Hair Time

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Si en las tiendas de ropa me invade la sensación que tendría un niño en una tienda de chucherías, en los salones de peluquería tiendo a comportarme de una manera un poco solemne; pude comprobarlo en la última ocasión, cuando acudí a Hair Time y me vi en el sillón de cuero blanco, reflejada en el espejo, con un aire entre expectante y respetuoso. Los peluqueros han heredado una profesión solemne, que comenzó con los barberos y los hechiceros, los encargados de cuidar el cabello y de marcar los rituales de madurez. En todas las culturas, el pelo y su trato es cosa importante: una señal de estatus o incluso un castigo.

Después de varias semanas en que mi vida ha girado en torno a mi nueva novela, absorta, y en las que solo me faltaba hacerme la manicura a bocados, como mis gatas, llega el momento de regresar al mundo; y lo hago además a través de medios tan visibles como el teatro y la televisión. No es el momento de sentirse insegura; en estos días previos estoy dedicando tiempo a todo lo que luego no podré cuidar. Y el cabello se encontraba en primer lugar. Habrá quien no entienda esto: es un peso que muchas mujeres añadimos al resto de nuestras responsabilidades, y de lo que no hablamos. Para mí, después de la depresión, verme bien, cuidar mi aspecto,  es un indicador de mi salud y de mi vitalidad.

Hair Time solo tiene el inconveniente de encontrarse en una ciudad en la que no vivo: el resto (la técnica, la profesionalidad, el diseño, la discreción) son virtudes. Aproveché por lo tanto un viaje a Barcelona para la grabación de la clase del Master de Traducción de la VIU para a acercarme a este espacio cuyo trabajo es el secreto de la apariencia de muchas mujeres admiradas por su estilo, y del que no alardean: puede verse en los pies de fotos de numerosas revistas.

Para mí, que no trabajo con nada que requiera de habilidad física, resulta hipnótico ver la pericia con la que cualquier persona usa unas tijeras, un cuchillo o una navaja. El corte en seco que me realizó Mónica fue un tallado minucioso y el cambio se podía observar en cada giro. El cabello caía en mechones, como pequeñas serpientes castañas que reptaran por el suelo.

He escrito varios cuentos que ocurren en peluquerías y salones de belleza. Quizás porque sea un lugar en el que solo puedo observar. Y muchas cosas ocurren, muchos secretos se deslizan, muchos días felices se preparan en esos espacios, entre los espejos y las confidencias.

Como para todo, en el secreto de la fama de Hair Time no hay fórmulas mágicas: excelentes productos (Aveda), técnica esmerada y buen conocimiento del cliente, al que intentan comprender en un tono casi de psicólogo. Como para todo, no hay atajos. El mimo constante. El olor del agua de rosas rociada antes del secado, el paño de algodón que protege la frente y los oídos de la toalla caliente durante la mascarilla hidratante, el esculpido con producto que se aplica con las mechas no se dan por casualidad.

El resultado habla del proceso: unas ligerísimas mechas miel, apenas chispazos de luz. Un corte nuevo y con más movimiento. El pelo cuidado, sano y con un brillo lujurioso. Las ganas casi irrefrenables de bailar, de sonreír constantemente, de iniciar algo nuevo. De una manera muy distinta, sigue oculta en el cabello la magia que intuían los antiguos: algo serio. Algo que habla de convertirse en otro, de descubrir la fuerza propia y de comerse el mundo.

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Hair Time se encuentra en la Carrer del Mestre Nicolau 2, en Barcelona. El vestido de encaje, pasamanería y plumetti color marfil es de Mango, y muestra la espalda en un escote bajo. Las fotos son de Nika Jiménez.

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Microcuento: En mayo…

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Espido Freire

Este microcuento forma parte de un proyecto muy especial, único, en realidad: y tiene la particularidad de no haberse impreso en papel, como siempre, sino sobre raso, en un cojín.

