Llamadme Alejandra llega a Madrid

OLYMPUS DIGITAL CAMERAParte del universo literario se encuentra entretejido con mitos creados por el cine, las novelas y las series de televisión sobre el mundillo, casi siempre ejemplos estadounidenses o franceses: desde Truman Capote con sus fiestas abarrotadas de esbeltos cisnes, al irreal  estilo de vida de Carrie Bradshaw, la imagen popular del escritor ha oscilado entre el tópico del bohemio que escribe en las barras de los bares en sus ratos de lucidez, a la torre de marfil necesaria para la creación, a… Las presentaciones de los libros también distan mucho (muy a nuestro pesar) de las imaginadas por lectores o escritores novatos. Los feroces años de la crisis las han limitado a lo básico, cuando no las han eliminado.

Pero he de decir que mi novela Llamadme Alejandra ha sido una excepción en este sentido, y fue presentada a la prensa y a los amigos de la profesión en Madrid el día 7 de Abril, en el hotel Intercontinental de Madrid: el mismo en el que Ava Gadner, en sus años de gloria y fiesta, fijó su residencia, y sembró la ciudad de anécdotas y de leyendas. Anfitriones impecables, me sorprendieron al final de la celebración con una tarta que reflejaba con fidelidad la cubierta de mi novela, literalmente devorada en poco tiempo.

Pasé gran parte del día, las horas previas y las posteriores, atendiendo a la prensa: Telva, El Español, Antena 3, Objetivo Bienestar, Joly, diversas agencias. Radio Nacional… perdí la cuenta. Después llegaba la convocatoria de prensa, los discursos, la presentación en sí, y uno de los momentos más esperados, la conversación entre Javier Sierra, y quien escribe. Javier, amigo cálido y consejero infalible, debía estar conmigo en esa mesa. En los últimos meses, meses de cambios y de decisiones, me he marcado el objetivo de trabajar y de pasar mi tiempo con gente a la que quiero. Todo lo demás me resta energía y me parece, a estas alturas, prescindible. Y Javier, con su apoyo constante, ha sido confidente y testigo de muchos secretos de esta novela; era lógico que viera el final de este camino.

Como la novela había aparecido apenas unos días antes era quizás un poco presuntuoso suponer que todos los asistentes habían tenido tiempo de leerla. Para ponerles en antecedentes, la actriz Paula Iwasaki leyó el capítulo 17, que se ha convertido rápidamente en uno de los predilectos de los lectores. He visto crecer a Paula, he tenido ese privilegio como amiga de la familia, me alegro como si fuera propio de su éxito presente, y su futuro promete ser espléndido. Cuando la formación se une al talento y a una educación exquisitamente cuidada, no puede ser de otra manera.

Editoras, representantes de la Diputación de Alicante, y nuevamente, amigos. Amigos entre la prensa, como  el veterano Javier de Montini, siempre tan amable conmigo, o  Moisés Rodríguez, subdirector del Canal 24h, que no paraba de abrazarme, contentísimo. Aunque no aparecen en las imágenes, hubo muchos otros, algunos testigos de mi carrera desde Irlanda. Estuvieron, pese a lo difícil de la hora, queridos colegas como Marta Rivera de la Cruz, que veinte años no es casi nada, y Martín Casariego. A ambos no me llega el tiempo para agradecerles su presencia y su cariño.

Por no faltar, no faltó ni el extintor que me persigue en muchas de mis fotografías, y que mis seguidores de Instagram conocen bien. Allí estuvo, fiel a las normas de seguridad y atento a fastidiar todos los planos posibles al mismo tiempo.

Me supone un esfuerzo hablar de mis emociones en este día: entremezcladas con el sentido de la responsabilidad y con el deseo de que todo saliera bien, la alegría, la satisfacción y el orgullo, y sobre todo, el agradecimiento no me abandonaron. Conservo esos momentos como algunos de los más bonitos de los últimos años. No basta con vivir cada hora: yo he aprendido, en cierta manera, a insistir en vivirlas, con una conciencia mayor, con la sensación de que son fugaces y que deber ser disfrutadas.

