera permanente. Las primeras mechas, o brillos, que marcaban el paso a la edad de la seducción. Los productos el obligatorio rapado del servicio militar. El peinado de la boda, que delata el paso del tiempo tanto o más que el propio vestido. El baño de color, primero por placer, luego para ocultar las primeras canas. Los efluvios telógenos durante el embarazo o la lactancia. El corte de pelo práctico al tener el primer niño. La pérdida de cabello, la tonsura, y el afeitado de los treintañeros. Las valientes que se atreven a mostrar el cabello gris. Las modas, los peinados de las actrices en auge, los anuncios de tónicos por parte de futbolistas con melenas dignas de folklóricas. El trasplante de cabello.
Yo no fui consciente de hasta qué punto mi imagen se fusionaba con la larga melena ondulada de mi juventud hasta que, hace unos años, al cortármela a lo garçon, fui noticia en el programa de Onda Cero Julia en la Onda. El aluvión de emails y de mensajes que recibí me resultó tan extraño como revelador: yo era tanto mi cabello como mi nombre, mi obra, o mi voz. Las interpretaciones de por qué había cortado mi trenza fueron tantas, y tan pintorescas, que las recuerdo como una de las experiencias más surrealistas de mi vida. Mientras mantuve el pelo corto, experimenté todo lo que quise. Descubrí que tenía un pigmento rojizo de base, que convirtió mi intento de convertirme en rubia platino en un amarillo bastante provocador. Supe la diferencia de miradas que reciben las rubias, aunque sean de un amarillo provocador. Perdí la paciencia mientras me crecía, me reconcilié con él, probé productos que ni siquiera sabía que existían, nutrí, cuidé, aprendí que el cabello responde a la alimentación y a las emociones como la piel, o el peso.

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El cabello que ahora me acompaña, y el que creo que muestra el tipo de mujer que soy, es una media melena, de mi color natural, castaño rojizo. No uso tinte, porque no tengo más de media docena de canas, empleo el secador con una mesura casi tacaña, uso protección solar, y procuro nutrirlo con los mejores productos que están a mi alcance. Intento mostrarme cuidadosa con un cabello que siempre ha sido agradecido; no siempre me porté así. Como muchas jóvenes, menosprecié lo que me daba la naturaleza, y le dediqué poca atención. Ahora, como hago con el resto de mi vida, mi cuerpo y mi mente, valoro lo que tengo, me mimo todo lo posible e intento mostrarme coherente con cómo me comporto con ello.

El turbante de Zwei me protegió del frío en Manchester. Los pendientes de esa misma imagen son de Daniel Espinosa.  y el resto de las fotografías están tomadas en Callao, Madrid, en la Librería La Central. El esmalte de uñas de es OPI.