¿En un cojín? No, en cuatro. Mis alumnos, y algunos lectores saben de mi obsesión por saltar del formato papel a otro tipo de soportes: el texto, sobre todo el de los microcuentos o los aforismos, me parece idóneo para aparecer en lugares diferentes a los libros: así, he escrito cuentos para paredesfarolascamisetas, (con Kukuxumusu), para el packaging de cosmética o de zapatos (con Sacha London y Paco Gil), en láminas, en audio, y, por supuesto, en libritos que eran auténticas obras de arte, ilustrados, o troquelados.

Esa idea, además, tiene la ventaja de que no depende de una editorial. Algunas no publican cuentos, y menos aún microcuentos. Sin embargo, esos textos brevísimos encajan muy bien en trabajos para marcas, para una campaña o un producto específico. Algunas empresas destacan por su amor por lo exclusivo, lo  diferente, la creatividad y la palabra. En otras ocasiones, son campañas benéficas, ONGs o ediciones especiales o de lujo de marcas muy conocidas las que me piden que escriba un texto para ello.

Los escritores, pese a lo que los lectores puedan creer, estamos muy acostumbrados a escribir con “pie forzado”, es decir, sobre un tema determinado. Muchas veces nos imaginan en casa, guiados por nuestro capricho y con la mirada fija en el techo mientras esperamos la inspiración: eso no es así. Cada autor tiene una serie de temas preferidos y de simpatías, sobre los que por lo general escribe; algunos son elevados (la filosofía, la trascendencia, el desarrollo humano) y otros más terrenales (viajes, fútbol, gastronomía…)

Es habitual que un periódico, conocedor de que un escritor es experto o tiene interés en un tema, le encargue un artículo de opinión, o un reportaje. Los cuentos de verano son un encargo clásico de casi cada año. Lo mismo ocurre cuando una editorial nos pide un relato sobre un tema determinado para una antología. Piensen en los pregones. O en los prólogos a otras obras.

Yo no acepto ese tipo de sugerencias en mis novelas, porque son proyectos largos que nacen de obsesiones muy privadas, pero sí en artículos, ensayos, cuentos, conferencias o microcuentos;  y además me encantan como reto. Ya en el colegio me pedían poemas a la Virgen, el discurso de fin de curso, o la redacción de la primavera. Es cierto que nunca trato temas que no me apasionan, o que no me permitan libertad creativa. Pero hasta ahora las marcas han sido más respetuosas, y más arriesgadas a la hora de escuchar lo que quiero hacer que la mayoría de las editoriales.

El ejemplo que os traigo hoy son los microcuentos para el lanzamiento del concepto Noolor de la marca Evax. Quienes estaban tras la campaña, la agencia de comunicación Edemann y Whatsupsolutions, me dieron absoluta libertad: querían que diversas artistas (Alaska, Montse Ribe, Rosa Muñoz, Txell Miras y yo) interpretáramos el  concepto abstracto de Noolor.

Esperaban que yo escribiera un relato, pero frente al trabajo visual que, sin duda, presentarían mis compañeras, unos folios solitarios y encuadernados me parecieron tan sosos que me dio pena. Y pronto comencé a hilar ideas. ¿Por qué no emplear un formato que pudiera moverse, tocarse, estrujar? ¿Qué tal unos cojines? ¿Y un audio en el que se me escuchara leer los cuentos, para emplear otro sentido, ya que íbamos a prescindir del olor?

Una vez decidido, me centré en mi labor creativa: serían cuatro, uno por cada ciclo lunar, tan unido a la mujer, y por cada estación. Dos hablarían del placer de encontrarse a solas con nuestros sentidos, y dos de la relación madre e hija. Dos del momento presente, y los otros dos, de cuentos de hadas. Y destacarían dos palabras que, a su vez, formarían un mensaje. No se podía hacer más con menos. Fue un proyecto apasionante y precioso.

