Rosa inglesa

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Durante los viajes nos permitimos algunas cosas que no nos toleraríamos en casa: compras de recuerdos que no usaremos nunca, hacernos trencitas, o tatuajes temporales que parecen fuera de lugar en el mismo momento en el que salimos del avión. Promesas, o comidas, o hábitos que quedan atrapados en el interior de la burbuja del viaje, y que de allí, fosilizados como los recuerdos, volverán cada vez que miremos las fotos.

En eso pensaba en el Viaje al País de Jane Austen cuando miraba, como si no las hubiera visto nunca, las ovejas, las vacas, las fincas divididas por setos de la campiña inglesa. Recordé mucho ese orden, esa fascinación británica por no abandonar nunca del todo el campo, cuando Galicia comenzó a arder unas semanas más tarde. Nuestra mirada al campo, como a la historia pasada, ha mezclado siempre vergüenza y desprecio, una negación de lo que hemos sido a favor de un futuro que no sabe integrar el pasado.

Pensaba en el lento abandono de nuestros pueblos y de las aldeas, en las lindes cubiertas de abrojos y en la manera en la que malviven agricultores y ganaderos. En el latifundio. En el minifundio.  Seguí pensando en ello incluso en la casa de Jane Austen en Chawton, en su colorido jardín y sus visitantes, que acuden a centenares a la casa donde vivió una escritora. En el escandaloso mal uso de las subvenciones, y en la necesidad de un cambio inminente de esa mentalidad y esa reorganización, por el bien de todos. De todos. Incluidos las turistas que, con un abrigo rosa demasiado elegante para un paseo campestre, se acercan a mirar el morro pintado de unas vacas amables, e intentan aprender qué pueden hacer, que están haciendo mal en su país.

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El precioso abrigo de pelo (sintético) y rosa es de Mango, y el broche pertenece al abrigo. De la misma marca son los leggins de cuero y el jersey negro de cuello cisne. Los botines son de la firma de Elda Unisa. Y las fotos fueron tomadas cerca de Winchester y en Chawton, en la casa de Jane Austen,  por Nika Jiménez con MyPen Camera.

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Dioses y Mitos por Madrid

OLYMPUS DIGITAL CAMERAEsta es una imagen familiar para cualquier que me conozca: un edificio clásico, una escultura, una alegoría, y yo, plantada allí, incapaz de moverme hasta que les he contado a mis acompañantes qué vemos, de donde viene, qué referencias mitológicas encontramos en esa diosa desnuda, ese amorcillo enfadado, esa mujer con guirnaldas (también me ocurre con los árboles y las flores, pero en menor medida). Desde que de niña descubrí la mitología y su explicación simbólica del mundo ni  la arquitectura ni los jardines me transmitían lo mismo: y, con la insistencia de las pasiones, lo he compartido, me temo que quisiera o no, con quien llevaba al lado.

¿Por qué no lo haces para otros? ¿Para lectores, para curiosos? me habían preguntado mis amigos durante años, no sé si hartos de ser siempre mis víctimas o con un sincero entusiasmo por mis recorridos. El problema de las pasiones es que resultan contagiosas, y que no hace falta mucho para incendiarlas. Cuando comencé a colaborar con B the Travel BrandViajes El país con experiencias como el Viaje por la tierra de Jane Austen (que podéis ver aquí, aquí y aquí) era cuestión de tiempo el que les propusiera un recorrido por el Madrid Mitológico: desde las Quimeras de Atocha hasta la Diosa Cibeles, los caballos de Neptuno o la Diosa que preside la Gran Vía.

Así surgió Dioses y Mitos por Madrid. Una mañana por Madrid, con un grupo de viajeros, que recorren conmigo parte del centro de la ciudad, mientras yo les narro historias sobre esos dioses, esos héroes, esas alegorías que cubren las fachadas de muchos edificios señoriales. Cariátides y héroes, un diablo escondido en El Retiro, laureles, espigas de trigo. Y, como remate, una comida en el Palacio de Cibeles donde podíamos comentar lo visto.

