Recomendaciones espidianas de julio

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Este mes ha sido un periodo de cursos, de relecturas y de conversaciones sobre clásicos; y de alguna novela nueva. Rusia está custodiando algunos de ellos, y otros que aguardan su oportunidad en agosto… pero los de julio han sido estos. 26.1

Las vírgenes suicidas es una de las lecturas obligatorias de los cursos de creación literaria que imparto. Mucho antes de que S. Coppola la adaptara al cine, en mi primer año de Filología Inglesa, leí de un tirón en una tarde y una noche esta novela sobre una adolescencia truncada y cinco hermanas católicas, sobre la fascinación que su vida y su muerte ejerce sobre su entorno, y, ante todo, sobre lo efímero de la felicidad y de la belleza. Publicada en España por Anagrama, sigue siendo un precioso texto que nos acerca al misterio de la mente ajena.

4.2

Sara Morante ilustra este cruel cuento clásico, que habla también, curiosamente, de una muchacha que no encuentra ni fin ni satisfacción a su deseo. Una vez más, es castigada por un pecado que jamás se le perdonará a las mujeres: la coquetería. El relato de Andersen se revela aquí con sus sombras más siniestras… y más interesantes. Es responsable de ello Impedimenta.

17.2

Entre los regalos de mi cumpleaños (faltan algunos, pero el agradecimiento los alcanza a todos), se encontraba una novela de Salamandra, La tristeza de los ángeles, de Jon Kalman Stefansson, Un autor islandés que escribe sobre el eterno invierno moral y real de su isla, y de cómo algunos de sus habitantes lo combaten con lecturas de Shakespeare parecía una apuesta segura en mi caso, y lo ha sido. Sin embargo, el argumento carece de importancia, en este caso. Su mérito radica en la atmósfera, y en el modo envolvente en el que el escritor nos lleva a donde quería desde un principio.

6.2

No todo va a reducirse a leer: antes o después, casi todos los apasionados lectores desean escribir algo, aunque solo sea el listado de sus lecturas. Por ejemplo, en este bonito cuaderno de La tortuguita blanca.

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Lady Macbeth se reclina indolentemente sobre la última entrega de una de mis sagas favoritas: la que Lindsey Davis dedica a Marco Didio Falco, o, en el caso de Mater Familias, su nueva novela, a la hija del mismo. Novela histórica, sí, policiaca, incluso, pero tan divertida, tan bien documentada y tan dinámica que interesará a cualquier lector al que le interesen los retos.

31.2

Siempre resulta agradable verse y saberse leída en otros idiomas: y en este caso, el libro que aparece en la imagen es la compilación de la obra de escritores eslovenos y españoles, traducidos tras el congreso en el que intervine, hace ya algún tiempo, en Liubliana. No se encuentra a la venta en España, pero sí al acceso de estudiosos e investigadores en Eslovenia.

23.2

Si Herman Koch, otro autor del norte, en este caso holandés, piensa como escribe, tiene un problema. En Estimado señor M. no hay lugar para la esperanza. La vida de todos sus protagonistas (un escritor, un profesor, dos alumnos) se han truncado por motivos intrascendentes, banales: algunas de ellas, sin remedio posible. Con una mirada descarnada y sin piedad ninguna, el autor revisa las mentiras cotidianas y las desmonta. Una por una. La ha publicado Salamandra.

7.3

Siempre hay que leer a Fernando Iwasaki. Búsquense las excusas que mejor les parezca… Este relato Fernanda se fue con él, es, como tantas otras cosas, un regalo que este autor peruano ofrece. Nadie trabaja como él el humor sin mala intención, y el punzón de la sinceridad escondido en la sonrisa.

Y, por último, un libro que yo veo claramente destinado a un público juvenil, pero que se está vendiendo como un nuevo gran éxito de J. Boyne: El niño en la cima de la montaña. Su lectura resulta sencilla, los protagonistas son adolescentes, y la historia de la manipulación nazi, la de siempre, y la que, a lo que parece, debe ser aun repetida para que aprendamos y crezcamos.

18.2

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Por qué yo sí continuaré en Instagram