Para la presentación, que no se quedó atrás, escogí el prototipo de un vestido de Agatha Ruiz de la Prada, con una rosa amarilla natural en el pelo.  Recuerdo cómo me divertí desde el principio al fin de ese trabajo, cómo quedó perfectamente reflejado lo que todos queríamos transmitir. Y por casa siguen esos cojines, con mis cuatro cuentos. El del cojín de Rusia dice así: Artistas mundo noolor evax

“En Mayo ordenaba los armarios. Dejaba para el final el del pasillo, el más viejo. Cuando lo abría, el olor a madera le devolvía a su infancia en una casa que ya no existía, a los manteles de encaje e iniciales blancas, a los espejos con el azogue picado, a las bolsitas con hierbas que perfumaban las sábanas. Le traían a su madre, joven y cercana, su aroma a agua de rosas y a infancia sin problemas. Luego cerraba el armario, y el resto del día se sentía en paz”.

Y el dedicado la Luna Nueva de Invierno es éste:

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“Las noches de escarcha darán pronto paso a los amaneceres de nieve. El rey se marcha mañana. Mi hijastra duerme, ajena a todo, tan bella que inspira miedo. Los lobos han bajado del monte pronto este año, y la imagino sola, asustada en el bosque, entre los helechos, las ramas viejas, los árboles oscuros y el aliento del cazador. No importa lo que diga mi espejo: no la mandaré allí”.

Naturalezas vivas: los nuevos bodegones

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Aunque lo aclaro en infinidad de ocasiones, me preguntan con frecuencia si yo soy quien hago y fotografío los bodegones de mis redes sociales. La respuesta es que sí: salvo las fotos en las que aparezco, firmadas muchas veces por Nika Jiménez, mi jefa de prensa y mano derecha, o por (in)voluntarios fotógrafos espontáneos, yo saco el resto de mis fotos. Paisajes, detalles, gatitas, y, por supuesto, los bodegones, que son, con diferencia, mis fotografías preferidas. En esta entrada explicaré, como prometí a los seguidores de Instagram, cómo los  hago.

Todo comenzó en el salto a Instagram: en otros medios la cubierta de un libro bastaba para reconocerlo, pero en una red tan visual, mis recomendaciones espidianas quedaban tristes y poco atractivas. Faltaba el elemento sensorial. Muchas blogueras de moda insertaban, en vez en cuando, un libro o una revista entre sus prendas de ropa, o su maquillaje. ¿Por qué no probar qué pasaba con un  viaje al contrario, e introducía elementos como zapatos, o cosmética, o joyas, en las fotografías que incitaban a la lectura?

No era una idea nueva, ni siquiera muy original: pero yo no lo había hecho antes, y me permitía jugar con un lenguaje desconocido. Nadie me libraría de la acusación de frivolidad, que se combina, sorprendentemente, con la de ser demasiado intelectual: pero haters gonna hate, y para ello da igual un selfie, un bodegón, o el apoyo a una buena causa.

Poco a poco, mientras me familiarizaba con la aplicación y mejoraba mi cámara o teléfono (en la actualidad saco las fotos con un Samsung Galaxy S6, aunque espero cambiarlo pronto por el S7) introducía elementos más atrevidos, o enfoques diferentes. La obsesión por las naturalezas muertas me venía de lejos, y de familia. En una de las imágenes podéis ver mi libro Melocotones Helados sobre un bodegón pintado por mi madre. Me recuerdo de niña, en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, absorta frente a los bodegones del Barroco, y no en vano la protagonista de mi Premio Planeta es pintora, y la escena final transcurre en un museo. Vayan aquí diez puntos que he aprendido y que sigo.

1.- Uso luz natural: en muy raras ocasiones, una lámpara led, y nunca flash ni, de momento, focos, aunque no lo descarto. Por las mañanas, empleo la luz que entra por el Este, y a primeras horas de la tarde, la que se cuela por las ventanas del Norte. Linda Lomelino recomienda la luz septentrional siempre que se pueda.

2.- Creo que el consejo de que se emplee un fondo blanco tiene más que ver con la norma publicitaria para que un producto destaque que con la estética final. Yo usaba el reverso de un cartel de Soria Moria en cartón pluma, colocado sobre mi bañera, pero comencé a dudar cuando vi los bellos arreglos florales de 5ftinf sobre una mesa muy gastada. Ahora disparo muchas de mis fotos sobre una mesa de la que pensaba deshacerme, porque su baño de pan de plata se deterioró, pero que decapé y cuyo acabado me encanta.