Sabíamos que el Viaje por la Tierra de Jane Austen conmigo había despertado mucho interés, hasta el punto de que el siguiente, organizado para el 5 -8 de Octubre de 2017, se había llenado apenas fue ofrecido (es muy posible que ofrezcamos un recorrido más ese mes, dadas las peticiones de los viajeros: si finalmente es así, lo anunciaré con suficiente antelación), pero era un misterio qué ocurriría con una experiencia más breve, más extraña, si se quiere. Ocurrió lo mismo: veintidós viajeros me acompañaron en una de las mañanas más bonitas de este año, para aprender un poco más sobre cosmogonías, leyendas y sagas.

¿Repetiremos? Muy posiblemente. Pocas cosas pueden compararse a la expresión de sorpresa de quienes te acompañan cuando recuerdan fragmentos de historias leídas en su infancia, nociones sueltas. O cuando ven, como por primera vez, un edificio muchas veces conocido. Eso, y no otra cosa, es para mí enseñar. Las historias no se limitan a los libros. Hay que compartirlas, tienen que volver a la vida. Si no, los dioses y los héroes también pierden sus poderes.

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Para un recorrido que dura casi cuatro horas de paseo por Madrid necesitaba ropa cómoda, y que se adaptara a una mañana de mayo fresca que daría lugar a un día radiante. Elegí un vestido largo satinado de Wild Pony con estampado muy pequeño gris y rojo. El corte clásico (escote cruzado, tirantes, plisado en torno a la cintura, la falda de vuelo con una profunda abertura) lo convertía en un guiño a la experiencia de Madrid Mitológico. Ligero y evanescente, y muy espectacular, lo combiné con una cazadora de cuero negro de Mango, alpargatas  (no se ven en las fotos), un sombrero borsalino, y una gargantilla plateada (o chocker) de  Parfois. El bolso vintage es uno de mis clásicos. Como el sol primaveral es siempre traicionero, me embadurné a conciencia con proteccción solar: estoy probando varias entre las de factor de más de 50 que sean ligeras y adecuadas para piel sensible, y en esta ocasión usé una de mis preferids de Kiehl’s.

Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez con My Pen Camera Olympus: y tuvo el acierto de captar, al menos en una ocasión, el escalofrío y la piel de gallina que me produce, una vez más, entregarme a dos de mis pasiones: el viaje y el conocimiento.

Viaje a Irlanda (IV) Cong

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Después del recorrido en la anterior etapa por los caminos de la Gran Hambruna, tenía sentido continuar hacia Cong, en el Condado de Mayo. Esta zona sufrió con particular dureza la pesadilla del hambre: desahucios, desplazamientos y entierros masivos. Quien conduzca ahora por aquí difícilmente podrá imaginar las condiciones en las que malvivían los campesinos ya antes del mildiu: analfabetos, apiñados en casetas de un único recinto, sin ventanas, y con hogueras de turba.

Los que emigraron en esos años tampoco lo tuvieron fácil; si se dirigieron a Argentina, o a Uruguay, corrieron mejor suerte. La mayoría se embarcó hacia Estados Unidos, y Canadá. Saturados por las decenas de miles de irlandeses, los países de recepción los retuvieron en islas de paso como la de Ellis, en las que las cuarentenas no lograban frenar epidemias; y en las ciudades y barrios americanos la discriminación comenzó a hacerse evidente.

Pero ya antes, y durante todo el siglo XX, los irlandeses habían buscando salida a la miseria o a la persecución política en EEUU: en Lo que el viento se llevó, la autora Margareth Mitchell, descendiente de irlandeses, narra la historia de la hija de un oriundo del condado de Meath. Según la novela, Gerald O’Hara había escapado de Irlanda en torno a 1820, por haber asesinado a un funcionario inglés.