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Si bien las redes sociales han sido criticadas desde  su inicio, Instagram se encuentra ahora bajo la lupa, con  opiniones a favor, en contra, sonados abandonos, acusaciones de frivolidad o de vacuidad.
Por mi parte, defiendo Instagram por motivos muy personales; a diferencia de otros escritores, mantengo presencia en las principales redes sociales, que me han servido para comunicar directamente mi trabajo, ponerme en contacto con mis lectores y mantenerme informada del devenir de personas o instituciones. Cada una de las redes posee su público, y demanda un  lenguaje diferente, y quizás Instagram, pese a su sencillez y su capacidad intuitiva, sea el más complicado de comprender: imágenes, sin texto, en general, o con unas pocas etiquetas. Galerías plagadas de atardeceres, selfies, o comida. Mujeres guapas que muestran su ropa, o su estilo de vida. ¿Eso es todo?
Para mí, no. No reniego del sentido emocional, o de álbum compartido, que puede tener para muchas personas. No podemos imponer nuestra filosofía de uso a otros, y quien abra cuentas solo para seguir a otros, o incluso no se arriesgue más que a repetir fotos ajenas sabrá sus razones. Pero lo que de verdad me interesa de Instagram es la forma narrativa: cómo algunas cuentas, de nombres célebres o no, interpretan la vida, sus historias personales o la realidad a través de imágenes. Valoro la originalidad y la calidad de la fotografía, y algo que muchos críticos pasan por alto: el trabajo tras la cámara, aquello que de manera aparentemente fácil se ofrece, y que conlleva mucho esfuerzo, planificación y profesionalidad. Como espectadora, aprecio esa labor, y la premio, independientemente de que las cuentas sean conocidas o no. Curioseo, busco, sigo las sugerencias, veo realidades y enfoques que de otra manera no conocería, y que cambian de hora en hora.
Como usuaria, @espidofreire, en cambio, la historia es otra: ya he comentado en otras ocasiones que pasé recientemente por un proceso depresivo importante. En mi recuperación han intervenido muchos factores: tratamiento médico, terapia, olvidarme del alcohol y de la cafeína (aunque a la cafeína he vuelto), ordenar mis hábitos de descanso, de alimentación y ejercicio, y restructurar mi vida, que se encontraba completamente fagocitada por el trabajo, la ansiedad y la autoexigencia. Y ahí me encontré con un problema: no sabía qué hacer con mi tiempo libre, obligatorio, que no tuviera que ver con mi trabajo. La terapia ocupacional era clave, y tras probar algunos clásicos (puzzles, bordado, sudokus…) encontré que podía retomar mi interés por la fotografía, sin más ambición que la de distraerme, y sacar alguna imagen bonita.
Ahí apareció la idea de crear un blog en que hablara de moda, un terreno que siempre me ha apasionado y del que había escrito en medios y tonos serios. Y sobre todo, Instagram. Instagram me obligaba a una continuidad, al compromiso de publicar al menos una foto diaria (en la actualidad son entre 3 y 5), y de que esa foto no me avergonzara. A mirar, por lo tanto, desde una óptica que no fueran las palabras, mi vida, y ver qué podía haber de interesante o curioso en mi día a día. Al principio no encontraba casi nada. Ahora, en cada vistazo hay algo. Encontré a seguidores de toda la vida, que de pronto me captaban de otra manera, y que compartían conmigo terrenos que no había cultivado mucho: el sentido del humor y mis intereses personales. Otras personas rompieron la idea preconcebida transmitida por medios periodísticos, o mis libros. He descubierto cuentas interesantes con las que se crean bonitos vínculos basados en las aficiones y la simpatía. Han sido testigos de cómo regresaba la alegría a mi vida y cómo mejoraba mi estado de ánimo, han sido cómplices de sorteos, juegos y microcuentos. Qué sorpresa, no creí que fueras así, me dicen algunos. A quienes no les gusta, sencillamente, se van.
Porque, aunque no era mi intención, la cabra tira al monte, y poco a poco han aparecido pequeñas historias bajo las fotografías: historias de caballos en Praga, las conversaciones de y con mis gatitas, microcuentos de apoyo solidario o caprichos momentáneos. Retratos de artistas y fotógrafos que han tenido la deferencia de elegirme como modelo, y recomendaciones de libros, de visitas culturales o literarias, de cosméticos, o complementos, o ropa. Aquello que me gusta y que quiero mostrar. Hay pocos bodegones con alimentos, porque resulta dificilísimo tomar una buena instantánea de un plato y que parezca apetecible, pero lo intentaré. Introduzco, según conozco un poco más, vídeos, o enfoques un poco más arriesgados. Confío en la generosidad de los extraños, a los que entrego mi camarita Canon o mi Samsung S6 (es lo que empleo, aunque como me habían advertido, el deseo por las cámaras es inacabable) y en la paciencia de los conocidos. Mis seguidores crecen, y yo intento mimarles, corresponderles y agradecer su tiempo.
Es un lenguaje más, un medio de construir algo más, una manera de cultivar áreas que ahora deseo compartir. No más, pero tampoco menos.
La vanidad se encuentra en Instagram de manera tan obvia como en las juntas de vecinos, las columnas de los periódicos o las fiestas de empresa. Los haters o comentarios malintencionados, con la misma frecuencia que en la vida, y con la misma cobardía o falta de reflexión. El impulso de dar opinión inmediata es el mismo que en otras redes sociales, pero por suerte, Instagram es más amable, y la atención se trata de atraer con una frase dulce, y no con una crítica ácida, cosa que, siendo sincera, yo prefiero en estos momentos. Mi carácter nunca ha sido agrio, y aunque jamás he rechazado las críticas, no entiendo los ataques, ni a quien se regodea en ellos.
No sé a dónde me llevará esta red social, si mi camino en ella será largo o no: como herramienta de trabajo está resultando inmediata y útil, como manera de iniciar colaboraciones con gente interesante un hallazgo, como motor de satisfacción personal sorprendentemente productiva, como fuente de aprendizaje aún es inagotable.