3.- El plano cenital (o zenital, de zenit, el momento en el que sol alcanza su máxima altura) ha dejado de ser mi preferido; pero hay muchas ocasiones para usarlo, por ejemplo, en los muestrarios o knollings, que fotografían con maestría 1924us, con su material de dibujo o Laura Ponts, en su variante foodie. Ahora busco el plano natural (a la altura de los ojos, tridimensional), el picado y el plano aberrante (ladeado, en ángulo). De todo se aburre una.  No me subo a una escalera, ni coloco los objetos en el suelo, porque no lo hice así desde el principio, y ahora me he acostumbrado a usar alturas cómodas.

4.- En ocasiones, planifico las fotos. Si me aburro en el metro, o en cualquier sitio, trazo un pequeño dibujo esquemático como punto de partida. De esa manera tardo muy poco luego en hacerlas.

5.- Pero no las fuerzo: no compro flores, ni macarons para las fotos (aunque lo cierto es que casi siempre tengo flores frescas en casa, bien lejos del alcance de Rusia). Empleo lo que he cocinado comprado o encuentro por medio ese día. A veces sobre la mesa se aburre durante una semana un objeto o una barra de labios, hasta que le encuentro el momento adecuado en la foto correcta. O parto de la laca de uñas que llevo. O de la fruta que me he traído del huerto de mis padres.

6.- La laca de uñas  no es una mención casual: en la inmensa mayoría de los bodegones, mi mano, o al menos un dedo, aparecen en uno de los ángulos. Es casi una marca de la casa, una firma.

7.- Como a casi todo en estos momentos, intento darle un uso terapeútico a los bodegones. Me ha permitido revisar mi menaje, los pequeños adornos domésticos, y otra infinidad de cacharritos de decoración más. Como soy una acumuladora profesional (a Marie Kondo le daría un jamacuco conmigo) me viene muy bien remover qué tengo y qué no y darle uso, tirar aquello que me trae malos recuerdos, pasar un paño y ordenar de nuevo y, por supuesto, jurarme que intentaré simplificarlo todo. Y lo cierto es que disfruto mucho más de lo que tengo.

8.- Procuro ser original, aunque hay modas, y una no es impermeable, existen productos de temporada (estamos abandonando los tulipanes y comienza la epidemia de las peonías), y, sobre todo, la influencia de los estilistas realmente buenos es tremendamente contagiosa. Tras ver las preciosas tostadas de Sandra Van den Broek solo quiero troquelar pechuga de pavo y fotografiarla. O se manifiesta de otras maneras: veo las geniales locuras que se le ocurren a EleMentaFresca con un clip y unas pajitas de refrescos o que Laura Ponts (la menciono de nuevo porque tengo muy reciente su libro Art Foodie) incluye letras en sus composiciones y paso de la admiración a la envidia resentida (por qué no se me ha ocurrido eso a mí antes), de ahí al berrinche, luego a la depresión, y finalmente  a asumir que una hace lo que puede con el material y el talento a su alcance.

9.- Lo que el ojo ve no es lo que la cámara ve. Aunque no hago demasiados cambios de objetos y atino con lo que quiero en volumen y color, casi siempre tengo que rectificar la distancia y el ángulo entre ellos. No uso filtros predeterminados, pero sí edito y corrijo algunos de los valores de la fotografía.

10.- Me divierto, disfruto durante el ratito en el que preparo y saco la foto. Esa es la razón por la que comencé con los bodegones, y por la que continúo. Si lo que muestro es un libro, me parece una bonita manera de rendirle homenaje. Si se trata de cualquier otro objeto, apreciar su color, su packaging, o su diseño es otra manera de valorarlo. Otras veces, me sirve como excusa para contar una historia. Sea como sea, es un momento que ansío, que preparo y que me aporta felicidad en sí mismo. Si además les gusta a quienes lo ven, ¿qué más puedo pedir?