Quizás la otra heroína de arrebatado carácter irlandés más memorable, además de Escarlata, sea Mary Kate Dannagher, interpretada por Maureen O’Hara en El hombre tranquilo. Si bien se basaba en el libro de M. Walsh, fue la mirada del director John Ford la que le dio el carácter de clásico a la película. Ford heredó de sus padres, él de Galway y ella de las islas de Aran, la añoranza y la visión nostálgica de Irlanda. Y fue esta preciosa zona, la que rodea Cong, la que correspondía a la que anidaba en sus sueños, la quintaesencia de la mitificada y añorada Isla Esmeralda. 7.3

En Cong se puede seguir una ruta, incluso guiada, por los escenarios de la película: el río, con sus piedras y sus patos, no ha cambiado, existe un museo dedicado a El hombre tranquilo, una escultura, varias placas, y una de las callecitas y algunos de los locales se mantienen o se han reformado a la manera de la famosa obra. Es la Irlanda que todos hemos imaginado, la imagen en la que muchos se reconocen. Y, curiosamente, se ha construido con la amorosa mirada de los que escucharon las historias de quienes dejaron estos árboles y estos ríos y se llevaron su recuerdo a otras tierras.

Cong posee, además, las ruinas de una espectacular abadía agustina, casi en el mismo centro del pueblo. Aunque estuvo habitada por monjes desde el siglo VII, las ruinas, un monumento nacional, datan del s. XIII. Se conserva el torreón, y parte del claustro, además de algunos restos de edificios; entre las piedras brotan las tumbas, algunas muy viejas, otras que dan testimonio de muertes y penas cercanas. El acceso es gratuito.

Y, al final del claustro, bajo un arco ojival, se abre el camino al bosque y al río: los monjes dependían de ese bosque para subsistir, y de la pesca, para complementar la pobre alimentación que mantenían, además, voluntariamente frugal. Sobre uno de los saltos del río, de las miles de ramificaciones de agua que recorren el condado y lo convierten en un terreno siempre verde y vivo, se conserva la choza en la que los monjes pescaban: ¿sería siempre el mismo, o se turnarían? ¿Se trataría de un privilegio, un rato de soledad y libertad en la naturaleza, o más bien de un castigo, la humedad, el frío apenas combatido por un fuego, el aislamiento?

En la actualidad, el bosque cubre y envuelve al visitante con brazos muy ancianos, que dejan ver su fuerza, y su poder. Quien camina por él siente que es un viajero en el tiempo, a aquella época en la que los bosques cubrían la tierra sin competencia, ferales y libres.

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Para esta etapa me llevé conmigo el libro y la película El hombre tranquilo. El tiempo continuaba con un marcado carácter adolescente y  reacciones exageradas. El chaparrón que me cayó junto al río de Cong aspiraba a ser recordado, y sin duda, lo será. Me hice con una cazadora de cuero de Zara, y con una maravillosa falda artesanal profusamente bordada con lentejuelas. En mitad del bosque arcaico, el brillo de los abalorios creaba un efecto irreal, onírico.

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El sol cortaba de vez en cuando las nubes, como un cuchillo la manteca, y desde el coche el campo se iluminaba súbitamente. No me extrañó que se asociara la volatilidad del tiempo al llamado carácter irlandés: una tierra cambiante, brusca y generosa.

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Esta sería la última noche que pasaría en Clifden, y en el Abbeyglen Castle Hotel. Aproveché para dar un paseo por la diminuta ciudad, que ofrece, además de unas fachadas coloridas que alegran la vista y el ánimo, una historia peculiar: Clifden fue fundada por el sueño de un pionero empresario, John D’Arcy. Había heredado el castillo de Clifden y las tierras cercanas, y decidió que, por su posición junto al mar, y protegida por las colinas, sería un buen enclave comercial. Además, Connemara carecía de una ciudad o capital fuerte. Así nació Clifden, a principios del siglo XIX. Durante algunos años, el sueño pareció cumplirse. Prosperó la pesca, el comercio y la navegación. Pero nuevamente la Gran Hambruna arruinó los planes, la ciudad y los sueños. La ciudad llegó a declararse en quiebra.