Ahora, sin tregua, viajes, firmas, ferias, todo lo posible para que el libro viva y llegue a rincones poco habituales, para que se encuentre en librerías más tiempo del que dicta este momento de fugacidad y para que este Premio y esta novela sea más que una imagen, y más que un recuerdo. Ha finalizado un tramo del camino. Comienza otro.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERAPara la presentación escogí un vestido de Marcos Souza Couture, hecho a medida, y que reservaba para una ocasión especial. Es un little black dress de corte impecable, con el giro de un falso escote corazón con tul transparente, y cremallera visible en la espalda. Repetí los salones de raso nude y encaje de Magrit que estrené el día del fallo del Premio. Le dí también más importancia al  bolso cartera (o clutch), y en este caso rompí mi norma de no conjuntar zapatos y bolso. Como un guiño a Alejandra, la zarina de las perlas, llevé un brazalete de Verdeagua, y el anillo que Chocrón joyeros diseñó para mí inspirado en La flor del Norte y sus secretos.  Las fotos fueron tomadas por Nika Jiménez en el Hotel Intercontinental de Madrid.

Ese precioso 7 de abril contaba, por lo tanto, con todos los elementos para que fuera una presentación casi, casi, como las legendarias. A todos ellos, mis más sinceras gracias. Intentaré estar a la altura de ese cariño y de ese esfuerzo común.

El Gran Bilbao

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Bilbao, pedazos de acero que aparta de su camino la ría. Siete Calles y un Casco Viejo construidos por el tesón de un puñado de pescadores medievales, apiñados en torno al Nervión, Somera, Artecalle, Tendería. Música en los oídos de quien ha nacido bajo ese cielo, retazos de un idioma incomprensible. Mar y hierro, trabajos que demandaban niños y hombres cubiertos siempre de sudor o agua, de espuma o tierra. Belosticalle, Carnicería Vieja, Barrencalle y Barrencalle Barrena.

Y de esas siete calles, el recorrido hasta el mar que nos lleva a Flandes y a los Países Bajos, y más adelante, a Inglaterra, de donde la inocencia popular trajo canciones de ingleses que se olvidaban de todo ante las niñas bilbainas.

Carbón y acero, y la ciudad reptó hasta el otro lado de la ría, y tuvo espacio para un Teatro, una Bolsa, y desarrolló gusto por la ópera, los coros, y los zuritos. Un lugar de astilleros y altos hornos, de acerías y fábricas, donde los ingenieros competían en traineras con los abogados, junto a una meseta en la que la lana merina y los cereales ya no alejaban la miseria.

Titanio y cristal, y óxido estratégicamente colocado, líneas ondulantes y la vida tras una decadencia en que las fábricas dejaron de humear, y el Nervión, salvaje y podrido, se desbordó por todas las tierras que conformaban el Gran Bilbao. Museos y gastronomía, luz entre el eterno gris, lucha férrea. Esperanza en tiempos de crisis. Nostalgia, cuando se vive tierra adentro, de la música que el viento toca en los cables de sus puentes.

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OLYMPUS DIGITAL CAMERALa falda de satén estampado con rosas otoñales tiene el sugerente nombre de Circe y la firma de Maru Atelier .El top de tul rosa es un primor de Etxart&Panno. De hecho, el cuerpo es tan transparente que lo superpuse a este body de HM. El bolso clutch que llevo es uno de mis preferidos de Mibuh, donde siempre me cuesta tanto escoger solo uno: me siento como uno de mis personajes perversos cuando llevo una caja de terciopelo llena de bichos. Llevo en mi índice el  anillo Kong de Luxenter, y salones de ante camel en los pies.

Las fotos fueron tomadas junto a la ría de Bilbao por Nika Jiménez.

Magia en una Chistera

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El primer sombrero que me hizo feliz fue una pamela de paja que me regalaron cuando tenía 12 años. Hasta entonces hubo otros, sombreros que defendían del sol, otros de lana, o de terciopelo, más gorros, en realidad, que sombreros. Aquella pamela era una declaración de intenciones: aún la conservo y algunos veranos me la pongo. No he crecido demasiado en los últimos treinta años, o al menos mi cabeza mantiene el mismo tamaño.

Escarlata O´Hara, una gran aficionada a los sombreros, dice en un momento dado, en el aserradero, que su cabeza no puede retener nada relevante cuando estrena sombrero. A mí me ocurre al contrario; un sombrero me llena de historias, de argumentos que se escapan en todas las direcciones. Aquello que sin sombrero puede parecer una locura se convierte en realidad cuando me lo pongo.