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En este caso rescaté un dibujito que había hecho en el que mi inicial, la E, destacaba en un plato decorado, sobre una tela o un papel rasgado, y unas flores sueltas en colores similares. Jugué con varios platos y bajoplatos, probé a sustituir las flores por las cuentas de un collar roto, y finalmente eliminé el papel, y no separé los iris. Me pinté las uñas con un esmalte de OPI. La letra de chocolate es de Hema.  También había una F, pero me la comí. Están riquísimas. El vestido bordado lo compré en Niza.

Recomendaciones espidianas de marzo

10.2

Desde que soy una niña siento una gran seguridad en las bibliotecas, y un punto de inquietud en las librerías. Han pasado 18 años desde que publiqué mi primera novela, pero las dos emociones perduran: el tiempo se detiene en las bibliotecas, los libros se prestan y perduran, hay más posibilidades de encontrar obras maestras que malos textos. En cambio, las librerías resultan abrumadoras, ofrecen demasiado, muestran todo a la vez, e incitan a comprar pronto, antes de que el libro desaparezca. Funcionan como novios poco convenientes, fascinantes pero volubles.

Algo así me ocurre con la crítica literaria, un terreno necesario, mas cenagoso; pasé de confiar a ciegas en las que aparecían en los suplementos literarios, a decepcionarme cuando aprendí algo más de la vida y del mundillo, a fiarme de las recomendaciones de algunos amigos de gusto afín: y eso he intentado hacer en mi caso. Recomendaciones, absolutamente subjetivas, de libros en los que encuentro algún valor.

Como leo de manera constante, y a una gran velocidad, me permito muchos caprichos que se desvían de lo que un gourmet literario aprobaría: mi dieta es omnívora. Muchos ensayos, novelas y relatos. Algo menos de poesía y teatro. Cómic, novela gráfica. Tesis y trabajos especializados. Géneros híbridos. Algo en digital, no mucho, la verdad. Infantil y juvenil. Libros que sé de antemano que son de bajísima calidad, o que no me gustarán, pero que leo para comprender gustos ajenos y entender mejor a lectores ocasionales. Muchas veces recomiendo a mis alumnos de comunicación libros mediocres, pero que abordan un aspecto determinado de la sociedad o de la psicología de una manera efectiva. Otras veces, sencillamente, me gustan novelas que no ofrecen una gran calidad, pero qué le vamos a hacer, me gustan. En esos casos, no defiendo que sean buenas. La filóloga que hay en mí mueve la cabeza, desesperada, pero se resigna y se va a un rincón a continuar con la lectura de Milton. Otras veces, la filóloga interior gana la batalla y recomiendo textos clásicos y pesados, con los que disfruto de la manera más pedante y esnob, pero que entiendo áridos para muchos lectores.

Espero que puedan ser interesantes para otros lectores, que se difundan (la labor de dar a conocer un libro es agotadora, y muy poco agradecida) y que permitan uno de los grandes placeres de los lectores entusiastas: el compartir los gozos secretos, el sentirse, en definitiva, menos solo en el mundo. Nunca he pretendido que esto fuera un blog literario. Me propongo recopilar una vez al mes los libros que he recomendado en una red social u otra; en algunas ocasiones serán más (leo entre veinte y treinta libros al mes) y otras menos, por que habré tenido menos suerte y no me parecerán tan especiales. Que disfrutéis.

Comienzo con El punto de vista, de Henry James, de Páginas de Espuma. Como esta editorial solo publica relatos, salvo excepciones muy puntuales, ya sabemos que nos enfrentamos a narrativa breve, que en el caso de James, no es ni mucho menos obra de segunda fila. Es adecuada para quien no se atreve con una de sus grandes novelas clásicas o quien ha leído sus imprescindibles Otra vuelta de tuerca, Daisy Miller, Las bostonianas, Las alas de la paloma.. Un librito de una belleza breve y duradera.IMG_3579

En la misma editorial resulta imprescindible conocer a Ana María Shua, una de las mejores cuentistas en lengua castellana, creativa, brillante y original. Yo leí su libro Contra el tiempo en una tarde de primavera lluviosa, aunque sus cuentos son perfectos para casi cualquier condición atmosférica. Rompen lo cotidiano y nos obligan a saltar a otros mundos y otras vidas.