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Un siglo más tarde de la fundación de Clifden, su enclave estratégico volvió a darle cierta relevancia: otro empresario e inventor italiano, G. Marconi, la escogía como sede para su estación de transmisión transatlántica de telegrafía por ondas. La estación fue arrasada durante la Guerra Civil, pero la huella y el nombre del Premio Nobel sigue presente en la ciudad.

El primer vuelo trasantlántico desde Estados Unidos aterrizaba en Clifden en 1919 (es una manera suave de decirlo: Brown y Alcock se esmorraron en una turbera en Derrigimlagh, después de 16 horas de vuelo accidentadísimo y casi mortal. Alcock salió por su propio pie y diciendo “He sido el primero, he sido el primero”. Angelicos).

Es decir, fue esta una tierra que forzaba a marchar a sus hijos, pero que les legaba el anhelo de regresar siempre, de no perder el contacto pese a que un océano les separara. Una morriña irlandesa contagiosa y que no se atenúa pese a que pasen las generaciones.

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Aquí os dejo el enlace de Pangea donde podéis encontrar información sobre cómo organizar vuestro propio viaje por Irlanda. Y el viaje continúa aquí.

Nuevas voces, nuevas historias

 

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. No tanto de nuevas historias para narrar, porque esas llegan solas, o aparecen de vez en cuando entre los recuerdos y las experiencias pasadas, sino de quienes se expresan de manera diferente. El libro es para mí como un viejo amante, cuyas limitaciones conozco y acepto, a quien siempre puedo regresar. Pero las otras maneras de contar lo que deseo transmitir… ah, se han convertido en una pasión siempre renovada. , y siempre me siento dispuesta a ellas.

Durante años me obsesionó el encontrar nuevos formatos para transmitir mis historias: el audio, los textiles, la publicidad, los envoltorios (el packaging ofrece tantos espacios vacíos…), y, por supuesto, el escenario. El encuentro entre imagen, sonido y palabras

Publiqué un libro, los relatos de “Cuentos malvados” en farolas. He escrito cuentos sobre zapatos, y se han fabricado zapatos que he descrito en mis cuentos. Escondí textos en camisetas. Me he inspirado en perfumes, en la textura sedosa de los cosméticos, en colecciones de moda, en flores y jardines, en lámparas de cristal. Conté de nuevo historias como la del Cid o la de Hamlet a niños, y he trabajado con arte urbano.

Ahora, con la impetuosidad de la primera juventud ya apaciguada, y con algunos caminos ya explorados, aún me emociona el encontrarme con quien busca senderos nuevos.

Durante los días que pasé en Valencia, hace poco, lució un sol espléndido, y pude ponerme unos shorts de ante, con mi cazadora de cuero, una pulsera de Braccialini  y una camiseta de Cotocult.  Ya me visteis con ropa de Cotocult, en este caso una sudadera, aquí.

Los creadores de esta joven marca se definen a través de Shirt and Words. Dicen que Cotocult quiere contar una historia y un viaje con un personaje tras cada camiseta. Y la camiseta negra que luzco se titula Escribo parís, de la colección Quién nos escribirá mañana. La ilustración muestra una postal que podría ser enviada a cualquiera: pero si indagais en la web, el texto que está detrás declara esto:

Escribo parís en minúscula desde que sé que te dan rabia las faltas de ortografía. He aprendido a escribir vaso con b y beso con v y si me preguntas por qué lo hago te respondo que es una tontería porque me encantan los hoyuelos que te salen en las mejillas cuando te entra una rabieta. (…) Bicicleta y Cama van con mayúsculas si se refieren a tu Cama y a mi Bicicleta. La Camiseta de autor escribo paris negra declara la guerra a quien no se atreve a decir de otra manera lo que siente. Como el niño que le tira de las trenzas a la niña más guapa del colegio.