Cuando abrí la sombrerera verde en la que venía mi preciosa chistera de La isla de los secretos aparecieron varias mariposas de papel y unas flores de hortensia preservadas. La chistera está guarnecida por una cinta de terciopelo azul agua, y delicadas flores de gasa rosas, amarillas y blancas.

La chistera lleva amarrada una mañana de verano, y una fiesta. Quizás una boda en el campo, informal, alegre; un reencuentro. La mujer del sombrero aún no lo sabe. Ha llegado tarde, no ha hablado con la novia, puede que una prima, que se encuentra, como es lógico, con la cabeza en sus propios asuntos. Se ha dirigido directamente al convite, se perdió la ceremonia, el arroz arrojado con saña contra los novios, y las inacabables felicitaciones posteriores.

Sopla un poco de viento, el suficiente como para preguntarse si habrá hecho mal al no fijarse la chistera con alfileres; hay peonías rosadas y hortensias tornasoladas en las mesas, y amigos del novio al que, ya a esas alturas de la mañana, resulta evidente que habrá que evitar.

Entonces le ve. Es tarde para escaparse: apenas le da tiempo a volverse de espaldas y tomar aire, mientras un camarero le tiende una copa de las bandejas que flotan entre los invitados. Es él, no hay duda, y ha venido, cómo no, acompañado, y toda la sangre se le agolpa en los ojos, y no le deja pensar con claridad. Se le ladea el sombrero, los tirantes oscilan con el viento.

Pero la decisión está tomada ya cuando endereza la chistera sobre la frente; esta vez no se escabullirá como una niña pequeña. Respira hondo, y se dirige a él, entre el lento oleaje de las bandejas con bebidas.

-Hola, nena -le dice él, sorprendido, cuando la ve aparecer de improviso-. No sabía que estuvieras invitada. Ha pasado mucho tiempo.

-Hola, papá -contesta ella. Y el sombrero tiembla y se ladea de nuevo.

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Para que el protagonismo de la chistera fuera total, la acompañé con un vestido color vainilla, un vintage de crêpe con tirantes que se anudan en los hombros  y un delicado bordado floral en el escote. El collar con una libélula es de Verdeagua, y el clutch de paja, con un festón de caracolas y perlas, de Ailanto.

Las fotos fueron tomadas en La Rábida. Hacía sol y soplaba un poco de viento.

 

Premios Blue Label: sigue caminando

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Contrariamente a lo que mucha gente cree, yo no he sido demasiado afortunada con los premios a los que me he presentado: he perdido muchos más que aquellos que he ganado, en algunos se me ha desestimado por ser demasiado joven, y en otros, porque mis competidores resultaban abrumadores en su superioridad. Continúo presentándome a ellos con un escepticismo creciente, y con la misma voluntad competitiva que siempre me ha alentado.

Eso, desde luego, me hace valorar más aquellos que he obtenido: nacionales e internacionales, algunos relacionados estrictamente con mis obras literarias, y otros con mi papel como escritora, o como alguien conocido. Por eso recibí con una sorpresa entretejida con un enorme agradecimiento la noticia de que la Embajada de Reino Unido en España, en colaboración con la empresa británica Diageo Reserve, había decidido otorgarme uno de sus Blue Label Awards. El listado de los demás premiados resultaba apabullante: el diseñador Jeremy Hackett, los actores Belén RuedaEduardo Noriega, Delfina Entrecanales, Pascua Ortega, el chef Diego Guerrero, el bailarín Igor Yebra, el arquitecto Luis Vidal, el Dr. Rafael Matesanz de la Organización Nacional de Trasplantes, el Dr. Pedro Carlos Cavadas, conocidísimo por sus pioneros transplante, Jesús Encinar, el fundador de Idealista, o Enrique Álvarez, superviviente del tsunami e inspiración junto con su familia para la película Lo imposible.

Los seleccionados han dejado huella en su profesión, desde luego: pero lo que este premio destaca y lo que los hace especiales es que reconocen el legado personal volcado en nuestro trabajo, y, sobre todo, en la sociedad; y destacan la gratitud y la generosidad que han mostrado, pese, o precisamente, por su éxito.

La emoción de encontrarme entre ellos me duró toda la noche, y varios días más. No solo la fiesta, cuidada en sus menores detalles, fue deliciosa, sino que a lo largo de la noche se dieron varias conversaciones inolvidades: conocía a algunos de los premiados, a otros, solo por su reputación. Al final de la fiesta, en la que actuó Marlango, me llevaba algo más que una botella personalizada, única e irrepetible: había redefinido mi concepto de generosidad. Había escuchado discursos inspirados, y había mantenido conversaciones inspiradoras. Me llevaba conmigo la particular decisión de continuar caminando, de defender una serie de valores: aunque no fuera más que por pagar la deuda contraída con el resto de los ganadores.