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Una recomendación general; las obras de Julio Verne, visionario, amenísimo, una de esas mentes que no solo discurrían sino que han servido de inspiración a toda una civilización. Incluso aunque consideremos que va poco más allá de literatura juvenil (no es mi opinión), la desbordante imaginación, la ruptura de límites y el ritmo que acompañaba sus páginas merece que releamos algunas de las obras que Verne que, sin duda, hemos leído ya. La isla del tesoro que sostengo en mi mano ha sido publicada por Mondadori.

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Olvidad lo que habéis leído de literatura erótica: os guste u os aburra, esta novela, La pasión de Mademoiselle S., Anónimo,  supone un giro inesperado. En realidad, es la correspondencia de la enigmática Simone, que su amante conservó y (dicen) fue encontrada en un desván. Yo debo limpiar los desvanes equivocados… A lo que vamos, estas confesiones apasionadas de una parisina de los años 20 resultan muy modernas, muy osadas: incluso demasiado, en ocasiones. Componen una relación llena de deseo y de dolor, estupendamente bien escrita y descrita. Una pieza única publicada por Seix Barral.

13.2

Color, color y más color en las ilustraciones que ha esbozado el propio escritor de este libro, un joven autor polifacético, J.M Algar, que ha publicado Ediciones Hidroavión Todxs nosotrxs es su primer poemario, y lleva en sus páginas un cierto poso de desencanto y de dolor, incluso en sus poemas más irónicos, para de nuevo regresar a la vitalidad y la energía. Para lectores aficionados a las montañas rosas rusas risas emocionales.

1.3

Para una entusiasta del tema como yo, el que aparezca La historia de los fantasmas supone un pequeño sobresalto. ¿Estará R. Clarke a la altura de lo esperado? ¿Aprenderé algo? ¿Será ameno? Yo me rendí a él a las tres páginas, cuando comenzó a hablar de su fantasma particular. Una delicia. Lo ha publicado Siruela. Diré que además, lo releí a los pocos días. Una delicia. El vestido de encaje podéis verlo aquí.

27.2

Y por último, en marzo se cumplieron los 501 años del nacimiento de una mujer extraordinaria, una gran escritora, una mística reconocida por todas las religiones y una de las Doctoras de la Iglesia Católica. Teresa de Ávila, Teresa de Jesús, Santa Teresa. Una presencia que me ha acompañado durante un año entero, y que me ha ofrecido este libro Para vos nací (Ariel), como legado. Quería compartirlo con todos, porque para mí ha sido decisiva.

28.2

¡Hasta el mes que viene! Leed mucho; es un atajo a la felicidad.