20.3

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Las fotografías que más aceptación han tenido por parte de mis seguidores han sido muy variopintas, y este resumen da fe de ello: Un retrato mío hecho por Rebeca Senovilla, la mano de mi madre y la mía unidas, la foto del 16 aniversario de mi Premio Planeta con la misma ropa que ese día, el microcuento que escribí el Día contra el Cáncer de Mama, un bodegón de mi look en el Teatro de Mérida, un selfie con gafas enormes, un graffiti en el Barrio Oeste de Salamanca, mi vestido de Elio Berhanyer frente a las murallas de Ávila, el cupcake con que Alma Cupcakes homenajeó mis Melocotones Helados, una instantánea de mi fotogénica LadyMacbeth, los preciosos zapatos de Amaya Arzuaga, un selfie en mi salón, una historia de amor con Solán de Cabras,  la foto con Gabino Diego, y el bodegón, con mi mano, una marca de la casa ya, del día de mi cumpleaños. Gracias a todos, nos continuamos viendo.

Mujer a los cuarenta.

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Llegaron los cuarenta, y se fueron, y hoy cumplo 41 años. Una edad en la que parece que a muchas mujeres haya que consolarnos: o con frases que elogian nuestra apariencia juvenil, si la mantenemos, o con la consigna tantas veces repetidas de que esta edad no es el fin del mundo, y que aún podemos comportarnos como si fuéramos jóvenes.
Mi generación se ha sentido adolescente por tanto tiempo que no sabe muy bien qué hacer con la madurez. Ni en lo físico, ni en el plano intelectual, ni en el emocional. Sólo el envejecimiento reproductivo alerta a las mujeres de que el tiempo ha pasado.  La obsesión por la juventud comienza a afectarnos de manera preocupante a quienes pensamos que siempre seríamos jóvenes.
Por mi parte, puedo afirmar que nunca me he sentido mejor: no es un tópico. Tras unos años oscuros (una depresión grave, ansiedad constante, los vaivenes de una crisis económica brutal, la desaparición de casi todos los medios en los que trabajaba), me he visto en la obligación de cuestionarme con mucha seriedad quién era y cómo podía evitar el dolor de una vida cada vez con menos sentido, y el sufrimiento que conlleva la mala salud mental. El esfuerzo ha sido enorme, pero puedo afirmar que, día a día, sin grandes descubrimientos ni logros enormes, ha merecido la pena. La terapia, el autoconocimiento, una vida sana y, sobre todo, el trabajo emocional constante me han logrado llevar hasta donde hace un año y medio ni siquiera me podía imaginar.
Entiendo por primera vez que la felicidad íntima, la satisfacción personal, pueda reflejarse en el exterior. Siempre pensé que era una mentira piadosa; y sin embargo, la piel, los ojos, el rictus del rostro, delatan casi todo. Los cuarenta me han despojado de dudas y ciertas inseguridades: atrás queda el deseo de gustar a toda costa, o de adaptarse a modas y corrientes. Mi cuerpo es el que es: le agradezco sus esfuerzos por sobrevivir a una mente inquieta y a hábitos perezosos. El gusto también parece que no se modificará demasiado. La gran aliada de ambos, la seguridad en una misma, garantiza que una mujer que se conoce no se dejará llevar fácilmente por corrientes efímeras, ni por mimetizarse con la masa. La belleza, si la hubo, ya no basta. A nuestra edad, se pide y se busca más. Si no se ha empleado tiempo en resultar una persona interesante, aún se puede hacer un intento: porque será ese atractivo (la conversación, la mirada, el porte, las convicciones) los que nos harán deseables en lo sucesivo.
¿No es un proceso interesante si no miramos atrás, si no intentamos indagar demasiado en el futuro?

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAMi cumpleaños llega en pleno verano, con el mar alborotado por la celebración de la Virgen del Carmen. Incluso bajo los árboles, el sol quema sin piedad. Estos últimos años, además de con todo tipo de sombreros, me he atrevido con las sombrillas, como las orientales, que saben todo sobre la piel blanca. Esta de encaje es una pequeña joyita de Brujas. Hago un pequeño homenaje a la Reina de los Mares con el monstruoso anillo de coral, que contrasta con una línea más simple de los pendientes de HM. El top cruzado es japonés, de seda natural, pintada a mano con percas. La falda corta proviene de Garaizar, una tienda de jovencitas, porque aún lo somos, pero el bolso, que compré en Nueva York, es de los años 40, para recordar que ya no lo somos tanto. Los zapatos rojos y de tacón, de Sacha London, ponen de manifiesto que si se pisa fuerte siempre hay un zapato sexy que lo aguante. El maquillaje es de Chanel.

Y lo mejor de todo es pensar que aún tengo ocho años preciosos por delante hasta descubrir lo espléndidos que son los 50…