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No he sido nunca supersticiosa, y el amarillo del traje de dos piezas que escogí lo demuestra: firmado por Alicia Rueda, a la que conozco desde hace más de veinte años, estaba compuesto por una falda de vuelo, profusamente bordada con abalorios, y un body que dejaba la espalda al descubierto. Aroa, de The Gallery Room, me dio la solución para la excesiva transparencia del body: un sujetador compuesto únicamente por las copas, adhesivo, que compré en Oysho. No había probado nunca ese sistema y funcionó muy bien.

Las sandalias de ante y el clutch eran de Lodi. Llevé el pelo recogido en un moño alto, y muy pocas joyas: pendientes de diamante y mi anillo de oro en forma de serpiente de Aristocrazy. Una de mis estrellas vienesas cerraba el cinturón negro.

Y otro regalo añadido, porque fue, ya lo he dicho, una noche de luz y de generosidad: cuando ya casi me marchaba, me encontré con el ilustrador Dani Wilde. Y al día siguiente me había convertido en uno de sus dibujos. Continuamos, sí. Continuamos.

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Y París floreció en verano- Le Bal Rouge

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Llegó el verano y me encontró en París, en el Bal Rouge que organizaba Kenzo Perfums. Me encontró en la Place Dauphine, bajo un misterioso bosque de amapolas que iluminaban la música que, una vez más, y ya son 35 los años en los que se ha celebrado, sonaba en la Fête de la Musique. De vez en cuando, una lluvia de confeti rojo flotaba sobre los invitados. Otras veces, las notas que procedían de las fiestas en los barcos llegaban desde el cercano Sena.

La amapola es una curiosa elección para una fiesta, y dice mucho de quien la escoge: la flor que aparece encapsulada en la botella de Flower by Kenzo no desprende olor. Difícilmente puede preverse dónde crece, no sobrevive una vez cortada. Florece entre el trigo y en los  lugares que no ofrecen ninguna belleza, para de pronto ofrecerla y transformar donde nace. Salvaje y humilde, leve e inolvidable, nos recuerda el buen tiempo, la necesidad de atrapar el momento y disfrutarlo para siempre… por un instante.

Y mientras caminábamos bajo las amapolas luminosas (una cámara me entrevistó para un programa que se emitirá, precisamente, durante el verano), pensaba en las amigas con las que compartía ese momento: Ester Bellón, de Mi armario en Ruinas, Anna Ponsa López, y Brianda FitzJames. ¿Qué tenemos en común una arquitecta, una fotógrafa, una ilustradora y una escritora? Nos une la mirada inquieta, siempre en busca de algo que no puede hallarse. La obsesión por la belleza, se encuentre donde se encuentre, en el aire, en lo efímero, en el ahora. De las tres aprendí algo esa noche. Las tres son únicas y de una sensibilidad estética extraordinaria.

El verano trae siempre promesas con sus noches breves y sus días larguísimos: sus primeras horas ofrecen la tentación de pedir deseos a la luna o al fuego, y cruzar los dedos para que se cumplan. Yo pedí alguno durante este Bal Rouge.

Pero solo podré contároslos cuando los vea realizados. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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Para esa noche única elegí un vestido blanco de The 2nd Skin Co. Con ellos  no me equivoco nunca: con un cierto aire a los 60, un canesú con volumen en el que se alternaban las flores y las bayas. Y bolsillos. Un clutch dorado de Parfois, y la ciudad de fondo, con su amenaza de lluvia. Las fotos son de Anna Ponsa López y Nika Jiménez.

Y el verano es mío.

Nuestros amantes

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Durante el tórrido mes de Agosto tuve la oportunidad de asistir en Teruel al rodaje de Nuestros amantes, la última película de Miguel Ángel Lamata, producida por mi querida amiga Vanessa Monfort; en la escalinata mudéjar se grababa una de las escenas, en la que Gabino Diego, un poeta irresistible, daba un recital para sus lectores con otra escritora: la escritora era yo, que aparezco en unos breves instantes, en un cameo que resultó divertidísimo de rodar, y que me dio la excusa no solo para disfrutar desde dentro de esa película chispeante, luminosa y que invita a enamorarse, sino también para acudir al estreno con la ilusión de quien ha sido parte de un proyecto.