Les deseo toda la suerte del mundo. Creo que continuarán contando muchas más hermosas historias.

Y, también en Valencia, de una manera muy distinta, hay una joven artista que, por un momento fugaz, convierte lo cotidiano en algo inesperado. Su material es el café, los siropes y la espuma. Se llama Bea, y se encuentra en el Café dels Somnis,  en Avda del Puerto 152. Había tenido ya la amabilidad de retratarme en un café, a mí y a mis gatitas, pero cuando fui a visitarla repitió a Lady Macbeth con una habilidad casi fotográfica. Transformó un café en una experiencia, una pausa en un recuerdo. Las historias, se supone, son una lucha contra el tiempo, pero resulta extraordinario que algunas de ellas, que no perduran, nos obliguen a centrarnos en el momento con un resultado casi idéntico: una vida más intensa y con mayor sentido.

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. Y nunca sé dónde encontraré la siguiente historia.

 

Hablemos de sexo y poesía: VerSex

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Habrá quien diga que lo más complicado para un  escritor es hablar de emociones reales, y abrirse de la manera más sincera y abierta a sus lectores: y que otros temas, Como el sexo, no dejan de ser cuestiones físicas y superficiales. Desde que recuerdo, nunca he evitado los temas que incluyeran una revelación sincera. Pero, ser pecado en absoluto Una mojigata, no habia abordado de manera explícita el sexo en mi literatura, quizás saturada y aburrida de lo explícito en otros formatos. El cine,  la publicidad, Internet, la televisión, la música, la moda, las redes sociales, la calle rebosa sexo y rechazo al mismo.

Hace unos meses Fernando Marías y Raquel Lanseros me pidieron Que escribiera sobre ello, y no de cualquier manera: me pidieron poesía, género en el que no me he prodigado demasiado, (quizas algún día cuente por qué, pero no será hoy). Por añadidura, el proyecto incluía recitar en un escenario, y, precisamente, eso me animó a formar parte de él. Se llamaría VerSex, VERSoEXplícito, y me permitía ESA faceta de escenario que he desarrollado desde que era niña y que no siempre es compatible con formatos más estáticos, como las conferencias o los encuentros.

Quien me conoce sabe que busco y me crezco sobre un escenario. Aunque esa llamada se inició antes, En algún momento de la infancia, mis estudios de canto lo fomentaron y desarrollaron: interpretar un papel nos obligaba a aprender ciertas habilidades de actriz. Eso no implica que lo haga bien, sino que lo reconozco como un territorio natural, una manera de comunicación inmediata, directa y que provoca Una catarsis casi adictiva.

El reto, en esta ocasión, se encontraba en los compañeros de función: el 12 de enero de 2016, en el Teatro Alfil, participaban, además de mis dos anfitriones, Ana Merino, Carlos Salem, Luis Eduardo Aute. Grandes voces, sin la menor timidez ni sonrojo para hablar de sexo, y poemas que despertaron risas, ternura, inquietud, ligera incomodidad, y a saber qué otras emociones secretas. En fin; no se desnuda siempre quien se desviste. Completamente vestidos, nos entregamos desnudos un ansioso público en una cama extraña e invisible.Versex-014

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Como esa misma semana impartía clases a mis alumnos del IED  Moda Lab Madrid , entre ellos, algunos futuros  figurinistas, confié en su criterio para mi vestuario y parte de los movimientos de escena. Seguí a rajatabla sus consejos, y para mi dramatización me hice con una camisa masculina blanca, de Massimo Dutti, y una cazadora de cuero negra, de Zara. Para contrastar con la imagen masculina, llevaba unas medias con costura de Calzedonia, pantalones cortos de raso de HM. Los zapatos de tacón eran el modelo “Viuda”, de Sacha London, inspirados en mi cuento del mismo título. El resultado, fue recogido por el fotógrafo Javier Jimeno, es el que podéis ver aquí … y quizás próximamente en otros escenarios.