Mujeres con estilo propio

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-No sé que os pasa a las mujeres -se quejaba, hace poco, un conocido escritor, que me amenazó con terribles represalias si mencionaba su nombre-, y por qué últimamente todas vestís igual. Ya era una triste visión el que los hombres se hayan uniformado con el sempiterno traje gris, y una corbata anodina, o con vaqueros aburridos y chaquetas aún más vulgares. Pero ¿Y las mujeres? Incluso las modelos y las actrices sienten miedo a destacar, e imitan los escaparates. Las chicas de moda visten como los escaparates. Lo que ha conseguido esta prensa salvaje y estas críticas a la celulitis, los kilos, y las alfombras rojas es que nadie se arriesgue, a que todas copien a todas, y que la primera y la última sean el mismo producto en serie.
En otros términos, hacía tiempo que me rondaba esa misma idea: con sus matices. Como mujer, sé el poder del control social, y lo dolorosas que son las criticas si se rompe la norma no escrita de mantenerse indistinguible. Sé también que por mi interés y mi educación en colores, formas y tendencias, es probable que encuentre diferencias sustanciales en las prendas que mi amigo consideraría  idénticas. Y, además, conozco el esfuerzo y la energía que conlleva vestirse cada mañana, dejemos de lado el convertirse en un referente creativo. Hay días en que una se viste exclusivamente por no salir desnuda a la calle, y el peso añadido de pensar en cómo nos verán los otros, sencillamente, se espanta con un encogimiento de hombros.
Pero es cierto que ese periodo adolescente en el que las niñas resultan indistinguibles se ha prologado, como la propia adolescencia, hasta la edad adulta. Sea por la disponibilidad de ropa de marcas generalistas, por la copia indiscriminada que se hace de las firmas de referencia, por la globalización de la moda a través de revistas, blogs, o por la publicidad que asalta en calles, teles o redes sociales, el ataque de los clones del que se quejaba el escritor es un hecho.
La normalidad se premia, por lo general, con una indiferencia que se puede confundir con aprobación.  Y, sin embargo, las mujeres más interesantes en raras ocasiones visten de una manera gris. Uno de los iconos más queridos y reconocibles de la femineidad contemporánea, Frida Kalho, nunca copió un referente concreto. Coco Chanel, en el otro extremo, se inspiraba en atuendos masculinos, incluso obreros. Diane Kruger, quizás la actriz con más estilo de la actualidad, presume de no tener estilista. Björk o Lady Gaga, que han hecho de la extravagancia su tarjeta de visita, resultan inconfundibles. Pero Laura Ponte, o Luz Casal, o Natalie Portman, o Inés de La Fressange se mueven en parámetros muy distintos, todos ellos de factura sencilla y limpia, y nadie les negaría un estilo propio. Incluso las mujeres que se dedican a la política han cedido, en los últimos tiempos, a la uniformidad neutra. Atrás quedan María Teresa Fernández de la Vega, Rosa Díez o Carmen Alborch, con las que se puede simpatizar más o menos, pero con una estética personal inconfundible.
Por mi parte, con mis aciertos, y mis errores, que de todo ha habido, puedo calibrar los momentos menos felices o de mayor inseguridad con solo repasar mi vestuario: cuanto más formal o neutra fuera mi manera de vestir, más desdichada he sido, o más perdida me he sentido. Para alguien como yo, con un sentido teatral de la vida, con un notable amor por las prendas o los complementos dramáticos, mi terreno natural es el de chirriar siempre un poco. En ocasiones, es valorado y apreciado. En otras, por supuesto, no gusta en absoluto. No pasa nada. No puedo obligar a nadie a que aprecie el color, los estampados, los contrastes o los volúmenes. Tampoco pretendo acertar siempre: mi interés en la ropa no coincide, necesariamente, con que me favorezca o embellezca.
No suelo inspirarme en mujeres contemporáneas: las referencias pueden provenir de cualquier campo. Hace  unos días, en la Manchester Art Gallery,  en la que contemplaba algunos de los más hermosos cuadros prerrafaelitas, di con el cuadro “The reader”, de A. J. Moore.  y se produjo una conexión instantánea: sabía que a mi regreso a España debía acudir al Premio de Novela Biblioteca Breve. Lo que no tenía nada claro era qué ponerme. Entonces acudió a mi mente un precioso vestido de Dolores Promesas que había visto unos días antes, que mezclaba los colores de  la túnica naranja de la lectora y el fondo de flores; y algunos de mis collares. Y así me dirigí a Barcelona, a felicitar al ganador, Ricardo Menéndez Salmón  y a ver a mis amigos Juan BoleaFernando MaríasEduardo Mendoza y a mi adorada Rosa Montero.

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    Como ya he dicho, el vestido, con su inconfundible estampado, es de Dolores Promesas  y el bolso reversible es de Lodi. Los collares provienen de distintos lugares: adquirí el de malaquita tallada en Madrid, y el de perlas cultivadas, que me temo que me acompañará en mi vejez, en Manila, hace más de diez años. La manicura, en burdeos, naranja y plata, lleva el nombre de Opi  y el maquillaje en esta ocasión es de Bourjois. Por cierto, que la barra de labios Rouge Edition 12h me está dando un resultado fantástico.
Me pregunto quiénes serán esas ocultas fuentes de inspiración que os han influido en vuestro caso…