Éste fue el look que elegí para esa noche única.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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El vestido azul marino, con estampado floral, ceñido a la cintura con un lazo posterior, y ligeramente abullonado en la cadera, es de EtxartPanno. ¡Y tiene bolsillos! Todos los complementos eran plateados: el torque noruego, los pendientes, el anillo de Luxenter con circonitas de zafiro, y el clutch de Mibuh. Las sandalias de ante azul llevan la firma de Lodi.

Y ya que hablamos una película en la que la literatura, los libros, los escritores y la seducción de la palabra resultan tan importantes, me pareció adecuado que las fotografías fueran tomadas en el exterior de la Biblioteca Nacional de Madrid. Si tenéis ocasión y queréis pasar un buen rato, y creer de nuevo en el amor, id a verla. A ver si me descubrís…

Concurso Baume&Mercier: Life is about moments

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Cuando me presento a un premio no suelo pensar en ganar: he perdido ya demasiados como para que el mero afán competitivo me suponga ninguna satisfacción, y he ganado los suficientes como para saber que su brillo y la alegría que tienen se apagan pronto, como las alas de una mariposa, si se tocan demasiado.

Eso no significa, sin embargo, que cuando decida participar no lo haga con la misma fuerza y el mismo empuje que cuando era una jovencita con todo por demostrar. No es lo más sabio del mundo el derrochar fuerzas y energías así. Pero cuando vemos los resultados… ah, los resultados. ¿Cómo podría quedarme satisfecha sabiendo que podría haber hecho algo mejor y no lo he llevado a cabo por tibieza, por indiferencia?

Algo así me ocurrió con el concurso que organizó Baume & Mercier hace unas semanas, con motivo de la presentación de su nueva colección de relojes, entre ellos el  precioso Petit Promesse, con su doble correa metálica, para la prensa y los amigos de la marca. Como un guiño, nos dijeron al final que habían convocado un premio a la mejor fotografía, si queríamos participar.

Sabía de sobra que entre los asistentes debía haber mejores fotógrafos que yo, incluso profesionales. Y que me encontraba fuera de mi entorno, en el que podría haber hecho un bodegón en mi vieja mesa del comedor; pero miré a mi alrededor, vi unas flores, una luz natural bonita, un espejo. Con eso podía improvisar un bodegón decente. Aún así, me faltaba algo, una textura que pudiera introducir un cambio.

Pedí hielo. Sin inmutarse, la agencia Réplica se encargó de conseguirme hielo, que esparcí por la mesa de la habitación del Hotel Villamagna donde tenía lugar la presentación. Me descalcé, me encaramé a una silla para captar mejor la luz, hice todo lo que  me recomienda mi calmada jefa de prensa que no haga.

Pero la foto quedó bonita. Y el texto con el que la acompañé hablaba precisamente de cómo el tiempo lo es todo, somos todos y todo tiempo. Y resultó que ganó el concurso por unanimidad.

Y, mientras Karine Janson me entregaba mi premio, un reloj Classima de una línea perfecta, yo pensaba en qué cerca estamos a veces de abandonar algo que nos apasiona por una mala mirada, un comentario fuera de tono, una crítica mal expresada. Cuántas cosas he dejado yo por hacer precisamente por no molestar a quienes ni siquiera conozco, cuánto placer que no he obtenido, cuánto dinero perdido, cuántas ocasiones de ser feliz, o al menos, de estar contenta, desaprovechadas. Un reloj, nos advierte Julio Cortázar, es algo serio. A mí me recordará que no hay más tiempo que uno, pero que está en mi mano llenarlo de momentos. OLYMPUS DIGITAL CAMERA

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¿Qué ponerse cuando todo el protagonismo debe atraerlo una joya tan lujosa, y al mismo tiempo, tan discreta, como el Classima? El negro, el clásico y tan traído y llevado Little Black Dress, en este caso de ChicandRolla, con un detalle de encaje en la espalda y el escote. Unos zapatos de Beverly Feldman, que rompían el negro total con un poco de strass, y que conjuntaban con el bolso joya plateado de Mibuh. Eso era todo: los ojos un poco marcados, el cabello un poco más liso, y la sonrisa dispuesta.

Las fotos (y la entrega) tuvieron lugar en la Joyería Aragoneses de Madrid.

