Le Bal des Arts, una historia con Le Bratelier

 

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Quizás lo que más me guste de escribir microcuentos es su versatilidad, la capacidad de evocar una escena, o varias, en unas pocas palabras. Es un género difícil y escurridizo. Muchos confunden el microcuento con el aforismo, o con una frase ingeniosa: a mi juicio, el relato hiperbreve no es tal si carece de personajes y voz narrativa, de una trama abierta a posibilidades o cerrada con un giro sorpresivo. Siempre he escrito  microcuentos, casi como una manera de ejercitar la mirada: mi libro Cuentos Malvados reúne 99 de ellos. De lunes a jueves leo en Hoy por Hoy de La Ser un cuento de, exactamente, 260 palabras. El último de ellos podéis escucharlo y leerlo aquí.

Se adapta también, como si mudara de piel en cada ocasión, a la comunicación. Hay marcas que encajan con una historia, como si ambas se estuvieran buscando. Siempre he defendido que es la mirada personal lo que embellece un objeto y le extrae lo que tiene que contar, pero algunos objetos casi la muestran. Basta con traducir con palabras lo que muestran en formas, colores y tacto.

Eso ocurrió con Le Bratelier y su nueva propuesta, Le Bal des Arts. Prendas con nombre de mujer, con la exquisitez que les caracteriza, y el mimo por cada detalle. Son piezas delicadas de tul y encaje y blonda, en un blanco nítido o negro, tan apetecible, y para mí fue un placer escribir las historias de Elsa, Gabrielle, Bella, Brett o Alice que os muestro, os mostramos, en el catálogo de la colección.

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Alice

Ahora que se ha quedado sola y aún hay un rastro de luz de tarde tras la ventana, escucha a Josephine Baker. La voz de la artista huele a las rosas que crecen en el único tiesto que ha sobrevivido a las mudanzas de Alice. No es la preciosa, la impresionante Jo Baker de Bye bye, black bird, sino el mito que en el París de 1968, en el Olympia, aún podía dar una lección de sensualidad y de libertad a cualquiera.

Esos son sus grandes momentos. No nos engañemos, todo lo ocurrido durante la tarde (las miradas, primero, el dedo que tan sabiamente se desliza por la clavícula hasta el tirante, y luego bajo el tul del pecho, los almohadones que han acabado en el suelo, la alfombra que se convierte en cama), todo eso es la vida, le da la vida. Pero cuando finaliza, con los labios y las mejillas enrojecidas y el cabello despeinado, el mejor de los momentos es esa soledad en la que recuerda algunas escenas, algunas palabras deslizadas entre la lencería y la piel, y cuando comprende, de verdad, la importancia de aferrarse a cada instante, a la tarde que cambia de color y a su propia respiración, que se va serenando.

Es por eso, cree ella, que conserva las rosas, aunque algunas se le empeñen en morirse y otras en no brotar. Es la misma razón por la que de vez en cuando escucha a esa diosa de ébano que revolucionó un país: para recordarse que debe aprovechar el momento y gozar de él, la compañía y la soledad, la melancolía y la añoranza. Para sentir que además de otras manos, hay un tul, unas rosas, una música que son también capaces de acariciarla.

Nuevas voces, nuevas historias

 

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. No tanto de nuevas historias para narrar, porque esas llegan solas, o aparecen de vez en cuando entre los recuerdos y las experiencias pasadas, sino de quienes se expresan de manera diferente. El libro es para mí como un viejo amante, cuyas limitaciones conozco y acepto, a quien siempre puedo regresar. Pero las otras maneras de contar lo que deseo transmitir… ah, se han convertido en una pasión siempre renovada. , y siempre me siento dispuesta a ellas.

Durante años me obsesionó el encontrar nuevos formatos para transmitir mis historias: el audio, los textiles, la publicidad, los envoltorios (el packaging ofrece tantos espacios vacíos…), y, por supuesto, el escenario. El encuentro entre imagen, sonido y palabras

Publiqué un libro, los relatos de “Cuentos malvados” en farolas. He escrito cuentos sobre zapatos, y se han fabricado zapatos que he descrito en mis cuentos. Escondí textos en camisetas. Me he inspirado en perfumes, en la textura sedosa de los cosméticos, en colecciones de moda, en flores y jardines, en lámparas de cristal. Conté de nuevo historias como la del Cid o la de Hamlet a niños, y he trabajado con arte urbano.

Ahora, con la impetuosidad de la primera juventud ya apaciguada, y con algunos caminos ya explorados, aún me emociona el encontrarme con quien busca senderos nuevos.