Fiesta de Stuart Weitzman en la Embajada Americana

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Durante muchos años quise ser miembro del Cuerpo Diplomático. En mi imaginación adolescente reunía todo aquello que me parecía deseable: el conocimiento de idiomas, la mediación, el servicio a mi país, el conocer distintas mentalidades y culturas. Incluso la rotación de lugar en lugar se me antojaba algo adecuado para mí, porque ya entonces intuía mi vocación nómada y de mal asiento.

De hecho, comencé a estudiar Derecho precisamente con la mente fija en las oposiciones futuras. Yo deseaba ser escritora, y me parecía tan imposible como volar al espacio; pero fantaseaba con que algún día la futura embajadora (yo) les invitara cordialmente a la presentación de una novela.

Aquel primer año universitario resultó clave: la evolución es larga de explicar, pero al finalizar había abandonado el Derecho, había dejado la música, y comenzado en serio, tras incontables horas en el Taller Literario y en la biblioteca, la apuesta por mi carrera literaria. No sabía aún cómo, pero sí que no podría dedicarme a algo que no me apasionara, y pese a la preocupación de mi familia, inicié Filología Inglesa y comencé a escribir sin tregua.

Quién le diría a aquella jovencita un poco asustada, pero con la decisión clara de ser escritora, que seis años más tarde entraría en la Embajada de España en México DF para asistir a una comida en su honor durante la gira americana del Premio Planeta. Fue una tarde memorable, con escritores excepcionales entre los que se encontraba mi idolatrado Augusto Monterroso (sí, el del dinosaurio), y en la que tiré al servirme media corona de arroz sobre la preciosa alfombra del comedor de la Embajada. Yo, que no soy especialmente torpe, ni mucho menos tímida, me quedé paralizada cuando ocurrió. Era una novata. Ahora comenzaría a arrojar el resto del arroz cocido al aire a puñados al grito de ¡Evohé, evohé! con esa licencia que me da el ser una artista extravagante, pero entonces quise morir. Y la amabilidad y la delicadeza con la que el embajador salvó la situación y me hizo sentir de nuevo cómoda fue una lección de modales que nunca olvidaré.

La llegada a Madrid del actual embajador de EEUU en España, James Costos, ha supuesto una auténtica revolución: no solo ha conseguido que la Embajada se haya convertido en un activo centro de promoción de la cultura y el modo de vida americanos sino que con su carisma y capacidad de convocatoria sus fiestas ha recuperado el glamour de lo exclusivo (cosa que es un mérito añadido, ya que no son precisamente ni escasas ni minoritarias). En esta ocasión, celebrábamos la apertura de la tienda de zapatero Stuart Weitzman en Madrid, en Jorge Juan 12. Conocido por ser el zapatero de las famosas (Angelina Jolie o su archienemiga Jennifer Anniston han lucido sus creaciones), Weitzman fabrica en mi querida Elda unos dos millones de zapatos al mes, entre ellos su famoso modelo Nudist.

Y allí apareció Weitzman, con su simpatía contagiosa y su muy buen español, junto a la piscina de la Embajada, entre las docenas de orquídeas que Michael S. Smith, el marido del embajador y decorador, entre otras mansiones, de la Casa Blanca, ha repartido por la casa. Si lo que buscaban era que recordáramos esa noche como una de las más divertidas y agradables de la temporada, lo consiguieron: invitados bien escogidos, buena música, y unas incontenibles ganas de pasarlo bien. Y ese no se sabe muy bien qué que transmiten algunos lugares, algunas personas, y que no puede imitarse ni repetirse.

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Cualquiera, incluso yo, hubiera apostado porque llevaría un vestido a la fiesta de la Embajada: pero en este caso he salido de mi (término ahora tan de moda) área de confort para escoger un mono de una pieza, blanco y negro, con un hombro al descubierto, y una capa fluida que provoca la ilusión óptica de ser un top. Lo firma Etxart&Panno.

El anillo dorado y negro es de Luxenter. Llevo un bolso joya dorado de The Gallery Room, pendientes de amatistas de Daniel Espinosa, y gafas de sol de Musthave. Y el pelo un poco más liso de lo que es en mí habitual. Los zapatos son cómodos, pero nadie lo diría, dado el precario cruce de piernas que no sé por qué me dio por adoptar. Y no una, sino varias veces. En fin: extravagancias propias de mi oficio. Evohé.