Durante los días que pasé en Valencia, hace poco, lució un sol espléndido, y pude ponerme unos shorts de ante, con mi cazadora de cuero, una pulsera de Braccialini  y una camiseta de Cotocult.  Ya me visteis con ropa de Cotocult, en este caso una sudadera, aquí.

Los creadores de esta joven marca se definen a través de Shirt and Words. Dicen que Cotocult quiere contar una historia y un viaje con un personaje tras cada camiseta. Y la camiseta negra que luzco se titula Escribo parís, de la colección Quién nos escribirá mañana. La ilustración muestra una postal que podría ser enviada a cualquiera: pero si indagais en la web, el texto que está detrás declara esto:

Escribo parís en minúscula desde que sé que te dan rabia las faltas de ortografía. He aprendido a escribir vaso con b y beso con v y si me preguntas por qué lo hago te respondo que es una tontería porque me encantan los hoyuelos que te salen en las mejillas cuando te entra una rabieta. (…) Bicicleta y Cama van con mayúsculas si se refieren a tu Cama y a mi Bicicleta. La Camiseta de autor escribo paris negra declara la guerra a quien no se atreve a decir de otra manera lo que siente. Como el niño que le tira de las trenzas a la niña más guapa del colegio.

Les deseo toda la suerte del mundo. Creo que continuarán contando muchas más hermosas historias.

Y, también en Valencia, de una manera muy distinta, hay una joven artista que, por un momento fugaz, convierte lo cotidiano en algo inesperado. Su material es el café, los siropes y la espuma. Se llama Bea, y se encuentra en el Café dels Somnis,  en Avda del Puerto 152. Había tenido ya la amabilidad de retratarme en un café, a mí y a mis gatitas, pero cuando fui a visitarla repitió a Lady Macbeth con una habilidad casi fotográfica. Transformó un café en una experiencia, una pausa en un recuerdo. Las historias, se supone, son una lucha contra el tiempo, pero resulta extraordinario que algunas de ellas, que no perduran, nos obliguen a centrarnos en el momento con un resultado casi idéntico: una vida más intensa y con mayor sentido.

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Siempre ando a la caza de nuevas voces. Y nunca sé dónde encontraré la siguiente historia.

 

A bordo de La nave del misterio, Cuarto Milenio (Cuatro TV)

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Mi última entrevista en un programa de televisión no  era en absoluto convencional: “Cuarto Milenio”, el programa sobre los fenómenos extraordinarios de Iker Jiménez, me invitó a que abordáramos el papel que todo lo misterioso supuso en la vida (y muerte) de Teresa de Jesús. Allí, en el impresionante plató de Cuatro, aparecimos “Para vos nací” y yo, y allí nos enfrentamos qué había de cierto o no en sus experiencias extraterrenales, sus visiones, sus éxtasis… y a algo más mundano y siniestro, como el destino de su cadáver, y cómo fue convertido en gran parte en reliquias. Hubo, además, su toque de tensión: el programa coincidía con el referendum griego, de forma que el inicio se demoró mucho más de lo que pensábamos: los sufridos espectadores nos vieron en mitad de la noche.
Si vestirse para la tele presenta siempre las dificultades de las que ya hablaba en otra entrada, la iluminación y el barroquismo del set de “Cuarto Milenio” exigían un cuidado especial. Por suerte, contamos con la ayuda de las maquilladoras, que conocen perfectamente dónde y cómo va cada foco, y que aplicarán los productos adecuados para que las cámaras no nos hagan parecer zombies (no llamarían la atención en ese programa, por otro lado). Podéis comprobar que fuera del plató y con otras luces, en la foto con Iker, por ejemplo, parece que lleve exceso de corrector.

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CuartoMilenioEspido3Como lo adecuado era un color plano y vivo, llevé un vestido de DKNY en un azul intenso, casi klein, con algo de escote y una silueta clásica. Lo combiné con unas sandalias Marypaz, de tacón altísimo, con entretejido dorado. El bolsito de Purificación García es una pieza única que me diseñó para la publicación de mi libro “Cuentos malvados”. Los pendientes son de plata y lapislázuli, antiguos y el anillo, de plata y nácar, contrastaba con la manicura de OPI; pero mi joya preferida es la que podéis ver prendida en mi vestido: un broche victoriano con el ala de una mariposa azul protegida bajo un cristal, que compré en York, y que me parece todo un enigma en sí mismo.
Podéis ver el programa y mi intervención aquí. Porque a quién no le gusta un poco, en el fondo, lo inexplicable, ese temblor en la garganta, ese toque helado en la espalda…